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Europa y EE UU movilizan tres billones de euros contra el virus

Las dos áreas preparan gigantescas líneas de avales, planes fiscales e incluso cheques para los ciudadanos

 

Sálvese quien pueda, sí. Pero sálvese. Europa y EE UU quieren vencer al coronavirus como sea. Para ello, preparan una colosal operación de movilización de fondos como pocas veces ha visto en la historia. A Europa le ha fallado la unión. Cada Gobierno ha salido por su cuenta. Pero, según calcula la Comisión, los Veintisiete, van a enchufar un total de 1,6 billones de euros en liquidez y 150.000 millones en medidas fiscales. Reino Unido prepara, por su parte, una línea de crédito de 360.000 millones. En EE UU, Trump quiere movilizar un billón de dólares (920.000 millones de euros). Gran parte irá directo al bolsillo de los ciudadanos.

Europa no ha sido capaz de dar una respuesta a la crisis centralizada desde Bruselas, pero los socios de la UE están lanzando casi al unísono medidas de liquidez que la Comisión estima que suman alrededor de 1,6 billones euros y medidas fiscales por unos 150.000 millones. Las capitales se han decantado sobre todo por las garantías y avales para movilizar préstamos bancarios. Solo Berlín, París y Madrid prevén llegar al billón de euros.

Los números del primer golpe que Europa quiere asestar a esta crisis distan de los de 2008, cuando los entonces Veintiocho acordaron un plan de estímulos de 200.000 millones de euros, equivalente al 1,5% del PIB. Esa cifra que entonces pactaron 28 países es la misma que el martes barajó Pedro Sánchez tan solo para España. En 2008 se trataba de relanzar la economía con medidas que fomentaran la inversión y el consumo. Ahora es otra cosa: mandar al grueso de la economía a hibernar hasta que la intensidad del brote caiga lo necesario para que la actividad vaya recobrando el pulso.

Europa se ha centrado en buscar medidas para asegurar que sus compañías, en especial las pequeñas y medianas, no se quedan secas y acaban muriéndose. Alemania ha anunciado 500.000 millones en avales; Francia, 300.000, y España, 117.000. El Reino Unido, ya fuera de la UE, seguirá el mismo camino con garantías para movilizar hasta 360.000 millones de euros. El exsecretario del Tesoro italiano Lorenzo Codogno, sin embargo, opina que el paquete no es comparable con el de 2008. “Se trata de garantías para préstamos, cuya materialización dependerá de si los bancos las usan, que pueden no tener un efecto inmediato y que pueden no generar créditos nuevos sino cubrir los ya existentes”, señala.

Santiago Carbó, catedrático de CUNEF, cree que las medidas de los países de la UE van “en la dirección correcta”, aunque preferiría una operación conjunta para apuntar con el bazuca. “Y si el dinero se inyecta en vena, mejor”, apunta. EE UU estudia hacerlo así, vía cheques a los ciudadanos. Pero Nicolas Veron, del Peterson Institute for International Economics, recuerda la diferencia entre los Estados de bienestar de uno y otro continente. Es decir, Trump necesita echar mano de un plan de estímulos para proteger a sus ciudadanos, mientras que la UE tiene una red de seguridad más fuerte.

La segunda pata de los planes europeos contiene ayudas a las empresas, como los 8.000 millones para las reducciones de jornada en Alemania, los 45.000 millones prometidos por Emmanuel Macron para apoyar a empresas o los 500 euros que Italia ingresará a sus autónomos. El director del think tank Bruegel, Guntram Wolff, echa de menos otras medidas para garantizar que las empresas puedan sobrevivir en un contexto de parálisis total de la actividad y números rojos. Por ejemplo, una actuación coordinada para reducir las cotizaciones a la Seguridad Social. “Se trata de socializar esas pérdidas para que el rebote sea muy rápido”, añade.

Pero dada la voracidad del virus con la actividad económica, Bruselas espera una nueva ronda de medidas. “Lo que ayer no era posible, hoy quizá lo es y mañana sí”, recuerda Ángel Talavera, de Oxford Economics, quien opina que los Gobiernos deberán ir más allá de los avales para mantener vivas las empresas.

Trump: “A lo grande”

En EE UU, Trump ha desplegado todo el arsenal del que dispone el Estado para combatir la pandemia, con un paquete de ayudas que, de aprobarse en los términos que propone la Casa Blanca, carecería de precedentes en volumen y velocidad de implementación. La intención es inyectar hasta un billón de dólares en la economía. El detalle del plan sigue debatiéndose en el Capitolio, y el Departamento del Tesoro ha circulado entre los congresistas un documento de dos páginas con las prioridades de la Casa Blanca para el acuerdo final, que esperan se alcance esta misma semana. “Queremos ir a lo grande”, explicó Trump en una comparecencia ante la prensa.

La mitad de ese billón de dólares se iría en dos masivos envíos de cheques al conjunto de los ciudadanos, exceptuando a algunos con ingresos altos. La propuesta del Gobierno es hacer dos pagos idénticos a los estadounidenses —uno el 6 de abril y otro el 18 de mayo— para ayudarles con el pago de las facturas y activar el consumo. Aunque en los pasillos se habla de un monto medio de 1.000 dólares cada cheque, el documento que el Tesoro ha envidado a los congresistas dice que “las cantidades de los pagos serán fijadas y niveladas en base al nivel de ingresos y el tamaño de la familia”.

El plan contempla también destinar 50.000 millones de dólares a la creación de un “servicio de préstamos asegurados para la industria de las aerolíneas”. Otros 150.000 millones se destinarían a apoyar a otros sectores afectados por la crisis, como el hotelero. Y el plan prevé dedicar 300.000 millones a ayudar a las empresas pequeñas a eludir despidos masivos. Según la carta, se trata de “proporcionar continuidad al empleo durante las interrupciones de la actividad”, con la creación de “un programa de préstamos” para compañías con menos de 500 trabajadores. El martes, el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, advirtió a los senadores de que, en “el peor escenario posible”, la tasa de desempleo podría dispararse hasta el 20%.

El Gobierno permitirá además aplazamientos de 90 días en los pagos de los impuestos sobre la renta y de sociedades, sin intereses ni penalizaciones. Esta medida, calculó Mnuchin, servirá para amortiguar temporalmente la pérdida de salarios y la bajada de la demanda, inyectando 300.000 millones de dólares en la economía.

La Reserva Federal también ha activado sus poderes de emergencia para apoyar la economía. El martes anunció que empezará a comprar papel comercial, un instrumento de financiación a corto plazo emitido por las compañías, y que establecerá un programa de préstamos destinado a ayudar a los bancos para que el crédito siga fluyendo a empresas y hogares. Mnuchin aseguró en la Casa Blanca que el banco central, con la protección del Tesoro, estará en condiciones de comprar papel comercial por valor de un billón de dólares “a medida que se necesite”.


 En China ahora la prioridad es recuperar el empleo

“Permitid que más trabajadores vuelvan a trabajar y a ganar dinero cuanto antes”, proclamó ayer Li Keqiang, primer ministro chino. Con estas palabras, el segundo hombre del organigrama del país pide acelerar la reactivación de la economía. Su actividad ha sufrido un enorme golpe por la pandemia que tuvo su epicentro en Wuhan. Este primer trimestre se prevé un retroceso histórico del PIB. Pero China ha movilizado muchos menos recursos contra el coronavirus que Europa y EE UU. La mayor parte de las iniciativas públicas han tenido a las pymes como destinatarias. El objetivo era solucionar tres problemas: la falta de fondos, la falta de capital humano y la saturación de los servicios logísticos. La acción se llevó a cabo desde varios frentes. El Banco Central estableció un fondo de préstamos por valor de 300.000 millones de yuanes (casi 39.000 millones de euros). El Ministerio de Finanzas aplicó subsidios y recortes de impuestos, así como la suspensión del pago de intereses bancarios a negocios afectados por la pandemia. El Ministerio de Recursos Humanos y Seguridad Social rebajó las cotizaciones. Ahora, con la infección reproduciéndose ya a niveles mínimos, el Gobierno aspira a amortiguar el impacto. Li dejó claro que la prioridad es estabilizar el empleo, lo que pasa por facilitar la reincorporación del personal a los sectores productivos. "Los controles temporales ya no son necesarios", aseguró, apremiando a las administraciones a eliminar los protocolos de seguridad que se puedan abandonar sin riesgo. Este impulso al empleo es la continuación del paso precedente, el propósito original del Gobierno, que pasaba por lograr una reactivación industrial plena. Los esfuerzos parecen haber funcionado: los índices de actividad elaborados por la consultora Trivium estiman que la economía china ya está funcionando a un 70% de su capacidad, una cifra que ha ido progresando en las últimas semanas, pero de la que las pymes siguen siguiendo el extremo débil. Puesta en marcha la oferta, ahora es el momento de centrarse en la demanda. Tras su reunión el viernes pasado, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma publicó un documento guía para potenciar el consumo. La municipalidad de Nanjing, por ejemplo, ha comenzado una iniciativa para dar a sus ciudadanos vales descuento electrónicos por un total de 318 millones de yuanes (41 millones de euros) a emplear en restaurantes, gimnasios, librerías y tiendas de electrónicos. El Gobierno espera que el consumo sea el tercer y último empujón que eche la economía china a rodar de nuevo.

Bruselas / Washigton / Pekín - 18 mar 2020 - 18:30COT

Publicado enInternacional
Rueda prensa virtual, 18 de marzo de 2020. Cortesía Alcaldía de Bogotá.

En vísperas de un simulacro obligatorio ordenado para Bogotá y Cundinamarca, sobresale que para el 41 por ciento de informales y el 11 por ciento de desempleados que según el Dane habitan en la capital del país, no se han diseñado medidas eficientes para afrontar una medida de estas características, a lo largo de 4 días de encierro.

La alcaldesa de Bogotá, Claudia López y el gobernador de Cundinamarca, Nicolás García Bustos, en rueda de prensa virtual el 18 de marzo de 2020, detallaron las medidas que traerá el decreto que regulará el simulacro de aislamiento obligatorio de la población que habita en los dos territorios. El simulacro, en síntesis, es para preparar a la ciudadanía para una cercana cuarentena y también para evaluar errores y aciertos de estas medidas en lo que concierne con los bienes y servicios. Por ejemplo, medir el volumen de compra de una ciudadanía ansiosa y así conocer qué tipos de productos están más desabastecidos. Para implementar estas medidas, ¿han pensado en las personas de abajo?

Tanto en Bogotá, como en Cundinamarca, el simulacro de aislamiento iniciará el viernes 20 de marzo a las 00:00 e irá hasta el lunes 23 a las 00:00 horas.

“Quien incumpla la restricción del simulacro, se expone desde sanciones económicas hasta cárcel […] porque la cuarentena en algún momento nos va tocar hacerla y no estamos preparados”, dijo la alcaldesa Claudia López. La alcaldesa agregó que se restringe la libre movilidad de personas y vehículos en Bogotá y Cundinamarca. Taxis pueden operar pero solo por llamadas telefónicas. Transmilenio y Sipt tendrá servicio pero el viernes operará con la misma flota que suele usar un sábado y domingo y, se irá haciendo una reducción escalonada.

