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Miércoles, 23 Enero 2013 10:37

Barricadas de maíz

Escrito por Ancízar Cadavid Restrepo
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Barricadas de maíz

Desconectados de España

 

 

En la lucha por la independencia de España, en La Nueva Granada se vivió una dinámica múltiple. Por un lado el llamado "Grito de Independencia" (20 de julio de 1810), manifestación de indisposición de los criollos (conocidos hoy como oligarcas) con respecto a sus pares metropolitanos por el trato desigual que recibían para comerciar y por la representación política ante la Corte. En este año se produce, por tanto, la independencia formal.

 

Por otro lado, desde ese mismo 20 de julio, y hasta pasados algunos años, los criollos clamaron para que el Rey de España los asumiera con sus derechos plenos, a la par de lo cual habían voces minoritarias, pero con identidad popular, que presentaron resistencia y presionaron por hacer efectiva la desconexión total de nuestro país con respecto al reino español.

 

La lucha entre unos y otros fue constante e intensa. En el curso de la misma –para el caso de Cundinamarca– fueron sindicados, perseguidos y encarcelados los líderes más consecuentes, hasta llegado 1813, cuando la disputa se saldó a favor de quienes pugnaban por la independencia total. Se redactan y publican, entonces, las constituciones donde se sella la suerte de nuestro territorio como soberano. Pero es conocido por todos/as que tras la "reconquista", tal estatuto se tuvo que lograr a través de una cruda guerra que duró varios años y tras la cual quedó devastado lo que hoy se conoce como Colombia, Ecuador, Venezuela, y luego Perú y Bolivia, a los que habría que agregar, por aquello de las maniobras imperiales que azotarían nuestra región a lo largo de décadas –sin aún terminar– Panamá.

 

En este 2013, por tanto, conmemoramos 200 años de la desconexión total de nuestro territorio de España, se recuerda y se celebra, en especial, los hechos sucedidos en Cundinamarca (julio 16), liderados por José María Carbonell y Antonio Nariño, y en Antioquia (agosto 11). Desde ahí y hacia delante vendrían otras muchas.

 

Las consecuencias y debilidades que se suscitaron en estos procesos los veremos en próximas ediciones. Por ahora, anunciarle a quienes nos leen, que este año daremos a luz 6 separatas, donde trataremos éstos y otros temas relacionados con la historia de nuestra nación, con su pasado y presente, y también, como no, con los retos que depara el futuro para los herederos de la disputa social y política que se libró en 1813 contra personajes como Camilo Torres y Jorge Tadeo Lozano.

 

"Barricada de maíz", la primera entrega de esta nueva serie sobre el bicentenario, a través de una mirada histórica, de juego literario entre el pasado y el presente, abordamos el tríptico hambre, identidad y soberanía alimentaria. Una provocación para encontrar las raíces de algunos de los males que azotan a nuestro país, retándonos para superarlos.

 


 

Barricadas de maíz

 

 

 

Introducción

 

"Barricadas de maíz" es un título convocante para un desafío político que por 200 años ha permanecido aplazado: la seguridad y la soberanía alimentarias; es decir, que con los frutos mismos de nuestro generoso suelo, se elimine el hambre de todos los habitantes del terruño patrio.

 

El presente ensayo parte de un análisis de la situación de hambre en 1810 y años siguientes de la Nueva Granada y avanza hacia una veloz caracterización del mismo problema y su agudización doscientos años después. Con una especie de lúdica como pedagogía y método, se revisa la manera como guerras y barricadas, sueños y esperanzas en derrota de los pueblos se han batido sin pausa en una guerra que no cesa. Con ese mismo espíritu lúdico se descubre al milenario maíz haciendo historia y culturas en el continente y, particularmente, en el suelo colombiano.

 

El juego conduce a un desenlace programático que, con la propuesta de un acuerdo político como "Pacto del maíz", dé legitimidad a una única nueva forma de las barricadas, las "Barricadas de maíz", barricadas contra el hambre, por el bienestar integral y equitativo, por la dignidad y la soberanía. Esas nuevas barricadas pelecharán por doquier, garantizando el fin del hambre y provocando alfabetización, palabra y pensamiento en comunidades. Y, como resultado final, el alumbramiento de una nueva Colombia, definitivamente independiente.

 

Para un desenlace propositivo eficiente, las "Barricadas de maíz" plantean unas demandas y unas características que les serán necesariamente inherentes.

 

1. El hambre guiando nuestra historia en 1810

 

 

Como un estigma cruel, en 1810 el hambre estaba bien enquistada en la geografía social de Colombia. Desde la turbia mañana de 1492 en que Occidente desembarcó en nuestra historia, en equívoco símil con el "Verbo" gnóstico del evangelista Juan, el hambre habitó sin falta entre nosotros y puso su morada entre las nuestras. Provocar el hambre era elemento esencial para dar soportes al sistema; no es que la tierra no alcanzara, la población era bajamente densa en relación con el inmenso territorio; no es que no hubiese posibilidad de buen balance nutricional; el hecho es que, como lo relata Triana, la conquista y la colonia hicieron bien la tarea para llegar a su fin: quebraron el régimen social pacientemente construido por los indios y desorganizaron su sistema económico y, en vez del reconocimiento del indio como sujeto de pensamiento que había creado y modificado sistemas, lo redujeron a su sola fuerza bruta y a su sola resistencia fisiológica, "y del hombre inteligente se hizo una bestia de carga, cuyo rendimiento aumentaba con el número de azotes que recibía y con la merma cicatera de su alimentación" (Triana, 1921: 11).

 

El hambre era sistemática y provocada en orden a obtener un beneficio y un producto final. Así estaban las cosas en 1810 y así estarán un siglo más tarde. Por eso el niño medio desnudo que el mismo Triana dibujó en su obra, apenas al cabo de cien años de la primera independencia de Colombia; ese niño indio no es otra cosa que el retrato de las viejas hambres que, como un destino funesto, han poblado insistentemente este país de desconsuelos. Para ese entonces, los perfiles del hambre colombiana tenían más crudeza y desencanto: el niño que controla los rigores del páramo, cubierta su espalda "con un fleco de pingajos"; "la techumbre escueta del hogar paterno", el "azadón ya sin paleta", el "viejecillo harapiento", la "mujer desgreñada" que atiza el fogón "formado por tres piedras, los niños de corta edad que gatean "bajo la vigilancia de un perro sarnoso", "los nietos mozos, la nuera y los muchachos que trabajan a jornal" en la inmensa hacienda ajena; en fin, la entera "familia indígena en éxodo hacia las cumbres del páramo, cuyo abuelo vendió su derecho de tierra al patrón que hoy le cobra en trabajo la obligación por vivir en su retazo estéril al pie del peñasco" (p. 16).

 

Hay que decirlo: así como era sistema reducir a la ignorancia para lucrarse de la imbecilidad, ¡el hambre también era sistema! Era herramienta y era conditio sine qua non de las grandes haciendas de la primera república:

 

Los hijos sin padre, crecidos a la intemperie, hambreados y harapientos que lloran bajo el alero del rancho en compañía de un gozque flaco como único guardián mientras la madre trabaja a jornal en el lejano barbecho para suministrarles por la noche una ración de mazamorra; tal ha sido en lo general la base de la familia indígena en nuestros campos desde la época de la Conquista. Cuatrocientos años de esta germinación social, durante la Colonia y en peores condiciones (..) durante la República, debieron arrasar, debilitar y prostituir una raza robusta, cuyas virtudes y energías quedan comprobadas con la mera supervivencia de un gran número de ejemplares y con las condiciones de moralidad que los adornan (1).

