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MÚSICA DESDE OTRAS COORDENADAS

Martes, 21 Junio 2011 18:25

Constitución y multiculturalismo. Jikanotikai

Escrito por Selnich Vivas Hurtado
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Jikanotikai uzungoniaimo
bie monifue kirígai túiyena**

bie monifue kirígai túiyena jm
bie monifue kirígai túiyena jm

ji bie monifue kirígai túiyena jm
Jikanotikai ji Jikanotikai ji

Sveta Aluna/Jitómaña Jitómagaro, 2011

Bastaría mencionar un libro editado por la Universidad del Cauca en 1954 para demostrar que Colombia no es una nación plural. El libro se titula Disposiciones sobre indígenas, adjudicación de baldíos y represión de estados antisociales (vagos, maleantes y rateros). Su autor, Marino Balcázar Pardo, no representa apenas a una minoría ignorante que promueve una mentalidad tardíamente colonizadora, sino más bien a un imaginario colectivo que nos toca y nos contiene a todos por igual. El desprecio hacia nuestros hermanos y hermanas indígenas y afrodescendientes no ha desaparecido con la Constitución del 91; todo lo contrario, cuando ellos protestan para defender sus derechos culturales y territoriales, simplemente se les califica de terroristas. Para evitar el listado de nuestras complicidades históricas en este proceso de exterminio de las culturas ancestrales, prefiero contarles una historia de hoy que puede ilustrar hasta qué punto la educación colombiana está visiblemente impedida para ser pluricultural.

Un Jitómagaro ha muerto. Uno de los últimos cuatro portadores de la sabiduría ancestral del clan de los hijos del sol. Murió en Leticia, hace apenas dos semanas, luego de una intervención equivocada. Los médicos que lo atendieron en La Chorrera, el pueblo más cercano a su chagra en las orillas del río Kótue, le diagnosticaron tuberculosis y consideraron que debía ser trasladado en avión a un hospital de la capital del Departamento del Amazonas.

Vivo se lo llevaron en un avión de Satena, incluso por un costo muy bajo. Al morir en la ciudad, la misma aerolínea se negó a repatriarlo. Así que el abuelo no pudo regresar a sus territorios sagrados. Su hijo mayor luchó inútilmente por el retorno del padre a casa. Luchó sin los recursos económicos, sin el dominio pleno del idioma oficial, sin el convencimiento necesario de que debía oponerse a las costumbres impuestas por los citadinos cristianizados, sin el acompañamiento de sus plantas sagradas, coca y tabaco. Luchó solo ante un sistema y ante una sociedad que lo apabullaron con una andanada de incomprensiones. El cadáver de este uzuma (abuelo-sabedor) no sólo pasó a manos de la iglesia católica, sino que además fue cremado y, de paso, convertido en una cosa desprovista de todo valor para una cultura que ha habitado la selva por miles de años.

La genealogía de los Jitómagaro, una estirpe más antigua que los primeros conquistadores europeos, quedará perdida para siempre por las buenas voluntades de colombianos incapaces de entender que cuando un uzuma se enferma gravemente no se le puede alejar de su familia, sino que más bien se le debe rodear de sus sucesores para que antes del momento de la despedida se preparen a recibir los últimos secretos que sostienen al mundo en equilibrio. Me refiero a los jagagi, ruaki, yetárafue, bakaki, jira, para sólo mencionar cinco de las numerosas formas de pensamiento que la cultura minika ha creado y con las cuales ha sabido administrar y regular su experiencia en el mundo. Si un uzuma muere lejos de sus sucesores, si su cuerpo no es enterrado en su anáneko (casa), para que sea recordado por sus árboles y sus plantas, por sus pieles, plumas y colmillos, tales secretos del bienestar y del bienvivir desaparecen irremediablemente. Esta pérdida, insignificante para los colombianos, tiene consecuencias demoledoras para los Jitómagaro. Con el uzuma murió también el archivo general de una nación. Y, además, murieron las ilusiones de sus dos herederos que, animados por las promesas de algunos artículos de la Constitución del 91, pretendían ir a la ciudad para defender la dignidad de las culturas indígenas.