Las únicas personas que podrán usar estos servicios y tener libre movilidad son domiciliarios, personal de medios de comunicación, trabajadores de la salud pública, trabajadores de servicios públicos domiciliarios –como alcantarillado, aseo, energía etcétera–, todos debidamente acreditados por sus empresas”.

Personas vulnerables y pobres sin medidas efectivas para el simulacro

La Emisora Comunitaria de Guasca, Cundinamarca, preguntó a la alcaldesa sobre ¿qué pasará con los habitantes de calles? Para ironía del momento, la alcaldesa comentó que la población habitante de calle también está exenta del decreto porque es una población que vive en constante estado de alerta amarilla. El personal de salud y voluntarios que atiende a sector social están incluidos dentro de la excepción. Pero la alcaldesa no notificó medidas específicas para estos trabajadores/as, que están en alto riesgo.

En la rueda de prensa virtual llegó el turno para desdeabajo, quien preguntó: ¿Qué va a pasar con las personas independientes, comerciantes, desempleados, adultos, informales y mayores que no están en ningún programa social del Estado? ¿Cuáles serán las medidas de apoyo económico directo para ellos en Bogotá y Cundinamarca?

Y la alcaldesa contestó: “Lo van a tener a través del Sistema Distrital de Transferencias Unificadas por la contingencia social que estamos viviendo, pero deberán vincularse a los programas porque nosotros no somos adivinos y si no están vinculados no sabemos que ni existen […]”. Por parte del gobernador Nicolás García, no hubo precisión alguna.

Una vez transcurrida la rueda de prensa, nos dimos a la tarea de indigar sobre el Sistema Distrital de Transferencias Unificadas y no encontramos información alguna sobre esto en la página oficial de la Alcaldía de Bogotá, tampoco en los buscadores. Si la ausencia de información específica sobre este programa es lo que sobresale en la página oficial de la Alcaldía, entonces, ¿cómo hará esta población, el 41 por ciento de quienes habitan Bogotá según el Dane, para incribirse a este sistema y programa sino no hay información de fácil acceso?

Si bien lo dijo la alcaldesa, “no somos adivinos”, es claro que tampoco lo son los desempleados, comerciantes, informales y ancianos que no pertenecen a un programa social de Estado.

desdeabajo habló con fuentes del gobierno que comentaron que éste Sistema Distrital de Transferencias Unificadas lo que se propone es juntar en una misma caja programas como Familias en Acción o el Programa de Alimentación Escolar (PAE) con focalización en pobres y vulnerables, el Sistema lo ejecutará la Secretaria de Integración Social en 1: transferencias monetarias, 2: bonos (bienes y servicios) 3: subsidios en especie. Pero por temas de urgencia, de coyuntura, el Sistema todavía sigue en proceso de estructuración. ¿Estará listo para antes de que empiece el simulacro? ¿Cómo harán los miles de miles de empobrecidos por el sistema socio-económico dominante para pasar en condiciones dignas el encierro a que quieren someternos, el cual, todo lo indica, irá más allá de cuatro días? Y después de pasada la crisis, con miles de miles de familias aún más empobrecidas y llevadas a la marginalidad, ¿qué programas se implementarán para que salgan de tal situación a la que los lleva este sistema?

Con seguridad no hay programas de tal índole pensados y mucho menos diseñados. Y para que se llegue a ese punto le toca a los empobrecidos, a quienes están siendo arrojados al precipicio, demandar, arrancar medidas urgentes a los mandatarios de turno, así como arrancar un cambio de sistema a quienes detentan el poder en Colombia.

Por lo pronto, es urgente que la alcaldía de Bogotá y la gobernación de Cundinamarca apliquen estos programas de inmediato, y para empezar en esa dirección abran canales de comunicación de fácil acceso, donde enfaticen y divulguen su existencia, sus beneficios y la manera de vincularse a los mismos. Y como todo ese procedimiento administrativo que debe recorrer un ciudadano que quiere beneficiarse del mismo toma semanas, pues deben aplicar medidas de choque: ni un ciudadano ni ciudadana pasando penurias durante los días que duren las medidas de aislamiento obligatorio.

En la rueda de prensa, la Alcaldesa también precisó sobre el despliegue de controles para evitar desabastecimiento en Bogotá, medida implementada por la Secretaria de Desarrollo Económico, en apoyo con Fenalco, Andi y Corabastos, Y han establecido que no hay desabastecimiento. Eso está bien, pero ¿cómo harán quienes viven al día, los miles de desempleados e informales, y otros muchos y muchas –el 53 por ciento de la población de Bogotá, según el Dane– para reunir el dinero para comprar los víveres y resolver otras demandas que trae cada día para las familias?

A su vez, el borrador del decreto, hasta a la hora de escritura de esta nota (7:30 pm), dice que el abastecimiento, cargue y descargue de víveres, productos de aseo, suministros médicos y agua potable, incluidos los asociados a la distribución de raciones del Programa de Alimentación Escolar –PAE; en todo caso regirán las restricciones de movilidad decretadas por alerta amarilla ambiental.

En esa línea desdeabajo habló con fuentes de directivas escolares que comentaron que, en tanto los profesores fueron enviados a sus casas, los/as rectores/as quedaron encargados de distribuir la alimentación en los horarios que cada institución considere más conveniente, y que el horario en que lo están haciendo va de 7:00 am a 1:00 pm.

Por su parte, el gobernador Nicolás García Bustos indicó que los 116 municipios del departamento se unen al simulacro con Bogotá; también agregó que cada alcalde puede optar por aplicar otras medidas dependiendo de su necesidad, por ejemplo, en municipios turísticos cerrarán balnearios y en otros habrá ley seca. Agregó que habrá servicios intermunicipales entre los municipios, pero sólo llegarán hasta puntos donde se interconecten con el sistema de Transmilenio o Sitp, no podrán movilizarse dentro de la ciudad. Además, el terminal de transporte de Bogotá y terminales satélites estarán cerrados este fin de semana.

Como puede deducirse de lo relatado, resalta que el simulacro de aislamiento obligatorio y por cuatro días en Bogotá y Cundinamarca, está dominado por una manifiesta improvisación en cuanto a programas efectivos para mitigar las necesidades de la población que desde hace años padece la negación de sus derechos fundamentales, para miles de miles para quienes la democracia no es más que simple letra alejada de la realidad.

Recordemos que lo conocido como la «doctrina del shock», es la estrategia política de utilizar las crisis a gran escala para impulsar políticas que sistemáticamente profundizan la desigualdad, enriquecen a las elites y debilitan a todos los demás. En momentos de crisis, la gente tiende a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir, sea cual sea, y tiende a confiar demasiado en los que están en el poder, según la periodista Naomi Klein.

Es el momento de exigir que la democracia sea una realidad, no una mofa; que los derechos humanos se cumplan a cabalidad; que la brecha entre ricos y pobres se cierre, y que la vida se goce a plenitud, con pandemia o sin ella.

 

Publicado enColombia
Alejandro Forero, detalle sin título (Cortesía del autor)

La reciente publicación de Capital e ideología (Ariel, 2019) del economista francés Thomas Piketty –quien sorprendió años atrás con El capital en el siglo XXI–, ha generado remezones y reflexiones dentro de un amplio espectro de pensadores y economistas, entre otros, aquellos pertenecientes a la “izquierda brahmánica” que el propio Piketty se encarga de fustigar a través de las 1.230 páginas del texto. La pretensión principal en este nuevo ensayo es explicar las raíces, causas, métodos y prácticas que la desigualdad ha tenido a través de la historia y plantear de qué manera es posible superar el capitalismo actual y buscar formas de sociedad más igualitarias.


¿Cómo definir a Piketty y su pensamiento en un pincelazo? Es decir, ¿desde dónde nos habla? Podríamos comenzar por decir que, en esencia, es un socialdemócrata que quiere devolverle el buen nombre que la social democracia perdió tras el colapso del Estado de bienestar social a fines del siglo pasado. Por otra parte, es un federalista con una visión trasnacional de la democracia, basada en la construcción de normas de justicia socioeconómica a escala regional y mundial, que aboga por un socialismo participativo, con un Estado social ambicioso y con altos grados de progresividad fiscal. Por último, admitamos que Piketty es fundamentalmente un optimista, convencido de que es posible buscar una sociedad menos desigualitaria que la actual y que, insistimos, es posible superar el capitalismo actual. ¿Y qué entiende Piketty por socialdemocracia? Es un conjunto de prácticas institucionales políticas destinadas a proporcionar un encaje social del sistema de propiedad privada y del capitalismo.


Enfoque metodológico

Piketty es heredero de la escuela francesa de los Annales de Bloch y de Lefebre, pero también de Braudel con sus ambiciosos análisis de periodos de larga duración para vislumbrar cambios, continuidades, evoluciones y rupturas de la historia. Adicionalmente, Piketty usa el método del análisis comparativo, entre naciones, y sociedad, tomando datos y cifras de un amplio repositorio, la World Inequality Database. La obra se inicia con un extenso estudio de las sociedades ternarias o trifuncionales del medioevo, divididas en clérigos, nobles y pueblo llano y cómo este esquema ha permeado a través de la historia en las sociedades desigualitarias hasta el presente.


La esperanza de una coalición igualitaria


El autor parte de un supuesto fundamental: La desigualdad es ideológica, no es económica, política, ni social. Por tanto, hay que buscar la salida de la desigualdad en las mismas ideologías. En ese sentido, Piketty reconoce la ideología como positiva y constructiva, “un conjunto de ideas a priori plausibles y buscan el modo en que debería estructurarse una sociedad en lo económico, social y político” (1). En otras palabras, la ideología es un intento de presentar respuestas a un conjunto de cuestiones extremadamente complejas y extensas. Por lo anterior, no es posible conseguir la unanimidad en las ideologías por la naturaleza de los temas que abordan; por ello, el conflicto y el desacuerdo le son inherentes.


Piketty defiende una trama que atraviesa su argumentación: para que una coalición igualitaria pueda volver a emerger algún día, se requiere de una redefinición radical en su base programática, ideológica e intelectual. Dicho en otras palabras, hay una luz. Es posible construir un relato, un horizonte igualitario de alcance universal, una nueva ideología de igualdad, de la propiedad social, de la educación, del conocimiento y del reparto del poder que sea más optimista con el ser humano.

