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Viernes, 22 Julio 2011 09:34

Venezuela, junio 5 de 1811. De la conciliación a la independencia

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 Venezuela, junio 5 de 1811. De la conciliación a la independencia

Un solo territorio. Un destino

 

Bicentenario, hoy. Con un pregón en el Caribe, (Haití-1804) –derrota a tropas de Napoleón–, guerra de independencia en el continente, ayer. El sueño de independencia, y la guerra que la hizo posible, se extendió por toda la región como si fuéramos una sola casa. Invadidos, oprimidos, masacrados, colonizados, negados, como un solo y único territorio, su liberación no podía ser de otra manera.
 
 

En el año 2009 tuvieron conmemoración la constitución de la Junta Suprema en Quito/Ecuador (Real Audiencia de Quito) y las sublevaciones en La Paz, Chuquisaca (hoy Sucre), Potosí, Cochabamba y Santa Cruz en Bolivia, que el virreinato acabó a sangre y fuego. En 1806, el Precursor Miranda fracasó en su intento de sublevar la Colonia al tomar la ciudad de Coro con ayuda de la armada británica. No es de olvidar que en Nueva España (México), el 19 de julio y el 5 de agosto de 1808 el Ayuntamiento pidió autonomía al Virrey Iturrigaray. De inmediato, las conversaciones fueron interrumpidas con violencia y cárcel por los defensores de los intereses imperiales el 15 de septiembre. Un preludio del bando de Miguel Hidalgo y Costilla del 29 de noviembre de 1810 y de la proclama de José María Morelos el 8 de febrero de 1812 artífices de la primera rebelión armada contra el dominio de España. En el 2010 les correspondió a Colombia (Nueva Granada), y Argentina (Virreinato del Río de la Plata). Este 5 de julio de 2011 la memoria nos lleva a Venezuela (Capitanía General de Caracas).
 
Doscientos años después, corresponde mirarnos como la sociedad que éramos, para nuestro caso, un solo y vasto país. Para quienes tratan de encasillarnos simplemente como colombianos, es importante revisar la gesta de liberación que tuvo lugar en Venezuela, que comenzó en Caracas pero que no tuvo concreción feliz sino hasta cuando hubo una unidad de esfuerzos de este lado de los Andes, territorio importante de la otra Nueva Granada. Un destino común, ¿ayer y hoy?
 

La crisis del Imperio

 
La abundancia fue su perdición para el Imperio español. Usurpando y violentando pueblos, se acostumbró a vivir de lo ajeno sin desarrollo de lo propio. De esa manera, el oro, la plata y los otros bienes que desde América trasladó para la Península, satisfacieron el confort de las Cortes (la nobleza) despreocupada por los cambios que se gestaban en la economía, en la ciencia y en la tecnología, con epicentro en Inglaterra y Francia, los imperios que le competían.
 
Desde su abundancia, el imperio español compraba a sus vecinos todo tipo de mercaderías, las que hacía llegar a tierras americanas, con garantía en la compra-venta de grandes dividendos. A partir de la superioridad militar España estableció este tipo de relación comercial, con procura de que ni ingleses, franceses, holandeses y otros establecieran nexos directos y permanentes con sus colonias. Así fue durante siglos, pero nuevos tiempos estaban por venir. Inglaterra multiplicaba su capacidad industrial, los pistones movían las nuevas máquinas que hacían el trabajo encomendado antes a la labor de cientos de obreros. La química y la física lograban importantes avances sintetizados en la nueva producción de textiles y otras mercaderías.
 
Con mayor producción, Gran Bretaña estaba en condiciones de vender a menor costo, y de esa manera amasar de manera directa el oro que les llegaba por el intercambio con los reyes de Castilla. Las leyendas del Dorado también llamaban su codicia y ánimo para dar un paso por estas tierras. Sus colonias en las Antillas le permitían avanzar en esta dirección, dando los primeros pasos a través del contrabando.
 
Los menores precios que ofrecían, estimularon el intercambio clandestino con las colonias españolas. La noticia llegó a las Cortes, que respondieron con la Real orden del 20 de abril de 1799, con prohibición del intercambio con las colonias vecinas de otra nacionalidad.
 
Real orden que no daba cuenta de las causas reales del fenómeno del intercambio comercial que crecía a sus espaldas (incapacidad industrial; fortalecimiento de otras potencias) por lo cual tendría que fracasar. Sus mismos súbditos americanos solicitaron que la retirara, y así fue.
 
El deterioro del imperio español no fue cuestión de pocos días. Al contrario, fue un largo proceso económico, social y político, manifestado en infinidad de contradicciones, en el cual jugaron papel importante sus propios errores como las acciones de sus contradictores.
 
La derrota de la Armada Invencible El primero que presintió tal deterioro fue el Rey Felipe II, quien sintió las debilidades de su imperio frente al nuevo imperialismo económico de la Gran Bretaña. Su reacción no fue pasiva “ (…) para salvar la hegemonía mundial de España envió contra Inglaterra la gigantesca Armada Invencible, último gesto heroico y soberbio de este pueblo que intentaba una vez más someter a la economía con el filo de la espada. Pero la naturaleza se opuso (…). Una devastadora tormenta en las costas de la Gran Bretaña, hundió gran parte de la escuadra y dispersó al resto. Así frustró los sueños imperiales del gran monarca”. No solo ésta, otras derrotas menguarían el amplio dominio español.
 
La reforma protestante rompió su monopolio espiritual o el imperialismo católico de España. Si a esto se suma su incapacidad para producir sus propias mercaderías y las dificultades cada vez más crecientes para comprarlas a los imperios que le competían, se podrá tener la dimensión del callejón sin salida ante el cual se encontró el otrora todo poderoso imperio.
 
Derrotada España en los campos de batalla de Europa, quedó además en la posibilidad de perder su monopolio sobre los pueblos de América, pero al mismo tiempo, ante la creciente urgencia de incrementar sus ingresos para poder cancelar sus obligadas importaciones.
 
Impuestos que exasperaron La primera posibilidad la enfrentó con la prohibición a sus súbditos de comerciar con otras potencias; con precios bajísimos para los pro-ductos de las colonias en los mercados de España; con crecidas y obligadas participaciones para el Estado en todas las explotaciones del Nuevo Mundo y con impuestos casi confiscatorios a la producción americana. Enfrentó el incremento de sus ingresos con acentuación hasta la exageración del sistema de explotación mercantilista y colonial: nuevos impuestos fue la medida más común que aplicó en toda la región. Estas medidas afectaron a toda la población en general. Y la propia burocracia colonial sufrió efectos negativos en sus intereses, en particular, desde 1777 con la introducción de la Real Hacienda, y el incremento en el cobro de todo tipo de impuestos que afectan el intercambio comercial. La inconformidad, incluso entre los más ricos, iría en aumento y el deseo de menos impuestos y mayor autonomía comercial crecería año tras año.
 
Túpac Amaru y Comuneros Son estas las circunstancias que deterioraron los lazos históricos que unían las colonias con la metrópoli. El levantamiento de los Comuneros –con epicentro en la Nueva Granada pero con extensiones hasta Venezuela, con epicentro en San Antonio de Tachira– así como la insurrección de Tupac Amarú, fueron manifestaciones del malestar social que estas medidas produjeron. Malestar que encontraría pocos años después nuevos argumentos y nuevas fuerzas en la Revolución Francesa (libertad, igualdad, fraternidad), así como en la revolución económica que defendía Inglaterra (libertad de comercio).
 
Libertad de comercio si pero no igualdad Fue varia la manera de encarar estos nuevos argumentos según la clase social: diferente para los criollos o “mantuanos” en Venezuela (por el privilegio a sus mujeres de usar “manto”). Como en el resto de la región, eran las gentes acomodadas, los ricos hacendados, los comerciantes, los propietarios de esclavos y dueños de los puestos en los cabildos. Todos miraron con simpatía la «libertad de comercio» que ofrecía Inglaterra, que representaba el fin de las reglamentaciones y monopolios, y la posibilidad de vender los frutos de sus haciendas en mercados más remuneradores; pero no se identificaron con la «libertad», la «igualdad» ni la «fraternidad». Hubo oposición de los criollos a los ecos procedentes de Francia, y al escoger entre Fernando VII y el liberalismo revolucionario, a pesar de sus alardes contra la Metrópoli, muchos decidieron por el rey español.
 
Rebelión de negros Otra cosa pensaban los esclavos negros, los «pardos» y los indios, que oían en las casas de sus amos comentar estos asuntos y sentían poderosa atracción por las ideas francesas, de las cuales esperaban su libertad. En 1794, un intento insurreccional antiesclavista –Conjura de los negros del Centro”–, proseguió en 1795 con el levantamiento de José Leonardo Chirinos en las serranías de Coro; ciclo que cerró en 1798 con el alzar de los negros del oriente venezolano, con epicentro en Cariaco, todos: una advertencia a los «mantuanos» de que una revolución en las colonias podía empezar contra España y terminar contra ellos.
 
Miranda Pocos años después, los “mantuanos” dejaron solo a Miranda en 1806, ofrecieron su apoyo y ayuda a las autoridades y una considerable suma por la cabeza del jefe expedicionario. El temor a una participación cada vez más activa de parte de los esclavos no se dejó esperar.
 
Los sucesos independentistas de Haití (1804) y la circulación de negros libertos por el Caribe así lo hacía presentir. Con ellos iba la tradición oral del momento que estaba en curso en Francia. Para neutralizar el peligroso contagio ideológico, la Corona suspendió la tradición de conceder la libertad a los esclavos de colonias extranjeras que huían a las indias. A principios de 1792, las autoridades, recelosas de la llegada de las ideas revolucionarias a sus posesiones, prohibieron la entrada de naves francesas a los puertos de Venezuela, medida que afectaba los intereses de los hacendados locales, por lo cual fue levantada a los pocos meses.
 
Pero hubo otra vía para la llegada de tales ideas con los esclavos: no pocos llegaron con sus amos que huyeron de Haití hacia Venezuela, o fueron vendidos a los hacendados venezolanos.
 

No a Napoleón y se ahonda la crisis

 

La crisis de la metrópoli tocó fondo en 1808 con la invasión de Napoleón a España, el motín de Aranjuez contra Godoy, el levantamiento popular en Madrid contra Murat y la abdicación de Carlos IV y Fernando VII en Bayona a favor de Napoleón. Destituido el Rey, su defensa toma forma a través de una Junta Suprema en la cual hubo diferencias entre los profranceses (aspiran a reformas políticas dentro de España) y los monárquicos (defensores de la tradición). Dicho conflicto se extendió a sus colonias, y se manifiesta con la aspiración de conformar iguales Juntas Supremas que conserven los privilegios del Rey.
 
Una contradicción se dejó ver con estos intentos: la existente entre los criollos y los españoles residentes en América –quienes gozaban de todos los privilegios y ocupa-ban los más altos cargos en las colonias. Así, los criollos proclamaron desde los cabildos la necesidad de juntas populares soberanas, y los españoles se declararon solidarios con la Junta Superior de España, porque el reconocimiento de la misma dejaba a salvo el vínculo de de-pendencia entre América y la Metrópoli. Política que adelantó la aristocracia española desde las Audiencias.
 
De esta manera, cuando el 15 de julio de 1808 llegó a Caracas un representante del Supremo Consejo de Indias –ya sometido a la influencia francesa–, a exigir el reconocimiento de José Bonaparte como rey de España y del príncipe Murat como teniente general del reino, en la ciudad hubo un motín contra el emisario. Una protesta que adquirió las características de una reacción general de entusiasmo y fidelidad a Fernando VII. Los curas desde los púlpitos denunciaban las sacrílegas teorías políticas francesas. Esa noche, los mantuanos más destacados de Caracas, los Sojo, Toro, Montilla decidieron constituir una Junta Suprema.
 
