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Jorge Majfud: "La fortísima decadencia de EE.UU."

El escritor y académico analiza el fenómeno de la violencia en el contexto político actual

El profesor en Jacksonville University define como gran hipocresía la reacción de Trump a las masacres. "Cuando un negro mata, se piden más policías y mayor represión, pero cuando un blanco lo hace, simplemente hay que cuidar el tema de la salud". 

“Lo que ocurre en Estados Unidos es la demostración de una fortísima decadencia", dijo el escritor y profesor uruguayo Jorge Majfud en diálogo con el programa Una Nueva Aventura de radio AM 750. Majfud se refirió así a a las masacres ocurridas el pasado fin de semana, y a las posteriores declaraciones del presidente Donald Trump, quien dijo entre otros comentarios que "la enfermedad mental y el odio son las que aprietan el gatillo".

El analista sostuvo que el mandatario republicano representa la cara visible de un patrón que opera en la mente de muchos estadounidenses. "Cuando un negro mata, se piden más policías y mayor represión, pero cuando un blanco lo hace, simplemente hay que cuidar el tema de la salud. Es una gran hipocresía”. En esa línea, Majfud agregó:  “cuando un musulmán mata a alguien, se condena a toda la comunidad, y cuando lo hace un latino, se levantan muros".

El escritor consideró que Estados Unidos está fundado desde la violencia. "Si ocurre una masacre, los dirigentes piden oraciones, pero cuando se trata de intervenir militarmente en otro país, van a la acción sin problemas”, sostuvo. Para el profesor de Jacksonville University, en el presidente y en muchos estadounidenses opera el concepto de “genocidio blanco, que surge en las colonias británicas”. “Cuando dejan de matar y conquistar, se preocupan por ese supuesto genocidio que en realidad nunca ha ocurrido. Lo opuesto, es decir, la opresión de las minorías, ha sido siempre lo común”, agregó.

En relación al pedido de Trump de aplicar la pena de muerte contra el asesino de El Paso, Patrick Crusius, Majfud se encargó de aclarar que esa pena “ya existe, y de hecho el asesino siempre supo que iba a ser condenado a muerte. Sin embargo, eso no lo detuvo en su masacre, y eso es un problema que pone de manifiesto un pensamiento profundamente racista”.

Majfud criticó también la hipocresía de Walmart, que luego de la tragedia ocurrida en uno de sus locales, confirmó que seguirá vendiendo armas de fuego al público. “Uno no puede comprarse una botella de whisky por la cantidad de alcohol que contiene, pero sí puede comprar fácilmente un arma y cometer una masacre. Es un verdadero despropósito”, sostuvo.

Por último, el escritor uruguayo-estadounidense se refirió a las cuatro congresistas demócratas que fueron el blanco de los recientes constantes ataques de Trump debido a sus diversos orígenes étnicos. “Cuando una sociedad sufre la soberbia de los ganadores, es muy difícil que reconozca errores. No se deben subestimar la ignorancia y la soberbia de una buena porción de la población estadounidense que considera que cualquier cambio es una forma de ser anti-americana. Cualquier voz crítica hoy es considerada antiamericana”, puntualizó. 

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Viernes, 02 Agosto 2019 05:50

Otro capítulo de la guerra comercial

Otro capítulo de la guerra comercial

Estados Unidos impondrá desde el primero de septiembre un pequeño arancel adicional del 10 por ciento a bienes y productos que llegan desde China.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, volvió a la carga en la guerra comercial con China al anunciar la implementación de nuevos aranceles a las importaciones provenientes del país asiático. “Estados Unidos impondrá desde el primero de septiembre un pequeño arancel adicional del 10 por ciento al resto de 300 mil millones de dólares en bienes y productos que llegan a nuestro país desde China”, escribió el mandatario en su cuenta de Twitter. La medida se sumaría al arancel del 25 por ciento que rige sobre 250 mil millones de dólares en importaciones desde China, con lo cual todo el abanico de bienes y servicios que se dirigen desde el país asiático hacia la economía norteamericana quedaría sujeto a aranceles adicionales. La novedad aparece en el marco de las negociaciones bilaterales para encauzar las disputas comerciales.

En la antesala del anuncio comercial, Trump tuiteó que “creíamos que habíamos alcanzado un acuerdo –con China-- hace tres meses. Por desgracia, China decidió renegociarlo justo antes de firmarlo. Más recientemente, China acordó la compra de grandes cantidades de producción agrícola de Estados Unidos, pero no lo ha hecho”. A pesar de que aclaró que “las conversaciones siguen” y que desea “continuar un dialogo positivo con China”, Trump avanzó con nuevos aranceles. Según el Fondo Monetario Internacional, la guerra comercial entre Estados Unidos y China redujo las perspectivas de crecimiento económico a nivel global, lo cual a su vez fue uno de los factores citados por el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Jerome Powell, para reducir los tipos de interés de referencia, por primera baja en once años.

Si bien Trump busca seducir con este tipo de medidas a una parte del electorado norteamericano que tiene una posición anti-globalización y fue perjudicado por la desindustrialización que sufren muchas ciudades estadounidenses, entre los economistas abundan las críticas. "Cuando construyes equipos para fábricas, compras acero, aluminio, productos importados. Si entonces nosotros les aplicamos aranceles, el incentivo fiscal que te dimos con una mano te lo arrebatamos con la otra”, criticó Gary Cohn, director del Consejo Económico Nacional en el gobierno de Trump entre enero de 2017 y abril de 2018.

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Construcción naval y el ascenso de China

Hay muchas clases de industrias. Existen las que son capaces de transformar toda una economía. Y después están las que permiten construir imperios.

Entre las primeras se encuentra, por supuesto, la industria automotriz, que transformó la matriz industrial de los países productores y hasta el espacio urbano. Pero entre las segundas se encuentra la industria naval.

A mediados del siglo XIX, Inglaterra ocupaba una posición de indiscutible liderazgo en materia de construcción naval. Sus astilleros y diques secos sobre la ribera del río Clyde invadieron el mercado mundial de barcos. Eric Hobsbawn, en su magistral libro Industria e Imperio, explica cómo hasta llegaron a imponer las normas sobre producción naval en todo el planeta. El predominio de Reino Unido en esta industria duró todo un siglo. El imperio británico fue el hermano gemelo de esta hegemonía en la industria naval.

Japón arrebató a Reino Unido el liderazgo en la construcción naval en los años de la década de los 50. A principios del siglo XX la industria siderúrgica nipona alcanzó estándares mundiales y la industria naval pudo beneficiarse de sus adelantos y productividad. Para el Imperio del Sol Naciente la construcción naval era emblemática en su carrera para alcanzar y superar a las potencias occidentales. El conglomerado Mitsubishi llegó a convertirse en el primer productor de barcos del mundo. Esa empresa también fabricó el avión de combate Zero, la aeronave que más se produjo en toda la Segunda Guerra Mundial. Ese conflicto bélico retrasó el ascenso japonés, pero no lo pudo detener.

Pero un nuevo gigante apareció en Asia, y Japón perdió el liderazgo en la construcción naval. En la década de los años 70, Corea del Sur se convirtió en el líder mundial en materia de producción de barcos. A mediados de los años 70 sus gigantescos astilleros en Ulsan eran los de mayor capacidad en el mundo para procesar placa de acero. Sus grandes roladoras podían dar forma a las inmensas placas y producir cualquier tipo de barco.

La preeminencia coreana se fue agotando y dejó de existir en 2005. Ese año China consagró a la industria naval como prioridad estratégica. El objetivo explícito de su décimo primer plan quinquenal (2006-2010) era el de convertir a la industria naval china en el líder mundial para 2020.

La industria china ya se había desarrollado en múltiples direcciones y el despliegue de la construcción naval también tenía como objetivo utilizar la enorme capacidad instalada ociosa de la industria acerera. Hasta el año 2004 China mantuvo unos 17 diques secos en operación. Pero en 2005 comenzó un ambicioso programa de inversiones que le permitió contar en 2012 con más de 124 diques secos de gran capacidad. La producción de barcos de todo tipo aumentó de manera espectacular: cargueros a granel y de contenedores, buques tanque y buques para transportar gas natural o licuado (LPG).

Entre los años 2000 y 2010 la parcela del mercado mundial de barcos controlada por China pasó de 25 a 50 por ciento, para beneplácito de las autoridades en Pekín. Pero entre 2005 y 2015 el exceso de capacidad de la flota naviera (de carga) mundial se duplicó (pasando de 600 a mil 200 millones de toneladas). Es como si en 2005, 23 por ciento de la flota existente hubiera sido redundante.

Los aranceles impuestos por Washington en su guerra comercial con Pekín no podrán corregir esta situación. La expansión del sector de construcción naval se llevó a cabo con fuertes subsidios del gobierno, y aunque eso es bien conocido el mecanismo de solución de controversias de la OMC no es un canal adecuado para frenar esa política de China. Toma demasiado tiempo y los resultados son más bien débiles para industrias del tamaño de la construcción naval. Además, hoy la industria naval china depende más de esquemas de financiamiento que de subsidios del gobierno. Y si bien muchos bancos son controlados por el Estado, demostrar que sus créditos son subsidiados es todavía más complicado.

En 2018 la empresa china Cosco se convirtió en la tercera empresa naviera en el mundo. El proyecto geoestratégico de la nueva Ruta marítima de la seda (que complementa el componente terrestre de esa iniciativa) permitirá asegurar las rutas marítimas a través de las cuales China adquiere 70 por ciento de sus importaciones de energéticos. El nuevo imperio busca por todos los medios consolidar las bases de su expansión futura.

La industria naval china puede frenarse por una recesión mundial que deprima el comercio y la demanda de barcos a escala global. Pero aun en ese caso, China puede recurrir a la expansión de su flota militar y así mantener ocupados sus astilleros y monumentales diques secos. No estará produciendo mercancías, con lo cual su rendimiento no se podrá medir en términos de ganancias y parcelas de mercado. Pero estará generando empleos, lo que es una de las preocupaciones clave de Pekín. Quizás lo más importante es que estará apuntalando la expansión militar naval del nuevo imperio.

Twitter: @anadaloficial

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Vladimir Putin escucha a personas afectadas por las inundaciones en Tulún, Rusia.Foto Ap

No cualquiera en cualquier lugar se atreve a definir la estratégica arquitectura global como Andrey Kortunov, director general del think tank Consejo Ruso de Asuntos Internacionales (RIAC, por sus siglas en inglés) –creado por decreto presidencial y fundado por varios ministerios relevantes (https://bit.ly/2Y3mLFl)– en una entrevista al portal oficioso chino Global Times durante el Octavo Foro de la Paz Mundial celebrado en Pekín (https://bit.ly/2Gm4CfY).

