Personal de la Cruz Roja de Indonesia con trajes protectores rocía desinfectante en una carretera de Yakarta, el 28 de marzo de 2020.Ajeng Dinar Ulfiana / Reuters

Ante la propagación del covid-19, necesitamos decidir si promulgamos la lógica "más brutal de la supervivencia del más apto" o algún tipo de "comunismo reinventado", sostiene el filósofo esloveno.

A medida que el pánico por el coronavirus se extiende por el mundo, tenemos que decidir si promulgamos la "ley de la jungla" —la lógica "más brutal de la supervivencia del más apto"— o algún tipo de "comunismo reinventado" que incluya coordinación y colaboración global para afrontar la pandemia, sostiene el filósofo esloveno Slavoj Zizek en un reciente artículo de opinión para RT. 

Para definir el comunismo que tiene en mente, el filósofo recuerda las declaraciones del director general de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien indicó la semana pasada que "esta epidemia se puede retrasar, pero solo con un enfoque colectivo, coordinado e integral que involucre a toda la maquinaria del Gobierno". Zizek enfatiza que este enfoque integral "debería ir mucho más allá de la maquinaria de los gobiernos individuales", abarcando "la movilización local de personas fuera del control estatal, así como una coordinación y colaboración internacional fuerte y eficiente".

Si miles de personas son hospitalizadas, se necesitará "un número enormemente mayor de máquinas respiratorias", y para obtenerlas, el estado debe "intervenir directamente" de la misma manera que lo haría en condiciones de guerra "cuando se necesitan miles de armas", así como "confiar en la cooperación de otros estados", explica el autor del artículo. "Al igual que en una campaña militar, la información debe compartirse y los planes deben coordinarse por completo", detalla el filósofo.

"Se acabó lo de 'EE.UU. (o quien sea) primero'"

La pandemia de coronavirus no solo pone de manifiesto el límite de la globalización del mercado, sino también el límite "aún más fatal del populismo nacionalista que insiste en la soberanía estatal plena", asegura Zizek, agregando que "se acabó lo de 'EE.UU. (o quien sea) primero', ya que EE.UU. solo puede salvarse a través de coordinación y colaboración global".

Lejos de apelar "a una solidaridad idealizada entre las personas", el analista argumenta que la crisis actual "demuestra claramente que la solidaridad y la cooperación global están en el interés de la supervivencia de todos y cada uno de nosotros, que es la única cosa egoísta racional que se puede hacer".

Dejar atrás el punto de vista "cínico vitalista"

Desde un punto de vista "cínico vitalista", uno "estaría tentado a ver el coronavirus como una infección beneficiosa" que permite a la humanidad "deshacerse de los viejos, débiles y enfermos, como sacando la hierba medio podrida, y así contribuir a la salud global", apunta el filósofo, para destacar que el enfoque comunista amplio que está defendiendo "es la única manera" de "dejar atrás un punto de vista vitalista tan primitivo".

Entretanto -alerta- los signos de reducción de la solidaridad incondicional "ya son perceptibles en los debates en curso". En este sentido, recuerda las recientes informaciones sobre el llamado protocolo de los 'tres sabios' en el Reino Unido, según el cual, tres consultores de alto nivel en cada hospital "se verían obligados a tomar decisiones sobre el racionamiento de la atención, como ventiladores y camas, en caso de que los hospitales estuvieran abrumados con pacientes", negando la atención vital a una parte de enfermos.

¿En qué criterios se basarán? ¿Sacrificar a los más débiles y mayores? ¿No abrirá esta situación espacio para una "inmensa corrupción"? ¿No indican tales procedimientos que nos estamos preparando "para promulgar la lógica más brutal de la supervivencia del más apto"? Estas son las cuestiones que se hace el filósofo, antes de reiterar que "la elección final es: esto o algún tipo de comunismo reinventado".

Publicado: 31 mar 2020 17:14 GMT

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Pablo Goldschmidt, reconocido virólogo.

Pablo Goldschmidt, un reconocido virólogo, habló con Infobae desde Mónaco -donde vive y transcurre su cuarentena francesa- y lanzó polémicas definiciones sobre el número de casos y la idoneidad de la OMS, la oscura razón de tantos muertos en Lombardía, Italia, y culpó por los decesos, más que al virus, a los deficientes sistemas de salud

 

Como alguien que nada contra la corriente, el doctor Paul Goldschmidt (nacido en nuestro país hace 65 años -los cumplió hace dos días-, que vive hace 40 en Francia), lleva desde hace años una lucha contra el pánico a los virus. Su libro “La gente y los microbios”, donde explica la psicosis que generaron la gripe H1N1 y el SARS, así lo atestigua.

Ahora, este virólogo jubilado del Ministerio de Salud de Francia, que pasa sus días en su departamento de Mónaco, la emprende contra los cálculos que la Organización Mundial de la Salud hizo sobre los alcances del coronavirus COVID-19, que ya contagió a 595953 personas y mató a 27333 (690 y 17 respectivamente en la Argentina) aunque Goldschmidt lo relativizará.

“Estamos todos encerrados. Hay drones en Niza que le hacen multas a la gente desde el aire. Mire donde llegó este control. Hay que leer a Hannah Arendt, mirar cómo fueron los orígenes del totalitarismo. Cuando alguien le mete miedo al pueblo, hace lo que quiere con él…”, sostiene. Y si se le hace notar que por su edad está en el grupo de riesgo, lo asumirá: “Pero claro… todos estamos en riesgo. Pero hay gente de 80 que está fantástica".

-¿Por qué sostiene que hay una paranoia injustificada con el coronavirus?

-Mire, este tipo de enfermedades no merecen que el planeta esté en un estado de parate total, salvo que haya predicciones que sean realistas.

-¿Y no las hay?

-En el Imperial College de Londres, que tiene un servicio muy bueno de epidemiología y de predicciones matemáticas, hay un profesor, (Neil) Ferguson, que hizo el modelo de las curvas que se achatan, o no, en epidemiología. Y que fue tomado para todas las decisiones políticas gubernamentales por consejo de la Organización Mundial de la Salud, sin discutir ni poner en tela de juicio las ecuaciones. Yo desde el principio empecé a analizar esto y vi que había algo raro. A mi eso no me cerraba. Anteanoche, este señor Ferguson dijo que la proyección que hicieron debía ser masivamente disminuida -tal la palabra que usó en inglés- con respecto a las cifras de muertes.

-¿Que significa?

-Que, por ejemplo, para los Estados Unidos él proyectó con su modelo -que todo el mundo está utilizando en este momento sin siquiera cuestionarlo-, 2.200.000 fallecimientos; y 500 mil en el Reino Unido si no se tomaban las medidas de achatar la curva y todo lo que significaba eso. Ahora dice que no, que las predicciones no parecen ser exactas. Lo mismo que sucedió con el H1N1. Predijeron muchísimas menos muertes ahora, siempre que se mantengan las medidas de cierre como las que tomaron los gobiernos. Las estimaciones son mucho más bajas.

-Pero por el bloqueo...

-Dice que el bloqueo las va a mantener. Pero el bloqueo para achatar la curva se hizo en función de los primeros cálculos, que daban un coeficiente de transmisibilidad y mortalidad mayor. Pero ahora dice que ya no es como le daba antes, que está en el orden del 3 o 2,5, dentro de los valores de la gripe. Y dijo el miércoles que, por las estimaciones que revisó y las medidas de cierre adoptadas por el gobierno británico, los hospitales van a atender a la gente infectada y morirán más o menos 20 mil personas por el virus... o por la excitación que van a provocar otras dolencias asociadas al virus.

-¿Qué tipo de dolencias?

-Infartos, accidentes cerebro vasculares… Porque usted va al hospital y si muere por un infarto, dirán que murió por el virus. El problema es que ahora se mezcla todo. Una persona que llegue por una tentativa de suicidio y que se tomó un remedio por estar resfriada, murió por el virus. Alguien con un ACV mal manejado, si está resfriado, murió por el virus, no por el accidente cerebro vascular. El dice que hay que corregir la cifras porque solo se está considerando eso. Por supuesto, en Oxford hay otro epidemiólogo que dice estar sorprendido porque se haya aceptado de manera tan incondicional por parte de las organizaciones internacionales el modelo de Imperial College. Ellos están haciendo otro tipo de modelo predictivo y dicen que este virus se ha propagado de una manera invisible y descontrolada por lo menos un mes antes de lo que cualquiera hubiera sospechado, y si se empieza a hacer test a la población probablemente la mitad haya sido infectada, y que entonces la mortalidad es mucho más baja y el riesgo también. Si eso es verdad, uno de cada mil infectados sería el que enferme y necesitaría hospitalización, porque el 86 por ciento no tiene síntomas serios. Esto apareció ayer en Inglaterra.

-¿Qué cambia esto para el sistema sanitario?

-De cada 100 personas que van a consultar, 86 por ciento padecen síndrome gripal. El médico, en ese caso, le va a hacer un análisis de sangre y le pedirá cuatro parámetros, que el laboratorio le puede hacer en media hora o una hora. Ahí se puede saber si la persona tiene o no una infección viral. No le va a decir si tiene coronavirus. Tiene un virus. Influenza, adeno, cualquier otro. Pero se necesitan laboratorios que puedan hacer dímeros, proteínas C reactivas, recuento globular… Si los dímeros positivos dan altos, alguna lastimadura tendrá en el pulmón. Y se hacen enzimas hepáticas y se pide un ionograma para ver como esta el potasio. Si dan, la persona tiene un virus, sea corona o no. Si esas cosas no están alteradas, lo mandan a la casa y le dan tratamiento de gripe. ¿Entiende? Hasta aquí no hace falta pánico, y hablamos del 85 por ciento de la gente. Pasó en Corea, China, y en todo el mundo.

