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Transformar la economía de EU: el Green New Deal

Una nueva propuesta de legisladores del Partido Demócrata busca rediseñar la economía de Estados Unidos. Ha recibido el nombre en inglés de Green New Deal, que se traduce como el "Nuevo trato verde" y renvía al paquete de política económica que introdujo Franklin Roosevelt en 1933 para enfrentar la Gran Depresión.

Esta propuesta ya genera un gran debate en Estados Unidos, polémica que ya hacía falta en un país que se ha inclinado tanto a la derecha que la palabra socialista se ha convertido en insulto. Por ese motivo el Partido Republicano no tardó en atacar la propuesta como un proyecto para llevar a Estados Unidos al socialismo. Y los dirigentes del Partido Demócrata, con Nancy Pelosi a la cabeza, han preferido adoptar una postura de precaución, sin apoyar abiertamente la propuesta del Green New Deal. No sorprende su cautela, pues esa jerarquía del Partido Demócrata ha estado desde Clinton cercana a los grandes intereses económicos que la nueva propuesta va a afectar.

El Nuevo Trato Verde (NTV) es un paquete de política macroeconómica y sectorial para responder a los retos económicos, sociales y ambientales del capitalismo estadunidense. Pretende alcanzar tres objetivos: enfrentar el cambio climático y otros problemas ambientales, reducir la desigualdad social y relanzar la economía por una senda de crecimiento sostenido. La referencia a Roosevelt recuerda que se necesitará una gran movilización de recursos para alcanzar los objetivos planteados.

El Nuevo Trato Verde incluye importantes programas de inversión en infraestructura y para la transición energética. Uno de los ejes medulares del NTV es la transición energética para reducir a cero las emisiones de gases de efecto invernadero y transitar hacia un perfil 100 por ciento dependiente de energías renovables. Otra vertiente del NTV consiste en proporcionar servicios de salud gratis a todos los miembros de la sociedad.

Desde luego, la principal objeción de la derecha a este paquete de políticas ha sido su pretendida falta de realismo. La pregunta que se utiliza para atacar la propuesta se disfraza de rigor económico: ¿de dónde va a salir todo el dinero para financiar este programa? Es una interrogante mal intencionada. Detrás de ella se esconde la hipocresía de quienes nunca cuestionaron el costo astronómico de los rescates para el sistema financiero. Es la misma pregunta que encubre la duplicidad de los que hace un año aprobaron la reforma fiscal de Trump, que condujo a un explosivo incremento del déficit fiscal.

Pero a pesar de ser utilizada como ariete para la ofensiva en contra de la propuesta, la pregunta es válida. Y los legisladores del Partido Demócrata han estado tratando de responder con una referencia a la "teoría monetaria moderna", que ha sido promovida por importantes economistas heterodoxos como Randall Wray y Stephanie Kelton. Ésta ofrece una respuesta a la pregunta sobre el origen del dinero muy diferente a la que propone la teoría económica convencional. Esta última es absurda y sostiene que el dinero surge natural y espontáneamente en respuesta a las dificultades que enfrentan las transacciones por medio de trueques. Por el contrario, la teoría monetaria moderna sostiene que el dinero se origina por la acción deliberada del Estado, que al emitir la moneda con la que se pueden pagar impuestos crea el medio de pago generalizado.

La teoría monetaria moderna está siendo sometida a un fuerte debate académico, pero una de sus implicaciones es que el Estado posee un enorme poder de financiamiento y no tiene por qué preocuparse por su endeudamiento: al Estado soberano nunca se le acaba el dinero, pues siempre puede imprimir/emitir nuevos medios de pago. En última instancia, la teoría monetaria moderna sostiene que el dinero tiene valor porque el Estado así lo determina. Para los defensores del NTV, el atractivo de la teoría monetaria moderna es que permite hacer frente a las necesidades de financiamiento porque el endeudamiento público no sería un problema.

Esta postura no es la más adecuada, toda vez que la teoría monetaria moderna no acaba de afinar el análisis en varios puntos delicados que son objeto de debate. Uno de ellos tiene que ver con la inflación y otro con la relación entre ahorro e inversión. Este último tema requiere todavía un análisis más serio sobre el circuito monetario en el contexto del corto y largo plazos. Por esta razón los promotores del NTV cometerán un error si descansan exclusivamente en este planteamiento teórico como respuesta al tema del financiamiento. Hay otras fuentes de recursos, pero también siguen siendo temas tabú. Algunos precandidatos demócratas a la presidencia ya han manifestado la necesidad de incrementar los impuestos para los estratos de mayores ingresos, pero el recorte al gasto militar, que cada año es superior a 740 mil millones de dólares, sigue siendo un tema proscrito. Mientras la cara militar del imperialismo no sea objeto de una crítica profunda, no habrá nuevo trato.

Twitter: @anadaloficial

 

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Miércoles, 20 Febrero 2019 06:30

Tratado INF: la nueva amenaza nuclear

Tratado INF: la nueva amenaza nuclear

En la mañana del 8 de diciembre de 1987 se reunieron Ronald Reagan y Mijail Gorbachov para firmar uno de los más importantes tratados de control de armamentos. Ese acuerdo prohibía el emplazamiento de misiles nucleares de alcance intermedio en Europa y en la antigua Unión Soviética. Esos sistemas de armamentos eran considerados altamente desestabilizadores y representaban un gran riesgo. El tratado INF fue considerado uno de los más relevantes para reducir el peligro de una confrontación nuclear.

Pero hace dos semanas Donald Trump anunció el retiro de su país de ese tratado. Rusia indicó días más tarde que haría lo mismo. Si en un plazo de seis meses las partes no llegan a un nuevo acuerdo, el convenio será abrogado. El abandono del tratado INF ha pasado casi desapercibido. Un poco de historia es útil para colocar este acontecimiento en una perspectiva adecuada.