Deuda foucaltiana. El orden del discurso


La desigualdad se ha mantenido a través de la historia mediante prácticas discriminatorias, a veces violentas, entre estratos sociales y orígenes étnico-religiosos. Un régimen desigualitario se caracteriza, según Piketty, por un conjunto de discursos y de mecanismos institucionales que buscan justificar y estructurar las desigualdades económicas, sociales y políticas. Consecuente con su supuesto básico de la fuerza de las ideologías, el hilo conductor del libro es que las sociedades desigualitarias se han sostenido, preservado y perpetuado gracias al éxito de producir un relato predominante. Recordemos que Foucault, afirma la importancia del discurso:

“en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (3).
El asunto es, para Piketty, de primer orden. Hay que tomarse en serio el papel que las ideologías y sus discursos respetivos han tenido en la historia. Es sobre las justificaciones históricas y actuales que la sociedad se ha dado a sí misma es que la desigualdad existe y es “normal”. Además este discurso predominante sostiene que no es necesario intervenir la desigualdad, que esta tiende a resolverse por sí misma. Sobre esta justificación, y mediante relatos, narrativas y explicaciones racionales, es que se ha construido el edificio de la civilización actual, sostiene Piketty. Adicionalmente, el relato dominante para explicar la desigualdad es de carácter propietarista, empresarial y meritocrático.


La sociedad actual parece decirnos: “La desigualdad de hoy es justa puesto que deriva de un proceso libremente elegido en el que todos tenemos las mismas posibilidades de acceder al mercado y a la propiedad.” O también: “Siempre ha habido desigualdad y hoy estamos mucho mejor que hace siglos” o si no: “Todos obtenemos un beneficio espontáneo de la acumulación de riqueza de los más ricos, que son los más emprendedores, los que más lo merecen, y los más útiles (a la sociedad)”. Dicho de otra manera, el discurso desigualitario, ensalza a los ganadores y estigmatiza a los perdedores por su supuesta falta de mérito, talento y diligencia.


Es un discurso siempre esgrimido por las élites para justificar su posición. En similar sentido, la desigualdad ha aumentado a medida que la culpabilización de los pobres ha aumentado. Este es uno de los principales rasgos de la sociedad desigualitaria, culpar a los pobres de su condición. Lo que ha cambiado son los métodos para perpetuar la desigualdad. Al pasar los pobres de esclavos y siervos a súbditos, se hizo necesario dominarlos por otros medios, básicamente a través del discurso y el argumento del mérito.


Es explicable entonces, que cada régimen desigualitario repose sobre su propia teoría de la justicia. Desde esas perspectiva las desigualdades no solo deben justificarse por parte de quien está en el extremo acumulacionista, sino que estas desigualdades deben ser plausibles y dar coherencia a la organización social y política ideal.


Discurso identitario vs. discurso clasista

Piketty hace una aguda observación de lo que llama el social-nativismo o la trampa identitaria poscolonial3 de cómo las élites desigualitarias han logrado cambiar la marea para desincentivar la teoría y las argumentaciones que derivan de la lucha de clases. Esta ha sido relegada como un arcaísmo que corresponde a remotas épocas de consignas de los defensores de las sociedades igualitarias. A partir de la década de 1980-1990, el discurso se ha centrado con mayor énfasis, no en las diferencias de clase –como si estas hubieran desparecido milagrosamente– sino en el tema identitario que abarca argumentos nacionalistas, étnicos y religiosos. En otras palabras, con el fin de socavar la conciencia de clase, las élites han desplazado el punto de atención hacia lo identitario, y con ello, logran, casi de manera paradójica, cautivar la atención y los votos de las clases populares que se dejan llevar por la seducción identitaria con el efecto de situar en segundo plano la desigualdad.


El discurso desigualitario en la educación


Pero el discurso desigualitario abarca mucho más. Toca, de manera principal, la educación. El autor demuestra la forma cómo hay mecanismos de legitimación del sistema de enseñanza superior, bajo la apariencia de “dones” y “méritos” que se perpetúan en privilegios sociales porque los grupos desfavorecidos no disponen de los códigos culturales y las claves que permiten alcanzar el reconocimiento. Es, en pocas palabras, una dominación cultural simbólica. Por dar un ejemplo, un joven talentoso no logra acceder a la educación superior de primer nivel por cuanto desconoce del sistema de códigos simbólicos necesarios para ingresar a los círculos cerrados de una élite que monopoliza los mejores centros educativos.


Piketty sostiene que el asunto de la desigualdad educativa es una de los principales causas para el colapso de la coalición socialdemócrata de fines del siglo pasado. Estos partidos, con frecuencia en el poder, no consiguieron revocar el discurso desigualitario ni generar transformaciones profundas en los sistemas educativos. Por contraste, la conclusión es evidente: es el combate por la igualdad y la educación lo que ha permitido el desarrollo económico y el progreso humano, y no, como pueden sostener algunos, la sacralización de la propiedad privada y la desigualdad.


El discurso meritocrático


Por otra parte, la actual ideología meritocrática va de la mano de un discurso de exaltación empresarial y de admiración por los multimillonarios. El discurso imperante es que aquellos que ascienden, progresan y llegan a la cima es porque poseen los méritos, talentos y capacidades necesarias y, por ello, son “premiados” –dentro de una ética de corte protestante bastante análoga a la descrita por Weber– por una sociedad basada en el éxito, el esfuerzo y el sacrificio personal. Como si no fuera suficiente, el discurso meritocrático y empresarial se usa como arma, un argumento de los ganadores del sistema actual y en contra y estigmatización de los perdedores.


La década de 1980-1990: Punto de inflexión o ruptura


Piketty demuestra, a través de series históricas y económicas, cómo la década de 1980 a 1990 marcó un punto de quiebre en los sistemas del Estado de bienestar social que había logrado avances significativos entre 1950 y 1980. Tras la caída del muro de Berlín y del régimen soviético se dio paso a un hipercapitalismo con fuerte tendencia desigualitaria y, en consecuencia, acompañado o sustentado por un relato hiperdesigualitario.


No es extraño entonces que siempre haya existido una subestimación, por parte de los gobernantes y dirigentes de los problemas ligados a la desigualdad. Sin embargo, ya en pleno siglo XXI, y en especial a partir de la crisis del 2008-2009, cualquier argumento a favor de la desigualdad se ha convertido en un relato frágil. Es en los tiempos actuales cuando quizás más se ha visto la relevancia de discusiones propositivas para reversar de manera efectiva la desigualdad en el mundo. La obra de Piketty es una contribución en esta dirección.


Otro aspecto importante para Piketty es el relativo a las fronteras. El autor logra demostrar, al efectuar un análisis transnacional, de qué manera se pone en evidencia el relato desigualitario. No es un asunto al interior de fronteras sino que al contrario, las trasciende dado que hoy todas las naciones están estrechamente entrelazadas.


Edad de oro de la social democracia


Si el período de 1950-1980 fue un periodo igualitario, al menos en Europa, ¿cuáles son las razones de su fracaso? Piketty encuentra tres razones: los intentos de instaurar nuevas formas de reparto de poder y de propiedad social en las empresas quedó reducido a casos específicos en Alemania y Suecia; segundo, la socialdemocracia no logró ni ha logrado abordar con eficacia la necesidad de igualdad en el acceso a la información y al conocimiento y, tercero, los límites del pensamiento socialdemócrata sobre fiscalidad y específicamente sobre fiscalidad progresiva impidieron una transformación profunda y duradera en Europa, y por añadidura, en el resto del mundo. Se necesita sentar las bases de nuevas formas federales transnacionales de soberanía compartida y de justicia social y fiscal.


Hacia una propuesta igualitaria en siglo XXI


Después de la década de 1980-1990, Piketty demuestra prolijamente, mediante gráficos y series, cómo el mundo ha regresado a altísimos niveles de desigualdad con concentración de riqueza en el decil superior y disminución significativa del porcentaje que recibe el 50 por ciento de la población más pobre.


A la vez, mediante el enfoque de larga duración, logra demostrar cómo, al final de toda sociedad propietarista, se dan transformaciones políticas e ideológicas debido a profundas reflexiones y debates en tres frentes: la justicia social, la fiscalidad progresiva y la redistribución de rentas y de la propiedad. Pero Piketty no cae en la ingenuidad, es consciente de que las grandes transformaciones políticas y sociales se dan no solo a partir de la teoría. De allí se desprende que el autor de Capital e ideología encuentre un cruce entre esta evolución intelectual y una serie de crisis políticas, financieras y militares.


Para decirlo de una vez, lo que Piketty propone es una sociedad justa que permite a todos sus miembros acceder a los bienes fundamentales de la manera más amplia posible: educación, salud, derecho al voto, participación plena en todas las formas de la vida. En esa línea, prefiere un socialismo participativo para alejarse de todo socialismo estatal hipercentralizado estilo soviético. La manera de superar el capitalismo actual, con su desacralización de la propiedad privada y establecer un sistema con tres tipos de propiedad: la propiedad pública, es decir aquella encabeza del Estado y de las entidades administrativas y territoriales, la propiedad social (aquella donde existe una cogestión efectiva de los trabajadores en las empresas, como sucede en Suecia y Alemania, y, por último, lo que él llama la propiedad temporal.


¿Qué es esta última? Se trata de un sistema en que los propietarios privados más ricos deben devolver cada año a la sociedad una parte de lo que poseen con la finalidad de facilitar la circulación de bienes y una menor concentración de la propiedad privada y del poder económico. Esto se consigue a través de un impuesto progresivo sobre el patrimonio que permita financiar una dotación universal de capital destinada a cada joven adulto. La propiedad temporal facilita que la propiedad privada circule y evita que la concentración excesiva de la misma se perpetúe. Para Piketty, repetimos, es posible superar el capitalismo actual mediante una combinación de estas tres formas de propiedad.


Dilemas sociales que se plantean


Es imposible resumir en tan poco espacio la magnitud y extensión de esta obra. Basta decir que al final de la lectura quedan interrogantes abiertos. Preguntas que se convierten en dilemas sociales nada fáciles de resolver y para las que ni el mismo Piketty ofrece respuestas claras y únicas. Él mismo confiesa que sus propuestas son provisionales, sujetas a la deliberación constructiva y propositiva.


El principal dilema que se desprende de Capitalismo e ideología es ¿cómo desmontar el discurso desigualitario/meritocrático? Si esto se logra se habrá ganado un buen trecho en el camino hacia el socialismo participativo. El segundo es lo que Piketty llama el miedo al vacío, o abrir la Caja de Pandora al entrar en un tema tan complejo y espinoso donde no son fáciles las respuestas satisfactorias y duraderas. En otras palabras, muchos piensan que sería demasiado arriesgado poner en entredicho el sistema actual, y casi que de manera paradójica, habría que agradecer que existen los Bezzos, los Gates, y los Zuckenberg, pues gracias a ellos la sociedad progresa.


