Viernes, 29 Julio 2016 17:33

El Frente Unido y los no alineados

Escrito por Héctor-León Moncayo S.
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La breve carrera política del padre Camilo Torres encierra una notable paradoja: su principal propuesta política, el Frente Unido, fue un verdadero acto fallido. Constatación que, de ninguna manera, le resta importancia histórica pero sí nos obliga a extraer y analizar algunas lecciones. Incluso se podría utilizar la expresión –que a él le disgustaría– “éxito fugaz”, pues se calcula en más de medio millón de personas los asistentes a sus convocatorias a la plaza pública en diferentes ciudades y poblados de Colombia, entre marzo y octubre de 1965. El periódico Frente Unido, durante su corta existencia, entre el 26 de agosto y el 9 de diciembre, alcanzó, desde el principio, la cifra de 50.000 ejemplares semanales (vendidos), sin precedentes para un medio alternativo. Pero lo cierto es que el Frente Unido no alcanzó a sobrepasar el siguiente año. ¿Por qué?

La respuesta no es obvia. Obsérvese que en 1966 se realizan las elecciones presidenciales que le dieron la victoria a Carlos Lleras Restrepo con la significativa bandera del “Frente de Transformación Nacional” y una abstención electoral de por lo menos el 65%. Esto querría decir, a primera vista, que la propuesta no había perdido vigencia. La oposición electoral (incluida una parte de la izquierda) se había repartido entre la Anapo y el MRL pero ni siquiera sumados hubieran podido ganar. El candidato del MRL, Alfonso López Michelsen (cuatro años antes considerado por algunos como de “izquierda”) apenas alcanzó la mitad de los votos que obtuvo Jaramillo Giraldo. En todo caso ese no era, seguramente, un terreno en el cual el Frente Unido estuviera interesado en disputar sus aspiraciones. Como se sabe, Camilo Torres había dedicado su primer mensaje, precisamente a este tema, aclarando que no era la posición del colectivo sino la suya propia: “Por qué no voy a las elecciones” (1).

 

El Frente Unido del Pueblo

 

Si algo sorprende de manera positiva en la sustentación de la propuesta es que Camilo no recurre simplemente a una generalidad abstracta, al sentido común de que “es preferible la unidad a la división” sino que se apoya en un análisis concreto de la situación histórica. Se lanza el proyecto como respuesta y confrontación al Frente Nacional.


En efecto, el Frente Nacional había sido puesto en marcha por la oligarquía como un acuerdo (y “reconciliación”) entre los partidos liberal y conservador. Es decir, como una recuperación de la “unidad nacional”. El pretexto, o mejor, el “agente externo” fabricado de manera imaginaria para resaltar la existencia, también imaginaria, de la “Nación” era el gobierno dictatorial de las Fuerzas Armadas. No por azar en su origen se llamó Frente Civil. Camilo quería señalar que, si bien la oligarquía(2)  había dividido artificialmente al pueblo a través de estos dos partidos (interpretación que bien puede criticarse), no era a través del acuerdo excluyente entre esos mismos partidos como podía recuperarse la nación, cuyo verdadero contenido es el pueblo. Y lo que es más importante; después de casi ocho años de vigencia quedaba demostrado, a las claras, que el sistema establecido era incapaz de asegurar el desarrollo. Era el momento, entonces, de construir esa unidad desde la base de la pirámide, desde el pueblo mismo, superando los antagonismos artificiales que habían llevado a la violencia. Y quién mejor –diríamos nosotros que él mismo, para encabezar esa propuesta pues provenía de la iglesia católica considerada, dentro de la cultura política colombiana, como parte del conflicto, como el fundamento del partido conservador, el mismo que había justificado y adelantado su guerra a la manera de una cruzada religiosa. Lo cual, vale la pena aclararlo, le había permitido a los liberales, en tanto supuestos abanderados del progreso, y de las “luces”, presentarse como representantes de las reivindicaciones populares, siendo que lo social les era bastante esquivo, incluso, a veces, más que a los católicos.

Aporte fundamental, histórico, de Camilo, es, pues, haber reubicado la línea divisoria. No ya en el campo de las ideologías políticas sino en el de lo social; no ya de modo vertical sino horizontal. Contra el Frente de la oligarquía, el Frente del pueblo. Y no hay nada que angustie más a esa oligarquía. Quizá así pueda explicarse la desproporcionada represión de que fue objeto la campaña de Camilo. Ya había sido intentado por Gaitán: “el hambre no tiene color político”. Muchos analistas han resaltado que el asesinato se precipitó justamente después de varias muestras de que el gaitanismo se estaba volviendo bipartidista. Con Camilo, la rebeldía dejaba de ser, como se creía, un atributo liberal, lo cual colocaba ese partido en una posición bastante comprometida. Alguien tan inteligente, y muy rebelde por cierto, como Jorge Child se atrevió a escribir en 1962: “[...] la ternura mental de muchos estudiantes revolucionarios los puede conducir a doblegarse inconscientemente, por las guías que les señala el pastor de la Nueva Iglesia, que sigue siendo el mismo cura de siempre, dominado por toda la maquinaria eclesiástica al servicio de los grandes propietarios, pero disfrazados esta vez de ‘socialistas’. Hay que tenerle mucho miedo a las sotanas forradas de rojo” (3). Años después corregiría esta ácida observación.