A mediados de los años 1970 la Unión Soviética había alcanzado un estado de paridad nuclear con Estados Unidos. Cada una de las dos potencias poseía alrededor de 30 mil cargas atómicas estratégicas desplegadas en misiles intercontinentales, bombarderos y submarinos estratégicos. Y en 1976 la Unión Soviética comenzó a desplegar en su territorio misiles SS-20, con un alcance de 5 mil kilómetros. Esos misiles podían alcanzar cualquier blanco en Europa en cuestión de minutos.

En respuesta, Estados Unidos y la OTAN decidieron emplazar misiles Pershing II, de alcance intermedio, en varias localidades de Europa. Éstos tenían gran precisión (un círculo de error probable de 30 metros) y la capacidad de llegar a sus objetivos en la URSS en unos seis o 10 minutos, dependiendo de la distancia de cada blanco. Para los mandos soviéticos, eso significaba que tendrían menos de tres o cuatro minutos para decidir si respondían a un ataque, lo que implicaría el desencadenamiento de todas las fuerzas nucleares soviéticas. Definitivamente, los misiles de alcance intermedio se habían convertido en factor altamente desestabilizador.

El abandono del tratado INF implica el retorno a una era de inestabilidad y puede inaugurar una nueva fase en la carrera de armamentos nucleares. Washington lleva varios años diciendo que Rusia ha estado incumpliendo el tratado, mientras Moscú ha insistido en que las violaciones al acuerdo vienen de Estados Unidos. Es muy probable que Rusia haya incurrido en violaciones a éste, pero los medios estadunidenses nunca han informado con objetividad sobre las graves transgresiones de Estados Unidos a este tratado.

En 2009 la administración de Obama comenzó a desplegar el sistema Aegis (o égida en español), de defensa anti-balística, en Polonia y Rumania para contrarrestar la supuesta amenaza de misiles balísticos intercontinentales lanzados desde Irán. El tratado INF sólo prohíbe los armamentos ofensivos, así que una defensa contra una supuesta amenaza iraní no contravenía el acuerdo.

Sin embargo, un trabajo publicado recientemente por el físico Theodore Postol (experto en armamentos nucleares, del MIT) revela que los sistemas Aegis tienen la misma plataforma mecánica y electrónica que se utiliza en los navíos de la armada estadunidense y eso les permite soportar el lanzamiento de misiles ofensivos, lo que constituye una seria contravención del tratado INF. En efecto, el Aegis permite lanzar misiles de defensa antiaéreos, pero también es compatible con el lanzamiento de misiles crucero, que sólo tienen capacidad ofensiva.

El análisis de Postol (thebulletin.org) muestra que el sistema Aegis tiene un radar insuficiente y misiles demasiado lentos para contrarrestar los supuestos misiles intercontinentales lanzados desde Irán. Según este analista, el Aegis sería inútil para neutralizar un supuesto ataque desde Irán. Esto refuerza la hipótesis de que los misiles emplazados en la plataforma Aegis estarían más bien orientados hacia su capacidad ofensiva, en cuyo caso la percepción rusa estaría justificada. Si la supuesta amenaza iraní ha sido un pretexto para emplazar el sistema Aegis, estaríamos en presencia de uno de los más graves desaciertos en la historia diplomática.

Hoy, la república estadunidense se encuentra más amenazada que nunca. Pero esa amenaza viene desde sus entrañas. Y la belicosidad que existe hoy en Estados Unidos frente a Rusia y Teherán recuerda las palabras de George Kennan, uno de los arquitectos de la política de contención frente a la Unión Soviética en la guerra fría: "No existe nada más egocéntrico que una democracia acosada. Muy rápidamente se convierte en víctima de su propia propaganda de guerra". Es exactamente lo que le ha ocurrido a Estados Unidos.

Muchos años después de la firma del tratado INF, aquel 8 de diciembre de 1987, se supo que la fecha había sido escogida por el astrólogo personal de la señora Nancy Reagan, lo cual recuerda las palabras de Casio (en Julio César, acto segundo, Shakespeare), "la culpa, mi querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros, que aceptamos ser unos mentecatos".

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Hegemonía del dólar y el crepúsculo del imperio

Estados Unidos ha dejado de ser una república. Se convirtió en un imperio hace ya varias décadas. Y una parte crítica de su poderío se sustenta en el papel de moneda hegemónica que mantiene el dólar.


La divisa estadunidense comenzó su carrera ascendente en la primera mitad del siglo XX. Durante muchos años su principal contrincante fue la libra esterlina, cuya hegemonía había durado más de un siglo. Pero la libra empezó a declinar con la erosión del imperio británico y la preeminencia del dólar se reafirmó con el régimen monetario establecido al finalizar la segunda guerra mundial.


Para que una moneda aspire a la hegemonía debe ser la divisa más utilizada como reserva internacional. Además, debe tener amplia aceptación como medio de pago en transacciones internacionales y debe fungir como unidad de cuenta en los mercados internacionales de capital y en los más importantes mercados de divisas.


Los productos estratégicos más importantes del mundo, como energéticos y otros del complejo minero y agroalimentario, deben estar cotizados en esa moneda. Todas estas funciones se encuentran íntimamente relacionadas y pueden fortalecerse unas a otras.


