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Miércoles, 26 Julio 2017 09:08

El caso de las economías solidarias. ¿Es posible otra economía?

Escrito por Javier Mateo
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El caso de las economías solidarias. ¿Es posible otra economía?

Crisis económica, crisis social y ambiental, desempleo creciente, objetivos del milenio incumplidos por el aumento de la pobreza en el mundo, pérdida de referencias culturales. Los signos de los tiempos que nos tocan vivir parecen no ser alentadores. Sin embargo la historia no es unilineal: junto a las grandes tendencias se pueden observar siempre tendencias alternativas, toda cultura hegemónica genera contraculturas, las sociedades presentan siempre una gran capacidad de resistencia que abrigan notas de esperanza aún en los contextos más agobiantes. Como dice Marcos Arruda ni el capitalismo es la única forma viable de organización, ni la globalización capitalista la única fórmula a la que podemos aspirar. En el plano económico, podemos observar cómo frente a los modelos de desarrollo imperantes, basados en una lectura extremadamente individualista, materialista y liberal del comportamiento humano, se han gestado pequeñas experiencias que demuestran en los hechos cómo es posible hacer economía con base en valores como la solidaridad, la equidad, la justicia, la cooperación, la participación y el cuidado del medio ambiente.
En medio de la economía capitalista, y como una alternativa ante sus dinámicas prevalecientes de trabajo de muchos y ganancia de pocos, concentración de riqueza, depredación de la naturaleza, autoritarismo, etcétera, surge la economía solidaria, propuesta y alternativa que gana espacio social desde hace varias décadas.

 

Esta alternativa al sistema económico imperante, muchas veces instrumentalizado por el mismo, logra desarrollos y concreciones en sus diversas fases de producción, distribución, consumo y acumulación, que se caracterizan por movilizar recursos, factores, relaciones económicas y valores alternativos a los que hegemonizan en nuestros mercados, poniendo al ser humano y sus necesidades como prioridad.

 

Al tratarse de experiencias que pretenden manejarse con criterios alternativos en alguna de las cuatro fases de la economía, necesariamente estamos frente a realidades muy diversificadas de propuestas, por ejemplo: cooperativas, grupos asociativos y empresas recuperadas, talleres autogestionados, comunidades de trabajo, experiencias de comercio justo y comunitario, de ahorro ético, de producción ecológica y sostenible, de consumo responsable, de tecnologías alternativas, etc.

 

Dimensiones de la economía solidaria

 

Debemos reconocer tres grandes dimensiones de la economía solidaria:

 

• Es un movimiento que propone una visión alternativa y constructiva sobre el concepto de desarrollo y el comportamiento económico.
• Es un nuevo paradigma para pensar y teorizar en términos económicos.
• Es un conjunto de prácticas económicas surgidas de las comunidades humanas que se distinguen tanto de la economía capitalista como de la economía estatal.

 

Una característica relevante del movimiento de la economía solidaria en todo el mundo, es el movilizarse para cambiar el sentido que actualmente tienen los procesos económicos generadores de tanta pobreza, inequidades, desempleo y deterioro medioambiental. Frente a ese panorama descrito anteriormente, lo que propone la economía solidaria es un modelo de desarrollo distinto, basado en experiencias comunitarias donde se destaquen los valores de la solidaridad, de la ayuda mutua, de la equidad, de la participación y del respeto por el medio ambiente.

 

En síntesis, se puede decir que la economía solidaria se caracteriza por demostrar en los hechos que es posible (y necesario) incorporar la solidaridad como elemento vertebral de nuestros comportamientos económicos. Es así que las organizaciones de la economía solidaria presentes en el Foro Social Mundial, logran traducir su lema “Otro Mundo es Posible” por el más concreto “Otra Economía es Posible”.

 

Una segunda característica de la economía solidaria es que constituye un sector específico de la economía distinto al privado empresarial y público capitalista.

 

Desde este punto de vista, la economía de la solidaridad se entronca con otro concepto muy divulgado en Europa a partir de las elaboraciones francófonas: la economía social. Aunque pueden existir matices, y la discusión sobre la definición sigue abierta, el Consejo Valón de Economía Social (Cwes-Bélgica) en 1990 define los componentes básicos: “la economía social se compone de actividades económicas ejercidas por sociedades, principalmente cooperativas, mutualidades y asociaciones cuya ética se traduce en los principios siguientes:


1. Finalidad de servicio a los miembros o a la colectividad antes que al beneficio.
2. Autonomía en la gestión.
3. Procesos de decisión democrática.
4. Primacía de las personas y de trabajo sobre el capital en el reparto de los beneficios”.