Y el día 16, el pueblo urbano, instigado por los criollos, pidió la formación de tal Junta. La llegada pocos días después de un emisario de la Junta de Sevilla, don José Meléndez Bruna, que solicitó a los venezolanos el reconocimiento de la misma, enfrió la decisión de los mantuanos.
 
Tal impasse, y el giro en los ánimos de los caraqueños, sirvió para revivir la energía entre los españoles residentes en esta ciudad. El capitán general Casas declaró que, restablecida en Sevilla la autoridad legítima de España, sobraba la Junta propuesta por el Cabildo; ordenó, además, abrir investigación contra los “traidores a España y a la Monarquía”.
 
Tal decisión tuvo efectos desorganizadores entre los criollos más activos o pro Junta. Muchos, para ganar el favor de las autoridades pasaron a denunciar “… el recibo de cartas de don Francisco Miranda, en las cuales les recomendaba trabajar por la constitución de una junta en Caracas y el envío de sus representantes ante el gobierno británico” (1). 
 
La disputa tomó varios meses. Cuando se creía que todo regresaba a su lugar, el 17 de abril de 1809 llegó la noticia de la disolución de la Junta de Sevilla ante el avance de las tropas napoleónicas. En tales circunstancias, de nuevo surgió el problema de si el derrumbamiento de la autoridad en la Península permitía la constitución de Juntas Soberanas, como querían los criollos, quienes, al enterarse actuaron sin dilación por conducto del alcalde de Caracas, don José de las Llamosas, para convocar al ayuntamiento el día 19 con el propósito de pedir la conformación de una Junta Suprema. Para que todo saliera bien no hubo dilación. En otro hecho militar las tropas inglesas de Wellington entraron a un Portugal que perdió Napoleón.
 
El 18 de abril en la noche se reunieron los más animados cabecillas del movimiento: Dionisio Sojo, Mariano y Tomás Montilla, Manuel Díaz Casado, José Félix Ribas, Nicolás Anzola, Martín Tovar y muchos otros, se reunieron en casa de José Ángel Álamo, que acordaron salir de inmediato a los distintos barrios para convocar la participación popular en el ayuntamiento.
 
Llegó el día 19, y desde tempranas horas la gente venía con prontitud. Cuando el capitán general Emparán se dirigió a las Casas Consistoriales para instalar el Cabildo, encontró el re-cinto rodeado de una concurrencia heterogénea, no le fue difícil percibir una marcada hostilidad. Sintiendo la desventaja, al instalar la sesión quiso ganar tiempo. Sustentó que en calidad de capitán no se oponía a la constitución de la Junta Suprema, pero, era necesario esperar el concepto de los comisionados de la Regencia, dicho lo cual, levantó la sesión y procedió a retirarse hacia la catedral, donde se adelantarían los Oficios del Jueves Santo.
 
Sin embargo, cuando consideró que todo estaba decidido, Francisco Salias, uno de los conjurados, salió al encuentro y lo obligó a regresar sobre sus pasos. El silencio de su guardia personal –neutralizados por los criollos– indicó al capitán que había perdido todo el apoyo.
 
Emparán en sorpresa al entrar de nuevo al Cabildo, constató con alarma que allí no estaban solo los miembros del Ayuntamiento sino además otras personas, entre ellas el canónigo José Cortés de Madariaga y el presbítero Francisco José de Ribas, representantes del clero; los doctores Juan Germán Roscio y José Félix Sosa, quienes se titulaban delegatarios del pueblo; y José Félix Ribas, personero de los «pardos». Así la Junta Suprema ambicionada por los criollos, estaba integrada, esperándolo en un silencio cuya solemnidad presagiaba tormentas.
 
“Juan Germán Roscio propuso la constitución oficial de la Junta y la presidencia de la misma para Emparán, y no atreviéndose a romper en total con la tradición del Gobierno colonial, dio por sentado que la Real Audiencia, órgano político del partido español, continuaría en el natural ejercicio de funciones. Esto era la revolución, pero una revolución respetuosa de los intereses y posiciones de aquellos contra quienes se realizaba; una revolución tímida y vacilante, que allí mismo la demagogia de un hombre arrebatado e impulsivo iba a derribar” (2).
 
A pesar de este respetuoso proceso de cambio de la tradición, el capitán se opuso a encabezar la Junta, e inquirió a los conspiradores que si no querían su Gobierno él es-taba dispuesto a irse de inmediato. Acompañó sus palabras de un gesto altanero que lo llevó al balcón para preguntarle al público reunido en las afueras del recinto si estaba contento con su mando. La respuesta, propiciada por la iniciativa de Cortés de Madariaga, que le hizo un gesto a varios de los vinculados en la conspiración para que contestaran con un ¡no!, que se transformó de inmediato en un unánime rechazo que el capitán consideró como la solicitud de su dimisión. Entonces, sentenció: «Pues yo tampoco quiero seguir mandando», Así, entre teatral y cobarde, la autoridad de los reyes de España paso de su representante a los conjutados.
 
El paso siguiente no dio espera: se conformó la Junta de Gobierno, la misma que tomó medidas inmediatas: aprobó viáticos para que el renunciante capitán regresara a la metrópoli; suprimió el derecho de alcabala sobre los comestibles y objetos de primera necesidad; extinguió el impuesto de exportación; dio libre entrada a varios productos de manufactura extranjera para proteger el beneficio de los frutos del país, declaró que los indios quedaban exentos de todo tributo y prohibió el tráfico de esclavos». Además, adelantándose a la reacción del poder peninsular, nombró sendas comisiones que se dirigirían a Inglaterra y Estados Unidos en procura de protección ante España.
 
Rebelión urbana y de minorías. Mientras esto sucedía en Caracas, en el extenso campo venezolano no estaban enterados del curso de los acontecimientos, pero bien pronto saldría de sus profundidades un violento rechazo a la decisión tomada por los mantuanos.
 

La iniciativa de Bolívar

 

Al momento de conformar las delegaciones que marcharían hacia los países mencionados, Bolívar se propuso –como presidente de la misma– para conformar la que iría hacia Inglaterra; su hermano Juan Vicente se embarcaría con la que viajaría hacia los Estados Unidos. El argumento con el cual logró que fueron aceptados fue uno y sólo uno: ellos financiarían el viaje de ambas comisiones. El recorte de los ingresos del fisco venezolano, producto de las medidas tomadas por la recién posesionada Junta, validaba esta oferta.
 
En el Foreing Office A pesar del rechazo que Bolívar despertaba, por díscolo, entre los criollos más adultos, a principios de junio abordó el buque de guerra General Wellington, que las autoridades inglesas facilitaron, acompañado de don Luis López Méndez y don Andrés Bello. Tras un mes, el 10 de julio de 1809, el barco tocó en Portsmouth, y allí funcionarios del Foreign Office les presentaron su saludo; la audiencia les fue concedida para el día 17.
 
La misión de la delegación presidida por Bolívar fue precisa: conseguir el apoyo inglés para neutralizar a España y evitar un ataque, pero sin desconocer al Rey. Bolívar, que no compartía esta idea, sin reparar las cartas que había recibido, y pretendió un apoyo para la independencia, el cual negó de inmediato el comisionado inglés, quien le recordó el mandato que traía escrito.
 
La Gran Bretaña frotó sus manos no podía maniobrar en esos momentos en contra de España. Debía apoyarla en la guerra contra Napoleón, su enemigo común. Un apoyo que le abría de inmediato las puertas del comercio con las colonias españolas. Así convinieron el ministro Canning y don Juan Ruiz de Apodaca desde el 14 de enero de 1809. La llegada de los representantes del Gobierno venezolano proporcionaba una oportunidad magnífica a los ingleses para presionar al Gobierno español a celebrar ese convenio, bajo la amenaza de reconocer, en caso contrario, la libertad de las colonias.
 
Así estaban las cosas, cuando los comisionados venezolanos recibieron una visita esperada con todo deseo por Bolívar: Francisco Miranda, “Príncipe de los Conspiradores”.
 

El Precursor y el Libertador

 

Desde esa primera cita, Bolívar dirigió todo su esfuerzo a convencer a Miranda y su experiencia militar de que en América todo estaba maduro para la rebelión. Que solo faltaba un caudillo prestigioso para dar el grito de independencia. El Precursor, sin embargo, con profundo sentido de la realidad, tal vez por un inmenso escepticismo, alegó que en estas tierras esclavos, pardos y otros estaban con el Rey y solo una pequeña casta estaba a favor de la independencia.
 
Gran Bretaña aliada de España Tras insistir con los ingleses, con la demanda por un desconocimiento del Consejo de Regencia que no fue aceptada, el 30 de agosto, Bolívar y sus compañeros dieron por terminada su tarea sin lograr resultados apreciables. Bolívar siguió entonces los pasos de Miranda en busca de nuevos medios para enderezar al Gobierno británico en favor de la causa de América. En conjunto iniciaron una campaña de prensa destinada a crear en Londres corrientes de opinión favorables a la intervención inglesa en las colonias españolas.
 
La negativa británica debilitó a Miranda en su propósito de no aceptar la invitación de Bolívar para regresar a América. En consecuencia, acordaron que el joven saldría primero en la goleta Saphyr, puesta por el Gobierno británico a disposición de los diputados de Venezuela, y el Precursor vendría después, resuelto a jugárselo todo en la audaz empresa.
 
A mediados de noviembre de 1810 Bolívar llegó a Caracas. De inmediato, dedicó su esfuerzo en neutralizar las prevenciones y oposiciones que despertaba Miranda entre connotados mantuanos, por su origen canario y su identidad con muchas ideas de la Revolución Francesa.
 
El escenario por excelencia para lograr su objetivo, fue crear opinión pública desde la Sociedad Patriótica de Agricultura y Economía, institución creada en agosto de 1810 con el propósito de estudiar los grandes problemas de la República venezolana. La Sociedad no incidía más allá de los jóvenes mantuanos, pero poco a poco fue logrando una mayor aceptación y audiencia.
 
De esta manera, la solicitud del pasaporte de Miranda recibió una respuesta afirmativa, aunque no entusiasta, y la visa necesaria le fue concedida. Sus primeros contactos en Venezuela, con un aire de insolencia, no ayudaron a despejar los temores de quienes le temían.
 
Una curul para Miranda La verdadera batalla entre los partidarios y enemigos de la independencia tuvo escenario en el primer Congreso venezolano, que sesionó el 2 de marzo de 1811, con representantes de las provincias de Cumaná, Barcelona, Mérida, Trujillo, Margarita y Caracas y para el cual Miranda obtuvo, a última hora, una curul por la de Barcelona. El Congreso dio inicio a sus deliberaciones en medio de un ambiente tenso.
 
Los partidarios de Fernando VII esgrimieron como argumento inicial y fundamental para que Venezuela no se separara de la metrópoli el caos que recorrería todo el país. La decisión de la Regencia que declaró a Venezuela en estado de rebeldía, no ayudaba a suavizar los ánimos. A la par del Congreso, sesionó la Sociedad Patriótica.
 
Los debates de los jóvenes que concurrían, estuvieron cargados de un profundo espíritu independentista. La dinámica que ganaron y el eco que encontraron en sectores de la sociedad les valió la acusación de aspirar a convertirse abusivamente en segundo Congreso.
 
