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Esquema de algunas de las ideas para refrescar la atmósfera terrestre. — Universidad de Harvard

Un informe sobre la geoingeniería solar de las Academias Nacionales de Estados Unidos cree que hay que investigar más esta segunda línea de defensa.

 

Si no hay nuevos retrasos, un globo estratosférico del que pende una góndola con instrumentos será lanzado el próximo mes de junio por la agencia espacial de Suecia para hacer la primera prueba de funcionamiento de un sistema que pretende investigar cómo se comportarían partículas de polvo mineral en la parte superior de la atmósfera. El objetivo último es comprobar si se le podrían poner a la Tierra unas gafas de sol para amortiguar la crisis climática.

Es Bill Gates quien financia este proyecto de la Universidad de Harvard y, a pesar de que este primer vuelo del globo y los siguientes no soltarán ninguna partícula, la oposición al experimento ya se ha hecho notar en Suecia. Sin embargo, no son pocos los científicos que creen que la geoingeniería es una línea de investigación que se debe continuar para, si no se alcanzan los objetivos de reducción de emisiones de efecto invernadero, contribuir a aminorar los efectos del cambio climático, como segunda línea de defensa. No es, sin embargo, un sustituto de la descarbonización y la mitigación, aseguran.

Esta postura se refleja ahora en el nuevo informe de las Academias Nacionales de Estados Unidos (NASEM) sobre técnicas para reflejar la luz del Sol, que disminuirían el calentamiento de la Tierra. El informe es favorable a que este país, en colaboración con otros, desarrolle "de forma cautelosa" la investigación sobre la posible intervención en el clima a través de la geoingeniería, para conocer tanto sus efectos potenciales positivos como los riesgos de la gestión de la radiación solar.

La estrategia para refrescar la Tierra se basa en tres técnicas que, según el informe, vale la pena investigar e incluso se podrían combinar. Dos son para reflejar más la radiación solar y la tercera para aumentar la radiación terrestre. La primera y mejor estudiada consiste en añadir pequeñas partículas reflectivas (de carbonato cálcico en el caso del experimento SCoPEx de perturbación estratosférica de Harvard) para formar aerosoles en la parte superior de la atmósfera, entre los 16 y los 25 kilómetros de altura. Algo parecido a lo que sucede en las erupciones volcánicas. La segunda consiste en aumentar el espesor o la reflectividad de las nubes bajas marinas y está muy poco desarrollada. Basándose en las nubes acumuladas que se observan claramente en las rutas marítimas, causadas por la contaminación emitida por los barcos, se ha lanzado la idea de pulverizar agua marina en diversas zonas para que se formen más nubes. La tercera sería aligerar las nubes altas de hielo (los cirros, entre los 6 y los 13 kilómetros) para que escape más radiación infrarroja al espacio. Para ello se sembrarían las nubes con hielo para formar núcleos mayores que los naturales y acortar así su vida, pero esto solo funcionaría en unas condiciones determinadas.

Todas son propuestas arriesgadas y, como en la primera se actuaría sobre el mismo nivel que ocupa la capa de ozono, se sabe que, al menos en esta, las consecuencias serían de larga duración. Sin embargo, se estima que bastaría con reflejar un 1% de la radiación solar que ahora absorbe la Tierra para contrarrestar el aumento de los gases de efecto invernadero hasta la fecha.

El informe es el fruto de varios años de trabajo de ingenieros, científicos y médicos, entre otros especialistas, y pretende ser un documento de consenso para la política científica y también informar al público en general sobre el tema. Desarrolla uno anterior, de 2015, más general, pero se centra con mayor detalle en la intervención atmosférica.

No se trata, se afirma en el informe, de diseñar un programa nacional de geoingeniería solar para ponerlo en práctica en el futuro sino para comprender mejor los muchos aspectos desconocidos de esta tecnología, entre ellos cómo podrían afectar a los fenómenos meteorológicos extremos, a la agricultura, a los ecosistemas naturales y a la salud humana, señalan las Academias Nacionales. El programa estaría sometido a estrictas reglas y a la participación pública. Solo se permitirían experimentos al aire libre cuando fueran absolutamente necesarios para complementar los trabajos de laboratorio y modelización o cuando aprovecharan algún fenómeno natural, como una erupción volcánica.

Para todo ello, la comunidad científica pide entre 100 y 200 millones de dólares durante los primeros cinco años para estudiar 13 áreas de investigación concretas que se pueden agrupar en tres grandes ámbitos: los objetivos y el contexto de la geoingeniería solar, los impactos y las dimensiones técnicas de cada tecnología, y los aspectos sociales. Actualmente estos temas se investigan parcialmente, sin coordinación y sin reglas específicas.

"En la ingeniería solar hay muchas preguntas científicas sin respuesta sobre los riesgos y los efectos secundarios, pero son igualmente importantes las preguntas sobre quién decidirá el despliegue de esta intervención para enmascarar el calentamiento global y durante cuánto tiempo", ha dicho Marcia McNutt, presidenta de las academias. "Dada la urgencia de la crisis climática, es necesario estudiar más la geoingeniería solar, pero lo mismo que sucede con otros campos, como la inteligencia artificial o la edición genética, la ciencia tiene que preguntar a la población no solo si podemos hacerlo realidad sino si debemos".

Como pasa tantas veces en ciencia, avanzar en el conocimiento, aunque sea en temas que nunca se hagan realidad exactamente como se previeron, puede dar una ventaja sustancial en muchas otras áreas a los países que los investigan. Este puede ser uno de esos casos.

 06/04/2021 07:07

Por Malen Ruiz de Elvira

Fuentes: 15-15-15 [Imagen: Txus Cuende]

Imagine que vive en una casa cuyos cimientos tienen daños estructurales. Al principio puede que usted no lo note mucho. De vez en cuando, puede que aparezcan algunas grietas en las paredes. Si se ponen muy mal, dará usted una nueva capa de pintura sobre ellas, y todo quedará otra vez perfecto, al menos por un tiempo.

Pero ¿y si su casa está asentada sobre una zona de terremotos? Quienes vivimos en California sabemos lo que es llamar al ingeniero de estructuras y que te diga que la casa tiene que ser reformada si quieres que sobreviva al Big One. A veces es necesario trabajar en sus cimientos, cuando hay defectos ocultos sobre los que hemos construido nuestra casa.

Podemos pensar que nuestra visión del mundo occidental es una casa cognitiva en la que vivimos —un edificio de ideas que capa a capa se ha construido sobre anteriores edificaciones, acumuladas por las generaciones pasadas. Nuestra civilización global se enfrenta a la amenaza de su propio Big One, un Gran Terremoto, en forma de cambio climático, el agotamiento de los recursos y la extinción de las especies. Si nuestra visión del mundo está construida sobre cimientos temblorosos, necesitamos saberlo: necesitamos descubrir las grietas y repararlas antes de que sea demasiado tarde.

Nuestra visión del mundo es un conjunto de asunciones que tenemos sobre cómo son las cosas: cómo funciona la sociedad, su relación con el mundo natural, lo que es valioso y lo que es posible. Ese conjunto permanece a menudo incuestionable e implícito, pero es profundamente sentido y subyace a muchas de las decisiones que tomamos en nuestras vidas.

Formamos nuestra visión del mundo implícitamente conforme crecemos, a partir de la familia, los amigos, y de la cultura, y una vez construida, apenas somos conscientes de ella a menos que se nos presente una visión diferente del mundo en comparación. El origen inconsciente de nuestra cosmovisión la convierte en casi inflexible. Eso es perfecto cuando trabaja para nosotros. Pero ¿qué ocurre si nuestra visión del mundo está causando que actuemos forzosa y colectivamente en maneras que en realidad están minando el futuro de la humanidad? En ese caso, es importante que tengamos una mayor conciencia de ella.

En la investigación de mi libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning he excavado esas capas ocultas de nuestra moderna cosmovisión y he encontrado que muchas de las ideas que consideramos sacrosantas se apoyan en cimientos dañados. Hay mitos que emergieron de asunciones erróneas hechas en diferentes momentos y lugares de la historia. Se han repetido con tanta frecuencia que mucha gente jamás ha pensado en cuestionarlas. Pero es necesario hacerlo, porque las bases de nuestra civilización y su perspectiva, son estructuralmente defectuosas.

La buena noticia es que, de cada defecto estructural, podemos encontrar un principio alternativo que ofrece una base sólida para un florecimiento sostenible y a largo plazo. Nuestra mayor esperanza como civilización que sobreviva a ese Gran Terremoto que viene, es reconocer esos defectos subyacentes, y trabajar juntos para reconstruir una visión global con basamentos más seguros. Hay ocho fallas profundas que he encontrado, junto con sus principios alternativos que, en conjunto, podrían crear la base de una civilización floreciente para las generaciones futuras.

Fallo estructural 1: Los seres humanos son fundamentalmente egoístas

La economía moderna se basa en la asunción —respaldada por teorías biológicas obsoletas— de que los seres humanos se mueven predominantemente por su propio interés, y que sus acciones egoístas en conjunto son la fuente de muy buenos resultados para la sociedad. En palabras del biólogo de la vieja escuela Richard Alexander, “la ética, la moral, la conducta , y la psique humana sólo pueden entenderse si vemos las sociedades como conjuntos de individuos, cada uno de ellos en busca de su propio interés”. La historia geopolítica del siglo XX se usa como prueba de esta filosofía. El Comunismo fracasó, se nos dice, porque estaba basado en una visión no realista de la naturaleza humana, mientras que el Capitalismo triunfó porque se fundamenta en el uso de la naturaleza egoísta de cada individuo para el bien final de la sociedad.

Nuevo fundamento: Los seres humanos son fundamentalmente cooperativos.

De hecho, la Antropología moderna y la Neurociencia muestran que la cooperación, la identidad grupal, y el sentido de la justicia son rasgos definitorios de la humanidad. En contraste con los chimpancés, obsesionados por competir entre ellos, los humanos evolucionaron para convertirse en los primates más cooperativos, a través de su habilidad para compartir con otros sus intenciones, y para reconocer al mismo tiempo que los otros ven el mundo desde diferentes perspectivas. Esto permitió a los primeros humanos trabajar colaborativamente en tareas complejas, creando comunidades que compartían valores y prácticas que se convirtieron en la base de la cultura y la civilización.