Desde 1945 el dólar estadunidense ha desempeñado el papel de moneda hegemónica en el plano internacional, pero periódicamente surgen cuestionamientos sobre la duración de este régimen monetario. La aparición del euro en 1999 y los llamados en 2010 de funcionarios del banco central de China para apartar al dólar de ciertas actividades, han alimentado la idea de que el reinado del dólar estadunidense estaría concluyendo. La crisis financiera de 2008 generó gran inquietud sobre el futuro de la hegemonía del dólar.


Sin embargo, en casi todos los renglones el dólar sigue manteniendo su posición hegemónica. De las reservas mundiales en divisas 62.7 por ciento está constituido por dólares o títulos denominados en esa moneda, mientras las reservas en euros, el competidor más cercano, representan 20 por ciento del total. Por otra parte, de las divisas extranjeras que circulan por el mundo, el dólar estadunidense sigue siendo la más utilizada en transacciones en efectivo. El papel dominante del dólar se basa en un fenómeno de rendimientos crecientes a la adopción, lo que es un fenómeno típico de cualquier moneda exitosa. Entre más agentes en la economía adopten el uso de esa moneda y la acepten como medio de pago, más personas harán lo mismo en el futuro.


Los beneficios de ese estado de cosas no son despreciables. Se calcula que las ganancias por señoraje de esta circulación de dólares permite obtener a la Reserva Federal más de 40 mil millones de dólares anuales, lo que es, en realidad, una cantidad modesta si se le compara con las otras ventajas que la hegemonía confiere al poderío estadunidense. La capacidad de imponer sanciones a países como Irán o Venezuela, por ejemplo, y separarlos de los canales financieros globales se basa en esta hegemonía, y, como dicen algunos analistas, es tan amenazante como dos portaviones nucleares.


La realidad es que, quizás, en la fortaleza del dólar está el talón de Aquiles del imperio. Así como la aceptación del dólar como medio de pago conduce a una mayor adhesión al dólar como reserva de valor en un proceso acumulativo, los signos de debilidad pueden conducir a una mayor fragilidad en un proceso circular de agotamiento. Esos cambios pueden tardar mucho menos de lo que se cree en tiempos normales. Una combinación de acontecimientos podría traer cambios profundos en cuestión de pocos años. La importancia del dólar en las transacciones comerciales a escala mundial ha ido disminuyendo gradualmente, pero esa tendencia podría acelerarse notablemente en los próximos años.


Hoy, los contendientes del dólar más fuertes son el euro y el yuan. El euro sufrió un descalabro con la crisis de 2018, pero ha podido sobrevivir. El yuan chino se fortaleció en 2016, cuando el Fondo Monetario Internacional lo incluyó entre las divisas que sirven para determinar el valor de los derechos especiales de giro. La creación del mercado de futuros chino para el petróleo ha servido para dar un nuevo aliento al yuan, aunque se mantiene su rezago frente al dólar. En síntesis, la irritación europea por lo que se considera el privilegio exorbitante de Estados Unidos, así como las aspiraciones de China, se combinan para constituir la amenaza más seria para la hegemonía del dólar. La próxima recesión podría debilitar el papel del dólar más allá de los remedios que la Reserva Federal podría tratar de implementar.


Sin la hegemonía monetaria, el imperio estadunidense no podría sostenerse. Así, aunque parezca paradójico, la preeminencia del dólar es el talón de Aquiles de éste. Si el fin del imperio británico marcó la terminación de la hegemonía de la libra esterlina, hoy la transición hacia una nueva moneda dominante podría estar marcada por una causalidad invertida: el final de la supremacía del dólar sería el crepúsculo del imperio estadunidense.


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Domingo, 09 Diciembre 2018 05:28

Canadá, en medio de la guerra comercial

Wanzhou siempre se caracterizó por su discreción.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de China convocó al embajador de Canadá en Beijing, John McCallum, a quien le presentó una fuerte protesta y le advirtió sobre las consecuencias de no liberarla. La acusan de engañar a bancos de EE.UU.

 

En una nueva escalada del conflicto, China advirtió a Canadá que habría graves consecuencias si no libera de inmediato a la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, detenida desde hace una semana por pedido de Estados Unidos. El Ministerio de Asuntos Exteriores de China convocó al embajador de Canadá en Pekín, John McCallum, a quien le presentó una fuerte protesta y le advirtió sobre las consecuencias de no liberarla. “Tal iniciativa ignora la ley y es irracional, inadmisible y vil”, afirmó el viceministro chino de Relaciones exteriores, Le Yucheng. El responsable chino también calificó esta detención de grave violación a los derechos de la empresaria de 46 años. “China insta encarecidamente a la parte canadiense a que libere de inmediato a la persona detenida y proteja seriamente sus derechos legítimos. De lo contrario, Canadá debe aceptar la responsabilidad total por las graves consecuencias causadas”, finaliza el texto.


La directora financiera del gigante tecnológico e hija del fundador, fue arrestada en Vancouver, Canadá, el primero de diciembre en una escala de Hong Kong a México. Las autoridades estadounidenses alegan que Huawei utilizó a la empresa SkyCom para violar las sanciones impuestas a Irán, por lo que solicitó a Canadá el arresto y extradición de la directora financiera. Según se supo el viernes luego de la primera audiencia, la empresaria enfrenta cargos de fraude por presuntamente mentir a los bancos sobre el uso de su supuesta subsidiaria SkyCom. Por ellos enfrenta una posible condena de más de 30 años de prisión. Según el Tribunal, Wanzhou habría mentido a los bancos entre 2009 y 2014. Además, por un posible peligro de fuga el fiscal canadiense John Gobb- Carsley rechazó el viernes el pedido de libertad bajo fianza. Según el fiscal, Huawei engañó a bancos estadounidenses para que pensasen que Huawei y Skycom son dos empresas distintas. En su defensa, Wanzhou explicó que Huawei vendió Skycom en 2009. Además, el abogado del gobierno canadiense sugirió que Wanzhou evitó a Estados Unidos desde que supo de la investigación sobre el asunto. La ejecutiva se presentará mañana ante un juez canadiense, en el preludio de un proceso de extradición que podría llevar meses o incluso años.