El 13 de julio respondió Bolívar a tales acusaciones, animado además por la indecisión del Congreso frente al tema de la independencia: “No es que haya dos congresos –dijo con voz sonora que dominó los murmullos del salón. ¿Cómo fomentarán el cisma los que más conocen la necesidad de la unión? Lo que queremos es que esa unión sea efectiva para animarnos a la gloriosa empresa de nuestra libertad. Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es traición”.
 
“Se discute en el Congreso Nacional –continuó– lo que debiera estar decidido. Y ¿qué dicen? Que debemos comenzar por una Confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos, o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma. ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?” (3).
 
La Sociedad Patriótica acogió sin dilación la propuesta de Bolívar y remitió al Congreso una exposición con tal motivo. Al recibirla, pidieron su concepto al Poder Ejecutivo y al recibirlo favorable el 4 de julio, después de un encendido debate sobre las facultades de sus miembros para hacer la «declaración de independencia». Un paso que se efectuó el 5 de julio de 1811 con el Acta famosa, que redactaron Roscio e Isnardi. Venezuela inició así la Primera República.
 
La alegría de este suceso estuvo cruzada por grises presagios. Los encendidos debates del Congreso con respecto a la Constitución, dejaron ver de inmediato las profundas divisiones de la sociedad venezolana. Con soporte en primera instancia en un infecundo federalismo, en el cual cada una de las ciudades importantes se empeñó en constituir un estado independiente, Pero además, con revelación de los odios acumulados por 300 años de coloniaje, todas las ciudades estaban contra el centralismo de Caracas. Demandaban una carta federal que diera a cada una de las ciudades y provincias principales total independencia y soberanía.
 
Una tendencia federalista que nada la contuvo. “El 21 de diciembre de 1811, el Congreso sancionó la Constitución según la cual “[...] cada provincia –como diría Bolívar– se gobernaba independientemente; y con su ejemplo, cada ciudad pretendía iguales facultades alegando la práctica de aquéllas y la teoría de que todos los hombres y pueblos gozan de la prerrogativa de instituir a su antojo el gobierno que les acomode” (4). La catástrofe se veía venir.
 
El levantamiento contra el Gobierno republicano comenzó en Valencia. Los negros y pardos, aliados con los españoles a los gritos de ¡Viva Fernando VIl! ¡Viva la religión católica! ¡Muera la independencia!, rechazaron a los blancos mantuanos de Caracas y el gobierno de la República.
 
Miranda Generalísimo Para contener el levantamiento encomendaron el marqués Fernando Rodríguez del Toro reconquistar la ciudad (hombre símbolo de la vieja generación en cuyas manos la República perdía y quien junto con Simón Rodríguez acompaño a Bolívar en su juramento en el Monte Sacro en 1905), una designación que declinó. Ante esta realidad el gobierno con alarma quedó obligado a tomar la providencia menos deseada: nombrar a Miranda Generalísimo de los ejércitos de la República, con la esperanza de que su prestigio militar restableciera la caída moral de las tropas. Pero Miranda batido por la inexperiencia del joven ejército cayó en un profundo pesimismo.
 
No bien asumió la jefatura, Miranda dio muestras del fatal pesimismo y de falta de iniciativa indigna de un oficial de sus quilates. Si bien avanzó sobre Valencia y sometió a los levantados, no supo sacarle provecho al triunfo. En vez de avanzar sobre Coro y Maracaibo, también en rebelión, regresó a Caracas a presidir los tribunales contra los responsables de la insurrección.
 
En estos primeros combates Bolívar mostró su arrojo e inmensa decisión de combate. El ataque a la colina del Morro guarda los recuerdos de esas primeras armas del futuro Libertador. En esto estaba cuando el 26 de marzo, Jueves Santo, un temblor sacudió Caracas, La Guaira, San Felipe, Barquisimeto y Mérida, dejando bajo las ruinas una parte sustancial del ejército.
 
Como días antes en el Morro, Bolívar mostró de nuevo su coraje e inmensa convicción. Cuenta él mismo que tratando de ayudar a algunas víctimas del tremendo movimiento de tierra cuando: “(…) di de manos a boca con el furibundo españolizante José Domingo Díaz, el que no hace más que verme y echarse a comentar con su acostumbrada sorna: 
 
- ¿Qué tal, Bolívar? Parece que la Naturaleza se pone de! lado de los españoles (...). 
- Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca (...) –le respondí iracundo”. (5)
 
Las fallas geológicas de la naturaleza no pararon ahí. Con igual o más potencia repitieron e! Sábado de Gloria y el 24 de abril. Tras el tremor las incitaciones de los clérigos realistas fácil se abrieron paso en las temblorosas con-ciencias de la asustada población. Desde entonces la causa republicana decayó visiblemente.
 

La contrarrevolución y Monteverde

 

En marzo de 1812 la contrarrevolución que prepararon Cortabarría desde Puerto Rico y e! capitán general Miyares, en Coro, comenzó. El español Domingo Monteverde salió de Coro al mando de una expedición compuesta de 200 hombres con el propósito de tomar los almacenes de Carora. Fue tal el apoyo de los pueblos que Monteverde después de tomar a Carora ocupó a Barquisimeto y avanzó sobre San Carlos a pesar de las instrucciones de sus superiores, quienes le advirtieron las dificultades de tomar esta plaza con sus escasas fuerzas. “Otra cosa pensaba Monteverde, oficial cargado de todas las cualidades de que carecían los jefes republicanos: astucia, ideas claras, audacia, energía y crueldad para imponer su autoridad y atemorizar a sus enemigos. Cuando tomó a Carora, la población patriota fue pasada a cuchillo y la ciudad entregada al saqueo” (6). Y su optimismo nada tenía de infundado.
 
Frente a San Carlos, donde existía una poderosa guarnición, las más selectas tropas de caballería patriota desertaron para unírsele. Movimiento que decidió la batalla y le entregó la plaza. Algo semejante ocurrió después con Valencia, que abandona-ron los republicanos ante el victorioso avance realista. Miranda cambió entonces de táctica y se dedicó a fortificar los principales pasos de acceso a Caracas, mientras Monteverde avanzó en rápida marcha. Envió a Eusebio Antoñazas, uno de los más enérgicos y sanguinarios de sus capitanes, a levantar los Llanos de Calabozo, de donde esperaba sacar ganado y especialmente soldados. La toma de San Juan de los Morros, el día 23, abrió en la historia de Venezuela la primera y dramática página de actividad de los caudillos populares de España. Boves sería su mayor exponente.
 
Miranda aún en debate Ante al avance de un cuerpo de ejército muy inferior en hombres al suyo, Miranda opta por defenderse. Se retira de campos, cede terreno, y opta por fortificarse. Una actitud muy criticada entonces y aún en debate por la historia. Tal vez como explicación que justifica su opción, está la moral de su ejército, el cual desertaba apenas avistaba las tropas del Rey. Su experiencia al frente de ejércitos ya formados y decididos, en campaña regular, como ‘oficial de carrera’ y no de combate guerrillero en desventaja; debió pesarle.
 

Bolívar sufre derrota en Puerto Cabello

 

Sin la confianza de Miranda, Bolívar por las influencias del marqués de Toro, obtuvo el cargo de comandante de Puerto Cabello, y en los primeros días de junio partió a su nuevo destino.
 
Puerto Cabello fue una plaza compuesta por un fortín llamado Solano. Sus costas estaban guarnecidas por dos baterías. Tenía comunicación con la península de Paria por medio de un puente levadizo, con el islote artillado, que era la plaza propiamente dicha, y donde debía residir su jefe. Como posición avanzada tuvo el fuerte San Felipe en un empeñó en aguas más profundas que la plaza, reducto bien fortificado y que abrigó, junto con los almacenes de armas y municiones, las bóvedas que sirvieron de cárcel. Contaba a su servicio los bergatines Celoso y Argos, la goleta Venezuela y varias otras embarcaciones pequeñas. A su alrededor vivió una población francamente pro monárquica, con la cual mantenían constante comunicación los reclusos, en su mayoría, españoles detenidos en la insurrección de Valencia.
 
Esa relación pueblo-presos, favorecida por la vinculación de una parte de la oficialidad, facilitó la toma del fuerte San Felipe. Bolívar previó que todo podía terminar si no actuaba con prontitud. Vaticinó que pronto llegarían refuerzos desde Valencia por orden de Monteverde, y aunque solicitó refuerzos a Miranda, no obtuvo respuesta alguna.
 
Tal y como previó, los refuerzos realistas llegaron, pero no sólo esto, al finalizar junio desertó el capitán Camejo y otros 120 hombres, un hecho que dejó en muy malas condiciones a los patriotas para proseguir la defensa del fuerte. Así las cosas, el 1 de julio, con apenas 12.000 cartuchos en su haber, Bolívar informó a Miranda de la pérdida de la guarnición. La respuesta de Miranda fue fatalista: «Venezuela está herida en el corazón».
 
El silencio que mantuvo Miranda ante el clamor de Bolívar se ahondó cuando le hizo llegar varias cartas manifestando lo desgraciado que se sentía, y pidiendo un poco de tiempo para reponerse y volver a filas.
 
Esos fueron los sucesos en Venezuela, cuando el 13 de julio los esclavos negros del valle de Barlovento al grito de iViva el rey!, en rebelión marcharon hacia Caracas, incendiaron las haciendas, quemaron las plantaciones y asesinaron con crueldad a los blancos. El ánimo del Generalísimo recayó profundo. Al punto que propuso capitular a sus oficiales y a la Junta.
 
Miranda en armisticio La propuesta llegó a Monteverde quien respondió con exigencias difíciles para un oficial de la experiencia y categoría de Miranda. Sin embargo, aceptó un armisticio en los términos del jefe español que no comentó a sus oficiales de manera oportuna. Motivo por el cual, al enterarse tardíamente exclamaron: ¡Nos vendieron a Monteverde!
 
La creencia de la traición creció cuando se supo que Miranda partiría hacia Europa. Por eso, la misma noche de su llegada a La Guaira, un grupo de oficiales venezolanos, con Bolívar a la cabeza –cuyo odio por Miranda exacerbó en esos momentos–, se puso en contacto con el comandante militar coronel Manuel María Casas y con el gobernador civil, don Miguel Peña, y acordaron detener al Generalísimo para exigir-le cuentas e imponerle el condigno castigo. Bolívar fue destinado para arrestarlo. Y así fue. Bolívar corrió con el encargo.
 
En horas nocturnas informaron a Miranda que estaba detenido. Sin oponerse, marchó con sus captores hasta las prisiones de La Guaira, sin saber que pronto sería entregado a las autoridades españolas –como cumplimiento del armisticio–, para terminar luego preso en Cádiz, donde murió en la mazmorra.
 
Cayó la I República Con la Primera República en pérdida, Bolívar tuvo que salir de Venezuela y salvar la vida. Cuando lo intentó fue informado por sus amigos que si procedía así sería tratado como violador del armisticio, por lo cual optó por solicitar a su amigo Francisco Iturbe, amigo de Monteverde, que intercediera en solicitud de un pasaporte para dejar el país. Y así fue. Sin oposición alguna, Monteverde aceptó la solicitud.
 
El día 12 de agosto de 1812, sin mayores recursos, en el velero Jesús, María y José, Bolívar partió con un pequeño grupo de amigos hacia Curazao, donde embargaron su equipaje no más tocó tierra. Igual suerte corrieron sus bienes en Venezuela bajo la orden de los monárquicos de confiscar las propiedades de todos los participantes en la revolución iniciada el 19 de abril.
 