Un elemento esencial en la habilidad de los humanos para trabajar juntos es el sentido evolucionado de justicia. Sentimos la justicia tan intensamente que preferimos abandonar antes que permitir que alguien se aproveche injustamente de nosotros. El sentido intrínseco de la justicia es, según indican psicólogos evolutivos prominentes, el ingrediente extra que condujo al éxito evolutivo de nuestra especie y que creó la base cognitiva de valores cruciales de nuestro mundo moderno, como la libertad, la igualdad y el gobierno representativo.

En un 99% del tiempo de historia humana, vivimos juntos en grupos de cazadores recolectores, en los que predominaba un ethos igualitario. Si un cazador de éxito empezaba a ser socialmente más dominante, el resto del grupo se aliaba para mantener su ego bajo control. Una ética compartida prevalecía en todos los aspectos de la vida. Cuando un antropólogo preguntó a un cazador recolector en el remoto Amazonas por qué en su grupo no ahumaban o secaban la carne para almacenarla, pese a saber cómo hacerlo, respondió: “Yo almaceno mi carne en el estómago de mi hermano”.

Fallo estructural número 2: Los genes son fundamentalmente egoístas

En un nivel más profundo, la idea de que los mismos genes son egoístas ha calado en la conciencia colectiva. Desde que en 1976 publicara Richard Dawkins El Gen Egoísta, la gente ha llegado a creer que la evolución es el resultado de la competición entre genes, siguiendo un impulso sin remordimientos por replicarse a sí mismos. La competición más ruda es vista como la fuerza que separa a los ganadores de los perdedores en la evolución.

Incluso el altruismo es interpretado como una forma sofisticada de conducta usada por un organismo para propagar sus propios genes de modo más eficaz. El biólogo Robert Trivers generó una noción de lo que denominó el “altruismo recíproco”, como una antigua estrategia evolutiva presente en la conducta de peces y pájaros, e interpretó el altruismo humano del mismo modo: “Bajo ciertas circunstancias”, escribió, “la selección natural favorece estas conductas altruistas porque a largo plazo benefician al organismo que las lleva a la práctica”.

Nuevo fundamento: La naturaleza es una red

Este argumento ha quedado muy desacreditado como interpretación simplista de la evolución. En su lugar, los biólogos están desarrollando una visión más sofisticada de la evolución, como una serie de sistemas complejos e interconectados, en los que los genes, los organismos, la comunidad, la especie, y el entorno interactúan todos unos con otros, tanto competitivamente como cooperativamente, en una red que se extiende en el tiempo y en el espacio. Los ecosistemas se mantienen saludables por su interacción intensamente sincronizada entre muy diferentes especies. Los árboles en un bosque, hemos descubierto, se comunican unos con otros en una red compleja que los mantiene colectivamente con salud —un sistema al que se ha denominado la wood wide web.

En lugar de un campo de batalla de genes egoístas compitiendo para superar unos a los otros, los biólogos modernos ofrecen una nueva visión de la naturaleza como una red de sistemas interconectados, que dinámicamente se optimizan en diferentes niveles de la selección evolutiva. Este reconocimiento de que las redes colaborativas son parte esencial de los ecosistemas sostenibles puede inspirar nuevas vías para estructurar la tecnología humana y la organización social para un futuro florecimiento.

Fallo estructural 3: Los humanos están separados de la naturaleza

Más profundo que los anteriores fallos estructurales es este otro: la creencia implícita en que los humanos están separados de la naturaleza. La fuente de esta idea puede rastrearse hasta los antiguos griegos. Platón veía al ser humano como una entidad dividida, en la que un alma eterna se hallaba encerrada en un cuerpo mortal. El fin último de la filosofía era dejar atrás el cuerpo e identificarse solo con el alma que nos vinculaba a la divinidad. Dos milenios y medio después, Descartes actualizó el mito de Platón con su idea de que la verdadera esencia de la persona es su pensamiento, mientras que el cuerpo no es asunto de valor intrínseco alguno.

La implicación de esta división cartesiana es que el resto de los animales naturales, las plantas, y todo lo demás, no tiene valor porque no piensa como un ser humano. Al desacralizar la naturaleza, se permitió a los humanos utilizarla sin remordimientos para sus intereses propios. El Viejo Testamento proporcionó más justificación teológica a este mito, con el mandato de Dios a Adán y Eva de que debían “dominar” la tierra y “reinar” sobre todo ser viviente en ella.

El proyecto de la ciencia, que despegó en el siglo XVII, via a partir de ahí cada aspecto del mundo material como el libre juego para la recogida de datos, la investigación, y la explotación. Francis Bacon inspiró a generaciones de científicos con su llamada a “conquistar la naturaleza”. Los arengó para que “unieran fuerzas contra la naturaleza de las cosas, para que estallaran en la ocupación de sus castillos y sus fortalezas, y extendieran los límites del imperio humano”.sepa

Nuevo fundamento: Los seres humanos son parte integral de la naturaleza

Estas ideas están tan intrincadas en la psique moderna que es fácil olvidar que son exclusivas de la visión europea del mundo. Otras culturas a lo largo de la historia han visto a los humanos compartiendo el mundo en igualdad con todas las otras criaturas. La tierra es su madre, el cielo su padre. Aquellos que deseen estar en armonía con la naturaleza, en palabras del Tao Te Chin, deben ser “reverentes, como los invitados”.

Los hallazgos de la Biología moderna y de la Neurociencia validan el conocimiento implícito de las tradiciones tempranas. Los humanos son de hecho organismos mentales-corporales integrados, que contienen en su interior ecosistemas y que igualmente participan en los más amplios ecosistemas de la naturaleza. Cuando destruimos la complejidad del mundo natural, minamos el bienestar de todos los organismos, incluido el nuestro propio. En las profundas palabras de un slogan en la COP21 de Paris, “No defendemos la naturaleza. Somos naturaleza que se defiende a sí misma”.

Fallo estructural 4: La naturaleza es una máquina

Junto a la separación de los humanos respecto a la naturaleza, otro mito cultural exclusivamente europeo proclama que la naturaleza es una máquina. Desde la revolución científica del siglo XVII, la visión de la naturaleza como una máquina compleja se ha extendido mundialmente, llevando a algunas de las más brillantes mentes de nuestro tiempo a perder de vista que esta frase es una metáfora, y a creer erróneamente que la naturaleza es realmente una máquina.

Ya en 1605, Kepler encuadraba su vida de investigador en esta idea, al escribir: “Mi intención es mostrar que la máquina celestial es más comparable al mecanismo de un reloj que a un organismo divino”. Del mismo modo, Descartes declaraba: “No reconozco diferencia alguna entre las máquinas hechas por artesanos y los diversos cuerpos que la naturaleza compone por sí misma”.

En décadas recientes, Richard Dawkins ha difundido una versión actualizada de este mito cartesiano, escribiendo con gran éxito que “la vida son simplemente bytes y más bytes de información digital”, y añadiendo: “Esto no es una metáfora, es la pura verdad. No sería más evidente si llovieran discos duros”. Si abrimos cualquier revista científica, veremos genes descritos como programadores que “codifican” ciertos rasgos, en tanto la mente es considerada un “software” para el “hardware” del cuerpo, que es programado de determinadas maneras. Esta ilusión maquinística es ubicua, engañando a tecno-visionarios en busca de la inmortalidad, para que hagan una copia de seguridad de su mente, así como a tecnócratas que esperan resolver el cambio climático mediante geo-ingeniería.

Nuevo fundamento: La naturaleza es un fractal auto-regenerativo

Los biólogos señalan principios intrínsecos a la vida que se apartan categóricamente de la más compleja de las máquinas. Los organismos vivos no pueden ser descompuestos, como un ordenador, en hardware y software. La composición biofísica de una neurona está intrínsecamente ligada a sus computaciones: la información no existe separadamente de su construcción material.

En décadas recientes, los pensadores de sistemas han transformado nuestra comprensión de la vida, mostrándola como un sistema auto-regenerativo y auto-organizado, que se extiende como un fractal a una escala siempre creciente, de una simple célula a un sistema global de vida en la Tierra. Todo en el mundo natural es más dinámico que estático, y los fenómenos biológicos no pueden predecirse con precisión: en lugar de leyes fijas, necesitamos investigar los principios organizativos subyacentes de la naturaleza.

Esta nueva concepción de la vida nos lleva a reconocer la interdependencia intrínseca de todos los sistemas vivientes, incluído el humano. Nos ofrece las bases de un futuro sostenible en el que la tecnología es utilizada no para conquistar la naturaleza o para reorganizarla, sino para armonizarnos con ella haciendo así nuestra vida más floreciente y llena de sentido.

Fallo estructural número 5: El PIB es una buena medida de prosperidad

Oímos continuamente que el Producto Interior Bruto es un indicio claro del éxito de un país. Sin embargo lo que en realidad mide el PIB es la velocidad a la que transformamos la naturaleza y las actividades humanas en economía monetaria, sin considerar si esa transformación es beneficiosa o nociva. El defecto esencial de tomar el PIB como medida de la riqueza de un país está en que no establece distinción entre las actividades que promueven el bienestar y aquellas que lo reducen. Cualquier cosa que genere actividad económica del tipo que sea, buena o mala, cuenta para el PIB.

Cuando alguien cosecha de su jardín vegetales y los cocina para un amigo, ello no genera impacto alguno en el PIB, y en cambio, comprar una comida similar de la sección de congelados del supermercado implica un intercambio de dinero, y por ello se registra en el PIB. Con este extraño sistema de contabilidad, la polución tóxica puede ser triplemente beneficiosa para el PIB: primero cuando una compañía química genera al producir residuos nocivos; segundo, cuando es preciso limpiar dichos residuos; y tercero, si causan daños en las personas, requiriendo tratamiento médico.

La medida del PIB no solamente es anómala, sino peligrosa para el futuro de la humanidad, porque sus métricas tienen un impacto profundo en lo que la sociedad intenta conseguir. Se vota o deja de votar a líderes nacionales para gobernantes según contribuyen o no al crecimiento del PIB. Reconociendo esto, varios grupos, incluida la ONU y la Unión Europea, están explorando modos alternativos de medición de la verdadera riqueza de una sociedad. El estado de Bután fue el pionero al crear su índice de Felicidad Interior Bruta, que incorpora valores como el bienestar espiritual, la salud, y la biodiversidad.