Al conocerse la detención, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, denunció que se trata de otro ejemplo de lo que calificó como política de Potencia Grande de Estados Unidos. “Tenemos que terminar con esto”, exigió Lavrov durante una conferencia de prensa. “Según tengo entendido, fue detenida en Canadá por una solicitud estadounidense debido al hecho de que esta empresa hace negocios en Irán. Y esto está prohibido por la ley estadounidense. ¿Y eso qué tiene que ver con China? ¿Qué tiene que ver con eso Huawei?”, se preguntó.


La detención de la directora financiera de fue noticia mundial desde que las autoridades canadienses confirmasen el hecho el pasado miércoles. Su caso cobró mayor relevancia por su potencial desestabilizador sobre las relaciones entre Washington y Beijing, justo en el momento en que ambas partes parecían estar más cerca de lograr un acuerdo comercial que ponga fin a la guerra arancelaria.


Ante las críticas de China, país con el que Canadá intenta fortalecer los lazos comerciales, el Primer Ministro canadiense, Justin Trudeau, aseguró que la decisión de arrestar a la ejecutiva china fue tomada por la justicia canadiense a pedido de la justicia estadounidense, sin ninguna intervención política desde Ottawa. “Fuimos avisados del procedimiento judicial algunos días antes del arresto”, reconoció Trudeau el jueves. “No he hablado con mis colegas chinos sobre esto”, agregó.


Los productos de Huawei son utilizados por operadores telefónicos de todo el mundo, incluidos Europa y África. Pero el grupo está experimentando contratiempos en Estados Unidos, donde se le prohibió participar en proyectos de infraestructura por razones de seguridad nacional y temores de espionaje de Pekín. Los temores también se expandieron a la Unión Europea que afirmó que tenía razones para preocuparse “por los riesgos que empresas de tecnología chinas como Huawei representaban para la seguridad”. En tanto Japón advirtió que podría dejar de usar tecnología de la empresa china a partir del mañana.


El padre de Meng Wanzhou, Ren Zhengfei, exingeniero del ejército chino, fundó Huawei en 1987 con un capital inicial de algunos miles de dólares. A sus 74 años sigue presidiendo el grupo ubicado en el 72ª lugar de las primeras 500 empresas mundiales según Fortune, con un volumen de negocios anual de 80.000 millones de euros (U$D 90.000 millones). Por su parte, Wanzhou empezó como secretaria. Los dirigentes de Huawei aseguran que la promoción dentro de la empresa depende del mérito. Luego obtuvo un diploma de gestión en China y entró en los servicios financieros de la empresa. Según la prensa China, Wanzhou siempre se caracterizó por su discreción hasta el punto de que pocos conocían quién era su padre. “Ren Zhengfei es un jefe en el trabajo, y un padre en casa” declaró Meng a la prensa china, al intentar demostrar que su ascenso no respondía al vínculo “hija de”.

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Sábado, 08 Diciembre 2018 04:58

G20 & American Way of Grieta

G20 & American Way of Grieta

Para un tercio de los estadounidenses, en los próximos cinco años podría desatarse una guerra civil en los Estados Unidos, según una encuesta efectuada en junio por Newsweek. Por su parte, Keith Mines, del Departamento de Estado le otorgaba 60 por ciento de chance a que lo hiciera en los próximos 5 o 10 años porque el momento era como 1859: "todos están enojados por algo y todos tienen un arma", según lo publicado en Foreign Policy, en marzo último. Los profesores de Stanford, Victor Davis Hanson – en National Review - y Niall Ferguson – en The Sunday Times – se manifestaron en la misma línea. Su colega Ian Morris, en cambio, afirma que “ciertamente hay algunas similitudes sorprendentes entre la escena política estadounidense a fines de la década de 2010 y la de finales de la década de 1850”, pero que no se puede llegar a la conclusión de que en esta oportunidad el desenlace sería el mismo. Pero califica esta división interna actual como ‘muy alarmante’.

La historia de Estados Unidos y la lucha por su independencia, más allá de la indispensable ayuda francesa y, en menor medida, española, reflejan la fuerza de sociedades con objetivos con los que se identifica. Esto que tras la Revolución Francesa comenzaría a denominarse “Guerra Total” sería profundamente plasmado por el mariscal prusiano Clausewitz en su clásica obra "Sobre la guerra", impactado al enfrentar la fuerza de los soldados napoleónicos que se identificaban con la razón por la que batallaban. En cualquier forma de guerra moderna, como quedó demostrado con la desintegración de la Unión Soviética, este hecho es fundamental. Por eso, una sociedad viviendo una grieta se encuentra debilitada en un enfrentamiento con otra.


La grieta en Estados Unidos está haciendo que muchos internamente duden de los beneficios que les pueden traer sus instituciones, como la democracia y el libre-mercado, que les rendía unidad. Mientras Donald Trump tiene la estrategia de superar esta grieta por medio de su política externa, convive con el riesgo de que ella sea un factor esencial en ser doblegado por China en la Guerra comercial que seguirá vigente, más allá de la pequeña tregua firmada en el G-20.