Por otra parte, sigue siendo necesario para la socialdemocracia superar el efecto de la caída del comunismo y de cierta manera “el complejo de culpa” que aqueja hoy al pensamiento crítico que no ha conseguido articular una alternativa clara y convincente para las grandes mayorías. Y por último, cómo lograr consensos para que esa coalición igualitaria, aquella llamada a superar el capitalismo, tome la suficiente fuerza y se imponga frente al discurso desigualitario. Para ello, entre otras cosas, será necesario trascender las limitaciones de pensar mediante fronteras. Todo esto encarna un desafío de persuasión a elites, políticos, gobernantes y electores. No es necesario esperar a que ocurran grandes cataclismos –como la Gran Depresión del treinta o las guerras mundiales– para aspirar a sociedades menos desigualitarias, sería demasiado absurdo y de tono muy conservador. Piketty, casi que de manera socarrona, dice: “Lo ideal sería que el retorno a la progresividad fiscal y el desarrollo del impuesto a la propiedad privada se llevaran a cabo en el marco de una gran cooperación internacional. La mejor solución consistiría en un registro financiero público capaz de permitir a los Estados y a las administraciones fiscales intercambiar toda la información necesaria sobre los titulares de los activos financieras…”.. Pero antes ha admitido que las grandes transformaciones sociales y económicas no se dan a partir de los libros y las recomendaciones de expertos sino de los grandes movimientos sociales… Por tanto, sí hay esperanza de que podamos vivir en una sociedad más igualitaria.

 

1. Piketty, T., Capital e ideología, Ariel, 2019, Bogotá, p. 14
2. Foucault, M.. El orden del discurso. México: Tusquets, 2013. p. 14
3. Piketty, p. 1024 y ss.

*Escritor. Integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique edición Colombia.

 

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Alejandro Forero, detalle sin título (Cortesía del autor)

La reciente publicación de Capital e ideología (Ariel, 2019) del economista francés Thomas Piketty –quien sorprendió años atrás con El capital en el siglo XXI–, ha generado remezones y reflexiones dentro de un amplio espectro de pensadores y economistas, entre otros, aquellos pertenecientes a la “izquierda brahmánica” que el propio Piketty se encarga de fustigar a través de las 1.230 páginas del texto. La pretensión principal en este nuevo ensayo es explicar las raíces, causas, métodos y prácticas que la desigualdad ha tenido a través de la historia y plantear de qué manera es posible superar el capitalismo actual y buscar formas de sociedad más igualitarias.


¿Cómo definir a Piketty y su pensamiento en un pincelazo? Es decir, ¿desde dónde nos habla? Podríamos comenzar por decir que, en esencia, es un socialdemócrata que quiere devolverle el buen nombre que la social democracia perdió tras el colapso del Estado de bienestar social a fines del siglo pasado. Por otra parte, es un federalista con una visión trasnacional de la democracia, basada en la construcción de normas de justicia socioeconómica a escala regional y mundial, que aboga por un socialismo participativo, con un Estado social ambicioso y con altos grados de progresividad fiscal. Por último, admitamos que Piketty es fundamentalmente un optimista, convencido de que es posible buscar una sociedad menos desigualitaria que la actual y que, insistimos, es posible superar el capitalismo actual. ¿Y qué entiende Piketty por socialdemocracia? Es un conjunto de prácticas institucionales políticas destinadas a proporcionar un encaje social del sistema de propiedad privada y del capitalismo.


Enfoque metodológico

Piketty es heredero de la escuela francesa de los Annales de Bloch y de Lefebre, pero también de Braudel con sus ambiciosos análisis de periodos de larga duración para vislumbrar cambios, continuidades, evoluciones y rupturas de la historia. Adicionalmente, Piketty usa el método del análisis comparativo, entre naciones, y sociedad, tomando datos y cifras de un amplio repositorio, la World Inequality Database. La obra se inicia con un extenso estudio de las sociedades ternarias o trifuncionales del medioevo, divididas en clérigos, nobles y pueblo llano y cómo este esquema ha permeado a través de la historia en las sociedades desigualitarias hasta el presente.


La esperanza de una coalición igualitaria


El autor parte de un supuesto fundamental: La desigualdad es ideológica, no es económica, política, ni social. Por tanto, hay que buscar la salida de la desigualdad en las mismas ideologías. En ese sentido, Piketty reconoce la ideología como positiva y constructiva, “un conjunto de ideas a priori plausibles y buscan el modo en que debería estructurarse una sociedad en lo económico, social y político” (1). En otras palabras, la ideología es un intento de presentar respuestas a un conjunto de cuestiones extremadamente complejas y extensas. Por lo anterior, no es posible conseguir la unanimidad en las ideologías por la naturaleza de los temas que abordan; por ello, el conflicto y el desacuerdo le son inherentes.


Piketty defiende una trama que atraviesa su argumentación: para que una coalición igualitaria pueda volver a emerger algún día, se requiere de una redefinición radical en su base programática, ideológica e intelectual. Dicho en otras palabras, hay una luz. Es posible construir un relato, un horizonte igualitario de alcance universal, una nueva ideología de igualdad, de la propiedad social, de la educación, del conocimiento y del reparto del poder que sea más optimista con el ser humano.

Deuda foucaltiana. El orden del discurso


La desigualdad se ha mantenido a través de la historia mediante prácticas discriminatorias, a veces violentas, entre estratos sociales y orígenes étnico-religiosos. Un régimen desigualitario se caracteriza, según Piketty, por un conjunto de discursos y de mecanismos institucionales que buscan justificar y estructurar las desigualdades económicas, sociales y políticas. Consecuente con su supuesto básico de la fuerza de las ideologías, el hilo conductor del libro es que las sociedades desigualitarias se han sostenido, preservado y perpetuado gracias al éxito de producir un relato predominante. Recordemos que Foucault, afirma la importancia del discurso:

“en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (3).
El asunto es, para Piketty, de primer orden. Hay que tomarse en serio el papel que las ideologías y sus discursos respetivos han tenido en la historia. Es sobre las justificaciones históricas y actuales que la sociedad se ha dado a sí misma es que la desigualdad existe y es “normal”. Además este discurso predominante sostiene que no es necesario intervenir la desigualdad, que esta tiende a resolverse por sí misma. Sobre esta justificación, y mediante relatos, narrativas y explicaciones racionales, es que se ha construido el edificio de la civilización actual, sostiene Piketty. Adicionalmente, el relato dominante para explicar la desigualdad es de carácter propietarista, empresarial y meritocrático.


La sociedad actual parece decirnos: “La desigualdad de hoy es justa puesto que deriva de un proceso libremente elegido en el que todos tenemos las mismas posibilidades de acceder al mercado y a la propiedad.” O también: “Siempre ha habido desigualdad y hoy estamos mucho mejor que hace siglos” o si no: “Todos obtenemos un beneficio espontáneo de la acumulación de riqueza de los más ricos, que son los más emprendedores, los que más lo merecen, y los más útiles (a la sociedad)”. Dicho de otra manera, el discurso desigualitario, ensalza a los ganadores y estigmatiza a los perdedores por su supuesta falta de mérito, talento y diligencia.


Es un discurso siempre esgrimido por las élites para justificar su posición. En similar sentido, la desigualdad ha aumentado a medida que la culpabilización de los pobres ha aumentado. Este es uno de los principales rasgos de la sociedad desigualitaria, culpar a los pobres de su condición. Lo que ha cambiado son los métodos para perpetuar la desigualdad. Al pasar los pobres de esclavos y siervos a súbditos, se hizo necesario dominarlos por otros medios, básicamente a través del discurso y el argumento del mérito.


Es explicable entonces, que cada régimen desigualitario repose sobre su propia teoría de la justicia. Desde esas perspectiva las desigualdades no solo deben justificarse por parte de quien está en el extremo acumulacionista, sino que estas desigualdades deben ser plausibles y dar coherencia a la organización social y política ideal.


Discurso identitario vs. discurso clasista

Piketty hace una aguda observación de lo que llama el social-nativismo o la trampa identitaria poscolonial3 de cómo las élites desigualitarias han logrado cambiar la marea para desincentivar la teoría y las argumentaciones que derivan de la lucha de clases. Esta ha sido relegada como un arcaísmo que corresponde a remotas épocas de consignas de los defensores de las sociedades igualitarias. A partir de la década de 1980-1990, el discurso se ha centrado con mayor énfasis, no en las diferencias de clase –como si estas hubieran desparecido milagrosamente– sino en el tema identitario que abarca argumentos nacionalistas, étnicos y religiosos. En otras palabras, con el fin de socavar la conciencia de clase, las élites han desplazado el punto de atención hacia lo identitario, y con ello, logran, casi de manera paradójica, cautivar la atención y los votos de las clases populares que se dejan llevar por la seducción identitaria con el efecto de situar en segundo plano la desigualdad.


El discurso desigualitario en la educación


Pero el discurso desigualitario abarca mucho más. Toca, de manera principal, la educación. El autor demuestra la forma cómo hay mecanismos de legitimación del sistema de enseñanza superior, bajo la apariencia de “dones” y “méritos” que se perpetúan en privilegios sociales porque los grupos desfavorecidos no disponen de los códigos culturales y las claves que permiten alcanzar el reconocimiento. Es, en pocas palabras, una dominación cultural simbólica. Por dar un ejemplo, un joven talentoso no logra acceder a la educación superior de primer nivel por cuanto desconoce del sistema de códigos simbólicos necesarios para ingresar a los círculos cerrados de una élite que monopoliza los mejores centros educativos.


Piketty sostiene que el asunto de la desigualdad educativa es una de los principales causas para el colapso de la coalición socialdemócrata de fines del siglo pasado. Estos partidos, con frecuencia en el poder, no consiguieron revocar el discurso desigualitario ni generar transformaciones profundas en los sistemas educativos. Por contraste, la conclusión es evidente: es el combate por la igualdad y la educación lo que ha permitido el desarrollo económico y el progreso humano, y no, como pueden sostener algunos, la sacralización de la propiedad privada y la desigualdad.


El discurso meritocrático


Por otra parte, la actual ideología meritocrática va de la mano de un discurso de exaltación empresarial y de admiración por los multimillonarios. El discurso imperante es que aquellos que ascienden, progresan y llegan a la cima es porque poseen los méritos, talentos y capacidades necesarias y, por ello, son “premiados” –dentro de una ética de corte protestante bastante análoga a la descrita por Weber– por una sociedad basada en el éxito, el esfuerzo y el sacrificio personal. Como si no fuera suficiente, el discurso meritocrático y empresarial se usa como arma, un argumento de los ganadores del sistema actual y en contra y estigmatización de los perdedores.


La década de 1980-1990: Punto de inflexión o ruptura


Piketty demuestra, a través de series históricas y económicas, cómo la década de 1980 a 1990 marcó un punto de quiebre en los sistemas del Estado de bienestar social que había logrado avances significativos entre 1950 y 1980. Tras la caída del muro de Berlín y del régimen soviético se dio paso a un hipercapitalismo con fuerte tendencia desigualitaria y, en consecuencia, acompañado o sustentado por un relato hiperdesigualitario.


No es extraño entonces que siempre haya existido una subestimación, por parte de los gobernantes y dirigentes de los problemas ligados a la desigualdad. Sin embargo, ya en pleno siglo XXI, y en especial a partir de la crisis del 2008-2009, cualquier argumento a favor de la desigualdad se ha convertido en un relato frágil. Es en los tiempos actuales cuando quizás más se ha visto la relevancia de discusiones propositivas para reversar de manera efectiva la desigualdad en el mundo. La obra de Piketty es una contribución en esta dirección.


