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Miércoles, 04 Marzo 2020 08:35

“El milagro” económico colombiano

Escrito por Libardo Sarmiento Anzola
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“El milagro” económico colombiano

En las sociedades capitalistas, la explotación ha de ser entendida en función de un sistema de producción-distribución-circulación-consumo y de las relaciones con este sistema por parte de la clase trabajadora y de la clase capitalista en su conjunto. Con base en un análisis sistémico, a través de los tres enfoques del PIB –producción, ingresos y demanda– este artículo describe la lógica interna que determina el funcionamiento, dinámica y reproducción clasista del sistema económico colombiano. El presente se examina como consecuencia de acontecimientos anteriores que a su vez condicionan el futuro, es decir, la economía está presente en el devenir histórico. Lo que cuenta para la lucha y estrategia política es el sistema en su conjunto más que lo individual. En consecuencia, es la lógica interna del sistema económico en su complejidad el que ha de ser atacado y superado, más que las injusticias aisladas.

 

 

En 2019, de los 20 países que integran a América Latina 18 presentaron una desaceleración en la tasa de crecimiento de la actividad económica. Esta debilidad generalizada se originó en el menor dinamismo de la demanda interna, acompañado por una baja demanda agregada externa, caída en el precio de las materias primas y mercados financieros internacionales más frágiles. El promedio regional de crecimiento del PIB fue de 0,1 por ciento y la variación del producto interno bruto por habitante fue negativo en 0,9 por ciento.


El panorama macroeconómico reciente muestra una desaceleración tendencial de la actividad económica en los últimos seis años (de 2014 a 2019); caídas del PIB per cápita, la inversión, el consumo per cápita y las exportaciones, y un sostenido deterioro de la calidad del empleo. A este escenario se suman las crecientes demandas sociales y presiones por reducir la desigualdad y aumentar la inclusión social que han detonado con una intensidad inusual en la región (1).


En contraste, la tasa anual de variación del PIB de Colombia para el año 2019 registró un valor positivo de 3,3 por ciento y del ingreso por habitante de 2,4 por ciento (2). La economía mundial como un todo se expandió en 2,9 por ciento. Para el año 2020, las expectativas de crecimiento económico son de 3,3 por ciento a nivel global; 1,3 promedio en América Latina y 3,5 para Colombia.


Un “milagro” es un suceso extraordinario que no puede explicarse por las leyes regulares de la naturaleza o la sociedad; el evento es atribuido a la intervención “Divina”. El “milagro” colombiano se enturbia al observar que la economía crece pero con un elevado costo social: alto desempleo abierto (América Latina: 8,2%; Colombia: 10,5%), concentración del ingreso (medida por el índice de desigualdad Gini, AL: 0,465; Col: 0,497), pobreza (AL: 30,8%; Col: 29,9%), violencia (homicidios por cada 100.000 habitantes, Mundo: 6,1; AL: 21,5; Col: 25), inflación (aumento del índice de precios al consumidor – IPC, AL: 2,4%; Col: 3,8%), deuda pública (% en relación al PIB, AL: 47,4%; Col: 58%), déficit fiscal (% del PIB, AL: -2,8; Col: -2,7), desbalance comercial (relación exportaciones-importaciones en proporción del PIB, AL: -1,4%; Col: -4,3%) y devaluación de la moneda (en 2019 las monedas latinoamericanas se devaluaron un 9,8% y el peso colombiano lo hizo en 11%). La economía colombiana se asemeja a un “gigante con pies de barro”.


Sorprenden las cifras y la pregunta no da espera, ¿cuál es el secreto del éxito económico colombiano? El modelo propuesto por Keynes en 1936, establece que el empleo y el ingreso dependen de la demanda global (DG), esto es, DG= consumo de los hogares de los capitalistas + consumo de los hogares de los trabajadores + la inversión de las empresas + el gasto público + la diferencia entre exportaciones e importaciones. En 2019, se destaca el crecimiento de la demanda interna que tuvo resultado de 4,5% lo que implica 1,1% más que en 2018.


La cultura colombiana, guiada por el principio del “todo vale”, es altamente consumista, individual y clasista. Los hogares de los capitalistas (3,7 por ciento del total de la población ocupada según posición ocupacional) registran una alta propensión al consumo, principalmente de bienes importados, por tanto orientan al gasto una alta proporción del 35,3 por ciento del PIB que concentran anualmente a través del excedente de explotación bruto; los asalariados (obreros y empleados), 11,3 millones, esto es, la mitad del total de la fuerza laboral nacional que suma 22,7 millones de personas, se gastan todo lo que ganan (34% del PIB); los trabajadores por cuenta propia, los empleadores y trabajadores de las pequeñas empresas familiares, los informales y toda clase de rebuscadores representan el 46,3 por ciento de los ocupados y apropian el 20 por ciento de la distribución del PIB (ingreso mixto) y una proporción igual en el consumo familiar. El Estado, resultado de los impuestos netos a la producción, se queda con el 10,7 por ciento del PIB.


Adicionalmente, en el país siempre ha operado una economía subterránea (informal + mafiosa), funcionalmente integrada a la acumulación, el empleo, a los “negocios” en general, al consumo y a las transacciones de dinero en efectivo.


El tamaño de la economía subterránea es equivalente al 40 por ciento del PIB (la integran todas las actividades informales, el contrabando, la corrupción, las actividades especulativas, el lavado de activos, la venta de divisas en los mercados negros, la prostitución, el crimen y la delincuencia organizados, las mafias políticas, tráfico de armamento y el narcotráfico). Así, por ejemplo, desde Colombia se exportan 500 toneladas métricas de cocaína, negocio que le inyecta 3.000 millones de dólares anuales a la demanda interna del país. Es fácil detectar esta economía “paralela u oculta” por los movimientos de activos líquidos. En 2019, la base monetaria, constituída por todo el dinero legal en circulación, aumentó 10,5 por ciento, esto es, 3,2 veces más que el crecimiento en valor del PIB que fue de 3,3.


