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Domingo, 22 Marzo 2020 11:04

El viaje

Laurita Mazapan, “Respira azul clarito”

No dejes de respirar, Héctor, no cierres los ojos. Éramos niños en ese entonces. Nunca habíamos salido de la ciudad. El viaje era para nosotros una experiencia nueva. Recuerda a la vieja… ¡tan bonita! Ella se encargó de empacar. Las condiciones económicas no permitían llevar mucho equipaje. Un pantalón largo, dos cortos, tres camisas, la pantaloneta de baño y la ropa interior. También los tenis remendados que usábamos para jugar fútbol. Todo cabía en el maletín azul. Recuerda, Héctor, y no dejes de respirar.

Abordamos el bus de las seis de la tarde y viajamos toda la noche. Recuerda, Héctor. El ruido del motor nos desvelaba. Jamás habíamos visto una noche tan oscura. Las estrellas nos escoltaron gran parte del camino. Nunca en la ciudad habíamos visto tantas y tan brillantes. Atravesamos muchos pueblos, casi todos sin nombre. Éramos niños en ese entonces, ¿cómo podríamos imaginar que la gente vivía en sitios sin nombre a la orilla de la carretera? Haz memoria, Héctor. “¿Cómo se llama este pueblo, mamá?”. “Se llama Gigante”. Aquel nombre nos causó curiosidad. “¿Y por qué se llama así, mamá?”. “Porque encontraron los huesos de un animal enorme que vivió hace mucho tiempo”. No pegamos los ojos el resto del viaje tratando de reconstruir la figura del animal. Lo imaginamos de mil formas posibles. “¿Y por qué desapareció ese animal, mamá?”. “No lo sé, mijo. Todos vamos a desaparecer algún día”. Por primera vez pensamos en la muerte. Deseábamos que el enorme animal viviera y estuviera en alguna parte. “¿Qué siente la gente cuando muere, mamá?”. “No es tiempo para pensar en eso”. No pienses en eso, Héctor, no dejes de respirar.

Llegamos a Florencia pasadas las ocho de la mañana. Estábamos cansados y teníamos hambre. Hacía calor y sudábamos. Recuerda. Aquel calor húmedo nos alteraba el genio. Descargamos las maletas y tomamos un taxi. “¿Dónde vive mi tía Alicia, mamá?”. “Acá cerca. En un barrio del centro”. La tía era una mujer morena con un carácter fuerte. En aquel tiempo rondaba los cuarenta años. Recuerda su voz, Héctor. Era grave pero pausada, tenía la musicalidad propia de la gente de tierra caliente. Recuerda, Héctor. La tía y la vieja se abrazaron fuertemente. Hacía mucho tiempo que no se veían. “Salude a su tía, mijo”. Éramos niños en ese entonces y nuestros brazos no alcanzaban a cubrir las dimensiones de aquel cuerpo de matrona. Era la primera vez que estábamos allí. La casa era grande y de un solo piso. Los corredores oscuros generaban una rara sensación de estrechez. Sentíamos que nos faltaba el aire. En vez de casa, aquel lugar parecía un laberinto. Mantén los ojos abiertos y no dejes de respirar.

Los primos salieron a saludarnos y nos sentimos extraños. Todos tenían el mismo tono pálido en su piel. Éramos entonces unos niños y nos resultaba imposible aprender sus nombres. Eran cinco. Tres mujeres y dos hombres. Ninguno superaba los doce años. Trata de recordar, Héctor, haz memoria. ¿Cuáles eran los nombres de los primos? ¡Nelson! Uno de ellos se llamaba Nelson. Tenía nuestra edad. Era un poco más alto que nosotros pero más flaco. Como una ráfaga de metralleta, Nelson tartamudeaba al hablar. Era ágil y siempre parecía sonreír. Nos costó mucho trabajo desprendernos de la mano de la vieja. “Vaya y juegue con sus primos, no sea tontico”.

Fue difícil adaptarnos al nuevo ambiente. Recuerda. Todo era diferente. El calor y la humedad hacían el aire más pesado. Las cosas tenían brillo y una textura especial. El espacio parecía distendido y el ritmo de vida de la gente transcurría lentamente. De a poco fuimos ganando la confianza de los primos. Eran niños en ese entonces, como nosotros.