 

Ancho y largo era el territorio del por ese entonces llamado Nuevo Reino de Granada. Anchas y largas eran también las hambres de Colombia, antes, durante y después de 1810. La Nueva Granada, según cálculo de Humboldt, tenía una extensión de "58.300 leguas cuadradas" (2); Caldas estimó que en esa extensión vivían 1'400.000 habitantes en 1810; el censo del Virrey Caballero y Góngora había encontrado 1'046.000 habitantes en 1782; mientras tanto, el censo de 1825 del General Santander contó 1'327.000 habitantes. Son más precisos, sin embargo, los datos sobre población aportados por Enrique Caballero Escobar en su estudio Historia económica de Colombia, donde sostiene que: "según el censo de 1778 la población total del actual territorio de Colombia se acercaba a una cifra de 750.000 habitantes", de los cuales, entre mestizos, indígenas y negros esclavos, la franja poblacional que aportaba peonazgo y esclavitud y donde, por la misma razón, hacía su cuna el hambre, sumaban el 74.28% de la población total (Caballero: 1971, 64). En un ordenamiento social legitimador, como ése, de todas las discriminaciones posibles, lo único garantizado era el hambre. De tal modo que, como concluye Caballero, "las condiciones de vida de los trabajadores rurales sufrieron un proceso continuo de deterioro al finalizar la época colonial" (Caballero: 1971, 65). Y eso es comprensible en el caso de la Nueva Granada que no tuvo un desarrollo de la agricultura de plantación porque la Colonia le había asignado, en su economía, el papel de productora de oro mientras especializaba a Cuba y Puerto Rico en el azúcar, a Venezuela en el cacao, a Río de Plata en cuero y carne, a Chile en trigo, a México y Perú en plata. Ese rol se convirtió en un factor agravante de los problemas de abastecimiento y hambre de las clases bajas, inmensa mayoría, del Nuevo Reino de Granada.

 

 

El hambre fue el acicate del incendio revolucionario. En esa tesis, sin embargo, no concuerdan todos los investigadores. Pero los hechos, al igual que, y no con menos vehemencia, la realidad social y económica de las mayorías del pueblo hablan claro. Tal vez haya un camino para conciliar en ese tópico, para nuestra tesis esencial, a Adolfo León Atehortúa con Jaime Jaramillo Uribe; en aparente contravía con el primero, Jaramillo Uribe sostiene que a la insurgencia del 20 de julio de 1810 y a las varias décadas que le siguieron le faltó pueblo y que el movimiento generador de nuestra independencia fue un movimiento netamente español y en nada, por lo demás, influenciado por la revolución francesa. Ese camino, el del hambre, que es chispa siempre pronta al incendio, está sugerido en ambos investigadores; es el propio Jaramillo quien dice: "y miradas las cosas desde el punto de vista puramente económico, casi desapareció la economía de subsistencia o pan llevar" de los indios, en los tres primeros siglos de conquista y colonia (Jaramillo: 1987, 70); por eso, según el mismo, "para el divorcio definitivo con España existían motivos múltiples de raigambre jurídica, social, política y, sobre todo, económica" (Jaramillo: 1987, 71). A la desaparición de la economía elemental del pan coger, tabla casi única de sobrevivencia de la escala social más baja, le sigue necesariamente el hambre. Y el hambre estaba en modo superlativo, como lo retrató Atehortúa, en la vecindad del español José González Llorente, hombre odiado por el pueblo bajo (Atehortúa: 2010, 50 – 58).

 

Había tierra para todos los proyectos y hubiera habido también abundancia y generosidad para todos los apetitos y para todas las necesidades. Pero el sistema no estaba fabricado ni pensado para esas equidades. En su estudio sobre economía y sociedad en la Nueva Granada, Adolfo León Atehortúa (2010: 37) trae el testimonio del propio Humboldt, quien al referirse a las miserias de la población artesana del sur del país, afirma que "los desdichados habitantes de estos desiertos no tenían otro alimento que las papas" (3).

 

2. El empobrecido pueblo se levanta

 

 

 

 

El empobrecido pueblo que se levanta en lucha en el episodio incendiario del 20 de julio de 1810 es básicamente un pueblo hambreado. Según el testimonio de Atehortúa:

 

"Con la "gleba" la relación de González Llorente no era cristalina. Exportador de quina, se convirtió a principios del siglo XIX en uno de los comerciantes más prósperos del virreinato, gracias a la explotación de naturales y esclavos. González Llorente era, para su desgracia, el suntuoso y boyante comerciante situado al frente del vendedor humilde del mercado. Cuando "los guarnetas del pueblo bajo" levantaban la vista de su ventana hambreada y paupérrima, se encontraban de frente con la más hermosa casa de balcón de la plaza mayor, en cuyo interior el negociante opulento hacía también las veces de expoliador prendario y prestamista a altos intereses (4).

 

Este ensayo husmea la presencia y los rostros del hambre por esos años de revueltas, a pesar de que no es del todo fácil leerla estadísticamente en aquellas fechas. Pero el hambre estaba, y galopante. El hambre estaba, y omnipresente. Por el Sur, en el altiplano central y en las provincias del Norte, ¡el hambre! El hambre estaba, incluso, en los ejércitos que eran el pueblo mismo pero hambreado. En su reconstrucción histórica del 20 de julio de 1810, Indalecio Liévano reconoce sin rodeos que fue "la dinámica de la miseria y de la injusticia" la que indujo al alzamiento de la inconformidad popular; y la violencia de las turbas se volcó a las calles hasta cuando, atardeciendo, el frío y la oscuridad los devolvieron a sus casuchas de miseria (Liévano: 1974, 571). Allí estaba, pues, la dinámica del hambre que el historiador llama, con rigor, "la dinámica de la miseria y la injusticia". Así, pues, aunque la historiografía convencional se empeña en mostrar el alzamiento como un acto valiente y rebelde de patricios e intelectuales nacidos criollos pero venidos de sangre española, el que realmente le ponía chispa y fuego al alzamiento era el pueblo hambreado de indios, mestizos y mulatos secularmente vilipendiados. Un testigo del tiempo, José María Espinosa Prieto, aunque calificándola como "causa coadyuvante y secundaria" y posterior a la muy ilustrada decisión patricia de replicar la revolución de Francia y la independencia de Norte América, reconoce y afirma la participación del pueblo hambreado de pan y de argumentos, del "pueblo ignorante y rudo" y la "justa ojeriza de éste contra sus opresores" (Espinosa: 2010, 30). Es, de hecho, el mismo Espinosa quien da cuenta de la situación económica que tocaba la canasta y los estómagos: "han subido los comistrajes a precios nunca vistos; entre ellos la miel, la panela, los alfandoques, el maíz, las arracachas, los plátanos, la harina, el azúcar, la botella de aguardiente, la múcura de chicha, el arroz, los garbanzos, la manteca y los huevos, cuyos importes se habrían incrementado a partir de 1809" (5).

 

De tal modo que sí fue el hambre, es decir, los vendedores y las vendedoras de la plaza, los tenderos y las tenderas, los artesanos y las artesanas, los y las indígenas de los resguardos de la sabana, los campesinos y las campesinas, los cortadores de leña, los recolectores de esmeraldas con las uñas, los matanceros, los pulperos, las verduleras y yerbateras, los chicheros, los trabajadores y las trabajadoras domésticas, los desocupados, la "plebe" que chapetones y criollos miraban con desconfianza, quienes asumieron la agitación contra los chapetones (...), los actores principales del levantamiento" (6).

 

El hambre, unida a otro agravante –que, juntos, se potencializan–, el analfabetismo, auparon el amotinamiento: "los indígenas, los esclavos, los labradores y los artesanos, quienes podrían sumar las cuatro quintas partes del total de la población, eran analfabetas" (Atehortúa: 2010, 92).

 

El hambre abunda y las barricadas estan de moda

 

 

Ya desde el siglo XIII se confeccionaban en Europa cadenas con obstáculos para impedir el paso de los ejércitos y de los pueblos enemigos. En ese marco, la primera acción francesa de barricada en forma pudo ser la del jueves 17 de mayo de 1588. El conde de Brissac, favorable al duque de Guisa que enarbolaba las banderas del interés católico y que sublevaba cuarteles y pueblo en contra del rey Enrique III y de los 6.000 soldados suizos y franceses con los que se había dotado, construyó una inmensa barricada en la parisina plaza Mauvert. La línea de barricada se extendió hasta unos pocos pasos antes del Louvre. En esa fecha corrió mucha sangre de ambos lados de la batalla pero el pueblo francés aprendió a parapetar sus esperanzas de victoria detrás de las barricadas. Así, según la Enciclopedia francesa. Según Biagini, en su Diccionario del pensamiento alternativo, son las luchas revolucionarias del pueblo francés en las calles de París en el siglo XIX las que consagran las barricadas como artefacto de lucha popular y de defensa de los espacios y los intereses del pueblo levantado en revolución. En ese orden de ideas, fue el luchador Louis Auguste Blanqui (1805 – 1881) quien, después de 30 años de cárcel por su pasión revolucionaria popular, enseñó por doquier el arte de las barricadas (Biagini: 2008, 77 – 79).