-¿Qué sucede con el 15 por ciento que sí da infección viral?

-Puede ser grave. La única manera de saberlo es hacer un test PCR, que no es accesible en todas las ciudades, provincias o laboratorios. El costo de cada test es de 30 o 40 dólares y se necesita personal muy bien formado y materiales. Yo justamente estuve en la Argentina en diciembre, y dí una charla sobre cómo desarrollar test de biología molecular casero y que no sea caro. Pero para desarrollarlos hay que esperar por lo menos dos meses. Hay que comprar los de Corea, porque los chinos en este momento tienen un problema bastante serio, mucha gente no los quiere comprar más. Pero inclusive comprando el mejor test de Corea hay un 20 por ciento de falsos negativos.

-¿Y si el resultado es coronavirus COVID-19?

-Si tiene una infección viral, y dice tengo fiebre (más de 38,5 durante dos días), estoy cansado, tosiendo, siento que me falta el aire y además, por una razón muy rara, pierde el gusto y el olfato, la única salida es una resonancia o una tomografía de pulmón. No hay otra. Una radiografía no siempre da buenos resultados. Si el radiólogo dice que hay infección compatible con neumonía por coronavirus, esa persona tiene que ser internada en terapia intensiva, pero eso es para un máximo del cinco por ciento de las personas. Ahora, si no tiene resonadores o tomógrafos, ¿qué hace? No se sabe, y ahí empiezan los problemas.

-¿No hay solución en ese caso?

-Lo que hacen los coreanos, y ahora los franceses se atribuyen la paternidad, es dar un antibiótico, como puede ser la amoxicilina con clavulánico y la hidroxicloroquina.

-¿Sirve la hidroxicloroquina?

-Es lo único que se puede dar ahora. No hay pruebas contundentes, pero es mejor que nada. Se trata como una neumonía. La diferencia con la neumonía clásica es que, esta vez, se le agrega la hidroxicloroquina, pero solamente si el médico le hace un electrocardiograma y mide el potasio del paciente. Porque cambia la conductividad cardíaca, y al cabo de tres pastillas los electrocardiogramas traen sorpresas. No se le puede dar a cualquier persona. Por eso en Francia hubo una negociación entre Salud Pública y el profesor de Marsella que tomó los procedimientos de Corea (Didier Raoult) y dijeron que eran para todo el mundo… pero no. Es para quienes tienen un médico que los sigue, porque si tienen un trastorno del ritmo cardíaco, si baja el potasio, puede ser peor el remedio que la enfermedad. Pero en definitiva, estamos hablando de que a esa gente hay que internarla. Y acá viene la gran pregunta.

-¿Cuál es?

-Que tiene que estar en un servicio de terapia intensiva con gente formada. ¿Hay gente formada en todos los países y ciudades para terapia intensiva? ¿Hay suficiente gente que sepa meter un laringoscopio para intubar a los pacientes? ¿Hay enfermeros y médicos a quienes el Estado se hizo responsables de formarlos para hacer frente a eso? La respuesta es “no”. Y tampoco hay suficientes máquinas. En Alemania hay seis veces más respiradores que en Italia. Y diez veces menos muertos por la misma patología. En Europa hay 80 mil camas de terapia con personal formado, un promedio de 12 cada 100 mil habitantes; en los Estados Unidos hay 28 cada 100 mil; en Alemania, 29; en Portugal, 4,2; en España, 10,3, pero el problema es que allí el 78 por ciento de quienes atienden esas camas está entrenado para terapia médico quirúrgica y unidad coronaria, gente que sabe manejar infartos y acv, pero el Estado no formó neumonólogos para hacerse cargo de este tipo de crisis. Entonces, ¿hasta dónde es solamente el virus responsable?

-¿E Italia, el país donde dicen que se hizo todo mal?

-El problema de Italia e mucho más serio y necesita un análisis aparte. Allí la mortalidad es muy alta, y la gente está cantando el himno, pero no sabe que desde hace 25 años cierran camas y no crean cargos de médicos. Y mucho menos, médicos de terapia intensiva que trabajen en los hospitales. Lo que esto habla es que no es sólo el virus. Hay 75 mil personas diagnosticadas y 7400 muertos, el 9 por ciento de muertos. Algo significa.

-¿Cómo ve al sistema de salud argentino?

-No lo podría decir. El sistema argentino es complicado. Hay hospitales estatales, privados, municipales, de sindicatos. Cuando estuve el año pasado, en el Hospital Fernández todo funcionaba, pero al Clínicas no puede ir porque no andaba el ascensor. Y en cuanto a los profesionales, no se en este momento cómo está la neumonología. Hay buenas individualidades, gente brillante, pero en lo general, no se.

-Usted dice que no hay que tener paranoia, y está bien. Pero si en China tuvieron que crear hospitales de la nada, esto es distinto a una gripe común, algo pasa...

-Mire. Cualquier persona que tose va a terapia intensiva. El año pasado, en los Estados Unidos hubo 460 mil personas con neumonía, en terapia. Este año no se si va a haber 100 mil. La cosa no es así. La gente corre al hospital por cualquier cosa. Y los enfermeros y médicos no fueron formados, porque hasta hace tres meses no importaba. A los pacientes les ponen máscaras de oxígeno, y sobre 100 ancianos, en un geriátrico del sur de Roma murieron 11 en una mañana. ¿Los mató el virus? Quizás estaban con el corona. Pero, ¿qué hubiera pasado si los atendían correctamente? ¡No tenían ni procedimientos! En China, al principio la mortalidad era del 9 por ciento, y ahora están en el uno. En Italia están en el 9, pero está bajando porque están aprendiendo a trabajar. Que están aprendiendo significa que no los formaron, que no había infraestructura. Está el sentido patriótico, la gente sale a la ventana, pero los médicos no son héroes, son trabajadores que va a poner el lomo pero no están formados. Los ponen frente a situaciones dramáticas, y muchos no saben lo que deben hacer. Los procedimientos no estaban escritos. Recién ahora la cosa se sabe. Por eso yo pregunto ¿es el virus sólo el responsable de estas muertes? Dicen que se acumulan los cadáveres, pero en España, ayer, mostraron que el año pasado hubo la misma cantidad de muertos.

-¿Pero muertos por qué causa?

-Por infartos o neumonías. Ahora resultan todos por COVID-19. Pero el año pasado no se ponían a sacarles muestras nasales a todos los muertos.

-¿Usted quiere decir que lo que llaman muertes por COVID-19 no son por esa causa?

-Por ahí son por COVID-19, pero por ahí había también el año pasado por otros virus respiratorios. Seguro que hubo, porque la influenza mató a muchísima gente en España e Italia. Pero morían de neumonía, sin ponerles etiquetas. Ahora bien. Ya analizamos la falta de respiradores, de formación, personal, médicos y enfermeras, que en Italia gritan todos los días porque no abren cargos en hospitales públicos. Prácticamente no había servicios de terapia en las ciudades chicas. Hasta ahí uno razona, pero empujando el razonamiento al máximo, yo me pongo a mirar las causas de muerte en Lombardía, donde murió más gente. Y lo que le voy a comentar no lo publicó nadie.

-¿Qué vió?

-En Italia, en Lombardía, es donde más mueren por mesotelioma. Todas las fábricas de fibrocemento que usaban amianto estaban ahí. Hasta 1992, que lo prohibieron, estaba en techos y aislante de fábricas. Las paredes tenían amianto, que larga cristalcitos que llegan al pulmón, que luego puede cicatrizar, o no. El mesotelioma es el cáncer de pulmón producido por asbestosis o amianto. En las autopsias que se hicieron en Lombardía en los últimos diez años, el 85 por ciento eran por exposición laboral. Tumores malignos con localización pulmonar y peritoneal. Y hasta el 92 nadie prohibió el uso. Lombardía tiene diez millones de habitantes, es el lugar que tiene más empleados en la industria del amianto, el lugar del mundo con más asbestosis. Pero además, el amianto se pega a la ropa, a las fibras. La ropa de alta costura del norte de Italia las hacen señoras costureras. Puede creer que entre el 2000 y el 2012 hubo 4442 mesoteliomas malignos (2850 en hombres y 1592 en mujeres), cáncer de pulmón invasivo por exposición al amianto. Y crece más. Este año hubo 3,6 por ciento más que en años anteriores en hombres y 3,3 en mujeres mayores de 65 años. Y hasta el 2030 habrá 20 mil más.

-¿Qué relación existe con el coronavirus?

-Que en esa región, castigada por falta de medios, el cierre de camas, falta de aparatos de respiración, se encuentra la gente mayor, con pulmones con cáncer o lastimaduras crónicas, que hace que una infección viral se transforme en una infección mortal. Un pulmón agredido por una fibra mineral, tendrá una reacción distinta a un pulmón sano. Y no es casualidad que muera más gente donde están las fábricas de amianto.

-Pero el COVID-19 mata más que la gripe común...