El resultado de las recientes elecciones parlamentarias estadounidenses se tomó como una confirmación de la fuerte grieta en la sociedad: “Divididos estamos”, exclamó Time. Para Jonathan Taplin, en Harper’s, la división se debe a que Trump ha destruido el antiguo régimen conservador ascendente que surgió con Ronald Reagan, y cita que el conocido columnista conservador Charles J. Sykes afirma que "el conservadurismo estadounidense ha entrado en una etapa pseudo-orwelliana donde la debilidad es la fuerza" y "las mentiras son la verdad". Así, Taplin concluye que “el gobierno de Trump es un culto nepotista y corrupto de la personalidad autoritaria” y que “la presidencia de Trump puede representar la consolidación del control de las minorías por un Senado dominado por los republicanos”.


Es que, como explica Katrina Van den Heuvel en The Nation, los senadores republicanos vienen excluyendo a la mayor parte de los estadounidenses de cualquier mínimo bienestar. Así, votaron un recorte fiscal de un billón de dólares que beneficia a los más ricos, y ahora pretenden recortes que impactan sobre el resto de la sociedad. A pesar de que los tres estadounidenses más ricos tienen tanta riqueza como el 50 por ciento de la población (160 millones de personas), denuncia que éstos senadores siguen avanzando en la estrategia republicana de “aprobar recortes impositivos para los ricos y las corporaciones, y luego utilizar los crecientes déficits presupuestarios para justificar la reducción de los programas básicos de seguridad social en los que la mayoría de los estadounidenses dependen”.


La grieta interna más el desinterés de los republicanos por el bienestar de la mayoría de sus propios ciudadanos se traduce en una política externa por parte de Estados Unidos en manos de Trump que le puede hacer perder capacidad de liderazgo internacional. En la ideología nacional, los estadounidenses se entendían como “nación indispensable” porque extendían “el bien” por el mundo, como afirmara Hillary Clinton. Pero si internamente EEUU deja de ser visto así, más difícil será que otros países lo hagan.


En The New Republic, Jeet Heer se pregunta si la presidencia de Trump no estaría llevando a su fin la indispensabilidad de Estados Unidos porque “ha dado paso a una nueva era de la hegemonía estadounidense, una en la que el hegemon está a la deriva, volátil y absolutamente irresponsable”. Frente a la visión que sostiene que Estados Unidos es la nación indispensable porque caso contrario el orden internacional liberal se derrumbará y el mundo caerá en un conflicto, Heer se pregunta: “¿y si una América disminuida fuera un desarrollo positivo para el mundo?” El G-20 porteño no ha dado ninguna respuesta a estas preguntas, pero tampoco las ha vuelto irrelevantes…

Andrés Ferrari Haines es profesor de la UFRGS (Brasil)

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Viernes, 21 Septiembre 2018 06:09

El porqué de la guerra económica de Trump

El porqué de la guerra económica de Trump

Usted se ha preguntado cuál es la razón por la que el magnate estadounidense Donald Trump ha lanzado una agresiva guerra económica contra diversos países lo que pone en peligro la recuperación económica mundial que aun no se ha podido levantar completamente de la última crisis iniciada en 2008. 

Trump ha ido contra todos bajo el enunciado de su política “América primero” y ataca con impuestos aduaneros, bloqueos y fuertes medidas económicas no solo a Irán, China, Rusia, Corea del Norte, Siria, Venezuela o Cuba, sino también a aliados como Japón, Corea del Sur, Canadá y la Unión Europea.


En realidad es que su colimador esta dirigido hacia China y Rusia, sus dos principales potencias enemigas desde los ámbitos económicos políticos y militares, las que a mediano plazo podrían limitar la hegemonía universal que ha mantenido Estados Unidos desde principios de la década de 1990 cuando desapareció la Unión Soviética y se desintegró el campo socialista de Europa Oriental


A Rusia le ha impuesto cuantiosas sanciones económico-financieras desde hace dos años las que han sido apoyadas por la aliada Unión Europea. Ante esa situación, el gigante euroasiático ha enfilado sus negocios y comercio hacia otros destinos, principalmente Asia, Medio Oriente, Lejano Oriente, África y América Latina.
China, por su parte, sigue diversificando sus relaciones y se ha convertido en los últimos tiempos en uno de los principales socios comerciales e inversionista en numerosos países del planeta.


El paso que acabó de abrir la actual guerra comercial lo dio Trump cuando en un acto publicitario efectuado en Washington, firmó y enseñó en marzo pasado los documentos que imponían un arancel del 25 % sobre las importaciones estadounidenses de acero y del 10 % a las de aluminio.
De ahí en adelante, se han sucedido gravámenes de nuevos aranceles sobre todo a productos importados desde China con las consecuentes respuestas por parte del gigante asiático.
Otros países se vieron en la necesidad de hacer algo similar con los productos estadounidenses que importan y también han recurrido a la Organización Mundial del Comercio para denunciar las prácticas anticomerciales llevadas a cabo por Washington.


El presidente estadounidense se ha lanzado contra Pekín para tratar de detener sus constantes avances económicos y tras imponer aranceles desde julio a los productos chinos por valor de 50 000 millones de dólares, el pasado 13 de septiembre se anunció que aplicaría otros por 200 000 millones, aunque se desconoce cuando entrarán en vigor.


Con su decisión, Trump ha creado una interrupción de gran alcance en el comercio internacional con consecuencias negativas sustanciales para empresas y consumidores.
Pero vayamos a la verdadera razón de la agresiva política sancionadora que ha tomado fuerza dentro de la Casa Blanca.


El analista chino Chen Ping, en un reciente artículo publicado en varias páginas web, indica que dos sucesos similares ocurrieron después de la Segunda Guerra Mundial.


El primero, la llamada Guerra Fría desatada por Estados Unidos contra la antigua Unión Soviética que incluía fundamentalmente un fuerte enfrentamiento ideológico- comercial con el fin de estrangularla en todos los campos y evitar que lo sobrepasara como potencia mundial.