En el intento de darle cuerpo a sus sueños, meses después, Bolívar viajó con sus acompañantes hacia Cartagena, adonde llegaron a mediados de noviembre de 1813, y de inmediato se puso a las órdenes de don Manuel Rodríguez Torices, alcalde de la ciudad, quien los aceptó de buena gana, al ver en ellos el fiel de la balanza que lo libraría del francés Labatut, un militar que vino a América con Miranda, y que con chantajes ejercía el mando militar en la región.
 
Por tanto, Rodríguez ordenó al oficial francés incorporar a los oficiales venezolanos en el ejército bajo su mando. Viendo en ellos posibles competidores, y habiendo escuchado de boca de Miranda sobre Bolívar, Labatut optó por enviarlo a una guarnición lejana y sin importancia, en Barrancas, pueblo sobre el Magdalena, en diciembre. Allí escribió El Manifiesto de Cartagena, que resume su espíritu para entonces, y desde allí emprendió con 200 hombres –igual que Monteverde– la Campaña Admirable, con la cual dio cuerpo pocos meses después a la Segunda República en Venezuela. (7). 
 
1Liévano, Aguirre, Indalecio, Bolívar, editorial de Ciencias Sociales, La Habana. 2010, p. 50.
2op. cit., p. 52.
3op. cit., pp.63-64.
4op. cit., p. 66.
5op.cit., p. 69.
6op. cit., 70.
7Ver suplemento bicentenario Nº 5, Mayo 20 - junio 20 de 2010, pp. 6-15, Periódico desde abajo.

 

 


Sucesos relevantes. Clases sociales y exclusión

 

Venezuela y sus repúblicas

 

Primera República: 1811-1812
Segunda República: 1813-1814
Tercera República: 1819-1821
(conformación de la Gran Colombia) 
Cuarta República: 1830 -1999
Quinta República: 1999 (República Bolivariana de Venezuela)
 
Cronología dinámica independentista (primera etapa):
 
1810 (abril 19): creación de la Junta Suprema, a imitación de las de España, defensora de los derechos de Fernando VII.
1811 (julio 5): declaración de la independencia. Se desata la guerra civil.
1812 (marzo 10): el capitán de fragata Domino de Monteverde, procedente de Puerto Rico, dirige las primeras hostilidades realistas contra los patriotas de Caracas.
1812 (marzo 26): terremoto que arrasa con Caracas y sepulta buena pare de las tropas independentistas.
Miranda recibe el mando como Generalísimo.
1812 (mayo 3): Monteverde ocupa Valencia.
1812 (12 – 29 de junio) enfrentamiento de ejércitos en La Victoria, sin que ninguno de estos puede atribuirse el triunfo.
1812 (julio 6): Bolívar pierde Puerto Cabello
1812 (julio 24): Miranda capitula ante Monteverde.
“Días más tarde, en la Guaira, Miranda era entregado a los realistas por sus propios partidarios, Bolívar entre ellos” 
1812 (agosto) Bolívar sale hacia Curazao, en lo constituye su primer destierro
1812 (noviembre) Bolívar llega a Cartagena
1812 (diciembre) Se inicia la Campaña Admirable
1813 (junio) Declaración de la guerra a muerte
1813 (agosto) Bolívar entra triunfal a Caracas. Se inicia la Segunda República.
 

Venezuela, la guerra, su población

 
Población de Venezuela hacia 1810: algunos la estiman en 800.000, otros en 880.000.

Para quienes la calculan en 880.000, la población estaba distribuida de la siguiente manera:
 
Blancos: 200.000
Pardos libres 431.000
Indígenas: 207.000
Esclavos: 60.000
 
La guerra que lideraron los venezolanos contra el imperio español fue cruenta. 262.000 hombres y mujeres caídos en guerra dan fe de ello.
 
Fue tal el efecto de esta guerra sobre su población, que “La población de Caracas pasó de 50.000 habitantes en 1812 a 21.000 en 1814. Diez mil habían perecido a causa del terremoto, 5.000 en las primeras etapas de la guerra, y 14.000 habían emigrado en 1814 con la ocupación de la capital por Boves. 
 
De igual manera, la ciudad de Cumaná en 1815, pasó de 16.000 a 5.236 habitantes y de estos últimos sólo 1.221 eran varones, mientras la provincia de Cumaná había pasado de 70.000 a 35.000 habitantes”.
 
“Hubo además una considerable emigración, especialmente de miembros del matunaje, y disposición de muchos venezolanos que, huyendo de ambos ejércitos, se refugiaron en las zonas más recónditas de tan vasto país”. 
 
“En 1823 concluyó definitivamente la guerra abierta en territorio venezolano, pero las actividades militares de Bolívar  en Ecuador y Perú y las epidemias producidas en parte por el estancamiento agrícolas, contribuyeron a agravar el declive demográfico”.
 
Los privilegios y las castas
 
El sector dominante en la sociedad venezolana, además de los españoles allí radicados y con relación directa con la metropoli, eran los mantuanos o ‘grandes cacaos’, es decir, los grandes propietarios de tierra y de esclavos, todos ellos descendientes de los conquistadores o de españoles llegados posteriormente a Venezuela.
 
Su poder se podía medir por la gran concentración que tenían del único medio de producción conocido por entonces, la tierra. Tierra que fue acaparada bien a través de mercedes de tierra (que concedía la Corona), o ilegalmente abusando de la encomienda.
 
La concentración de la tierra era inmensa. Por ejemplo, 49 propietarios concentraban en sus manos el 44,6 por ciento de la tierra y de las plantas de cacao sembradas en Venezuela a principios del siglo XIX. Entre estos escasos propietarios figuraba la Iglesia. Poder y monopolio que no solo del cacao sino que se extendía al ganado y demás productos cultivados.
 
Hacia la segunda mitad del siglo XVIII la expansión territorial, y el proceso de concentración de la propiedad, se había llevado a cabo a través de la simple ocupación, de la composición, del remate de tierras públicas y de realengo y de la expropiación de tierras comunales de los indígenas. Pero en las últimas décadas de la centuria se intensificó la apetencia de los mantuanos por las tierras alejados del norte, en especial la de los llanos, debido al notable incremento de la comercialización legal o no, de los bienes pecuarios. El avance sobre estas tierras lo encabeza la iglesia con el alegado fin de convertir a los indios paganos.
 
Como característica tradicional de la gran concentración de la tierra o latifundio, que hasta hoy se mantiene, es su improductividad. La tierra ligada, entones, al poder político y al dominio territorial. Concentración que se prolongó luego de la derrota del ejército español.
 
 “Otro grupo social, no diferenciado de forma tan neta, era el que agrupaba a quienes intervenían en los intercambios. En líneas generales se podrían distinguir 3 grandes grupos:
 
Comerciantes
Mercaderes
Bodegueros
 
“Aunque algunos mantuanos se dedicaban también a las actividades mercantiles, los intercambios estaban generalmente en manos de peninsulares, como mínimo de representantes españoles” 
 
Entre comerciantes y terratenientes hubo un fuerte enfrentamiento, el cual tenía su razón de ser en la disputa por el modelo político/económico a desarrollar en Venezuela. Esta confrontación no respondía a una diferenciación entre metropolitanos y criollos, sino entre productores y compradores, una contradicción que refrendó el hecho de que el enfrentamiento prosiguió luego de la salida de la mayoría de los mercaderes españoles de Venezuela.
 
Los esclavos

 
En la escala totalmente opuesta de la sociedad venezolana se encontraban los esclavos. 
Su llegada a Venezolana creció casi sin interrupción durante el S. XVIII y hasta 1780, con un notable descenso en la década de 1740 evidentemente relacionado con la rebelión contra la Guipuzcoana, y cayó bruscamente entre 1780 y 1810, por que los terratenienetes acudieron más a la compra de los hijos de los esclavos dentro del propio territorio y menos a su compra a los comerciantes europeos, de las antillas o del Caribe.
 
Parte de los esclavos llegaron a Venezuela por las siguientes vías:
 
- Acuerdos celebrados por la corona con traficantes españoles o extranjeros:
- Introducción ilícita (no cuantificable)
- Adquisiciones efectuadas por los propios terratenientes venezolanos en las colonias extranjeras a cambio de los productos de sus haciendas (intercambios autorizados desde 1751).
 
La tensión vivida por la época entre la Corona, los terratenientes y los comerciantes, se puede deducir en el permanente cambio de legislación con respecto a la mano de obra esclava. En efecto, en 1764 se excluyó a Curazao del tráfico autorizado en 1751 (por considerársele el principal foco del contrabando); en 1774 fue prohibido con cualquier colonia extranjera; volvió a autorizarse en junio de 1777, excluyéndose la exportación de cacao y el tráfico con las antillas holandesas.
 
 “Cuando tras la proclamación de la independencia, el 5 de julio de 1811, se inicio en Venezuela la primera etapa de la guerra civil…”
 
Referencia:
Izard, Miguel, El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela (1777-1830). Fundación Centro Nacional de Historia, Caracas, 2009.

 


La creación de Colombia

 

El sábado 11 de diciembre de 1819, Bolívar apareció inesperada-mente en Angostura. Tenía 10 meses de prodigiosa ausencia y ante los ojos curiosos de los que salieron a recibirlo parecía ahora otro ser distinto de aquel que había salido en febrero, río arriba, hacia las soledades hostiles y los azares de una guerra desesperada. Ante las mi-radas más incrédulas se había revelado su sobrecogedora dimensión humana. Ya no era el empecinado visionario que, por largos años, se había lanzado contra la adversidad sin tregua en busca de un triunfo que parecía imposible. Ya no era el Jefe de un Estado que casi no existía sino en el papel, confinado a las estrechas calles de la ciudad del Orinoco y a los pedazos de sabana que abarcaban los escuadrones de caballería. Ahora venía aureolado por las más espléndidas realidades. A su espalda estaba la campaña de los Llanos y de Boyacá. Su sombra era la de la inmensa cordillera inaccesible, en el eco metálico de su voz estaban los disparos y las lanzas de Gámeza, Vargas y del puente estrecho como el camino de la gloria, el abandonado palacio del Virrey de Bogotá era su despacho y desde la alta meseta neblinosa del Virreinato, había visto abrirse, como una rosa de los vientos, la gran escena del mundo americano que lo llamaba a rematar la empresa de la libertad.
 
El 14 de diciembre, a las 10 de la mañana, compareció ante el Congreso donde todavía resonaba con asombro el eco de su discurso de febrero, para dar breve cuenta de la hazaña realizada, que podía resumirse en una lapidaria enumeración de tiempo y espacio: “libertar en menos de tres meses 12 provincias de la Nueva Granada”, y para señalar, con perentorio sentido de la hora: “Los granadinos están íntimamente penetrados de la inmensa ventaja que resulta a uno y otro pueblo de la creación de una nueva República compuesta de estas dos naciones. La reunión de la Nueva Granada y Venezuela es el objeto único que me he propuesto desde mis primeras armas, es el voto de los ciudadanos de ambos países y es la garantía de la libertad de la América del Sur”.
 
Allí estaba sintetizado todo cuanto tenía que decir. La antigüedad del propósito, consustanciado con el sentido mismo de su lucha, la conveniencia para los dos países y la convicción de que sólo sobre esa unión podría asentarse el atrevido edificio de la independencia de su América.
 
El 17 de diciembre en la mañana, el Congreso presidido por Zea, aprobó por unanimidad el Proyecto de Ley que creaba el nuevo Estado. Es un modelo de concisión y de comprensión. Consta de tres considerandos y de 14 artículos. Allí cabía toda la grandeza del propósito. El Congreso de Venezuela toma la inmensa decisión para su propio país y asume con grandiosa sencillez la representación del viejo virreinato, al proclamar que a su “autoridad han querido voluntariamente sujetarse los Pueblos de la Nueva Granada, recientemente libertados por las Armas de la República”.
 