 

El concepto y la práctica de las barricadas es sumamente importante para los propósitos de este ensayo. Sin embargo, ha venido resultando sumamente difícil documentarse sobre ese particular aspecto en las guerras de independencia iniciadas en nuestra patria ese 20 de julio. Se puede suponer que, habiendo bebido en las fuentes libertarias de la Revolución Francesa, la nuestra aprendió también la práctica de las barricadas, tan de la historia de ese pueblo y tan de los siglos XVIII y XIX franceses. Se puede suponer, así mismo y en sentido contrario, que la particular y muy quebrada topografía colombiana, y dado que los habituales escenarios de confrontación fueron los campos abiertos más que las ciudades y pueblos de algún desarrollo, actuaba como trincheras naturales que hacían compleja a la vez que inoperante la ardua tarea de mover estorbos y artefactos pesados para hacerse a barricadas. A esa carencia documental podríamos salirle al paso con creativo espíritu de novelista, como lo hace Darío Ortíz Vidales en su novela Otro encuentro con la historia, en la que habla sin más, de los restos humeantes de estorbos y barricadas después del enfrentamiento en la plaza central (Ortíz, 1992). De todos modos, indudablemente hubo barricadas, así como las ha habido en todos los pueblos del continente que a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI se han declarado en rebelión.

 

El hecho es que para el 20 de julio de 1810 las barricadas ya eran cosa usual en la máquina de guerra de occidente y sus colonias. Y la palabra "barricada" se identificaba, ya en ese entonces, como un vocablo de defensa y de combate. Y ya por esas fechas, detrás de las barricadas, confeccionadas con piedras y desechos, con fantasía y con malicia bien ejercida, se escondía y se protegía el proyecto de vida de quienes se entendían y asumían como víctimas de un agresor. Los pueblos en resistencia ya habían aprendido a construir sus barricadas, con alma y artefactos eficientes: una primera para que el miedo no entrara a paralizar; otra para que la dignidad y la esperanza no se fueran, muertas de vergüenza, de las casas ni de los corazones; y una más, la última, para que el enemigo no pasara a llevarse la vida en sus carros de muerte y de infinitas ambiciones.

 

3. Tiempos de hambre, rabia y barricadas

 

 

El maíz, que se había consagrado como el alma de la casa y de la vida diaria, se iba con vértigo de allí: de las casas y de la vida. El que había sido el alimento ancestral de los indios y luego el invitado primero de las mesas de esclavos y "siervos de la gleba", de criollos, chapetones, patricios y españoles, empezaba a ser escaso en las prioridades de la economía colonial. Aunque a punta de maíz habían crecido y se habían hecho capaces de resistencia y lucha, tribus, fratrías, aldeas, pueblos y culturas, escaseaba, como dijimos arriba, por la especialización del suelo neogranadino para la explotación del oro y de la plata, según mandato de la corona española. Atinadamente lo analiza Antonio García: "la crisis de la esclavitud expresaba la decadencia de la minería neogranadina a finales del siglo XVIII y las tremendas limitaciones de una agricultura latifundista o campesina reducida a la precaria satisfacción de los consumos locales" (García, 2010: 110). Es obvio que cuando aquí se dice "maíz" se está asumiendo un producto de la tierra simbólico capaz de hacer la síntesis de nuestras historias y culturas y se está cubriendo con su nombre a todos los frutos soberanos de la tierra. Hecha esa aclaración necesaria digamos, entonces, que sí, que fue el maíz lo que empezó a faltar. Y cuando los frutos soberanos de la tierra escasean, el hambre abunda, las culturas se derrumban y la rabia entra campante por la casa. La rabia de la vasta legión de empobrecidos y hambreados se enconaba.

 

Después de tres siglos del arribo de la conquista de Occidente a nuestras costas marinas, selvas, montañas y valles, el malestar había crecido y empezaba a convertirse en intentos de organización para la resistencia. Sin embargo, porque, entre muchísimas otras razones, cuando las barricadas son de hambre, se tornan inoperantes y enclenques, a finales del siglo XVIII ya habían sido derrotados o forzados a ostracismo y acción clandestina los movimientos insurreccionales de toda la América colonial: la insurrección de los Comuneros de Paraguay en 1721, la de los Comuneros de Corrientes de 1755, el levantamiento campesino de Juan Santos Atahualpa en 1742, la valiente e inteligentísima insurrección cuzqueña de Tupac Amaru a partir de 1767 en el Perú, con su esposa Micaela Bastidas y la Cacica de Acos, los disturbios de 1777 en Arequipa contra el despotismo fiscal de la corona. Y más: el alzamiento de Tupac Katari en Bolivia, el de Tiradientes en Brasil; el de Galán, con todo el movimiento comunero en Colombia (García: 2010, 19 – 32). Saltadas sus barricadas míseras por la máquina de guerra del ibérico, esas primeras formas de resistencia organizada de las gentes "del común" habían sido desmembradas. Las causas del movimiento comunero de toda la América colonizada por España y particularmente de la Nueva Granada, empero, quedaban intactas y pendientes. Se olía en el ambiente, sin embargo y a pesar de su debilitamiento por las expansiones napoleónicas, que la monarquía española daba por seguro su dominio perpetuo sobre estas comarcas de miseria. La parafernalia bélica de los ejércitos realistas era de vanguardia, mientras que las barricadas de la dignidad insubordinada eran de hambre.

 

4. El maíz, artífice de pueblos y culturas

 

 

El maíz, en tanto, había empezado a irse de las casas, el hambre se había enquistado en los cuerpos y en el resentimiento. Se habían hecho inteligentes y fuertes las barricadas bélicas, ¡no existían, en absoluto, las barricadas de maíz! Y cuando las barricadas son de hambre, está seguro que el enemigo pasa.

 

Como el gran sacramento de idiosincrasia y soberanía, de identidad y de historia construidas antes de las invasiones de Occidente, el maíz era la hebra más sutil y bella de nuestra urdimbre de tierra. Nos relata Triana que hasta perderse de vista, el campo de maíz ondulaba sus espigas. (Triana: 1921, 85). La historia de nuestros antecesores Chibchas, desde siglos antes de la llegada de las invasiones del Occidente judeocristiano, se había tejido y se tejía con matas de maíz y se cocía con el oro de sus granos.

 

El universo teogónico de los Aztecas, los Mayas y los Incas señala en sitiales encumbrados a los dioses del maíz: Centeotl de los primeros, Hun Nal Yel de los Mayas. En su veneración a los Apus o dioses de la montaña, los Incas honraban al agua que desciende de las altas cumbres y hace germinar el maíz. El Popol Vuj o "Libro sagrado de los Maya", después de idear una primera creación de "la gente de barro" y una segunda de "la gente de madera", ingenia una tercera creación, la de "la gente de maíz". Como había que crear al ser humano que les daría sustento, decidieron los dioses que la carne del hombre debía ser "carne de maíz":

 

De maíz blanco y maíz amarillo se hicieron los brazos y piernas de los cuatro hombres que fueron creados. Luego la abuela Ixmukane molió las mazorcas blancas y amarillas e hizo nueve jícaras de bebida. De este alimento provino la fuerza de los hombres [...]. Sólo por un prodigio fueron creados los primeros padres con maíz blanco y amarillo. Estos primeros hombres pudieron hablar, ver y oír; y agarraban las cosas pues eran sensibles. Fueron dotados de inteligencia y su visión alcanzaba grandes extensiones. Podían ver todo lo que había en el cielo y sobre la tierra desde el lugar donde estaban (7).

 

Por muchísimas razones, indudablemente, inmiscuyeron nuestros antecesores a los dioses en las gestas del maíz. Pero se puede decir que, sobre todo, porque necesitaban el argumento y la protección de lo divino para poner talanqueras, barricadas decimos, a pueblos extraños que, urgidos por el hambre o por las ansias de poder, vinieran por su maíz, emblema y razón primaria de la vida misma. Lo cierto, eso sí, es que la historia del maíz es tan vieja, y tan larga, tan significativa y profunda, como la historia misma de los pueblos que han habitado y habitan estas comarcas nuestras que suman a sus desgracias la de provocar las más protervas ambiciones de propios y de extraños.