El segundo sucedió al observar que el desarrollo industrial y tecnológico de Japón resultaba vertiginoso.


Tokio se acercaba al 60 % del Producto Interno Bruto estadounidense y al considerarlo como una de las mayores amenazas contra su hegemonía emprendió medidas comerciales y económicas para debilitar al país del sol naciente.


De esa forma, limitó el acceso a su mercado de productos como automóviles, telecomunicación, equipamientos médicos, semiconductores y también prohibió una serie de exportaciones de alta tecnología hacia ese país. El resultado ha sido la detención durante dos décadas del crecimiento acelerado que llevaba Japón.


En estos años, China ha mantenido un desarrollo incontenible y en la actualidad su Producto Interno Bruto (PIB) se ubica en el 65 % del estadounidense con la expectativa real de sobrepasarlo en los próximos cinco años, según varios expertos.


Esa perspectiva ha puesto nerviosos a los magnates políticos norteamericanos.


A esto se suma el super-megaproyecto denominado la Franja y la Ruta de la Seda que con una fuerte inversión china enlazará y beneficiará a cerca de 100 países del orbe con enorme predominio para el gigante asiático.


Pekín también ha puesto en ejecución el Plan Nacional de Fabricación 2025 para incrementar el desarrollo de alta calidad en las industrias y las tecnologías.


Aquí se encuentran las auténticas razones de toda esta furia de sanciones y severas medidas comerciales adoptadas por la Casa Blanca.


En conclusión, el objetivo de Estados Unidos no es disminuir su déficit comercial con China, sino detener el auge estable y progresivo del gigante asiático que de no presentarse ningún obstáculo se convertirá en pocos años en la primera potencia económico-científico-industrial del mundo.


Por Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano.

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716.000 millones de dólares: Trump firma el presupuesto de Defensa más alto de la historia de EE.UU.

El presidente celebra que con el recién promulgado presupuesto militar podrá proveer "los más finos aviones, barcos, tanques y misiles" a las fuerzas estadounidenses.

 

El presidente de EE.UU., Donald Trump, ha firmado la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA, por sus siglas en inglés) para el año fiscal 2019, en la que se asignan más de 716.000 millones de dólares al sector militar del país.


El proyecto de ley fue bautizado con el nombre de uno de los legisladores más críticos de Trump, John McCain. El presidente, no obstante, no mencionó a ese senador republicano durante la ceremonia de la firma en la base Fort Drum, ubicada en el estado de Nueva York.


"Nunca nos dieron dinero [para las Fuerzas Armadas] por años y años, y [los fondos] se agotaron", indicó el mandatario previo a la firma del documento. "Ahora tenemos 716.000 millones recién aprobados para darles los más finos aviones, barcos, tanques y misiles", añadió Trump.


La promulgación de ese presupuesto de Defensa se produce luego de que la Cámara de Representantes estadounidense le diera el visto bueno con 359 votos a favor y 54 en contra, para que posteriormente se aprobarael proyecto con una votación favorable de 87 de los 100 miembros del Senado.


De esta forma, la NDAA contempla un aumento de 16.000 millones de dólares respecto al año anterior para convertirse en el más elevado presupuesto anual militar de la historia, según lo había calificado James Mattis, el jefe del Pentágono.


Por otra parte, Trump ha logrado firmarla antes del 1 de octubre —el inicio del año fiscal—, cosa que no sucedía en EE.UU. desde 1996.


¿En qué se puede gastar el dinero?


De acuerdo con la NDAA, el Departamento de Defensa y otros programas de Defensa fuera del Pentágono tendrán a su disposición unos 639.000 millones de dólares, mientras que cerca de 69.000 millones se han asignado a las operaciones de las Fuerzas Armadas de EE.UU. fuera de las fronteras del país. El presupuesto incluye también un aumento de 2,6 % a los salarios de las tropas.


A pesar de que no asigna fondos a la Fuerza Espacial anunciada por Trump, la ley comprende además 6.300 millones de dólares solicitados por el presidente para la Iniciativa Europea de Disuasión, que prevé el incremento de tropas estadounidenses en Europa con motivo de contrarrestar la percibida "agresión rusa".


Por otra parte, incluye fondos por 250 millones de dólares para destinar material defensivo letal a Ucrania, así como 150 millones de dólares para apoyar al Pentágono a desarrollar antes del año fiscal 2022 capacidades para asestar un ataque convencional inmediato en respuesta a los avances de Rusia y China, en particular por sus nuevas armas supersónicas.

¿En qué no se puede gastar el dinero?

El texto prohíbe la compra de equipos de telecomunicaciones de producción china, así como la participación de la Armada del Ejército Popular de Liberación en los ejercicios marítimos RIMPAC durante al menos cuatro años. Además, prohíbe la entrega de cazas F-35 a Turquía luego de que Ankara adquiriera los sistemas antiaéreos rusos S-400 y apresara al pastor estadounidense Andrew Brunson.

A pesar de que la NDAA contempla un resquicio legal para no aplicar algunas de las sanciones a los países que compren armas a Rusia, esas excepciones no se aplicarán a las "transacciones significativas" con el Gobierno y las agencias de seguridad rusas. Por su parte, la ley prohíbe la cooperación militar con Rusia.


En concreto, la NDAA de este año congela la implementación del Tratado de Cielos Abiertos con Rusia, mencionando un incumplimiento por parte de Moscú. El acuerdo, firmado en 1992 y en vigor desde 2002, permite a sus 34 adscritos realizar vuelos de inspección sobre otros países firmantes para promover la transparencia, la seguridad y la confianza entre Estados.

