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Miércoles, 24 Septiembre 2014 17:51

El asesinato del General*

Escrito por Philip Potdevin
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El asesinato del General*

—¿Y cómo fue que dejó de ser liberal para ser libertario?

—Es una historia larga.
—Me interesa.
—¿Sabes quién fue el general Uribe Uribe? Ya dije que mis hijos pelearon y murieron combatiendo por sus ideales.
—Era una insignia del liberalismo, ¿no? Iba a ser presidente.
—Liberal hasta los tuétanos. Odiaba a los curas, como yo. Pero, igual de oligarca, como los godos que llevan más de treinta años en el poder.
—Lo asesinaron dos carpinteros liberales, entiendo: Galarza y Carvajal. De eso me enteré en el Seminario.
—Falso. No son liberales. Son tan godos como los más.
—Dicen que están presos en el Panóptico.
—A cuerpo de rey.
—¿Qué quiere decir?
—Mira Isidoro, no puedes ir creyendo todo lo que dicen los curas, o los diarios, o los oligarcas. La verdad es muy diferente. ¿Sabes por qué mataron al general Uribe?
—¿Por liberal?
—Sí, pero mucho más que eso. Por odio, por un odio profundo que nos carcome a los colombianos, y también, por supuesto, porque iba a ser el siguiente presidente de Colombia.
—¿Usted cree?
—Claro. A Uribe Uribe le correspondió firmar la paz en 1902, junto con el general Lucas Caballero y el general Eusebio Morales para que Colombia no perdiera Panamá, que ya estaba en los ojos del truhán ese de Roosevelt que aprovechó nuestra guerra civil para anclar sus barcos frente a las costas del istmo. Los liberales firmaron la paz e igual nos arrebataron Panamá. Ahora aquí están prendidos de la ilusión que los Estados Unidos van a indemnizarnos por el atraco. Falta ver si algún día nos botan unas monedas. Pero sigo, Uribe Uribe claudicó porque sabía que le era imposible ganar la guerra, que sus escaramuzas y batallas ganadas no lo llevarían al poder, y ante la amenaza exterior, cedió. Después se vendió a los godos y aceptó cargos diplomáticos. Lo mismo hizo Caballero. Fue embajador en Chile, Brasil, Argentina. Hasta que se aburrió de la buena vida y recordó que era político y que su ambición era ser presidente. Regresó a hacer campaña electoral y llegó al Senado. Era el único senador liberal en el Congreso en medio de un mar de godos. ¡Y tenía un verbo, una elocuencia! Lo escuché muchas veces y era cautivador. Dejaba callados a los congresistas amigos del gobierno. Era evidente que los aventajaba en inteligencia, en elocuencia, en ideas y en liderazgo. Por eso se volvió en alguien muy incómodo para muchos.
—Pero está comprobado que quienes lo mataron fueron Galarza y Carvajal. Ellos confesaron, tengo entendido y por eso están pagando una condena.
—Isidoro, no puedes ser tan bruto de pensar que Galarza y Carvajal obraron por cuenta propia como han querido hacerle creer al país. Es la patraña más grande que se haya tejido en el país en mucho tiempo, quizás desde el mismo asesinato del mariscal Sucre en Berruecos En este país se asesina a los grandes hombres que pueden llegar a ser presidentes y nunca pasa nada.
—Pero hubo un juicio. Hubo confesiones. ¿Qué faltó entonces?
—Que se supiera la verdad, como siempre sucede. Que se dijera quién había movido los hilos de las marionetas de Galarza y Carvajal.
—Ellos eran artesanos, como usted.
—No insultes a mi gremio. Los dos eran ex soldados del gobierno. No eran liberales como se ha querido hacerlos ver. Eran godos, amigos del gobierno. Si quieres te cuento la historia pero aquí nos amanecemos un par de días.
—¿Tiene más aguapanela, don Nicanor?
—Con gusto —se levantó y puso a hervir una olleta de agua y dejó caer dos terrones de panela.