 

Prefiero iniciar por su conclusión cuando aborda que la arquitectura estratégica global de la tríada China/Rusia/EU” es crucial para el mundo.

 

A la pregunta de cómo las relaciones de China/EU/Rusia afectan el orden (sic) mundial, Andrey Kortunov –quien mantiene una estrecha interlocución con el Kremlin– responde categóricamente que tal tríada define las reglas del juego (sic) ya que si Rusia y EU no desean desarmarse, nadie estará dispuesto a desarmarse, así como si China y EU no pueden ponerse de acuerdo en el libre comercio, ¿quién lo haría entonces?.

 

Su diagnóstico del mundo, muy similar al del zar Vlady Putin en su histórica entrevista al Financial Times sobre la fragmentación global (https://bit.ly/2L0vAO6), es un tanto lúgubre: el mundo unido (sic) que conocemos hoy podría bien fracturarse en varios bloques competitivos. Esto no es un muy brillante prospecto para cualquiera. Si se gesta una guerra tecnológica entre Pekín y Washington, otros (sic) países no podrán sentarse sobre el muro y tendrán que elegir su lado en esta guerra.

 

A mi juicio, es muy clara su alusión de que Rusia se inclinará más del lado chino desde el 5G de Huawei hasta la magnificente Inteligencia Artificial (IA) que hoy encabeza China, mientras que –desde Baby Bush pasando por Obama hasta Trump– la hostilidad de EU ha ido in crescendo imponiendo sanciones a diestra y siniestra contra Rusia a quien Washington orilló torpemente a los brazos más fraternales de Pekín.

 

El concepto de la estratégica arquitectura global, como sustento para un nuevo orden tripolar –un G3 de EU/Rusia/China–, se basa en la archisabida estabilidad estratégica (https://bit.ly/2FNcqqT) de las tres superpotencias planetarias: Rusia y EU en materia nuclear, y EU y China en el rubro geoeconómico, con sus respectivos traslapes, cuando Washington ha sido relegada a un segundo lugar en ambos segmentos geoestratégicos.

 

La filosofía del nuevo orden tripolar, a juicio de Andrey Kortunov, se basa en el supuesto de que entienden sus responsabilidades y que operarán compromisos entre ellos, pero que también tendrán que tomar en cuenta los intereses de los pequeños países, ya que, de lo contrario, el mundo no sería un lugar seguro y sustentable.

 

El influyente estratega estadunidense doctor Michael Ivanovitch coincide en la estructura del G-3 (https://cnb.cx/2xDZpeO), planteada por el pensador ruso Andrey Kortunov.

 

Andrey Kortunov no oculta los desafíos y oportunidades fundamentales en la cooperación de China y Rusia, lo cual no obsta para su compromiso en el largo plazo y su visión futura como la “manera de reconciliar la ruta de la seda de China con la Unión Económica Euroasiática, o como manejar las crisis internacionales que puedan afectar a ambos”.

 

Comenta que es probable que EU abandone Afganistán, ante lo cual rusos y chinos deberán colaborar para prevenir la expansión del fundamentalismo islámico a sus territorios (sic) o a sus países vecinos. ¿No fue fundado el Grupo de Shanghái (https://bit.ly/2O8yVNA) para ese propósito?

 

Andrey Kortunov enfatiza que las relaciones de Moscú y Pekín deben ir más allá de la seguridad, para cooperar en las “áreas de desarrollo y hightech”; desde el software operativo para los teléfonos inteligentes hasta la IA.

 

Devela que el zar Vlady Putin realizó dos propuestas específicas a Trump: fortalecer el control estratégico de armas y apaciguar los contenciosos de Siria/Irán/NorCorea.

 

Resaltó que Trump es demasiado “inteligente” para no entrampar a EU en otra guerra sangrienta y despilfarradora por que ante todo piensa en su relección.

 

www.alfredojalife.com

 

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El periodista Ekaitz Cancela en una calle del barrio de Maravillas, Madrid.

 El periodista Ekaitz Cancela publica su segundo libro en el que describe el sueño de la nueva era tecnológica como una pesadilla en la que el periodismo y los medios de comunicación se convierten en meras herramientas (en peligro de extinción) de la nueva oligarquía mundial de Silicon Valley. 

 

 

Mientras gran parte de la izquierda mundial sigue hablando de recuperar los medios de producción fordistas y señalando a los viejos poderes capitalistas, las nuevas élites de Silicon Valley copan el oligopolio del nuevo petroleo del Siglo XXI: los datos. La digitalización está modificando las relaciones humanas y económicas, pero no está liberando a la sociedad de los viejos yugos que sigue soportando, más bien al contrario.

Según Ekaitz Cancela (Barakaldo, 1993), las élites de Palo Alto, impulsadas por una enorme inversión pública estadounidense que arrancó en la Guerra Fría, se han convertido en los nuevos amos del mundo bajo una apariencia “guay”, pero con métodos de control ciudadano que ni los gobiernos más totalitarios hubieran soñado nunca.

En la primera página de Despertar del sueño tecnológico (AKAL, 2019), como si fuera una carta de presentación para el lector, se nombra a Karl Marx, Friedrich Engels, Walter Benjamin y al activista e intelectual bielorruso Evgeny Morozov. A lo largo del texto, Cancela desnuda esa falsa imagen de democracia tecnológica e intenta despertar, con algún bofetón que otro, del sueño tecnológico en el que vive uno de los primeros sectores que ha sido adalid de la libertad, pero que ha sido el primero, según el autor, en sucumbir al poder y dominio del imperio GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple): el periodismo.

Los dueños de la "nueva imprenta digital" ya no se conforman con vender publicidad y requieren el "feedback" de los "usuarios", es decir, obtener el mayor número de datos de cada ser humano para poder mercantilizar cada esfera de nuestra vida, y los medios de comunicación se han convertido en una de sus principales herramientas.

Leyendo tu libro he pasado por varias ocasiones en las que me han entrado ganas de abandonar el periodismo.


El libro trata de datar la muerte del periodismo, seguramente de tu periodismo, como reflejo o expresión de una transformación muy grande en la estructura económica que, por un lado, está acabando con los trabajadores porque son entendidos como un coste que se pueden ahorrar gracias a la tecnología, y en segundo lugar por una enorme descualificación de la fuerza de trabajo periodística, que va de la mano del capital y que la convierte en simple mercancía.

Lo que veo de bueno en esta situación es, en primer lugar, que entender este cambio nos da alternativas para intentar cambiar el modelo económico actual. En segundo lugar, que el periodismo, o la manera de hacerlo, que no venga de una empresa privada, sino de una institución social pública, como lo puede ser un ayuntamiento o un distrito de barrio.

O sea, para que no tengan que responder a la exigencias de un dueño capitalista, como ha sido históricamente en el periodismo, sino para que sean los propios periodistas los que seleccionen y entiendan esa información pública y, de una manera muy participativa y directa, le pregunten a la comunidad qué información desean conocer y qué temas quieren que se investiguen, en qué queréis que nos centremos.

Y, a cambio, qué tipo de sistema institucional público vamos a diseñar para que esas personas que digieren toda la información para presentarla a la comunidad, igual que el que se dedica a arreglar una farola o cualquier otro servicio público, y qué tipo de servicio público vamos a tener bajo otro sistema económico diferente.

El Salto es un medio cooperativista que intenta escapar de todas esas lógicas capitalistas, pero al final estamos vendidos a Facebook y Google, ya que la gran mayoría de nuestras visitas nos entran por esos medios. ¿Qué puede hacer un medio como este para sobrevivir en ese abismo que describe tu libro?


Yo creo que absolutamente nada. La capacidad que tiene El Salto es la de seguir batallando, la misma capacidad que tiene todo el mundo. Es decir, el sistema capitalista está muy asentado, todas sus dinámicas y lógicas culturales posmodernas están muy extendidas y se pueden ver en gran parte de todos los grandes medios de comunicación patrios, la simplificación de la realidad en titulares virales va en contra de los medios que buscan un pensamiento y crítica más compleja desde la izquierda. Eso deja a El Salto en la posición de que lo único que puede hacer es seguir batallando, pero, por supuesto, cambiar el sistema económico no es una tarea que pueda hacer un medio como este, o por lo menos no él solo.

Es lo que trata de decir el libro: se requiere que la sociedad civil en estrecha alianza con la inteligencia técnica, compuesta por ingenieros, científicos de datos, etc., puedan diseñar soluciones y formas de entender la coordinación y la vida social de una manera muy distinta a la que promueven los mercados, basada en la competencia y en un sistema de precios. El Salto experimenta una enorme competencia a causa del enorme número de medios aparentemente progresistas que hay hoy, y por sí mismo no va a poder cambiar las dinámicas, eso está claro.

Se ha vendido mucho la idea de la “democratización de la tecnología y los medios” con frases como “con un poco de inversión, ahora te puedes montar un medio de comunicación”. ¿Lo ves así?


Es falso. La información siempre ha estado concentrada. Desde la Ilustración han sido los periódicos y los editores los que han sido, de algún modo, los guardianes de la esfera pública. Internet no ha hecho que esa información sea propiedad, no de los periódicos, sino de la ciudadanía. Lo que ha hecho es convertir toda esa información en una materia prima que aprovechan tres o cuatro capitalistas. Eso es lo que ha hecho internet, no ha democratizado, sino que ha creado un nuevo medio de producción donde los costes son mucho más bajos y los procesos más baratos, pero solo lo aprovechan esas tres o cuatro empresas. Está en manos de Google, Facebook, Amazon, Microsoft y Apple.

Mi tesis va justo en contra de la idea de que esto se nos haya democratizado, porque el capitalismo y la democracia son dos lógicas totalmente distintas, pero que hasta ahora habían sobrevivido y se han mantenido en estrecha alianza. Pero en este nuevo paso, donde la información y los datos están en tan pocas manos, vemos que la democracia está en jaque porque esos datos son la columna vertebral de la democracia. El capital lo que está haciendo es centralizarlo, favorecido por las tecnologías de la información al servicio del capital. Por eso hay una derrota en la democracia liberal frente al capitalismo.

Has hablado de esas cinco grandes empresas. Cuesta creer que la gran oligarquía financiera, sumada a empresas como VISA o Mastercard, vayan a ceder su poder hegemónico mundial ante esta nueva élite tecnológica. ¿Cederán, lucharán o colaborarán?


Esa es una de las grandes preguntas. Lo que vemos es que en los últimos diez años de crisis es que Silicon Valley emerge como una forma de legitimar este sistema. No es otra cosa que un laboratorio de pruebas con las lógicas neoliberales que nos han llevado a esta gran crisis global.