 

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Miércoles, 11 Julio 2018 07:16

Guerra comercial y política industrial

Guerra comercial y política industrial

Estados Unidos ha lanzado el primer disparo de una guerra comercial que podría durar mucho tiempo. Donald Trump mantiene un discurso triunfalista que recuerda el de los generales de siempre, que al inicio de una aventura bélica han prometido que los soldados regresarán a sus hogares en unas cuantas semanas. La historia muestra cómo los horrores de la guerra los han desmentido cruelmente.

China ha anunciado su primera respuesta a la ofensiva, sin llevar la confrontación más allá de lo necesario, aunque Washington ha dado a conocer planes para proceder con más aranceles sobre otras importaciones chinas. Si la guerra comercial se detiene en estas primeras escaramuzas, los efectos sobre la economía mundial serán modestos y podrán ser absorbidos sin demasiado problema.
Pero hace una semana, Trump amenazó con imponer aranceles sobre importaciones chinas por un valor de 500 mil millones de dólares, cifra que es casi igual al total de las importaciones estadunidenses en 2017. Y para justificar su último desplante, Trump ha recurrido a una nueva estratagema. La narrativa ya no es sólo que China ha robado empleos, sino le ha quitado tecnología a Estados Unidos e invade sus patentes y secretos industriales. En este discurso mercantilista, los subsidios a las empresas chinas constituyen una fuente de competencia desleal que hay que contener.
En el fondo, lo que Trump y su asesor en comercio internacional Peter Navarro están atacando es la política industrial y tecnológica de China. Pero esa batalla ya la perdió Estados Unidos hace tiempo. Incluso antes de la contrarrevolución de Deng Xiaoping, China ya tenía una industria nuclear y militar bastante diversificada. Y cuando se impone el actual modelo de capitalismo comunista, China estaba preparada para recibir y absorber la tecnología que vendría asociada a las inversiones extranjeras. Hoy, lo que queda es preguntarse si los instrumentos usados por Pekín son compatibles con las reglas de la Organización Mundial de Comercio (OMC), organismo al que pertenece China desde 2001.
Para la administración Trump, el acceso de China a la OMC fue un error, porque le abrió espacios a su agresiva política de exportaciones sin que Pekín cumpliera con sus obligaciones en materia de reciprocidad. Pero cualquier proceso de solución de controversias en la OMC dictaminará que los instrumentos de la política industrial y tecnológica del gigante asiático son compatibles con las reglas del comercio internacional.
En la actualidad, China considera que su economía tiene ramas en las cuales existe una significativa dependencia tecnológica. Entre los ejemplos destacan aviones, semiconductores y equipo médico de alta tecnología. Y en esas ramas, el Estado chino está realizando inversiones masivas para reducir las importaciones y la dependencia tecnológica. Claro que para un economista neoliberal eso parece anatema, pero resulta que para la OMC todo eso es perfectamente válido.
Es cierto que China adquirió en el seno de la OMC la obligación de no exigir a las empresas que quieran invertir en ese país el que procedan a “transferir tecnología”. Pero China mantiene un amplio grado de discreción para definir en qué sectores se acepta la inversión extranjera directa (IED) y en cuáles está restringida o regulada. Y entre las ramas sujetas a regulación, China puede decidir que la IED sólo se acepta cuando hay empresas conjuntas en las cuales se aplican esquemas de transferencia y absorción de tecnología. Eso está permitido por la OMC.
El mejor ejemplo de la aplicación de esta política tecnológica e industrial es el ferrocarril de alta velocidad. Las empresas que buscaban obtener contratos para proveer rieles para altas velocidades en el mercado chino tuvieron que asociarse con las empresas estatales de ferrocarriles. Y en esos esquemas de empresas conjuntas se incluyeron contratos para trasladar la producción de partes claves hacia territorio chino.
Otro ejemplo es el de la industria automotriz. En esta rama, China ha podido crear una cadena de valor interna que compite ventajosamente con las existentes en cualquier otro país desarrollado. La razón es que las empresas automotrices extranjeras (como Ford, General Motors y Volvo) tuvieron que transferir capacidad tecnológica a China para poder entrar en ese espacio económico. Hoy se comienzan a ver autos importados en Estados Unidos con el sello Made in China. Las políticas que condujeron a esos resultados nunca fueron impugnadas en la OMC.
El contraste con México es notable. Aquí el reclamo de Trump no es por la presencia de una política industrial y tecnológica activa. Y es que detrás de la fachada de la industria maquiladora, los gobiernos neoliberales abandonaron los objetivos de desarrollo industrial a las fuerzas del mercado. Si la historia económica nos ha enseñado algo, es que ningún país desarrollado alcanzó objetivos de industrialización y adquisición de capacidades tecnológicas endógenas sin la intervención del Estado.
Twitter: @anadaloficial

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Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

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Un patio que quiere seguir siendo trasero

En la evidente disputa económica y militar al interior del capitalismo, Estados Unidos enfrenta a diferentes potencias, obligándolo a consolidar nuevas formas de injerencia en nuestro continente para contener a China y a Rusia. ¿Cuál será la opción que tomarán los gobiernos latinoamericanos frente a este panorama? ¿Continuaremos con el patio trasero?


La principal característica de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina deriva del colapso de las burguesías nacionales. Primero en Argentina y ahora en Brasil, las principales clases dominantes que merecieron ese nombre fueron desarticuladas por una pinza formada por el irresistible avance de los monopolios globales y las clases obreras que dejaron de percibirse como actores subalternos.

En el lugar de aquellas burguesías fue emergiendo un sector de empresarios enriquecidos con la especulación financiera en el casino global, gentes cuyo único sentido en la vida es la acumulación rápida de dinero para esconderlo en paraísos fiscales y utilizarlo en cualquier lugar del mundo para satisfacer caprichos y vanidades.