 

***

 

—¿Que por qué me volví anarquista, Isidoro? ¡Ay! De tanto creer en el hombre y de tanto no creer en él. No estoy tomando del pelo; es cierto lo que digo. Confieso mi convicción de la libertad absoluta del hombre, y a la vez desconfío en su capacidad de organizar a sus semejantes pues termina explotándolos, usándolos, exprimiéndolos. Desarmar esa trinca, una vez constituida, es labor titánica pero ciertamente posible. No voy a divagar ni a filosofar. Hay hechos concretos que me han llevado a reflexionar, madurar y tomar decisiones graves. Hay uno en particular que confieso ha marcado un quiebre en mi pensar, como cuando se plancha un pliegue en un paño y ya te lo mencioné. El asesinato del general Uribe Uribe hace casi seis años. Lo que indigna más allá del atroz y cobarde crimen es cuanto hay tras los hechos. Hoy día, apenas pasados unos años, los niños repiten en las escuelas como periquitos que al general Uribe lo mataron dos carpinteros liberales y que por ello los asesinos están cumpliendo una justa condena en el Panóptico de Bogotá. Eso es lo que se ha encargado de difundir a los cuatro vientos el gobierno y los curas. Que el general traicionó a los liberales y que por haberse unido al gobierno del Presidente Concha los mismos artesanos lo castigaron porque en el Ministerio de Obras Públicas en el que el general tenía una importante injerencia ya no estaban dando trabajo si no se pertenecía al "bloque" que lideraba el general, que los dos actuaron solos, que nadie los ayudó, que nadie los instó a cometer el delito, que fueron dos asesinos, solitarios y espontáneos que se deshicieron del general como represalia por haber perdido la oportunidad de continuar trabajando para el ministerio. Y eso está quedando escrito en la historia de este país y se repetirá durante los siguientes cien años para seguir engañando al pueblo y ocultando lo que en realidad sucedió. ¿Sabes? Al general Uribe sí lo asesinaron Galarza y Carvajal, al mediodía del 15 de octubre de 1914, apenas dos meses después de haber sido jurado en la presidencia José Vicente Concha en una época de aparente paz y normalidad política en el país. El general salió ese día de su casa, temprano, después de almorzar sobre el filo de mediodía. Su casa está ubicada en la calle novena apenas a dos cuadras del capitolio nacional y se dirigió allí, para reunirse con algunos otros congresistas. Lo tenían vigilado y apenas cruzó la carrera séptima y ya sobre el costado oriental del capitolio, lo interceptaron, primero Galarza y luego Carvajal y cada uno le descargó varios golpes de hachuela en su cabeza. Galarza le dijo, antes de asestarle el primer hachazo: usted es el que nos tiene fregados y el general no alcanzó a reaccionar pues de inmediato cayó de espaldas. Luego se acercó Carvajal y le terminó de encajar tres hachazos más en la cabeza para que no hubiera la menor posibilidad de que fuera a salir vivo. Era mediodía y las calles estaban bastante solas pero aún así hubo testigos que capturaron primero a Galarza y luego a su compinche un par de cuadras más al norte y ninguno negó su participación en el hecho. A ambos se les encontraron las hachuelas ensangrentadas en sus bolsillos pero en el juicio se hizo caso omiso de una cantidad importantísima de declaraciones, testimonios y pruebas que apuntaban a que el asesinato había sido planeado, organizado y perpetrado de acuerdo con una fría trama. El fiscal Montalvo hizo hasta lo imposible para llevar el proceso a demostrar la acción solitaria y espontánea de los carpinteros. Así concluyó el proceso y se cerró para siempre el caso a pesar de que en el expediente hay suficiente evidencia para saber que se trata de una maquinación urdida desde los más altos niveles y con participación de un número grande de personas de mucho nivel y rango. Si bien en el momento del asesinato la carrera séptima estaba casi desolada, en el lugar de los hechos aparecieron casi de inmediato, personas muy cercanas a los asesinos, los hermanos Víctor y Julio Hernández y el hermano de Carvajal, llamado Alejandro y luego dos agentes de la policía secreta: Francisco Quijano y Ángel María Ángel, ambos guardaespaldas del Director de la Policía Nacional, el general Salomón Correal para prender a los asesinos y protegerlos de la turbamulta que se formó a las voces de "han matado al general Uribe" y "esos son los asesinos". ¿No te parece muy