Nuevo fundamento: Medir el progreso genuino de un país

Estas medidas alternativas ofrecen una historia muy diferente de la experiencia humana en los últimos cincuenta años, que la que nos muestra el PIB. Los investigadores han desarrollado una medición denominada Indicador del Progreso Genuino (GPI, por sus siglas en inglés), que registra aspectos negativos como la desigualdad de ingresos, la polución ambiental, o el crimen, así como aspectos positivos como las actividades de voluntariado o el trabajo doméstico, como producción nacional. Cuando se aplicó este índice a diecisiete países del mundo, se descubrió que, aunque el PIB ha crecido continuamente desde 1950, el GPI mundial alcanzó un pico en 1978 y no ha hecho sino decrecer desde entonces.

Una vez que comencemos a medir el éxito de nuestros políticos basándonos en el GPI, y no en el PIB, será más factible que el mundo se mueva hacia un modo de vida más sostenible antes de que sea demasiado tarde.

Fallo estructural número 6: La Tierra puede sostener el crecimiento ilimitado

Los mercados financieros mundiales se basan en la creencia de que la economía global seguirá creciendo indefinidamente, y sin embargo esto es imposible. Cuando la teoría económica moderna se desarrolló en el siglo XVIII, parecía razonable ver los recursos naturales como ilimitados porque, a todos los efectos de entonces, lo eran. Sin embargo, tanto el número de seres humanos como la velocidad a la que consumen ha explotado dramáticamente en los pasados cincuenta años, de modo que esta asunción es hoy lamentablemente falsa.

A la velocidad actual de crecimiento de 77 millones de personas por año —equivalente a una nueva ciudad de un millón de habitantes cada cinco días—, los demógrafos prevén un mundo con casi 10 mil millones de habitantes para 2050. La gente de todo el globo, bombardeada con las imágenes del modo de vida de los países ricos, comprensiblemente aspiran al mismo nivel de confort para sí mismos. Empujada por ese apetito insaciable de crecimiento, la economía mundial proyecta cuadruplicarse para 2050.

Los científicos han calculado que los humanos se apropian actualmente de un 40% de la energía disponible para sostener la vida en la Tierra —denominada Productividad Primaria Neta— para su propio consumo. Los seres humanos usamos más de la mitad del agua potable mundial y hemos transformado el 43% de la tierra en terreno agrícola o urbano. Para sostener nuestra velocidad actual de expansión, la apropiación por los humanos de la Productividad Primaria Neta debería duplicarse o triplicarse a mitad de siglo. Si echamos cuentas, esto no puede conseguirse en un sólo planeta tierra. En palabras del teórico de sistemas Kenneth Boulding: “Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar siempre en un mundo finito es o un loco o un economista”.

Nuevo fundamento: Crecer en calidad, no en consumo

La solución es transformar nuestra cultura subyacente —dejar de buscar el crecimiento del consumo— y en su lugar buscar el crecimiento de la calidad de nuestra vida. Podemos escoger participar en una economía circular, en la que prestamos, compartimos, reutilizamos o reciclamos —y cuando compremos algo nuevo, asegurémonos de que proviene de un proceso sostenible.

Pero del mismo modo que cambiar las bombillas no va a detener el cambio climático, la economía circular por sí sola no impedirá el colapso de la civilización bajo su propio peso. Necesitamos llegar a la fuente de esa carrera frenética por el perpetuo crecimiento: la dominación de nuestra economía por las empresas globales impelidas por el mandato de maximizar los ingresos de sus accionistas por encima de toda otra consideración. Despertar la conciencia pública sobre cómo esas fuerzas no humanas están conduciendo a la humanidad a la catástrofe, es una de las tareas más esenciales para todos los que nos preocupemos por el futuro floreciente de las nuevas generaciones.

Fallo estructural número 7: La tecnología es la solución

Los tecno-optimistas frecuentemente ridiculizan a Thomas Malthus, un clérigo inglés del siglo XVIII que fue el primero en advertir sobre los peligros del crecimiento exponencial. Para cada problema que emerge, aseguran, la tecnología ofrece una solución. Sin embargo, las soluciones basadas puramente en la tecnología tienden a dejar de lado los elementos estructurales profundos, a menudo creando incluso mayores problemas en el camino.

Un ejemplo es la Revolución Verde del final de los años 60, que, se dice, salvó a casi mil millones de personas de morir de hambre, exportando la agricultura altamente industrializada al mundo en vías de desarrollo. Sus consecuencias inesperadas amenazan ahora el futuro de la humanidad. El uso ubicuo de los fertilizantes artificiales ha generado masivas zonas muertas en los océanos, por los escapes de nitrógeno y la reducción severa de las capas superficiales terrestres; el uso indiscriminado de pesticidas químicos ha roto los ecosistemas; y la agricultura industrial contribuye con un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero a causar el cambio climático.

Una razón por la que nos enfrentamos a una crisis global de sostenibilidad es que nuestra cultura alimenta actitudes destructivas hacia la Tierra. La tecnología ha traído una plétora de mejoras en la experiencia humana, pero al mismo tiempo, ha empujado la creencia subyacente occidental de que “conquistar la naturaleza” es el principal vehículo del progreso. La naturaleza, sin embargo, no es un enemigo que conquistar, y cada paso que damos en esa dirección desestabiliza más y más la intrincada relación entre los humanos y nuestra única fuente de vida y de futuro floreciente, la Tierra.

Nuevo fundamento: El cambio sistémico y no el arreglo tecnológico

En lugar de confiar solamente en la tecnología, las soluciones verdaderamente efectivas trabajan con las bases sistémicas de nuestras crisis, transformando las prácticas que han causado el problema en primera instancia. La agroecología, por ejemplo, un enfoque de la agricultura basado en los principios de la ecología, contempla la tierra como un sistema profundamente interconectado, reconociendo que la salud de los seres humanos y la de la naturaleza son interdependientes. La agroecología diseña y gestiona los sistemas de alimentación para que sean sostenibles, aumentando la fertilidad del suelo, reciclando nutrientes, e incrementando la eficiencia de la energía y del agua.

Ya ampliamente incorporada en Hispanoamérica, la agroecología está ganando rápida aceptación en los EE. UU. y en Europa, y tiene la capacidad para reemplazar el sistema agro-industrial. La agroecología puede incluso ayudar a captar el exceso de carbono en la atmósfera. El Instituto Rodale ha calculado que la práctica regenerativa orgánica de la agroecología, como el compostado, el barbecho y rotación de cosechas así como el uso de cosechas protectoras del suelo pueden captar más del 100% de las emisiones anuales de CO2, si se generalizan en el mundo.

Fallo estructural 8: El universo no tiene sentido

La mayoría de la ciencia trabaja a partir de un enfoque reduccionista: en ella se ve el mundo como un ensamblaje de partes que pueden analizarse por separado. Este método ha conducido a un enorme progreso en muchos campos, pero su propio éxito ha causado que muchos científicos contemplen la naturaleza como nada más que una colección de partes, una perspectiva que conduce inevitablemente al nihilismo espiritual. En las palabras del Premio Nobel de Física Seven Weinberg, “cuanto más sabemos del universo, más vacío de sentido se nos aparece”. En último término, la corriente moderna de pensamiento se fundamenta en la desconexión: la separación de la mente y del cuerpo, del individuo y su comunidad, y del ser humano y la naturaleza.

Nuevo fundamento: El universo es una red de sentido

Sin embargo, en décadas recientes, las intuiciones de la Teoría de la Complejidad y de la Biología de Sistemas apuntan hacia una nueva concepción de un universo conectado, que es tanto científicamente rigurosa como espiritualmente rica en significado. En esta comprensión, las conexiones entre las cosas son frecuentemente más importantes que las cosas mismas. Al subrayar los principios subyacentes que se cumplen en todos los seres vivos, esta concepción nos ayuda a darnos cuenta de nuestra interdependencia intrínseca con toda la naturaleza.

En lugar de los fallos cognitivos estructurales que han conducido a la humanidad al abismo, la perspectiva sistémica invita a una nueva comprensión de la naturaleza como una “red de sentido”, en la que la misma interconexión de toda vida, da sentido y resonancia también a nuestra conducta individual y colectiva. Cuando aplicamos este marco mental a nuestra vida, el sentido brota, del modo como estamos relacionados con todo lo que nos rodea. El sentido se convierte así en una función de la interconexión —y el sentido de la vida, en una propiedad emergente de la red de conectividad que es el universo—. Vivir con esta profunda comprensión, nos hace sentir que estamos verdaderamente en casa en el universo.

Establecer las bases del florecimiento

No es necesariamente una tarea fácil: reestructurar las bases para prepararnos para el Gran Terremoto, mientras tantos otros están preocupados escogiendo los colores nuevos para pintar las grietas que aparecen en los muros. Sin embargo, una vez nos hacemos conscientes de los fallos estructurales en la cultura dominante, no podemos ignorarlos. Empezamos a ver manifestaciones de los mismos por todas partes.

No es una tarea fácil, quizás, pero puede ser profundamente transformadora. Es una necesidad acuciante, la reconstrucción de nuestro sistema de valores, que puede llevarnos a la posilibidad de encontrar un sentido profundo, mediante la conexión con nosotros mismos, con los demás y con el mundo natural. Estas nuevas bases, fundamentadas en ver el cosmos esencialmente como una red de significado, tiene el potencial de ofrecer un futuro sostenible de dignidad humana compartida y de florecimiento del mundo natural.

Por JEREMY LENT. Sus escritos investigan los patrones de pensamiento que han conducido a nuestra civilización a la actual crisis de sostenibilidad. Es fundador de la iniciativa sin ánimo de lucro Liology Institute dedicada a promover una cosmovisión integrada, al tiempo rigurosamente científica y con un sentido intrínseco, que pueda capacitar a la Humanidad para salir adelante de una manera sostenible sobre la Tierra. Su libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning (2017), profundiza en las raíces históricas de nuestra cosmovisión moderna. Su último libro lleva por título: The Web of Meaning: Integrating Science and Traditional Wisdom to Find Our Place in the Universe.

 

 (Publicado originalmente en la revista Tikkun. Traducido con permiso por Eva Aladro Vico y revisado por Manuel Casal Lodeiro)

Publicado enSociedad
Un gigante globo de helio se eleva desde la estación espacial Esrange cerca de Kiruna, Suecia, el 7 de julio de 2011.Swedish Space Corporation / AFP

La primera fase del experimento, dirigido por un equipo de científicos de la Universidad de Harvard, estaba prevista para el próximo mes de junio en el país escandinavo.

Las autoridades suecas han cancelado un controvertido experimento de geoingeniería solar para enfriar artificialmente el planeta financiado por el multimillonario y filántropo estadounidense Bill Gates.