Te pongo un ejemplo. Solo tienes que fijarte en las personas que componen los accionariados de Silicon Valley para ver que son fondos de inversión. Es gente que está ganando una gran cantidad de dinero solo porque estas empresas tecnológicas tienen una enorme capitalización bursátil. Lo podemos ver en casos como el de Uber, la cual es absolutamente deficitaria, entre 8.000 y 9.000 millones de dólares de pérdidas en dos años, pero aún así los grandes fondos de inversión siguen invirtiendo en ellas.

Podemos ver tres formas o patas. La primera es en la que las empresas son rentables, como el caso del fondo público de pensiones de Noruega que paga las pensiones a los jubilados gracias a lo que gana invirtiendo en Apple. De tal forma que Apple explota a niños en el sudeste asiático para que el Gobierno noruego pueda pagar las pensiones y el capital financiero sale beneficiado en todo el proceso.

La segunda es que esta industria tecnológica pudo ser el refugio del capital financiero tras la crisis y cuando las tasas del retorno de las inversiones eran muy bajas. El dinero necesita fluir y da igual si se hace invirtiendo en empresas deficitarias, como son muchas de estas tecnológicas, porque si no fluye ese dinero el sistema cae.

En tercer lugar, como el gran banco de pruebas del neoliberalismo. El ejemplo está en los movimientos recientes de Facebook, donde ha firmado grandes acuerdos en los que se incluye a Mastercard, Visa o PayPal. El gran capitalismo financiero está viendo en Facebook una oportunidad para financiar cada vez más ámbitos de nuestras vidas.

Facebook ha anunciado hace bien poco su propia criptomoneda, ¿es este movimiento un nuevo asalto de esa oligarquía de Silicon Valey a los bancos centrales? ¿Están atacando a una de las principales herramientas de las grandes élites financieras?


No es un ataque al sistema neoliberal o al sistema financiero de los bancos centrales, es una manera de mantenerlo a flote. Me explico. Facebook ya hace las labores de banco central. solo que no quiere y ni va a tratar de hacer las labores de un intermediario financiero. Lo que quiere hacer Facebook es crear una moneda respaldada en un sistema de crédito muy intensivo en datos.

Esto es lo que va a permitir a Facebook convertirse en un banco central, pero no de capital financiero o monetario, sino de capital social. En la medida en que Facebook tiene información de cómo se comportan todas las personas en una sociedad, puede ser muy eficiente a la hora de decirle a un banco cuales pueden ser sus capacidades de endeudamiento o cuándo se le ofrece un alquiler por Airbnb. Se le puede decir hasta cuánto puede pagar o cualquier otro dato que se necesite sobre la persona.

Ahí es donde se cruzan con las políticas del Banco Central Europeo y la Troika, que dicen: “lo que necesitamos es que los salarios sigan estancados y la gente no puede ahorrar”. Entonces llega Facebook y muestra el camino para exprimir un poco más a la gente y convertir al individuo en algo alejado de toda concepción social. Ahí es donde entra Facebook. Es la dopamina o viagra de un sistema financiero en plena crisis. No está muerto, pero sí en plena crisis y necesita, por un lado, un nuevo medio de producción y, por otro lado, la legitimidad que ha perdido. Los bancos centrales no son guays, pero Facebook lo utilizan 2.000 millones de personas.

¿Cómo podemos revertir o luchar contra este oligopolio, el GAFA?


Lo primero requiere una labor muy inteligente de teoría económica. Es decir, buena parte de las iniciativas que vienen de los progresistas alemanes o de los países progresistas europeos y estadounidenses, concretamente el demócrata, se basan en una concepción de la competencia muy pobre. Si estas empresas tienen el oligopolio sobre algo es sobre los medios de producción de feedback. Sobre todo el intercambio de información peer to peer, persona a persona. Ese es el gran monopolio, no solo sobre la publicidad. Entonces, una de las principales maneras para atacar a este monopolio, una vez lo hemos comprendido, es pensar formas de gestionar ese feedback de una manera que escape a las lógicas de los mercados, es decir, que no estén sujetos a las lógicas de competencia y que estén excluidos del sistema de precios.

Después podemos pensar en la manera que podemos utilizar este feedback para ver cómo podemos cambiar nuestra economía. Porque o utilizamos esta tecnología para automatizar la planificación que antes estaba en el Estado, o veremos que una empresa como Facebook eliminará ese poder central de los Estados, ocupará ese lugar y automatizará el neoliberalismo de algún modo, que es lo que propone Facebook.

Danos un ejemplo más terrenal. ¿Qué primer paso daría Ekaiz Cancela para combatir ese monopolio?


Conseguir el Estado.

¿Y una vez lo tengas?


Bueno, en España sería complicado, pero a nivel europeo ese estado debería ir a Bruselas y decir: “Hola, comisionada de Competencia, Margrethe Vestarger, te has hecho famosa poniendo multas a Google por un monopolio que no es tal”. Lo primero sería rediseñar las políticas europeas de competencia y empezar a grabar a las empresas por el control que tienen sobre los datos de los ciudadanos. Y se me ocurre una medida muy básica: con todos estos datos que se crean en Europa y van a Estados Unidos, se debe crear una copia en Europa. Luego, si quieren, que vayan a Estados Unidos, pero con esa copia ya tendremos una enorme cantidad de datos con la que podremos empezar a diseñar nuestras economías de una manera diferente.

Además, desde España se puede plantear no solo una política en torno a la tecnología, sino una política industrial del presente. Esta política ¿cómo puede usar la tecnología? Pues se tiene que analizar que tenemos unas industrias que ya no son centrales en nuestra economía. Grandes empresas, como Telefónica, han tenido que firmar acuerdos para usar servicios tecnológicos con otras empresas, como Microsoft, Google o Amazon, para convertirse en intermediarios con otras empresas de esos servicios tecnológicos. Es decir, nuestras empresas son consumidoras de servicios digitales extranjeros, no tienen la tecnología. Esa tecnología se les cede para que la usen a través de Google o se hace por medio de transferencias tecnológicas. Esa ha sido la política industrial desde el franquismo, no ha cambiado, aunque hubiera planes.

El ejemplo más básico es una política que todavía no existe. Que se intentó con Manuel Castells y Felipe González, pero el neoliberalismo no lo permitió. Una política industrial que tenga en cuenta las transformaciones en la estructura económica, que coloque la posición de las estructuras básicas españolas —telecomunicaciones, energéticas, financieras, etc.— y se dé cuenta de que estas empresas han perdido su espacio como sistema central de la economía española.

"El Ibex 35 ha muerto ¡larga vida a Silicon Valley!" Y entender bien cuáles son las dinámicas entre el Ibex 35 y Silicon Valley. Cuando las entiendes bien puedes pensar políticas públicas que puedan romper las primeras y acabar con las segundas. O sea, utilizar el cambio de paradigma que ha supuesto la irrupción de las empresas de Silicon Valley para que el Estado pueda decir: “ahora sí que vamos a tomar el control”.

Pero claro, ya no habrá empresas como la actual Telefónica, que está totalmente privatizada. Por eso una política sencilla para acabar con el capitalismo tecnológico es recuperar las propuestas tradicionales de la izquierda, como nacionalizar los sistemas productivos. No hay ninguna novedad en la manera de atacar al capitalismo digital, solo es recuperar las luchas clásicas de la izquierda pero adaptadas al Siglo XXI.

Volviendo a lo que has comentado sobre la copia de los datos en Europa. ¿Apostarías por una propiedad pública de esos datos, acceso público, soberanía mixta? ¿Cómo sería el modelo que propones para la gestión de esos datos?


El gran tema con los datos es que el concepto de propiedad cambia. La clave es tener acceso y control sobre la estructura. Yo puedo tener propiedad de mis datos y el mundo neoliberal lo que te va a decir es que vayas al mercado con tus datos. Podría ir con todos mis datos de mis estudios a una empresa y decir “estos son mis datos, contrátame”. Pero claro, no harían falta leyes laborales que regulen nada y las medidas de empleo y protección del trabajador desaparecerían. Convertir los datos en una mercancía y ampliar la agenda neoliberal. Esto es lo que están proponiendo los partidos de ultra derecha europeos y estadounidense, como Steve Bannon.

Luego hay otra opción, que es que mis datos sean un bien social, que las estructuras que crean sean un bien público. Es decir, yo con mis datos no puedo hacer nada, por lo que lo que yo decido es que mis datos no sea una empresa la que los explote y se los venda a mi gobierno, sino que todas esas estructuras de los datos estén orientadas a dar un retorno positivo a los ciudadanos.

¿Cómo se puede dar? Pues aquí ya se debería estudiar muy bien cual es la colaboración público-privada y, por supuesto, superar las ideas de Mazzucato, que es la idea de colaboración público-privada que ha comprado gran parte de la izquierda española. Y pensar en cómo fortalecemos una industria pública donde los riesgos estén desplazados al sector privado y los beneficios sean retornados como bien social.

Son todas unas políticas públicas que, por supuesto, requieren tiempo y análisis y mucha capacidad estratégica que no se están teniendo. Estamos perdiendo mucho tiempo, no tenemos margen para pensarlas

Viendo la izquierda que tenemos a nivel nacional y europeo, ¿cuál debería ser el papel de la izquierda? ¿qué le falta?


La izquierda lleva muchos años con una concepción institucional arcaica. Creo que lo que le falta es una concepción de la política distinta y le falta enteder la realidad y el mundo actual tal y como es. La izquierda, la española concretamente, se guía por modelos de hace 30 años. Se sigue guiando por un neoliberalismo tal y como se inició con Thatcher. Pero el neoliberalismo no es solo una ideología, sino que es un proceso que comienza en un punto y se extiende. Entonces lo primero que le falta a la izquierda es el análisis de ese proceso neoliberal, desde que llegó Felipe González hasta que estalló la crisis financia y cuál ha sido la transformación de la economía en estos años. Una vez hecho esto se podría recuperar su papel y plantear políticas distintas.

Para llevar a cabo esto sería conveniente que buena parte de los pensamientos y los debates de la izquierda no estuvieran tan reducidos y restringidos al grupo de teóricos que se ocupa del Estado, o sea, de Podemos y sus intelectuales. Creo que ese proceso debería abrirse a otras corrientes intelectuales que puedan entender la complejidad de los cambios, que son muy difíciles de comprender si nos atenemos a los planteamientos que tienen del Estado gente desde Pablo Iglesias a Carlos Prieto. Creo que es necesaria una innovación política.

En tu libro defiendes en todo momento que esta victoria de la hegemonía tecnológica estadounidense se ha dado gracias a la enorme inversión que hicieron durante la Guerra Fría. Actualmente presenciamos lo que llaman una “guerra comercial” entre Estados Unidos y China con factores tecnológicos de por medio. ¿Nos encontramos en un periodo parecido al de la Guerra Fría?