-Todas las infecciones virales pueden ser mortales. La diferencia es que con esta se armó pánico y con las otras no. El año pasado murió mucha gente de gripe y nadie cerró el planeta. Entonces, ¿qué pasa ahora?

-Se lo pregunto a usted, ¿qué pasa?

-No se…

-Pero qué percibe, ¿una conspiración?

-No, eso se detecta enseguida. El año pasado hubo 36 millones de personas con gripe en los Estados Unidos. Fueron internadas 370 mil y 22 mil se murieron. ¿Queda claro? Y nadie cerró ningún aeropuerto. En Francia hay 33 mil casos, pero cuando murieron 23 mil viejitos en los geriátricos por una ola de calor el país tampoco se cerró. Hay algo muy raro aquí.

-Por eso insisto, ¿qué ve usted?

-Un error grave de los peritos de la OMS, lo que denuncié desde un principio. ¿Sabe qué quiere decir pandemia? No significa enfermedad grave o severa. Quiere decir que muchos países tienen una enfermedad. ¡Todos los años hay pandemia de resfrío, y nadie cierra nada! ¿No hay que relativizar todo esto?

-Pero el COVID-19 es muy contagioso, doctor…

-Sí, como el resfrío, que es como muere la gente en los geriátricos. Antes no los contaban, ahora si. Hubo más de medio millón de casos de neumonía en el mundo el año pasado. Hay un millón de personas que se pueden agarrar meningitis en África, y se transmite por la saliva, y los aviones van y vienen. Y a nadie le importa nada. Hay 135 mil personas que van a andar con tuberculosis en América Latina, y nadie hace escándalo. A mi, cuando algo hace mucho ruido como con el corona… Se está teatralizando mucho. Desde el primer día dije que las cuentas no daban, como cuando apareció la gripe H1N1.

-¿Y qué haría usted?

-No soy una autoridad para decir que haría, pero veo que falta formación y materiales. Entonces, primero, formaría al personal para lo que viene. En tres semanas, cuando vean las señas de la enfermedad, ellos van a ser los que inciten las nuevas medidas. Mire lo que pasa en Alemania. La mortalidad es diez veces más baja porque hay especialistas en neumonología y terapia intensiva pulmonar. Bueno, hagamos cursos en la Argentina, y en todo el mundo. A los médicos no los pueden largar improvisadamente frente a una persona que no puede respirar. Cuando esa gente se forme, las cifras van a demostrar que ese cinco por ciento de casos graves va a poder ser atendido en los hospitales. Y que lo demás se va a caer por su propio peso.

-¿Hay que parar la cuarentena?

-Cuando el sistema esté en condiciones, con personal formado, equipos, medicamentos e infraestructura, sí, no tiene ningún sentido. Como está ahora la situación, no se puede decir nada sobre la cuarentena porque no se sabe cuánta gente va a estar infectada y si las camas de terapia intensiva y el personal alcanzarán para el 5 por ciento de ellos. La medida no es por el virus, sino por el riesgo de no poder hacerse cargo de la gente que está en situación crítica. No sé si está mal, porque no hay cifras objetivas. A lo sumo, está bien que hayan parado porque les forzó la mano la OMS, y una vez que se larga la cuarentena no se puede parar. Pero habría que comparar con las cifras de muertes del año pasado. El pánico es absurdo. Hay 690 positivos…¿a cuantos se les hizo el test? ¿A 30 millones o a mil? Fallecieron 17, yo quiero ver cuantos murieron en geriátricos o en su casa de neumonía por neumococo o hemofilus, que hay muchísima en la Argentina, el año pasado.

-¿Cómo evalúa lo que está haciendo el gobierno, entonces?

-Dicho lo anterior, a mi me parece que el gobierno actúa muy bien y con mucha cautela. Pero la autoridad internacional les empuja la mano con las cifras de mortalidad que ponen los peritos de la OMS, que hacen cuentas matemáticas. Pero no es mala fe, sino incompetencia. No hay nadie detrás. Pero insisto, en la Argentina están haciendo las cosas bien y con seriedad. Ginés me parece muy bueno. Y Carla Vizzotti es una mujer que sabe lo que hace, es muy competente, conoce, estudia. Cuando usted está con personas que son estudiosas, que no son panfletarias, que son serias, le dan confianza. Charlé con ella y me impresionó. Nunca vi en la Salud Pública ese nivel de formación. Hacen las cosas lo mejor que se pueden hacer con el presupuesto del que disponen.

-Pero no piensa lo mismo de la Organización Mundial de la Salud.

-Para nada.

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Viajeros llevando máscaras en el aeropuerto de Babkok y respetando la distancia de seguridad que indican los carteles, el 25 de marzo del 2020.JACK TAYLOR / AFP

La mitad de ellos piden ser repatriados pero el Gobierno no planea por ahora "excepciones humanitarias”

Con visas a punto de expirar, encerrados en hostales y sin dinero. La situación de colombianos en el exterior mientras el mundo cierra fronteras por el coronavirus, es dramática. Desde el 24 de marzo, cuando el Gobierno cerró la llegada de viajeros, al menos 4.500 colombianos se han reportado en la página de Migración Colombia como atrapados en algún país y 2.300 piden algún tipo de ayuda para regresar.

Pero los mensajes de la Cancillería no son alentadores. Si bien le había informado a EL PAÍS que “la Cancillería solo podrá confirmar la posibilidad de vuelos de retorno cuando estos se concreten” y agregaba que esas posibilidades “dependen de la voluntad de aerolíneas comerciales y de decisiones de distintos gobiernos”; este jueves cambió de opinión y difundió un comunicado en el que asegura que todos los vuelos de llegada al país están prohibidos. En palabras de la Ministra de Transporte, Ángela Orozco, en esa comunicación, la Cancillería está “reiterando que no habrá excepciones humanitarias para nacionales en el exterior”.

La Cancillería afirma que son conscientes de las dificultades que están atravesando los colombianos en el exterior, pero que deben aplicar las medidas de cuarentena de “manera estricta” y que la Constitución les permite restringir la circulación e ingreso al territorio para “garantizar el interés público”. Adicionalmente, los cónsules y embajadores tienen que garantizar un “plan de auxilio económico subsidiario temporal” para atender la necesidades básicas de alimentación y hospedaje de los colombianos mientras termina la restricción de ingreso al pais.

Antes del 23 de marzo lograron llegar 45.595 colombianos que ahora están en cuarentena y el gobierno dejó abierta la posibilidad a negociaciones con gobiernos para el retorno de los restantes solo en casos excepcionales. Pero ahora esa opción quedó cancelada. Este viernes se esperaba la llegada de un grupo de colombianos desde Houston (Texas) pero como advirtió la ministra de transporte a W Radio, “no van a llegar”.

Gritos de auxilio

Los llamados de auxilio se escuchan desde distintos lugares del mundo. En Australia, un grupo de 200 colombianos envió una carta al embajador. “La gran mayoría teníamos vuelos comprados para regresar y fueron cancelados cuando el gobierno anunció que cerraba la llegada de vuelos. Compramos otros para alcanzar a llegar antes de la fecha de cierre y no fue posible”, cuenta Carolina Tafur. Esta colombiana dice que en el grupo hay personas con necesidades médicas, algunas mayores de 60 años y piden que el gobierno colombiano gestione con alguna aerolínea o con la Organización Internacional para las Migraciones.

El caso de Viviana Pieschacon, en Albania, es crítico. Con su esposo y su bebé de 6 meses, está aislada en un Airbn en la ciudad portuaria de Durrés, pero debido a la cuarentena y no tener un documento albanés no puede salir ni a comprar alimentos para la niña. “Nos preocupa que no podemos salir ni a comprar la leche para ella y solo tenemos alojamiento hasta el 3 de abril. Ya llenamos el formulario de Cancillería pero no hemos tenido ninguna respuesta”, contó a EL PAÍS. Habían viajado a Europa en febrero para recorrer Albania, Italia y Madrid. “Por fortuna no llegamos a Italia”, dice Pieschacon. Pero ahora se encuentra desesperada porque no hay colombianos en Albania y el consulado más cercano está en Italia.

En el sudeste asiático, una veintena de colombianos se debate entre regresar o esperar a que pase la tormenta de coronavirus en Colombia, donde hay 536 casos confirmados y 6 muertes. Pero tampoco tienen suficiente dinero y les preocupa el vencimiento de las visas. “Una ruta de vuelo para viajar a Colombia”, es lo que piden en un documento que crearon para solicitar en grupo el retorno desde Tailandia, donde se encuentra la mayoría. Y en Perú, 200 colombianos suplican “un vuelo de rescate”. “Así como han permitido la entrada desde otros países suplicamos nos permitan entrar y cumplir allí la cuarentena y todos los exámenes de rigor que nos exijan”, dice Martha Acosta, atrapada en Cuzco. “La Cancillería nos estaban gestionando un “vuelo humanitario” pero todo cambió ayer cuando decidieron prohibió la entrada de vuelos internacionales”, contó.

Las inconsistencias entre las declaraciones de la Cancillería y el Ministerio de Transporte es otra de las quejas de los colombianos atrapados en el exterior. “La ministra dijo en medios de comunicación que sujetos a un protocolo de bioseguridad que estableció la Cancillería con el Ministerio de Salud y Aerocivil, se puede traer a colombianos de manera puntual, siempre y cuando cumplan unos protocolos, pero ahora la Cancillería publica un comunicado que dice lo contrario”, se queja Carolina Tafur, desde Australia.