 

Hoy el maíz, –realidad y símbolo de lo latinoamericano y de lo colombiano–, como hace unos 27 siglos, hecho pan con la ayuda de budares, comales, callanas y caningas, trillas y molinos de distinta índole, sigue representando las formas como la vida avanza y se hace, con masa de granos bien cocidos, pareciéndose a ellas y haciendo reales y posibles esas formas de la vida: Arepas de huevo, de carne, de queso, de garbanzo, arepas con casi todo o con todo; tortillas, tamales, ayacas, mote, bollos, envueltos, mazamorra, natillas, garullas, mantecadas, galletas, colaciones, y almojábanas; sopas, atoles, masato, chicha, erequipes, tortas, mute (8) y mil expresiones más, el maíz es omnipresente y omnisignificativo y, por poco, culturalmente omnipotente; es el convidado primero de la vida cotidiana de nuestros pueblos, de sus fiestas y ritos, de sus encuentros y convites, es fuerza en las mingas, aliento antes, en y después del trabajo arduo y emblema de todos los paisajes. Sin la presencia del maíz perdería su tejido la cultura y estaríamos, como pueblo con identidad, perdidos para siempre. Tal vez el maíz, si sobrevive, nos haría capaces de entender y hacer real entre nosotros el viejo sueño de autonomía nacional de Triana: que nos consideremos como hijos del terruño [...] para establecer el debido equilibrio entre nuestras inclinaciones y necesidades propias y las reacciones y productos del suelo (Triana: 1921, 24).

 

5. El fatalismo histórico hegeliano

 

 

Como un anticipo dialéctico a las prédicas hegelianas sobre la trágica fatalidad histórica de los pueblos subyugados de América, el maíz ha sido siempre en Colombia, motor de cultura y garantía de pensamiento, es decir, de historia. Es necesario que a esta altura entre en escena el filósofo alemán porque en 1837, seis años después de su muerte, se publicó un ensayo suyo escrito algunos años atrás; se trata de un discurso carente de toda objetividad científica y del más mínimo asomo filosófico que hace una flaca presentación de la madurez intelectual de Occidente en cuanto se refiere a apertura al mundo (9). Hegel construye un andamiaje histórico y geográfico que le sirva de soporte a la afirmación categórica y sin paliativos de la absoluta inmadurez de los pueblos de América, inmadurez continental y geográfica, antropomórfica, cultural, espiritual, social y política. Según él, los pueblos y habitantes de Hispanoamérica carecen de significación y de proyecto de vida y su existencia cobra sentido sólo a partir del momento en que es tocada por la redentora mano europea; América –así Hegel– es inconsciente, esclava y salvaje; ¡sus indios carecen de espíritu! Cualquier asomo de proyecto histórico y político se lo enseñó a América la Europa espiritual y culta, civilizada y civilizadora. América, según él, y es lo más grave, carece de pasado y de presente y por eso no se encuentra en el escenario de los pueblos históricos: "la zona tórrida, al igual que las polares, no son suelo adecuado para que en él se fragüe la historia", ya que ni las zonas frías ni las calientes son suelo abonado para la libertad humana (10). A la hora de esbozar su libertad frente a España, la América nativa y negra era incapaz siquiera de pensamientos de libertad y absolutamente todo se lo debe en este campo de la independencia a la sangre europea que la habitaba. La América nativa, en fin, y para completar la perla hegeliana, ni siquiera es capaz de intuir las artes amatorias ni de practicar como Dios manda los deberes conyugales y esto debió ser enseñado a los pueblos nativos ¡por los castos frailes jesuitas españoles!

 

Tal vez Hegel estaba ya contaminado del virus que casi dos siglos después denunciaría Ivonne Bordelois como la "permanente invasión de los idiomas imperiales en el mundo" (Bordelois, 2006: 85). A ese Hegel, legitimador del genocidio y del etnocidio americano con el argumento de que "se trataba de una cultura natural que había de perecer tan pronto como el espíritu se acercara a ella" (11), la misma Bordelois le sale al paso: "lejos de ser la lengua la compañera del imperio, como quería Nebrija, enarbolando así la consigna que condujo a la desaparición de tantas lenguas indígenas en Latinoamérica, el imperio ha dejado de existir y es la lengua la que reúne la conciencia cultural –no precisamente imperial de 400 millones de hablantes" (Bordelois, 2006: 85).

 

Si esto fuera así y tan simple como eso, y si no hubiera sido desvirtuado por la propia filosofía europea y universal y por las ciencias, el ensayo que nos ocupa y estas reflexiones carecerían en absoluto de sentido. Pero es que Hegel no conoció los milagros del maíz, ni su potencia creadora y sus virtualidades espirituales; de lo contrario, su manera de nombrar a América hubiera sido bien otra.

 

Leer, debatir y controvertir a ese Hegel hoy y desde las perspectivas libertarias del maíz, vale decir, de nuestros pueblos, tiene sentido en orden a confirmar nuestra vocación de jamás dejarnos sepultar en seculares ámbitos de muerte impuesta desde fuera. Contra la pseudo historia y la pseudo ética hegelianas, los pueblos del maíz tienen que seguir avanzando por los caminos de una ética raizal cuyos goznes principales han de ser la comunión amorosa con la tierra como derecho y como deber y, de su mano, la garantía constitucional de seguridad y soberanía alimentarias. Para construir esa ética, los pueblos de América, y Colombia en particular, tienen la tarea insoslayable de ¡construir barricadas de maíz! Y así empezamos a entendernos, leídas las cosas doscientos años después, en términos de soñar con una nueva independencia en la que confluyan y conversen a la misma mesa el pan –el maíz– y la palabra, ambos como derechos constitucionalmente consagrados, lo que Caballero llamó "la hermosa calamidad de pensar" que siempre está convocando legítimas exigencias libertarias (Caballero: 1980, 247).

 

6. Controvertir a Hegel y construir barricadas de maíz

 

 

Cuando el conquistador arriba a las playas del Caribe descubre con sorpresa que esta tierra está poblada y que sus habitantes tienen una rica historia y un rico proyecto político-comunitario. Es por eso que hay que oponerles tanta fuerza y tanta violencia: porque nada es más inconveniente a un proyecto de dominación que la constatación de que se confronta a una sociedad humana con historia y con robustas expresiones culturales. Considerar a las sociedades humanas como sociedades sin historia es el presupuesto de base de la conciencia colonizadora para la cual la historia es la del occidente cristiano. Para imponer un proyecto de dominación en el continente "descubierto" fue necesario negar lo autóctono; y para negarlo, ¡lo silenciaron! Esta negación, iniciada con la llegada del sujeto invasor occidental será reasumida por las minorías criollas nacionales que heredarán el poder después de las guerras de independencia del dominio español: "la negación del indio ha sido un requisito formal paralelo a la constitución de la nación colombiana en tanto unidad independiente" (Bonilla: 1978, 134).

 

De acuerdo con Bonilla, ésta es la nueva fenomenología que existe en el mundo indígena latinoamericano como consecuencia de la negación del derecho a la palabra: se niega su pasado para poder negar su presente y su futuro; se niega su significación social para poder negar su capacidad de formular sus proposiciones políticas propias y sus experiencias políticas válidas y para proveerse de perspectivas políticas para su acción; se niega su cultura para poder negar su actual presencia en tanto alteridad enriquecedora, crítica, constructiva y fecunda. El proceso de negación de lo indígena latinoamericano ha sido, entonces, el fruto de la negación de su historicidad. Con la misma lógica, el nuevo proceso de afirmación de lo latinoamericano debe retomar su historicidad en sus formas más concretas. Es convicción de Orlando Fals Borda que ni lo indio ha sido exterminado ni su cultura liquidada (Fals: 1989, 17), ni la historia de los indios americanos comienza con la llegada del conquistador europeo, ni su larga y secular astucia en las selvas, en las planicies y en las altas montañas americanas puede meterse sin más en el generoso e irresponsable cajón de la "prehistoria"; con Fals Borda concuerda Luis Guillermo Vasco Uribe, quien controvierte las lamentables convicciones de Hegel con respecto a nuestra historia y a nuestro destino como pueblo (Vasco: 1978, 134).