Recuerda, Héctor, el paseo de olla el día de Navidad. En la víspera la tía se encargó de los preparativos. De madrugada, todos nos levantamos de las camas al escuchar los chillidos del marrano que estaba siendo sacrificado en el patio. Jamás habíamos sentido la muerte tan cerca. El olor de la sangre caliente impregnaba las habitaciones. Los primos entraban y salían con más frecuencia de la acostumbrada. Otras mujeres ingresaban a la casa para obtener un trozo del animal destazado. La tía lavaba las vísceras y adobaba con sal, ajo y cebolla grandes porciones de carne. La vieja ayudaba con lo que podía. Una sensación de abundancia infinita nos invadía. Como nunca antes, la comida parecía brotar a borbotones. “¿De dónde sale tanta comida, mamá?”. “Su tía es generosa, mijo. Y cada quien recibe lo que da”. Respira, Héctor, respira.

Al día siguiente, salimos muy temprano a un sitio llamado Charco azul. Recuerda, Héctor. Un camión que transportaba ganado fue el encargado de recoger, casa por casa, el más de medio centenar de personas que conformaba aquella familia extendida. Ese día nos relacionamos con tíos y primos segundos que luego no volvimos a ver. Fue maravillosa la sensación de pertenecer a una familia, especialmente en Navidad. “¿Por qué nunca los habíamos conocido, mamá?”. “Yo salí muy joven de la casa y perdí el contacto con ellos. Sólo me comunicaba con su tía Alicia y su abuelita”. Respira, Héctor, ya falta poco.

Charco azul era un río de mediano caudal y aguas cristalinas. Éramos niños en ese entonces y nuestro primer impulso fue sumergirnos en aquella corriente magnífica que sólo habíamos imaginado en sueños. “¿Me puedo meter al río, mamá?”. La tía Alicia fue la encargada de alertar a la vieja. “¿El niño sabe nadar?”. “No. Esta es la primera vez que viene a un lugar como este”. “Entonces es mejor que no lo deje bañar sólo. El agua es traicionera”. No dejes de respirar, Héctor. Sentados en la orilla veíamos a las mujeres encargadas de prender el fuego y montar la olla para el sancocho. Un ejército de niños felices se lanzaba desde lo alto de una piedra en uno de los pozos de agua que daban nombre al lugar. Sentíamos envidia al no poder disfrutar de ese momento con los primos. Nelson parecía ser el más contento de todos.

No cierres los ojos, Héctor, no dejes de respirar. Aprovechamos la hora del almuerzo para escabullirnos. Mientras todos estaban distraídos atravesamos el río y nos dirigimos a la piedra. El azul profundo del pozo ejercía sobre nosotros una rara atracción. Éramos niños en ese entonces y pesaban más los deseos de experimentar que las advertencias de la vieja. Nos hicimos ligeros y de repente todo se tornó azul. Recuerda. Era como retornar al vientre de la vieja. El agua era tibia y el mundo era un lugar tranquilo. Pero tocamos el fondo y no pudimos salir. Los intentos de impulsarnos a la superficie fueron vanos, pudo más la fuerza del agua que nos mantenía sumergidos. No dejes de respirar, Héctor, y mantén los ojos abiertos. Estábamos tranquilos porque pensábamos en la vieja. Ella se habrá dado cuenta que huimos y vendrá a sacarnos. La vieja nos salva, Héctor. Ella siempre nos saca de líos desde aquel día triste que empacamos maletas y dejamos a papá. “¿Dónde estás, mamá? ¿Por qué no vienes a ayudarnos?”. Haz memoria, Héctor. La pobre vieja murió hace más de veinte años. Éramos adultos en ese entonces y sólo la tía Alicia nos acompañó en el entierro. “¿Qué es la muerte, mamá?”. “La muerte es como un viaje, Héctor. Es viajar más allá de las estrellas”. “¿Qué siente la gente cuando muere, mamá?”. “La gente hace memoria, mijo. Recuerda a las personas que amó y los sitios donde se sintió amado”. Cierra los ojos, Héctor, ya falta poco. “¿Por qué morimos, mamá?”. “No lo sé, mijo. Todos vamos a desaparecer algún día”. Y este fue el día destinado para nosotros, en una habitación cualquiera, lejos de la familia y los amigos. Tú y yo Héctor, solos en una noche oscura y sin estrellas. Queremos llorar y nuestros gritos se ahogan mucho antes de salir de la garganta. Como el marrano destazado por el cuchillo de la tía en la víspera de Navidad, no habrá compasión para nosotros, nadie vendrá a salvarnos. Tampoco la vieja. Cierra los ojos, Héctor y deja ya de respirar.