 

En el Sur, por su parte, las corrientes impulsoras del cooperativismo y de las mutuales adoptan no solo las mismas prácticas europeas (las primeras cooperativas y mutuales son fundadas por las corrientes migratorias) sino que además, adoptan la misma terminología del viejo continente.

 

Organizaciones económicas populares

 

Sin embargo, algo comienza a cambiar en los años ochenta. Por una parte, el movimiento cooperativo comienza a dar signos de estancamiento no sólo en lo estrictamente productivo, sino además en el mensaje alternativo que siempre le caracterizó en materia socioeconómica. A la crisis de cierto cooperativismo tradicional, además, debemos sumarle la emergencia de nuevos movimientos y experiencias sociales surgidas desde los sectores populares, donde se comienza a percibir una centralidad insoslayable tanto de cierto discurso contra hegemónico en materia socioeconómica, como de instrumentos concretos de cooperación, ayuda mutua y reciprocidad. Luis Razeto junto a su equipo de trabajo del PET de Chile denomina a este fenómeno “Organizaciones Económicas Populares” (OEPs.), y son el antecedente de lo que luego él mismo denominaría experiencias de “economía de la solidaridad”. Veamos cuáles eran entonces sus características:

 

• Las OEPs. son iniciativas surgidas en ambientes populares, tanto del medio urbano como del medio rural.
• Son experiencias asociativas, muchas veces de carácter familiar, vecinal o funcional, que se proponen alcanzar objetivos comunes, a partir de los cuáles crean sus propias estrategias para enfrentar un conjunto de carencias. Lo distintivo es que por lo general satisfacen no solo necesidades individuales, sino también sociales.
• Enfrentan las carencias con sus propios recursos, movilizando energías de la propia sociedad civil. Aún así, se trata de experiencias muchas veces apoyadas por terceras instituciones.
• Son iniciativas que implican relaciones y valores solidarios, que se proponen ser participativas, democráticas, autogestionarias y autónomas.
• Finalmente, son experiencias que desarrollan un discurso y una práctica alternativa respecto del sistema dominante, elaborando respuestas integrales.


Tenemos entonces que el concepto de Organizaciones Económicas Populares, sirvió para catapultar luego el concepto de Economía Solidaria en el continente latinoamericano. No puede llamar la atención en ese sentido, que mucha literatura de la época, e incluso de los últimos años, manejara el concepto de “Economía Popular Solidaria”.

 

Llegado a este punto conviene precisar algunos asuntos, que si bien en principio pueden resultar en una mayor complejidad del panorama, seguramente contribuirán finalmente a un mejor recorte de los comportamientos económicos que nos interesa rescatar.

 

 

La primera precisión es que no toda economía popular puede ser considerada economía solidaria: numerosas experiencias de sobrevivencia entre los sectores populares, lejos de practicar valores solidarios se basan en mecanismos y racionalidades ajenas a las que se promueven desde nuestro paradigma. Nos referimos a distintas salidas de tipo individualistas, delictivas o inmorales. Esta primera precisión nos servirá para rechazar cierta literatura romántica e ideológica que encuentra loable y positivo todo lo que proviene de las capas populares. Desde nuestro punto de vista, la economía popular se canaliza en buena parte en economías solidarias, pero en otra parte en salidas no solidarias. Allí asoma como primer desafío conducir las salidas individualistas a salidas de corte comunitario entre esos sectores.

 

Una segunda precisión, es que no todas las experiencias de economías solidarias surgen y se desarrollan en ambientes populares, entendiendo en este caso lo popular como un recorte en la estructura social: una parte de las experiencias solidarias se originan en otros contextos socioeconómicos, menos apremiados por las necesidades materiales, y por lo tanto muchas veces con un mayor margen para apostar por ciertos cambios de valores en la puesta en práctica de numerosas experiencias económicas. De esta manera, la economía solidaria también se explica por el cambio de valores económicos en el contexto de lo que Inglehart denomina “valores post-materialistas”.

 

Una tercera precisión es de carácter más académico: la existencia de un rico entramado social solidario entre las capas populares y culturas autóctonas de los países africanos y latinoamericanos, no es algo de reciente descubrimiento, sino que ha sido objeto de estudio desde hace un buen tiempo por parte de las ciencias sociales. Numerosas investigaciones vienen a confirmar la presencia de relaciones de reciprocidad y solidaridad que se expresan en términos e “instituciones sociales” también muy autóctonas y arraigadas en la cultura de nuestros pueblos. El concepto del “Sumak Kawsay” (traducido como “buen vivir” y recientemente incorporado en la Constitución de Ecuador), de onda raíz en las culturas andinas, es un buen ejemplo en la materia.