En el marco del denominado Experimento de Perturbación Controlada Estratosférica o SCoPEx, un equipo de científicos de la Universidad de Harvard (Massachusetts, EE.UU.) iba a verter a la atmósfera toneladas de polvo de carbonato de calcio no tóxico con el objetivo de intentar atenuar la radiación solar y contrarrestar así los efectos del calentamiento global.

El polvo químico iba a ser llevado a una altura de 20 kilómetros por medio de un globo científico que los investigadores tenían previsto lanzar el próximo junio desde la estación espacial Esrange, ubicada en la ciudad de Kiruna, en el extremo norte de Suecia.

Sin embargo, el proyecto creó gran controversia y este miércoles la Corporación Espacial Sueca (SSC, por sus siglas en inglés), que opera la estación Esrange, comunicó que el vuelo de prueba no se llevaría a cabo. La agencia espacial explicó que "la comunidad científica está dividida con respecto a la geoingeniería" y que después de dialogar con expertos, las partes interesadas y la Universidad de Harvard, "la SSC decidió no realizar el vuelo de prueba técnico previsto para este verano".

Si bien el sitio web de SCoPEx asegura que el experimento "no representaría un peligro significativo para las personas o el medio ambiente" y liberaría solo una pequeña cantidad de partículas en el aire, activistas suecos se han opuesto abiertamente a la iniciativa advirtiendo que el proyecto de Harvard podría tener "consecuencias catastróficas".

El Consejo Saami, que aboga por los derechos del pueblo indígena lapón de Suecia, y tres grupos ambientalistas locales firmaron una carta conjunta en la que defienden que "la investigación y el desarrollo de la tecnología de la inyección de aerosoles estratosféricos tienen implicaciones para todo el mundo y no deben avanzarse sin un consenso global pleno sobre su aceptabilidad".

Mientras, David Keith, profesor de física aplicada en la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de Harvard que forma parte del proyecto cancelado, afirmó a Reuters que su equipo planea utilizar los próximos meses para tratar de convencer a las autoridades suecas de que les den luz verde para una prueba eventual, pero en caso de rechazo, el vuelo podría trasladarse a EE.UU. para el año que viene.

 

Publicado: 2 abr 2021 10:43 GMT

La guerrilla global de científicos que intenta proteger los datos ambientales de interferencias de los gobiernos

Cuando en noviembre de 2016 Donald Trump nombró como director de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos a un negacionista del cambio climático, el antropólogo ambiental Nick Shapiro decidió a escribir un email urgente a una docena de científicos.

La conversación que el investigador había tenido con un par de compañeros le puso en guardia sobre el problema que el nuevo presidente podría crear en el futuro. El Gobierno conservador de Stephen Harper en Canadá había eliminado datos científicos irrecuperables durante su mandato de 2006 a 2015, y en la época de George W. Bush varias páginas del organismo dedicado a la protección del medio ambiente se habían "caído". Escuchar a Trump referirse a la Agencia de Protección Ambiental como "el hazmerreír del mundo" tampoco tranquilizaba. "Quizá es el momento de salir de nuestras respectivas madrigueras", dijo Shapiro a sus colegas en el email, "intercambiar opiniones, pensar en nuestras formas de investigación y empezar a trabajar".

Nick Shapiro recuerda un tanto sorprendido cómo aquel mensaje puso en marcha un movimiento que descubrió un problema con un impacto global y en el que todavía queda mucho por hacer. El correo, al que respondieron tanto científicos como personas que trabajaban en la protección del medio ambiente, desencadenó un debate para proteger el acceso a las bases de datos a través del llamado "archivo de guerrilla".

En los primeros meses, Shapiro y el pequeño grupo, que tomaron el nombre de Environmental Data & Governance Initiative (EDGI en sus siglas en inglés), copiaron y analizaron miles de páginas web del Gobierno y las pusieron a disposición del público a través de la biblioteca digital Internet Web Archive. Además, empezaron a buscar personal de la Agencia de Protección Ambiental para hacer entrevistas que recogieran su experiencia y conocimiento. Esas entrevistas, que hoy llegan a 150 y han empezado a publicarse tras el cambio de Gobierno con nombres reales, resultan, según sus autores, una fuente de enorme valor sobre lo que estaba ocurriendo desde dentro.

Hoy en día, EDGI sigue trabajando para asegurar el acceso del público a la información ambiental. "El trabajo aún no ha terminado", asegura Shapiro, que ahora colabora en el proyecto de forma más ocasional. En el último año, la organización empezó a publicar las sanciones de la agencia ambiental para que las comunidades puedan encontrar en qué regiones las compañías incumplen las leyes ambientales. También ha creado las tarjetas informativas para los distritos congresuales, donde se recopila para cada distrito las infracciones y cómo han variado en el tiempo.

La idea es evitar que los cambios de Gobierno interfieran en la información que recibe el público o con pérdidas de evidencias ambientales. "Solo cuando los ciudadanos pueden acceder a los datos hay una verdadera democracia", explican los organizadores detrás de este proyecto.

La Administración de Trump sirvió para aprender en el propio terreno los obstáculos al conocimiento que puede crear un cambio gubernamental. Según los informes que ha publicado este organismo, durante los primeros meses de su presidencia, el término cambio climático descendió casi un 40% en las páginas de las agencias ambientales federales de Estados Unidos; algunas páginas gubernamentales dificultaron el acceso a la información sobre la contaminación; y ciertas webs que contenían datos sobre las regulaciones dirigidas a proteger el aire y el agua de diferentes regiones se retiraron previamente a que la Administración de Trump propusiera revocarlas.

Nick Shapiro asegura que movimientos similares de protección de los datos serían útiles en otras zonas del mundo. "En el centro de nuestra crisis ambiental se encuentra un problema de imputar responsabilidades y nuestros gobiernos no van a implementar protecciones por sí solos", señala, "más bien necesitan que lo exija una coalición amplia apoyada con evidencias".  

El trabajo de EDGI trascendió enseguida a los medios de comunicación y muchos de los que allí trabajan creen que esto frenó algunas acciones. Pero los científicos también descubrieron que, incluso en el gobierno federal dominaba la desorganización y competían diversos intereses, por lo que ninguno está seguro de los motivos de algunos cambios.

Alejandro Paz, un estudiante de la Universidad de Boston al que un colega recomendó el proyecto de EDGI, se sorprendió cuando descubrió por sí mismo como voluntario el caos detrás de las páginas federales. "Como bibliotecario estaba interesado en las nuevas tecnologías digitales que facilitan nuestra tarea", dice Paz, "y en ver cómo podía mejorar hacer accesible y fácil de encontrar la información. Aprendí lo importante que era el archivo de páginas web para la libertad de información".

Tanto Paz como Shapiro admiten que el gran éxito de EDGI ha sido construir una infraestructura y un programa informático que permite mantener un control sobre millones de páginas en todo Internet. El trabajo del equipo internacional de informáticos ha conseguido una herramienta que ahora forma parte del corazón del megaarchivo digital Internet Wayback Machine y que podría tener ramificaciones globales.

Pero Shapiro admite que, cuando mandó su primer email, no tenía claro cómo acabaría. "No estaba seguro de qué podía esperar, si te soy sincero", contesta en uno de los mensajes que intercambiamos. "Había un sentido de anticipación y una corazonada que pendía sobre nosotros y nos motivaba a trabajar al máximo. Al cabo de dos meses vimos que algo muy especial estaba ocurriendo. Y sentimos que era un trabajo de equipo, como un esfuerzo colectivo que podía conseguir intervenciones importantes".

Por Laura Rodríguez

17 de marzo de 2021 23:17h

Publicado enMedio Ambiente
Y la guerra contra la Tierra desembocó en una pandemia global

Un año buscando un culpable. Durante estos 365 días de pandemia, los dedos de la humanidad han apuntado hacia todo tipo de causas sin encontrar respuestas, sólo estigmas y conspiraciones. Lo evidente es que las explicaciones a este colapso parcial de los sistemas socioeconómicos –que durante los primeros meses de epidemia adquirió tintes distópicos– no están ligadas a la aleatoriedad de la naturaleza, ni a los intereses rebuscados de una nación asiática por alterar el orden geopolítico mundial, sino que se relacionan directamente con la forma en la que el ser humano se relaciona con la Tierra. El origen del nuevo coronavirus no es un pangolín, tampoco un laboratorio, sino una crisis ecológica provocada por las sociedades neoliberales y su cultura del crecimiento material.

«No hay duda de ello», asiente Fernando Valladares, doctor en Ciencias Biológicas e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Si bien no se sabe el origen exacto de la covid-19, todas las certezas científicas del momento apuntan a la pérdida de biodiversidad generada por actividades económicas como la deforestación, el comercio y la cría intensiva de especies animales. La propia ONU ha advertido de cómo la guerra contra la Tierra y el deterioro de los ecosistemas está llevando a la humanidad a una nueva era marcada por la aparición de epidemias. Tanto es así que el último informe del IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de Ecosistemas) señala que en la naturaleza hay 1,7 millones de virus desconocidos que podrían saltar a la especie humana en cualquier momento en un proceso de zoonosis.

Para Valladares, la destrucción de la naturaleza es esencial para entender el origen de esta coyuntura epidémica en la que las civilizaciones modernas se han visto inmersas. «Estamos defecando sobre los ecosistemas, los estamos volviendo prácticamente disfuncionales y eso tiene unas consecuencias», advierte el experto. Donde hay un bosque, donde hay poblaciones de mamíferos y aves, hay biodiversidad, que no es otra cosa que un escudo protector que pone distancias entre el ser humano y los patógenos que se concentran en los reservorios naturales. Existen tres niveles de variedad natural que contribuyen a controlar la proliferación de patógenos. Por un lado, La diversidad de formas de vida: predadores y presas, carnívoros y herbívoros, de sangre fría y de sangre caliente. Cada una de estas funciones aportan un equilibrio natural que impide que haya sobrepoblación de especies que alberguen mayor número de reservas víricas. Por otro lado, en los ecosistemas hay una biodiversidad que afecta a animales dentro de un mismo grupo, es decir, diferentes tipos de roedores, de aves, de mamíferos. «Esto es un mecanismo de dilución que ayuda a disminuir las cargas víricas», matiza el investigador. Por último, hay una tercera escala de biodiversidad que afecta a un nivel genético, de tal forma que un virus no afecta de la misma forma a todos los animales de una misma especie concreta. «Este mecanismo lo tenemos los propios humanos y lo hemos visto con el coronavirus, cuando la enfermedad se ha manifestado de formas muy diferentes en cada uno de los pacientes».