 


 

 

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Publicado enEdición Nº266
Una mujer camina con mascarilla por una calle de Wuham, principal foco del coronavirus en China, el pasado 31 de enero. GETTY IMAGES

Yan Lianke, uno de los grandes de la literatura china actual y censurado en su país, dirigió a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong este mensaje en el que advierte de la necesidad de no olvidar esta crisis y de escribir sobre ella

Queridos alumnos:

Hoy damos nuestra primera clase virtual del posgrado de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong. Permitidme, antes de comenzar con la lección, decir unas palabras que nada tienen que ver con ella.

Cuando de niño cometía el mismo error una y otra vez, mis padres me llamaban a su lado y me preguntaban, apuntándome a la frente con el dedo extendido:

“¡¿Es que no tienes memoria?!”.

Cuando era incapaz de recordar la lección de lengua tras repetidas lecturas, el profesor me hacía ponerme en pie en medio del aula y me preguntaba delante de todos:

“¡¿Es que no tienes memoria?!.

La capacidad de recordar es la tierra de cultivo en la que nace y crece el recuerdo. Memoria y recuerdo constituyen elementos fundamentales que nos distinguen de los animales y las plantas, así como la primera condición de nuestro crecimiento y nuestra madurez. Son, a menudo, más importantes que comer, vestir o respirar, pues su pérdida puede conllevar el olvido de las herramientas y los modos que nos permiten alimentarnos y labrar la tierra; puede provocar que un día nos levantemos en mitad de la noche y no recordemos dónde habíamos dejado la ropa, o inducirnos a creer que el emperador se ve mucho mejor desnudo. ¿Por qué hablo hoy de esto? Por el nuevo coronavirus, esa tragedia que recorre el país y el mundo entero, aún sin controlar de verdad y cuyos contagios están lejos de acabar, a pesar de que en estos momentos en que todavía tenemos muy presentes las pérdidas de familias rotas y el llanto en Wuhan, Hubei y muchas otras ciudades, provincias y regiones de todo el país, oímos y vemos cómo a nuestro alrededor comienzan a prepararse fanfarrias de celebración y voces de júbilo ante una mejora de los datos de la epidemia.

Los sollozos no han cesado y los cuerpos no están aún fríos cuando ya comienzan a alzarse cantos triunfales, de sabiduría y grandeza.

Todavía no hemos llegado a saber cuántas muertes se han producido en realidad desde que el nuevo coronavirus entrara poco a poco en nuestras vidas, cuántas han ocurrido en los hospitales y cuántas más fuera de ellos. No ha dado tiempo a investigarlo; también es posible que siga siendo un misterio para siempre, aun cuando las investigaciones concluyan, pasado un tiempo. Quedará una reminiscencia sin pruebas, un relato confuso sobre la vida y la muerte que dejaremos a quienes vengan después de nosotros. Ciertamente, cuando esta epidemia quede atrás, no hemos de parecernos a la tía Xianglin, que a diario se lamentaba: “Sabía que los animales salvajes bajaban del monte a la aldea cuando nevaba y no encontraban qué llevarse a la boca, pero no tenía ni idea de que también pudieran venir en primavera”. De un mismo modo, hemos de evitar convertirnos en seres como A Q, que, aun siendo golpeado, humillado y llevado a las puertas de la muerte, se vanagloriaba de ser un héroe y un triunfador.