La inexistencia de estas clases nacionales con intereses propios, ora coincidentes ora divergentes de los grandes centros de poder, tuvo tres consecuencias mayores.

La primera es la desaparición de cualquier proyecto nacional, incluso del sentido mismo de nación. En otros tiempos, durante el período de sustitución de importaciones que siguió al fin de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía industrial (poderosa en Argentina y en Brasil, mediana en México y más débil en el resto de los países) orientó las políticas exteriores. Los casos de Perón y de Vargas, hablan por sí solos de la búsqueda de un desarrollo como naciones más allá de los dictados del imperio.

La segunda es la aparición de nuevas burguesías “plebeyas” nacidas durante los gobiernos progresistas, que llenan el hueco dejado por las burguesías nacionales. El caso más destacado es el de Venezuela, donde la llamada boliburguesía se amalgama entre altos mandos militares, funcionarios estatales de primer rango y sectores de las viejas burguesías.

Su gran problema es que, como toda burguesía naciente, necesita apelar a una versión actualizada de la “acumulación originaria”, concepto de Marx para describir cómo nace el capital del robo y la expoliación. Su fortaleza es, a su vez, su debilidad. Para legitimar su corrupción rampante, debe destinar recursos a neutralizar al campo popular a través de subsidios y traspases de fondos disfrazados de políticas sociales. El punto débil aparece cuando los recursos escasean por la caída de los precios de los productos exportables que lubricaron la gobernabilidad.

La tercera es consecuencia de las dos anteriores y es el núcleo de la coyuntura actual. La debilidad estructural de quienes deberían defender algo que alguna vez conocimos como “intereses nacionales”, facilita los modos imperiales de dominación. Observamos que el Pentágono ya no necesita, salvo excepciones, desplegar flotas y aviones para derribar gobiernos, como hizo en la primera mitad del siglo hasta, digamos, la última intervención en Haití forzando al presidente Aristide a tomar el camino del exilio.

Ahora los modos de intervención son mucho más sutiles e indirectos. Al punto que, sobre la superficie, no existirían conflictos mayores entre Washington y América Latina, con la excepción de Venezuela. En los otros casos, Honduras y Paraguay, el imperio se limitó a mirar para otro lado cuando las fuerzas locales expulsaron por la vía “legal”, aunque ilegítima, a los presidentes Zelaya y Lugo. No tuvo la menor necesidad de intervenir.

Esto no quiere decir que Washington observe de brazos cruzados lo que sucede en su patio trasero. Interviene y mucho, pero de modo muy diferente. El caso de Brasil es el más transparente. Apoyó a la nueva derecha militante, formada en instituciones vinculadas a la derecha estadounidense. Esta derecha fue capaz de ganarle la calle a las izquierdas. Lo demás fue casi natural: promover la destitución de Dilma Rousseff, dejar que un verdadero corrupto desgobierne el país y sacar del medio al único líder que podría encarar un proyecto diferente.

A falta de burguesías con intereses nacionales, Washington cuenta en cada país con núcleos dóciles, interesados en apoyarse en el imperio para ocupar espacios de poder que, en el largo plazo, beneficiarán con creces a sus promotores. En el caso brasileño, el Pentágono está consiguiendo tres objetivos estratégicos: recuperar el control de la base satelital de Alcántara, neutralizar el programa de cazas de quinta generación con la sueca Saab y enlentecer hasta paralizar la construcción del primer submarino nuclear. Todo eso operando por lo bajo, a través de terceros que son los que dan la cara, como el juez Sergio Moro que procesó a Lula, y Kim Kataguiri, el líder del Movimiento Brasil Libre.

Hay un tema mayor, aunque bien sutil, que se escapa a este análisis y a las capacidades que hoy tenemos las izquierdas de comprender la realidad. Me refiero a las iglesias pentecostales. Salvo en México, donde el catolicismo es fuerza imbatible, en varios países como Colombia, Guatemala y Brasil (además de Chile y Uruguay), las iglesias evangélicas juegan un papel en el ascenso de las derechas duras. No es ni puede ser casualidad. Es una construcción de larga duración que comenzó a mediados del siglo pasado, que arraigó en algunos pequeños países centroamericanos y fue potenciada durante la Guerra Fría como forma de combatir a las comunidades eclesiales de base y a la teología de la liberación.

El último punto se relaciona con los objetivos inmediatos del gobierno de Donald Trump. Una vez domesticado el patio trasero, y sabiendo que cuenta con una cohorte de gobernantes sumisos, se trata ahora de usarlos como peones en su estrategia geopolítica consistente en contener a China y cercar a Rusia. Días atrás la agencia Reuters aseguraba que Donald Trump planea “exhortar a los líderes de América Latina durante la Cumbre de las Américas para que cooperen con EEUU en el ámbito comercial, en detrimento de China” (Sputnik, 7 de abril de 2018).

La Cumbre se celebrará en Lima del 13 al 14 de abril y los analistas estiman que los voceros de los Estados Unidos presionarán a los gobiernos de la región para que opten por los productos de su país y reduzcan las compras provenientes de Asia. Es la misma política que está aplicando con los países europeos. Puede chantajear a Brasil, por ejemplo, con las tasas impuestas a las importaciones de acero de este país.

Desde 2013 China es el primer socio comercial de Brasil, desplazando a Estados Unidos. Un viraje que siempre anuncia cambios mayores. La incógnita es qué camino tomarán las clases dominantes de una región que parece empeñada en seguir siendo el patio trasero del imperio.

Publicado enEdición Nº245