La forma en la que el ser humano interactúa con animales, el modo en el que elimina hectáreas de bosques y expande sus ciudades sobre la naturaleza contribuye a que todos estos mecanismos se alteren, provocando que los virus y bacterias que permanecen ocultos puedan saltar al ser humano. «La Tierra es un sistema muy complejo de relaciones, donde cada especie tiene su función. De alguna forma, llevamos décadas irrumpiendo en los ecosistemas , alterando hábitats y poniendo especies salvajes cerca de nosotros. Esto no ha hecho más que incrementar los riesgos de que haya zoonosis», expone Gema Rodríguez, responsable de Especies Amenazadas en el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF). 

Un círculo vicioso de malas prácticas

En la pérdida de biodiversidad y el incremento de riesgos de zoonosis intervienen elementos que se retroalimentan en un círculo vicioso. Por un lado, el cambio climático provocado por la actividad económica del ser humano basada en la quema intensiva de combustibles fósiles y el cambio de usos de la tierra. La subida de temperaturas del planeta resulta crucial para entender la propagación de la covid, tal y como apunta una investigación reciente de Science of the Total Environment, que detalla cómo los cambios en el termómetro han terminado alterando los ecosistemas de tal forma que las poblaciones de murciélagos –animal que sirve de reservorio de diversos tipos de coronavirus– de Myanmar o Laos se desplazarán hacia Yunnan, China.

La economía fósil ha provocado una gran crisis climática que es determinante para entender cómo los vectores de contagio de virus de origen animal se acercan cada vez más al ser humano. La covid no es un caso aislado. El zika, la malaria o el dengue también guardan relación con la forma en la que especies de mosquitos se trasladaron a nuevos hábitats con la progresiva subida de los termómetros. En el caso de España, el último informe del Ministerio para la Transición Ecológica y la Fundación Biodiversidad advierte de cómo las transformaciones en el clima pueden convertir la península ibérica en un lugar perfecto para que se asienten mosquitos que transmiten el virus del Nilo o las garrapatas que propagan la Fiebre Hemorrágica Crimea-Congo (FHCC).

«Esta pandemia es un síntoma más de que el ser humano no está en paz con el planeta Tierra. Desde el punto de vista semántico podríamos decir que la relación con el Planeta es violenta», opina Unai Pascual, economista del Centro Vasco para el Cambio Climático (BC3) y uno de los autores del último informe del IPBES sobre biodiversidad y pandemias. Se refiere el experto a otros impulsores directos de procesos de zoonosis, que a su vez aceleran o contribuyen al cambio climático. «Los cambios del uso de la tierra son determinantes», sostiene. En este punto, el experto señala que la deforestación tiene «unas implicaciones notables, ya que la tala masiva de árboles es una forma directa de destrucción de la biodiversidad, además de ser una de las causas principales de la aparición enfermedades infecciosas de origen zoonótico» como el SARS o el ébola, cuya propagación estuvo condicionada por el desplazamiento de especies de animales tras la devastación de selvas y bosques, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que estima que el 70% de los brotes tienen que ver con esa pérdida de espacios verdes.

La deforestación –que lleva asociada una carga de emisiones de CO2 y destruye sumideros de carbono que ayudan a combatir el cambio climático– se relaciona directamente con el modelo agropecuario industrializado, en tanto que donde hoy se eliminan bosques, mañana se plantarán monocultivos de soja o aceite de palma destinados a la alimentación del ganado en las macrogranjas. Tanto es así, que según el Instituto Real de Asuntos Internacionales, el 76% de la tala masiva de árboles tiene que ver con este tipo de cultivos. El peso que ha adquirido la ganadería industrial en la economía neoliberal es, según Valladares, «una bomba de relojería» de cara a la irrupción de nuevas epidemias. Y es que las macrogranjas –además de generar una importante masa de gases de efecto invernadero– han sido en las últimas décadas reservorios de patógenos que han terminado saltando al ser humano. La gripe aviar o la gripe porcina son los dos ejemplos más recientes.

No sólo la ganadería intensiva es un factor de riesgo; el coronavirus también ha puesto en el foco mediático el impacto en la salud que pueden tener los mercados húmedos y la cría de especies invasoras. El mercado de Wuhan, epicentro de la pandemia de la covid-19, ha sido determinante para entender cómo el ser humano se expone al entrar en contacto con especies sacadas de sus hábitats. No en vano, esta epidemia también ha revelado los problemas de otras prácticas peligrosas que se desarrollan en Europa, como la cría intensiva de visones americanos, una especie invasora que ha sido el origen de múltiples rebrotes en el viejo continente durante 2020. Gema Rodríguez, cuya organización reclama el cierre de las fábricas peleteras, argumenta que «la cría de especies salvajes equivale a criar vectores de enfermedades». La cría de especies silvestres es muy común en España, donde existen granjas de jabalís o de liebres destinadas a las sueltas cinegéticas, cuya concentración en espacios reducidos debilita su sistema inmunológico y favorece la propagación de patógenos y enfermedades como la tuberculosis.

La raíz del problema

La ganadería industrial, la deforestación, la cría de especies salvajes o el propio cambio climático son impulsores directos para la aparición de nuevas epidemias como la del coronavirus; prácticas concretas y visibles que, según Valladares, conducen a la humanidad hacia una era donde las pandemias pueden ser cada vez más frecuentes. «Si seguimos así, es objetivo decir que tendremos más procesos de zoonosis. De hecho, es posible que haya múltiples epidemias al mismo tiempo. Es una cuestión de probabilidad y estadística, cuanta más biodiversidad perdamos, menos capacidad tendrán los ecosistemas de protegernos», expone el biólogo. 

Para el economista del BC3, es importante entender que los impulsores directos de la pandemia se sustentan en impulsores indirectos relacionados «con la gobernanza, la economía y las normas que regulan el comercio a nivel local, regional y global». En otras palabras, la tala masiva de árboles o la financiación de la agricultura y la ganadería no son prácticas aisladas, sino que responden a los mecanismos económicos del sistema neoliberal de crecimiento expansivo y a una cosmovisión sociocultural basada en el consumo material. «Que haya unas normas que permitan estas actividades no quiere decir que estas sean buenas. Eso es de lo que debemos empezar a hablar; de meter mano a todo metabolismo económico», argumenta Pascual.

El sistema de crecimiento económico se está topando con los límites físicos del planeta, del que cada vez quedan menos recursos que extraer. La naturaleza, de una forma casi mitológica, envía sus señales de alerta con forma de pandemia; con forma de colapso. Y es que la tiranía del PIB, la cultura de medir la prosperidad de un Estado en función de su riqueza material, está empezando a tener resultados paradójicamente antieconómicos. «Necesitamos bajar el consumo, reorientar la economía hacia los cuidados, desacelerar. Antes de pisar el freno tenemos que distribuir y asignar los recursos productivos de las economías de una forma sostenible. Si no cambiamos los mecanismos de gobernanza a todos los niveles, seguiremos perdiendo biodiversidad, acelerando el cambio climático y padeciendo pandemias» con un gran coste, no sólo humano, sino en la economía de los países. «La única forma de prevenir nuevos virus es desacelerar. No es una opinión, es un hecho basado en toneladas de artículos científicos que nos dicen que es más costosos reaccionar ante una pandemia que prevenir», sostiene Pascual.

Para Valladares, los estragos causados por la covid debería bastar para que la humanidad «aprenda» una lección valiosa sobre la importancia de la biodiversidad. «El enfoque, hasta ahora, ha sido muy paternalista y marcado por actuaciones simbólicas. Hemos tratado de salvar al lince, al lobo, al oso panda, pero no hemos ido a la raíz del problema, que es avanzar hacia un sistema que garantice que los ecosistemas nos puedan aportan seguridad», advierte Valladares. Sin embargo, un año después del estallido de la covid, con la vacuna cada vez más cerca, los datos no hacen ver que las cosas puedan cambiar. De hecho, no se observa un retroceso en actividades económicas vinculadas a la deforestación. Buena prueba de ello es que, tal y como apunta Pascual, mientras el precio del petróleo se tambaleó durante 2020, el de commodities agrícolas como la soja o el aceite de palma ha experimentado un crecimiento lineal durante todo el año.

Cuando la covid llego hace un año,  los cimientos del sistema económico se tambalearon. Las grandes ciudades se vaciaron, los hospitales colapsaron y las economías nacionales se desplomaron. En cierto modo, la pandemia es un espejo que devuelve el reflejo destructivo de la actividad humana. Ahora, la luz que anuncia el final del túnel parece tan cercana como un pinchazo de aguja, pero la pregunta, tras este mal sueño, es si la nueva normalidad traerá una vacuna para los ecosistemas.

10 de marzo de 2021

Publicado enMedio Ambiente
Un rosario de reclamos al Gobierno: vocero de víctimas de Iota denuncia incumplimientos y fallos en la reconstrucción de San Andrés

El líder sanandresano Alberto Gordon May asegura que el Gobierno no ha cumplido con lo pactado en el plan de reconstrucción del Archipiélago.

 

Después de casi cuatro meses de que el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina fue golpeado por el huracán Iota, sus pobladores hablan sobre lo que dicen ser un atropello del Gobierno Nacional en la región.

Así lo hizo saber en entrevista con El Espectador el pastor Alberto Gordon May, presidente de la Autoridad Raizal, órgano que representa a los habitantes nativos del Archipiélago, quien además es el líder de las víctimas del huracán Iota.

Según el vocero, la administración Duque implementó “prácticas neocolonialistas” en las islas, y ha ignorado a sus gobernantes y comunidades. Son varios los problemas que el líder manifiesta como desatendidos en las islas, empezando por el incumplimiento del gobierno Duque respecto al plazo de 100 días que se planteó para la reconstrucción de la región.

De acuerdo con las declaraciones de Gordon May, en El Espectador, “el plazo puesto por el mandatario finalizó el 27 de febrero pasado. Después se extendió hasta el 10 de abril, término que ya se amplió hasta el primer trimestre de 2022. Para ser sincero, dudamos de que haya reconstrucción en los próximos mil días”.

Esta percepción, según el líder, es algo que “todos los miembros de la comunidad comparten”, ya que manifiesta que los sanandresanos hoy están mucho peor que antes del paso de Iota, “antes tenían casa, cubiertas sus necesidades de energía, agua y otros elementos necesarios. Las condiciones a que están sometidos ahora son lamentables, deprimentes e inhumanas”, asegura Gordon May en el diario nacional.