Los comentaristas occidentales tienden a decir que estamos en una Guerra Fría, porque eso les permite aplicar medidas excepcionales.

¿Militaristas?


Autoritarias, en el caso que sean. La Guerra Fría permitió a Estados Unidos, a través de discursos como la seguridad nacional, desplazar una enorme cantidad de recursos desde lo público al sector privado. Así es como nació Silicon Valley. Después la financiación de la industria tecnológica cayó en manos de los capitalistas de riesgo. Y luego, recayó sobre los fondos de inversión soberanos. Es decir, ahora son los fondos soberanos de los países los que están, en cierto modo, auspiciando el desarrollo tecnológico.

Entonces ahora lo que tenemos es una guerra entre el capital chino, como el que está detrás de empresas como Airbnb; el capital estadounidense, como Goldman Sachs, que está detrás de Uber; Amazon o Alphabet y el capital global, principalmente SoftBank, uno de los fondos de inversión con más dinero del planeta y otros dos millonarios japoneses, básicamente.

Pero hay otra cuestión: la manera en la que Estados Unidos y China han accedido al mercado neoliberal global. Estados Unidos liberalizó y privatizó. China escogió un modelo de capitalismo de Estado donde un poder central controlaba los flujos de capital. Entonces, en este momento donde China ha escogido la soberanía tecnológica, lo que nos encontramos no es otra cosa que un enfrentamiento interestatal en torno al 5G, que no es igual al de Guerra Fría, basado en el terror a la guerra nuclear.

Entonces, ¿qué decantará está lucha? Sencillamente, lo que se hizo durante la II Guerra Mundial: cuando más afectados se ven por la crisis global, le dirán a los aliados que en este caso son las empresas europeas (más que sus gobiernos) las que tiene acuerdos con China que dependen enteramente de Estados Unidos en materia comercial y de seguridad. Huawei es la amenaza competitiva más grande a largo plazo para el dominio yanqui sobre la tecnología inalámbrica.

Como es bastante probable que EE UU no pueda hacerle frente simplemente reduciendo costes, la única opción será adoptar una posición de fuerza y chantaje. Su legitimidad se ha agotado y, aunque no sabemos cuáles serán las peripecias que haga para preservar su hegemonía, Sillicon Valley será central en sus planes de futuro.

Será mucho más fácil que gane esta guerra Estados Unidos, por el enorme poder que tiene, pero yo no descartaría una nueva guerra pacífica. Habrá que esperar a elecciones, porque como salga Trump de la Casa Blanca y entre la corriente más demócrata, puede que veamos una perfecta alianza entre las dos potencias.

Leyendo el libro parece que defiendas en varias ocasiones que esta nueva oligarquía puede que nos lleve a escenarios de totalitarismo que sean incluso más duros que otros anteriores, incluso lo comparas con el Holocausto nazi. ¿Cómo explicas al lector de esta entrevista que el “bueno” de Zuckerberg pueda llegar a ser peor que Hitler?


Bueno, a mí lo que me molesta es el capital. Hitler lo que hizo fue negarle a las clases populares o a las clases proletarias su derecho a transformar las relaciones de la propiedad y ponerse a sí mismo en su lugar. Un líder carismático que anuló a las masas para establecer un sistema totalitario que mantuviera las relaciones de propiedad intactas. Eso es lo que ocurrió en la II Guerra Mundial y de hecho los empresarios alemanes estarán muy contentos de que así fuera y no hubiera una revolución comunista. Lo que yo digo es que ahora está ocurriendo un proceso muy similar, no en el sentido de que Zuckerberg sea Hitler, sino en el de que los capitalistas necesitan medidas excepcionales para establecer el orden.

Y esto viene acarreado por la enorme crisis que sufrimos en 2008 y todavía no ha terminado, es decir, las políticas de austeridad y neoliberales que se han implantado en los úlitmos diez años son totalmente autoritarias. No tenemos a Hitler, pero tenemos a gente como Mario Draghi.

Está claro que el mundo ha evolucionado y no hay cámaras de gas, pero es que en la época de Hitler los humanos eran improductivos y eran quemados en esa maquinaria de exterminio, pero ahora mismo los usuarios son extremadamente productivos. No hay un solo humano que no sea productivo. Y ese es el comportamiento autoritario: convertir a todo ser humano en algo dirigido al mercado y a las relaciones del mercado. Eso es autoritario en el sentido en el que empresas como Facebook controlan todos nuestros movimientos, desde la producción al consumo, los dos polos del mercado.

Hay una sociedad civil, pero civilizada por el capital, y para mí eso es autoritario y el capital puede ser más autoritario que cualquier gobierno como el chino. Sus lógicas solo se guían por la rentabilidad y reducir costes, y los costes que reducen esta tecnología son humanos, no productivos. ¿Y qué ocurrirá con esas personas? Expulsarlos de los mercados y de la economía va a necesitar mucha violencia. Probablemente no haya cámaras de gas, pero fíjate en las tasas de suicido anuales, u otros indicadores de males modernos. La violencia policial o los altos índices de personas encarcelados. Puede que no sea la misma violencia de antes, pero la habrá.

Y por último, ya que Google me va a joder el trabajo, ¿sabes si por lo menos ha creado ya alguna aplicación para transcribir entrevistas tan largas como esta?

[Ríe] Seguro que sí.

 

Por Yago Álvarez Barba

@EconoCabreado


publicado

2019-07-05 07:00:00

Trump se viene arriba y celebra el 4 de julio más militarizado que se recuerda

Rodeado de tanques y con un discurso con pausas para presenciar el sobrevuelo de diferentes tipos de aviones militares, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presumió del potencial militar en la celebración del Día de la Independencia del país en Washington.

"Durante más de 65 años, ninguna fuerza aérea enemiga ha logrado matar a un solo soldado estadounidense. Porque el cielo pertenece a Estados Unidos", se jactó Trump en un discurso frente al Monumento al expresidente Abraham Lincoln. También aseguró que el Ejército estadounidense está formado por "los mejores soldados de la Tierra".

"Al reunirnos este atardecer en la alegría de la libertad, recordamos que todos compartimos un patrimonio extraordinario. Juntos, somos parte de una de las mejores historias jamás contadas: la historia de Estados Unidos", apuntó.

Pese a que se había especulado con que Trump politizaría su discurso, el mandatario no se salió prácticamente de un guión centrado en ensalzar episodios y logros históricos de las Fuerzas Armadas del país.

El acto Saludo a Estados Unidos organizado por la Casa Blanca contó con la presencia de varios aviones y helicópteros militares que sobrevolaron la explanada del National Mall, uno de los lugares más emblemáticos de Washington.

Trump alabó también el "espíritu estadounidense que envalentonó a los padres fundadores", el grupo que lideró la Revolución de las Trece Colonias contra la Corona Británica y participó en la fundación de Estados Unidos en 1776. "Hasta el día de hoy, ese espíritu corre por las venas de cada patriota estadounidense. Vive en todos y cada uno de vosotros", señaló.

"Mientras nos mantengamos fieles a nuestra causa, mientras recordemos nuestra gran historia, y mientras no dejemos de luchar por un futuro mejor, entonces no habrá nada que Estados Unidos no pueda hacer", continuó Trump, que recibió un fuerte aplauso de sus seguidores.

Y entre esas cosas que Estados Unidos puede hacer está la de volver a la Luna y llegar a Marte, según anunció, a su estilo, Trump: "Vamos a ir otra vez a la Luna pronto, y plantaremos la bandera de Estados Unidos en Marte pronto", dijo. Trump no ofreció más detalles al respecto, pero aseguró que para los estadounidenses "no hay nada imposible", una frase que provocó un fuerte aplauso de los asistentes

Trump ya pidió en abril de 2017, tres meses después de asumir el cargo, que la NASA acelerara "un poco" sus planes de exploración espacial, cuya meta es enviar humanos a Marte en la década de 2030, para que un estadounidense pise el planeta rojo durante su primer mandato o, "en el peor de los casos", en un eventual segundo. 

El acto quedó empañado por la alta seguridad del Servicio Secreto y las vallas metálicas instaladas alrededor del icónico monumento a Lincoln, que fueron el centro de las críticas en las redes sociales, donde se recordó que hasta este año era posible sentarse en sus escaleras el 4 de julio para presenciar los fuegos artificiales.

Como cada año, miles de familias se congregaron en la explanada del National Mall de Washington a lo largo del día vistiendo todo tipo de piezas de ropa con los colores de la bandera estadounidense —rojo, azul y blanco—, aunque la intermitente lluvia alejó a muchas personas, según medios locales. 

Uno de los episodios más tensos de la jornada se vivió hoy enfrente de la Casa Blanca, cuando un hombre quemó una bandera estadounidense y fue detenido por el Servicio Secreto estadounidense, de acuerdo a medios locales.

washington

05/07/2019 09:48 Actualizado: 05/07/2019 09:50

Público | efe

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¿Cambiará el mundo acéfalo en Osaka: del G-20 al G-2 o al G-3 o al G-4 o al G-0?

La cumbre del disfuncional G-20 en Osaka será histórica, más que por las medidas que se adopten o no en su seno, por las cumbres separadas que se sostendrán al margen y que es probable imprimirán el sello del nuevo orden multipolar.

 

Japón se desvivirá para lubricar su cumbre con dos temas trascendentales que le importan un comino al unilateralismo proteccionista de Trump: el cambio climático y el manejo de los desechos de plástico.

 

El G-20 cada vez más disfuncional, debido a su estructura de corte economicista, fue producto a nivel cupular de la grave crisis de 2008 después de la quiebra de Lehman Brothers.

 

Ahora el G-20 sirve como "punto de contacto" de las potencias del Olimpo que se reúnen al margen, como será el caso de dos cumbres bilaterales de alto nivel: la del mandarín Xi con Trump; y la de éste con el zar Vlady Putin.

 

Si solamente la cumbre de Osaka procura la reunión de Trump con sus homólogos de China y Rusia –que podrá tener resultados espectaculares o también desembocar en rotundos fracasos, como tiene acostumbrado al mundo el presidente número 45 de EU–, entonces habrá valido la pena.

 

Llamará profundamente la atención la cumbre trilateral del corazón euroasiático del RIC (Rusia/India/China) que fue acordada en la reciente cumbre del Grupo de Shanghái en Bishkek (Kirguistán), nulamente publicitada en "Occidente". ¡Obviously!

 

La cumbre trilateral del RIC va más allá del bloque pentapartita alicaído de los BRICS: cuando tanto Brasil – a fortiori, en la fase fascistoide del "evangelismo sionista" de Bolsonaro y su santa alianza con Netanyahu– (https://bit.ly/2COnHG5) como Sudáfrica padecen estragos de toda índole.