¿Por qué siempre se suceden el dolor y la tragedia —individuales, familiares, sociales, generacionales o nacionales— en nuestras vidas, en nuestra historia y nuestra realidad? ¿Cómo es posible que los infortunios y sufrimientos de la historia y de los tiempos siempre se sirvan y se nutran de la muerte y las vidas de miles de personas anónimas? Entre los muchos factores que desconocemos, que no preguntamos ni cuestionamos porque no está permitido hacerlo, se encuentra también el hecho de que somos personas —anónimas, insignificantes— sin capacidad de recordar. Nuestras memorias individuales han sido programadas, suplantadas y eliminadas. Siempre son otros los que deciden qué debe ser recordado y qué olvidado; cuándo es tiempo de silencio y cuándo de algarabía. La memoria individual se ha convertido en una herramienta de los tiempos; la memoria colectiva o nacional, en el olvido o asignación de recuerdos de la gente. Deteneos un instante a pensarlo. Dejemos a un lado la historia y el pasado lejano que se narra en libros cuyas portada e ISBN han cambiado, y rememoremos únicamente lo ocurrido en los últimos 20 años. Los desastres que han vivido y recuerdan jóvenes como vosotros, nacidos en la década de los ochenta o de los noventa, ¿son fruto de la mano del hombre, como el sida, el SARS o este Covid-19, o catástrofes naturales como los terremotos de Tangshan y Wenchuan, ante los que difícilmente podemos hacer nada? ¿Por qué se equipara el factor humano en unos y en otros? Tanto es así en lo que se refiere a la propagación y el azote de las epidemias del SARS —ocurrida hace 17 años— y el actual Covid-19 que parecerían obra de un mismo director, empeñado una vez más en poner en escena la fatalidad. Nosotros, en tanto que personas insignificantes, carecemos de toda capacidad de indagar en la identidad de ese director. Tampoco dominamos el conocimiento técnico necesario para recomponer la idea, los conceptos y el trabajo de su guionista. Así pues, ante este nuevo remake de la muerte, podemos al menos preguntarnos: ¿dónde ha ido a parar nuestro recuerdo de aquel drama anterior?

¿Quién nos ha borrado y arrebatado la memoria?

La persona sin memoria es, en esencia, como la tierra de un campo o un camino; los zapatos deciden dónde pisar y son las hendiduras de sus suelas las que tienen la última palabra.

La persona sin memoria es, en esencia, como el madero sin vida; serán el serrucho y el hacha los que determinen su forma futura.

Para aquellos que, como nosotros, encuentran el sentido de la vida en su amor por la escritura y sobreviven gracias a la palabra escrita —como es el caso de los estudiantes de posgrado que siguen esta clase a través de la Red y de los escritores que cursan o han cursado el Máster de Escritura Creativa de la Universidad Renmin de China—, ¿qué sentido tendría la escritura si renunciamos al recuerdo y a la memoria que brotan de nuestra sangre y de nuestras vidas? ¿Cuál sería su valor? ¿Qué podría esperar esta sociedad de sus escritores? ¿Qué diferencia habría entre una marioneta, cuyos hilos controlan otros, y vuestra escritura incansable, un esfuerzo tenaz y una obra prolífica? Si los periodistas no describen lo que ven ni los escritores relatan aquello que recuerdan y han vivido; si quienes tienen la posición y capacidad de emitir juicios en la opinión pública lo hacen siempre empleando las expresiones puras que dicta el país, ¿quién podrá venir a decirnos en qué consiste la vida humana, nuestra realidad, nuestra verdad y nuestra existencia individuales en este mundo?

Paraos a pensar en qué estaríamos oyendo y viendo en estos momentos de no tener en Wuhan a una escritora como Fang Fang, poniendo por escrito sus recuerdos y experiencias, ni a los otros miles de personas que, como ella, nos hacen llegar a través de sus teléfonos móviles el sonido del llanto y los gritos de auxilio.

En la colosal corriente de los tiempos, la memoria individual se ha considerado siempre como la espuma superficial, las salpicaduras y el ruido de las olas que esos mismos tiempos se han encargado de eliminar, desechar o apartar a un lado, silenciándolos, privándolos de una voz, como si nunca hubieran existido. Como consecuencia de esto, a medida que el tiempo fluye y va quedando atrás, sobreviene un olvido inmenso. La carne pierde el alma. Y cuando todo recobra la calma, ese minúsculo sustento de una verdad que podría remover el mundo deja también de existir. La historia se convierte así en una leyenda, un olvido y una ficción sin base ni fundamentos. Desde esta perspectiva, es sumamente importante que desarrollemos nuestra capacidad de recordar y retener memorias inmutables e imborrables, la verdad y las pruebas últimas de un discurso veraz. Apelo en especial a los estudiantes de este curso de escritura: hemos de ser ante todo personas que a lo largo de toda nuestra existencia nos apoyemos en el recuerdo para escribir, buscar la verdad y vivir. ¿Podrá seguir existiendo una certeza individual e histórica el día que ni tan solo nosotros contemos ya con esa triste verdad y esos pobres recuerdos?

Lo cierto es que tenemos memoria y recuerdos, y aun cuando carezcamos de la capacidad de cambiar el mundo y la realidad, podemos al menos, ante una verdad centralizada y programada, musitar para nuestros adentros: “¡Las cosas no son así!”. De este modo, al menos, cuando se produzca de verdad el punto de inflexión de esta epidemia, seremos capaces de oír y recordar los lamentos y el llanto que nos llegan de personas, familias y periferias en medio del estruendo y la algarabía de celebración victoriosa.