De otra parte, el aumento de la entrada de remesas al país constituye otro importante factor explicativo del buen desempeño del consumo de los hogares; en 2019 este rubro ascendió a US $6.773 millones de dólares, una cifra histórica que representa una variación anual de 7,1 por ciento más que en 2018, prolongando con ello la expansión que inició en 2015 y que se espera mantener durante 2020. La cifra de emigrantes colombianos (exportación del desempleo y la pobreza) es de 3 millones de personas, esto es, 6 por ciento de la población total. Por cada 10 colombianos que viven en el exterior, siete hacen giros, especialmente para apoyar a sus familiares en la adquisición de los bienes y servicios esenciales de la canasta familiar y en la compra de bienes raíces –su mecanismo de ahorro.


Es una dinámica económica y social que dibuja al país en su real dimensión y características. La estructura social, económica y política contiene las fuerzas que determinan el grado de crecimiento, el nivel de empleo, la distribución de la riqueza, el ingreso y el grado desigual de bienestar. Al contrario de lo señalado por Keynes, los “economistas clásicos (incluído Marx)” demostraron que en el modo capitalista de producción, son los capitalistas, dueños de los medios de producción y del capital financiero, que además controlan la política y las instituciones, quienes determinan las condiciones de producción (qué se produce, cómo y para quién), reproducen constantemente las relaciones de producción (clase dominante y clase trabajadora) y, por lo tanto, las relaciones de distribución del ingreso correspondientes (ganancias, salarios, rentas, impuestos) y las estructuras y dinámicas del consumo y la inversión. En síntesis, los capitalistas o clase dominante tienen el dominio y control sobre la oferta agregada, la distribución del ingreso, la circulación y la demanda agregada. Las injusticias, la violencia, las creencias y las agresiones contribuyen a defender el statu quo y reproducir el sistema económico. Por ello, los fenómenos económicos influyen en los políticos y viceversa; por tanto, la ciencia económica se vincula con la política, la sociología, la psicología, la filosofía, la historia y los ecosistemas.

 

Población y bienestar económico

 

Comenzando el siglo XX, la población colombiana cruzó el umbral de los 40 millones. Pasaron dos décadas y en febrero de 2020, con base en proyecciones del nuevo censo de 2018, el país alcanzó la emblemática cifra de 50 millones de habitantes. El crecimiento demográfico es sostenido desde 1580, cuando la población del Nuevo Reino de Granada estaba integrada apenas por 800.000 indígenas tributarios, 15.000 esclavos negros y 10.000 blancos peninsulares.


El suministro de bienes y servicios para ser distribuido entre las familias del país crece a un ritmo superior al de la población. En precios corrientes, en los últimos 26 años el valor de la producción aumentó 15,8 veces y la población 1,4. El nombre técnico para este flujo de producción es el producto interno bruto (PIB). La relación entre el PIB y la población se conoce como PIB por persona. El PIB per cápita se interpreta como una medida de bienestar económico, asociado a la satisfacción de las necesidades sociales y humanas.

 

El PIB y sus enfoques

 

El PIB es la suma del valor agregado bruto de todas las unidades de producción residentes, más los impuestos, menos las subvenciones sobre los productos no incluida en la valoración de la producción. Se mide desde tres enfoques o flujos: oferta, gasto e ingresos (ver diagrama 1).

 

 

 

PIB, producción y empleo

 

El patrón de división mundial del trabajo en el sistema mundo capitalista se mantiene a pesar de los procesos de independencia y descolonización. No obstante el crecimiento de la producción industrial en muchas áreas de la periferia, el rol principal de estos países en la economía capitalista mundial sigue siendo el de oferentes de productos primarios con poco valor agregado. Las relaciones socio-económicas de dependencia con los estados, mercados, finanzas y las clases dominantes de los países capitalistas centrales son más fuertes que los cambios políticos locales. La descolonización no acabó con la hegemonía, imperialismo o dominio de los más poderosos Estados ni impidió la organización del desarrollo geográfico desigual de forma que beneficiara a los centros de acumulación de capital preexistente.


El sistema económico colombiano depende de los ciclos de la producción, demanda, finanzas y comercio internacional de los principales países capitalistas y, en particular, del precio de las “commodities (Gráfico 1) (3). La economía colombiana depende de la extracción de los recursos minero-energéticos. Las ventas de combustibles y productos de las industrias extractivas participaron con el 55,8 por ciento del total exportado por Colombia al resto del mundo durante 2019. Como consecuencia del escalonamiento de los precios del carbón y el petróleo en los mercados internacionales durante los últimos sesenta años, la economía nacional registra un crecimiento ligeramente superior, de 0,6 por ciento promedio anual en comparación con el desempeño de la economía global: 4,1 por ciento Colombia y 3,5 total mundo. A partir de la crisis global del capitalismo en 2008, el crecimiento económico mundial anual cae a un promedio de 2,4 por ciento y a 3,5 en Colombia.

 

 


Durante los últimos años, el crecimiento económico global disminuye drásticamente. Una característica común del debilitamiento del ímpetu de crecimiento ha sido un notable enfriamiento geográficamente generalizado de la producción industrial. Como resultado de la ralentización de la producción industrial, el crecimiento del comercio internacional prácticamente es nulo. Las desaceleraciones del comercio internacional están vinculadas a la caída del gasto de inversión. Desde el punto de vista de la demanda, teniendo en cuenta el debilitamiento de los fundamentos económicos mundiales, se prevé que los precios de las materias primas prosigan una senda descendente.