 

En cuarto lugar digamos que si bien el concepto de economía de la solidaridad es reciente, y de cuño latinoamericano, sus prácticas hunden raíces en los mismísimos orígenes de la especie humana. Lejos del principio del homo oeconomicus, según el cual seríamos por naturaleza egoístas e individualistas, lo que muestra la historia (y prehistoria) de la humanidad, es que sin solidaridad no hubiera sido posible sobrevivir como especie. Estudios clásicos de la antropología económica subrayan en ese sentido, que los valores solidarios, encarnados por ejemplo en la reciprocidad, la redistribución, las donaciones o incluso mecanismos de economía doméstica, fueron básicos para entender la forma en que hacíamos economía, hasta que con la modernidad, comienzan a primar otros valores (o antivalores) como el afán de lucro, el individualismo, la concentración de riquezas, etc., más propias de la economía de mercado.

 

La economía solidaria, por lo tanto, reúne a las diversas experiencias de hacer economía en todas sus etapas (producción, distribución, consumo y ahorro) que se caracterizan por vertebrarse en torno a la solidaridad como valor supremo. La solidaridad (del latin solidum) a su vez debe entenderse en un doble sentido: en primer lugar como todo aquello que hacemos en conjunto con otros, dando crítica de la forma y los valores que imperan hoy en nuestros mercados. Allí donde se exacerba el individualismo, la economía solidaria promueve el comunitarismo; allí donde se incita a la competencia, la economía solidaria promueve la cooperación; allí donde se busca el lucro, la economía solidaria promueve un justo beneficio; allí donde gana el materialismo, la economía solidaria promueve la satisfacción de todas las necesidades humanas; allí donde se persigue el consumismo, la economía solidaria promueve el consumo responsable; allí donde se glorifica el libre comercio, la economía solidaria propone el comercio justo; en fin, cuando solo se habla de crecimiento económico, la economía solidaria prefiere hablar de desarrollo a escala humana.

 

La pertinencia de la economía solidaria en un contexto de emergencia social

 

Podemos decir que hay dos fuentes en los orígenes de las experiencias de economía solidaria en todo el mundo. Por un lado, básicamente en los contextos donde priman los valores post-materialistas, las iniciativas surgen en un contexto de crisis de un modelo de desarrollo que pretende vincular el crecimiento económico con la felicidad de la gente. Craso error si tenemos en cuenta que algunas de las ciudades más ricas del mundo, son ciudades críticas desde el punto de vista de la seguridad, del cuidado del medio ambiente, de los lazos comunitarios y de la vida familiar. Muchas veces la riqueza material no es acompañada de verdadero bienestar. Es así que en los últimos años han surgido muchas iniciativas guiadas por valores alternativos, que pretenden superar este concepto de desarrollo, poniendo el acento en fórmulas económicas más amigables con la comunidad y con el medioambiente. En Italia, por ejemplo, quienes participan de la economía solidaria utilizan la voz l‘altra economía (la otra economía) donde incluyen básicamente el comercio justo y solidario, las finanzas éticas, la agricultura biológica, el consumo crítico, el turismo responsable, experiencias de reciclaje de materiales, con energía renovable, intercambios no monetarios, sistemas de software libre, etc.

 

Por otra parte, en América Latina y África, los orígenes de las prácticas de economía solidaria son distintos. Nacen como vimos antes, básicamente en ambientes populares, y las iniciativas muchas veces se originan no tanto como una alternativa guiada por el deseo de cambiar la forma de hacer economía de nuestras sociedades, sino fundamentalmente como una estrategia de sobrevivencia a veces promovidas por las propias comunidades, otras veces promovidas desde organizaciones sociales. Es así que la mayoría de las cooperativas de producción en algunos países latinoamericanos nacen como fruto de la crisis de una empresa, ahí está el caso de las empresas recuperadas en los últimos años. Es así además que numerosas experiencias de relieve, surgen en el marco de proyectos de desarrollo local promovidos por organizaciones de la sociedad civil. Esto no quiere decir que los valores alternativos no estén presentes en los sujetos involucrados. De hecho, existen numerosas experiencias notables donde el asociacionismo comienza siendo un mero recurso de sobrevivencia, pero donde la propia dinámica socioeconómica termina por situar determinados valores, no solo como medios sino también como fines en sí mismos. 

 


 

Finanzas éticas 

 

Existe un número creciente de personas sensibilizadas con la idea de avanzar hacia una sociedad diferente, más justa, solidaria y humana, que intentan hacerla realidad mediante su trabajo en diferentes ámbitos, y que perciben que uno de los medios con que cuentan para realizar esta transformación, que es su ahorro, es utilizado precisamente para reforzar y consolidar valores de un modelo social, económico y cultural opuesto a esta idea de transformación.