La memoria no puede transformar el mundo, pero sí dotarnos de una verdad interior.

La memoria individual no puede devenir en una fuerza que cambie la realidad, pero sí ayudarnos al menos a interrogarnos ante la mentira. Como poco, si algún día se produjera un nuevo Gran Salto Adelante y volvieran los tiempos de la fundición masiva de acero, sabremos que no es posible extraer hierro de la arena ni producir miles de libras de cereal a partir de una única parcela; prevalecerán los saberes conocidos sobre las fabricaciones conscientes y los milagros que presumen de sacar alimento de la nada. Y como poco, si vuelve a acaecer otra década catastrófica como la de aquella revolución, podremos garantizar que no enviaremos a nuestros padres a la cárcel ni al cadalso.

Queridos alumnos, somos estudiantes de letras y es posible que a lo largo de toda nuestra vida dependamos de la palabra, la verdad y el recuerdo para relacionarnos. Hemos de hablar desde la memoria. Si no expresamos nuestros miles de recuerdos individuales, la memoria colectiva, estatal y nacional siempre ocultará y modificará, por razones históricas, nuestra memoria individual. En estos momentos en los que el Covid-19 aún no ha coagulado en forma de recuerdos, comenzamos a escuchar a nuestro alrededor alabanzas y celebraciones a bombo y platillo. Es por esto por lo que espero que todos vosotros, todos quienes hemos atravesado por esta epidemia, logremos conservar la memoria cuando todo termine.

Espero que, en un futuro previsible y no muy lejano, cuando este país comience a anunciar a los cuatro vientos con toda fanfarria y épica su victoria en la guerra contra la epidemia, no nos convirtamos en esos escritores que entonan cantos vacíos, sino únicamente en personas honestas y con memoria. Deseo que, cuando se ponga en escena la gran representación, no seamos los actores que recitan sobre las tablas, ni la comparsa que acompaña a la función; en su lugar, espero que permanezcamos alejados del escenario como personas débiles e impotentes que contemplan el espectáculo en silencio con ojos llorosos. Si nuestro talento, valor y determinación no nos convierten en escritores como Fang Fang, que nuestra sombra ni nuestra voz se encuentren al menos entre quienes la envidian y se mofan de ella. Cuando al cabo regrese la tranquilidad y no podamos, en medio de cantos de sirena, lanzar en voz alta nuestras dudas sobre la aparición y propagación de este coronavirus, los susurros servirán como muestra de consciencia y valentía. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, pero guardar silencio y olvidar son barbaries aún más terribles.

Si no podemos actuar como el médico Li Wenliang que dio la voz de alarma, seamos al menos aquellos que escuchan la llamada de alarma.

Si no podemos alzar la voz, susurremos; si no podemos susurrar, guardemos silencio y conservemos la memoria y los recuerdos. Que cuando lleguen los cantos —a punto de producirse— por la que ha venido a llamarse una victoria bélica contra la aparición, azote y propagación de este Covid-19, permanezcamos a un lado en silencio, con nuestra tumba interior. Que nuestra memoria sea indeleble, para que podamos algún día transmitirla a las generaciones venideras.

Yan Lianke, autor de Los besos de Lenin (Automática), dirigió este mensaje a sus estudiantes de la Universidad de Hong Kong al comienzo de su primera clase virtual el 21 de febrero. Traducción de Belén Cuadra Mora.