Además, afirma que desconocen el Plan 100 y que tampoco han sido enterados “de un plan anual que se ha anunciado a pesar de las múltiples visitas de Iván Duque”. También agrega que, “Contrario a la Ley 1523 de 2012 (Sistema de Gestión del Riesgo de Desastres), elaborada para ocasiones como la que sufrimos ahora, el Plan de Acción Específico (PAE) para el archipiélago, que será la carta de navegación para las islas, según Susana Correa, gerente de reconstrucción de Providencia, no ha sido ni siquiera firmado por el consejo de ministros”.

Para Gordon May, “el Gobierno ha tenido dos “planes”: el que le cuenta a la comunidad y el que manipula”, y señala a su vez que, “la gente ha venido reaccionando a la improvisación diaria, lo que nos parece sumamente grave porque reinan el desespero y la incertidumbre. Los habitantes están viviendo a sol y lluvia, aunque esta fase de la crisis debió haber sido superada en la primera etapa de la emergencia”.

De acuerdo con el líder sanandresano, “hasta este momento la única persona que conoce el PAE es Susana Correa”, pero aún así el pastor señala que la funcionaria “no lo ha compartido ni discutido con nadie y se escuda en diversas disculpas para protegerse”, además asegura que Correa, “sale a mentir ante los medios” y que, “el Gobierno ha desconocido la totalidad de la ley y ha ignorado, principalmente, los principios de igualdad, protección, el participativo que ordena reconocer y promover la colaboración activa de las comunidades, y, muy importante, el principio de diversidad cultural que exige respetar las particularidades de cada comunidad y aprovechar al máximo los recursos de la misma”.

Esto, según el vocero, fue una acción del Gobierno en la que no se acogió estrictamente a la ley, ya que manifiesta que si “la hubiera cumplido, no habría tanto desespero. La población de las islas está al borde de un colapso emocional por la incertidumbre sobre su presente y, ante todo, sobre su futuro

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Las condiciones actuales en las que viven los sanandresanos

 

Gordon May informó en El Espectador que “mucha gente pasa los días en carpas. Las viviendas a las que les han reparado techos sin reconstruir, sus bases no cuentan con los amarres y las técnicas antihuracán, a pesar de que el propio Ministerio de Vivienda reconoce que hay que cumplirlas”.

A su vez, asegura que a pesar de que “la energía ha sido restablecida y se instalaron unas plantas desalinizadoras (del agua marina), es preciso resaltar que la disponibilidad de agua del embalse Fresh Water Bay ha venido disminuyendo por causa de los procesos erosivos de la cuenca y que este es el único embalse que existe”.

Por eso, señala que “en las épocas de sequía hay escasez. Pero, en este momento, otro motivo de gran preocupación es qué va a suceder con el suministro del líquido, además de la sequía, por la sobrecarga de personas de afuera que llegaron sin medir su impacto”.

En la misma línea, habla del impacto negativo que ha causado el aumento del 20% de la población en las islas, proveniente de personas que están llevando a cabo las labores de reconstrucción. Gordon May asegura que esto ha sido un “un desastre”, empezando por el ámbito ambiental.

“Los servicios de energía y agua que son precarios, igualmente son escasos. Por lo tanto, no dan abasto con el incremento poblacional. También nos preocupa el brusco cambio de relacionamiento social con grupos tan numerosos de personas ajenas a nuestra cultura”, asegura el líder en El Espectador.

Asimismo, afirma que “se desconocen los términos de referencia y códigos de reconstrucción de las viviendas porque las condiciones contractuales con Findeter no han sido puestas a consideración de la comunidad”, ya que según Gordon May, si estos trabajos se hicieran “con las especificaciones técnicas descritas, se podría suplir con trabajo local gran parte de las obras de construcción, para lo cual la comunidad se ha venido organizando. Consideramos que la vinculación laboral externa debe ser gradual y organizada para evitar efectos negativos y garantizar la sostenibilidad social, ambiental y económica”.

De igual forma, el líder reconoce que hay otros problemas en las islas, como que el Gobierno quiso obviar el derecho constitucional de la consulta previa, algo que señala se pudo evitar gracias a que “un grupo de raizales, en la diáspora, ayudó a preparar varias propuestas de casas.

Solo después de insistentes reclamos por parte de líderes de la comunidad, el Gobierno, al parecer, finalmente incluirá tales diseños en sus planes. La vocería y la presión de un grupo de líderes, la veeduría local, a través de tutelas, la Autoridad Raizal, la Comunidad Raizal en la Diáspora, a quienes agradecemos inmensamente, y la prensa local e internacional, ayudaron a que la administración Duque atendiera los reclamos comunitarios”, señaló en el diario nacional el vocero sanandresano.

Gordon May también habló del puente entre San Andrés y Providencia que no ha sido recuperado, pero que en cambio sí se construyó un muelle sin consulta previa de la comunidad, además de otros proyectos como la construcción de la base de Guardacostas o de Salvamento Marítimo que la Armada Nacional ha querido edificar en el sector de Old Town” y el cual también rechazan los raizales.

El líder mencionó además que a tres meses de que empiece la temporada de huracanes en el Caribe, aún no se ha construído por lo menos un albergue en las islas.

7 de Marzo de 2021

Publicado enColombia
Jueves, 04 Marzo 2021 05:54

Renovables, ¿no, gracias?

Renovables, ¿no, gracias?

En años recientes, y más aún en los últimos meses, la aparición de muchos (y grandes) proyectos de instalación de parques eólicos y solares en el territorio está generando la aparición de muchas protestas e impugnaciones desde el mundo rural. La razón es simple: como en otras muchas ocasiones, estas comunidades sienten cómo se les imponen decisiones sin su participación cuando serán ellas las que sufrirán las afectaciones. Pero, ¿qué otros ángulos debemos incluir en este debate?

Renovable, el recurso o la tecnología

Cuando se habla de un recurso renovable está claro a lo que nos referimos. Mientras el petróleo es un bien finito que tarde o temprano se agotará, el Sol, el viento o las mareas, inclusive la energía geotérmica, son fuentes energéticas que pueden perdurar. Quemar petróleo, además, supone emisión de gases con efecto invernadero con impactos cada vez más complejos y destructores, tanto que la Agencia Internacional de la Energía, ya hace algunos años, recomendó dejar en el subsuelo las dos terceras partes de las reservas conocidas de todos los combustibles fósiles. Por todo ello, hay un consenso social en la necesidad de dejar de consumir petróleo. 

Pero esta situación se complejiza cuando analizamos la tecnología y funcionamiento de las actuales formas de aprovechamiento de la energía del Sol y del viento. Las placas solares y los molinos de viento que redibujan nuestros paisajes esconden en su interior la necesidad de unos materiales minerales que, como el petróleo, también son finitos. En algunos casos, son minerales tan escasos que se incluyen en una categoría conocida como ‘tierras raras’. De hecho, no solo la mecánica para extraer la energía depende de minerales finitos, el transporte de la electricidad con la que querremos cargar nuestros coches eléctricos significan muchos kilómetros de cobre. Y como son tantos, y como parece que serán muchos más, la pregunta es doble ¿cuánto cobre está disponible y cuál es el impacto que provoca su extracción?

Minerales importados

En este sentido las campañas de muchas entidades para darnos a conocer el origen del coltán que utilizan todos nuestros teléfonos móviles nos abren los ojos. El cobalto que se requiere en estas tecnologías se encuentra en el Congo. Muy buena parte del cobre en Perú y Chile. El litio de las baterías para almacenar la energía conseguida, en Bolivia, Chile, Argentina y parece que en breve en Portugal. Y esos minerales con nombres complicados de recordar son procesados mayoritariamente en China. 

En todos estos lugares, la acelerada extracción minera que supone abastecer a esta industria y sus usos, provoca graves problemas por contaminación directa de la tierra, agua y aire de la zona, requiere de un uso excesivo de agua que limita otros usos más esenciales como el de boca o el agrícola y genera graves problemas sociales como desplazamientos forzados de comunidades, enfermedades por toda la toxicidad mencionada o verdaderos conflictos bélicos para el control de estos recursos.

Otro ejemplo aún más desconocido 

Es paradójico conocer que para construir molinos de viento “verdes” se deforeste la selva amazónica del Ecuador. Las palas del rotor de los molinos “están hechas en su mayoría de plástico reforzado con fibra de vidrio y madera de balsa unida con resina epoxi o poliéster”, dice Peter Meinlschmidt, director del Instituto Fraunhofer de Investigación de la Madera, Wilhelm-Klauditz-Institut, WKI, en Brunswick.

La balsa es un árbol que crece en los bosques tropicales y en la actualidad, como denuncia la población indígena de Ecuador, está siendo explotada en grandes cantidades por capitales extranjeros, sobre todo chinos. Y aunque es un árbol que crece con rapidez, más rápida es la demanda del material lo que, finalmente, provoca altas tasas de deforestación de la selva y pone en peligro el clima y la vida sostenible (ellas sí) de estas comunidades. Te puede interesar

Lo más importante es el uso

Sin minimizar la importancia de qué energéticos se utilizan y se consumen, cómo se los explota y procesa, así como quién controla la generación de energía, es trascendental pensar para qué se emplea la energía. Si yo uso unos pocos decilitros de gasolina para mi motosierra, ¿hago un uso poco ecológico? Si con ella puedo hacer leña para pasar el invierno, está claro que no. Mayor atención debería de ponerse en este punto pero las administraciones lo ignoran ¿Necesitamos talar árboles para disponer en casa de un aspirador eléctrico cuando existen las escobas?¿Necesitamos consumir petróleo para importar comida que podemos producir en nuestras tierras?

Por Gustavo Duch | 04/03/2021 |

Publicado enMedio Ambiente
Cotización de Bitcoin el 17 de febrero de 2021. Fuente: Coindesk

Bitcoin, la primera criptomoneda creada y que usa la tecnología descentralizada de blockchain, es actualmente un oligopolio de ‘minado’ y una fuente de especulación y gasto energético sin sentido.

 

Elon Musk ya nos tiene acostumbrados a sus excentricidades, pero la última, invertir 1.500 millones de dólares en Bitcoin y comenzar a aceptarlo como método de pago es una de las más significativas, teniendo además graves consecuencias para nuestro planeta, poniendo en peligro incluso el Acuerdo de París. ¿Por qué?

¿Qué es Bitcoin?