Por Catalina Oquendo

Bogotá - 30 mar 2020 - 15:18 COT

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Diez píldoras para después de la pandemia

Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad.

Se recomienda no tragarlas todas de golpe. Pueden provocar una reacción excesiva. Écheles un vistazo a todas, pero luego, si le apetece, vaya tomando una cada tres días, dejando que se disuelva lentamente en el aparato de sentir, pensar y decidir. O como mejor le venga, claro.

  1. El sistema no ha provocado directamente la pandemia, pero es muy probable que la haya producido indirectamente. Tal vez no ha causado la crisis puntual, la del corona­virus -parece que no les gusta que mezclemos el virus con la corona, pero así son las cosas-, pero sí que ha generado las precondiciones: vuelco climático, reducción de es­pacios naturales, movimientos desmesurados de personas y mercancías (suponiendo que para el capital sean cosas distintas) por la globalización, la deslocalización y el tu­rismo, alimentación basura, contaminación “urbi et orbi”...
  2. Lo que sí es seguro es que ha creado las condiciones para la extensión de la pande­mia y el colapso sanitario. La contrarreforma neoliberal se ha cebado en los servicios públicos y sociales (y en las condiciones laborales) para abrir nuevos nichos de lucro con las necesidades básicas. Al tiempo, “su” estado destinó a las empresas centena­res de millones de euros para cubrir sus espaldas. El pueblo paga cada vez más por cada vez menos, los amos pagan cada vez menos por cada vez más.
  3. El sistema no ha provocado la pandemia, pero está dispuesto a sacarle el jugo: en lo social, en lo político y en lo económico. El capitalismo no es superinteligente ni omni­potente, pero es sumamente listo para sacar provecho de cualquier circunstancia. Hasta la última gota. Caiga quien caiga. Y más ahora que está senil y desesperado por la imposible recuperación de la perdida lozanía. Es su ocasión para expulsar a más gente del sistema, para más autoritarismo (incluso neofascismo) y para más negocio (o lo que es lo mismo, en las actuales circunstancias, más especulación, es decir, más casino financiero).
  4. La pandemia no es la causa (la precondición) de la crisis, sino su precipitante. Esta­mos acostumbrados a analizar las crisis como fases cortas. Esas son las pequeñas. Tal vez nos deberíamos habituar a considerarlas como fases largas. Esas son las pro­fundas. Esta empezó, sin necesidad de fechas precisas, en el último tercio del siglo veinte (o en el último cuarto, qué más da) y puede durar siglos. Para pasar del escla­vismo al capitalismo (su versión mejorada y modernizada) se necesitó toda una Edad Media.
  5. ¿Y para qué aprovechan la crisis? Para recuperar, fortalecer e incrementar precisa­mente el sistema que la ha producido y que la ha convertido en caótica. Las grandes empresas por delante de la gente. Muy por delante, suponiendo incluso que la gente del pueblo esté en la fila. Solo hay que saber comparar cifras. Sí, para salir de la crisis (y de la pandemia) pretenden apoyar en primer y casi exclusivo lugar a quienes la han producido y/o expandido, aunque no hayan mostrado el más mínimo signo real de arre­pentimiento. Todo muy razonable y justificado.
  6. Pero esta pretendida salida de la crisis no afecta solo a lo económico. Si quieren tener más beneficios y más dinero es para tener más poder. Si quieren tener más poder es para tener más beneficios y más dinero. Como los tiempos que se avecinan van a os­cilar entre lo muy duro y lo terriblemente duro prevén que van a necesitar más estado. Y más subordinado. Y más subordinante. Así que el autoritarismo, la vigilancia, la mili­tarización, el ultranacionalismo, la xenofobia, el neofascismo (incluso el ecofascismo), la aporofobia (el odio a los pobres), etc., se van a mezclar con nuevos chivos expiato­rios a los que culpar (el sectarismo, por principio, no tiene límites) y el fomento de las “guerras entre los de abajo” -no vayan a señalar a los verdaderos culpables-, ataques a los servidores y no a sus amos, etc.
  7. Esta gran crisis (la importante, la de fondo) puede contener muchas crisis puntuales. Y la siguiente puede ser peor que esta. Y la siguiente… Si creemos que después de la pandemia se volverá al supuesto estado del bienestar, en forma de Green New Deal o similares, somos el colmo de la ingenuidad. Tendrían que verse con el agua al cuello por la resistencia o la movilización popular… o por la imposibilidad de recuperar sus ganancias. Tendríamos que no haber aprendido nada para caer de nuevo en la misma argucia: el capital pacta cuando está débil para poder lanzar la ofensiva cuando recu­pera la fuerza. Elemental.
  8. Nunca hemos estado mejor preparados para afrontar una crisis de fondo. El pensa­miento y la ética antagónicos, ecofeministas, solidarios, autogestionarios… ya no son marginales, aunque tal vez sigan siendo minoritarios. Nunca este pensamiento y esta ética han estado mejor y más unitaria y, al mismo tiempo, diversamente expuestos. No digo nombres (muchos femeninos), porque no cabrían.
  9. Y no es solo el pensamiento y la ética, sino, lo que es más importante, la multitud de pequeños colectivos movilizados y de pequeñas experiencias refe­renciales de otro modo de con-vivir: comunitarias, agroecológicas, educativas, comuni­cacionales… Gente que ha situado en la práctica una vida digna y feliz al margen de la acumulación de beneficios, del sacrificio del tiempo y de las relaciones humanas insatis­factorias y del consumismo idiota. Al mismo tiempo, nunca nues­tras posibilidades de organización en red han sido tan potentes.
  10. Ahora solo queda la última píldora: siempre nos jugamos mucho. En el día a día. Pero hay momentos específicos en la historia -acontecimientos- que van a suponer un cam­bio de sentido. Para peor, para mucho peor, o para mejor, para mucho mejor. Ojalá acumulemos suficiente asco y rabia y la transmutemos en acción resistente y creativa, en apoyo mutuo y dignidad. No sé si seremos capaces pero, en principio, esperanza. Mucha esperanza.

Por Ricardo Sosa

31 mar 2020 11:44

Publicado enSociedad
Domingo, 29 Marzo 2020 07:29

El mundo en hibernación busca salidas

El mundo en hibernación busca salidas

La triple conmoción por el coronavirus —sanitaria, económica y política— une a la humanidad bajo la misma amenaza pero la divide en las respuestas

 

El planeta, para un extraterrestre que aterrizase estos días, ofrecería una imagen extraña, entre apacible e inquietante. Más de un tercio de la humanidad está en casa, privada de la libertad de moverse, tan esencial y que todos damos por hecha. Las calles, vacías, como las carreteras sin coches. Los cielos claros, sin aviones. Las fronteras, cerradas. ¿Los líderes? Encerrados también y gestionando como pueden —primero cada uno por su cuenta, atolondradamente, casi siempre tarde pese a las señales— la mayor crisis que seguramente les habrá tocado afrontar en sus vidas. ¿Los ciudadanos? Desconcertados por el virus que se detectó en China el pasado diciembre y que ha matado a más de 28.900 personas y afectado a unos 200 países. Angustiados por su salud y la de sus prójimos, y por el batacazo económico que, según la unanimidad de los expertos, se avecina. El mundo ha entrado en hibernación.

 “Vivimos un momento histórico de desaceleración, como si unos frenos gigantes detuviesen las ruedas de la sociedad”, explica, desde su confinamiento en la Selva Negra, el filósofo alemán Hartmut Rosa, que ha dedicado buena parte de su obra a estudiar lo que él llama la “aceleración” desenfrenada de las sociedades capitalistas. “En los últimos doscientos años o más, el mundo cada vez iba más rápido”, argumenta. “Si usted observa el número de coches, trenes, barcos, aviones, sin cesar aumentaba el tráfico y el movimiento. Es cierto que había bolsas de desaceleración, por ejemplo después de los atentados del 11 de septiembre de 2001: el tráfico aéreo fue más bajo durante unas semanas. Pero todo esto se ha interrumpido. Vivimos un momento único de calma”.

El electrochoque ha dejado a los humanos aturdidos, en un estado que mezcla la calma, como dice Rosa, con el desasosiego, sin espacio físico para moverse ni espacio mental para saber cómo será la vida, la ciudad, el país, el mundo en dos o tres meses, o en un año.

Es una sacudida triple. Sanitaria, primero: la enfermedad desconocida, la Covid-19, y el virus que la causa, el temible SARS-Cov-2. No existe una vacuna, por lo que son las medidas llamadas no-farmacéuticas las que se aplican, en su modalidad más extrema: el confinamiento. No solo de infectados o sospechosos de estarlo, sino de ciudades y regiones enteras al principio —Wuhan en China desde enero, Lombardía y buena parte del norte de Italia el 8 de marzo— y, en los días siguientes, como si las piezas de dominó cayesen una detrás de otras, países grandes y pequeños, desarrollados y en vías de desarrollo. De Italia entera a la India, pasando por España, Francia, el Reino Unido y una parte considerable de Estados Unidos y de América Latina: unos 3.000 millones de personas quietas y encerradas.