Una proyección con antecedentes variables, ya que el precio del petróleo, referencial Brent, alcanzó un máximo de 139 dólares por barril en junio de 2008; a inicios de 2016 se transaba a 36; dos años más tarde, en 2018, volvió a escalar hasta 82,7 y en febrero de 2020 se llegó a comercializar a 53 dólares el barril de hidrocarburo. La producción física nacional también es volátil: en 2015 el país superó la barrera de producción del millón de barriles de petróleo promedio día; en 2017 cayó a un promedio de 854 mil y en 2019 se recuperó la producción a 886 mil; para 2020, según el Ministerio de Minas y Energía, el país podría registrar una producción de 900.000 barriles de crudo por día (bpd), debido al crecimiento de la operación de hidrocarburos, las inversiones de Ecopetrol y las transnacionales petroleras y a la explotación de yacimientos no convencionales (fracking). El propósito del Gobierno es extraer y comercializar hasta la última gota de petróleo proveniente de los yacimientos colombianos, al costo que sea.


Una oscilación que afecta la economía y las finanzas públicas del país, la que para el 2020 proyecta un crecimiento de 3,3 por ciento para el mundo y de 3,5 para el país. Una tasa de crecimiento compuesto del 3 por ciento anual es el mínimo aceptable para las expectativas de ganancias de los empresarios y el funcionamiento de cualquier economía capitalista, una cifra inferior equivale a recesión.


Valga resaltar que los objetivos prioritarios de todo sistema económico son el pleno empleo, la estabilidad de precios, la eficiencia y la eficacia productiva, la distribución equitativa del ingreso, la eliminación de la pobreza y el crecimiento sostenible. De manera reducida, la lógica de los sistemas capitalistas tiene como prioridad generar la máxima ganancia para los empresarios y dueños del capital, mantener la acumulación sostenida, aumentar la producción, la estabilidad de precios y concentrar la riqueza y el ingreso en las clases dominantes. El sistema funciona eficientemente y mantiene un equilibrio dinámico (la oferta agregada es igual a la demanda agregada), sin que importe a los sectores privilegiados la presencia en sus países de un alto nivel de desempleo involuntario, los bajos ingresos de la clase trabajadora, las crónicas y recurrentes crisis humanitarias, los explosivos antagonismos de la lucha de clases producto de la desigualdad socio-económica, la indigencia colectiva y la destrucción ambiental.


En esta dinámica del sistema capitalista, el desempleo resalta como uno de los crecientes problemas de la sociedad colombiana. Durante los años 1950-1965 su tasa promedio anual fue de 3,9 por ciento (relación entre el número de desempleados y la población económicamente activa). Durante 1966 a 1995 el promedio de trabajadores excluidos del mercado laboral aumentó a 10,5 por ciento. Entre 1996-2020 los desempleados representan en promedio el 12,2 por ciento de la fuerza laboral.


El desempleo consolidado de 2019 fue de 10,5 por ciento, en el mismo periodo de 2018 fue de 9,5. La cifra de la población ocupada en 2019 alcanzó 22,2 millones de personas; en el acumulado del último año se registró una destrucción de 170.000 puestos de trabajo. La población desempleada sumó 2,6 millones, creció en 209.000 personas respecto a 2018, y la inactiva 14,4 millones de personas, subió en más de 455.000 (Gráfico 2). Una realidad que afecta a las mayorías pero que de manera contradictoria beneficia a los propietarios de los medios de producción, toda vez que el desempleo les permite pagar salarios bajos y aumentar la tasa de ganancia. Además, disciplina la fuerza de trabajo y desalienta la organización y lucha de la clase trabajadora. Es una realidad que favorece la acumulación de capital, resultado del afán de ganancia, la misma que es el factor fundamental que impulsa la actividad productiva mediante la explotación del trabajo. La competencia siempre es desigual y su manifestación en la actividad productiva tiende a favorecer la concentración y centralización del capital, de la riqueza y del ingreso. Si bien la economía del país ha crecido, el ingreso y la riqueza sigue concentrados en el reducido pero poderoso sector dominante de la sociedad; este es un rasgo que históricamente ha sido común en Colombia (Gráfico 2).


El gobierno trata de paliar el desempleo con medidas monetarias (tasas de interés bajas y oferta de crédito subsidiado), fiscales (aumento del gasto público y reducción de impuestos a los capitalistas) y cambiarias (devaluar para estimular las exportaciones). Pero las causas del desempleo son más profundas y estructurales: i) una economía primaria dependiente de actividades extractivas no genera encadenamientos productivos, ni valor agregado, ni puestos de trabajo suficientes para absorber el crecimiento de la mano de obra; ii) las revoluciones industriales que conducen al cambio tecnológico, a la automatización de los procesos productivos y a elevar la productividad del trabajo desplaza a los trabajadores a un ritmo mayor al que pueden ser ocupados por la expansión económica; iii) el país no produce bienes de capital de alta tecnología, estos deben ser importados; por tanto, el cambio tecnológico no genera clúster productivos ni aumenta suficientemente el empleo tecnificado; iv) el tránsito hacia economías fundamentadas en el sector terciario destruye las ocupaciones no especializadas en los sectores primario y secundario; iv) los incrementos salariales por encima del aumento de la productividad se traducen en inercias inflacionistas, sustitución tecnológica de mano de obra y reducción laboral en las pequeñas y medianas empresas. Además, el sistema económico colombiano se halla atrapado en una contradicción estructural entre las incontenibles fuerzas de producción y las menores capacidades de consumo de la clase trabajadora que los bajos salarios, el desempleo, la pobreza y desigual distribución del ingreso hace inevitable.