Bitcoin es una criptomoneda que utiliza la tecnología blockchain. Las criptomonedas son monedas virtuales, es decir, que no existen físicamente. Aunque muchas veces se confunden, blockchain y Bitcoin no son lo mismo. Según palabras de Ángel Zorrilla, “el primero es una tecnología que funciona como un enorme libro de registros enlazados que posibilita hacer transacciones de forma cifrada y que elimina la necesidad de intermediarios en las transacciones. El segundo es el dinero generado dentro de esta ‘cadena’, y su existencia como criptomoneda solo es posible procesando grandes cantidades de datos, lo que se conoce como minería”, en analogía con la minería de oro, pero en vez de mover grandes máquinas pesadas, la maquinaria son grandes equipos informáticos complejos que realizan cálculos computacionales.

Blockchain tiene muchas ventajas, la principal es que es muy segura, es prácticamente inhackeable gracias a su propia arquitectura. Sus aplicaciones no se limitan solo al Bitcoin, sino que son muy diversas: firma de contratos, votaciones en elecciones, guardar registros médicos y bancarios e incluso, lucha contra la pandemia de la covid-19.

La aplicación más conocida de blockchain es sin duda Bitcoin. Esta criptomoneda nació en 2008 por una entidad conocida como Satoshi Nakamoto. A día de hoy, la identidad de esa(s) persona(s) sigue sin conocerse. Las principales características del Bitcon son: que es una moneda descentralizada, es decir, no tiene una sede o servidor en particular; no puede ser intervenida y no es necesario revelar la identidad al hacer negocios. Además, tiene una alta volatilidad de su precio por su carácter especulativo.

¿Por qué está todavía más de moda el Bitcoin en estos momentos?

En mayo de 2018 ya se habló del alto consumo de energía de Bitcoin, en el que se mencionaba un artículo que estimaba consumiría el 0,5% de la electricidad mundial para finales de 2018 y un 1,8% para finales de 2019.

Aunque no se cumplieron las estimaciones, el Bitcoin sigue generando gran controversia en relación a su alto consumo eléctrico y más después del anuncio de que Tesla, empresa de la cual Elon Musk es director general, anunciase la inversión de 1.500 millones de dólares en Bitcoin, además de comenzar la aceptar la criptomoneda como método de pago. Esta inversión desencadenó que se realizasen más inversiones en la moneda virtual, llegando así a máximos históricos de cotización, superando los 50.000 dólares (41.400 euros) el 17 de febrero.

Dentro de lo que podemos llamar “la paradoja de Musk”, confluye un hombre que construye su fortuna alrededor de la fabricación de coches eléctricos que no emiten dióxido de carbono y que ofrece 100 millones de euros al mejor sistema que elimine CO2 del aire, y otro que es responsable de que se dispare el consumo energético de Bitcoin.

A día de hoy, toda la red de Bitcoin consume anualmente 123 TW·h, más que los Emiratos Árabes Unidos o la mitad del consumo español. Por otro lado, tiene una huella de carbono de 37 millones de toneladas de CO2, comparable con las emisiones de Dinamarca o Eslovaquia, las emisiones de cuatro millones de coches diésel al año o más de 10 veces o CO2 no emitido por los coches eléctricos de Tesla (3.7M de toneladas de CO2).

Cabe destacar que Tesla no solo invirtió en Bitcoins, sino que también comenzará a aceptarlo como método de pago. Lo que supone que si compras un Tesla Model 3 que consume 16 kW·h cada 100 km y lo pagas mediante Bitcoin, el simple hecho de hacer esa transacción, consumiría lo mismo que si anduvieses 4.700 km con ese coche.

Los Bitcoins (BTCs) consumen la misma cantidad de energía por unidad de tiempo independientemente de cuantas transacciones se realicen en ese mismo tiempo. Es decir, da igual que se haga una transacción de 4 o 43.000 BTCs. Es difícil estimar con precisión la cantidad de energía utilizada para minar BTCs porque depende de la ubicación, aun así, a estimación media de una transacción es de 741 kW·h lo que equivale al consumo medio de un hogar español durante más de 80 días (consumo medio diario 9 kW·h)

Pero esto no acaba aquí, un estudio publicado en la revista científica Nature en 2018, advertía que si Bitcoin se convirtiese en la principal forma de pago, el consumo energético y emisiones de la criptomoneda por sí solas, elevarían la temperatura media global por encima de los 2º C en menos de 20 años, imposibilitando así el cumplimiento del Acuerdo de París.

El Bitcoin es solo una de tantas criptomonedas que hay, y muchas de ellas con la misma problemática del consumo energético. Como afirmó Franck Leroy, en un artículo dónde también invitaba a los green hackers a actuar contra la criptomoneda: “Bitcoin es el peor desperdicio de recursos y energía de la historia de la humanidad”.

¿Pero por qué consume tanta energía?

Para entenderlo, hay que saber cómo funciona blockchain y que una transacción de Bitcoin no es cómo enviarle dinero a alguien mediante Bizum o cualquier tipo de envío de dinero digital. En el caso del Bitcoin, no hay un banco o bancos que verifiquen o certifiquen las transacciones, sino que es la propia red de usuarios la que se encarga de hacer este trabajo. Cuando una persona A le envía 1 Bitcoin a B, la red de usuarios comprueba que esa persona ‘A’ sea ‘A’ (hay que recordar que las transacciones son anónimas, no se registran nombres, sino ‘contraseñas’) y que A tenga más dinero del que quiere enviar. Si esto está bien, toda la comunidad de la red de Bitcoin anota que A tiene 1 Bitcoin menos y que B tiene 1 Bitcoin más. Hay que aclarar que no son personas las que hacen esta validación, no hay nadie leyendo números y letras en una pantalla, son ordenadores (muy potentes) los que realizan esta acción. Debido a que toda la información está encriptada (de ahí que sea una criptomoneda), es una tarea muy costosa.

 

Pero esto no acaba aquí, debido a la descentralidad de Bitcoin, es decir no hay una única persona que lleve las cuentas, sino que ‘toda la comunidad lleva las cuentas de toda la comunidad’, puede ocurrir que varios usuarios de la red ‘anoten’ las transacciones en diferente orden. Por lo tanto, es necesario que toda la comunidad se ponga de acuerdo para que todas las copias del libro de cuentas sean iguales. Es aquí cuando entra el concepto de blockchain o ‘cadena de bloques’, que se basa en empaquetar varias transacciones en un mismo bloque y escoger uno de esos bloques candidatos para añadirlo a la cadena de bloques que contienen las transacciones del pasado. Una vez que se une un bloque a la cadena, este es imposible de modificar.

Para escoger el bloque ganador, la “comunidad de verificadores de Bitcoin”, también llamados ‘mineros’ por la similitud con la minería, luchan por descifrar una contraseña. La primera persona en descifrarlo, gana el derecho de añadir el siguiente bloque oficial y el resto de la comunidad anota, por fin, ese bloque en el “libro de cuentas”.

¿Por qué alguien iba a perder tiempo y energía en hacer ese trabajo de verificación? A día de hoy, la recompensa por conseguir crear un bloque (‘minar’) es de 6.5 BTCs, 270.000 euros a 17 de febrero de 2021. Sin embargo, la recompensa por minar, se reduce a la mitad cada 210.000 bloques en un proceso que se llama halving, lo que hace que cada vez se ‘emitan’ menos Bitcoins, hasta alcanzar el total de 21 millones de Bitcoins.

Como vimos antes, solo la persona ganadora de la carrera por descifrar el encriptado, recibe la recompensa, lo que lleva a la gente a adquirir las tarjetas gráficas y procesadores de última generación para sus ordenadores. Como resultado tenemos a mucha gente (la red de minería) con ordenadores de última generación conectados a la red eléctrica 24 horas al día.

Es cierto que si esta gente utilizase electricidad procedente de fuentes renovables, la huella ecológica del Bitcoin se reduciría mucho. No obstante, la realidad es muy diferente, ya que los lugares donde más minan, usan fuentes de energía no renovable. Así, tenemos a China con el 65% del poder de minado, seguido de los Estados Unidos (7,24%) y Rusia (6,90%).

Además solo la región autónoma china de Xinjiang, concentra el 35% de la potencia de minado total. Esto se debe a la concentración de ‘granjas de minado’ (un espacio a semejanza de una granja, en el que se concentra un número considerable de ordenadores de alto rendimiento con la finalidad de minar criptomonedas) en lugares concretos. De hecho, las 22 ‘granjas de minado’ más grandes, controlan prácticamente el 100% del Bitcoin minado.

Bitcoin, la primera criptomoneda creada y que usa la tecnología descentralizada de blockchain, es actualmente un oligopolio de minado es una fuente de especulación y gasto energético sin sentido alguno, que ni tan siquiera existe.

Por Diego Ferraz Castiñeiras

Ambientólogo e oceanógrafo coordinador de Naturiza 

3 mar 2021 06:00

Publicado enInternacional
La ONU en alerta ante la pasividad de los países contra el cambio climático

Tan solo 75 países han comunicado una actualización de sus compromisos nacionales de reducción de emisiones, lo que supone aproximadamente el 30% de todas las emisiones globales.

 

La Convención Marco de Cambio Climático de la ONU (UNFCCC, por sus siglas en inglés) ha reclamado a los países que redoblen sus esfuerzos y aumentar su compromiso nacional de contribución a la lucha contra el cambio climático en 2021 si quieren cumplir con los objetivos del Acuerdo del Clima de París.

La organización ha publicado este viernes el 'Informe de Síntesis de los Compromisos Nacionales de Reducción de emisiones (NDC, por sus siglas en inglés)' que muestra como los niveles actuales de ambición climática están "muy lejos" de situarse en el camino con el que se pueden alcanzar los objetivos del Acuerdo de París, según ha asegurado la secretaria Ejecutiva de Cambio Climático de la ONU, Patricia Espinosa.

De hecho el informe concluye tras analizar los compromisos expresados hasta el 31 de diciembre de 2020, que de momento 75 países han comunicado una actualización de sus compromisos nacionales de reducción de emisiones, lo que supone aproximadamente el 30% de todas las emisiones globales de efecto invernadero.

"Las decisiones para acelerar y ampliar la acción climática en todo el mundo debe ser adoptada. Esto subraya por qué la COP26 debe ser el momento en el que avancemos en la senda hacia un mundo más verde, limpio, saludable y próspero", ha afirmado.