Las razones invocadas son las más inmediatas y evidentes. La unión elevará a los dos países “al más alto grado de poder y prosperidad, la separación haría imposible aprovechar la suma de todas las ventajas y consolidar y hacer respetar la Soberanía”, el propósito no era nuevo sino que había sido adoptado con anterioridad y las vicisitudes de la guerra impidieron verificarlo. 
 
El primer artículo es la Ley fundamental: “Las Repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada quedan desde este día reunidas en una sola bajo el título glorioso de República de Colombia”. Queda prevista la incorporación de Quito. 
 
Se ha creado un nuevo país llamado Colombia para una nueva historia. El nombre del Nuevo Reino de Granada, que es de la Conquista, será reemplazado por el noble y sonoro apelativo indígena de Cundinamarca. Con el mismo propósito de revitalizar raíces, la vieja ciudad de Quesada no será más llamada Santa Fe sino Bogotá, con limpia resonancia de martillo de platero. Habrá una nueva bandera y habrá una nueva capital que sea el corazón y el centro de la nueva historia y que se llamará Bolívar. Habrá un nuevo Congreso que se reunirá en 1821 en la Villa del Rosario de Cúcuta, que será el primer Congreso General de Colombia y que dictará la Constitución del gran Estado y elegirá sus magistrados.
 
El mismo día, en sesión extraordinaria, el Congreso procedió a la firma de la ley. Al terminar ésta el Presidente Zea se puso de pie y dijo en alta voz: “La República de Colombia queda constituida. Viva la República de Colombia”. Era una voz para 115 mil leguas de territorio convertido ahora en cuerpo vivo de una nación.
 
Se procedió a la elección de los nuevos dignatarios. Por unanimidad fue elegido Bolívar Presidente de Colombia y Vicepresidente Francisco Antonio Zea. Luego se procedió a designar a quienes iban a gobernar los departamentos con carácter de Vicepresidentes: Francisco de Paula Santander para Cundinamarca y Juan Germán Roscio para Venezuela. La designación del Vicepresidente de Quito se pospuso para la ocasión en que las armas libertadoras entraran en su territorio.
 
Se había hecho realidad el fabuloso sueño. La nueva realidad tenía un nombre, una fisonomía, una base geográfica y un destino humano. Ya no era cuestión sino de recorrer los pasos seguros y fatales que iban a confirmar en los hechos aquella grandiosa visión. Ya los caminos y las etapas estaban previstos. Vendría Venezuela entera con Carabobo, Quito con Pichincha y más tarde, para desbordar la inmensidad de la empresa, Junín y Ayacucho llevarían al linde de las tierras de la Argentina, el Brasil y Chile la poderosa ola de libertad y nueva historia que había surgido de la Angostura del Orinoco.
 
Asombra que aquellos hombres, formados en una tradición estrecha y localista, pudieran alcanzar una concepción tan amplia de la geografía y de la historia. Que no pensaran en términos del lar nativo y de la comarca ancestral, que se abstrajeran de una Europa dividida por los particularismos históricos y las ambiciones nacionales, para concebir un Nuevo Mundo en una dimensión continental. No pensaban en Venezuela ni en la Nueva Granada. Hasta los nombres mismos los iban a alterar para hacer más patente la presencia de las nuevas posibilidades. Pensaban en términos de masas continentales, de millones de leguas y de millones de hombres, en jurisdicciones políticas dentro de las cuales pudieran nacer y morir los más grandes ríos de la Tierra, donde los Andes fueran un accidente geográfico y el Caribe un mar interior. Se sentían unos y los mismos desde el altiplano de México hasta el estuario del río de La Plata y no concebían, sino como una caída y hasta como una traición, una América dividida en pequeñas y rivales naciones.
 
Era la herencia del viejo sueño del Nuevo Mundo que venía fascinador y viviente desde la época misma de la Conquista. Era una emoción de unidad y continuidad sobre la que habían caído, como leves y transitorias cicatrices, las demarcaciones administrativas de la Corona. Para los conquistadores todo era uno y lo mismo. Se iba de Cuba a México como Cortés, de México al Perú como Alvarado, del río de la Plata a La Florida, como Álvaro Núñez, de Lima al Amazonas y a Venezuela como Lope de Aguirre. No pasaban fronteras sino que incorporaban espacios para una misma empresa. Las Indias, el Nuevo Mundo y más tarde América fueron vistos como un todo. Y como un todo se concibió su destino en el alma de los grandes reformadores y utopistas. Cumaná, La Española y Chiapas eran lo mismo para fray Bartolomé de las Casas. Fue Obispo de los Confines, es decir, del extremo por donde la tierra vieja se prolongaba en la nueva. En el sentido viviente de su lengua, la palabra frontera no significaba una raya infranqueable sino una zona abierta para el avance y la incorporación. España había nacido de una frontera que caminaba hacia el Sur. El Nuevo Mundo se hizo con una frontera abierta, como una rosa de los vientos que en 50 años abrió todos sus rumbos.
 
La idea de independencia no fue sino una consecuencia de la idea de Mundo Nuevo. Se pensaba en un destino para la inmensa extensión geográfica. No en la suerte peculiar de una provincia. La independencia no podía ser sino una hazaña americana y así la entendieron y la expresaron quienes la concibieron. Los hijos de la Capitanía venezolana fueron de los más visionarios y tenaces de entre ellos, y el primero de todos, el caraqueño Francisco de Miranda, nunca habló sino de América y del Nuevo Mundo como una totalidad indivisible. 
 
El Precursor tenía una concepción continental de la independencia y hablaba de americanos y de criollos, como los futuros ciudadanos de una sola nación, que con exclusión del Brasil y las Guayanas se extendería desde el Mississippi hasta el Cabo de Hornos. Era a esto a lo que llamaba “el continente colombiano” y más tarde “Colombia”. Este nombre está consubstanciado con su pensamiento. En una forma griega a los papeles que tratan de sus luchas políticas los reúne en su archivo bajo el título de Colombia. Su empresa era Colombia, formulada acaso como una posibilidad por primera vez en 1784 en la ciudad de Nueva York “para la Independencia y Libertad de todo el continente hispanoamericano, con la cooperación de la Inglaterra”. Dos grandes naciones vendrían a ocupar así todo el espacio americano, que formarían entre sí y con la Gran Bretaña, una alianza defensiva fundada en “la analogía de la forma política de los tres gobiernos, es decir, el goce de una libertad civil, bien entendida”. 
 
El periódico que comienza a editar en Londres en marzo de 1810 no se va a llamar de otra manera que EL COLOMBIANO, Cuando Bolívar y Bello tocan a su puerta para traerle las noticias de la rebelión de Caracas, que ha estado fervorosamente aguardando por 30 años, no debieron hablar de otra cosa que de la inminencia de la realización de Colombia. Venezuela no iba a ser sino una etapa, posiblemente la primera y más decisiva, pero sólo una de la grande obra de constituir en nación al Nuevo Mundo.
 
Los hombres de la Primera República están imbuidos de estas ideas, al proclamar, como dijo Parra Pérez, “la teoría de la revolución de Venezuela que será, en último análisis y por derecho cronológico, la teoría de la revolución hispanoamericana”, Desde el primer momento tomaron un tono continental y hablaron de América y para América. La Constitución de 1811 está concebida para poder extenderse, por sucesivas adhesiones, a toda la América meridional. En las observaciones preliminares, que parecen ser de Sanz, se habla de la América española. Las provincias que dan nacimiento a la nueva nación se llaman precisamente “Confederación Americana de Venezuela en el Continente Meridional” y en la Advertencia se alude a la confederación “con los de Cundinamarca o Santa Fe”.
 
En el texto mismo de la flamante Constitución, que no era otra cosa que un almácigo de promesas, aparece y resuena, casi con un tono de invocación mágica, el nombre grato a Miranda. La declaración final habla de la unión más sincera entre sí “y con los demás habitantes del Continente Colombiano”, anunciando que están dispuestos a “alterar y mudar en cualquier tiempo estas resoluciones, conforme a la mayoría de los pueblos de Colombia que quieran reunirse en un Cuerpo nacional para la defensa y conservación de su libertad e independencia política”, De esta manera entienden y así lo proclaman que lo que han hecho es preliminar y tan solo mientras llega a existir legítimamente aquel “Congreso General de Colombia” que va a coronar la empresa del Nuevo Mundo con una incomparable creación.
 
Más que ninguno otro, Bolívar comprendió toda la inmensa significación de esta idea y luchó por ella durante todos los duros y trabajosos años de su apostolado armado contra los hombres de corto alcance, contra las mentalidades de campanario, contra los recelos lugareños, contra la ignorancia acobardada y contra la codicia de los caudillos de terrones, que resultaron enemigos más temibles y tenaces que los soldados de Fernando VII.
 
En este sentido su identificación es completa con el credo americano de Miranda y de los hombres de 1810. 
 
En 1814, en Pamplona, les había dicho a los soldados de Urdaneta como una anunciación: “Para nosotros la Patria es América”. En la Carta de Jamaica, en 1815, señala la necesaria unión de la Nueva Granada y Venezuela, para luego, en un tono de emoción poética, sin olvidar los obstáculos y las dificultades, afirmar que “es una idea gran-diosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo una sola Nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo”.
 
En 1818 se dirige a los habitantes de la remota Buenos Aires en un mensaje de fraternidad y les expone: “Nuestra divisa sea unidad en la América Meridional”. En Carta a Pueyrredón añade: “Una sola debe ser la Patria de los americanos... Nosotros nos apresuramos con el más vivo interés a entablar por nuestra parte el pacto americano que, formando de nuestras repúblicas un cuerpo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones antiguas. La América, así, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse la reina de las Naciones y la madre de las repúblicas”.
 
No es una creación de la nada lo que el Libertador se propone. Para él hay una realidad común anterior que ha hecho en lengua, civilización, historia e ideas la fraternidad de los pueblos americanos. En cierto sentido, para él, existe una especie de asociación tácita y de hecho a la que sólo hay que perfeccionar y definir con la creación formal de un “cuerpo político”. El movimiento mismo de la independencia es prueba, para él, de que “están ligadas mutuamente entre sí todas las repúblicas que combaten contra la España”, y en su segunda carta al argentino llega a mencionar, con un sentido creador del derecho la existencia de “un pacto implícito”.
 
El gran canto al futuro y a la grandeza, que es el discurso que pronunció ante el Congreso de Angostura, remata, en un impulso coral, con la invocación de la necesidad de la unión de la Nueva Granada y Venezuela “en un grande Estado”. Es para él el voto y la voluntad de quienes pertenecen ya a la gran patria del mañana y que pueden llamarse hijos y padres del gran país por hacer: colombianos.
 
Apenas entrado a Bogotá, después de la victoria, les dice a los soldados del ejército libertador: “por el Norte y Sur de esta mitad del Mundo derramaréis la libertad. Bien pronto la capital de Venezuela os recibirá por la tercera vez y su tirano ni aún se atreverá a esperarnos. Y el opulento Perú será cubierto a la vez por las banderas venezolanas, granadinas, argentinas y chilenas, Lima quizás abrigará en su seno a cuantos Libertadores son el honor del Mundo Moderno”.
 
Cuando el Congreso de Angostura proclama la creación del nuevo Estado habla del “título glorioso de República de Colombia”. Era en realidad la forma tangible de una gloria soñada por toda una generación de hombres extraordinarios que lograron alzarse por sobre las limitaciones de su hora, para mirar al porvenir en formas y dimensiones grandiosas. Colombia era el nombre de lo que estaba por hacer para que fuera “una la Patria de los americanos”, era el gran cuerpo político que iba a establecer “el equilibrio del Universo”, y a anticipar la era, hecha realidad siglo y medio más tarde, de las grandes unidades continentales y de los inmensos espacios geopolíticos. Para ellos no había título que pudiera abarcar más, o que fuera más glorioso.
 