El camino para la unidad entre el pueblo liberal y el pueblo conservador estaba abierto. Una verdadera revolución en la revolución. Desafortunadamente, sería capitalizada tan sólo por Rojas Pinilla y la Anapo en 1970, sobre los hombros de millares de campesinos desplazados y residentes en los suburbios de las grandes ciudades. Pero, por lo pronto, solo estaba abierto un camino. A un sociólogo como Camilo Torres Restrepo, familiarizado en Europa incluso con las teorías marxistas, no se le podía escapar lo ambiguo del concepto “pueblo”, y peor aún el de “clase popular” (4). Pero su composición de clase le parece secundaria en un país atrasado que está viviendo, entre otras cosas, un acelerado proceso de urbanización y sobre todo en términos de expresión política en donde la escisión partidista contaba más que la fragmentación clasista. Aun así, o precisamente por eso, se ocupó de atender las especificidades de cada quien en su acercamiento a la unidad, en cada uno de los mensajes. Pero: ¿Cómo hacer realidad esta unión?

 

Fueron muchos los invitados...

 

El rescate del país, de las manos de esa oligarquía no sólo ambiciosa y egoísta sino también inepta era un empeño que estaba en su espíritu desde los años de Lovaina. En principio, como lo refiere Jaime Quijano Caballero (5), pensó en el impulso de una élite ilustrada que pudiera tomar el relevo, algo así como lo que ahora denominan, no sin cierta sofisticación, una masa crítica (6). Y así lo corrobora en las declaraciones para la emisora Hjck (junio de 1965) “Después intenté hacer algunos trabajos con un grupo de intelectuales y científicos. Así traté de coordinar la elaboración de un volumen sobre las reformas de estructuras. Esto también fracasó. [...] decidí comenzar por la otra punta. Hice una plataforma muy elemental, muy rudimentaria, sin mucho valor técnico, que tiene únicamente el valor de ser un instrumento de discusión [...] lo presenté a algunos grupos [...] Ellos lo discutieron [...]. Pero parece que este documento tan simple tenía una cierta virtualidad propia, porque se fue difundiendo entre la clase popular [...]” (7).

Sabiendo lo que sucedió después, y su significado histórico, la anécdota, así contada, proyecta una imagen de arrogancia del todo ajena a la personalidad de Camilo. Y puede llevar a malentendidos. Por supuesto que hubo un contexto que permitió el florecimiento de la idea que se estaba sembrando. La verdad es que Camilo había descubierto o experimentado, sin saberlo, una realidad social –y sociológica novedosa. La “intelectualidad” en la segunda mitad del siglo XX ya no era primordialmente una élite, sino una categoría social de masas, o mejor, un movimiento social. El movimiento estudiantil, en el cual estuvo inmerso desde diversas funciones, ya sea como profesor, como investigador, como capellán de la Universidad Nacional, o como promotor de la “extensión universitaria” (Muniproc), era, por definición, un lugar de fecundo encuentro entre el debate teórico y político por una parte y la conflictividad social por otra. Allí, además de la acción directa estudiantil ocurren otros fenómenos. De manera inevitable se acercan las “juventudes” de los partidos políticos (8).

La realidad comienza a hacerle exigencias a Camilo. En el espacio, o campo, de lo político, no es posible prescindir de los partidos, grupos o corrientes políticas. “El lunes pasado se realizó una reunión que tengo la esperanza de que sea histórica, en la cual estuvo el MRL, las juventudes del MRL, Vanguardia del MRL, el Partido Comunista, las Juventudes del Partido Comunista, la Democracia Cristiana, las juventudes Demócrata Cristianas, el Moec, el Movimiento de Vanguardia Nacionalista Popular, un grupo llamado Integración de profesionales e Industriales Jóvenes. Se comenzó a establecer un acuerdo, un comité de coordinación alrededor de esta Plataforma” (9). Podría decirse que se reunía la oposición al Frente Nacional. Con una ausencia notoria: la Anapo. Según cuentan, el General Rojas se había negado categóricamente: “Yo no me reúno con comunistas, así sean curas”. Para los demás, en cambio, lo que contaba era el prestigio y la figura de Camilo Torres Restrepo, ya que la idea de formar un bloque entre todos los oposicionistas no era nada original. A los anteriores habría que añadir el Partido Comunista Marxista Leninista, de orientación proChina y recién escindido del otro. Casi sobra decir que dado su carácter clandestino no tenía por qué aparecer formalmente, al igual que el Eln. Y los antiguos militantes del Fuar que seguía mencionándose a pesar de su disolución.