extraño que tanto los amigotes de los asesinos así como dos agentes de la policía secreta estuviesen tan cerca en el momento de los hechos pero no hicieran nada para evitarlos sino sólo actuaron para prender a los asesinos y protegerlos de cualquier intento de linchamiento? Ese es apenas el primer indicio de un cúmulo de evidencias que demuestra el gran entramado en torno a la muerte del general. Ese mismo día el Inspector Primero Municipal, bajo quien caía la jurisdicción de la investigación avocó de oficio la investigación del crimen, pero como por arte de magia, apareció Correal y le usurpó al Inspector la investigación del crimen y bajo una supuesta orden que había recibido del Presidente Concha asumió él mismo la investigación, sin tener la competencia para ello y sin que mediara tampoco una orden escrita proveniente de la Presidencia, y que aún si hubiera existido tampoco tenía el Presidente la competencia para interferir en la rama judicial. Y entonces Correal asignó la investigación de manera exclusiva al general Lubín Bonilla, Jefe de la Oficina de Investigación. Además, para seguir ampliando este tenebroso asunto, hay una testigo del crimen, una mujer llamada Margarita Grau, que presenció el crimen y vio cómo había un tercer hombre, de muy buena figura vestido de ruana blanca, zapatos de charol, recién afeitado y de pantalón de fantasía negro de listas, es decir un hombre elegante y de buena posición social, que esperó un poco atrás a Galarza y le preguntó: "¿Qué hubo, lo mataste?" y este contestó "si, lo maté" y esto lo escuchó la señorita Grau, y después se ha demostrado que ese señor, elegante y de buena figura resultó ser nadie menos que el general Pedro León Acosta. ¿Sabes quien es Pedro León Acosta? El mismo autor intelectual del atentado contra el general Rafael Reyes. ¿Te das cuenta cómo se complica el asunto? De Acosta me voy a ocupar más adelante, por ahora te sigo dando datos que demuestran lo contrario de lo que el fiscal adujo en su Vista Fiscal con la cual se cerró la investigación y después el juicio con la condena única a Galarza y Carvajal. Te dije que el designado por Correal, el general Lubín Bonilla, tan pronto asumió la investigación, comenzó a recoger testimonios y datos y encontró que había mucha información incoherente e inconsistente y que aparecían muchos hilos que conducían al propio general Correal y que este participaba en los interrogatorios que se hacían a los dos asesinos y que cuando estos iban a contestar las preguntas que les formulaba Bonilla, titubeaban y miraban al general Correal y este en ocasiones elevaba el dedo índice a los labios como en señal de silencio y los asesinos se abstenían de dar detalles o ampliar la información y entonces, frente a las suspicacias de Bonilla, el general Correal lo destituyó apenas dos días después de iniciado su encargo y se apropió en persona de la investigación e instrucción del proceso. Inició una persecución implacable contra su antiguo amigo Bonilla por cuanto este comenzó a denunciar públicamente que Correal estaba directamente involucrado en el complot contra Uribe Uribe. Y hay más: cuando interrogaron a los asesinos ambos insistieron que en cuanto a filiación política uno era neutral y el otro liberal, cuando no era cierto ni lo uno ni lo otro: ambos habían luchado del lado del gobierno conservador en la última guerra. Pertenecieron al batallón Villamizar, con el cual salieron para Honda y combatieron en Nariño, regresaron luego a Bogotá, y de aquí pasaron a Fusagasugá, luego a Peñalisa, después a Girardot, conduciendo prisioneros de Melgar, los que custodiaron y trajeron a Bogotá, en donde después Galarza se quedó por enfermedad y Carvajal continuó en una comisión en el Tolima. Una vez terminada la guerra Carvajal se quedó en el Grupo de Artillería donde ofició como asimilado a sargento primero, ubicado allí por Galarza quien era jefe del taller de carpintería y luego por recomendación del mayor Campo Elías Duarte. Es decir, eran hombres leales al régimen conservador desde entonces, pues estamos hablando de la guerra que se inició a fines del siglo pasado. Y a Galarza se le encontraron tarjetas y cartas de recomendación de varios políticos y generales conservadores, por lo tanto es imposible defender la tesis que eran liberales, y a pesar de ello, al día siguiente del asesinato, el dieciséis, desde el gobierno comenzaron a salir despachos