Otro aspecto importante para Piketty es el relativo a las fronteras. El autor logra demostrar, al efectuar un análisis transnacional, de qué manera se pone en evidencia el relato desigualitario. No es un asunto al interior de fronteras sino que al contrario, las trasciende dado que hoy todas las naciones están estrechamente entrelazadas.


Edad de oro de la social democracia


Si el período de 1950-1980 fue un periodo igualitario, al menos en Europa, ¿cuáles son las razones de su fracaso? Piketty encuentra tres razones: los intentos de instaurar nuevas formas de reparto de poder y de propiedad social en las empresas quedó reducido a casos específicos en Alemania y Suecia; segundo, la socialdemocracia no logró ni ha logrado abordar con eficacia la necesidad de igualdad en el acceso a la información y al conocimiento y, tercero, los límites del pensamiento socialdemócrata sobre fiscalidad y específicamente sobre fiscalidad progresiva impidieron una transformación profunda y duradera en Europa, y por añadidura, en el resto del mundo. Se necesita sentar las bases de nuevas formas federales transnacionales de soberanía compartida y de justicia social y fiscal.


Hacia una propuesta igualitaria en siglo XXI


Después de la década de 1980-1990, Piketty demuestra prolijamente, mediante gráficos y series, cómo el mundo ha regresado a altísimos niveles de desigualdad con concentración de riqueza en el decil superior y disminución significativa del porcentaje que recibe el 50 por ciento de la población más pobre.


A la vez, mediante el enfoque de larga duración, logra demostrar cómo, al final de toda sociedad propietarista, se dan transformaciones políticas e ideológicas debido a profundas reflexiones y debates en tres frentes: la justicia social, la fiscalidad progresiva y la redistribución de rentas y de la propiedad. Pero Piketty no cae en la ingenuidad, es consciente de que las grandes transformaciones políticas y sociales se dan no solo a partir de la teoría. De allí se desprende que el autor de Capital e ideología encuentre un cruce entre esta evolución intelectual y una serie de crisis políticas, financieras y militares.


Para decirlo de una vez, lo que Piketty propone es una sociedad justa que permite a todos sus miembros acceder a los bienes fundamentales de la manera más amplia posible: educación, salud, derecho al voto, participación plena en todas las formas de la vida. En esa línea, prefiere un socialismo participativo para alejarse de todo socialismo estatal hipercentralizado estilo soviético. La manera de superar el capitalismo actual, con su desacralización de la propiedad privada y establecer un sistema con tres tipos de propiedad: la propiedad pública, es decir aquella encabeza del Estado y de las entidades administrativas y territoriales, la propiedad social (aquella donde existe una cogestión efectiva de los trabajadores en las empresas, como sucede en Suecia y Alemania, y, por último, lo que él llama la propiedad temporal.


¿Qué es esta última? Se trata de un sistema en que los propietarios privados más ricos deben devolver cada año a la sociedad una parte de lo que poseen con la finalidad de facilitar la circulación de bienes y una menor concentración de la propiedad privada y del poder económico. Esto se consigue a través de un impuesto progresivo sobre el patrimonio que permita financiar una dotación universal de capital destinada a cada joven adulto. La propiedad temporal facilita que la propiedad privada circule y evita que la concentración excesiva de la misma se perpetúe. Para Piketty, repetimos, es posible superar el capitalismo actual mediante una combinación de estas tres formas de propiedad.


Dilemas sociales que se plantean


Es imposible resumir en tan poco espacio la magnitud y extensión de esta obra. Basta decir que al final de la lectura quedan interrogantes abiertos. Preguntas que se convierten en dilemas sociales nada fáciles de resolver y para las que ni el mismo Piketty ofrece respuestas claras y únicas. Él mismo confiesa que sus propuestas son provisionales, sujetas a la deliberación constructiva y propositiva.


El principal dilema que se desprende de Capitalismo e ideología es ¿cómo desmontar el discurso desigualitario/meritocrático? Si esto se logra se habrá ganado un buen trecho en el camino hacia el socialismo participativo. El segundo es lo que Piketty llama el miedo al vacío, o abrir la Caja de Pandora al entrar en un tema tan complejo y espinoso donde no son fáciles las respuestas satisfactorias y duraderas. En otras palabras, muchos piensan que sería demasiado arriesgado poner en entredicho el sistema actual, y casi que de manera paradójica, habría que agradecer que existen los Bezzos, los Gates, y los Zuckenberg, pues gracias a ellos la sociedad progresa.


Por otra parte, sigue siendo necesario para la socialdemocracia superar el efecto de la caída del comunismo y de cierta manera “el complejo de culpa” que aqueja hoy al pensamiento crítico que no ha conseguido articular una alternativa clara y convincente para las grandes mayorías. Y por último, cómo lograr consensos para que esa coalición igualitaria, aquella llamada a superar el capitalismo, tome la suficiente fuerza y se imponga frente al discurso desigualitario. Para ello, entre otras cosas, será necesario trascender las limitaciones de pensar mediante fronteras. Todo esto encarna un desafío de persuasión a elites, políticos, gobernantes y electores. No es necesario esperar a que ocurran grandes cataclismos –como la Gran Depresión del treinta o las guerras mundiales– para aspirar a sociedades menos desigualitarias, sería demasiado absurdo y de tono muy conservador. Piketty, casi que de manera socarrona, dice: “Lo ideal sería que el retorno a la progresividad fiscal y el desarrollo del impuesto a la propiedad privada se llevaran a cabo en el marco de una gran cooperación internacional. La mejor solución consistiría en un registro financiero público capaz de permitir a los Estados y a las administraciones fiscales intercambiar toda la información necesaria sobre los titulares de los activos financieras…”.. Pero antes ha admitido que las grandes transformaciones sociales y económicas no se dan a partir de los libros y las recomendaciones de expertos sino de los grandes movimientos sociales… Por tanto, sí hay esperanza de que podamos vivir en una sociedad más igualitaria.

 

1. Piketty, T., Capital e ideología, Ariel, 2019, Bogotá, p. 14
2. Foucault, M.. El orden del discurso. México: Tusquets, 2013. p. 14
3. Piketty, p. 1024 y ss.

*Escritor. Integrante del consejo de redacción de Le Monde diplomatique edición Colombia.

 

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Domingo, 15 Marzo 2020 06:25

Coronavirus, una pandemia muy oportuna

Coronavirus, una pandemia muy oportuna

La radiografía del momento son hospitales colapsados, personal sanitario exhausto y un sistema de salud pública resquebrajado por las privatizaciones. El Covid-19 destapa las vergüenzas de una gestión destinada a transformar la medicina en un gran negocio para empresarios ávidos de ganancias. Como suele ocurrir en estos casos, la iniciativa privada se frota las manos. Cualquier circunstancia es buena para hacer caja. Así, juegan con el miedo mientras ven aumentar sus beneficios. Han llegado a cobrar 300 euros por las pruebas del Covid-19. Su costo normal no supera los 25 euros. Son los empresarios quienes piden exenciones de impuestos, rebajas en el IVA, facilitar despidos y recibir ayudas para paliar la crisis abierta por la pandemia.

El Covid-19 es una buena excusa para especular. Dejar de ganar no es lo mismo que perder. Si lo valoramos en coyuntura, es una parálisis efecto de una situación extraordinaria. El cierre temporal puede no tener incidencia en el cuadro anual de resultados. Así lo hizo saber el ex ministro de Industria, Comercio y Turismo del PSOE (2008-2011) Miguel Sebastián: “Las parálisis económicas no tienen por qué ser una crisis económica… es un paréntesis… la clave (es) que no duren mucho… puede ser un mes o menos, y luego recuperar la actividad”.

Mientras tanto, la población es sometida a medidas que desatan la histeria colectiva y cuyo objetivo es frenar la acción del virus. El llamado a no salir de las casas deja un paisaje de ciudades semidesiertas. El gobierno y las autoridades solicitan comprensión y responsabilidad a los ciudadanos, la que ellos no tuvieron cuando firmaron los decretos de privatización, el despido de personal auxiliar y la amortización de médicos especialistas motivada por jubilación. Han sido cientas las plazas perdidas, lo cual ha dejado un sistema de salud en mínimos, disminuyendo el número de camas, los servicios especializados y de urgencias. En 2012, el Servicio Madrileño de Salud tenía 15 mil 531 camas funcionando, en 2018 eran 12 mil 565. Todos los inviernos la gripe común satura las áreas de urgencias de los hospitales públicos, pero no se hace nada, sólo ocultar los déficits.

Este año se suman los afectados por el virus Covid-19. La rapidez con la cual se expande en pacientes con patologías crónicas supone la imposibilidad material de gestionarlo hospitalariamente. Entender la salud como un negocio tiene consecuencias. No resulta extraño que en medio de la caída de valores en la bolsa, dos compañías farmacéuticas que trabajan en una vacuna, la anglofrancesa Novacyt y la estadunidense Aytu BioScience, vean subir su cotización. La primera, en 600 por ciento, y la segunda, en 80 por ciento. Nada sobre los avances del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de Cuba, donde los cuatro pacientes italianos en la isla han sido tratados con el nuevo antiviral interferón alfa 2B recombinante (IFNrec), elaborado en la planta mixta cubano-china desde enero en la localidad de Changchún, provincia de Jilin.

Si el virus y su tratamiento son un problema que desconcierta a la comunidad científica (¿nuevo, una mutación, llegó para quedarse?), aconsejar el aislamiento total y evitar contacto humano para frenar su propagación resulta, al menos, sospechoso. Algo no cuadra. Podemos estar viviendo el mayor teatro de operaciones jamás creado para elevar el grado de sumisión y obediencia apelando al miedo-pánico, a fin de reorganizar los mecanismos represivos y coercitivos. Una visión primaria, pero efectiva. Ante una amenaza que se expande, cerrar ciudades, suspender la actividad comercial salvo alimentación, quioscos de prensa, estancos y farmacias, estaría justificado. El relato no puede ser más maniqueo. Es el momento de obedecer sin rechistar. Será cuestión de meses encontrar el antídoto. Así se consolida el comportamiento socialconformista, cuyo rasgo característico es la adopción de conductas inhibitorias de la conciencia en el proceso de construcción de la realidad. Se presenta como un rechazo a cualquier tipo de actitud que suponga enfrentarse al poder constituido. El conformismo social es asumido y presentado a los ojos de todos nosotros como actitud responsable. Un comportamiento que busca paralizar la acción colectiva y desarmar el pensamiento crítico. La guerra neocortical ha comenzado.