 

Cuando se analizan en profundidad los grandes flujos económicos y sus consecuencias vemos cómo sistemáticamente potencian el modelo económico y social imperante a costa de los países o personas de menor poder económico, con unas consecuencias negativas que están a la vista.

 

El sistema financiero tradicional no da respuesta a los deseos y necesidades de un sector de las y los ahorradores.

 

Para nadie es una novedad que el sistema financiero es conservador y que, al regirse de modo casi exclusivo por criterios de beneficios y tamaño, contribuye a incrementar las diferencias de renta y riqueza, fomenta el consumo irresponsable, y consolida la exclusión social de los sectores más desfavorecidos.

 

Tradicionalmente se ha reconocido al dinero la función de ser unidad de cambio (todo, o casi todo, se valora en términos monetarios), así como la de ser depósito de valor. La combinación de estas dos funciones nos conduce a otra de la que no se suele hablar en los tratados de economía: El dinero, o mejor la posibilidad de decidir su uso, es una fuente de poder, y ese poder, que en buena lógica pertenecería a sus propietarios/as, es decir a los ahorradores/as, es ejercido por las entidades financieras en función de sus propios intereses, sin dar cuenta a los ahorradores/as, y sin que estos puedan ejercer ningún tipo de control.

 

Esto supone, en definitiva, que el sistema financiero no sólo se apropia de una parte significativa de la rentabilidad puramente económica del ahorro, sino que utiliza para sus propios fines en su totalidad el poder que lleva aparejado el manejo de estos recursos.

 

El sistema financiero convencional no contempla la posibilidad de financiar algunos tipos de empresas y proyectos.

 

Cuando examinamos el comportamiento del sistema financiero desde el punto de vista de quienes se acercan al mismo como demandantes de recursos financieros, las conclusiones no son mejores.

 

En la actualidad existe una amplia oferta de créditos y préstamos. Sin embargo, los criterios de concesión suelen basarse principalmente en la existencia de garantías propias (propiedad de bienes o recursos) o ajenas (avales), con lo que se hace buena en muchos casos la conocida frase los bancos sólo dan dinero a quien demuestra no necesitarlo.

 

Por lo que se refiere a la financiación de proyectos de economía social y solidaria, la utilización de estos criterios funciona a menudo como una barrera infranqueable para una serie de promotores y emprendedores que por su propia situación (iniciativas de inserción social, de autoempleo, etc) o por la naturaleza o dimensión de sus proyectos (actividades alternativas, innovadoras, o no encaminadas al beneficio únicamente económico) carecen de recursos iniciales.

 

La palabra crédito, que tiene que ver con creer en alguien, con confiar, en el marco de una relación humana, pierde así completamente su significado, y como consecuencia, toda una serie de iniciativas y actividades socialmente útiles quedan excluidas del circuito bancario de financiación.

 

Como respuesta a este tipo de reflexiones, desde distintos colectivos ha surgido una colección de experiencias con muy diversas características y grados de efectividad y concreción, pero que tienen en común el objetivo de intentar ampliar el abanico de posibilidades de ahorro e inversión a operativas diferentes, que partan de otras bases, busquen una finalidad más social que monetaria, y ofrezcan cauces alternativos a todas aquellas personas defraudadas por el uso que de su ahorro se está haciendo.

 

En este sentido, pensamos que una financiación solidaria y diferente debe partir de unos principios básicos:

 

El/la ahorrador/a tiene derecho a saber de qué modo se está utilizando su dinero; qué proyectos, ideas o empresas se están financiando con él

Los recursos económicos deben utilizarse con un provecho social, creando empleo, ayudando a la inserción sociolaboral de personas excluidas, proveyendo de productos o servicios de utilidad social, apoyando procesos productivos limpios, etc.

Las entidades promotoras de fórmulas financieras alternativas no deben centrarse únicamente en la recuperación de las cantidades prestadas o invertidas, sino también realizar labores de apoyo en la medida de sus posibilidades.

Los recursos económicos deben invertirse en proyectos viables, de manera que no se incurra en pérdidas que defrauden las expectativas de los/as ahorradores/as o mermen la capacidad de reutilización de tales recursos.

Pensamos, en definitiva, en una gestión financiera que no persiga fines lucrativos, sino que manifieste una decidida vocación social.

 

Por todo ello, resulta necesario proponer nuevas formas financieras que den respuesta a las inquietudes de todas aquellas personas que creen en una economía diferente, y que quieren que la utilización de sus ahorros esté en consonancia con sus planteamientos éticos y vitales.

Información adicional

  • Autor:Javier Mateo
  • Edición:Nº 237
  • Fecha:Junio 20 - julio 20 de 2017
Visto 2703 vecesModificado por última vez en Miércoles, 26 Julio 2017 09:33
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