Uno de los herederos vino a Medellín, esperando ingresar a la universidad pública Quería ser filólogo y fundar una escuela en la que pudiera enseñar y preservar los saberes de sus mayores. Soñaba con una escuela minika en medio de la selva que fuera reconocida legalmente y que sirviera de contrapeso a la educación religiosa de La Chorrera. Y, aunque este joven sabedor es un bachiller políglota –aparte del minika habla el nipóde, el múrui, el mika y el español–, no pudo aprobar el examen de admisión a la universidad pública. Sus conocimientos sólidos en el cultivo de plantas y el cuidado de animales, en el tratamiento de varias enfermedades con plantas sagradas, sus habilidades artesanales en la fabricación de canastos e instrumentos musicales, sus talentos como narrador y cantor y su inusitada capacidad filológica, con la que logra admirablemente explicar el origen, el significado y el uso de los conceptos propios de su cultura, no le sirvieron para afrontar un examen de selección múltiple en donde prima más la trampa retórica que la pertinencia de los saberes. Y lo más triste de todo: se le evaluó con el idioma impuesto por los conquistadores, por los asesinos de sus ancestros.

¿No hay pluriculturalidad?

Colombia no puede ser una nación pluricultural. La expresión es de por sí abiertamente sospechosa. ¿Cómo puede ser incluyente una nación sin dejar de ser solo y nada más que una nación europeizante? Para ser pluricultural esta nación debería ser, en primer lugar, varias naciones independientes. Y esto significa 65 naciones indígenas, dos naciones afrodescendientes, una nación de tradición hispánica y una nación de origen romaní o gitano. 69 naciones, todas diferentes y cada una con su territorio, su lengua y sus tradiciones ancestrales; cada una con su gobierno, educación y economía propios. La nación soñada por la Constitución del 91 es un producto de buenas intenciones ancladas en graves errores históricos. Es una obra de la imaginación colonizada por taras e impedimentos culturales. Es una obra de los sueños civilizatorios europeístas. Es cierto que esta nación es mucho más imaginativa y generosa que la nación inventada por Núñez, Caro y sus amigos en 1886. Pero no es menos cierto que quienes diseñaron esta nueva nación son los seguidores de un “oscuro hombre de genio”, como llamara en un cuento Jorge Luis Borges a los inventores de Tlön, un planeta inexistente pero todopoderoso.

Cabría llamar a estos oscuros hombres y mujeres de genio que participaron en la elaboración de la Constitución del 91 no con nombres propios, sino con un concepto de la ciencia cognitiva y de la psicología. Digamos que se trata de un Denkfehler, como se dice en alemán. Por tal se entendería en términos amables un error de lógica. En términos más fuertes, una falacia. Y en términos muy preocupantes se hablaría de un “error del pensar”. Se piensa equivocadamente creyendo que se piensa acertadamente. Se piensa generosa y bienintencionadamente, sin darse cuenta de que se agrede y violenta a otros, a muchos, en especial a todos aquellos que no conceptualizan ni sienten de la misma forma porque están inmersos en otros sistemas del pensar, en otros códigos culturales.