Sin embargo, el sistema económico colombiano genera una rápida expansión de la producción, muy por encima del crecimiento demográfico. En el período 1994-2019 el tamaño de la población crece 1,4 veces, el PIB aumenta 15,8 veces y el ingreso por persona (precios corrientes) 11,6 veces (Gráfico 3). Debido a este crecimiento, en adición al ingreso reciente al club de países ricos, la Ocde, Colombia fue excluída recientemente, en febrero de 2020, del grupo considerado de “economías en desarrollo” con lo cual pierde las preferencias especiales que la Organización Mundial del Comercio –OMC– otorga a esta categoría de sociedades: ayudas para reducir la pobreza, generar empleo e integrarse al sistema de comercio mundial. Según el Dane, en pesos corrientes el tamaño del PIB de Colombia en 2019 sobrepasó el umbral de los 1.000 billones de pesos, con lo cual, el PIB per cápita subió de 20,4 millones en 2018 a 21,3 millones de pesos en 2019.

 

 


La pequeña proporción de trabajadores formales y organizados (menos del 5 por ciento de los ocupados están sindicalizados) tienen la capacidad de negociar corporativamente para que sus salarios no pierdan poder adquisitivo. Los aumentos anuales en el SML van correlacionados con el incremento en el índice de precios (Gráfico 4).

 

 


Además, la política macroeconómica privilegia la estabilidad de precios sobre cualquier otra prioridad, conducta esperable en toda economía financiarizada que protege el valor adquisitivo del dinero y potencia el poder rentístico del capital financiero. En Colombia las tasas de inflación han caído en los últimos 35 años de cifras superiores al 20 por ciento a niveles que giran actualmente entre el 3 y el 4 por ciento anual.


En este contexto, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (Dane) del año 2018, el 37,3 por ciento de los hogares expresa que los ingresos familiares no les alcanza para cubrir el gasto requerido para satisfacer sus necesidades primarias; otro 52,3 por ciento cubre escasamente los gastos básicos del hogar y únicamente el 10,4 de los hogares ricos tiene la capacidad de solventar con opulencia sus deseos de consumo y, además, ahorrar e invertir.


El 85,7 por ciento de la población ocupada obtiene ingresos por debajo de dos salarios mínimos legales (SML); el 5,7 por ciento de los trabajadores (1,3 millones de personas) devenga un SML y el 47 obtiene ingresos inferiores a un SML. El precio de la canasta básica familiar equivale a 4,3 SML. El 34,8 por ciento de los hogares colombianos considera que vive bajo condiciones de pobreza debido a los bajos e insuficientes ingresos.


El PIB bajo el enfoque de oferta, empleo y productividad

 

El PIB representa el resultado final de la actividad productiva de las unidades de producción residentes. La teoría económica tiende a dividir el mundo en tres sectores económicos: extracción, manufactura y servicios. El PIB anual de Colombia bajo el enfoque oferta por sectores muestra un acelerado y desproporcionado crecimiento del sector terciario, o de servicios, que engloba las actividades relacionadas con los servicios no productores o transformadores de bienes materiales. Incluye subsectores como comercio, comunicaciones, finanzas, turismo, hotelería, restaurantes, cultura, la administración pública, fuerzas armadas y policía, y los denominados servicios públicos (salud, educación, programas sociales), entre otros.


La sociedad colombiana cambia cada día más la producción real, agricultura e industria, por los “negocios” de todo tipo, en abstracto y en general; todo lo que contribuya a acumular dinero, poder y fama es lo único que cuenta. En una sociedad donde todo se vende y se compra, y las personas son considerado un simple medio para ganar dinero, los derechos humanos son un discurso vacuo y huero.


Durante lo corrido del siglo XXI el sector terciario aumentó su participación relativa en la economía nacional de 55,9 a 64 por ciento (gráficos 5 y 6). El sector primario se limita a obtener de manera directa los “recursos de la naturaleza”, comprende las actividades productivas de la extracción minero-energética, la obtención de materias primas y los alimentos no procesados; su evolución en la estructura productiva es decreciente: de 14,8 por ciento en 2001 a 12,4 por ciento en 2019. El sector secundario corresponde al que transforma la materia prima en productos de consumo elaborados o en medios de producción, y el mismo comprende la manufactura, la industria, la construcción y la obtención de energía; en Colombia, este sector registra una rápida pérdida de importancia relativa en la generación del PIB: 29,3 por ciento en 2001 y 23,7 por ciento en 2019.

 


En el país ocho de cada diez empleos se generan en los sectores primario y terciario de la economía (gráficos 7 y 8). De acuerdo con la matriz de empleo nacional, el 63,3 por ciento de los puestos de trabajo corresponden al sector terciario; 19,9 por ciento de la población ocupada hace parte del sector secundario y el sector primario provee 16,9 por ciento de las ocupaciones.


La relación entre el valor de la producción y número de empleos por sector permite estimar la evolución de la productividad, la cual está relacionada con la organización empresarial, el equipo, la técnica, la infraestructura pública, el nivel educativo y el grado de formación y destreza de la fuerza de trabajo. La productividad de la economía nacional aumenta 2,4 veces durante el período 2001-2019 (Gráfico 9). Durante las dos últimas décadas, la misma crece 2,7 veces en el sector primario (a causa de los elevados precios obtenidos por la producción y comercialización minero-energética); el sector secundario es el de menor crecimiento en la productividad: 1,7 veces (la desindustrialización combina la pérdida de competitividad nacional con las importaciones de mejor calidad y menor precio que desplazan a la producción local, destruye empresas, elimina puestos de trabajo y, a la vez, promueve el comercio, el contrabando y el transporte); por su parte el incremento de la productividad en el sector terciario es de 2,6 veces.