 

De cara a la negación de lo autóctono latinoamericano y en constructiva postura ante la misma hay que asumir el desafío, la convicción y la tarea de la afirmación de aquello que comporta, la afirmación del derecho humano a ser de manera diferente y, simplemente, a ser y existir. Nuestra experiencia histórica nos muestra que un pueblo que ha perdido el derecho a proferir su propia palabra es un pueblo condenado a perderse en la amnesia histórica, a ser un pueblo sin memoria. Y un pueblo sin memoria histórica es un pueblo sin proyecto de presente ni de futuro, condenado solamente a la repetición de todo cuanto se le ha impuesto. Y entonces, Hegel tendría absoluta razón.

 

De acuerdo con lo dicho, como todo aquello que es nuevo es generado en el milagro de la palabra humana, solamente será posible que nuestros pueblos silenciados, -como todos los pueblos colonizados de la tierra-, se empeñen en un compromiso histórico transformador en la medida en que en sus movimientos populares y de base y en su vida cotidiana haya lugar para la retoma del derecho secularmente negado a la palabra y para la rica dinámica social y antropológica que se desencadena alrededor de la palabra. En ello estriba exactamente la propuesta que lanzamos del nuevo "pacto del maíz" posibilitado en la construcción decidida y nacionalmente universal de "barricadas de maíz".

 

7. El hambre sigue gobernando a Colombia 200 años después

 

 

Un siglo después de la primera independencia y hasta nuestros días, ¡a los doscientos años!, la historia de Colombia se ha seguido haciendo y contando como la historia del maíz arrebatado. Las hambrientas bocas, crecientes en número y en dramatismo, cuentan la historia de todo el siglo XX. Pero nunca antes como en estos primeros diez años del siglo XXI, el maíz había sido prostituido. Castamente comprendido, el maíz había sido y sigue siendo interpretado por nuestros pueblos como elemento esencial para alimentar la vida y para hacer de ella rito, fiesta y comunión. Pero jamás había pensado que sus granos, concebidos por la tierra y por milenarias culturas como tejedores de sustancia vital, pudieran cultivarse masivamente como insumo básico de la producción de biocombustibles a gran escala, ante la crisis mundial en la oferta del petróleo (Gabetta: 2008, 18-19).

 

En las últimas décadas de la historia colombiana, la biodiversidad de nuestro suelo se ha sentido y vivido como "la nueva maldición". Lo que hace 518 años empezó a ser la maldición del oro, ahora se convierte, en la alquimia todopoderosa de la sociedad de mercado, en la maldición de la diversidad biológica. Y de la mano de esa maldición posmoderna, se va el territorio. Las gentes, sobretodo campesinas, se quedan de repente, sin la historia de sus terruños ancestrales y sin un pedazo de tierra donde saberse también hijas e hijos de la historia de la nación; se quedan con hambre y sin esperanzas ciertas de poder volver a los rituales de la mesa y al milagro cotidiano del maíz y el alimento. Son responsables de ese brutal desarraigo del suelo ancestral, el estado "que debería representarnos en la construcción y defensa de lo público pero que ha venido dejándose instrumentalizar de manera privatizante para beneficio de sectores dominantes de las esferas económica y política", y los inversionistas extranjeros que se adueñan de la biodiversidad, arruinan el ambiente y horadan sin miramiento las culturas; "las transnacionales que dominan las reglas de la economía suelen tener influencia en los organismos multilaterales que definen las políticas del mundo globalizado de hoy" (Vélez: 2004, 28 y 29).

 

A esa fiebre estatal por la privatización de la tierra, los recursos y la biodiversidad y a esa voracidad de propios y de extraños por apropiarse de lo que es derecho humano fundamental y bien público corresponde hoy, en nuestra Colombia bicentenariamente libre, la destinación masiva de la tierra al cultivo de palma africana, soya, caña de azúcar ¡y maíz! para transformarlos en etanol, bioetanol o etanol de biomasa, que son tres formas distintas de nombrar lo mismo. Ante la fiebre de varios países latinoamericanos por destinar esos alimentos históricos de sus pueblos a la producción de biocombustibles, capitaneados por Brasil y Colombia, el mundo escuchó en abril de 2008 la exclamación airada de Óscar Arias, expresidente de Costa Rica y Nobel de la Paz, "es absurdo que dejen de llenar el estómago de los humanos por llenar de combustible sus motores". Lo más lamentable de la discusión y del debate es que no se esgrima en contra de esa política económica, la prioridad que ha de darse a la seguridad y a la soberanía alimentaria de los pueblos, sino, y solamente, factores de rendimiento y eficiencia como éste: "el maíz produce una energía neta que está en serio debate; genera un 100% o un 40% más de lo necesario frente a su implementación"; y esto no le permite competir con, por ejemplo, la soya que produce el 300% de la energía invertida entre la siembra y la obtención del etanol final (Martínez: 2007).

 

Qué bueno fuera que Colombia, afirmando soberanía e independencia, decidiera con voluntad política y como un pacto unívoco nacional, tomar el histórico maíz, defenderlo con amor patrio y sentimiento humano universal y hacer de él el garante de seguridad alimentaria para las mayorías que hoy están empobrecidas y hambrientas. Lo podríamos llamar, como se anunció arriba, el "pacto del maíz" y revertir sus indicadores: "mientras en 1986 se producían 788.100 toneladas y se importaban 31.500, para 2006 la producción era de 1'340.000 toneladas y la importación alcanzaba 3'244.368" (Gutiérrez: 2009, 3). Y cambiarle sustancialmente su destino: ¡Todo él para las bocas humanas, nada para el estómago insaciable y tragón de los motores!, como lo soñó y gritó con audacia profética el Nobel de la Paz centroamericano. Porque, avanzando este siglo XXI, después de doscientos años de muy cantada y celebrada independencia, el pueblo que se canta libre en homenajes y en conciertos ve crecer las cifras y los rostros de su hambre y de su desnutrición: "El 68% de la población rural es pobre (ocho millones de habitantes del campo), y el 27.5% (un poco más de tres millones) de los campesinos vive en la miseria (...). La situación vivida en las ciudades no es mucho mejor: el 43% de los habitantes (un poco más de 14 millones de personas) vive en la pobreza" (Gutiérrez: 2009, 3).

 

Si algo grave se anuncia en la negación de la seguridad y la soberanía alimentarias es la pérdida de legitimidad de un Estado: Por la puerta por donde entra el hambre de un pueblo, huyen los derechos fundamentales; en esa nación, casa de puerta abierta al hambre, los derechos humanos se pasan por alto y el poder omnímodo del mercado se cuelga, enmarcado y en lugar de los dioses tutelares, en el centro de la sala; desde fuera de la casa, los augures y teólogos del mercado seducen a los habitantes de la casa para el suyo, el único culto que salva. Eso era para el bíblico Elías la evidencia de evidencias de fracaso del proyecto histórico y político del reino de Israel; le decía al rey Acab: "un solo pobre, un solo hambriento en la nación es una señal inequívoca de que algo esencial se ha roto y de que el rey ha perdido legitimidad (12)". En Colombia la pobreza y el hambre no han hecho más que crecer en estos últimos doscientos años.

 

En las muchas guerras internas colombianas de estos dos siglos, las barricadas han estado siempre a punto. Hoy, desesperados de guerras y de sus barricadas disuasivas, en Colombia no se quiere otra cosa que seguridad y soberanía alimentarias. El pueblo colombiano quiere comer, comer con dignidad, comer con soberanía lo que siempre ha sembrado, cultivado, cosechado y llevado a sus mesas, comer sabiendo que también sus cercanos y vecinos comerán, y que toda la nación comerá. Lo enseñó un muchacho de 17 años en clase de filosofía. En abril de 2002, cuando el candidato Uribe se perfilaba como el más seguro vencedor en la campaña por la presidencia de la república, en clase se dio conversación sobre la propuesta del candidato de exterminar la guerra colombiana y sus focos guerrilleros en los tres primeros años de su eventual gobierno. El avisado muchacho preguntó si eso se veía posible. Él mismo reflexionó en voz alta y ante el grupo: "Yo tengo una certeza: si el presidente Uribe derrota a los distintos movimientos guerrilleros y no descansa hasta no exterminar al último de sus militantes, ese día por la tarde habrá nuevas guerrillas por distintos lados de la geografía nacional. Porque la guerrilla no es la causa del problema colombiano sino una de las muchas consecuencias del hambre; el hambre que abunda y se multiplica, el hambre que es la marca de nuestra historia. Si el hambre persiste, persistirán las guerrillas. Y, por el contrario, si el hambre se extingue de nuestra historia, todo movimiento armado irregular del pueblo quedará deslegitimado per se" (13). Ese día nació para muchos un nuevo desafío: proponer y promover por distintos lados de la Colombia hambrienta y desde distintos ámbitos y predicaderos, la construcción decidida y vehemente de nuevas barricadas, ya no de odio y repudio, sino barricadas de vida y por la vida, barricadas de dignidad y de autoafirmación, ¡barricadas de maíz!