Sin embargo, andando el tiempo, se confirmó que se trataba en realidad de las tendencias que podríamos llamar de “izquierda”. Del MRL, la “línea dura” y principalmente las juventudes; lo mismo ocurría con la Democracia Cristiana, aunque su dirección expresó públicamente en varias oportunidades su respaldo (10). El descontento de estos movimientos o partidos, tal vez los más grandes, comenzó temprano, con la declaración de Camilo en el sentido de que las elecciones no estaban dentro de la línea estratégica que él pensaba para el Frente Unido. Descontento que compartían algunas de las agrupaciones de izquierda, comenzando por el Partido Comunista. Hay que recordar que el año 1966 era de elecciones, lo cual se suponía era una gran oportunidad. Pero sobre todo porque no les cabía en la cabeza la idea de organizar una coalición (interpartidaria) que no tuviera propósitos electorales, siendo éste, en su concepción, el principal escenario de la lucha por el poder. ¿Solamente para hacer educación y agitación? Es estúpido –o academicista y pequeñoburgués decían una y otra vez.

 

La construcción del Frente Unido

 

Sin duda estaban muy lejos del enfoque que quería darle Camilo Torres al Frente Unido. Él pensaba, y lo fue desarrollando conforme avanzaba la campaña por todo el país, que, siendo un Frente del Pueblo, debía construirse de abajo hacia arriba, formándose, de manera voluntaria y por iniciativa propia, con grupos de tres a cinco personas (comandos) que, poco a poco, interrelacionándose, llegarían a estructuras regionales hasta constituir una formación de masas de carácter nacional. La convocatoria era absolutamente amplia. Y así como no era una alianza entre los partidos liberal y conservador, pero se convocaba a todas las personas del pueblo, ya fuesen liberales o conservadoras, católicas o no creyentes, así mismo se invitaba a los militantes de todas las demás agrupaciones, incluidas las de izquierda, a formar parte del Frente con independencia de la posición de su agrupación (11).

En ese sentido, la Plataforma no era simplemente un mínimo común denominador (insistir en todo lo que nos une y prescindir de lo que nos separa) para pactar alianzas (casi todos los dirigentes políticos del momento, incluido López Michelsen, declararon estar de acuerdo con ella) sino una base para el acercamiento, la educación y organización del pueblo en sus propios sitios de residencia o de trabajo. De ahí también la importancia del periódico que además de educador, debía ser agitador, organizador y movilizador. Así, el Frente era más que todo un punto de llegada.

Como se ve, en este enfoque el proceso es impersonal, sin sujeto, o mejor sin agente externo. Únicamente por la fuerza de atracción de la Plataforma. En la práctica, sin embargo, había promotores. Él mismo. Sólo que debían considerarse servidores transitorios hasta que el proceso de construcción del Frente Unido desembocara por sí mismo en la selección de sus dirigentes o representantes. Pero también estaban los invitados colectivos, más o menos organizados. En la realidad los comités locales y regionales comenzaron a conformarse a partir de acuerdos entre organizaciones políticas. Y allí se incorporaban, hecho no previsto, organizaciones sociales: sindicatos de base u organizaciones de segundo grado, gremios, agrupaciones de viviendistas y, por supuesto, organizaciones estudiantiles. Y casi todas ellas marcadas con un sello “partidista” de las izquierdas.

Se planteaba así un problema crucial, el más importante en materia organizativa. El que, enunciado con otros términos, abarca dos cuestiones: el reclutamiento y la estructura de dirección. Quien se acercara al Frente Unido ¿tenía que pertenecer a alguna de sus organizaciones? Y si no pertenecía ¿estaba obligado a afiliarse a alguna previamente?¿No significaba esto desatar una pugna entre todas por arrebatarse los “nuevos”? Por otra parte, aun siendo un proceso, la verdad es que el Frente Unido tenía que tomar decisiones sobre la marcha. En materia de táctica –y hasta de estrategia– la Plataforma era claramente insuficiente. La coyuntura no permitía permanecer en una primera etapa en una suerte de crisálida. Ni tampoco era factible dejar todo en manos del padre Camilo Torres, convirtiéndolo en un caudillo, cosa que, por lo demás, él rechazaba con vehemencia. Se puso en evidencia a propósito de las elecciones donde, como vimos, Camilo tuvo que aclarar que era una posición personal.