El fracaso de nuestra democracia no radica apenas en la falta de concordancia entre las ilusiones constitucionales y las realidades políticas. Unas y otras distan mucho de haber entendido la urgencia de una reparación cultural, de una corrección histórica para con aquellas culturas que, a pesar de haber sido legítimas dueñas de estos territorios, nunca recibieron de vuelta ni el poder ni la dignidad que se merecían después de la llamada independencia frente a España. Los principios de nuestra Constitución se basan todavía en la falacia de que la cultura hispánica es superior a todas las culturas indígenas y afrodescendientes. En su “Preámbulo”, por ejemplo, aún se habla “invocando la protección de Dios”, aunque más adelante se reconozca la libertad de culto. Aunque lo más adecuado sería invocar también a los cientos de dioses que manejan las 68 otras culturas que habitan estos territorios. En la Constitución todavía se afirma, y sin dolor alguno en la consciencia colectiva, que el “castellano es el idioma oficial de Colombia” (Art. 10°). ¿A quién le conviene que el idioma de los invasores se perpetúe sobre las 68 lenguas nativas, sobre las 65 culturas efectivamente originarias de estos territorios? ¿A quién le conviene el monolingüismo de la mayoría de la población frente al poliglotismo de un grupo reducido? El Denkfehler que se esconde detrás de este ideal es muy simple. Se cree que el “castellano” es un idioma superior por ser europeo, por provenir del griego y del latín. Es una vergüenza que la nación colombiana busque aún sus raíces en el mundo clásico e hispánico y que se niegue la posibilidad de aceptar cualquier presencia del mundo indígena y del mundo africano en nuestro aparato cognitivo.

Una reparación histórica real como la que necesitan las otras naciones de Colombia no se logra simplemente diciendo que las lenguas de las culturas indígenas son “también oficiales en sus territorios” (Art. 10°). O escribiendo, como la Ley 1381 de 2010, que los nativos tendrán “derecho a comunicarse entre sí en sus lenguas” (Art. 5°). Estas propuestas, aunque progresistas, son formas del exotismo contemporáneo que sirven para promover el turismo y la investigación académica. La tara mental, no obstante, pervive, pues consiste en creer que las lenguas creoles y raizales son para los afrodescendientes; no para los colombianos. Los colombianos no están obligados, ni quieren estar interesados, en aprender lenguas nativas. A ellos les basta aprender el español y una segunda lengua europea para comprender lo que sucede y ha sucedido en el mundo y, por deducción, en los territorios ancestrales de Colombia que desde hace miles de años han sido protegidos, cultivados y preservados por las culturas indígenas. A ellos les parece que lo más apropiado para nuestro sistema educativo es que los indígenas y afrodescendientes se tengan que amoldar, a las buenas o a las malas, a la cultura europeizante impuesta a la nación colombiana por oscuros hombres y mujeres de genio. A nadie le cabría en la cabeza que los colombianos, herederos de una tradición foránea, se tienen que integrar también a las culturas nativas.

Sería una aberración pedirle a la nación colombiana que nuestros hijos aprendieran obligatoriamente lenguas nativas en la escuela, en el colegio, en la universidad. Que nuestras hijas fueran políglotas y que cantaran en casa con nosotros los ruaki ancestrales de estos territorios. Pedir que en cada escuela y universidad públicas haya una o varias profesoras de lenguas nativas sería un retroceso cultural para los soñadores de esta nación hispánica europeísta de 1991. Cuesta trabajo aceptar que después de 201 años de independencia política no hayamos logrado lo fundamental, la independencia en el pensar y en el sentir. Y gracias a nuestra obsesiva dependencia cultural hemos permitido que nuestros hermanos y hermanas indígenas y afrodescendientes sobrevivan de la manera más vil, más indigna. Nos parece que ellos no son aptos para ser nuestros profesores universitarios o nuestros gobernantes. Ellos no están preparados para dirigir sus propias universidades en sus territorios de origen con sus propios programas de estudio y con títulos legalmente reconocidos. No están preparados porque impartirían una educación que no les sirve a los colombianos, que exigiría de los colombianos un cambio radical en su forma de vivir y de relacionarse con el planeta.