El informe publicado fue solicitado a propuesta de las partes del Acuerdo de París para medir el progreso de los planes climáticos de cada país de cara a la próxima cumbre del Clima (COP26) que se celebrará el próximo mes de noviembre en la ciudad escocesa de Glasgow (Reino Unido).

El informe muestra como la mayoría de estas naciones han aumentado sus niveles individuales de ambición para reducir las emisiones pero su impacto combinado les sitúa en la senda de lograr una reducción un 1% superior en 2030 comparado con los niveles de 2010.

En un comunicado, la UNFCCC explica que el Panel Intergubernamental de Cambio Climático por su parte, ha indicado que los rangos de reducción de emisiones para llegar al objetivo de limitar el aumento de la temperatura global a 1,5ºC debería ser incluso un 45% más bajos.

Espinosa ha aclarado que este informe de síntesis es una instantánea pero no da la fotografía completa dado que los retos que ha supuesto el COVID-19 ha supuesto un reto para numerosas naciones con respecto a como cumplir sus compromisos en 2020.

2021, una oportunidad "sin precedentes"

Para la secretaria ejecutiva, el año 2021 supone una oportunidad "sin precedentes" para hacer un progreso significativo en la lucha contra el cambio climático y urge a "todas las naciones" a construir un futuro tras el COVID-19 economías más sostenibles y más resistentes contra el cambio climático.

"Este es un extraño momento que no se puede perder", ha añadido Espinosa que señala que mientras se acomete la reconstrucción no se pude volver a la "vieja normalidad". "Los compromisos nacionales de contribución al cambio climático deben reflejar esta realidad, sobre todo los mayores emisores y en especial los países del G20 que deben liderar este camino", ha señalado.

El presidente entrante de la COP26, Alok Sharma, ha defendido que este informe debería servir para urgir una llamada a la acción. "Estoy pidiendo a todos los países, particularmente a los mayores emisores, que suscriban objetivos ambiciosos de reducción de emisiones para 2030", ha reclamado.

El Acuerdo de París está fallando

En la misma línea, la directora ejecutiva de Greenpeace International, Jennifer Morgan, considera que el informe de síntesis de la secretaría de Cambio climático de la ONU dice una cosa "clara" y es que en este momento el Acuerdo de París está fracasando.

"Nos dirigimos hacia una catástrofe climática. Los gobiernos deben trabajar juntos para dar prioridad a las personas y al planeta sobre los intereses de los combustibles fósiles", ha insistido.

Por ello, exige a los mayores emisores del mundo, Estados Unidos y China, que presenten el mes que viene unas NDC que den "motivos de esperanza".

A su juicio, las "promesas rotas" del Acuerdo de París cuentan la historia de un sistema multilateral "rehén de los intereses de los combustibles fósiles, obstaculizando la acción climática y arriesgando el futuro de todos nosotros".

madrid

26/02/2021 17:49

Europa Press

Publicado enMedio Ambiente
Las 23 principales potencias militares generan el 67% de las emisiones de CO2 del planeta

Una investigación del Centro de Estudios por la Paz analiza los vínculos entre el incremento del gasto militar y el desarrollo de conflictos armados vinculados a la crisis ambiental. El blindaje de fronteras con ejércitos para frenar las oleadas migratorias vinculadas a la escasez generada por el cambio climático o la venta de armas a grupos paramilitares al servicio de poderes extractivistas son algunos de los ejemplos citados en el estudio.

 

Los 23 principales países del planeta a nivel militar son responsables del 67,1% de las emisiones mundiales de CO2. Así lo revela una investigación del Centro de Estudios por la Paz sobre los vínculos del sector armamentístico y la crisis climática. Estas superpotencias, con Estados Unidos a la cabeza, representan tan sólo al 35% de la población mundial y concentran el 82% del gasto militar de todo el planeta. Se trata de países ubicados en las regiones del norte cuyas inversiones y exportaciones de material bélico tiene graves consecuencias para el medio ambiente y los derechos humanos en países del denominado Sur Global.

Esa cúpula de poder global, además de poseer grandes ejércitos para la defensa de sus intereses, son los responsables del 97% de las exportaciones de armas. Un material de guerra que termina en manos de Fuerzas del Estado de diversos países, pero también de grupos paramilitares que defienden los intereses del poder corporativo. Todo ello se enmarcan en un escenario idóneo para los negocios bélicos, ya que la crisis climática está empezando a provocar episodios de escasez de recursos en numerosas regiones del sur, lo que incrementa las posibilidades de que se produzcan conflictos armados o guerras civiles

De hecho, los once países con mayor riesgo de crisis humanitaria por el calentamiento global –Somalía, República Centroafricana, Sudán del Sur, Afganistán, República Democrática del Congo, Chad, Yemen, Niger, Burundi, Camerún y Burkina Faso– se encuentran inmersos en conflictos armados. Para Chloé Meulewaeter, una de las coordinadoras del informe, "estamos viendo que hay riesgos de que la crisis climática se militarice". De hecho, documentos estratégicos de la OTAN, España o EEUU señalan a la crisis ambiental como un potenciador de amenazas. "Eso podría servir para que los Gobiernos justifiquen elevar los gastos militares", denuncia la experta.

Según los datos del informe, la actividad militar global es responsable de entre el 5% y el 6% del conjunto de las emisiones de CO2 globales. Esto se debe al gasto en energía, la movilización de transportes, la generación de residuos tóxicos, así como los recursos movilizados para reconstruir infraestructuras dañadas por la guerra. Sin embargo, el sector bélico es mucho más que los gases que pueda producir un portaaviones o un helicóptero, en tanto que el sistema económico actual –basado en los recursos fósiles– es sostenido por los ejércitos, tal y como apunta la investigación.

"Las fuerzas armadas se han convertido en algo absolutamente imprescindible para mantener el extractivismo de recursos efectuado por los países del norte en el Sur Global", explica Pere Brunet, investigador y coordinador del informe. "Se da la circunstancia de que, mientras los científicos hablan de la necesidad de dejar el petróleo bajo tierra, en el estrecho de Ormuz, en la zona de Arabia, hay constantemente buques militares asentados para proteger el transporte marítimo de crudo y asegurar el suministro", añade.

Esa lógica del extractivismo militarizado ha desembocado, según la investigación, en una escalada de violencia contra los denominados defensores de la tierra que se oponen a los proyectos petrolíferos, mineros, de gas o incluso de generación de energía renovable. Desapariciones forzadas, violaciones, acoso sexual y judicial o amenazas a familiares son algunas de las prácticas comunes "llevadas a cabo tanto por actores públicos como privados", expone la publicación, que señala cómo los grupos paramilitares suelen estar al servicio de grandes poderes corporativos. Tanto es así, que esas 23 superpotencias militares sirven de sede empresarial a más de 63.000 trasnacionales con intereses muy variados.

La militarización de los problemas ambientales también se puede percibir en el incremento de los movimientos migratorios asociados al cambio climático. La escasez provocada por los cambios en el clima ha favorecido la aparición de nuevos refugiados que, al salir de sus países, se topan con la securitización de las fronteras. El informe pone el foco sobre algunos países como EEUU y México, cuyo muro de separación –seña de identidad de la administración del expresidente Donald Trump– impide que muchos migrantes centroamericanos afectados por las sequías puedan concluir sus rutas hacia el norte. No en vano, esta militarización de las fronteras también está presente en el Estado español, cuyo límite con Marruecos está marcado por las concertinas de las vallas de Melilla y Melilla.

"En consecuencia, el espacio fronterizo se convierte en escenario de violencia con el impacto que eso supone para los derechos humanos de las personas que son desplazadas por la fuerza de sus hogares por cuestiones ambientales o por otros motivos", argumenta el texto del informe.

Una transición ecológica basada en la desmilitarización

"Para poder llevar a cabo la transición ecológica es necesario que cambiemos el paradigma de seguridad nacional para dirigirse hacia el paradigma de seguridad humana", comenta a Público Meulewaeter. Esa transformación pasa por reorientar las inversiones destinadas a los ejércitos y a los negocios bélicos hacia el desarrollo de herramientas que prevengan y mitiguen las consecuencias de la crisis climática. Según la publicación, con el 10% del gasto militar anual –0,18 billones de dólares– los once países más vulnerables podrían desarrollar infraestructuras e invertir en resiliencia ante las condiciones meteorológicas extremas del cambio climático.

"Hay dos tipos de soluciones a esta crisis. Por un lado, la de las grandes corporaciones que quieren hacer su negocio con las nuevas energías limpias. Por otro lado, las soluciones que tienen como objetivo a las personas", señala Brunet, en relación a cómo el capitalismo verde puede desembocar en un nuevo neocolonialismo. Esto podría traducirse en un incremento de las presiones militares sobre las regiones del Sur Global para la extracción de nuevos recursos y minerales destinados a satisfacer la demanda de baterías y otros componentes necesarios para la electrificación de la economía. "No hay que pensar sólo en los beneficios de ciertas multinacionales, sino que debemos empezar a mirar por sistemas redistributivos basados en un autoconsumo energético que pueda extenderse a todo el mundo", zanja.

Así, la investigación del Centro de Estudios por la Paz concluye que la seguridad de las personas no podrá quedar garantizada en un contexto de transformación climática marcado por la militarización. Las soluciones a esta coyuntura de emergencia pasan, según los investigadores, por "políticas de acogida y cuidado" y no por la fuerza indiscutible de los rifles.

El ejército de EEUU, más emisiones que Bélgica

Si bien entre las superpotencias militares aparecen nombres como el de España, una de las grandes exportadoras de armas. Por encima de todas las administraciones destaca una: EEUU. El país norteamericano es el que más invierte en defensa, con 732.000 millones de presupuesto. Esta cantidad es el 38% del gasto militar mundial y supone más del doble de la suma del gasto de China (261.000 millones) y Rusia (65.000 millones).

Como consecuencia, EEUU posee a las fuerzas armadas más contaminantes del planeta, con un consumo de petróleo y unas emisiones de gases de efecto invernadero propias de un estado. Tanto es así que si el Departamento de Defensa estadounidense fuera un país, sería el 47º mayor emisor de CO2 del mundo, por delante de potencias económicas como Bélgica. Según los datos del informe, en 2017 las tropas norteamericanas liberaron a la atmósfera 212 millones de toneladas de CO2, mientras que el pequeño país europeo generó ese mimo año 114 millones de toneladas de gases contaminantes. 

madrid

22/02/2021 22:46 Actualizado: 22/02/2021 23:36

Alejandro Tena@AlxTena

Publicado enMedio Ambiente
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