La solución tradicional para este problema de la estructura de dirección (aunque no para el reclutamiento) tiene que ver con una ponderación entre las organizaciones participantes, ponderación acordada y aceptada. La determinación del peso relativo puede apoyarse, ciertamente, en criterios como la antigüedad, la visibilidad, la capacidad propagandística, el reconocimiento por parte de los adversarios, la capacidad de convocatoria, etc. Sin embargo, en términos de medición –y de disputa al respecto– el criterio más utilizado son los resultados electorales. En Colombia, como se sabe, muy difícil de emplear en aquella época, dadas las restricciones del Frente Nacional (12). Por eso se había impuesto, de manera tácita, el criterio de la cantidad, magnitud e importancia de las organizaciones sociales en las que se influía, medido,por supuesto, a través de las Juntas Directivas controladas.

Por fortuna, en el Frente Unido, nunca se planteó, por lo menos de manera explícita, ni el problema ni soluciones semejantes, aunque sí acechaba entre las sombras y sirvió de base a la maledicencia. Una solución en ese sentido probablemente hubiera asegurado su supervivencia pero desnaturalizando por completo la propuesta.

 

Los “no alineados”

 

El camino de la discusión fue otro y mucho más fecundo. Camilo decide atacar de frente el problema más importante, el de los que no pertenecían a ninguna organización existente ni querían hacerlo. El grupo que, si el Frente Unido tenía éxito, iba a ser cada vez más importante. Los denominó, los “no alineados”. Como se ve, iba quedando atrás la preocupación por la unidad popular entre los liberales y conservadores –reacción tal vez desacertada, vista la evolución política posterior (13)– y se imponían, en cierta forma, los problemas creados por la participación de los partidos o grupos de izquierda. Aunque debe reconocerse que, ciertamente, el principal desafío estaba en la movilización y organización de ese pueblo que ya no estaba en el bipartidismo sino en la abstención, fenómeno que se convierte, para Camilo, tal vez con exagerada confianza, en el punto de partida de su argumentación.

Dice en su mensaje: “Si bien gracias al espíritu revolucionario y anti sectario que han revelado los grupos que han ingresado al Frente Unido les ha permitido a éstos conseguir un mayor número de adherentes, la mayoría de los colombianos se ha incorporado al Frente Unido sin inscribirse en los grupos políticos ya existentes. Estos mismos grupos tienen que comprender que la actividad principal del Frente Unido debe ser la organización de los no alineados” (14). Aquí da la impresión de que es a los grupos a quienes se dirige y no propiamente a los no alineados. La advertencia, de todas maneras es pertinente, pero no avanza mucho en la alternativa: “La organización de los no alineados deberá hacerse de abajo hacia arriba con una autoridad férrea pero despojada de todo carácter caudillista”. ¿Cómo hacerlo? A partir de la plataforma. Reconoce el valor de su nombre, como aglutinante, pero para pasar enseguida a insistir en la dispersión, desorganización y desconcierto en que había quedado el pueblo luego del asesinato de Gaitán. Concluye haciendo un llamado a la urgente tarea de la organización, “sin perder un minuto” y por iniciativa propia, “sin esperar directivas y sin esperar órdenes”. Pero no resuelve el problema de las relaciones entre este proceso organizativo –evidentemente embrionario y los grupos ya existentes cuya capacidad organizada los va a colocar en posición de ventaja dentro de la estructura general, toda vez que se ventile alguna decisión importante a tomar.

Más claro resulta Julio César Cortés, en el mismo número del periódico, entre otras cosas porque llama a los grupos por su nombre y hasta los caracteriza (15). Comienza por dejar sentado que efectivamente se busca la unidad entre alineados y no alineados, pero enseguida señala la posición definitiva y decisiva de estos últimos. Si bien los partidos integrantes no tienen por qué disolverse, el Frente Unido no es una alianza de partidos. O no es sólo eso. “Es la organización de todo el pueblo y su núcleo principal y mayoritario está formado por personas que no militan sino en el propio Frente Unido, sin pertenecer a ningún grupo (resaltado en el original), como consecuencia de que la mayoría del pueblo no pertenece a ninguno de los grupos” (16). Trata de eliminar así la diferencia que habitualmente se hace entre el núcleo organizado y el conjunto del pueblo, destacando los vasos comunicantes entre ellos. Pero tampoco se trata de un nuevo partido en la medida en que se organiza de abajo hacia arriba y no tiene una “dirección nacional”. Al parecer, identifica partido exclusivamente con el modelo leninista de “centralismo democrático”. Aunque acepta que puede ser un movimiento político específico, porque así es reconocido hasta por los grupos participantes y dado que, por sus características, ni siquiera el retiro de todos ellos lo disolvería. Así avanza –sin duda es su mayor aporte –hacia una noción de organización de poder popular (análoga al soviet) en capacidad de plantear frente al régimen una verdadera dualidad (17).