La idea de independencia y la de la unidad política del mundo americano estaban indisolublemente ligadas para ellos. No concebían patria chica ni destino separado. Era un solo proceso que tenía un único fin, una América libre, republicana y poderosa que apareciera ante el Viejo Mundo con la suma y la potencialidad de todos sus hombres y todas sus riquezas. Para eso se luchó contra España, para eso se alza-ron los cabildos con la representación nacional, para eso fueron a los campos de batalla y a los Congresos. Les hubiera parecido mengua y engaño pensar en minúsculos países aislados. Hubiera sido frustrar y desnaturalizar la gran causa. No luchaban desde 1810, y desde antes, para contentarse con una Venezuela autónoma, o con una Nueva Granada, o con un Perú. La causa era Colombia en plenitud del destino del Nuevo Mundo. Bolívar se encargó de dejárnoslo dicho en la más diáfana y extraordinaria síntesis. En la ocasión de cumplirse un decenio del gran gesto del Cabildo de Caracas, les dice a los soldados que lo acompañan a la campaña final de Venezuela: “El 19 de abril nació Colombia, desde entonces contáis 10 años de vida”. 
 
Esa doctrina fundamental de la revolución americana, que Bolívar levanta y tremola como la más alta bandera de su misión, va a ser, al mismo tiempo, el flanco débil de la lucha por la independencia. Muchos de los hombres más aguerridos y valientes no iban, ni podían ir, más allá de una ambición de poder lugareña, un sentido local de grandes hacendados de hombres y tierras, una codicia de dominio seguro y familiar entre los suyos, sus soldados, sus peones, su gente de levita. Un ansia de reparto iba a surgir de los triunfos de la guerra, un deseo de disfrute beato de “las adquisiciones de la lanza”, un sueño de grandes alcaldes, que no sólo hacía imposible cualquier cuerpo político concebido con las dimensiones de Colombia sino aun el mantenimiento de las viejas unidades de la administración colonial. 
 
Ya en vida del Libertador fue una tarea de Sísifo mantener los vínculos casi nominales de aquella inmensa extensión incomunicada. Cada capital de departamento era una cabeza de discordia, cada provincia un foco de rebelión, cada jefe de regimiento un aspirante a alzarse con su pedazo de tierra. Murió justo a tiempo para no presenciar impotente la desmembración y la ruina de aquella posibilidad titánica. 
 
Lo que vino después es la triste crónica que todos conocemos. La de los hombres más pequeños que Bolívar, la de los hombres cada vez más pequeños que vinieron después. Se habían perdido de vista los grandes fines de la revolución, los fabulosos proyectos que sacudieron a un mundo, se convirtieron en palabras vacías, y en nombres borro-sos en viejos papeles. Fue un tiempo de reinos de Taifas, de retórica huera, de ambiciones mezquinas, de gente de comarca. El nombre mismo se borró y desapareció. Fueron la Venezuela de Páez, la Nueva Granada de Santander, el Ecuador de Flores. Perú y Bolivia habían desamarrado hacia otros rumbos. Nadie más habló de un Congreso anfictiónico en Panamá ni de ningún cuerpo político que pudiera unir a toda la América Meridional. Fue el tiempo oscuro en que más lejos se pusieron Caracas, Bogotá y Quito. En un gesto de larvada emoción y de inmarcesible esperanza, los granadinos adoptaron el nombre de Colombia. Era como el rescate de una reliquia. La empresa misma había dejado de existir.
 
Venezuela, por su parte, cayó en la larga enfermedad de su siglo XIX. Tiranías y asonadas recurrentes. Cuando se cumplieron 50 años de la proclamación de Colombia en Angostura, el país se deba-tía en la anarquía y la guerra civil del tiempo de los Azules. Cuando se cumplió el primer centenario, estábamos en pleno caudillismo rural, olvidados de la historia del mundo y hasta de la propia historia. Colombia era casi la única palabra que quedaba de un idioma olvidado que habló una raza de gigantes desaparecida. 
 
Siglo y medio de atraso, particularismo y pequeñez cayeron sobre la poderosa idea creadora de mundos. Intereses enanos, celos de mando, el apego a las realidades inmediatas de las criaturas sin alas hizo perder el rumbo de la tierra prometida. Ya no hubo quien pudiera ver ni la estrella ni la columna de fuego que podía guiar en medio del desierto y de la noche. La bandera de Bolívar, el legado de Miranda, la doctrina de los hombres de 1810, parecieron vaciarse de contenido y significación. Fue casi el monumento de una religión muerta que ya nadie sabía descifrar. Estábamos como empecinados en ser pequeños y ya no había nada que nos pusiera en el camino de la grandeza. 
 
Siglo y medio de aislamiento borró y cerró las vías que tan claras se abrían para los próceres de la Independencia. Nacieron hábitos, intereses y sentimientos comarcanos. Frente a un mundo que se crecía en inmensas concentraciones de humanidad y de poder, nosotros, los colombianos de Miranda y Bolívar, los americanos de 1810, nosotros los llamados a ser padres e hijos de una sola patria, nos resignamos a ser los flacos usufructuarios de 20 patrias rivales e impotentes. De espaldas al gran sueño de grandeza nos habíamos entregado a un opio de complacencia y debilidad, acaso porque habíamos olvidado el precio de la grandeza o porque ya no estábamos dispuestos a pagarlo, después de haber sido los pródigos, los espléndidos de Angostura, del Rosario, de Ayacucho, de Potosí, de Panamá. 
 
No han transcurrido en vano esos largos años de la separación. Se han conformado realidades y sentimientos que ya hoy no pueden ser ignorados. La empresa de la unidad que es hoy más perentoria que nunca también es hoy más difícil que nunca. Intentarla es plantearse una ardua operación de mutuos reconocimientos y mutuos sacrificios, de ajuste de desarrollos desiguales, de absorción y complementación de formaciones, y aun de malformaciones, que si llegaran a ser ignoradas harían precario o imposible el intento. 
 
Las razones que eran buenas hace siglo y medio para la creación de un gran cuerpo político en toda la América Española no sólo no han perdido hoy nada de su validez sino que las circunstancias del tiempo global que vivimos les dan más vital imperio y razón que nunca.
 
Llamemos a los grandes muertos que dejaron en nuestras manos esa esperanza, pero también con alzada e irresistible voz convoquemos a los vivos a entender el significado y el bien de aquel ideal que se llamó Colombia. Ya no con la espada ni con la violencia sino con la hábil y paciente mano del cirujano, que une y sutura los miembros desgarrados para devolverle salud y fuerza a lo que estuvo y debe estar junto para la plenitud de la vida.
 
Convoquemos un Congreso de esperanzas Y levantemos un ejército de voluntades para ir a rescatar de las pequeñas realidades la imponente realidad de un Nuevo Mundo. Las palabras y las razones ya nos fueron dadas. Oíd al Libertador que nos habla de “poner al universo en equilibrio”, oíd a Miranda que nos habla del “gobierno de la Amé-rica meridional”, oíd al Congreso de 1819 en Angostura. Oíd las aún no formadas voces del porvenir que nos piden abrir para la América Latina toda la parte que le corresponde en la escena del mundo. 
 
Esa y no otra fue la empresa de los hombres que hicieron la Independencia, esa y no otra es la empresa de todos los que hoy aspiramos a que nuestra América recoja y reúna sus fuerzas, concentre y aproveche sus inmensos recursos, sume todas sus posibilidades; repudie la pobreza, el aislamiento y el atraso, y llegue con su bandera de libertad y de igualdad a sumar todo su peso y sus luces a la tarea de hacer un mundo mejor para un hombre mejor.
 
Si hemos reabierto el acta del Congreso de 1819 no puede haber sido para una vana y funeral conmemoración sino para traer a la posibilidad de hoy el plan americano de hace siglo y medio. Para que con la misma firme fe que ellos tuvieron ayer, y nos dejaron como el más vivo y exigente de los legados, tomemos la decisión de renunciar a ser pequeños.
 
* Tomado de Simón Bolívar, Para nosotros la patria es América, Fundación Biblioteca de Ayacucho, Segunda edición 2010, Caracas, Venezuela, pp. 9-26.
 


La ciencia en el siglo XIX


El surgimiento de la complejidad y la independencia en América Latina

 

Carlos Eduardo Maldonado
Profesor Titular Universidad del Rosario
 



Mientras el siglo XIX evidencia en América Latina los procesos de independencia de la corona española y por estos días en distintos países se celebra, en meses y en años diferentes, el bicentenario de la Independencia, Europa ponía en marcha en el mismo siglo una estupenda revolución científica y tecnológica. El capitalismo se lanzaba como una empresa global gracias al auge de la Revolución Industrial.
 
La revolución industrial es un proceso que se incuba a finales del siglo XVIII pero que en el transcurso del XIX cobra un carácter irreversible. De acuerdo con la famosa fórmula de Marx, se hace el tránsito de la ecuación M–D–M’ (mercancía-dinero-mercancía), es decir, un régimen de producción simple, que caracterizó a la Antigüedad, al Medievo y, a comienzos de la modernidad, por la fórmula D-M-D’ (dinero-mercancía-dinero), con lo cual el capitalismo se convierte en un proceso de producción y acumulación ampliada.
 
La clave teórica, científica y filosófica de los procesos del siglo XIX se encuentran, sin lugar a duda, en el éxito de la mecánica clásica, más particularmente en el triunfo de la física newtoniana, que proporcionó una descripción matemática de un mundo ordenado y regular. En el plano industrial, ello se traducirá como la mecanización de la producción y con ella, el triunfo posterior de la fordización y la taylorización de la economía, las empresas y la sociedad entera. La idea de base de la física de Newton es la de orden y racionalidad, idea que contradictoriamente se traduce en los procesos emancipatorios de América, como el llamado a la independencia y la revolución, principalmente en los mottos de Bolívar y San Martín.
 
***
 
Tres ciencias marcan al siglo XIX. Cronológicamente, se trata del desarrollo de la termodinámica –ciencia que tardará casi 90 años en nacer y desarrollarse–, a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, el nacimiento de la biología gracias a la teoría de la evolución de Darwin, y posteriormente el advenimiento de la química, que sobre las bases de Lavoisier (quien había escrito en 1789 el Tratado elemental de química), se desarrolla a partir de la Tabla Periódica de los Elementos, de Mendeleiev. Como consecuencia del auge y desarrollo de éstas, Augusto Comte formulará su programa de desarrollo de las ciencias sociales (sciences de l’homme), alrededor de lo cual habrán de surgir, entre otras, la psicología, la antropología, la sociología y la lingüística.
 
Tres circunstancias o referentes marcan el surgimiento de la termodinámica clásica, que es en verdad el nacimiento mismo de la complejidad. Se trata del desarrollo y la consolidación de la Revolución Industrial, la definición del concepto científico de “energía” y los avatares culturales que recorren y marcan al siglo XIX. Estos referentes tienen la característica de que en ellos confluyen motivos científicos, filosóficos, culturales y personales. Con la termodinámica surge o se descubre la complejidad por primera vez en la humanidad. Y, como contrapartida, la biología tendrá el mérito de poner al descubierto la flecha del tiempo como factor constructivo o creativo.
 