 

Cuando se asume ese reto humano, espiritual y político, conviene evocar a Triana y su sueño por una bien construida autonomía colombiana. Y sentir que ese su sueño y su realización no son lejanos en el tiempo y que tienen, en cambio, plena actualidad y vigencia: "Que en un sentido ampliamente metafórico nos consideremos como hijos del terruño y que sobre esta base fundamental de criterio orientemos nuestros estudios, nuestra sicología, nuestra estética y nuestras industrias, para establecer el debido equilibrio entre nuestras inclinaciones y necesidades propias y las reacciones y productos del suelo; tal debe ser nuestra aspiración patriótica, con el propósito de constituirnos en pueblo autónomo" (Triana: 1984, 24). Queda claro, entonces, una vez más: ¡Barricadas para que la afirmación de soberanía no se nos vaya por donde entren la altivez de los invasores extraños y la prepotencia de los de la propia casa!, ¡Barricadas para que la inteligencia popular bien convocada y con buenos niveles de pensamiento nos enseñe a defender la soberanía de nuestros proyectos de vida y de historia popular!

 

8. Demandas de las barricadas de maíz

 

Cuando se dice que hay que construir barricadas de maíz por donde el hambre no pase, por donde la dignidad no pueda escaparse más, se está lanzando a los cuatro vientos de la soberanía nacional, del empoderamiento político de los sectores populares y aún de la buena voluntad de los actores políticos formales que puedan ser sujetos de honradez y buena voluntad, la propuesta de construirlas con las siguientes demandas:

 

  1. Bajar la concentración de las riquezas, en el índice de Gini, del 0.59 al 0.25. El día que esto se logre habremos hecho la más incruenta, noble, altruista, inteligente, profunda y duradera revolución. Con millones de granos de maíz fluyendo, sin el derramamiento inútil y humillante de una sola gota de sangre. Sin atisbos de confrontación de clases. Apenas, y sobre todo, por la única vía revolucionaria posible en tiempos de miseria creciente: Cuando el estado garantice que todos los habitantes de su suelo comen y satisfacen buenamente sus necesidades básicas, la patria quedará abierta a la dignidad y sobrarán todas las formas y apariencias de la guerra. De la mano de este descenso y para garantizarlo, que desciendan también los fatídicos 85 puntos de concentración de la tenencia de la tierra en Colombia que nos ponen en vergonzoso sitial en toda la América Latina (14) y que conllevan "prestigio social, desigualdad social, violencia y narcotráfico" (Gutiérrez: 2009, 3).
  2. Que esos 33 y 45 puntos descendidos en infamantes escalas y ascendidos por la escala de la dignidad nacional y de la desconcentración de bienes y riquezas en poquísimas manos, se apliquen, en una primera fase, a la alfabetización universal del pueblo colombiano. Por donde pasan las letras, pasa el pensamiento. Y cuando es el pensamiento el que gobierna las relaciones y los destinos de una nación, todas las decisiones son espirituales y hondas, sanadoras de heridas y promotoras de idea y numen creador.
  3. Que este pueblo nuestro, universalmente alfabetizado y pensante, se dedique a perfeccionar lo que tanto le gusta y que florece tan a sus anchas en estos trópicos amables y fiesteros: el ejercicio de la palabra. Por eso, que donde antes abundaron el hambre y las miserias, abunden ahora los comedores populares en los que la palabra sea sueño y donde el maíz, servido para todas y todos en la mesa, sea fiesta sin paliativos. Que al mismo tiempo que se comen las deliciosas fantasías del maíz, se asuma la comunión y el ritual de la palabra condividida.
  4. Que asumamos el mandamiento esencial del maíz: Nunca más guerreará un pueblo que lo reparte y comparte, lo come y lo celebra mansamente y sin mezquindades, sentado a la misma mesa y bien avenido con los proyectos de vida en abundancia con los que muchas mentes y manos preparan el presente y los tiempos que vendrán.
  5. Que cada barricada de maíz que se levante en los puntos neurálgicos del hambre y de las mínimas o nulas condiciones de desarrollo humano integral sea un lugar para pensar, proponer y construir, a través de la palabra hermanada y compartida, proyectos de presente y de futuro para las comunidades, proyectos de dignidad entendida como autoafirmación y soberanía, proyectos de la nueva y real independencia, la pendiente, la postergada, la auténticamente nacional.
  6. Que en todas las mesas populares –barricadas de maíz-, la palabra y el maíz sean los primeros invitados y el alimento esencial que se tomará; que la gente coma y piense y converse sobre las formas y caminos para garantizar que la soberanía y la seguridad alimentarias se queden en la casa y para siempre; que se piense y se hable sobre la forma de darle sostenibilidad al proyecto local de barricada; que se piense, se hable y se haga relato, memoria y poesía sobre el derecho de todas y todos a comer y a tener un puesto indefectible en la fiesta de la vida.

 

Conclusión

 

Las nuevas barricadas, las del maíz, se piensan y proponen en el marco de la reflexión que se acaba de esbozar y a partir de experiencias que simultáneamente se dan en geografías y en contextos bien diferentes, como estas dos: El movimiento Slow food de Carlo Petrini que desde Italia profesa que la gastronomía "puede constituirse en una herramienta política de afirmación de las identidades culturales y en un proyecto virtuoso de confrontación contra el tipo de mundialización actualmente en curso" (Petrini: 2006, 47-51), y el movimiento Red solidaria de comedores comunitarios y escolares que, en la localidad Rafael Uribe Uribe de Bogotá "ha tenido como objetivos esenciales dos principios claves: la sostenibilidad y la visibilización del trabajo, gestión y esfuerzo comunitarios, aplicados a proveer de alimento a las personas más necesitadas en las diferentes zonas de la localidad" (Alameda: 2005, 51-56). Esas dos experiencias y la larga práctica de supervivencia mancomunada de los sectores más empobrecidos en tiempos en que las guerras colombianas han arreciado, perfilan a continuación las características esenciales de las nuevas barricadas, las de la paz, las que protegerán la nueva lucha colombiana por una nueva y más limpia independencia, las barricadas de maíz:

 

  1. Serán espacios en los que se prioricen y se garanticen el bienestar colectivo y la equidad. En las mesas allí servidas con maíz y otros frutos de la tierra se hará todos los días el milagro siempre posible del buen reparto, de la buena acogida, de la mansa escucha y del delicioso disfrute de la palabra.
  2. Serán espacios para la memoria de las muchas, largas e históricas negaciones y humillaciones y de las fecundas prácticas de lo comunitario, es decir, para "el refrescamiento de la conciencia y de la intuición, (...) un entrar en sí mismos y navegar por nuestras venas ancestrales, reconociendo caminos olvidados de solidaridad, cooperación, autoestima, bienestar" (Alameda, 2005: 52).
  3. Serán espacios naturales para, por la vía de la palabra compartida, la recuperación de la esperanza. Las barricadas de maíz se inscriben en la freireana "pedagogía de la esperanza" que fluye naturalmente por donde fluye la conciencia del propio ser y del propio deber ser (15).
  4. Serán espacios para la palabra empeñada en la construcción de una nueva historia y de una nueva independencia que privilegien el espíritu cooperativo y colaborativo y las propuestas de nueva cultura desde los sectores históricamente empobrecidos.
  5. Como en la Red Solidaria de Comedores populares, las barricadas de maíz serán un lugar privilegiado para la "recuperación de la confianza, (el) fortalecimiento de la autoestima individual y comunitaria, (el) estímulo consecuente al proceso de participación activa, (la) apertura de espacios democráticos, (el) entendimiento de conceptos como: justicia social, equidad, democracia, participación, sostenibilidad, medio ambiente, planeación, seguimiento, impacto, cooperativismo, solidaridad, amor, perseverancia" (Alameda, 2005: 56).
  6. Como en Slow Food, las barricadas de maíz serán comunidades del maíz, es decir, "comunidades del alimento" al tiempo que comunidades de la palabra. Hay que reconocer con entusiasmo que ya la humanidad se puso de acuerdo al establecer, en los objetivos del milenio, la imperiosa y urgente necesidad de empezar a erradicar el hambre de todos los países y de todos los pueblos de la tierra, con claras metas cualitativas y cuantitativas antes de finalizar el año 2015 (16). Esa política mundial que se convierte en política de Colombia al igual que de cada país firmante del acuerdo, es condición indispensable para que sobreviva la vida en el planeta. Es urgente que Colombia, la nueva, la de doscientos años de una primera independencia, con todos sus grupos y colectivos, oficiales y no gubernamentales, formales y no formales, como un solo cuerpo y conjunto, se ponga de acuerdo en un generoso y creativo "pacto del maíz" o pacto por la erradicación del hambre. Ese pacto deberá empezar por el compromiso de respetar y salvaguardar enteramente la dignidad de la vida y la soberanía de cada vida individual. Y deberá especificarse y detallarse luego en otros pactos derivados: Pacto por la racionalidad y la racionalización de la natalidad; este pacto es conversable y dable en un pueblo globalmente alfabetizado y pensante; pacto por el manejo y la utilización sostenible de los recursos del suelo y del subsuelo nacionales en forma de uso sin abuso, es decir, de beneficio sin explotación (17), pacto por el derecho a la salud.