telegráficos para todos los diarios del país que decían: "Uribe expiró a las dos y diez de la mañana, los asesinos del general Uribe han manifestado ser liberales republicanos, y que tuvieron propósito castigarlo como traidor, importa perfecta aclaración", con lo cual se quería desviar cualquier sospecha sobre el régimen conservador y hacer ver el crimen como un desquite de dos carpinteros liberales republicanos que no hacían parte del segmento "bloquista" liberal que lideraba Uribe y que había hecho coalición con el gobierno de Concha. Para tratar de quitarle cualquier tinte político al crimen, ambos asesinos repetían una y otra vez en el proceso que ellos no pertenecían a ningún partido político, que eran neutrales que sólo habían participado en una sociedad recreativa o hecho alguna contribución a un periódico de la Unión Obrera pero sin ninguna intención política, que en ninguna de esas asociaciones se hablaba de política o religión, esto para disipar cualquier duda que en los móviles del crimen hubiera un propósito político o de carácter religioso cuando en realidad lo que es evidente era lo contrario. Además, el fiscal Montalvo, de filiación conservadora, siempre insistió que en ningún momento hubo premeditación pues los dos asesinos en sus diversas indagatorias manifestaron que el crimen lo habían planeado la noche anterior cuando habían visitado la chichería Puerto Colombia; allí habían hablado de cómo estaba de difícil conseguir trabajo en el ministerio pues empleaban sólo a los bloquistas, que se habían quedado por fuera por ser liberales republicanos y que el responsable de eso era el general Uribe porque él había inventado el bloque y además estaba dividiendo al partido liberal, que por lo tanto había que castigarlo y que para ello se citaron al día siguiente a las ocho de la mañana en la carpintería de Galarza de la calle novena para ver de qué forma irían a hacerlo, y que entonces Carvajal se presentó puntual a las ocho en la carpintería y como la encontró cerrada se fue para la casa de Galarza en la calle dieciséis y se encontró con éste que estaba saliendo y en el camino acordaron que debían matar a Uribe y que para ello usarían las hachuelas que cada uno tenía y para ello se dirigieron a la carpintería para afilarlas con ese propósito. Resulta que después en el proceso, en una diligencia de lanzamiento a la concubina de Galarza se encontró que en la habitación había una tercera hachuela, afilada y nueva y que estaba escondida por la señora Arrubla, y que dado que ese tipo de arma, llamada también desjarretadora, que se usa en carpintería, era evidente que el crimen se venía planeando con mucha anterioridad. El doctor Montalvo en su Vista Fiscal repite una y otra vez que los únicos autores del asesinato son Galarza y Carvajal y lo que los impulsó al crimen fue el sentirse sin trabajo por culpa de Uribe, que Uribe estaba despedazando al partido liberal, del cual ellos supuestamente hacían parte, cuando es evidente que ambos son conservadores. Esa versión, de que el crimen se fraguó el mismo día está desvirtuada pues en el mismo expediente consta que desde meses antes del asesinato varias personas en muchos lugares de Boyacá, un departamento mayoritariamente conservador, manifestaron en diversos círculos de amigos que Uribe estaba a punto de ser asesinado y que sólo le quedaban algunos días. Entre ellos un tal Aurelio Cancino, bastante lenguaraz y boquiflojo manifestó en Suaita, recién llegado de Bogotá, delante de varias personas, quince días antes del atentado a Uribe, que "les garantizaba que el general Rafael Uribe Uribe viviría cuando más veinte días" porque ese hombre no continuaría negociando como jefe del partido. Y quince días después del asesinato también se jactó y dijo "vean cómo se ha cumplido lo que les había predicho" delante de unos amigos, los cuales declararon en el proceso: Salgar, Nieto, García, Cabanzo, Galvis, Solano y Sarmiento, y les dijo que él, Cancino, no era liberal de bandalaje; que si le hubiera tocado darle muerte al general Uribe Uribe, lo habría hecho con mucho gusto, y que se habría bebido la sangre; que era conocedor de la sociedad de artesanos a que pertenecían Galarza y Carvajal, y que esta sociedad tenía más de cuatrocientos miembros, dirigidos por personas de gran cabeza y ricas, que apoyarían a los socios; que al mostrarle los retratos de Galarza y Carvajal en un