La segunda sacudida es económica. Los Gobiernos asumen que el frenazo en la actividad —las rutas del comercio mundial, ya interrumpidas cuando el coronavirus no parecía más que un mal chino, se han bloqueado— provocará una recesión global. En 2020, la contracción del PIB será de un 2,2% en la zona euro, según la agencia de calificación Moody’s, y de un 2% en Estados Unidos. Las cifras de demandantes de subsidios de desempleo en este país han batido un récord: nunca, desde que hace medio siglo empezó a registrarse, había sido tan alta, más de tres millones. Las sumas que se han inyectado o inyectarán para amortiguar el descalabro de las empresas y de los trabajadores —cinco billones de dólares solo para los países del G20— y las intervenciones de los bancos centrales dan una idea de las dimensiones del desastre que se intenta evitar, o suavizar. Vuelve a entonarse el whatever it takes (lo que sea necesario), el estribillo mágico que Mario Draghi, entonces presidente del Banco Central Europeo, pronunció en 2012 para salvar al euro, y funcionó. Todos, no solo los bancos centrales, prometen “lo que sea necesario”, pero ocho años después de la intervención de Draghi, el primer acto de la crisis escenifica una respuesta en orden disperso. Las fracturas de la Unión Europea reaparecen en toda su crudeza. El virus es global; las reacciones, nacionales.

Se plantea un cambio de modelo económico. ¿El fin de la globalización? “Posiblemente sea inevitable pasar por una fase de desglobalización, es decir, de comercio y flujo de capitales reducidos entre los países”, escribe el economista francés Thomas Piketty en un correo electrónico a EL PAÍS. “Continuar como si nada no es una opción. En caso contrario, el nacionalismo triunfará”, avisa.

El tercer golpe, además del sanitario y el económico, es político. El virus ha irrumpido en un momento de repliegue de EE UU y de afirmación nacionalista de China. La batalla, que no distingue fronteras y sobre el papel une al mundo en una misma causa, es una batalla por la influencia entre las potencias mundiales. “Ahora la lucha es contra el virus. Pero el virus será derrotado. Y la gente volverá a trabajar y a subirse en aviones. Cuando esto ocurra, la posición de Rusia y de China se habrá reforzado comparativamente, mientras que la de Estados Unidos se habrá debilitado”, analiza el ensayista estadounidense Robert D. Kaplan. “Como China es autoritaria”, añade Kaplan, “ha sido capaz de imponer cuarentenas extremas como ninguna democracia es capaz. Al tener tantas empresas estatales, estas han podido absorber el choque económico del virus. Y Rusia, al estar sometida a sanciones, ha sido capaz de ser más autosuficiente desde el punto de vista económico. En cambio, Estados Unidos y Europa, totalmente inmersas en el sistema de libre mercado, han sufrido una devastación económica por el virus”.

En unas semanas, la historia se ha acelerado, como en 1989 al caer el Muro de Berlín, o en 1914 al ser asesinado el archiduque Francisco Fernando. Y, al mismo tiempo, se ha congelado. Nunca la humanidad se había detenido al alimón. Nunca se había visto una decisión colectiva semejante, aunque, paradójicamente, no coordinada: cada país se iba confinando a su ritmo, ignorando las lecciones del vecino, repitiendo sus errores y tropiezos y, finalmente, confluyendo, con variaciones en la intensidad del confinamiento y excepciones en países como Corea del Sur, que lo han gestionado con medidas menos drásticas.

No hubo largas discusiones parlamentarias ni tampoco presión social antes de decretarse la decisión de mayor trascendencia, quizá, de este siglo. La presión que condujo al cierre de las fronteras y a la clausura de los ciudadanos no era la de los votantes sino la de la locomotora sin frenos que —se temía— iba a causar centenares de miles o millones de muertos.

“Esto es una pandemia, por primera vez en la historia, en la que el mundo está interconectado tecnológicamente y en el que los mercados financieros están interconectados. Por eso ha causado una disrupción como nunca se había conocido”, dice Kaplan.

La política soberana —el Estado— retoma un papel central. En paralelo, arrollada por el enemigo invisible, ha quedado expuesta su impotencia. De ahí las críticas por la lenta reacción de las autoridades. “En los países democráticos, los Gobiernos son tan débiles que no podían imponer la decisión antes de que esta se impusiese por sí misma. Por eso llegamos tarde”, defiende en París la socióloga Dominique Schnapper. “¿Se imagina lo que habría sucedido si hace veinte días el Gobierno hubiera decretado el confinamiento? No se habría aplicado y habría causado un escándalo. Ahora se le acusa de haberse retrasado”.

El mundo hiberna, sí, pero los contornos del mundo posterior al coronavirus empiezan a dibujarse. Mientras los sanitarios luchan por las vidas de los enfermos y los investigadores persiguen contra el reloj la vacuna, los dirigentes se enfrentan al endemoniado dilema entre la preservación de la salud pública y la supervivencia de la economía. “Este es el verdadero problema”, señala Schnapper. “Hay que encontrar un equilibrio entre ambos imperativos: el sanitario, que es inmediato, y la necesidad de que la sociedad siga funcionando: seguir alimentando a la gente y que no haya un crac económico. No hay fórmula simple. La política consiste en conciliar dimensiones contradictorias”.

Cuanto más duren los confinamientos, más probabilidades de atenuar la pandemia y menos de evitar la depresión económica: este es uno de los debates. No el único. El virus y la carrera por derrotarlo disparan la competición entre modelos políticos. Enfrenta a autoritarios (China) y democráticos (Europa y EE UU). Y, dentro de los democráticos, opone a populistas y moderados. La gestión de los Trumps o Bolsonaros se medirá con la de la alemana Angela Merkel o el francés Emmanuel Macron.

Al erigirse nuevas fronteras y responsabilizarse a la globalización de la propagación de la epidemia, parecería que el populismo y el nacionalismo saldrán fortalecidos. No está tan claro. Porque el miedo —en este caso, a una amenaza real, no imaginaria— refuerza la confianza en los científicos y los médicos: no es tiempo de experimentos ni de soluciones fáciles.

“Se podría decir que la crisis genera los anticuerpos del populismo”, dice por teléfono Laurence Morel, politóloga en la Universidad de Lille. “No digo que vaya a hacerlo desaparecer: lo decisivo será la capacidad de los Gobiernos para resolver la epidemia y evitar consecuencias económicas demasiado graves. Serán los resultados. Sabemos que los populistas prosperan cuando los Gobiernos son impotentes”.

París - 28 mar 2020 - 18:30 COT

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La máscara neoliberal y la del coronavirus

Camille Peugny , sociólogo francés especialista de las desigualdades sociales 

 La crisis sanitaria corrió el telón de la identidad capitalista y funcionó como espejo de la desigualdad laboral. Los vencedores en casa, los otros en el trabajo.

 

Desde París.La máscara del liberalismo se cayó al mismo tiempo que, individualmente, nos pusimos una máscara para protegernos del coronavirus. Parece una suerte de reconexión globalizada con el movimiento zapatista que surgió en Chiapas, México, a finales de 1994. Los zapatistas decían:” nos cubrimos el rostro para ser visibles”. Esa visibilidad de quienes estaban ocultos en el flujo tramposo del tecno-liberalismo ha irrumpido hoy en nuestras vidas cotidianas poniendo en la pantalla de la vida a todas esas clases sociales de trabajadoras y trabajadores invisibilizados por el híper consumo y que, en estas semanas, se han vuelto el corazón de la supervivencia de nuestras existencias: obreros y obreras, choferes, camioneros, panaderos y panaderas, repartidores, cajeras y cajeros de supermercados, enfermeras, asistentes de hospitales y un montón de hombres y mujeres asumiendo tareas y oficios ingratos, mal pagos, al servicio de las clases superiores han sido llamados a mantener viva la llama de los intercambios necesarios al funcionamiento de las sociedades. Los ejecutivos están en sus casas, en el campo o en la playa, los héroes inflados de las startups detrás de sus pantallitas bien protegidos de la circulación mientras que los trabajadores y trabajadoras constituyeron el pilar del hilo de vida que queda dentro de un sistema confinado. La crisis sanitaria corrió el telón de su identidad al tiempo que funcionó como espejo de la desigualdad laboral. Los vencedores de la globalización están en casa, los otros en el trabajo. El sociólogo francés Camille Peugny es un especialista de las desigualdades sociales y de la desclasificación social. Miembro del Centro de Investigaciones sociológicas y políticas de Paris (CRESPPA-CSU) y profesor en la Universidad de París VIII, ha escrito varios libros sobre las desigualdades laborales y sociales (Le déclassement, La montée du déclassement, Le destin au berceau : Inégalités et reproduction sociale).

En esta entrevista con Página/12 realizada en París en tiempos de confinamiento, Camille Peugny analiza esa perdida de la invisibilidad de las clases populares, así como la ocasión única, el “ahora o nunca”, que tiene la izquierda para replantear un proyecto de sociedad para todos y no solo para las clases medias conectadas.

--El 31 de diciembre de 1994 surgió en México el movimiento zapatista. Sus militantes tenían el rostro cubierto con un pasamontaña. Uno de sus emblemas fue decir: estamos enmascarados para que nos vean mejor. En esta crisis sanitaria mundial, la gente se puso máscaras de protección y, con ello, se visibilizó lo que era invisible: grupos sociales marginados, trabajadores. Desde la cajera del supermercado, el panadero, el señor y la señora del almacén, el camionero, en fin, ellos son hoy quienes hacer funcionar el sistema mientras que los ejecutivos trabajan protegidos desde sus casas de fin de semana. Las máscaras sanitarias los volvieron visibles.