 

El RIC se topará ante una ineludible bifurcación: se consolida para confrontar la soledad infatuada de Trump o comparten sus respectivas esferas de influencia con EU para crear un G-4 como eje fundacional del nuevo orden mundial.

 

Dada la evolución de las cosas y la coyuntura, suena difícil la implantación de las tres variables bipolares: un G-2 de EU y China, como deseaba Brzezinski; otro G-2 de EU y Rusia, como anhela(ba) Kissinger; y la realidad actualizada de un G-2 de Rusia y China para confrontar el irredentismo de EU, que no solamente es atribuible a Trump, sino que se manifestó a plenitud con Obama.

 

La "estabilidad estratégica" del planeta ha dependido del triángulo conformado por EU/Rusia/China que sería loable se asentase en un Nuevo Orden Tripolar, pese a que las relaciones de EU, en su fase trumpiana, tanto con Rusia como con China, se encuentran a su más bajo nivel.

 

Joshua Walker, colaborador de Japan Times y de la consultoría Eurasia Group (de fuertes vínculos con el mega-especulador George Soros) invita a observar tres reuniones en la cumbre del G-20: 1. La de Trump y Xi; 2. La de Trump y Putin; y 3. La de Trump y Erdogan (https://bit.ly/2FrArne). Esta última, sin duda, es relevante, dado que el sultán neo-otomano, quien acaba de perder la elección en Estambul (la ciudad más importante de Turquía en términos poblacionales y económicos), pese a su pertenencia a la OTAN, negocia comprar el avanzado sistema misilístico ruso S-400, lo cual ha enfurecido a Trump y al Pentágono.

 

La cumbre de Erdogan y Trump no es tan relevante como la de éste con el mandarín Xi y el zar Putin para conformar la estructura del nuevo orden mundial del siglo XXI.

 

En forma anómala, Joshua Walker no toma en cuenta la reunión de Trump y Narendra Modi de India y menos la cumbre trilateral del RIC que puede constituir el andamiaje de un nuevo orden mundial en el que sería mejor incorporar a EU en un G-4.

 

El proteccionismo unilateral y el aislacionismo del supremacismo trumpiano de America First and the Rest of the World Last (EU Primero y el Resto del Mundo al Final) paradójicamente conduce al mundo a compartamentalizaciones y regionalismos, por lo que, dada la dinámica de los eventos, no sería descabellado vislumbrar un G-4 entre el RIC y EU que corre el riesgo de quedar confinado a su neo-monroismo neo-pinochetista en el continente americano.

 

¿Dónde quedará la Unión Europea? ¿ Chi lo sa?

 

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El mandarín Xi seduce a Italia y resucita a Marco Polo

Estados Unidos (EU) se desgarra con el resultado de la investigación del fiscal especial Robert Mueller, mientras China se insinúa triplemente en Italia, en el principado de Mónaco (Ciudad-Estado a carta cabal y paraíso fiscal estratégico) y Francia.

Ocho siglos después al descubrimiento de la entonces encapsulada civilización china por el veneciano Marco Polo, ahora el mandarín Xi conecta con Europa a sus "Tres Rutas de la Seda" –terrestre, marítima y del Ártico (https://bit.ly/2CuUAqX)– primordialmente con Italia, pese a la hostilidad de EU y la Unión Europea(UE).

Se dice fácil, pero Italia, miembro del cada vez más agónico G-7 y la disfuncional OTAN, es el primer país europeo a vincularse con el supremo proyecto geoeconómico de infraestructura del siglo XXI que cuenta con el apoyo militar geoestratégico de Rusia.

Según Global Times, la audaz conectividad de Italia con las rutas de la seda del siglo XXI constituye "una ruta pragmática para estimular su economía" (https://bit.ly/2YkmFdY).

El portal chino comenta que la economía de Italia no se ha recuperado de la crisis financiera de 2008 ni de la crisis europea de la deuda, por lo que acoge con agrado las inversiones de China que básicamente busca “puertos de encrucijada ( hub ports)” en Europa para recibir "contenedores de larga escala", como es el caso del puerto de Pireo (Grecia), adquirida por Cosco de China.

Israel, con el primer Netanyahu, principal aliado de Trump en el mundo, ya cedió dos de sus tres principales puertos a China (https://bit.ly/2RdRAUY), mientras Pekín coloca su mira en los puertos italianos de Génova y Trieste.

En China están conscientes del endurecimiento de la postura de la UE que tilda a Pekín de "competidor económico en búsqueda del liderazgo tecnológico y un rival sistémico (sic) que promueve modelos alternativos de gobernanza". ¿Cuál es el problema de que exista la multipolaridad de corte ecuménico plural sin apartheid tecnológico?

Le Monde, muy cercano a la cancillería francesa, informa que los gobiernos italiano y chino firmaron un protocolo de acuerdo "no vinculante" de 29 contratos –de 2 mil 500 millones de euros a un potencial de 20 mil millonesde euros– para el "ingreso de Italia en las nuevas rutas de la seda", pese a "las inquietudes de Bruselas y Washington".

Los principales contratos son descolgados por Ansaldo (turbinas) y el Grupo Danieli que participara con mil 100 millones de euros a la construcción de una siderúrgica en Azerbaiyán– que, a mi juicio, conecta las rutas de la seda con la Unión Económica Euroasiática del zar Vlady Putin (https://bit.ly/2HINfbF).

Hoy Alemania ostenta siete veces más exportaciones que las de Italia a China que apenas llegan a 13 mil millones de euros cuando existe mucha duplicidad europea, quizá para aplacar la ira trumpiana, en referencia a los intercambios de Alemania y Francia con China: el comercio bilateral de Pekín y París ha alcanzado niveles récord cuando las exportaciones francesas agrícolas, farmacéuticas y de cosméticos crecen en forma exponencial (https://bit.ly/2U4GRBe).

Después de la visita un tanto cuanto inesperada del mandarín Xi a Mónaco, acudirá a Francia, donde participará en "una reunión inédita con el presidente Emmanuel Macron, la canciller alemana Angela Merkel y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker", según Le Monde, que afirma el escepticismo de Macron sobre el acuerdo entre China e Italia y la "acción europea uniforme de Merkel frente a Pekín" (https://lemde.fr/2Wk1TcA).

Asia Times vaticina que el mandarín Xi descolgará "magnos acuerdos con el presidente galo Macron", donde pesará la sombra de la debacle de Boeing que aprovechará la aeronáutica europea de Airbus (https://bit.ly/2USzav3).

¿Se adelanta Italia a la virtual balcanización de la UE, que empiezan a enunciar los medios alemanes (https://bit.ly/2CCjaWK), o a la inevitabilidad del Zeitgeist (espíritu del tiempo) del siglo XXI con la predominancia de la "asociación estratégica" de China (superpotencia geoeconómica) y Rusia (superpotencia "hipersónica" militar)?

¿El mar Mediterráneo convertido en mare sinicum?

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El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.

El rápido ascenso de China como un nuevo centro de acumulación de capital ha aumentado el conflicto con los Estados Unidos. Ashley Smith, de ISR, entrevistó al activista y académico Au Loong Yu sobre la naturaleza de la emergencia de China como un nuevo poder imperial y sobre qué significa para el sistema-mundo.


Uno de los más importantes desarrollos en el sistema-mundo de las últimas décadas ha sido el ascenso de China como nuevo poder en el sistema-mundo. ¿Cómo ha ocurrido esto?


El crecimiento de China es el resultado de una combinación de factores desde su reorientación en la producción dentro del capitalismo global en la década de 1980. Primero, en contraste con el bloque soviético, China encontró un camino para beneficiarse, con un giro de ironía histórica, de su legado colonial. Gran Bretaña controló Hong Kong hasta 1997, Portugal controló Macau hasta 1999 y los EE. UU. continúan usando Taiwán como un protectorado.


Estas colonias y protectorados conectaron a China con la economía-mundo incluso antes de su entrada total dentro del sistema-mundo. En la era de Mao, Hong Kong proveyó alrededor de un tercio de la moneda extranjera de China. Sin Hong Kong, China no habría sido capaz de importar tanta tecnología. Tras el final de la Guerra Fría, durante el mandato de Deng Xiaoping, Hong Kong fue muy importante para la modernización de China. Deng usó Hong Kong para conseguir mayor acceso aún a moneda extranjera, para importar todo tipo de cosas, incluyendo alta tecnología, y tomar ventaja de su fuerza de trabajo cualificada, como directivos profesionales.


China usó Macau primero como un sitio ideal para contrabando de bienes dentro de la China continental, aprovechando la notoria falta de aplicación legal de la isla. Y así China utilizó la Casino City como plataforma ideal para la importación y exportación de capital. Taiwán fue muy importante no solo en términos de inversiones de capital, sino que más significativa en la larga carrera fue su transferencia de tecnología, primera y principalmente en la industria de semiconductores. Los inversores hongkoneses y taiwaneses fueron también una de las razones clave para el rápido crecimiento de las privincias chinas de Jiangsu, Fujian y Guandong.


Segundo, China poseía lo que el revolucionario ruso Leon Trotsky llamó el «privilegio del atraso histórico». El Partido Comunista de Mao se valió de su pasado como país precapitalista, una herencia de fuerte estado absolutista que podría reutilizar y usar para su propio proyecto nacional de desarrollo económico. También se valió de un campesinado precapitalista atomizado, el cual estaba acostumbrado a un absolutismo de dos mil años, para exprimir trabajo de ellos en una así llamada acumulación primitiva desde 1949 hasta la década de 1970.

Más tarde, desde la década de los ochenta en adelante, el Estado chino movió su fuerza de trabajo del campo a las grandes ciudades para trabajar como mano de obra barata en zonas de exportación. Crearon casi 300 millones de trabajadores rurales migrantes como esclavos en fábricas altamente explotadoras. Así, el atraso del estado absolutista chino y de sus relaciones de clase ofrecieron a la clase dominante china ventajas para desarrollar un capitalismo tanto estatal como privado.


Este atraso de China también hizo posible que se saltara etapas de desarrollo reemplazando medios y métodos de desarrollo arcaicos por los capitalistas avanzados. Un buen ejemplo de esto es la adopción de China de alta tecnología en telecomunicaciones. En lugar de seguir cada paso de las sociedades capitalistas avanzadas, comenzando con el uso de líneas telefónicas para comunicación en línea, instaló cable de fibra óptica a través del país casi al mismo tiempo.


El liderazgo chino estaba muy interesado en modernizar su economía. Por un lado, por razones defensivas, buscaban asegurarse que el país no fuera invadido ni colonizado como cien años atrás. Por otro, por razones ofensivas, el Partido Comunista busca restaurar su estatus como gran potencia, reanuadando el así llamado mandato celestial. Como resultado de todos estos factores, China ha logrado la modernización capitalista que tomó cien años en otros países.