Un cambio que tal vez podría ser peligroso para la industria, el comercio, la politiquería, la ciencia, las guerrillas, los narcotraficantes, los paramilitares y los militares. ¿Qué sería de los colombianos si se educarán para ser sabedores de la selva? ¿Qué sería de ellos si en vez de aprender a contar billetes, propiedades, balas y muertos, aprendieran a sembrar, a cultivar y a hablar con los animales? ¿Qué sería de nuestro sistema educativo si a parte de insistir en los saberes globales se incorporaran también en nuestra formación profesional los saberes nativos en el campo de la medicina, de la ingeniería, de la arquitectura, del derecho, de las artes? ¿Qué pasaría, por último, si nos explicaran que la verdad, la ciencia y la justicia no necesariamente provienen de textos, de libros, y que es posible pensar con lucidez y ahondar en el conocimiento accediendo a otras formas del ser en el mundo? Pero lamentablemente no estamos dispuestos ni a cantar un ruaki ni a danzar en un rafue ni a pintar nuestros cuerpos con tintes naturales como parte del proceso de aprendizaje.

Nivel de nuestros intelectuales
 
Cada uno de nosotros sabe que Colombia vive un momento histórico irrepetible. Como pocas naciones del mundo, Colombia ha sabido imitar la cultura europea y ha logrado ponerse a la altura de sus maestros. Nuestros intelectuales están a la par de los intelectuales más importantes del mundo occidental. Pero esta carrera desaforada por alcanzar el ritmo europeo, no sólo nos ha llevado a saltar etapas velozmente y a improvisar, sino también a olvidar y a despreciar hasta la muerte al hermano nativo. Como sociedad democrática, aún estamos muy lejos de aceptar que existe un pensamiento aborigen y que él, al igual que el occidental, representa una plataforma sólida para el conocimiento de nuestro mundo y para la preservación de nuestra vida.

El entendimiento entre los seres humanos que habitan este y otros países no deviene de la imposición de una cultura sobre otras, sino de la capacidad que tengamos para interactuar unos con otros empleando diferentes sistemas de pensamiento. Cada cultura imagina, con la ayuda de sus lenguajes verbales y no verbales, una “constitución política”, una en la que se conjugan valores, sensibilidades y saberes hasta crear un orden para el mundo. Mientras no comprendamos y gocemos esas otras formas de inventar a Colombia, es decir, mientras no las dignifiquemos haciéndolas parte de nuestra formación intelectual, difícilmente podremos hablar de pluralidad en un país de pensamiento colonizado. Con los conocimientos y las filosofías de las culturas indígenas y afrodescendientes Colombia podría ser la primera nación verdaderamente ecológica y plural, una en la que sea posible equilibrar el saber europeo con el ancestral. Podríamos ser un modelo para el resto del mundo, si estuviéramos dispuestos a aprender y habitar las otras constituciones políticas que existen en este país.

¿No ha llegado el momento, entonces, de ajustar los sueños de la civilización occidental? ¿No es tiempo de que dignifiquemos nuestras culturas nativas, empleándolas a diario en nuestra vida personal y laboral? Yo siento que solo así podríamos pensar en plural y, de paso, tal vez, aumentar la creatividad humana y, por qué no, devolverle lo humano a la humanidad.

No se trata ahora sólo de la justicia para nuestros pueblos indígenas y afrodescendientes, sino también de la necesidad de un replanteamiento fundamental del pensar. Creo que lo podemos lograr, pero antes es indispensable que reconozcamos que nuestras buenas intenciones y nuestros mejores sueños democráticos ponen en peligro la vida de más de 68 culturas nativas. El abuelo Jitómagaro que murió en un hospital de caridad en Leticia jamás tendrá un homenaje como el que recibirá Gabriel García Márquez cuando muera. El joven minika que no aprobó el examen de admisión jamás llegará a ser estudiante de filología, filosofía o medicina o ciencia política, como sí lo podrá llegar a ser uno de nuestros hijos, aunque ignore el saber ancestral, aunque no sepa la importancia de cantar un ruaki: “Jibina uai, diona uia, farekatofe uai”. Palabra sabia de la planta de coca, palabra sabia de la planta de tabaco, palabra sabia de la planta de yuca.
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