 

Ecos de la Komintern

 

La reacción no se hizo esperar. Se habló de divisionismo y sectarismo. Pero lo que más enfureció a los grupos de izquierda fue el artículo de Ricardo Valencia que llevaba por subtítulo “el por qué del repudio a los partidos” (18). Llama la atención el que se sintieran aludidos porque el texto se refiere a los partidos liberal y conservador y sólo de pasada, en unos pocos renglones, dice: “esta repulsa alcanza a aquellos movimientos que con contenido revolucionario han sido incapaces, probablemente por un contagio de los vicios políticos del país, de llevar adelante la lucha revolucionaria del pueblo colombiano”. Y nada más. Es claro que, dado el objeto de su breve ensayo, que es más bien indagar en la sociología de la abstención (a la cual le otorga menos virtudes que el propio Camilo), era francamente superfluo detenerse en el papel de los grupos de izquierda. Para decirlo de manera un tanto grosera: para sentir repudio hacia ellos el pueblo colombiano tendría primero que conocerlos!!!.

En realidad, lo que más suscitaba el rechazo era la conclusión de Valencia. Después de señalar el abstencionismo (del 70 por ciento) solamente como un potencial, y de distinguirlo, él sí, del núcleo más activo y beligerante que ha asumido la no alineación como una posición consciente, añade que entre ellos: “no puede plantearse un distanciamiento o una solución de continuidad”. Para concluir: “Unos y otros se comprenden dentro de una gran unidad popular y revolucionaria que a través del Frente Unido, va a llevar a cabo las tareas indispensables para constituir este movimiento en el verdadero partido de la revolución colombiana” (resaltado en el original). Evidentemente se trata aquí de una noción de partido, mucho más amplia, en el sentido probablemente de partido de masas. (O quizá se identificaba en este punto con J.C. Cortés).

Múltiples fueron las manifestaciones de rechazo, pero la más notable, publicada en el número 7 del periódico, fue la carta del Comité coordinador del Valle del Cauca, resultado de su reunión del 22 de septiembre y dirigida a Camilo (19). En lo fundamental rechazan toda pretensión de hacer del Frente Unido “un nuevo partido”, porque significaría un cambio de enfoque, abandonando la propuesta “unitaria” original, aunque no se oponen a que los “no alineados” formen el suyo. Además: “los artículos de los señores JCC y RV contienen expresiones calumniosas e irresponsables sobre varios partidos”. Y el viejo recurso: “ignoramos cuáles sean las vastas masas que siguen a estos columnistas, como tampoco sabemos de su eficaz labor revolucionaria...”(20).

No es claro el efecto que pudo tener este debate. Germán Guzmán Campos, considera que a partir de allí comienza a presentarse una desbandada, visible en los paquetes de periódicos que se quedaban sin vender en las oficinas de las organizaciones. Además, en su libro, que se convirtió en referencia fundamental de todos los investigadores, afirma sin mucha sustentación y de modo sorprendente que Camilo lo que pretendía simplemente era juntar las fuerzas de izquierda con las masas abstencionistas. Y lo peor: le atribuye la crisis al carácter extremadamente amplio y laxo del periódico que debería haber tenido una dirección mucho más férrea (21).

Otro incidente importante fue la discusión, con amenaza de ruptura, en este caso del sector demócrata cristiano, en el Encuentro Obrero, Estudiantil y Campesino que se llevó a cabo en Medellín entre el 16 y el 19 de septiembre sobre aspectos como la abstención y la lucha armada o sobre Cuba y el Imperialismo. Se acusó a Camilo de dejarse llevar por “el comunismo”. El efecto inmediato fue el distanciamiento del sector de la Clacsc, Confederación Latinoamericana de Sindicatos Católicos, aunque en general la democracia cristiana siguió respaldando el Frente Unido (de manera tibia). Guzmán sostiene que también se alejaron otros grupos como el Pcml y el Moec aunque no parece ser del todo cierto pese a que su decepción fue cada vez más explícita. En realidad, el efecto más grave fue la comprobación de que la Plataforma no era suficiente, pues los puntos discutidos de ninguna manera eran secundarios, y de que no era fácil ponerse de acuerdo (22).