En particular, el sistema económico colombiano se encuentra en proceso de financiarización a partir de los años 1970; el liderazgo del capital financiero se expresa en un rápido cambio tecnológico (Fintech), acumulación de activos, ganancias extraordinarias, concentración del ingreso, mayor incidencia y poder político e internacionalización. Según la Superintendencia Financiera, a noviembre de 2019, los activos del sistema financiero colombiano ascendieron a $2.013 billones, con un crecimiento anual de 13,6 por ciento; las utilidades del sector fueron de $84,5 billones para igual año.


Según los resultados del Dane, desde el punto de vista de la oferta, el crecimiento del PIB de 3,3 por ciento en 2019 se explica principalmente por el aumento del sector terciario de 3,9 por ciento. En particular, las actividades financieras crecieron en 5,7 por ciento en términos reales; el comercio aumentó 4,9 por ciento; y la administración pública y defensa, seguridad social y servicios sociales crecieron 4,9 por ciento. En contraste, el sector primario creció apenas el 2 por ciento y el secundario 1 por ciento (la construcción cayó 1,3 por ciento).

 

El PIB bajo el enfoque de flujos de ingresos

 

La distribución del ingreso nacional es la fase necesaria del proceso económico en cuanto relaciona la producción con el consumo. El capitalismo determina el carácter y la forma de la distribución. En el proceso de distribución del ingreso nacional, los capitalistas se apropian de la mayor parte como consecuencia del poder que les confiere la propiedad privada sobre los medios de producción, de las políticas macroeconómicas que el Estado implementa a su favor y de la débil fuerza negociadora de la clase trabajadora.


La distribución del ingreso y la riqueza en sociedades complejas es sin duda una de las fuentes más frecuentes de conflicto de intereses y de tensiones derivadas de la estratificación social y de las instituciones organizadas según criterios clasistas.


Desde el punto de vista de los ingresos el PIB es igual a la suma de los ingresos primarios distribuidos por las unidades de producción residentes; esto es:

PIB = Remuneración de los asalariados + impuestos menos subvenciones a la producción y las importaciones + Excedente bruto de explotación + Ingreso mixto.

Para el año 2019, la estructura relativa de distribución de los ingresos primarios entre las diferentes posiciones ocupacionales es la siguiente: i) los dueños del capital, esto es, patrones o empleadores, suman 835.000 personas y representan 3,7 por ciento de la población ocupada según posición ocupacional; por ingresos, su participación en la distribución del Producto Interno Bruto (PIB), a través del excedente de explotación bruto, es de 35,3 por ciento; ii) los asalariados (obreros, empleados y jornaleros) representan el 50 por ciento de la fuerza de trabajo ocupada, esto es, 11,3 millones de trabajadores; en conjunto reciben el 34 por ciento del PIB; iii) el Estado, resultado de los impuestos netos a la producción, se queda con el 10,7 por ciento; iv) el ingreso mixto equivale al 20 por ciento del PIB, producto de la adición de las retribuciones a una heterogénea agrupación de trabajadores por cuenta propia y pequeñas empresas familiares donde laboran los propietarios y sus familias, sin percibir un salario (por ello el saldo incluye una parte de remuneración al factor trabajo); estos variopintos trabajadores independientes, informales y microempresarios, que suman 10,5 millones de personas, tienen una participación relativa de 46,3 por ciento en la estructura de la población ocupada, según posición ocupacional.


Al analizar el PIB por el lado de los ingresos, durante el periodo 1994-2019, en promedio (gráficos 10 y 11), la principal participación la tuvo el Excedente de explotación bruto (4) e ingreso mixto bruto con 55,3 por ciento, seguida por la Remuneración a los asalariados (34,0%) (5) y los impuestos menos subvenciones sobre la producción y las importaciones (10,7%).

 


Durante los 26 años analizados, los empresarios, patrones y empleadores tienden a mantener constante su participación en el PIB (55,2%), si bien en los años 2000 a 2004 alcanzaron un máximo de 57 por ciento. Al contrario, los asalariados perdieron 1,7 puntos porcentuales al pasar de 35 por ciento del PIB en 1994 a 33,3 por ciento en 2019. El Estado ganó participación en el PIB de 1,8 puntos porcentuales al apropiar 11,5 por ciento del mismo en 2019 frente al 9,7 en 1994. Tanto el financiamiento de los gastos colectivos como la descarga del peso de las crisis sobre las espaldas de los trabajadores en beneficio del gran capital y la clase política dominante es algo que está en la agenda de los partidos de derecha y de la clase capitalista desde hace tiempo.

 

PIB enfoque de flujos de gasto

 

El consumo es la utilización del producto social para satisfacer tanto las necesidades de la producción como las necesidades personales de los individuos pertenecientes a las diferentes clases sociales. El nexo entre la producción y el consumo se halla condicionado por la acción de las leyes económicas del modo de producción capitalista. Los eslabones de enlace entre la producción y el consumo son la distribución del ingreso y la circulación. Según la teoría general del empleo keynesiana, en equilibrio, el volumen de empleo de los factores productivos depende, de una parte, de la función de oferta global y, de otra, de la propensión marginal al consumo (mide cuánto se incrementa el consumo de una persona cuando se incrementa su ingreso disponible) y del volumen de inversión.


El PIB desde el punto de vista de la demanda final o utilizaciones es igual a la suma de las utilizaciones finales de bienes y servicios medidas a precio comprador, menos las importaciones de bienes y servicios. En consecuencia, el PIB es la suma de los gastos de consumo personal de los hogares capitalistas (Ck), el consumo de los hogares de los asalariados (Cw), inversión privada interna bruta (I), compras gubernamentales (G) y exportaciones netas (Xn=exportaciones-importaciones):

PIB= Ck + Cw + I + G + Xn

En la economía existe una interacción dinámica entre estos cinco flujos de producción final (gráficos 12 y 13).