No se trata de negar, menospreciar ni buscar explicaciones en teorías conspiratorias. La realidad parece señalar que los motivos epidemiológicos para declarar una pandemia no están justificados, aunque sí desde una perspectiva política. Desde hace unos años, analistas pronostican una recesión en el interior del neoliberalismo y su fetiche, la economía de mercado. Su reacomodo requiere mayor grado de violencia, aumento de la desigualdad social, exclusión y sobrexplotación bajo un neoliberalismo militarizado. Contener las revueltas populares, desarticular los movimientos sociales y plantear un nuevo escenario se antoja necesario para evitar el colapso. Los ejemplos sobran. En Chile, Francia o Colombia, por citar tres casos, el coronavirus es una “bendición”. Por primera vez, si exceptuamos las dos guerras mundiales, la especie humana es sometida a una tensión donde el miedo, el control social y una información manipulada comparten el espacio. Todo aderezado con un relato sobre caos económico y las cuantiosas pérdidas. Seguramente, dentro de unos meses, las empresas habrán recuperado sus beneficios, las bolsas retomarán el pulso especulativo y el miedo-pánico desaparecerá. La factura, como de costumbre, la pagarán las clases trabajadoras.

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Empleados sanitarios se alistan para emprender un recorrido por hospitales en el contexto del brote de Covid-19, el viernes en Wuhan, centro de China.Foto Xinhua

Con las pandemias, como en las guerras, la primera víctima es la "verdad": se entra a un diagrama dual de "verdades y mentiras inverosímiles" y de "verdades y mentiras verosímiles", donde la percepción de la población es más importante que la realidad. Aquí cuenta mucho la velocidad y la calidad de la comunicación, como aprendió el Centro para el Control de las Enfermedades de EU (CDC, por sus siglas en inglés), tras haber sufrido el desastre de su desinformación y su pésima comunicación con el H1N1 (https://bit.ly/38X8bEY).

En EU fue notorio el choque entre Trump y el connotado infectólogo Tony Fauci. Debido a su origen y peculiar propagación del Covid-19, la expertise debe recaer en la tríada de infectólogos/inmunónologos/neumólogos, quienes son los que tratan a los pacientes, y no los epi­demiólogos que, por su limitada formación teórica sin práctica clínica, ignoran el cuidado de los enfermos. China acusó que el “ejército de EU podría haber llevado el virus (…) a la ciudad china de Wuhan”, lo cual no ocurrió en la previa pandemia del H1N1 cuando tampoco se desataron los demonios geopolíticos/geoeconómicos de ahora que concurrieron para conformar una "tormenta perfecta". Zhao Lijian, portavoz de la cancillería china, publicó un video de Robert Redfield, jefe del CDC de EU, donde señala que "se encontró coronavirus postmortem en varios estadunidenses que fueron diagnosticados con gripe".

Zhao reaccionó en forma virulenta al video de Redfield: “¿Cuándo apareció el paciente ‘cero’ en EU? ¿Cuántas personas están infectadas? ¿A qué hospitales los llevaron? Probablemente fueron militares estadunidenses quienes llevaron la epidemia a Wuhan. ¡Sean honestos! ¡Revelen los datos [sobre la infección con SARS-CoV-2 en EU]! ¡EU debe explicarnos todo! (https://bit.ly/2IMMhcL)”.

Una fuente del Departamento de Estado filtró a Reuters que EU había citado al embajador de China para aclarar los comentarios de su portavoz (https://reut.rs/2QeNWvV). Se desató una guerra de propaganda entre China y EU que se acusan mutuamente del origen del nuevo virus.

Mike Pompeo, secretario de Estado y ex director de la CIA, calificó al Covid-19 como "coronavirus Wuhan", en referencia al primer brote en la importante ciudad central de China (https://politi.co/2WdemBS). Ya enfilado, Pompeo fulminó contra la "desinformación china que ocultaba los verdaderos datos y el número real de infectados".

Hace 15 días comenté “las teorías sobre el accidente del coronavirus experimentado y/o sembrado como arma bacteriológica y de lo que se han acusado las tres superpotencias: EU, Rusia –con una aterradora excavación (https://bit.ly/2TaMQTH)– y China, cuyo máximo especialista afirma que el Covid-19 “pudo no haberse originado en China (https://bit.ly/2wRCjE5)”; agregué que “antes de fallecer, el genial astrofísico Stephen Hawking advirtió sobre las agresiones de las armas biológicas al género humano (https://cnet.co/2Towoy1)”, ya que el Covid-19 tiene todas las características de "arma biológica".

La pandemia ha provocado medidas preventivas en el planeta, mientras la "guerra de propaganda" para endosar el origen del coronavirus arrecia con furia en el Medio Oriente.

The Times of Israel, muy defensivo, resalta la postura del investigador de la Liga Anti-Difamación (ADL), Alex Friedfeld, que desecha la "teoría de la conspiración" de que los judíos (sic) crearon el virus”. Friedfeld juzga que “la más popular de todas es que "los judíos usan este virus como medio para enriquecerse" ya que fueron quienes "lo manufacturaron y tomarán ventaja del colapso de los mercados mediante su información privilegiada (insider trading)". Hasta ahora no existe evidencia al respecto (https://bit.ly/2UcXWXM).

Hassan Nasrala, líder del Hezbolá libanés, condenó a Trump y su administración como los "peores mentirosos" por ocultar la verdadera escala de la pandemia en EU, en medio de “una batalla que parece una guerra mundial (https://bit.ly/2U64ibb)”.

En la "Era de la posverdad", ¿sabremos algún día la "verdad"?

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Domingo, 15 Marzo 2020 06:11

Un fantasma recorre Europa, la recesión

Aeropuerto de Milán. Italia: aislamiento y parálisis.   ________________________________________ Imagen: AFP

El epicentro de la crisis económica también se mudó al Viejo continente 

El impacto de la actual catástrofe sanitaria amenaza golpear más en Europa que sobre China, desde donde se irradiaría al resto del mundo. Italia, al borde del abismo.

 

La crisis económica desatada por la pandemia del coronavirus parece seguir la misma trayectoria geográfica que la propagación del virus COVID-19: se originó en China, se expandió a varios países, pero es Europa la región que se ha convertido ahora en epicentro de la expansión del brote. Así como ocurre con la curva de contagios, que en China habría ya superado su pico y empieza a revertirse mientras que en Europa sigue trepando, las repercusiones en el plano económico siguen el mismo sendero. Un informe oficial del Ministerio de Industria de China indicó esta semana que, fuera de la provincia de Hubei, foco del brote del COVID-19, el 95% de las grandes empresas industriales y el 60% de las pequeñas y medianas del país ya han vuelto a la actividad (aunque no en su plenitud). En Europa, en cambio, la inestable economía italiana (la tercera en tamaño de la zona euro) ingresa aceleradamente en un proceso de recesión profunda, mientras que Alemania, España y el Reino Unido preveían una caída de magnitud en su actividad, ya antes de que Donald Trump anunciara el cierre del corredor aéreo entre Estados Unidos y la Europa continental. La amenaza de crisis ya no sólo tiene origen asiático. Y dependiendo de su duración y profundidad, la crisis podría mutar en catástrofe.

Las consecuencias económicas que provocará la paralización del transporte, la no concurrencia al trabajo, la retracción del turismo internacional, la caída del consumo de sectores de la población mundial "invitados" a no salir de su domicilio, es innegable. Hay, además, otros impactos que tienen que ver con "causas preexistentes" y que la crisis del coronavirus las elevó a la superficie. Lo que provoca el derrumbe de las bolsas, la cotización de las materias primas y la evaporación del efecto de políticas monetarias de los países centrales (baja de tasas en dólares y euros prácticamente a cero, casi sin respuesta en los mercados) es, también, la enorme fragilidad de un sistema financiero global que quedó herido de muerte con la crisis de 2008 y todavía sigue prolongando su agonía. Un factor externo, el COVID-19, ahora lo ha puesto en jaque. Y nadie puede asegurar que vaya a volver a "su" normalidad una vez que pase la amenaza del virus.

Otro ejemplo de "conflicto latente" fue el del petróleo. El derrumbe del precio fue atribuido al intento de la OPEP de encontrar un acuerdo para reducir la oferta de crudo, para enfrentar una demanda mundial en baja a raíz de la retracción de las compras de China, y así blindar al precio del barril de una previsible caída. Arabia Saudita hizo la propuesta y Rusia la rechazó. La respuesta saudí fue la menos esperada: como no logró el acuerdo ruso, salió a vender el crudo a precios de liquidación en los mercados habitualmente atendidos por Moscú para ganarle esos clientes. La consecuencia fue que se aceleró la caída del precio del petróleo, justo lo contrario de lo que originalmente buscaba, en apariencia, Arabia. La pandemia corrió el telón para dejar ver una crisis latente, una disputa no resuelta por el control del mercado petrolero. Se abrió, así, una guerra de precios que en el marco de la crisis del COVID-19 adquirió modos salvajes.

El derrumbe del precio del petróleo dejó en posición muy debilitada a países exportadores altamente dependientes de los dólares de ese recurso, como Venezuela y Ecuador en Latinoamérica. Otros países exportadores en la región, como México y Colombia, si bien no son tan dependientes del petróleo como los anteriores, también sufrirán el impacto en sus cuentas externas. Además, la caída del petróleo también contagió a otros commodities. Materias primas agrícolas (soja, trigo, maíz) y minerales (cobre) también vieron retroceder sus cotizaciones, no tanto por razones de oferta y demanda sino porque, desde principios de este siglo, estos mercados se manejan como derivados financieros con fuerte incidencia de los fondos especulativos, que son los que terminan definiendo el precio. En situación de incertidumbre y con el petróleo en baja, los fondos se desprenden de sus contratos a futuro en "valor soja" o "valor cobre" y se mudan a activos más seguros: bonos del Tesoro estadounidense o del Banco Central Europeo. Su rendimiento es casi nulo, pero su tasa de riesgo también.

Los que pierden son los países exportadores de esas materias primas que ven caer su valor. Es otra consecuencia nociva de la financiarización de la economía mundial: la especulación le maneja los valores a los países productores: cuanto más primarizados, más dependientes. Argentina (por la soja) y Chile (por el cobre) están entre los perdedores.

Algunas estimaciones oficiales prevén una pérdida de ingresos globales por 2 billones de dólares consecuencia de esta crisis (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo, Unctad). La misma Unctad estimó en 50 mil millones de dólares las pérdidas en producción manufacturera sólo en febrero. Del monto total de pérdidas globales, un cinco por ciento, 100 mil millones de dólares, se explicarían sólo por las pérdidas en el transporte aéreo (IATA, asociación internacional del sector). El otro rubro que recibirá duramente el impacto es el turismo internacional, porque no se trata de un desvío en los destinos para esquivar a las zonas más riesgosas, sino que en una gran mayoría de casos se tratará de proyectos de viaje de los cuales se desiste. Para algunos países que tienen al turismo como una fuente de ingresos importante, esto puede ser letal.

Europa saca cuentas. Italia, España, Francia, incluso Grecia, son grandes receptores de turismo mundial. Italia recibió en 2019 más de 125 millones de viajantes extranjeros, que dejaron en sus arcas más de 40 mil millones de euros en gastos. El turismo le aporta a la península el 13% de su PBI. Si este año recibe el 15% de los visitantes que llegaron el año pasado, Italia se dará por contenta. Pero no es sólo el turismo: todo el país está paralizado por la prohibición de movilidad y la economía se hunde en la recesión que ya empezaba a asomar antes de la pandemia.