Pero si en éste el asunto era de disputa ideológica, en el caso anterior no había más en juego que la pretensión del monopolio de la “autenticidad” revolucionaria y del control organizativo. Y esto tenía toda una historia en el movimiento comunista internacional. En realidad la idea de Frente –único, popular, democrático, patriótico, antimperialista, etc.– era también patrimonio de dicho movimiento. El partido vanguardia y representante del proletariado tiene en ocasiones que buscar alianzas con otros partidos, de otras clases. La única condición es la existencia –real o ficticia– de un enemigo común externo que se considere principal. Así lo postuló Dimitrov en 1935 durante el VII Congreso de la Internacional Comunista, esto es, como “Frente Popular”, justificable por la amenaza del fascismo. El mismo concepto que, en la directriz para “los países coloniales y semicoloniales” quedó convertido en Frente Agrario y Antimperialista, y fue popularizado por los maoístas como el “Frente de las cuatro clases”: el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía y la burguesía Nacional.

El problema, como suele suceder con todas las soluciones retóricas, es que difícilmente se vuelve viable en condiciones concretas. Y no tanto por dificultades en cuanto a la definición del enemigo y el hallazgo del mínimo común (23) sino por su escasa operatividad. Basta con imaginar qué puede suceder cuando los integrantes del Frente se niegan a ser representantes de cada una de las cuatro clases, (lo peor es al que le toca la “pequeña burguesía” pues constituye casi un insulto) sino que todos se consideran el auténtico representante del proletariado revolucionario. Con el agravante de que ese sería el señalado por la Historia para dirigir a los demás (24). Es por eso que los Partidos Comunistas prefieren rodearse más bien de “compañeros de ruta”, personalidades “democráticas o progresistas” que arriesgarse en alianzas sin futuro. Como bien lo señala con ironía un exmilitante, Álvaro Delgado: “El partido no iba ahí gratis: me voy a subir a ese tren y me da lo mismo ir en la locomotora que atrás en el último vagón. No. El partido siempre ha ido allá porque ha creído que él es el que tiene la luz de la verdad. La luz de la verdad revolucionaria no se sienta en cualquier parte, sino en la dirección, en la conducción del movimiento” (25).

 

Y pocos los escogidos...

 

Mientras todo esto ocurría, Camilo ya estaba preparando su partida definitiva hacia las montañas de Santander a mediados de octubre. Las características empíricas de su opción no ofrecen mayor misterio.

Desde el principio fue enfático y reiterativo en que iría hasta la muerte si era necesario. También dijo que cuando la situación se hiciera imposible en la ciudad (se cierran todos los espacios legales y el peligro es inminente) tendría que irse al campo. Y añadió en varias oportunidades, que para los luchadores populares era preciso replegarse al campo y no dar la batalla en las ciudades donde el enemigo es más fuerte (fracaso del gaitanismo). Todo ello sin contar con los elogios a las virtudes del campesinado, más allá inclusive de lo dicho en el Mensaje, y a pesar de que su campaña había sido fundamentalmente urbana. Lo que en realidad vale la pena examinar con mayor detenimiento es su posición en materia organizativa.

Al parecer, para esa fecha no cabía duda que el Frente Unido como alianza de partidos y grupos ya no era viable. En estas circunstancias, el mensaje a los no alineados y la discusión al respecto, que era lo más novedoso y promisorio en materia política, terminaron convertidos en una solución de recambio. En ese sentido se le daba la razón a los críticos que veían ahí una simple pretensión de crear un nuevo partido político.
En el editorial del periódico Nº 7 de octubre 7, Camilo se esfuerza por disminuir el encono que se ha creado, recurriendo a la solución más simple: lo importante es que ayudemos a organizar la base popular, con el nombre que quieran, no alineados, o frente unido o camilistas si quieren. Revela, en todo caso, una cierta fatiga. Sin embargo la discusión continuaba.

En el número 9, por ejemplo, Julio C. Cortés se queja de que en el PC se recurra siempre al fácil expediente de acusar de “anticomunista” a todo el que discrepe con ellos. Y plantea claramente que es necesario definir de una vez si existe una militancia general en el Frente o si será necesario organizar a los no alineados para que traten de igual a igual con los grupos organizados. En ese mismo periódico el editorial que aparece todavía firmado por Camilo Torres (es de octubre 21) se reconoce la existencia de tres tipos de comandos: homogéneos de grupos, mixtos o sea de grupos y no alineados, y homogéneos de no alineados. Sugiere la constitución con estos últimos no de un partido pero sí de un movimiento; en todo caso la decisión final correspondería a los propios no alineados en una reunión previa a la Convención Nacional del Frente Unido. El debate continuaría hasta el número 12 y el extraordinario del 9 de diciembre, el último, donde se publica el llamamiento a la Primera Reunión Nacional de los no alineados, para el 19 de diciembre.