 


Durante el período 2000-2019, la estructura promedio de la demanda es igual al gasto de consumo final hogares capitalistas y de ingreso mixto (34,3%), gasto de consumo final hogares de los trabajadores asalariados (33,4%), gasto de consumo final del gobierno general (14,7%), formación bruta de capital (21,1%) y exportaciones netas (-3,5%).


El gasto de consumo final de los hogares, capitalistas y trabajadores, es el que más contribuye al crecimiento agregado; en promedio aporta el 67,7 por ciento. Si bien los hogares ricos representan sólo el 10 por ciento del total de hogares, en conjunto tienen una capacidad de consumo agregado equivalente al ingreso disponible de toda la fuerza laboral asalariada de Colombia.


El análisis de las dos últimas décadas muestra cambios estructurales del PIB desde el enfoque de flujos de gasto: i) la formación bruta de capital gana 9,3 puntos porcentuales al aumentar de 14,9 por ciento en el año 2000 a 24,2 por ciento en 2019; ii) el consumo final de los hogares pierde participación relativa: los capitalistas -0,6 y los asalariados -0,9; iii) el gasto de consumo final del gobierno general cae en 2,1 puntos porcentuales; iv) las exportaciones netas caen en 5,8 puntos porcentuales (gráfico 14).

En el último año, el consumo privado ha registrado una extraordinaria dinámica, exhibiendo una tasa de expansión cercana a 4,5 por ciento real, superior a 3,6 por ciento observado en 2018, y al crecimiento del PIB de 3,3 en 2019. Seis son los factores que explican la aceleración del gasto de consumo final de los hogares:

 

I) La mayor demanda de la población migrante (el flujo de migrantes venezolanos es continuo y creciente, para fines de 2019 se estimaba una población de 2,5 millones de venezolanos viviendo en Colombia);
II) El aumento de la entrada de remesas al país constituye otro importante factor explicativo del buen desempeño del consumo de los hogares; en 2019 este rubro ascendió a US$6.773 millones de dólares, una cifra histórica que representa una variación anual de 7,1 por ciento más que en 2018, prolongando con ello la expansión que inició en 2015 y que se espera mantener durante 2020. La cifra de colombianos viviendo y trabajando en el extranjero es de 3 millones de personas, esto es, 6 por ciento de la población total; según una investigación de la Universidad Nacional, por cada 10 colombianos que viven en el exterior, siete hacen giros, especialmente para apoyar a sus familiares en la adquisición de bienes y servicios básicos de la canasta familiar y en la compra de bienes raíces. Según estudios de la Cepal, las remesas permiten disminuir la pobreza en la población global colombiana en 0,2 puntos porcentuales, pero focalizada en los hogares receptores de remesas reduce la pobreza en 10,1 puntos porcentuales;
III) La estabilidad de precios y las expectativas de inflación ancladas al rango meta del Banco de la República han permitido mantener, y en algunos casos incrementar, el poder adquisitivo de los hogares colombianos;
IV) El incremento real del salario mínimo, pactado en los últimos años por encima del IPC y de los criterios técnicos de productividad ha permitido aumentar el consumo de los trabajadores asalariados;
V) La concentración del ingreso y la riqueza genera una alta propensión al consumo por parte de los hogares adinerados, a la vez que promueve una intensa demanda efectiva en las actividades del turismo, restaurantes, hoteles, viajes, inversiones especulativas en el negocio inmobiliario, vestuario, autos de alta gama, etc.; además, la concentración del ingreso en los hogares capitalistas transforma la estructura del consumo final, así, por ejemplo, en lo corrido del siglo XXI las cuentas de los subsectores “Recreación, cultura, restaurantes, hoteles, bienes y servicios diversos” incrementan su participación relativa de 25 a 29 por ciento (Gráfico 16). El consumo final de los hogares no es sólo función del ingreso, sino también de la riqueza (y en particular de la riqueza más liquida) y de las expectativas futuras de rentas.

VI) En el país siempre ha operado una economía subterránea (informal + mafiosa), funcionalmente integrada a la acumulación, el empleo, a los “negocios”, a la oferta, al consumo y a las demandas de efectivo. Esta economía subterránea hace alusión a la naturaleza en principio oculta de las actividades económicas que eluden los controles institucionales, fiscales y legales; en otras palabras, es aquella porción de la economía que se instala en la sociedad al margen del mercado formal y de los marcos institucionales, pero que interactúa sinérgicamente, complementaria y competitiva, con la economía formal, esto es, visible, registrada y legal. El tamaño de La economía subterránea es equivalente al 40 por ciento del PIB (la integran todas las actividades informales, el contrabando, la corrupción, las actividades especulativas, el lavado de activos, la compraventa de divisas en el mercado negro, la prostitución, las mafias políticas, el crimen y la delincuencia organizados y el narcotráfico). Es relativamente fácil detectar y estimar el valor de esta economía “paralela u oculta” por los movimientos de activos líquidos y transacciones en efectivo ¡el dinero siempre deja huellas!

Según los resultados de Dane, desde el enfoque del gasto, el crecimiento del PIB de 3,3 por ciento en el año 2019 se explica por Gasto en consumo final que crece 4,6%; Formación bruta de capital: 4,3%; y en Comercio exterior: las exportaciones crecen 3,1% y las importaciones 9,2%.
De otra parte, las ventas al exterior se mantienen bajas, mientras que el ritmo de importaciones continúa reflejando tasas aceleradas de crecimiento relativo desde el año 2018. Para el 2019 las exportaciones sumaron 39.502 millones de dólares FOB y las importaciones registraron un valor total de 50.604 millones de dólares. Desbalance negativo en la disponibilidad de divisas que se cubre con empréstitos extranjeros e inversión, reducción de reservas internacionales y lavado de dólares provenientes del narcotráfico y demás actividades ocultas e ilícitas.