Italia transita entre el estancamiento y la recesión desde hace 12 años. Con una demanda interna por debajo de los niveles de una década atrás, su actividad económica se sostenía apenas por el turismo y las exportaciones automotrices, de alimentos y ropa de diseño. La parálisis actual la afectará en todos los rubros. Italia es un caso a seguir y no sólo por lo dicho. Es, además, una de las economías más endeudadas: sus compromisos externos suman 2,4 billones de euros, el 135% de su PBI. Tiene vencimientos este año por 200 mil millones, que obviamente no estará en condiciones de honrar. Su situación podría derivar en una consideración global sobre las soluciones a implementar con países endeudados e imposibilitados de poder cumplir sus compromisos en el corto plazo.

El shock económico tendrá otra consecuencia que deberá ser abordada tarde o temprano. La demostración de la debilidad en que ha dejado el modelo neoliberal a los aparatos estatales para responder a situaciones de extrema gravedad. No será un dato menor que el sistema centralizado chino demuestre una capacidad de salir de la crisis que el modelo neoliberal europeo no logre equiparar. 

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El centro de Madrid, prácticamente vacío este sábado.JAIME VILLANUEVA

Con la recesión ya como escenario base en Europa, economistas e historiadores ven más similitudes con la crisis del petróleo de los setenta o con el ‘crash’ del 29 que con la de 2008

 

Comparar el hoy con los episodios más traumáticos del ayer es demasiado tentador. Las heridas de aquel tramo final de verano de 2008, en el que el sector financiero se desmoronó llevándose consigo al conjunto de la economía, son demasiado cercanas en el tiempo y siguen demasiado presentes en el imaginario colectivo como para que resulte inevitable retrotraerse a entonces. Hasta el BCE, en un severo toque de atención a las capitales para que se coordinen y saquen la artillería pesada, ha recurrido a ese símil para sacudir conciencias y llamar a los Gobiernos a filas. Sí, el coronavirus ha hecho caer a plomo las Bolsas en las últimas semanas. Sí, los siempre temidos índices de volatilidad están por las nubes. Sí, todo nos recuerda a aquella hidra de las mil cabezas. Y sí, la economía mundial ha entrado en un terreno inhóspito y habrá que esperar meses para ver el alcance real del zarpazo en toda su amplitud. Pero estamos frente a algo distinto, ya se verá si más o menos grave: ninguna recesión —ya es el escenario base de todos en Europa, Bruselas incluida— es igual a la anterior.

Frente al choque de demanda de libro de la Gran Recesión —2008 fue, ante todo, el estallido de una burbuja y el desplome de un sector bancario hipertrofiado e infrarregulado, que desató un pánico general y hundió el consumo—, esta es una crisis híbrida. “Al principio, cuando el coronavirus empezó a golpear China era un impacto muy específico de oferta, sobre la cadena de suministro”, apunta Ángel Talavera, jefe de análisis de Oxford Economics para Europa. Su aterrizaje en el Viejo Continente, en cambio, “ha escalado el escenario a otra magnitud: ahora es también un choque de demanda muy fuerte”. A diferencia de una década larga atrás, como repiten estos días todas las grandes casas de análisis, la banca está más controlada y mejor capitalizada, por lo que el riesgo de contagio a lo financiero es menor. “Aunque cuidado, porque si llega, entonces sí sería la madre de todas las batallas”, advierte José Juan Ruiz, ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El ocaso se ha acelerado, la noche se ha echado demasiado pronto sobre la economía y el mundo navega y navegará durante semanas sin apenas puntos de referencia. Hace tres meses, la gran preocupación global era la guerra comercial entre EE UU y China, pero hoy ya nadie se acuerda de aquello: cinco letras (Covid) y dos números (19) lo monopolizan todo. Algunos economistas, como Kenneth Rogoff o el propio Ruiz, ven trazas de la crisis de los setenta revivida, cuando el embargo petrolero de los países del Golfo cuadruplicó el precio por barril y dañó la sala de máquinas de las economías occidentales. Otros, como Joan Roses, responsable del Departamento de Historia Económica de la London School of Economics, ven —con todas las precauciones debidas— más similitudes con el crash del año 29 del siglo pasado. “Como ahora, hubo una interrupción de la producción, la Bolsa se hundió y acabó dándose una sobreoferta. La lección que aprender de entonces es la de la cooperación: si empobreces al vecino, acabas empobreciéndote a ti también”, valora por teléfono. “La incertidumbre sobre la magnitud de la crisis detonada por el coronavirus no exime, sino más bien obliga a los Gobiernos a poner en marcha, preferiblemente de manera concertada, el arsenal de instrumentos de políticas contracíclicas”, suma Juan Carlos Moreno Brid, de la UNAM.

Una de las grandes diferencias de esta crisis es que el impacto es secuencial: como si de un tsunami se tratase, el virus golpeó primero a China; luego llegó a Irán y a Corea del Sur; y ahora zarandea a Italia y al resto de Europa occidental, ya oficialmente convertida en epicentro de la epidemia. “No hay sincronización y ahí, como historiador económico, es algo que no he visto nunca”, agrega. Eso complica la salida: “Puede prolongar su duración, crea problemas adicionales sobre el comercio e indica que necesitamos coordinación internacional: no hay forma de actuar aisladamente”. Aunque hasta ahora el virus se ha ensañado con especial virulencia con las siete grandes potencias económicas mundiales, como recuerda el economista jefe del banco de inversión suizo UBS, Paul Donovan, seguirá golpeando “a diferentes países, de maneras diferentes y en diferentes momentos temporales”.

Hay algunas —pocas— cosas claras a estas alturas. Las previsiones previas son papel mojado desde el momento mismo en el que, lo que empezó como una gripe más a ojos de Occidente, ha mutado en algo mucho más serio. “Todas están desfasadísimas. Ahora mismo ponerle números a la crisis es muy arriesgado: en solo unos días quedan obsoletas. Con el retraso de datos que hay, hasta que no tengamos un número de todo marzo que nos sirva de guía, es casi como el tarot…”, reconoce Talavera. “Las circunstancias cambian tan rápido que es imposible confiar en cualquier pronóstico”, completa por correo electrónico David Wilcox, director de investigación de la Fed hasta 2018 y uno de los asesores más estrechos de los tres últimos presidentes del instituto emisor. “¿Adónde vamos?”, se preguntaba hace unos días Claudio Borio, jefe del Departamento Monetario y Económico del BIS, el coordinador de los bancos centrales. Ahora mismo “solo hay una cosa clara: los mercados financieros seguirán danzando al ritmo de las noticias sobre el coronavirus y la respuesta de las autoridades”.

Toda medida de contención de la epidemia, especialmente si es del calado de las aplicadas en los últimos días, implica cortocircuitar la economía durante un tiempo. Es el lógico precio a pagar: la salud es lo primero. Y es, también, una auténtica prueba de resistencia para el crecimiento, un metal que se ha demostrado demasiado quebradizo en los últimos tiempos. Habrá impacto, será fuerte y, parece, transitorio; como si de una catástrofe natural se tratase. Durará lo que dure el virus, entre dos y cinco meses, según los cálculos de las autoridades sanitarias españolas. Entonces, sí, será el momento de levantar las alfombras y ver qué hay debajo; de hacer un recuento de daños, que se presumen profundos. Mientras, los economistas parecen resignados a una de sus peores pesadillas: ir a tientas durante un periodo de tiempo mucho mayor del que quisieran. En eso sí, esto se parece demasiado a aquel negro septiembre de 2008.

Una ardua batalla que pilla al mundo con las defensas bajas

Alejar de la vista el fantasma de 2008 puede resultar, en cierta forma, un alivio. Y en parte lo es. Aunque, como recuerdan Richard Baldwin y Beatrice Weder di Maurola, del Graduate Institute, el virus se está ensañando con la flor y nata económica —“la lista de las 10 naciones más golpeadas es casi idéntica a la de los 10 países más grandes del mundo por PIB, dejando claro que tiene potencial para hacer descarrilar la economía mundial”, escriben—, en las grandes mesas de análisis no está sobre el tapete (aplique aquí el lector todas las salvedades que estime oportunas) un hundimiento como el de entonces. Se sabe que el golpe será duro pero temporal, aunque siempre con la duda planeando sobre su duración: se empezó hablando de semanas, luego de meses y, tras su llegada a Europa, el debate es sobre los trimestres de actividad bajo mínimos. Descontada la recesión, cuanto más tiempo dure el estado de excepción, mayor será su virulencia.

En un segundo vistazo, sin embargo, el temor es otro: apenas hay puntos de anclaje o precedentes a los que asirse a la hora de trazar una respuesta de política económica. La pólvora monetaria está mojada, con los tipos de interés por los suelos, y exige una importante dosis de creatividad. El fiscal, muy lastrado por los pasivos acumulados, exige una reformulación completa de las directrices, al menos a escala europea. Aunque, como escribía el viernes el profesor de Harvard Gregory Mankiw, “hay momentos para preocuparse por la creciente deuda pública pero este no es uno de ellos”. La expansión, además, llega desacelerada y en una fase ya muy madura: casi 130 meses consecutivos de crecimiento en EE UU, cerca de cuatro veces por encima de la media histórica, así lo atestiguan. Un punto añadido de fragilidad.

14 mar 2020 - 18:30COT

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Nutrida conferencia de prensa en la Casa Blanca, en la cual Donald Trump declaró la "emergencia nacional" por el coronavirus.Foto Ap

 Nueva York., Solo después de una creciente ola de críticas por la falta de acción de su régimen y desplomes históricos en las bolsas de valores, el presidente Donald Trump declaró ayer una "emergencia nacional", pero rehusó responsabilizarse de lo que ya es visto como una catástrofe de salud pública prevenible con enormes consecuencias humanas y económicas.

En conferencia de prensa en la Casa Blanca –donde inexplicablemente Trump reunió hombro con hombro a diversos funcionarios y ejecutivos de empresas, a algunos de los cuales saludó de mano, y todos compartieron el mismo micrófono, violando con ello todos los protocolos aconsejados por expertos– el presidente oficialmente declaró una "emergencia nacional".

Aseguró que "esto pasará" y después de autoelogiarse, afirmó que ha creado una nueva alianza con el sector privado para abordar la crisis a la que hace sólo 13 días calificó como "un engaño", y prometió que habrá más que suficientes pruebas diagnósticas disponibles en los siguientes días.

La declaración de emergencia nacional pone hasta 50 mil millones de dólares disponibles para apoyar los esfuerzos de autoridades estatales y locales para enfrentar el coronavirus, además se anunciaron medidas para otorgar "flexibilidad" a los médicos y administradores de salud encargados de responder ante la crisis.