Entre tanto, otras discusiones menos llamativas pero igualmente importantes ocupaban la atención. La principal tenía que ver con la pregunta: ¿Hacia dónde va a conducir la postura de abstención electoral? Con todas las dificultades y por tanto cautelas, que supone este tema, la respuesta que parecía brotar siempre, de la mano del imperativo “hasta las últimas consecuencias”, era la lucha armada. La represión que se vivía cotidianamente parecía corroborarlo. Obviamente no eran pocos los grupos que rechazaban esta conclusión; algunos incluso veían la oportunidad, por el contrario, en el inmediato debate electoral. Pero nunca se exploró otra dimensión de la política. Por ejemplo la inmersión en las luchas reivindicativas e incluso políticas de los sectores populares colocándose al frente.

La promoción, por iniciativa del Frente Unido, de luchas de tipo político en lo que se llama “acción extraparlamentaria”. En realidad, en el periódico aparecían las luchas pero más que todo como motivo de denuncia. Y nunca se valoró adecuadamente el fracaso de la movilización de principios de octubre. En el fondo existía la convicción de que semejantes formas de lucha de masas ya eran imposibles. (Lo que iría a suceder en lo que restaba de la década y a principios de los setenta basta para descartar este supuesto). Este es, en nuestra opinión, el principal vacío que hizo imposible no sólo la supervivencia sino el promisorio desarrollo del Frente Unido. Y tenía implicaciones organizativas.

En efecto, llama la atención la publicación en uno de los últimos números del periódico, el Nº 11 (noviembre 12) de un balance de la experiencia del extinto Frente Unido de Acción Revolucionaria, Fuar. Allí su autor, H.E. Pérez, diagnostica, en síntesis, que “existía una distancia muy grande entre lo que era el Fuar como movimiento político y su capacidad de ataque exitoso al sistema”. Señala, en particular, la paradoja de un grupo completamente urbano que a la vez predica la insurrección campesina. Un grupo que decía colocarse a la cabeza de la violencia revolucionaria, pero no tenía ninguna estructura adecuada ni los instrumentos correspondientes. La enseñanza era obvia: si la toma del poder para la clase popular tenía que hacerse por las vías que la oligarquía estaba obligando a tomar, las formas organizativas tenían que ajustarse a esa pretensión, y tomárselo en serio.

Es el final. Hay una editorial de Camilo que, pese a los textos aparecidos después, tiene todas las características de un balance y una despedida. Es el del Nº 8 de octubre 14. Allí dice: “Hay un hecho evidente en el movimiento del frente unido y es que constituye el movimiento de masas que se ha formado en menos tiempo. Por eso los recién llegados son abundantes. [...] Mientras la línea revolucionaria del Frente Unido vaya determinándose en una forma cada vez más definitiva y tajante, los ‘compañeros’ de la revolución irán quedándose a la orilla del camino para volverse a su lugar de origen o para esperar que la revolución la hagamos los demás y después juntarse a ella”.

Para concluir con un cierto desconsuelo: “Lo importante es que la clase popular colombiana siga siempre adelante sin dar un paso atrás, a pesar de las defecciones, a pesar de los falsos rumores, a pesar de las traiciones. La decisión de los pobres que no quieren que sus hijos los acusen en el futuro de haber traicionado su vocación histórica y revolucionaria, será la que defina la situación. Ellos pueden saber que yo iré hasta las últimas consecuencias y que si solamente queda conmigo un puñado de hombres decididos, con ellos seguiremos la lucha”.

Algunos insisten en que el Frente Unido se acabó porque Camilo Torres decidió incorporarse a la guerrilla del Eln; pero es al contrario, cuando Camilo se fue a las montañas ya el Frente Unido había firmado su acta de defunción.

 