China es ahora la segunda economía más grande en el mundo. Pero esto es contradictorio. Por un lado, muchas de las multinacionales son responsables de su propio crecimiento, ya sea directamente o a través de subcontrataciones de firmas taiwanesas o chinas. Por el otro, China está desarrollando rápidamente su propia industria como campeones nacionales en el sector estatal y privado. ¿Cuáles son sus fortalezas y sus debilidades?


En mi libro China’s Rise, digo que China tiene dos dimensiones de desarrollo capitalista. Una es lo que llamo acumulación dependiente. El capital extranjero avanzado ha invertido enormes sumas de dinero a lo largo de los últimos treinta años inicialmente en industrias de trabajo intensivo y más recientemente en las de capital intensivo. Esto desarrolló a China pero la mantuvo al final de la cadena global de valor, incluida la alta tecnología, como la terrible fábrica mundial. El capital chino recaudó una pequeña parte del beneficio, yendo la mayoría a EE. UU., Europa, Japón y otras potencias capitalistas avanzadas y sus multinacionales. El mejor ejemplo de esto es el teléfono móvil de Apple. China simplemente ensambla todas las partes, las cuales son en su mayoría diseñadas y fabricadas fuera del país.


Pero hay una segunda dimensión, la acumulación autónoma. Desde el comienzo el estado ha ido concienzudamente guiando la economía, financiando investigación y desarrollo y manteniendo un control indirecto sobre el sector privado, el cual da cuenta ahora de más del 50% del PIB. En los puestos de mando de la economía, el estado mantiene el control a través de las empresas de propiedad estatal. Y el estado está realizando sistemáticamente ingeniería inversa para copiar le tecnología occidental y desarrollar así sus propias industrias.
China tiene otras ventajas que otros países no tienen; es enorme, no solo en dimensiones del territorio, sino también en poblacion. Desde la década de 1990, China ha sido capaz de tener una división del trabajo en tres partes del país. Guandong es una zona de exportaciones de trabajo intensivo. El delta Zhejiang está también orientado a la exportación, pero más de capital extensivo. Alrededor de Pekín, China ha desarrollado su industria de alta tecnología, comunicación y aviación. Esta diversificación es parte de la estrategia a conciencia del estado para desarrollarse como una potencia económica.


Al mismo tiempo, China sufre de debilidades también. Si miras su PIB, China tiene el segundo más grande en el mundo. Pero si mides su PIB per cápita, sigue siendo un país de ingresos medios. Se ven también debilidades incluso en areas donde está alcanzando a potencias capitalistas. Por ejemplo, el teléfono móvil Huawei, el cual es ahora una marca mundial, fue desarrollado no solo por propios científicos chinos, sino también contratando científicos japoneses. Esto muestra que China fue y sigue siendo dependiente de recursos humanos extranjeros para investigación y desarrollo.


Otro ejemplo de debilidad fue revelado cuando la compaía de telecomunicaciones china ZTE fue acusada por la administración de Trump de violar sus sanciones comerciales a Irán y Corea del Norte. Trump impuso un veto comercial a la compañía, denegando el aceso de software y componentes de alta tecnología diseñados por EE. UU., amenazando a la empresa con el colapso inmediato. Xi y Trump resolvieron un acuerdo para salvar la compaía, pero la crisis de ZTE sufrida manifiesta el problema actual de China de desarrollo dependiente.


Este es el problema que China está tratando de sobrepasar. Pero incluso en alta tecnología, donde hay un intento de ponerse al día, su tecnología de semiconductores está dos o tres generaciones detrás de los Estados Unidos. Se está tratando de sobrepasarla con un incremento enorme de inversión en investigación y desarrollo, pero si miras de cerca los grandes números de patentes chinas, estos están todavía en su mayoría no en alta tecnología sino en otras áreas. Por lo tanto, sigue sufriendo de debilidad tecnológica autóctona. Donde se está poniendo al día a gran velocidad es en inteligencia artifical, y esta es un área por la que los EE. UU. están muy preocupados, no solo en términos de competición economica, sino también militar, donde la inteligencia artificial juega un creciente rol central.


Por encima de estas debilidades económicas, China sufre de otras políticas. China no tiene un sistema gubernamental que asegure la sucesión pacífica del poder de un mandatario al siguiente. Deng Xiaping estableció un sistema de límites del liderazgo colectivo que comenzó a superar este problema de sucesión. Xi ha abolido este sistema y reinstituido el mandato de un hombre sin mandato límite. Esto podría establecer más luchas entre facciones por la sucesión, desestabilizar el régimen y potencialmente comprometer el ascenso económico.

Xi ha modificado dramáticamente la estrategia de China en el sistema-mundo fuera de la cautelosa comenzada por Deng Xiaoping y sus sucesores. ¿Por qué está Xi haciendo esto y cuál es su programa para el reconocimiento de China como una gran potencia?


La primera cosa que hay que entender es la tensión en el Partido Comunista sobre su proyecto en el mundo. El Partido Comunista Chino es una gran contradicción. Por un lado, hay una fuerza por la modernización económica. Por otro lado, ha heredado un muy fuerte elemento de cultura política premoderna. Esto ha sentado las bases de conflictos entre facciones dentro del régimen.


A comienzo de la década de los 1990 hubo un debate entre los grandes elencos de la burocracia sobre qué facción debería tener el poder. Un grupo es el así llamado sangre azul, los hijos de los burócratas que gobernaron el estado tras 1949 –la segunda generación roja de burócratas. Son fundamentalmente reaccionarios. Desde que Xi ha llegado al poder, la prensa habla sobre el retorno de «nuestra sangre», que significa que la sangre de los viejos cuadros ha sido reencarnada en la segunda generación.


El otro grupo es el de los nuevos mandarines. Sus padres y madres no fueron cuadros revolucionarios. Fueron intelectuales o gente que lo hizo bien en su educación y consiguieron un ascenso. Normalmente ascendían a través de la Liga de la Juventud Comunista de China. No es casual que el liderazgo del partido de Xi haya humillado pública y repetidamente a la Liga en los años recientes. El conflicto entre los nobles sangre-azul y los mandarines es una nueva versión de un viejo patrón; estas dos facciones han estado en tensión por dos mil años de absolutismo y mandato burocrático.


Entre los mandarines, hay algunos con orígenes humildes, como Wen Jiabao, quien gobernó China de 2003 a 2013, que era un poco más «liberal». Al final de su mandato, Wen dijo que China debería aprender de Occidente la democracia representativa, arguyendo que las ideas occidentales como los derechos humanos poseían cierta clase de universalismo. Por supuesto, esto era mayormente retórica, pero es muy diferente a Xi, quien trata la democracia y los así llamados «valores occidentales» con desprecio.


Ganó en su lucha contra los mandarines, consolidó su poder y ahora promete que los nobles de sangre azul mandarán para siempre. Su programa es fortalecer la naturaleza autocrática del estado en casa, declarar China como una potencia en el extranjero y afianzar su poder en el mundo, a veces en desafío a los Estado Unidos.


Pero tras las crisis de ZTE, Xi efectuó un poco de retirada táctica, ya que dicha crisis expuso las debilidades persistentes chinas y el peligro de declararse demasiado rápido como gran potencia. De hecho, hubo un arrebato de críticas a uno de los asesores de Xi, un economista llamado Hu Angang, quien defendió que China era ya económica y militarmente un rival para los EE. UU. y podría por tanto desafiar a Washington en el liderazgo del mundo. ZTE demostró que es simplemente falso que China esté a la par con lo EE. UU. Desde entonces, muchos liberales comenzaron a criticar a Hu. Otro bien conocido académico liberal, Zhang Weiying, cuyos escritos fueron censurados el pasado año, fue autorizado a publicar en línea sus discursos.


Existía ya un caluroso debate entre estudiosos de diplomacia. La línea fuerte argumenta a favor de una posición más dura en relación con los EE. UU. Los liberales, sin embargo, defendían que el orden internacional es un «templo» y que si pudiera acomodarse el ascenso de China, Pekín debería ayudar a construir ese templo en lugar de demolerlo y construir uno nuevo. Este ala diplomática fue marginalizada cuando Xi eligió ser más de línea dura, pero recientemente su voz ha reemergido. Desde el conflicto de ZTE y la guerra comercial, Xi ha realizado algunos ajustes tácticos y ha reculado un poco en su previa y descarada proclamación del estatus de gran potencia de China.


¿Cuánto de esto es una retirada temporal? También, ¿cómo el Plan China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda intervienen en el proyecto a largo plazo de Xi de lograr un estatus de gran potencia?


Déjame decir claramente que Xi es un reaccionario sangre azul. Él y el resto de su grupo están determinados a restaurar la hegemonía del pasado imperial chino y reconstruir el así llamado mandato celestial. El estado de Xi, la academia china y los medios de comunicación han producido una gran cantidad de ensayos, disertaciones y artículos que glorifican este pasado imperial como parte de la justificación de su proyecto de convertirse en una gran potencia. Su estrategia de largo plazo no será disuadida fácilmente.


La facción de Xi es también consciente de que antes de que China pueda lograr su ambición imperial debe eliminar el peso de su legado colonial, i. e., encargarse de Taiwán y cumplir la histórica tarea del PCC de la unificación nacional primero. Pero esto llevará necesariamente tanto una dimensión de defensa china (incluso los EE. UU. reconocen que Taiwán es «parte de China») como también una rivalidad interimperialista. En vistas de la «unificación con Taiwán», por no hablar de una ambicion global, Pekín debe primero tratar las debilidades persistentes de China, especialmente en su tecnología, su economía y su falta de aliados internacionales.


Esto es por lo que aparece el China 2025 y la Franja y la Ruta de la Seda. A través del China 2025 quieren desarrollar sus capacidades tecnológicas independientes y ascender en la cadena de valor mundial. Quieren usar la Franja y la Ruta de la Seda para construir infraestructuras por toda Eurasia, en línea con los intereses chinos. Al mismo tiempo, debería estar claro que la Franja y la Ruta son también un síntoma de los problemas chinos de sobreproducción y sobrecapacidad. Están usando la Franja y la Ruta para absorver todo su exceso de capacidad. No obstante, ambos proyectos son centrales en el plan imperialista chino.


Ha habido un gran debate en la izquierda internacional sobre cómo entender la emergencia de China. Algunos decían que es un modelo y aliado para el desarrollo del «tercer mundo». Otros ven a China como un estado subordinado en un imperio estadounidense informal que regula el capitalismo mundial neoliberal. Otros lo ven como una potencia imperial en crecimiento. ¿Cuál es tu punto de vista?