---Sí, fue así. La máscara nos reveló a esas clases sociales que son generalmente invisibles y que hoy están afuera, en la calle, trabajando, para garantizar nuestra supervivencia. Ahora bien, esta nueva geografía social existe desde hace mucho. En Francia, como en la mayoría de los países occidentales, hay una polarización del trabajo y de la sociedad. Por un lado, están los empleados calificados, móviles, que hablan varios idiomas, trabajan en las empresas internacionales y venden por mucho dinero su capacitación en el mercado del trabajo. Por el otro, están los empleados poco calificados, en su mayoría mujeres mal pagas que están al servicio de la otra clase social para ir a buscar a los niños a la escuela, hacer tareas de limpieza. Por consiguiente, esta forma de relación entre clases sociales estaba ya presente, pero, ahora, se hizo muy visible en este contexto de crisis. Todos aquellos y aquellas que tienen un trabajo protegido y bien pago pueden trabajar desde su casa mientras que todos aquellos y aquellas que garantizan la supervivencia de la sociedad están obligados a salir. Es como una experiencia de laboratorio masiva y a cielo abierto. La crisis sanitaria del coronavirus visibilizó las jerarquías de la utilidad social.

--El relato visible de lo real trastornó de hecho las ficciones de la economía globalizada.

--Efectivamente. Con la globalización de la economía ha habido un movimiento de polarización de la estructura del trabajo que ahora aparece con toda su fuerza. Desde hace 30 años nos vienen prometiendo la desaparición de los trabajos penosos y el advenimiento de una sociedad del conocimiento. Pues no, al final nos damos cuenta de que, en 2020, nuestras en sociedades circulan millones de empleados que tienen puestos de trabajo penosos, mal pagos, expuestos, y que, sin ellos, la sociedad no puede funcionar. Le doy un dato válido para Francia: en este país hay 15 millones de personas que trabajan como obreros o empleados. Hoy los vemos mejor.

--Es la segunda vez en el último año y medio que la raíz de la sociedad sale a la superficie: primero fue, a partir de 2028 y durante una parte de 2019, el movimiento de los chalecos amarillos, el cual sacó a la luz lo que se llamó “la Francia invisible”. Ahora el coronavirus.

--Cuando los chalecos amarillos se movilizaron descubrimos que había muchos empleados y empleadas que giraban en torno a esos trabajos invisibles, con salarios bajos. Hace 18 meses se los pudo identificar cuando ocuparon las rotondas de Francia. La historia vuelve a repetirse.

--En casi todas las izquierdas hay como un pesimismo, un derrotismo marcado, un canto del cisne negro. Predomina la idea según la cual esta crisis le servirá al liberalismo para encapsularnos aun más. Usted ve, al contrario, una oportunidad única de redención social.

---No creo desde luego que toda la gente que sale a sus balcones o sus ventanas a aplaudir a quienes trabajan en los hospitales se conviertan de pronto en militantes anti liberales. Una buena parte de la sociedad volverá a ser como antes una vez que la crisis pase. En cambio, sí estoy convencido de que, para la izquierda, contamos con una oportunidad única. De golpe surgieron ante nosotros todas las aberraciones de las políticas implementadas en el curso de las últimas décadas. Un ejemplo dramático de esto es lo que ocurrió en Francia con las máscaras. Hace algunos años, un ministerio borró una línea presupuestaria destinada a comprar máscaras con el fin de ahorrar plata y ahora no hay máscaras a raíz de eso. Nuestro sistema no funciona más. Con esta catástrofe que vivimos vemos los resultados de estas políticas neo liberales. Podemos pensar que esto servirá de pedagogía, podemos pensar que, si la izquierda lleva a cabo un trabajo de análisis, de propuestas positivas sobre las consecuencias de estas crisis espantosas, entonces si podemos pensar que habría ciertos parámetros que cambiarían. En todo caso, si después de esta crisis nada cambia sería desesperante. Admito que la tarea es complicada. Para empezar a ir hacia una dirección distinta que la del rigor presupuestario o de la finanza hace falta un trabajo de largo aliento y, además, realizado a escala internacional. Nos hace falta una reacción coordinada de los movimientos y los partidos de izquierda en todos los países. Para los progresistas, los antiliberales, es ahora o nunca. Es la oportunidad para que, juntos, diseñemos un cambio de sistema. Todavía viviremos varios meses más con una demostración explosiva sobre el camino sin salida al que las políticas de las últimas décadas nos condujeron. Si después de esto nada cambia, entonces nunca jamás habrá cambios.

--Uno de los conceptos que usted ha promovido en su obra es el de la sociedad de la atención, del cuidado, de lo que los anglosajones llaman "care".

--Cuando se habla del care se piensa en la atención a los niños, a las personas de la tercera edad, etc. Pero yo creo que es preciso ampliar esta noción de la atención a todos los oficios que existen para estar al servicio de nuestros semejantes. La cajera del supermercado que sigue trabajando hasta las 10 de la noche en París para que el ejecutivo pueda hacer sus compras también forma parte de esas profesiones de la atención al otro. Justamente, el cuidado, la atención, el care, permite entender la dimensión vertical de la sociedad. Hay muchas personas cuyo trabajo consiste en estar al servicio de los demás. Esas personas son a menudo mujeres, inmigrados, que trabajan en condiciones dramáticas. Esta idea del care, de la atención, extendida a todas las profesiones puede servir para repensar las relaciones entre grupos sociales. Creo que, para la izquierda, es, otra vez, una forma de proponer un proyecto de sociedad positivo en el cual se le pueda ofrecer a esos millones de trabajadoras y trabajadores un lugar en la sociedad a la altura de su utilidad y de su importancia social. Insisto en decir: es una oportunidad histórica para repensar el lugar de cada uno en la sociedad y promover un cambio. Si no lo hacemos ahora, nunca más lo haremos. Hay un trabajo personal y político muy importante que debe hacerse.

--Este trastorno exponencial reactualiza igualmente lo que el liberalismo puso bajo la alfombra mientras que la izquierda miraba hacia otro lado: las clases sociales existen y la desigualdad las atraviesa.

---La temática de la desigualdad social siempre fue actual, sólo que no se la estimuló políticamente. Los términos como clase obrera, ricos, dominantes, fueron desapareciendo de a poco de las retóricas políticas, incluso de la propia izquierda. Sin embargo, no por ello las clases sociales dejaron de existir. Hay que empezar por promover los oficios, la función social, la jerarquía de la utilidad social. Hay que llevar la voz de los trabajadores, de las mujeres, de los hombres y de sus oficios. No todos los dominados tienen conciencia de pertenecer a una misma clase social con capacidad de organizarse para defender sus intereses como lo enuncia la teoría marxista. En parte la responsabilidad de esto también incumbe a la izquierda porque abandonó a esas clases sociales y la temática social. Hace 30 años que se habla de las clases medias y no se habla de las clases populares. Vivimos en una sociedad de clases sociales y de antagonismos sociales. Ambas problemáticas deben ser llevadas al centro del debate público. La izquierda no debe tener miedo de hablar de clases sociales. En este contexto, hablar sólo de clases medias equivale a no tratar el tema de las clases sociales. Así se instaura la imagen de una sociedad compuesta únicamente por una gigantesca clase media. Desde luego, no bastaría con hablar de las clases populares para ganar sus votos, empezando porque esas clases populares se identifican con la clase media y quieren parecerse. Pero hay que asumir un discurso que sea al mismo tiempo capaz de apropiarse de los antagonismos sociales y designar un porvenir colectivo.

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Virólogo: pandemia de COVID-19 concluirá cuando se infecte toda la población mundial

La pandemia de la enfermedad respitatoria COVID-19 (causada por el nuevo coronvirus) se terminará cuando todos los habitantes del planeta hayan sido infectados, lo que ocurrirá en poco más de un año, dijo a Sputnik el virólogo colombiano Jaime Castellanos.

"¿Cuándo va a terminar la pandemia? Cuando todas las personas del mundo hayamos sido infectadas, todos somos susceptibles entonces todos vamos a tener en algún momento el virus", afirmó Castellanos, director del Instituto de Virología de la Universidad de El Bosque de Bogotá.

Explicó que todos los humanos son "susceptibles" de contraer el nuevo coronavirus porque "era un virus que estaba en animales y empieza a infectar humanos, eso significa que los humanos no tenemos anticuerpos (elemento clave para combatir una infección de virus o bacterias que afecta al organismo)".

El nuevo coronavirus surgió en diciembre pasado en la ciudad china de Wuhan (sureste), se extendió a más de 150 países en semanas y este mes la enfermedad fue catalogada como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad de El Bosque afirmó que "seguramente también se va a terminar cuando aparezca la vacuna, pero la vacuna va a salir dentro de 18 meses".

Ante la pregunta de si la población se puede infectar antes de tener la vacuna, aseguró que "sí, los modelos matemáticos dicen que en un año aproximadamente el 70, 80% de los individuos del mundo habremos sido infectados".

Las medidas como las de aislamiento social que están adoptando los gobiernos de los países con casos de COVID-19 son para evitar la saturación de los sistemas de salud que deriven en numerosas muertes.