1 Periódico Frente Unido, Año I Nº 1, agosto 26 de 1965.
2 Interesante su utilización reiterada del concepto “Oligarquía”. Ver, por ejemplo su último mensaje en la edición extraordinaria del periódico, el 18 de diciembre. No se trataba de un tributo a Gaitán y mucho menos un aprovechamiento de su lenguaje. Lo utiliza literalmente y convencido. Con sus atributos familiar y político. Así lo explicaba, en una entrevista, a Margot de Losada: “Desgraciadamente en Colombia hay muy pocos elementos de la burguesía que no sean oligárquicos. En gran parte porque en Colombia hay muy poca burguesía nacionalista”. Diario Occidente Cali, 18 de julio de 1965. Citado en “Camilo: Un pensamiento vigente” Bernardo Arias, Editor, Bogotá, 2010.
3 Jorge Child “Leña y fuego”. Vanguardia del MRL , 28 de junio de 1962. Citado por Javier Darío Restrepo en “La revolución de las sotanas” Planeta, Bogotá, 1995
4 En la entrevista con Margot de Losada que se citó antes, lo justifica con cierta ligereza en que es “la expresión que el pueblo entiende” y para poner en el mismo lugar a obreros y campesinos. Es evidente que prefiere adelantar su acción más como político que como sociólogo.
5 Citado en: Guzmán Campos, Germán, “El padre Camilo Torres” Siglo XXI, Bogotá, 1989. Primera edición 1968.
6 En realidad la primera intuición de Camilo no estaba fuera de lugar. El Frente Nacional, uno de los tantos experimentos de reconciliación que ha vivido este país, duró muy poco como idea fuerza, atractiva y convincente. Por todas partes afloraba la decepción y la crítica. Era notoria en el campo de la cultura. Saltándose dos generaciones, la que lo creó y la que se acomodó, los nuevos colombianos, incluidos algunos de los hijos de los burgueses, reclamaban un nuevo pensamiento, nuevas alternativas.
7 Bernardo Arias, Editor, op. cit.
8 Obsérvese que el primer borrador de la Plataforma se filtró con ocasión de una invitación que le hicieron a Medellín, en marzo, las juventudes conservadoras! Y su lanzamiento oficial fue en un homenaje que se le hizo en mayo en la Universidad Nacional.
9 Entrevista en la Universidad Incca. Junio de 1965. Citada en Bernardo Arias, op. cit.
10 La desbandada ocurrió después del desafortunado Encuentro obrero, estudiantil campesino de Medellín que tuvo lugar en septiembre.
11 Un error. La analogía es improcedente. Los partidos tradicionales, son, pese a todo, partidos de masas (en las personas, un rasgo casi familiar y regional), mientras que los de izquierda son partidos de cuadros (vanguardias) donde la selección y la disciplina constituyen la base de su existencia. Por tanto se requiere autorización so pena de ser acusado de “doble militancia”. Cuando en uno de sus últimos escritos Camilo hizo explícita esta invitación, sonó como un exabrupto.
12 El Frente Nacional, justamente, ilustra a la perfección la dificultad descrita. Los partidos liberal y conservador, ante la imposibilidad de aceptar alguna proporción (los conservadores hablaban siempre del “millón de cédulas falsas” de los liberales), acordaron como solución extrema, la alternación en la presidencia y la paridad en los puestos públicos (aun los de elección).
13 A raíz de los éxitos de la Anapo, lo único que atinó a hacer una parte de la izquierda, ya marginada de los acontecimientos políticos, fue introducirse en ella dizque para buscar su reconducción. Y en el caso de algunos para postular de nuevo, pero esta vez desde una suerte de frente unido aportado por otros, que “las vías legales están agotadas”
14 Mensaje a los no alineados, en Frente Unido, Año I, Nº 4, septiembre 16 de 1965
15 Cortés, J.C. Qué es el Frente Unido: ni comunista ni demócrata cristiano. Es la organización de los no alineados para realizar la revolución colombiana. En periódico Frente Unido.
16 Ibídem.
17 Julio César, fue un valioso revolucionario, de notable formación teórica y política, que, pocos años después, en el Eln, cayó asesinado por Fabio Vásquez Castaño en uno de sus juicios sumarios encaminados a depurar la organización de tendencias pequeñoburguesas.
18 Valencia, R. Los no alineados: el por qué del repudio a los partidos. En: periódico Frente Unido, Ibídem.
19 Este comité resulta significativo pues incluía PC, MRL, VPN, Federación de trabajadores de Valle, Bloque sindical independiente, Asociación de mujeres demócratas, Central Nacional ProVivienda, entre otros.
20 Periódico Frente Unido, Año I Nº 7, octubre 7 de 1965.
21 Guzmán C., G., op. cit. Monseñor Guzmán fue luego el director de la “Segunda Época” del periódico Frente Unido, ya sin Frente, lo que no impidió y más bien facilitó, en su corta existencia, una cadena de sucesivas disidencias “periodísticas”.
22 Ver Frente Unido, Nº 5 y 6.
23 Muy curioso resulta ver que José Arizala miembro del PC y director de su revista teórica Documentos Políticos encontraba muy poco contundente la posición del Frente Unido sobre el Imperialismo... Aunque se podía arreglar. Documentos Políticos, Nº 53, septiembre de 1965. Editorial. Citado en su totalidad en Vargas, Alejo, Política y armas al inicio del Frente Nacional. Universidad nacional de Colombia, Bogotá, 1995.
24 Nítida en este sentido es la declaración del Moec en su balance del Frente Unido, ya en 1966: “Se demostró la ausencia de una organización leninista de vanguardia que encauzara homogéneamente la lucha de las masas que alcanzó a agrupar el Frente Unido” Citado en Guzmán C., G., op. cit.
25 Delgado, Álvaro, Todo tiempo pasado fue peor. La CarretaEditores. Bogotá, 2007, p. 263.

Información adicional

  • Autor: Héctor-León Moncayo S.
  • Edición: Nº226
  • Fecha: Julio 20 - agosto 20 de 2016
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