China no puede ser un modelo para países en desarrollo. Su ascenso es el resultado de factores muy concretos que he mencionado previamente y que otros países del tercer mundo no poseen. No creo que sea incorrecto decir que China es parte del neoliberalismo mundial, especialmente cuando ves que China dice que reemplazará a los EE. UU. como guardian del libre comercio de la globalización.


Pero el decir que China es una parte del capitalismo neoliberal no captura la imagen completa. China es una distinta potencia capitalista estatal y en expansión, la cual no desea ser un segundón de los EE. UU. China es así un componente del neoliberalismo global y también una potencia capitalista estatal, que se destaca frente al resto. Esta peculiar combinación significa simultáneamente beneficios del orden neoliberal y representa un desafio para él y para el estado estadounidense que lo supervisa.


El capital occidental es irónicamente responsable de su problema. Sus estados y capitales llegaron a entender el desafío de China demasiado tarde. Inundaron de inversiones el sector privado o iniciaron aventuras con las compañías estatales en China. Pero no eran del todo conscientes de que el estado chino está siempre detrás incluso de las corporaciones privadas. En China, incluso si una compañía es genuinamente privada, debe responder a las demandas que le pone el estado.


El estado chino ha usado esta inversion privada para desarrollar su propia capacidad estatal y privada y comenzar así su reto tanto al capital estadounidense como al japonés y al europeo. Es de todos modos naif acusar al capital público y privado chino de robar propiedad intelectual. Es lo que planearon hacer desde el principio.
Así, los estados y empresas capitalistas avanzadas permitieron la emergencia de China como ascendente potencia imperial. Su peculiar naturaleza de capitalista estatal la hace particularamente agresiva y tendencial a actualizarse y provocar a las potencias que invirtieron en ella.


En los Estados Unidos está en crecimiento un consenso entre los dos partidos capitalistas de que China es una amenaza para el poder imperial estadounidense. Y tanto China como EE. UU. están estimulando un nacionalismo contra el otro. ¿Cómo caracterizarías la rivalidad entre EE. UU. y China?


Hace algunos años, muchos analistas dijeron que había un debate entre dos bandos sobre si colaborar con China o confrontarla. Llamaron a esto una lucha de «osos panda que abrazan versus dragones asesinos». Hoy día los dragones asesinos están en el asiento del conductor de la diplomacia china.


Es cierto que hay un creciente consenso entre demócratas y republicanos contra China. Incluso prominentes liberales estadounidenses golpearon a China esos días. Pero muchos de esos políticos liberales deberían ser culpados por esta situación en primer lugar. Recordar que después de la Masacre de Tiananmén de 1989 fueron políticos liberales como Bill Clinton en los EE. UU. y Tony Blair en Gran Bretaña los que perdonaron al Partido Comunista Chino, reabrieron relaciones comerciales y fomentaron flujos de inversion dentro del país.


Por supuesto, se trataba de rellenar los libros de contabilidad de las multinacionales occidentales, que cosecharon grandes benedicios de la explotación del trabajo barato en las fábricas chinas. Pero también creyeron verdaderamente, si bien ingenuamente, que la creciente inversión llevaría a China a aceptar las reglas como un estado subordinado dentro del capitalismo neoliberal global y «democratizarse» a la imagen de Occidente. Esta estrategia ha fracasado, permitiendo el crecimiento de China como rival.


Los dos bandos de pandas de abrazan versus dragones asesinos encuentran a su vez sus teóricos en la academia. Hay tres escuelas principales de política exterior. En la cima de ellas, cada escuela tiene su propio panda que abraza y dragón asesino, que pueden denominarse también optimistas y pesimistas. Dentro del lado optimista, diferentes escuelas argumentan diferentes perspectivas. Mientras los internacionalistas liberales piensan que el comercio democratizaría China, por el contrario, los realistas defienden que incluso si China tiene sus propias ambiciones estatales de retar a los EE. UU., es todavía demasiado débil para ello. La tercera escuela es el constructivismo social; creen que los compromisos económicos y sociales internacionales transformarían China.


En el pasado, la mayoría de políticos compraron el discurso de los liberales optimistas. Los liberales fueron cegados por su propia creencia de que el comercio podría cambiar China hacia un estado democrático. El ascenso de China ha llevado a todas las escuelas optimistas a una crisis, ya que sus predicciones sobre China han resultado erróneas. China se ha convertido en una potencia emergente que ha comenzado a ponerse al día y a retar a los EE. UU.


Ahora es el lado pesimista de estas tres escuelas el que está tomando el terreno. Los pesimistas liberales ven ahora que el nacionalismo chino es mucho más fuerte que la influencia positiva del comercio y la inversión. Los pesimistas realistas creen que China está rápidamente reforzándose y que nunca se comprometerá con Taiwán. Los constructivistas sociales pesimistas creen que China es muy rígida en sus propios valores y rechazará el cambio.


Sin embargo, si la escuela pesimista está ahora en lo cierto, sufre también de una gran debilidad. Asume que la hegemonía estadounidense está justificada y es correcta, ignora el hecho de que los EE. UU. son actualmente un cómplice del gobierno autoritario chino y su régimen de fábricas esclavistas, y por supuesto nunca examina cómo la colaboración y rivalidad entre los EE. UU. y China ocurre dentro de un profundamente contradictorio y volátil capitalismo global, y junto a todo esto un conjunto de relaciones de clase mundiales. No hay sorpresa para nosotros; los pesimistas son ideólogos de la clase dominante estadounidense y su imperialismo.


China está moviéndose en una trayectoria imperialista. Estoy en contra de la dictadura del Partido Comunista, de su aspiración a convertirse en gran potencia y sus reclamos en el Mar de la China Meridional. Pero no pienso que sea correcto pensar que China y los EE. UU. estén en el mismo barco. China es un caso especial ahora mismo; existen dos lados de este crecimiento. Un lado es común entre estos dos países –ambos son capitalistas e imperialistas.


El otro lado es que China es el primer país imperialista que fue previamente un país semicolonial. Esta es una diferencia con los EE. UU. y cualquier otro país imperialista. Tenemos que tener esto en cuenta en nuestro análisis para entender cómo China funciona en el mundo. Para China hay siempre dos niveles de asuntos. Uno es la legítima defensa propia de un antiguo país colonial bajo el derecho internacional. No debemos olvidar que hasta la década de 1990 aviones de combate estadounidenses volaron por la frontera sur de China y derribaron un avión chino, matando al piloto. Este tipo de eventos naturalmente recuerdan al pueblo chino su penoso pasado colonial.


Gran Bretaña hasta recientemente controlaba Hong Kong y el capital internacional sigue ejerciendo enorme influencia allí. Un ejemplo de imperialismo occidental ha ocurrido recientemente. Un reportaje reveló que justo antes de retirarse Gran Bretaña de Hong Kong disolvieron su policía secreta y la reasignaron dentro de la Comisión Independiente Contra la Corrupción (ICAC). La ICAC disfrutó de gran popularidad aquí ya que hace Hong Kong un lugar menos corrupto. Pero solo la cabeza del gobierno hongkonés, elegido en su momento desde Londres y ahora elegido desde Pekín, nombra el comisionado, mientras que el pueblo no tiene en absoluto ninguna influencia sobre él.


Pekín fue muy consciente de que la ICAC podría se usada para disciplinar al estado chino y sus capitales. Por ejemplo, en 2005 la ICAC procesó a Liu Jinbao, la cabeza del Banco de China en Hong Kong. Parece que Pekín está tratando de tomar el control de la ICAC, pero el público se mantiene en la oscuridad sobre esta poderosa lucha. Por supuesto, debemos estar felices de que la ICAC vaya contra gente como Liu Jinbao, pero debemos también reconocer que puede ser utilizado por el imperialismo occidental para avanzar en su agenda. Al mismo tiempo, Pekín, afianzando su control, significaría la consolidación por parte del estado y los capitalistas chinos, algo que no sirve a los intereses de las masas trabajadoras chinas.
Existen otros vestigios coloniales del pasado. Los EE. UU. básicamente mantienen Taiwán como un protectorado. Deberíamos, por supuesto, oponernos a la amenaza china de invadir Taiwán; deberíamos defender el derecho de autodeterminación de Taiwán. Pero debemos también ver que los EE. UU. usan Taiwán como una herramienta para proteger sus intereses. Este es el lado oscuro del legado colonial que motiva al Partido Comunista a comportarse de manera defensica contra el imperialismo estadounidense.


China es un emergente país capitalista pero uno con debilidades fundamentales. Yo diría que el Partido Comunista Chino tiene por delante obstáculos fundamentales antes de poder convertirse en un país imperialista estable y sustentable. Es muy importante ver no solo las coincidencias entre los EE. UU. y China como países imperialistas, sino también las particularidades chinas.


Obviamente para los socialistas en los EE. UU., nuestro principal deber es el de oponerse al imperialismo estadounidense y contruir solidaridad con los trabajadores chinos. Esto significa que debemos oponernos a la implacable China atacando no solo a la derecha sino también a todos los liberales e incluso al movimiento laborista. Pero no deberíamos caer en la trampa de dar apoyo político al régimen chino, sino a los trabajadores del país. ¿Cómo te aproximas a esta situación?


Debemos contar con la mentira usada por la derecha estadounidense de que los trabajadores chino han robado el trabajo de los obreros estadounidenses. Esto no es cierto. La gente que realmente tiene el poder de decidir no son los trabajadores chinos sino el capital estadounidense como Apple, que elige ensamblar sus teléfonos en China. Los trabajadores chinos no tienen absolutamente nada que decir sobre tales decisiones. Actualmente, son víctimas, no gente que debería ser acusada de la pérdida de empleos en Estados Unidos.


Como he dicho, Clinton, no los gobernantes o trabajadores chinos, fue el culpable de la exportación de estos trabajos. Fue el gobierno de Clinton el que trabajó con el régimen asesino chino tras la Plaza de Tiananmén para permitir a las grandes corporaciones estadounidenses invertir en China a una escala masiva tal. Y cuando se perdieron los empleos en los EE. UU., los que aparecieron en China no eran el mismo tipo de empleos en absoluto. Los empleos estadounidenses perdidos en en automóvil y acero eran sindicalizados y tenían buenas pagas y beneficios, pero aquellos creados en China no eran otra cosa que empleos semiesclavos. A pesar de los conflictos de hoy, los grandes líderes de los EE. UU. y China, no los trabajadores de cada país, pusieron en su lugar el mísero orden mundial neoliberal que existe.