De acuerdo con las cifras del Dane, sí bien las ventas externas cerraron en 39.502 millones de dólares en 2019 estas representan un 5,7 por ciento menos que los resultados de 2018, lastradas por una caída de 11 por ciento del sector minero-energético; además, la exportación de los productos agropecuarios, alimentos y bebidas subieron 0,8 y las manufacturas bajaron 0,4. El país sigue dependiendo de la demanda internacional de materias primas como carbón y petróleo, productos minero energéticos locales que pierden espacio en el concierto internacional por la declarada abolición del uso de carbón y el avance de las energías renovables. La conclusión es que el sector productivo colombiano no está enfocado al comercio internacional.


En efecto, a partir del año 2014 la balanza comercial del país se mantiene deficitaria. Sus exportaciones se estancaron en US$38.000 millones desde 2015; el déficit de 2019 es el más alto registrado. Colombia presenta un fracaso en las exportaciones no tradicionales, muy a pesar de que el Estado ha firmado más de una docena de tratados de libre comercio y de la acelerada devaluación del peso, dos aliados indiscutibles para dinamizarlas. Las exportaciones colombianas dependen de la explotación minero energético en 55,8 por ciento, las exportaciones agrícolas solo tienen una participación de 7,5 por ciento y la industria 36,7.


Por el lado de las importaciones, el país adquiere toda clase de alimentos y bebidas, bienes de consumo durable y semidurable para los hogares y maquinaria y equipo de alto contenido tecnológico. El lema de la clase dirigente es “Que inventen otros”. El sistema económico colombiano tiende hacia un crecimiento macrocefálico del sector terciario sostenido precariamente en los debilitados sectores reales, el primario (excepto las actividades extractivas minero-energéticas) y el secundario. El déficit comercial promedio anual del país con el resto del mundo es cercano a los US$12.500 millones, 4,3 por ciento del PIB; este tiene un impacto significativo y negativo en cuanto las importaciones compiten contra la producción de la industria como de la agricultura nacional conduciéndolas a su gradual extinción.


Del lado de la inversión, si bien la clase dirigente colombiana tiene un carácter rentista y de alto consumo suntuario importado, la situación se compensa con el significativo volumen de inversiones extranjeras. De acuerdo con el Banco de la República, la Inversión Extranjera Directa (IED) en el país totalizó 10.366 millones de dólares durante el 2019, lo cual significó un crecimiento de 19,2 por ciento frente a los 8.693,4 registrados por el mismo concepto en 2018, en el reporte por balanza cambiaria. Nuevamente, el petróleo fue el sector que movió esta balanza, pues las inversiones en este ascendieron a 6.858 millones, por encima de los 6.536 millones de 2018. Entre tanto, otros sectores atrajeron 3.508,3 millones al país, mientras que la Inversión Extranjera de Portafolio (especulación financiera) alcanzó los 1.887,9 millones.


Al comparar la participación neta del Estado en el PIB a través de los impuestos netos (10,7% en promedio) respecto al “Gasto de consumo final del gobierno general” (14,7% en promedio) se deduce que las finanzas del Estado registran un déficit estructural y crónico. Este desequilibrio se financia con una carga impositiva más alta a la clase trabajadora, recortes al gasto social y con un endeudamiento público creciente; según el “Plan Financiero del 2020” presentado por el Ministerio de Hacienda, la deuda alcanzará este año alrededor del 51 por ciento del PIB. La deuda pública de todo el sector público no financiero equivale a 58 por ciento del PIB. Durante la última década la deuda pública se triplicó. La devaluación del peso también encarece y aumenta la deuda externa. El país atraviesa, entonces, una nueva época de “prosperidad al debe”, semejante a la experimentada cien años atrás.


Adicionalmente, en 2019 por primera vez el Gobierno incorporó a los ingresos del fisco las utilidades extraordinarias que tuvieron el Banco de la República y Ecopetrol, con lo cual se rompe la tradición de dejarlos aparte. De una parte, la hacienda pública obtuvo $ 3 billones de ingresos que estaban en una cuenta del balance de Ecopetrol, afectando la capacidad de acumulación interna de la empresa petrolera; de otra, el Banco de la República logró las ganancias más altas de su historia, las cuales superaron los siete billones de pesos que fueron trasladados a la billetera del gobierno. Pese a lo anterior, el MHCP reveló que el déficit del Gobierno Central (GC) fue de 2,5 por ciento del PIB en el 2019. Por el lado del gasto, la inversión pública en capital fijo continúa postrada en 1,2 por ciento del PIB, mientras el gasto operativo y de transferencia crece a ritmos anuales del 4 por ciento reales y con mayores cargas burocráticas en ministerios y organismos de control. Las exenciones tributarias a las grandes empresas y la reducción de impuestos al capital, otorgadas en la última reforma tributaria impulsada por el gobierno Duque, abrieron aún más el hueco fiscal de la hacienda pública haciendo necesaria una nueva reforma tributaria en el inmediato futuro.


En una mirada global del comportamiento del gasto de consumo final de los hogares, los gráficos 15 a 17 muestran que el peso relativo de los servicios es creciente; así, por ejemplo, el consumo de alimentos y bebidas pierde participación de 24,1 a 21 por ciento, entre 2005-2017; en correspondencia, los gastos en salud aumentan de 6,7 a 8,1 por ciento, en igual período. Además, en paralelo que aumenta el gasto en servicios, se reduce el consumo de bienes durables, semidurables y no durables generando mayor inestabilidad a los negocios y acortando los tiempos del ciclo de la economía.