 

La segunda independencia se inaugurará en Colombia, nación soberana y segura, a partir del momento en que se afirme y ejecute un gran acuerdo nacional por la soberanía y por la seguridad alimentarias; y esa segunda independencia se proclamará como causa cumplida y empezará a celebrarse el día en que el hambre se haya borrado radicalmente de toda la geografía nacional, de todas las bocas, de todas las posibilidades y de todas las expresiones de autoctonía patria. Se seguirá celebrando, entonces, en lo sucesivo, a la nueva Colombia, territorio libre del rencor político del hambre, justa y en paz. Tal vez así, en el año 2210, doscientos después de hoy, quienes habiten estos suelos de libertad nos recuerden con gratitud y digan nuestros nombres sin morirse de ira y de vergüenza.

 

1 TRIANA, Miguel. La civilización Chibcha. 1921. Bogotá: Biblioteca Banco Popular, 5ª. Edición, 1984, p. 13.

2 Citado por ATEHORTÚA, Adolfo León. 1810. Ni revolución ni nación. Medellín: La Carreta Editores, 2010, p.38.

3 ATEHORTÚA, Adolfo León. op. cit., p.37

4 Ibídem, p. 55.

5 Citado por Atehortúa, op. cit., p. 58.

6 Ibídem.

7 Popol Vuj, el libro sagrado de los Mayas: 1999, pp. 61 - 63.

8 Esta memoria y descripción de los rituales del maíz se encuentra en: PATIÑO, Víctor Manuel. Historia de la cultura material en América Equinoccial. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1990, p. 99.

9 HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich. "Lecciones sobre filosofía de la historia universal - Discurso: La conexión de la naturaleza o los fundamentos geográficos de la historia universal, 1837". En: Revista de Occidente, traducción de José Gaos, Madrid, 1928.

10 Ibídem.

11 Ibídem.

12 El relato del llamado "ciclo de Elías", profeta bíblico del siglo IX a.C., se inicia en el libro I de Reyes, Capítulo 17, versículo 1 y va hasta el libro II de Reyes, capítulo 1, versículo 18.

13 Experiencia del autor como profesor de filosofía en la educación media del Colegio Soleira.

14 Ver: Equipo desde abajo. "Reforma agraria, portón de la paz". En: Soluciones agrarias, Nº 7/8, Julio–Octubre 2008, Bogotá, 2008.

15 Ver: Freire, Paulo. Pedagogía de la esperanza. México: Siglo veintiuno editores, 2005.

16 En los "Objetivos de desarrollo del milenio" los 192 países miembros de las Naciones Unidas acordaron:

"OBJETIVO 1: Erradicar la pobreza extrema y el hambre: - reducir a la mitad, entre 2000 y 2015, la proporción de personas que sufren hambre; reducir a la mitad, entre 200 y 2015, la proporción de personas cuyos ingresos son inferiores a un dólar diario; conseguir pleno empleo productivo y trabajo digno para todos, incluyendo mujeres y jóvenes".

17 La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en Junio de 1997 "la carta de la tierra". Es la tierra la que en esa carta grita y suplica a la humanidad, en la voz de los representantes de las naciones. El llamamiento es a todos los pueblos del planeta, viejos y nuevos, grandes y pequeños. Se les invita a "reinventar la civilización". Que esa nueva civilización sea capaz de tecnología e industria armonizadas con el individuo y con todas las comunidades de individuos que se juntan sobre la redondez de la tierra.

Grita el planeta y pide a los pueblos todos, a sus dirigentes y empresarios, a sus organizaciones de base y a sus asociaciones civiles, que creen con urgencia modelos económicos y sociales que protejan los derechos humanos y las capacidades de regeneración del ecosistema global.

Dice la tierra en su amorosa carta que somos una sola y única comunidad de vida los habitantes del presente y que, igualmente, hacemos una sola y única comunidad de vida con los habitantes del futuro. Que el futuro es sangre de nuestra sangre y proyección de la historia que escribamos hoy. Que, en fin, somos un solo y único lazo comunitario que se hila y entreteje con la familia humana, con toda la comunidad terrestre, con todos los seres vivos, con el planeta mismo.

La tierra escribe su carta esperanzada a la humanidad y le recuerda que somos un único mundo y un mismo y único destino que se hace y escribe en increíble diversidad pero en necesaria interdependencia. Por eso, nos dice la tierra, es urgente que todos los pueblos declaremos nuestra responsabilidad colectiva y compartida en que ella, la tierra, viva y nosotros con ella o en que, con ella, perezcamos todos.

 


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El derecho humano a la alimentación, 64 años después*

 

David Rodríguez-Arias y Carissa Véliz**

 

El día 11 de diciembre, hace 64 años se firmó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su artículo 25 reconoce el derecho a la alimentación como un bien primordial que debe ser protegido.

 

Jean Ziegler, el ex-relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, alerta de que, de todos los Derechos Humanos, el derecho a la alimentación, siendo uno de los más fundamentales, es al mismo tiempo el más constante y ampliamente violado en nuestro planeta (Destrucción Masiva, 2012). La desnutrición está asociada a la aparición de enfermedades como el kwashiorkor, la tuberculosis y la diarrea, responsables de la mayoría de las muertes que se producen en los países menos desarrollados. El hambre es, a día de hoy, la principal causa de muerte en el mundo: más que las guerras, las enfermedades cardiovasculares, o el cáncer.

 

La infancia constituye el sector de la población más vulnerable a la desnutrición. La desnutrición no es lo mismo que la falta de alimento. Además de la ingestión de una cantidad de calorías diaria aceptable—que hace que el menor tenga un peso adecuado—es preciso que su alimentación sea rica en micronutrientes: vitaminas, minerales y oligoelementos. Las deficiencias en micronutrientes generan la llamada hambre silente, responsable de millones de casos anuales de ceguera (causada por la falta de vitamina A), beriberi (enfermedad que destruye el sistema nervioso y que es causada por la falta de vitamina B), escorbuto y raquitismo (causados por falta de vitamina C), múltiples trastornos del crecimiento y desórdenes mentales. La desnutrición prolongada destruye el cuerpo y las habilidades mentales. Quien no puede comer, sencillamente, deja de poseer su vida. Son el hambre y la enfermedad los que poseen la vida del hambriento.

 

Entre 2010 y 2012 ha habido 870 millones de personas en el mundo subalimentadas, es decir, el 12,5% de la población global. ¿Soportaríamos vivir en una sociedad en la que una de cada ocho personas con las que nos cruzáramos estuviera al borde de la muerte por inanición? Nos consolamos pensando que la inmensa mayoría de esas personas –852 millones– viven en los lejanos países "en desarrollo", donde la desnutrición alcanza el 15% de la población. Sin embargo, en la era de la globalización, nuestra capacidad para afectar y vernos afectados por lo que ocurre a miles de kilómetros hace que esa distancia sea cada vez más virtual.