Afirmó que "la ventaja es que si nos infectamos despacito y controlamos la tasa de transmisión, la cantidad de enfermos va a ser menor y se van a poder salvar más vidas".

"Una situación de contagio masivo sin ninguna medida de control lo que va a causar es un colapso de los servicios de salud, de las camas de hospital, sobre todo las camas de cuidados intensivos que van a requerir los adultos mayores", añadió.

Por su parte, el médico Fabio Grill Díaz, de la Unidad de Enfermedades Infecciosas del hospital Maciel de Uruguay, dijo que el COVID-19 "vino para quedarse y en los próximos años persistirá, probablemente con menor agresividad".

Agregó que "los antecedentes de nuevos coronavirus tuvieron comportamientos diferentes, SARS (Síndrome respiratorio agudo grave) 2003 duró casi tres años y MERS CoV (síndrome respiratorio de Oriente Medio) del 2012 aún sigue el brote, aunque claramente en menor medida".

Castellanos y Grill Díaz coinciden en que una vez que una persona tuvo COVID-19 ya no se vuelve a infectar con el nuevo coronavirus que causa esa enfermedad.

El virólogo colombiano afirmó que "lo que dicen los expertos en China es que la persona que tuvo la infección produce anticuerpos que son protectores por lo menos por un año, así que esa persona no se vuelve a reinfectar".

En el mundo hay 413.467 casos confirmados y 18.433 muertos por el COVID-19, según el último informe de la OMS del miércoles.

Contagiosidad de SARS-CoV-2 indica que lo peor está por llegar en Latinoamérica

Cada brote local del nuevo coronavirus se presenta en general con muy pocos casos y, 15 días después, se registra un pico de crecimiento porque surgen todos juntos los contagiados del primer enfermo, explicó a Sputnik el virólogo colombiano Jaime Castellanos, director del Instituto de Virología de la Universidad de El Bosque de Bogotá.

"Arranca despacio, una transmisión por tres pacientes, y entre el día 15 o 20, aparecen simultáneamente los infectados de los originales que infectaron hace una semana, semana y media", explicó.

La nueva cepa de coronavirus SARS-CoV-2 se detectó en diciembre pasado en la ciudad china de Wuhan (sureste) y se extendió a más de 150 países.

La enfermedad respiratoria que causa, bautizada COVID-19, este mes fue catalogada como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Las autoridades de Brasil, que registraron el primer caso en América Latina, lo hicieron el 26 de febrero.

Para el 12 de marzo, es decir 15 días después, había 52 casos confirmados; el 17 de marzo se presentó la primera muerte y los casos subieron a 234, y el 23 de marzo hubo un gran salto en las cifras: 34 muertos y 1.891 infectados.

Para este jueves Brasil reportaba 57 muertos y 2.433 casos confirmados.

Castellanos, profesor titular de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad El Bosque, afirmó que "uno de los problemas más complejos que le vemos a este virus es que tiene una alta tasa de contagiosidad, lo que se ha llamado el "R sub cero" (número reproductivo básico), que es la medida de cuántas personas se contagian por cada infectado".

Ese número "está entre 2,5 y tres, o sea un contagiado puede infectar a 2,5 o tres personas, entonces a los tres o cuatro días esas tres personas infectan, cada una, a tres personas", explicó.

"Eso significa que al tercer día por un infectado tendremos tres, a los seis días tendremos nueve, a los nueve días tendremos 27, a los 12 días tendremos 81 y así sucesivamente hasta que se haya alcanzado a todos los susceptibles", añadió Castellanos.

Aplanando la curva

Castellanos indicó que "si la transmisión ocurre sin ninguna medida (para impedirla), avanza rápidamente el virus por esa curva y llega a un pico y empieza a descender, pero lo que hacen las medidas es ese concepto de aplanar la curva".

Según el virólogo, el distanciamiento social "tiene mucho valor" porque el coronavirus tiene tres rutas de transmisión.

La primera es "la cercanía; las personas expulsan gotas de saliva y esas secreciones pueden alcanzar a una persona que esté a menos de un metro".

La segunda "son las gotitas que quedan en el aire y pueden contagiar a una persona que estaba cerca; y la tercera es el contacto con superficies contaminadas por las secreciones de una persona infectada", detalló.

El virus puede sobrevivir en distinta superficies entre ocho y 12 horas.

Uruguay en situación preocupante

Los primeros cuatro casos de COVID-19 en Uruguay fueron anunciados por el Gobierno el viernes 13 de marzo, y el pasado miércoles ya había 217.

El médico Fabio Grill Díaz, de la Unidad de Enfermedades Infecciosas del hospital Maciel, dijo a Sputnik que es "preocupante" la evolución del COVID-19 en Uruguay.

Grill Díaz, expresidente de la Sociedad de Infectología Clínica del Uruguay, argumentó que "en una semana se diagnosticaron 100 casos y es casi similar a lo observado en el inicio de la epidemia italiana y española".

En España hay actualmente 56.188 casos confirmados y 4.089 muertos por COVID-19, mientras que en Italia hay 57.521 contagiados, y 7.503 fallecidos.

Grill Díaz espera que en Uruguay se dé la misma curva que en otros países, donde a los 20 días, aproximadamente, hay un crecimiento exponencial; "por ello nos estamos preparando", dijo.

Si bien no se puede asegurar que lo que está pasando en Europa "se reproduzca igual, sabemos que las posibilidades son muy grandes", estimó.

El 13 de marzo el director general de OMS, Tedros Adhanom, dijo que "Europa se convirtió en el epicentro de la pandemia COVID-19 y tiene más informes de nuevos casos y muertes que en los demás países juntos menos China".

El domingo el representante de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en Uruguay, Giovanni Escalante, dijo al diario local El País que "es de esperar que dentro de una semana se vea un auge de los contagios, esa curva puede crecer más si la gente no cumple con el aislamiento domiciliario".

El representante de la OPS sostuvo que "la experiencia que hemos visto en otros países, en especial en China y Corea del Sur, es que a las dos semanas levanta más la curva y luego empieza a estabilizarse".

Grill Díaz cree que en Uruguay "el aislamiento social con política diagnóstica intensiva parecería ser una de las medidas para lograr" estabilizar la curva de crecimiento del brote epidémico.

21:54 GMT 26.03.2020(actualizada a las 02:45 GMT 27.03.2020) URL corto

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Coronavirus: Reino Unido evalúa liberar presos para evitar contagios

"Hay cárceles superpobladas que son un verdadero desafío”

 

Luego de que se conociera la primera muerte por Covid-19 de un preso británico, el gobierno de Boris Johnson dijo que considera la liberación de detenidos para frenar la propagación de la enfermedad. Podrían acceder a la libertad unas nueve mil personas que están recluidas a la espera de juicio.

 

Con la población en cuarentena por tres semanas, el gobierno británico está considerando la posible liberación de presos para evitar un contagio masivo en las cárceles. Según explicó el ministro de justicia Robert Buckland al comité parlamentario que supervisa su área, el virus representa un peligro “agudo” en las cárceles, muchas de las cuales están en condiciones de sobre-población. “La liberación de reclusos de bajo riesgo antes de que cumplan su sentencia puede ser parte de la ecuación así como el uso de la licencia temporal en la medida de lo posible. Estamos analizando también la situación de unos cuantos miles de presos que van a ser puestos en libertad en las próximas semanas”, dijo Buckland.

Este jueves se dio a conocer la primera muerte por coronavirus de un preso británico, un hombre de 84 años, en el pabellón de presos por delitos sexuales de Littlehel, en Cambridgeshire. Las autoridades han testeado un total de 19 reclusos con coronavirus, pero se estima que los casos no diagnosticados superan con creces esa cifra. Un indicador que hace pensar en números más altos es etario: un 16% de los reclusos británicos tienen más de 50 años. Son unos 14 mil presos, sobre una población total de 83.709, según las últimas estadísticas del Home Office (80.004 hombres, 3.705 mujeres)

Los porcentajes son más alarmantes con el personal carcelario. Unos 3500 – 10% del total – se encuentran enfermos o en aislamiento ante la posibilidad de contagio. Los niveles de testeo han mejorado desde que en la última semana el gobierno de Boris Johnson dio un giro de 180 grados en su política frente al coronavirus, pero distan de ser ideales. Entre el personal carcelario hay siete que dieron positivo. Más que un cuadro preciso, el número parece una muestra.

El ministro Buckland sugirió al comité parlamentario de Justicia que en la selección de reclusos a ser liberados podrían entrar unas nueve mil personas que están presos a la espera de juicio. También unas 50 embarazadas. “Pero le aseguro al comité que la evaluación de riesgo es una prioridad absoluta para nosotros. Al mismo tiempo tenemos que considerar que hay cárceles superpobladas que son un verdadero desafío”, señaló el ministro.

Las cárceles en medio de la pandemia

El Coronavirus ha empeorado las condiciones carcelarias. Las visitas se encuentran suspendidas. El gobierno está facilitando unos 900 celulares para que los presos se mantengan en contacto con sus familias. Los celulares no tienen acceso a Internet y son entregados de modo temporario luego de una evaluación del riesgo. En la última semana aumentaron el material de lectura que se distribuye entre los reclusos. 

El gran temor es una rebelión como la de Italia. El 8 de marzo se desató una protesta que duró varios días en diferentes prisiones de Italia por la suspensión de las visitas: el saldo fue de 13 muertos. 