Una cosa que debemos hacer aquí en los EE. UU. es ayudar a poner en movimiento a los trabajadores chinos en huelgas para poder construir solidaridad entre trabajadores estadounidenses y chinos. ¿Existen otras ideas e iniciativas que se puedan tomar? Hay un peligro real de nacionalismo fomentado en ambos países contra los trabajadores del otro país. Parece que arreglar esto muy importante. ¿Qué piensas?


Es importante para la izquierda del resto del mundo reconocer que el capitalismo chino tiene un legado colonial y que existe todavía. Así, cuando analizamos las relaciones entre China y los Estados Unidos, debemos distinguir estas partes legítimas de «patriotismo» fomentadas por el Partido. Hay un elemento de patriotismo de sentido común en el pueblo que es el resultado del último siglo de intervención imperial de Japón, potencias europeas y de los Estados Unidos.


Esto no significa que nos acomodemos a este patriotismo, debemos distinguir esta forma del nacionalismo reaccionario del Partido Comunista. Y Xi está ciertamente tratando de estimular el nacionalismo en favor de sus grandes aspiraciones de poder, al igual que los mandatarios estadounidenses están haciendo al cultivar apoyo popular para las aspiraciones del régimen de mantener China sometida.


Dentro de la gente común el nacionalismo ha decaído en lugar de incrementarse ya que desprecian al Partido Comunista Chino y muchos de ellos no confían en su nacionalismo y odian su gobierno autocrático. Un ejemplo gracioso de esto es una reciente encuesta que preguntó al pueblo si apoyaría a China en una guerra con los Estados Unidos. La respuesta de los internautas fue realmente interesante. Uno de ellos dijo: «Sí, apoyo una guerra de China contra los EE. UU., pero primero enviando primero a los miembros del Politburó a luchar, después a los del Comité Central y después al Partido Comunista Chino entero. Y después de que ganen o pierdan, al menos seríamos libres». Los censores, por supuesto, inmediatamente eliminaron estos comentarios, pero es un indicativo de la profunda desafección con el régimen.


Esto significa que hay una base entre los trabajadores chinos para construir una solidaridad internacional con los trabajadores estadounidenses. Pero esto requiere que los trabajadores estadounidenses se opongan al imperialismo de su propio gobierno. Solo esta posición construiría confianza entre los trabajadores chinos.


Las amenazas del imperialismo estadounidense son reales y conocidas en China. La Marina estadounidense acaba de mandar dos barcos de guerra al Estrecho de Taiwán en una clara provocación a China. La izquierda estadounidense debe oponerse a este militarismo para que el pueblo chino entienda que te opones a la agenda imperialista estadounidense en la cuestión de Taiwán –aunque se debe reconocer también el derecho de Taiwán a comprar armas de los EE. UU. Si el pueblo chino escucha esta fuerte voz antiimperialista de la izquierda estadounidense, se podría ganar algo más para los intereses comunes internacionales contra los imperialismos estadounidenses y chinos.


Por Au Loong-Yu
Veterano activista, escritor y miembro de Pioneer, una organización socialista de Hong Kong.

Publicado enInternacional
Jueves, 07 Marzo 2019 06:24

Crisis de la política occidental

Crisis de la política occidental

Entre todos los elementos sensibles que podríamos mencionar, el proyecto de golpe de Estado en Venezuela revela muy claramente lo que llamaré crisis de la política Occidental. Esta sobrevolaba casi siempre sobre el pivote de la humanidad como un fin en sí mismo, como un ámbito de realizaciones individuales y colectivas. Se entiende por realización, una adquisición progresiva de un saber en la relación diferencial y comprensiva hacia los otros, y un balance subjetivo sobre varios conceptos que llaman al equilibrio: uno, el contrato social, donde cada uno se pone en el interior de la voluntad general y reconoce a ésta como parte indivisible del todo. Otro, la humanidad kantiana, “obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio”. 

Otra insignia del pensar Occidental podría ser la reflexión sobre el problema que proviene de la razón que se alberga en el mundo de vida, y su choque con la razón instrumental. Entre ambas se desequilibran, y ese desequilibrio alumbra una necesidad de contenerla en un horizonte político y filosófico. Estas nociones ya casi nos han abandonado. También parece haberse ido para siempre la idea de que hay una revelación o una natalidad cada vez que se comprende como inaugural un discurso o una acción. Todo eso ha estallado. La distinción entre la ética de la responsabilidad y la ética de convicción, ya no tiene ningún empleo real para definir la acción política. El neoliberalismo ha malgastado a la primera; y a la segunda la aniquiló con el desprecio a las ideas trascendentales. Lo que a la vez hizo trizas la idea de Habermas de que en un espacio público ideal triunfa siempre “el mejor argumento”.


Ideas que parecen profundas y acertadas, como la inversión que hace Foucault de las máximas Clausewitz, “la guerra es la continuación de la política”, no sirven más para advertirnos que siempre ha existido un sustrato bélico en la primera instancia de significación de una sociedad, lo que hace que todo tenga matriz de conquista y despilfarro de vidas. Y sin necesidad de ningún arabesco teórico. Asimismo, la crítica a la industria cultural, que data de mediados del siglo XX, no solo está abolida de hecho por el total triunfo de ésta en todo el mundo, sino porque organiza las creencias colectivas. Hasta la elevación de una traza ferroviaria urbana puede no verse como un hecho técnico necesario o una especulación inmobiliaria, sino como parte de la mencionada industria cultural, un bien de consumo colectivo, una estética o ilusión de la libertad urbana.


Precisamente este ideal libertario que es aglutinador profundo de los sentidos que la palabra Occidente podría contener, está cercado por circunstancias que lo falsifican a diario, tanto el miedo orgánico que destruye toda idea comunitaria, como la esperanza sin pasión, es decir, el viejo recurso de la promesa ennoblecedora con un tipo de voto de felicidad futura, convertido en una oferta tentadora de supermercado o en una publicidad sobre el mejor método de elegir una cama de hotel en cualquier lugar del mundo.


Yendo al grano: la escena de los embajadores, una media docena larga de diplomáticos europeos, de Francia, Canadá, Alemania, España y Holanda recibiendo a Guaidó en Maiquetía, hacen pensar. Países que son una buena parte de Occidente ¿no es cierto? Seguramente ese espectáculo lo produjeron personas que se sintieron tocadas en su núbil corazón humanitario. Entre los mecanismos resueltos por el golpe de Estado, se encuentra la crítica a la falta de medicamentos en Venezuela, típico reclamo humanitario, es decir, referido a la humanidad que pudieron definir grandes juristas de todos los tiempos, lo que cerraría toda discusión. Hay que sacar entonces al Maligno, al Katechon, al Anticristo. Los golpistas no quieren justificaciones de ocasión, si los apuran pueden ir a Carta a los Tesalonienses.


En ciertas épocas, Occidente significó no un hegelianismo de derecha sino un militarismo de la llamada guerra fría, metáfora ingenua, pues las guerras tienen temperaturas comunicacionales de varios tipos y gradaciones. Las discusiones de Grocio sobre la guerra en el siglo XVII, que influyen sobre Alberdi en “El crimen de la guerra”, ya han sido superadas por el ascenso de una nueva política sin filosofía. Sin nociones de lo que es la humanidad, sin prevenciones sobre la índole paradójica de las estructuras ético-prácticas de lo humano. Protestan cínicamente por una ayuda humanitaria que no logró pasar la frontera. De este modo toman el enunciado como parte del derecho de gentes de la antigua Europa, y encontraron una justificación de la guerra, del dominio global, de lo que denominan guerra comercial y de las técnicas del golpe de estado que dejan hecho un poroto a las que describió el neofascista Curzio Malaparte.


Recurren para sus acciones al revestimiento humanitario de los misiles y los aviones militares, como el que tiró la bomba atómica en Hiroshima, hecho que lleva hasta hoy a reflexiones sobre la culpa y el arrepentimiento. Se sabe de la jactancia de uno de lo pilotos, mientras otro exclamaba “Dios mío, qué hemos hecho”. Son las grandes discusiones de Occidente en relación a la razón técnica y la conciencia crítica, siempre en torno a que hace lo humano sobre lo humano. Hay suficiente documentación sobre este debate, olvidado por los que ahora postulan en Venezuela el “drama humanitario” que ellos mismos han creado. El bombardeo en nombre de la humanidad es un modelo de acción de lo que llamaríamos el modo norteamericano de encarnar la decadencia de Occidente, con el cortejo de los humanistas embajadores europeos, que no son Vico ni Goethe, sino funcionarios de pequeños poderes “sub delegados de la guerra comercial”.


El avión que lanzó aquella bomba se llamaba Enola Gay, nombre tierno de la mamá del piloto Tibbets. Es cierto que Norteamérica es Emerson, Withman, Raymond Chandler o Faulkner. Pero también es Tibbets y el Comando Sur. Hoy gobiernan. Y es cierto que hay en Europa discursos como el de Melenchón, que casi en absoluta soledad, señalan estos postreros capítulos del “jus publicum europaeum”. Las ruinas del humanismo sosteniendo la operación golpista. Mantienen Guantánamo y hablan de derechos humanos. Cierran sus naciones con un despunte inadmisible de neoracismos y endorracismos que reviven de sus cenizas, y acusan de dictadores a los gobernantes legítimos de Venezuela. Entretanto, sostienen gobiernos de los que se conoce mundialmente la estructura despótica con la que administran territorios petrolíferos lejanos.


Rebajan la política a actos de chantaje y pistolerismo, como los anuncios de Trump desde sus corbatas tornasoladas, rojo sangre. Personifica mejor Roger Waters el humanismo universal que el declarado discípulo de Paul Ricoeur, que gobierna Francia. Ricoeur era un hermeneuta interesante, pero él mismo no era interesante. El sostenimiento del gobierno legítimo de Venezuela, encarnado en el presidente Maduro, no es un hecho que pueda juzgarse con el vocabulario restringido de Trump o Macri, que hablan de un dictador y apelan -teólogos ellos-, a la idea del Mal. Bailotean sobre un humanismo ficticio, escondiendo proporciones de guerra y agresividad política, tras camiones con medicamentos. No sé cómo Ricoeur analizaría esta “metáfora viva”, entre las ojivas medievales del gótico europeo y las ojivas nucleares de la “ciudad gótica” estadounidense.


Batman y Robin podrían haber llamado medicamentos a sus cirugías de extirpación de gobiernos que no están desposeídos de la voluntad general popular, sino que la tienen de una forma que los dueños de los misiles “Patriot” no consideran adecuada. Han dado vuelta todos los nombres, los miran por su revés, pero los siguen usando. Dicen humanismo y lanzan llamas. Con el largo intento golpista, la tradición del humanismo occidental tiene en Venezuela su resquebrajamiento moral más concluyente, la eclosión trágica de sus arcaicos resplandores y deseos.

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