El hilo conductor que permite explicar la aparición de estos procesos se condensa en el motto de la alquimia: Ignis mutat res, esto es, “el fuego transforma todas las cosas”. Pues, bien, el siglo XIX es la centuria del fuego: en la independencia y las revoluciones, en América y Europa, en la industria en general, y en el desarrollo de la energía y la electricidad.
 
Asistimos paradójicamente a un cisma de la física clásica. En efecto, mientras la física es ciencia de movimiento o –lo que resulta equivalente– dinámica de trayectorias, la química afirma por primera vez la irreversibilidad de la complejidad. En verdad, la física tan solo sabe de reversibilidad, y con ello desconoce la importancia de la flecha del tiempo. Si hay alguna ciencia que, en contraste, sabe del tiempo, es justo la química, a partir de la idea básica de afinidades –según el lenguaje de los siglos XVII y XVIII–, esto es, reacciones –como se designarán desde los siglos XIX y XX. En otras palabras, la física clásica apenas sabe de las relaciones entre dos cuerpos en cada caso. Mejor aún, es típico de la física clásica el estudio de las relaciones entre cuerpos tomados en forma simplificada. Por su parte, las reacciones químicas implican generalmente más de dos elementos.
 
Hay que decir que el problema de los tres cuerpos, que será importante en ámbitos como la física, por ejemplo, en la astrofísica será originalmente formulado por las matemáticas de Poincaré primero. Luego, a partir del problema de los tres cuerpos, en el siglo XX se hará el descubrimiento del problema de los múltiples cuerpos (Many-body problem), hasta el n-Body problem. Desde las matemáticas –la topología, en rigor–, la física podrá incorporar la posibilidad de pensar en las interacciones entre más de dos cuerpos. En contraste, la química es ciencia de interacciones entre gran número de partículas o elementos, y, por consiguiente, sabe de entrada acerca de las asimetrías temporales. En consecuencia, contra lo que normalmente se pudiera pensar, en la base de la era industrial no se halla tanto la física como la química, que contiene y anticipa la complejidad. Tal es el escenario social, económico y cultural que dará origen a la termodinámica.
 
En este marco, y como base para el posterior desarrollo de la segunda ley de la termodinámica, el nombre de Sadi Carnot ocupa lugar destacado. Carnot es conocido en general por lo que ha llegado a conocerse como “la máquina de Carnot”, referencia a sus estudios sobre las máquinas de calor (1), que realizan un trabajo mecánico mediante un flujo de calor, y que por tanto tienen un límite fundamental para el trabajo que pueden realizar a partir de una cantidad determinada de calor. El francés se da cuenta de que este límite es independiente de la máquina y del modo como tal trabajo es obtenido. Este límite depende sólo de las temperaturas que dan origen al flujo de energía. Pues, bien, el desarrollo posterior de este principio habría de conducir al descubrimiento y la formulación del principio de entropía.
 
Ciencia y cultura
 
La pregunta sobre qué hace nacer a la termodinámica no concierne a la naturaleza del calor ni a su acción sobre los cuerpos sino a la utilización de esta acción. Nunca será insuficiente subrayar este aspecto. Lo propio de la racionalidad contemporánea consiste en el abandono de preguntas esencialistas como el “porqué” o la “causa” (incluso la “multicausalidad”), el “qué” de las cosas o la pregunta por la “naturaleza” de los fenómenos. Esta clase de preguntas tanto afirman como esconden una teología (algo que ha sido visto de manera conspicua por Heidegger en el siglo XX). En tal sentido, la cultura, en el sentido cotidiano y no teórico de la palabra, queda rezagada de la ciencia –como por lo general ha sido la historia de Occidente–, puesto que aún sigue pensando en términos esencialistas y debe aprender a (re)formular las preguntas. Justamente esta transformación es una radicalización mediante la cual podremos al cabo, por primera vez, tomar distancia de y acusar las idealizaciones, para descubrir y ocuparnos de los comportamientos, los fenómenos y los sistemas reales. Reales, no idealizados. El concepto de “realidad” hace aquí, y en lo sucesivo, referencia a dinámicas no lineales, a inestabilidades, emergencias y procesos de autoorganización.
 
Pues bien, la termodinádica clásica nace en 1811, cuando Fourier obtiene el premio de la Academia por su teoría de la propagación del calor en los sólidos. De manera precisa, la termodinámica –ciencia del calor– produce una división de raíz entre la física matemática, y la cinética y la gravitación de Newton. Contra esta última, el acento se situará mejor en el primero (2). Fourier ocupa un lugar pionero en la termodinámica por cuanto es el padre de la primera ley que afirma que el flujo de calor entre dos cuerpos es proporcional al gradiante de temperatura entre estos dos cuerpos. Posteriormente, en 1865, gracias a Clausius, esta ley se expresará sintéticamente como la ley de la conservación de la energía.
 
En el orden y el estatuto propio de la ciencia, el estudio de la difusión del calor implica, de un lado, el fracaso del sueño de Laplace, y, de otra parte, el colapso del corpus comtiano de la ciencia. Dos universales surgen y se contraponen: el calor y la gravitación. Gracias a esta contraposición, la idea comtiano-laplaciano-newtoniana de orden y equilibrio sufre un brusco descalabro. A partir de tal estado, la irreversibilidad emergerá como motivo principal de estudio y trabajo.
 
“Hacia mediados de la década de 1820, la termodinámica estaba empezando a ser reconocida como una disciplina científica, aunque este término no existió hasta que W. Thomson lo acuñó en 1849, y a mediados de la década de 1860 se habían establecido ya las leyes y los principios básicos. Incluso entonces, faltaban todavía unos 40 años más para que las consecuencias de una pequeña parte de estos trabajos se utilizaran en la prueba definitiva de la existencia real de los átomos”
 
Gribbin, Historia de la ciencia
pp. 314-315.
 
La termodinámica es una ciencia cuyo nacimiento y desarrollo ocupa prácticamente todo el siglo XIX. La primera ley, formulada originalmente por J. Prescott Joule en 1811, sostiene que la energía empleada para la realización de un trabajo es igual a la cantidad del trabajo realizado más el calor perdido en el proceso. La segunda ley, descubierta por R. Clausius en 1824, afirma que el calor tiene siempre un flujo decreciente, desde un objeto con una temperatura mayor hacia uno con una temperatura menor; así, es imposible que el calor fluya espontáneamente desde un objeto con una temperatura menor hacia uno con una temperatura más alta, pues se requiere un trabajo para la transferencia. La tercera ley, descubierta por Kelvin (3) en 1851, dice que una temperatura de cero absoluto –que se cree la temperatura más baja en el universo– es el punto en el cual todo movimiento molecular se detiene (esta temperatura es de –273 oC). Posterior al descubrimiento y la formulación de las tres leyes de la termodinámica clásica, se ha agregado una cuarta ley, conocida como la ley cero, según la cual no existe flujo alguno de calor entre dos cuerpos que tienen la misma temperatura.
 
Como cabe apreciar sin dificultad, los conceptos, temas y problemas centrales de la ciencia del siglo XIX y, ex post, de la ciencia moderna, son los de presión, volumen, composición química, temperatura y cantidad de calor. La novedad de la termodinámica consistirá en estudiar las variaciones correlativas de estas propiedades. Contra la física y la biología, y en consonancia con el espíritu del siglo XIX, ya no se trata de observar una evolución y de prever sus efectos en los elementos del sistema sino, más radicalmente, de obrar sobre el sistema y prever sus reacciones a una modificación impuesta. La ciencia se convierte así en una praxis consciente: interviene en el mundo, actúa sobre él en lo teórico y lo tecnológico, y ello se plasma en la economía, el ordenamiento de la sociedad, la política y los sistemas militares.
 
Puntualmente dicho, lo que interesa ahora y en lo sucesivo, gracias a la termodinámica, consiste en el estudio del cambio de estado de un fenómeno o un sistema. Las ciencias de la complejidad habrán de caracterizarse precisamente como el estudio y la actuación sobre las transiciones de fase y la identificación de los estados críticos de un sistema, esto es, aquellos estados a partir de los cuales se produce un cambio cualitativo en un fenómeno o en un comportamiento, o también un cambio de estado.
 
Pues bien, la incorporación social –en toda la extensión y la línea de la palabra– de la revolución industrial, algo que sólo tiene lugar desde el siglo XIX, significa una explosión experimental sin precedentes en casi todos los dominios del conocimiento. La eclosión de ciencias y disciplinas que tiene lugar durante el siglo XIX estará marcada por el sello experimental. Se pueden mencionar los nombres de Galvani, Volta, Oersted, Peltier, Cavendish, Watt, Seebeck y Faraday, pero en esa lista habrá que incluir, además, los de Davy, Dalton, Berzelius, Prout, Wöhler y otros. Por su parte, del lado de las ciencias sociales será necesario mencionar, entre otros, a Wundt, Morgan, Durkheim, Comte, Marx, Humboldt y von Ranke. Con ellos, el sello distintivo de la experimentación consiste en una observación directa, minuciosa, de la realidad, y por tanto en una participación personal en los procesos de observación del fenómeno o los fenómenos de estudio en cada caso.
 

 
Interrelación de las ciencias
 
En esta historia merece un lugar propio J. Joule, quien en 1847 incorpora mediante el concepto y el proceso de conversión, la conexión entre la química, la ciencia del calor, la electricidad, el magnetismo y la biología. La idea de conversión designa sencillamente que “algo” se conserva cuantitativamente y cambia en forma cualitativa. Aquello que se conserva es la energía, novedoso concepto que habrá de marcar toda la ciencia restante del siglo XIX y buena parte de la del XX.
 
El ser humano será entendido como máquina energética, el concepto de trabajo devendrá fundamental, la sociedad será vista como motor, y la naturaleza será leída como y en función de la energía.
 
En el marco de la termodinámica, los procesos de conversión se estudian según si la energía se conserva; y, más adelante, en el marco de la termodinámica del no equilibrio, según si la energía se transforma y conduce o no a la entropía; o, también, si la entropía cumple algún papel constructivo en la evolución de los fenómenos. Desde aquí, en áreas de las ciencias sociales y humanas surgirían problemas relativos, por ejemplo, a las relaciones entre economía y ecología, temas relativos a la geografía física y humana en función de las fuentes de energía, o también el estudio de las fuerzas y los agentes políticos en un momento determinado en torno al eje o los ejes del poder.
 
Como quiera que sea, gracias a Joule y a partir de él, el problema fundamental de la racionalidad humana encuentra un basamento teórico y experimental: el orden del universo se mantiene, nada se perturba ni se pierde. En lo sucesivo, la conversión de la energía significa la destrucción de una diferencia y la creación de otra diferencia. Pero si ello es así, como cabe apreciar sin dificultad, el orden natural no es indiferenciado sino que sucede mediante fluctuaciones. En otras palabras, no hay continuidad alguna ni idea de continuidad en el orden natural, que era lo que la tradición platónico-aristotélica había enseñado y fundado, y que había alcanzado su cenit durante la Edad Media.
 
Por el contrario, la realidad está configurada por, en y a través de discontinuidades (4). De hecho, como lo pondrá de manifiesto la física cuántica a comienzos del siglo XX, la energía misma es discontinua y existe (o se comporta) en ‘paquetes’ llamados “cuantos”. Así, la física –esto es, la termodinámica– entra en correspondencia con la biología –es decir, con la evolución–, puesto que la evolución es un acontecimiento esencialmente discontinuo y quebradizo. Es importante entonces reconocer que la idea de discontinuidad contiene y nos introduce directamente en la complejidad.
 