periódico, Cancino dijo que los conocía como si los hubiera parido, y que estos individuos no confesarían nada con respecto al crimen que cometieron; que dirían lo mismo que habían dicho cuando los interrogaron pues tenían consigna de no decir nada más. Después Galarza admitió en el proceso que era amigo íntimo de Cancino y que este había alquilado una pieza en su carpintería ocho meses antes del asesinato y que luego se había ido de la ciudad, pero que eran tan amigos que hasta se tuteaban. Otro testigo manifestó en el proceso que cuando éste hablaba de Galarza y Carvajal decía que "esos individuos lo habían hecho muy bien, que habían cumplido con su deber" habiendo sido sorteados con ese fin, por lo cual los envidiaba porque sus familias iban a quedar sin problemas económicos, por lo tanto era evidente que los asesinos estaban cumpliendo un deber o un mandato de alguien. Como si las declaraciones de Cancino no fueran suficientes, hubo otro involucrado, un tal Julio Machado quien en Simijaca, otro pueblo conservador, también se ufanó delante de sus amigos, Delfín Melo, Obdulio Castillo, Fernando Mejía, Manuel Gaitán y Abel Moscoso, cuarenta días antes de los hechos, y manifestó que en menos de un mes Uribe sería asesinado porque "se había volteado y se había vuelto conservador" y pocos días después del asesinato le dijo a su amigo "¿recuerdas Delfín lo que te dije?". Otro más, llamado Eugenio Galarza, primo hermano de Leovigildo Galarza, en el municipio de Tena, al igual que Cancino y Machado, había manifestado a dos amigos, que el complot contra el general Uribe se había fraguado seis meses antes, pero al ser llamado a declarar, por el juez municipal de Tena, negó haber dicho esto. Sin embargo, el fiscal Montalvo no tuvo en cuenta para nada esas declaraciones de los siete testigos y manifestó en su Vista Fiscal que Cancino no tenía responsabilidad alguna en el crimen y después el juez, tomó la opinión del fiscal como la propia del juzgado y dijo que estaba de acuerdo con la apreciación del fiscal que los únicos responsables eran Galarza y Carvajal. Después el Tribunal Superior ratificó en segunda instancia lo que ya había fallado el juez en primera. ¿No te parece Isidoro que todo estaba orquestado para demostrar hasta la saciedad que los dos asesinos habían actuado en solitario para de esa forma aislar cualquier responsabilidad política de alguien más, de cualquier tercero? Todas estas piezas sueltas comienzan a tomar forma cuando se ordenan de manera apropiada. Fíjate, los hermanos Hernández, que aparecieron en la escena del crimen segundos después de los hechos y custodiaron a los asesinos hasta cuando llegó la policía, eran amigos notorios de ellos y frecuentaban juntos la chichería Puerto Colombia cerca del puente de Núñez. Días antes del crimen invitaron a los dos a las fiestas de Bojacá para lo cual le costearon los tiquetes de tren. Uno de los hermanos gritó, a voz en cuello, tan pronto llegó a la escena del crimen que eso "era obra de los republicanos", de nuevo para desviar cualquier sospecha contra el gobierno de los conservadores. Pocos días después el general Correal premió a los Hernández enviándolos a asignaciones con la policía, el uno a Santa Rosa de Viterbo y al otro a Cartagena, alejándolos de la investigación que ya había comenzado. Es evidente que ellos también hacían parte del plan para asesinar a Uribe. Y si bien los hermanos negaron en el juicio conocer con anterioridad a los asesinos, y que no los frecuentaban dado que eran de una condición social inferior, Galarza, en uno de los interrogatorios afirmó lo contrario, que sí era amigo de los Hernández, y además, como si fuera poco, en el expediente hay una foto de un piquete de un grupo de una treintena de personas, algunos posando con instrumentos musicales y en el grupo están identificados los dos hermanos Hernández y el mismo Carvajal. 

 

* Estracto de la novela En esta borrasca formidable de Philip Potdevin, de próxima publicación en ediciones desdeabajo.

 

Información adicional

  • Autor:Philip Potdevin
  • Edición:206
  • Fecha:Septiembre 20 - octubre 20 de 2014
Visto 3303 vecesModificado por última vez en Jueves, 25 Septiembre 2014 09:01

1 comentario

  • Enlace al ComentarioPedro GómezJueves, 16 Octubre 2014 07:51publicado por Pedro Gómez

    Buenos artículos,recreando la historia

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