 

Lógica clasista del sistema económico

 

La apropiación privada de los medios de producción en las sociedades capitalistas crea desde el principio una brecha insuperable y creciente entre quienes tienen y quienes, al no tener nada, deben vender su fuerza de trabajo para subsistir. El sistema económico funciona eficientemente bajo una lógica al servicio y beneficio del capital. En el mundo contemporáneo existen dos clases sociales, los explotados y los explotadores, así como seres humanos oprimidos y opresores. Los capitalistas ganan todo lo que gastan, mientras quienes viven del trabajo gastan todo lo que ganan. Los primeros pueden ahorrar, invertir, acumular y beneficiarse privadamente de los aumentos en productividad como consecuencia de los desarrollos científico-tecnológicos (reproducción ampliada); los segundos, logran sobrevivir, tener hijos y sostener precariamente la fuerza de trabajo que los remplazará en el futuro (reproducción simple).


La lógica clasista se encuentra en el núcleo del funcionamiento del sistema económico capitalista. En Colombia, el sistema funciona eficientemente para el beneficio del 10 por ciento de la población privilegiada; estos no conocen ni nunca experimentan en carne propia las crisis, simplemente las observan como parte del paisaje social. Las clases trabajadoras, el 90 por ciento sostiene sobre sus hombros este sistema de explotación-opresión y sobreviven crónicamente al filo de la crisis.


El sistema económico también vive, se reproduce, innova y se fortalece en medio de las crisis, las cuales pueden ser de sobreproducción, de tendencia decreciente la tasa de ganancia, o de insuficiente proporcionalidad entre ramas y sectores productivos. En época de crisis, los capitales más débiles suelen ser absorbidos por los más fuertes o bien son eliminados en y por la competencia. Las crisis son inherentes al sistema capitalista, es el secreto de su continua renovación, innovación, evolución, expansión y crecimiento. La competencia capitalista siempre es desigual y su manifestación en la actividad productiva tiende a favorecer la concentración y centralización del capital, de la riqueza, del ingreso y el consumo.


De otra parte, ingenua e ilusoriamente se cree que para poder gobernar una nación, el Estado debe representar los intereses de toda la población, sin embargo, al existir una clase dominante y otra dominada-explotada, el Estado suele velar principalmente por los intereses de quienes ejercen la dominación-explotación. Por lo anterior, es frecuente que el Estado colombiano privatice las ganancias y distribuya socialmente las pérdidas, cuando éstas se presentan. Además, la economía colombiana es un sistema subordinado y funcional a los intereses de los países hegemónicos del sistema mundo capitalista.


En cuanto al poder en nuestro país, la oligarquía criolla domina todas las ramas del poder político: legislativo, ejecutivo, judicial y de control. Análogamente controla para su beneficio propio todos los flujos fundamentales de la economía: la producción, los ingresos y la demanda agregada. Es fantasioso e ingenuo pensar que esta clase privilegiada comparta su poder o distribuya su riqueza. La democracia, en su definición clásica de “gobierno del pueblo y para el pueblo” no existe en este sistema de explotación, opresión y alienación. Lo que cuenta para la lucha y estrategia política es el sistema en su conjunto más que lo individual. Es la lógica interna del sistema económico en su complejidad el que ha de ser atacado y superado, más que las injusticias aisladas. La toma del poder sigue siendo el objetivo fundamental de toda lucha política. La evolución, por sí sola, tampoco resolverá nada en el futuro. Hay que encontrar una alternativa por fuera de este sistema para poder reencausar la economía, colocándola al servicio de las mayorías, al tiempo que se desconcentra el poder político para, por esa vía, propiciar y motivar la real participación del conjunto social, tanto para diseñar sus sistemas de vida digna como para orientar y controlar el ejercicio democrático del gobierno.


Son cambios fundamentales, los cuales son posibles siempre y cuando las clases trabajadoras se tornen en protagonistas autónomos y autogestionarios de su historia. De lograrse esta ruptura estructural nuestra sociedad estará sentando las bases para una democracia más allá de la formal (electoral); una democracia directa, participativa, radical, plural, plebiscitaria. La revolución está al orden del día. Un cambio, que para ser efectivo debe ser global, estructural y transformador de la lógica interna que determina el funcionamiento del sistema. El surgimiento de un movimiento revolucionario, democrático y plural, de tal dimensión y animado por la vida digna, es una necesidad histórica.

 

1 Cepal; (2019). Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe. Naciones Unidas, Chile, p. 11.
2 Además de Colombia, Guatemala fue el otro país que en 2019 registró crecimiento económico en América Latina; este fue de 3,3 por ciento.
3 Se les llama “commodities” a los bienes básicos, aquellos productos que se destinan para uso comercial, y que tienen como característica más relevante, que no cuentan con ningún valor agregado, se encuentran sin procesar o no poseen ninguna característica diferenciadora con respecto a los demás productos que encontramos en el mercado, por esto se utilizan como materias primas para elaborar otros bienes.
4 El excedente de explotación e ingreso mixto son dos denominaciones alternativas del mismo saldo contable de la cuenta de generación del ingreso, que se utiliza para diferentes tipos de empresas: se denomina excedente de explotación en el caso de las sociedades e ingreso mixto cuando se trata de empresas no constituidas en sociedad propiedad de los hogares en razón a que en estas empresas trabajan los propietarios o sus familias, sin percibir un salario, por ello el saldo incluye una parte de Remuneración al factor trabajo.
5 Las remuneraciones a los asalariados comprende toda la remuneración en efectivo y en especie a pagar por los empleadores a sus asalariados como contrapartida del trabajo realizado por estos durante el periodo contable (se desglosa en sueldos y salarios y cotizaciones sociales a cargo del empleador).

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