El impacto de las cárceles en la pandemia supera, por supuesto, las fronteras europeas. El 10 de marzo Irán dejó en libertad de “manera temporaria” a unos 70 mil presos. En Nueva York, California y Ohio han comenzado a poner en libertad presos frente a la amenaza de un contagio masivo. 

Según la ONG "World Prison Brief", hay más de 11 millones de reclusos a nivel mundial y una clara superpoblación de sistemas carcelarios en todo el mundo. 

Ese gran fantasma que es el Coronavirus está abriendo un debate sobre el tipo de sociedad en que vivimos. La pregunta es obvia. Si todos esos presos pueden ser liberados por cuestiones sanitarias, ¿era la cárcel realmente el mejor lugar para que cumplan sus penas? 

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Coronavirus: el polémico remedio de Didier Raoult

La comunidad científica no descarta la posible eficacia del tratamieto de Raoult, pero sí pone en tela de juicio la forma en que se realizaron las pruebas. Se metieron los complotistas, la extrema derecha, los opinólogos, los detractores de la industria farmacéutica y la Comisión Europea.

 

¿Tratamiento milagroso para neutralizar el coronavirus, complot contra su descubridor o ambición no controlada ? El protagonista de esta controversia, donde incluso se metió el presidente norteamericano Donald Trump, es el doctor Didier Raoult. Desde hace un par de semanas, este médico especialista en infecciones y microbiología, al frente del Instituto hospitalo-universitario Mediterráneo de Infección de Marsella (IHU), clama en todos los medios posibles que existe un antídoto económico y sencillo contra el Covid-19. Según él, un procedimiento basado en la cloroquina es el escudo más idóneo contra el virus.

Ya tuvo su primer éxito; el Ministerio de Salud de Francia autorizó su uso en pacientes internados. “La hidroxicloroquina y la combinación de lopinavir/ritonavir pueden ser dispensadas y administradas bajo la responsabilidad de un médico a pacientes afectados por COVID-19, en los establecimientos de salud que se encargan de ellos, así como, para la continuación de su tratamiento si su condición lo permite y con la autorización del médico inicial, en el hogar”, dice el comunicado deel Ministerio.

 El profesor Didier Raoult surgió de la nada a finales de febrero, a través de un video difundido en las redes sociales donde anunció “el final de la partida” con este ingrediente muy utilizado contra el paludismo. Más tarde afirmó que, tras seis días de tratamiento con la cloroquina, apenas el 25 por ciento de los infectados presentaban síntomas. Entonces empezó una guerra entre el profesor, los medios científicos que cuestionaban su metodología, el poder político que no daba su autorización para que se llevara a cabo un tratamiento masivo, la Organización Mundial de la Salud que cuestionaba sus afirmaciones y la opinión pública, parte en contra de él y parte a favor (hasta lo amenazaron de muerte por charlatán). Se metieron los complotistas, la extrema derecha, los opinólogos, los detractores de la industria farmacéutica y la Comisión Europea.

Didier Raoult no es un perfecto desconocido, al contrario. Es un investigador de un enorme prestigio internacional conocido por sus investigaciones sobre virus emergentes cuyos descubrimientos le valieron incluso que existan dos bacterias infecciosas con su nombre: Raoultella planticola y Rickettsia raoultii. En 2010 ganó el gran premio del INSERM, (Instituto Nacional de Investigación en Salud y Medicina) y el centro que dirige en Marsella, el IHU, es uno de los más importantes que existen consagrados a las enfermedades infecciosas tropicales emergentes. 

La comunidad científica no descarta la posible eficacia del tratamiento del profesor Raoult, pero sí pone en tela de juicio la forma en que, hasta ahora, las pruebas se llevaron a cabo. La OMS habló de “estudios reducidos” mientras que la corporación científica cuestionó y cuestiona su comunicación, la cual ha desatado una vorágine de malos entendidos. Es cierto es que los test parecen carecer de un cimiento sólido y los resultados que dieron las pruebas hechas desde hace varios días no coinciden con la tesis de Didier Raoult: los ensayos fueron muy restringidos (24 personas), hay grandes disparidades socio demográficas entre los participantes, todos no se encontraban en el mismo estado clínico de la enfermedad durante los ensayos y en el grupo de experimentación hubo incluso pacientes que rehusaron seguir el tratamiento, pero no fueron excluidos del protocolo. Se empleó la regla del “doble ciego”, la cual descarta la posibilidad de que pacientes y médicos sepan a qué grupos pertenecen. Por esta razón, el Alto Consejo de la Salud de Francia recomendó que, a falta de resultados concluyentes, el tratamiento con cloroquina no se empleara de forma masiva sin previa autorización y que su uso se limitara a las formas más graves de la infección. China, sin embargo, optó por probar la metodología del profesor francés sin que las consecuencias estuvieran a la altura de las esperanzas suscitadas. Al cabo de siete días de tratamiento no se constató ninguna diferencia.

Las persistentes dudas no condenaron la esperanza del antídoto. Las autoridades dispusieron que esta semana se llevara a cabo un ensayo clínico llamado Discovery. Lo dirigirá un consorcio donde se reúnen varios grupos de investigación de Francia llamado Reacting. Participan en él los hospitales de París, Lyon, Nantes, Lille y se extenderá más tarde a otros centros. Esta mega prueba integra a 3. 200 pacientes en Europa (800 de Francia) y recién el 27 de marzo se experimentará con cloroquina.

La querella se enredó un poco más cuando Donald Trump dijo que pensaba recurrir a la cloroquina contra el coronavirus. Las redes sociales, territorio predilecto del profesor Raoult para difundir su tratamiento, ven en él un héroe víctima de la mala fe de una industria farmacéutica aterrada ante la aparición de un tratamiento casi gratuito. Raoult incorporó esa sospecha en su retórica, con lo cual ha incluso incurrido en cierta perfidia no muy acorde con el rigor científico. En una columna publicada por el vespertino Le Monde, Raoult se defendió de sus detractores acusándolos de ser fanáticos de la “metodología” y, de allí, de estar en manos de la industria farmacéutica. Raoult escribe: «se utiliza un modelo para imponer, progresivamente, un método que fue desarrollado por la industria farmacéutica y evidenciar así que medicamentos que, globalmente, no cambian el porvenir de los pacientes agregan una pequeña diferencia. Ese modelo alimentó a muchísimos metodologistas y se volvió una dictadura moral”. Sólo las pruebas y sus resultados dirán si Didier Raoult tiene razón o exageró al haber sembrado esperanzas, controversias y convulsión con una panacea prodigiosa.

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La crisis de los cuidados en forma de coronavirus

La nueva crisis se llama “coronavirus”. Dos de sus consecuencias relevantes están siendo el aumento de la violencia machista y la puesta de relieve –más si cabe– de la trascendencia de los cuidados y de la urgencia de una rearticulación sistémica de los mismos, más allá de la explotación y el esclavismo heteropatriarcal racista y capitalista. Por poner un par de ejemplos, tres mujeres han sido asesinadas en nuestra pequeña nación, EuskalHerria, en una semana, en la que se puso en marcha el confinamiento de la población, o cuatro hombres han sido detenidos por agredir a mujeres en Navarra, mi comunidad, el primer fin de semana de confinamiento.

Pero desde la insularidad y atomización del aislamiento la lucha, la organización y la resistencia siguen. Vídeos, carteles y protestas ruidosas y nocturnas en forma de caceroladas desde balcones y ventanas se suceden a modo de denuncia de la violencia machista y racista. Una de las reivindicaciones principales del movimiento feminista, dentro y fuera de EuskalHerria, es la necesidad de poner la vida en el centro, cuestión en la que se entrelazan, tanto la violencia machista, como la necesidad de una revalorización y redistribución de los cuidados. La solidaridad colectiva franquea los muros del aislamiento social y crearedes de cuidadoen pueblos y barrios,paracombatirasí la intensificación de la precarización vital y asistencial.

En el Estado español (división geográfico-administrativa a la que actualmente pertenece la mayor parte de EuskalHerria, la otra parte pertenece al Estado Francés), existe una sistema público de salud, en teoría universal y gratuito, que si bien en buena parte privatizado y maltrecho por los recortes capitalistas, implica una cobertura sanitaria para la ciudadanía general. Esto significa que la gente que vive en la calle, la que no llega al salario mínimo, la que no tiene seguro médico ni seguro privado, las migrantes sin papeles, etc. serán, en teoría, atendidas.

Aun con todo, esta estructura social que paliará y amortiguará los efectos del coronavirus dejará fuera muchos cuerpos –en situación especialmentevulnerable se encuentranlas personas confinadas en cárceles y en los Cies (Centro de Internamiento de Extranjeros)–y muchas demandas, y no opacará la urgente necesidad de poner la vida, mucho más allá de la vida hegemónica, en el centro. El coronavirus no hace sino poner de relieve una crisis sistémica de los cuidados, la profunda y planificada inercia neoliberal capitalista de invisibilización, feminización, racialización, infravaloración y pauperización de los cuidados. Las recesiones económicas teledirigidas y los colapsos ecológicos no cesarán si no otorgamos a los cuidados el valor central que tienen como sostenedores y reproductores de vida,y articulamos nuestras sociedades en torno a ellos de manera justa y equitativa.

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