 

Comparando dos realidades: en España la esperanza de vida es superior a ochenta años, en Swazilandia es de treinta y dos. Cuando en Madrid una familia gasta al mes aproximadamente el 15% de la renta familiar en la compra de alimentos, en los suburbios de Manila la parte dedicada a la alimentación representa más del 80% de los ingresos familiares, sin que ello les permita a los filipinos disfrutar de una alimentación equilibrada.

 

Aunque la proporción de la población mundial subalimentada haya descendido ligeramente en los últimos veinte años, no ocurre lo mismo con el total de personas que pasan hambre. Hoy, a pesar de las innovaciones agroalimentarias y de las mejoras alcanzadas en los sistemas de producción agrícola y los transportes, hay 78 millones más de hambrientos que en 19901.

 

Como ocurre con casi todas las injusticias planetarias, el hambre también tiene un rostro femenino. Las mujeres la sufren más que los hombres; las niñas más que los niños. En algunas regiones de Pakistán, por ejemplo, las mujeres y las niñas solo pueden comer las sobras que los hombres y los hijos varones les dejan. Una embarazada subalimentada no puede transmitir los nutrientes necesarios al feto. La subalimentación fetal provoca daños cerebrales y deficiencias motoras. Millones de bebés nacen cada año determinados a tener una vida incompleta, privada de las necesidades más básicas. Incluso la lactancia, la única capacidad propiamente humana –materna– de generar alimento, se ve afectada. En Malí, poco más del 25% de las madres consigue amamantar a sus bebés de un modo normal y durante el tiempo necesario. La anemia causada por la falta de hierro en los menores de dos años es fatal en esa fase crucial de su desarrollo neurológico e inmunitario. En ausencia de todo sucedáneo lácteo, las madres que no pueden dar de mamar asisten al espectáculo insoportable de la degradación progresiva de la salud de sus bebés. En 2007, en Angola, Burundi, Congo, Costa de Marfil, Etiopía, Guinea, Liberia, Uganda, Somalia y Sudán, uno de cada diez niños murió antes de cumplir los cinco años de edad. La situación fue incluso peor en otros países, acechados por las guerras, como Afganistán, Chad o Sierra Leona, donde llegó a morir hasta uno de cada cuatro niños menores de cinco años. Estos datos encierran cantidades intolerables de sufrimiento y desesperación.

 

Por ello resulta crucial recordar que se trata de un sufrimiento evitable. Es cómodo pensar la pobreza y el hambre como fenómenos necesarios. Sin embargo, no son ninguna fatalidad. Ni siquiera es legítimo asimilarlos a desastres naturales. La subalimentación y la desnutrición hoy en día son creaciones humanas. Erradicarlas también está a nuestro alcance. Se calcula que se necesita sumar 19000 millones de dólares anuales a la actual ayuda oficial al desarrollo para eliminar el hambre y la malnutrición a nivel mundial. Cada año, los habitantes de los países del norte preferimos gastar esa misma cantidad en perfumes. Los cien mil millones que, solo en España, se han empleado para rescatar a la banca, habrían servido para eliminar un tercio de la pobreza mundial.

 

¡El 1% de la población más rica del mundo (grandes empresarios multinacionales y banqueros) disfruta del 39,9% del capital mundial! Los 18 millones de muertes anuales relacionadas con la pobreza podrían prevenirse con medidas muy baratas: una mejor distribución del alimento (el 40% de los cereales los consumen animales, que son a su vez consumidos por los ricos del mundo), medidas de rehidratación, vacunas, antibióticos y agua potable.

 

Si existe hambre es porque permitimos que exista. Opina Ziegler que el hambre tiene un cierto parentesco con el crimen organizado. Un puñado de grandes transnacionales agroalimentarias –Aventis, Monsanto, Pioneer, Syngenta, Cargill– controlan el mercado de semillas, abonos, así como el almacenaje, la distribución y la venta de los productos alimentarios. El control que ejercen sobre el precio de los productos les permite obtener beneficios muy sustanciosos. Por otro lado, ese control deja a merced de su codicia a millones de personas pobres cuyo acceso a los alimentos esenciales –el trigo, el maíz, el arroz– se ve mortalmente restringido. Los recursos financieros de estas transnacionales, a menudo superiores al producto interior bruto de los países en los que están implantadas, hacen desaparecer todo poder de negociación por parte de estos. Incluso en los países pobres donde los dirigentes han sido elegidos democráticamente y velan por los intereses sociales, los políticos están atados de manos para garantizar el acceso al derecho a la alimentación.

 

La eliminación de las barreras de comercio proteccionistas con las economías desarrolladas y los aranceles a las exportaciones del Sur, la eliminación de la agricultura extensiva y los monocultivos, la eliminación de los latifundios, la redistribución de las tierras arables, la subvención pública de los alimentos básicos, la eliminación del dumping y otras formas de especulación oligopólica con los alimentos básicos, la preservación del suelo, la equidad en la adquisición del alimento y una prohibición de los monopolios de las sociedades multinacionales del sector agroalimentario sobre los mercados de semillas, abonos y comercio, bastarían para interrumpir la hambruna que sufre el Sur ante nuestra indiferencia.

 

Los habitantes de las sociedades desarrolladas y democráticas tendemos a tener la conciencia tranquila: no somos nosotros los que provocamos las violaciones de derechos, las hambrunas y la explotación. Sin embargo, esas violaciones y daños no solo los llevan a cabo personas. Como señala el filósofo Thomas Pogge, también se producen a través de las instituciones: "Los ciudadanos podrían estar implicados cuando las instituciones que mantienen producen de manera previsible y sistemática un déficit evitable de derechos humanos" (Politics as usual, 2010, 29). La violación del derecho humano a la alimentación se reproduce cada vez que contribuimos con nuestros hábitos de consumo al enriquecimiento de las empresas multinacionales cuyo lucro pasa por pisotear la legítima aspiración de los más pobres al alimento. Además del deber moral de contribuir eficazmente con nuestro propio dinero (cuando nuestra situación económica lo permite) a los que menos tienen, los ciudadanos de los países medianamente democráticos tenemos, además, la responsabilidad de presionar a nuestros gobiernos para que no se dobleguen ante los poderes económicos establecidos por esos oligopolios asesinos. Mientras no cumplamos con nuestra parte de responsabilidad, careceremos de argumentos para rebatir la desafiante insinuación de que cada persona que muere por hambre, muere asesinada.

 

* Tomado de: http://blogs.publico.es/dominiopublico/6243/el-derecho-humano-a-la-alimentacion-64-anos-despues/

** Consejo Superior de Investigaciones Científicas y City University of New York

1 "Informe sobre la inseguridad alimentaria en el mundo", Roma, FAO, 2012.

 


 

Así nacieron los hombres de maíz*

 

"Ha llegado el tiempo del amanecer", dijeron Tepeu (el dios del cielo) y Gucumatz (padre y madre de todo lo que hay en el agua), los Progenitores, los Formadores. "Es hora de que aparezca el hombre sobre la tierra". Se juntaron e hicieron consejo en medio de la noche, y entonces vinieron el Yac (un gato de monte), el Utiú (el coyote), el Quel (una cotorra)",y el Hoh (el cuervo) y les dieron la noticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y Cayalá a buscarlas y les enseñaron el camino.

 

Cuando los creadores llegaron se llenaron de alegría porque habían descubierto una hermosa tierra llena de abundantes mazorcas amarillas y mazorcas blancas y de pataxte y cacao y zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de sabrosos alimentos había en aquel pueblo de Paxil y Cayalá. Así encontraron la comida que entró en la carne del hombre creado por Tepeu y Gucumatz. Así entró el maíz en la formación del hombre.

 

Luego, Ixmucané (la abuela diosa del maíz) molió las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas e hizo nueve bebidas y de este alimento provino la fuerza y la gordura y los músculos del hombre. De maíz blanco y maíz amarillo se hizo la carne del hombre, de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas. Únicamente masa de maíz entró en la carne de los cuatro hombres que fueron creados por los formadores. Estos son sus nombres: el primero: Balam-Quitzé, Balam-Acabel segundo, el tercero: Mahu-cutah y el cuarto Iqui-Balam.

 

*Adaptación basada en el Popol Vuh.

Información adicional

  • Antetítulo:1813 - 2013
  • Autor:Ancízar Cadavid Restrepo
  • Edición:187
  • Fecha:Enero 20 - febrero 20 de 2013
Visto 8814 vecesModificado por última vez en Miércoles, 23 Enero 2013 11:19

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