Luego de dos meses sin actuar, dejando al país más rico del mundo sin suficientes pruebas diagnósticas disponibles, herramienta fundamental para controlar la epidemia y armar estrategias de contención y mitigación, provocando una cada vez más furiosa condena, Trump aseguró este viernes que habrá millones de pruebas disponibles en los próximos días, y respondió que "no tomo ninguna responsabilidad" por la carencia de pruebas hasta la fecha, culpando a otros, como suele hacer.

La carencia de pruebas en EU fue denunciada por una amplia gama de políticos y expertos. Desde el inicio de la crisis y hasta la fecha sólo se han aplicado 15 mil, mientras Corea del Sur administra en promedio 10 mil pruebas cada día.

A la pregunta de si asumía la responsabilidad por desmantelar la oficina de pandemias que existía en la Casa Blanca para coordinar la respuesta federal a crisis como esta, Trump primero insultó a la periodista comentando que "esa es una pregunta asquerosa" y luego añadió: "No sé nada sobre eso". Sin embargo, fue su entonces asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, quien cerró esa oficina dentro del Consejo de Seguridad Nacional en 2018, y Trump en esa fecha lo justificó diciendo: "Yo soy un hombre de negocios" y afirmó que se estaban desperdiciando fondos manteniendo algo así.

El magnate comentó por primera vez que se someterá a una prueba después de que tuvo contacto con por lo menos dos visitantes contagiados. Hoy se confirmó que Peter Dutton, miembro del gabinete australiano, está contagiado, días después de reunirse con el procurador general William Barr y la hija del presidente Ivanka Trump.

Horas después de la conferencia de prensa en la Casa Blanca, la presidenta de la cámara baja Nancy Pelosi anunció que se había llegado a un acuerdo con el gobierno de Trump para impulsar un paquete de apoyo masivo para los afectados por el impacto de la crisis, que incluye fondos para pagar a trabajadores que soliciten licencia por enfermedad, seguro de desempleo y asistencia alimentaria para los más pobres, entre otras medidas. Se espera que ambas cámaras del Congreso aprueben el proyecto de ley entre ahora y la próxima semana.

Ante todo esto, las bolsas de valores respondieron positivamente, registrando una alza de casi 10 por ciento –la más alta en una jornada desde 2008– un día después de sufrir la peor caída desde 1987.

El número de casos confirmados se elevó a más de 2 mil, con 45 muertos, pero esas son cifras obtenidas con pocas pruebas, y se supone que habrá un incremento exponencial una vez que se cuente con las herramientas diagnósticas.

Más clausuras

Cada día la vida cotidiana es interrumpida con medidas que cancelan actividades de diversas agencias y entidades, cerrando miles de escuelas y universidades, mientras se alarga la lista de eventos cancelados o postergados como resultado de la pandemia.

Proyecciones alarmantes

Cálculos de las dimensiones potenciales de esta epidemia del Centro de Control de Enfermedades (CDC) y expertos internacionales, elaborados el mes pasado, proyectaron, en el peor de los casos y sin una intervención organizada (que ahora está en curso y por tanto se supondría que podría reducir estas consecuencias), una crisis con entre 160 y 214 millones de personas infectadas en Estados Unidos, de las cuales entre 2.4 y 21 millones podrían requerir hospitalización (en un país que cuenta con menos de un millón de camas disponibles, reportó el New York Times).

Una fuente dentro del gobierno comentó a National Public Radio que en enero Trump bloqueó un esfuerzo para multiplicar las pruebas del coronavirus, porque deseaba evitar registrar números crecientes de casos para no afectar su imagen y su campaña de reelección.

Por todo ello, varios expertos coinciden en que las consecuencias que se acumularán por esta pandemia eran en gran medida prevenibles y su gravedad será resultado del manejo político al inicio de esta crisis.

Una periodista haitiana tuiteó: “mi tío me habló desde Puerto Príncipe esta mañana para saber si necesitaba huir de éste, mi país, hoyo de mierda (empleando la palabra de Trump “shithole”, con la cual se refiere a países pobres de donde provienen migrantes).

Por David Brooks

Sábado 14 de marzo

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Una mujer y dos niños con mascarilla en Jiquilisco, municipio de El Salvador.MARVIN RECINOS / AFP

El coronavirus, como todo lo demás en Centroamérica, llega contagiado de clasismo en una de las regiones más desiguales del mundo

El coronavirus ya llegó a Centroamérica, pero con timidez. Llegar, llegar, aún no. Honduras ya confirmó los dos primeros casos. Guatemala, uno. El presidente de El Salvador ha solicitado a los diputados declarar estado de excepción (que permite restringir libertad de tránsito, expresión, asociación y hacer capturas selectivas) y Guatemala declaró un menos severo estado de calamidad. Una de las regiones más pobres del continente asume que la pandemia se propagará entre sus habitantes. Las redes sociales son monotemáticas y las primeras quejas de quienes tienen teléfonos inteligentes llegan desde los centros de cuarentena para las personas que recién llegaron al país. Los hospitales privados están repletos de personas que creen tener algún síntoma y los espectáculos cancelados van a titulares de prensa. El coronavirus, pues, como todo lo demás por estos lares, llega contagiado de clasismo en una de las regiones más desiguales del mundo.

Desde que hace tres días en El Salvador se decretó cuarentena para todo nacional que arribe, pareciera que uno de los principales problemas de la pandemia global que ha matado a más de 5.000 personas en el planeta es que hay un albergue muy incómodo y caluroso en el oriente del país, donde los recién llegados de un viaje deben dormir en catres, en un hangar junto a otras personas y compartiendo baños austeros.

Muchos medios de comunicación entrevistan a los viajeros que se quejan de la incomodidad de tener que someterse a 30 días de esas precariedades si pretenden quedarse en el país.

El debate con más eco ha sido la incomodidad, no la idoneidad. Se discute que no hay ventiladores más que el hecho de que la medida quizá no sea la mejor: un viajero que llega de El Salvador, donde no hay casos confirmados, puede terminar durmiendo al lado de un viajero que llegó de Estados Unidos, donde hay más de 700 casos.

El acaparamiento en los supermercados es otra de las recurrentes noticias. La gente ha corrido a vaciar estanterías de comida enlatada, papel higiénico, agua, lo que sea, pero mucho. No, corrijo, la gente no; sino la gente que tiene los recursos.

Ese es el punto.

Ni las largas filas en los hospitales públicos ni las condiciones de albergue para los que regresan de un viaje ni el descontrol consumista en los supermercados son el problema de la mayoría en estas sociedades centroamericanas, porque esa gran mayoría nunca va a hospitales privados, no viaja más que en autobús y a sus trabajos y no compra nada en demasía, porque lo que les pagan no les alcanza, si es que alguien les paga un salario.

En El Salvador, dos millones de personas viven en pobreza, siendo un país que ronda los siete millones de habitantes. En Honduras y Guatemala, alrededor de la mitad de la población vive en pobreza, no cubren lo básico. O sea, redondeando a lo conservador, hay unos 13,5 millones de pobres en esta pequeña región donde el coronavirus aún no hace lo que puede hacer. Los tres países del norte de Centroamérica desfilan con constancia desde hace décadas en el top 5 de las listas de los más miserables del continente.

Si hablamos de viajeros, hay gente fuera del país ahora mismo cuyo dilema no es si viajar y aceptar la cuarentena en el caluroso hangar del oriente salvadoreño. Hay gente que viajará sí o sí y enfrentará la cuarentena porque sí. Los de siempre, los que pase lo que pase viajan: los deportados.

Este 12 de marzo, en una conferencia de prensa telefónica en la que El Faro participó, el comisionado interino de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, Mark Morgan, dijo que los vuelos para deportar centroamericanos continuarán con regularidad a pesar de las cuarentenas, calamidades y estados de excepción.

Y no solo los deportados. Cuatro horas antes de que el presidente de El Salvador anunciara la cuarentena nacional, el medio estadounidense Buzzfeed News reveló que el pasado viernes 6 de marzo el presidente salvadoreño se reunión con funcionarios de Trump para afinar los detalles para que El Salvador reciba a migrantes que pidan refugio en Estados Unidos, para que esperen su trámite desde aquí. Sí, como se lee: El Salvador, país del que huyen miles a pedir refugio por el mundo, es un “país seguro” que recibirá a más de 2,000 personas que pidan refugio a Estados Unidos este año. Honduras también recibirá a esas personas. Guatemala ya recibió a unos 800 de esos peticionarios desde noviembre pasado. La administración Trump y sus villanas ideas. Las administraciones centroamericanas y su “ni modo”.

México, en esto de ser muro y expulsor de migrantes, no pretende quedarse atrás. El Instituto Nacional de Migración anunció que seguirá deportando centroamericanos en autobuses y aviones. Durante 2019, unas 3,200 personas fueron deportadas a un paisito como El Salvador, principalmente desde México y Estados Unidos.

O sea, en esta pandemia se recomienda no viajar, mucho menos desde países que tengan casos de coronavirus, como México o Estados Unidos. Eso sí, si usted es migrante centroamericano olvide lo que hemos dicho.

Se recomienda también lavarse las manos varias veces, con detenimiento y detalle. Pero en estos países un gran porcentaje de la población no recibe agua potable. Miles de esas personas pagan el servicio, pero la falta de planificación urbana que permitió la construcción de colonias obreras encaramadas en cerros, los sistemas de tuberías viejos y dañados y el acaparamiento han llevado a que esa gente no tenga más que un pequeño hilo de agua una hora o dos por las madrugadas. Otros, nada. Si en estos países uno vive en las zonas pudientes y tiene una cisterna que chupe agua para acumular en las horas que el servicio llega, puede lavarse las manos tal como indican los manuales. Si uno vive en las comunidades y cantones centroamericanos y el agua que acarrea del pozo es a base de sudor y músculo, quizá no vaya a cumplir a rajatabla las instrucciones de la Organización Mundial de la Salud.

Saludarse con el codo, dicen. Mejor aún, de lejitos, si es posible. En Honduras, por ejemplo, una de cada cinco personas vive en pobreza extrema en zonas rurales. O sea, con menos de $1.90 al día. Esa gente, muchos de ellos vendedores informales de lo que cosechan, viajará en autobús al pueblito más cercano, tomado de la barandilla más a la mano, sin alcohol-gel por ninguna parte, que cuesta unos centavos el botecito, se refundirá en algún mercado e intentará vender de puesto en puesto lo que cultivó. Esa gente dará la mano a quien deba darla para cerrar un trato y extenderá la palma para recibir monedas cuando se las ofrezcan a cambio, porque si no lo hace no será el coronavirus el que lo matará, sino el hambre.

Esa misma gente, no se preocupen, no acaparará nada en ningún supermercado.

El coronavirus ya llegó a esta región, plagada de calamidades. Ahora, hará lo suyo. Porque lo otro, lo de construir sociedades con un abismo profundo entre unas clases y los de abajo, ya está hecho desde hace décadas.

Por Óscar Martínez (El Faro)

13 mar 2020 - 22:47COT

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