Como dirá I. Prigogine, “esta convicción de que la naturaleza no es un sistema en orden sino el sempiterno despliegue de un poder productor de efectos antagónicos, enfrentados en una lucha por la supremacía y el dominio, tiene ciertamente resonancias y raíces filosóficas”. Con la incorporación del concepto de “energía” la termodinámica se desarrolla de ciencia del calor a ciencia de la energía, o mejor aún, el calor se revela como un efecto de la energía. Y mientras este cambio sucede en el orden teórico, en el orden social y económico las máquinas térmicas ocupan espacios cada vez mayores hasta introducirse literalmente en los hogares –espacio privado por definición. La ciencia aprenderá el concepto de disipación a partir de la industria y la invención de las máquinas térmicas. El resultado habrá de ser descomunal y sus repercusiones aún se extienden hasta nosotros: la energía no simplemente se conserva, sino también y fundamentalmente, transforma y se disipa. Mejor, se conserva disipándose. “En adelante, sólo el efecto de la combustión interesa”.
 
La máquina de Carnot constituye un motivo de estudio obligado de parte de la termodinámica clásica y del estudio de los sistemas dinámicos complejos. La razón es básica: esa máquina nos permite comprender, por primera vez en la historia de la humanidad, que sólo los fenómenos continuos son conservativos, y que la disipación es concomitante con la discontinuidad. Más exactamente, el objeto de interés no es ya la idealización –nacida recientemente con Galileo, quien estudiaba movimientos ideales como el péndulo sin rozamiento, las revoluciones celestes, etcétera– sino el estudio real de los fenómenos y loa sistemas, y aquí “real” implica y revela “pérdida”. ¿Qué sucede con el calor que se disipa? ¿Qué sucede con la conversión del calor en el trabajo?
 
Este es el tema que con W. Thomson, en 1852, saltará claramente a la luz del día. Gracias a él se formula el segundo principio de la termodinámica, que justamente se ocupa de la disipación de la energía. El concepto en el que se condensa este tema es el de “entropía”. En verdad, gracias a Thomson se produce un salto sorprendente de la tecnología a la cosmología. Así, la ciencia vuelve de la sociedad hacia el universo, por primera vez después de Newton. Pues, bien, sin dificultad cabe decir que el hilo unificador entre la sociedad y el universo es el tiempo. Surge la geología con Ch. Lyell, la sociología y la moderna historiografía, la moral como campo excelso en las reflexiones filosóficas y la lingüística, esta última gracias a F. de Saussure, el estudio de las especies, etcétera. En verdad, la historia del siglo XIX se puede condensar como el descubrimiento súbito y el apasionamiento por el tiempo. Pero, ¿el tiempo conserva o significa disipación?
 
Conservación y reversibilidad
 
En 1865, R. Clausius formula la idea de entropía, como título en el cual se expresa la separación entre los conceptos de conservación y reversibilidad. En tal contexto se hace el descubrimiento del concepto de “medio”, que habrá de conducir, gracias a E. Haeckel, al desarrollo de la ecología, que hace del “medio” el objeto primero de sus consideraciones, llamándolo “medio ambiente”. En verdad, los intercambios con el medio provocan transformaciones en el interior del sistema que no son reversibles.
 
En rigor, el principio de conservación de la energía expresa que no hay producción de la misma sino transferencia a otro lugar del espacio. La idea de irreversibilidad expone esta transferencia y nos conduce a la de entropía, sólo que ésta es propia de una evolución espontánea. El énfasis está en el término “espontánea”, que traduce la idea de lo inesperado o imprevisto. En otras palabras, la termodinámica tiene el mérito de mostrar que no todas las evoluciones son iguales. Lo que interesará en lo sucesivo serán aquellas evoluciones que tienen un “atractor”, el cual representará para la termodinámica clásica la idea de equilibrio, y el equilibrio estará afirmado y garantizado justo por el segundo principio.
 
Conceptualmente se impone una distinción de principio: la dinámica pivota en torno al movimiento; la termodinámica se define por la complejidad. En otras palabras, el movimiento no implica de suyo complejidad alguna, que se expresa justo mediante el término de “trayectoria”. Pero si ello es así, lo que surge entonces ante la mirada reflexiva es el análisis combinatorio, y con él el número de “complexiones”, concepto introducido por J. C. Maxwell y L. Boltzmann. La idea de Boltzmann fue identificar la entropía con el número de complexiones; con ello, la evolución termodinámica se convierte en una evolución tendiente a estados de probabilidad creciente.
 
Si para un sistema cerrado el número total de partículas y la energía total del sistema están fijados por las condiciones del contorno, desde aquí mismo cabe la posibilidad, sin dificultad alguna, de hacer el reconocimiento de que hay (también) sistemas abiertos, y, en cualquier caso, tanto los sistemas cerrados como los abiertos admiten un estado de equilibrio.
 
Con Boltzmann, el desarrollo de la termodinámica logra en efecto el cometido central de la ciencia clásica, a saber: determinar que hay, y cómo existe, un estado general de equilibrio. Exactamente por esta razón, la nueva ciencia de la termodinámica se denomina termodinámica del equilibrio. El equilibrio es el estado de máxima probabilidad de un sistema. Lo que no aparece de inmediato ante la mirada, pero que en la historia de la ciencia se hace evidente mucho más tarde, es que los sistemas en equilibrio son cerrados o se los designa también, incluso, como sistemas aislados.
 
Sin embargo, las estructuras de/en equilibrio no son suficientes para interpretar los diversos fenómenos de estructuración que encontramos en la naturaleza. Dado que la noción de equilibrio resulta de una compensación estadística de la actividad de tropel de los constituyentes elementales del sistema, el equilibrio está desprovisto de actividad macroscópica. Es imperativo, por tanto, tomar más en serio el factor, por así decirlo, que determina o establece la escala macroscópica. Se trata del papel y la importancia del medio; como diremos luego, gracias notablemente a Haeckel, se trata de la importancia del medio ambiente. Gracias a este concepto, logramos el reconocimiento fundamental de que los sistemas son en realidad abiertos –puesto que están inscritos en un entorno y responden a las variaciones del mismo–, y que no están aislados. Así, la idea de un sistema cerrado o aislado es en realidad una abstracción.
 
De modo que hay sistemas (en realidad, como cabe anticipar, hay numerosos sistemas; mejor, ulteriormente todos los sistemas) abiertos y que justamente viven –es decir, existen, se dinamizan, se comportan– gracias al flujo de materia, energía, información, etcétera, que les llega del mundo exterior. No solamente por primera vez en la historia de la ciencia podemos tomarnos en serio los entornos de los sistemas sino que, mejor aún, debemos tomarlos en serio. Con ello, la idea básica que aprendemos es entonces la de sistemas vivos, comportamientos vivos, en fin, fenómenos que exhiben vida. Será precisamente esta clase de fenómenos, comportamientos y sistemas lo que habrá de introducir la noción de complejidad creciente.
 
Dicho en términos generales, la complejidad del universo resulta de la existencia de la vida en él. El ejemplo o la estructura más básica es aquí la de la embriología o la morfogénesis. Pues, bien, la complejidad creciente se contrapone de modo directo a la noción termodinámica de desorden creciente, y, con ello, aparece entonces de inmediato, ante la mirada reflexiva, el fenómeno de amplificación de innovaciones. En términos epistemológicos, por ejemplo, la complejidad del universo depende de, y es relativa a, la presencia del observador en él.
 
Es imperativo, por tanto, reconocer que la termodinámica del equilibrio es la primera respuesta dada por la física al problema de la complejidad de la naturaleza. Pero ¿cómo se produce esta complejidad? La respuesta ya queda indicada, y tal es, de manera precisa, la respuesta y la especificidad de la termodinámica. La complejidad es el resultado de la disipación de energía, el olvido de las condiciones iniciales, la evolución hacia el desorden o, también, la producción de orden nuevo. Sólo que tal respuesta conduce directa y necesariamente en dirección a la degradación, el olvido, la soledad y la muerte. La dificultad grande, entonces, es: ¿cómo comprender y explicar en un mundo semejante la existencia y el desarrollo de fenómenos que exhiben vida, de comportamientos vivos, en fin, de sistemas vivos?
 
Surgen así dos flechas del tiempo, diametralmente opuestas: una, la de la termodinámica clásica, que conduce a la entropía; y otra, la de un tiempo de devenir complejo, esto es, la que muestran los sistemas vivos; una, que apunta hacia y conduce hacia el equilibrio y la muerte; y otra, que nos dirige hacia y señala en dirección a la creación y la producción de formas, estructuras, realidades; una, que afirma, con la idea de equilibrio y por tanto de muerte, una complejidad decreciente; la otra, que se ocupa de y pone suficientemente de manifiesto la idea de complejidad creciente. En dos palabras, se trata del problema de las relaciones o correspondencias entre termodinámica y evolución.
 
La biología darviniana y la termodinámica son ciencias de la evolución. La termodinámica es la ciencia de la Revolución Industrial. Pero la rápida transformación de nuestra relación con la naturaleza provocó un fuerte desasosiego. La biología darviniana deberá esperar al primer tercio del siglo XX para proyectarse con fuerza. Entre tanto, ampliamente reconocida, permanecerá ajena a los procesos sociales.
 
En verdad, la biología darviniana es la ciencia de la evolución de la vida como fenómeno de complejización creciente. La termodinámica, por el contrario, es la ciencia de la evolución marcada por la finitud, la muerte, el olvido, el equilibrio, en fin, la entropía. El problema, en consecuencia, consiste en establecer una única y común ciencia de la evolución. La respuesta a este problema es positiva y va en la dirección de los procesos, los comportamientos y los fenómenos de complejificación. Esta dirección es precisamente lo que abre la termodinámica de los sistemas alejados del equilibrio.
 
***
 
Este es el cuadro general de la ciencia y los procesos enteros que implican y ponen en marcha en el curso del siglo XIX. Muchos fenómenos sociales y políticos se iluminan a la luz de estas dinámicas, pero no se explican en forma automática o mecánica por ellos. Como advirtiera con agudeza I. Lakatos, debemos poder distinguir la historia interna de la ciencia y la historia externa de la misma. La inteligencia consiste en poder cruzarlas y ponerlas en diálogo, sin reduccionismos ni determinismos de un lado o del otro. La tarea de este diálogo es obra al mismo tiempo de intelectuales y académicos, de sectores de la sociedad civil y del sector público, en fin, incluso del sector privado. Con el reconocimiento explícito de que, cuando dicho diálogo se logra, asistimos a la incubación de revoluciones científicas, intelectuales y culturales: lo que en su momento sostenía T. Kuhn y a lo cual se refiere exactamente la distinción de Lakatos. 
 
1 Carnot publica sus análisis en el único libro que escribió: Réflexions sur la puissance du feu, et sur les machines propres a developper cette puissance, publicado en 1824.
2 La cinética y la gravitación sufrirán una transformación profunda con el surgimiento, en 1905, de la teoría general de la relatividad.
3 William Thomson, Lord Kelvin (1824-1907), es el padre de la tercera ley de la termodinámica. En la bibliografía en general se cita a W. Thomson o L. Kelvin, pero es evidente que la diferencia consiste simplemente en si se adopta o no se adopta el título nobiliario que recibió Thomson.
4 Todavía en física cuántica ese debate ocupará seriamente y durante un lago período a las principales mentes que se ocupan de ella. Tal es sencillamente el debate entre Einstein y Bohr, relativo al mismo tiempo a las consecuencias filosóficas de la física cuántica y la interpretación adecuada de la misma. Un trabajo sugestivo al respecto es: S. Malin, Nature loves to Hide. Quantum physics and the nature of reality, a western perspectiva, Nueva York, Oxford University Press, 2001.
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