Por Yan Lianke

20 MAR 2020 - 15:24 COT

Publicado enCultura
Domingo, 22 Marzo 2020 06:25

Elogio del riesgo  

Elogio del riesgo  

“Vivir es una invención arrancada del terror”, escribe Anne Dufourmantelle (París, 1964). Encendida opositora de la obediencia, filósofa y psicoanalista, escarba con pasión en las miserias emocionales de hombres y mujeres de clase media urbana bajo el capitalismo. “Un terror que algunos apaciguan entre brazos siempre distintos, otros en el alcohol, otros aún en una hiperactividad enfermiza: los seres son desiguales ante la angustia”. Nada más tramposo que la mentalidad del autoayudismo asustado y narcisista, plantea. Vivir ya es un riesgo, opina. Y sale al cruce de la conformidad con uno mismo, esa profusión de libros que forman el mercado mundial del reaseguramiento en un mundo donde no hay nada seguro. Nada más lejos del publicitado riesgo cero. Si Dufourmantelle carga contra los tabúes individuales, no menos va contra los sociales. Por ejemplo, en su “Trabajar, el undécimo mandamiento”, dispara: “El trabajo libera son palabras de siniestra memoria. En nuestras sociedades democráticas llamadas liberales, el trabajo es aquello sobre lo que reposa todo el sistema económico-político de la deuda. ¿Qué libertad permite esta sociedad a los individuos que preferirían no hacerlo? El imperativo, repetido desde el jardín de infancia hasta la vejez, que dicta que el trabajo es aquello que nos hará libres, ¿nos deja aún la opción de aceptarlo o de rechazarlo? De ahí se deriva —y de esto soy testigo como psicoanalista— una falta afectiva que mina a los seres hasta conducirlos, en ocasiones, a querer salir del juego”.

Dufourmantelle se aparta de los rebusques del hermetismo y prefiere la claridad. Su prosa es capaz de irrumpir en medio de un razonamiento discursivo con una frase cortante, una imagen que, con la potencia de la metáfora, descubre otra cosa, una que acechaba en lo reprimido y no podía ser expresada de otra forma. Y pregunta: “¿Por qué será que la extrañeza del mundo deja a ciertos seres como desollados en vida? Muchas veces éstos se vuelven creadores, a menos que sucumban – la angustia es insoportable en altas dosis o cuando dura demasiado tiempo – o bien abdiquen inmediatamente, se agarren de un objeto balsa (la botella, la jeringa, la crisis), único proveedor de esa posibilidad de un refugio que no han recibido o no han sabido recibir en la cuna. ¿Y por qué será que otros parecen haber sido inmunizados desde el nacimiento?” A Dufourmantelle no le intimida arriesgarse en sus intervenciones clínicas mediante la formulación de interrogantes tanto cuando se encuentra ante un paciente o en la situación silenciosa y meditativa de la escritura. Y sí, la escritura es esencial, constitutiva en ella. Reflexionando, anota que “el gesto de la escritura se parece a un deshechizo, a una promesa de fidelidad, pero, ¿a quién? ¿Lo sabrá el escritor en el instante en que escribe?”. Otra reflexión: “Contra la extrañeza del mundo, la escritura inventa un lenguaje para traducir lo intraducible, para hacer oír lo innombrable e intentar inscribir en él una forma nueva. Así nace una lengua propia, para parafrasear a Virginia Woolf, un recinto particular donde el sujeto a cubierto por un tiempo ha negociado su paso en la tormenta de lo real”. Importa señalarlo, además de haber escrito un ensayo sobre la hospitalidad con Jacques Derrida, Dufourmantelle ha publicado novelas.

La literatura, define, es la búsqueda de la belleza, “una parte desnuda del mundo que se nos revela”. Y escribe: “Seamos o no creyentes, la belleza abre un espacio a la trascendencia, o por lo menos a aquello que señala hacia lo que posibilita. Alcanza nuestro caos interior en la aflicción de nuestra relación con nosotros mismos, la desherencia de lo que dejamos al abandono”. No obstante, no es ingenua y va contra la idea de lo bello como salvación. “Hay en la belleza un espanto del que ha hablado toda una literatura. Aquello hacia lo cual nos señala desiste al mismo tiempo completamente”.

El año pasado, en una librería, encontré su “En caso de amor”, un pequeño tratado de psicopatología amorosa contemporánea, relaciones devastadas traducidas en una serie de ensayos provenientes de su labor clínica, pero no sólo. Si “En caso de amor” me impresionó, apenas al hojearlo, se debió a su estilo, eso que decía al principio, una legibilidad infrecuente en la escritura psi, por lo general engrupida. Sus temas: humillaciones, derrotas, vergüenzas, culpas, secretos que se resisten a la luz. Este es su material de trabajo y sus experiencias pueden leerse tanto como con un interés psi como de simple y pura curiosidad ficcional. ¿Acaso la novela familiar, esa que nos inventamos para seguir aguantando y aguantándonos, no es una ficción?

Con sólo leer uno de sus nuevos –nuevos para nosotros– breves y punzantes ensayos del 2011 que integran “Elogio del riesgo” uno ya se da cuenta con qué clase de inteligencia está entrando en tránsito, porque, hay que decirlo, Dufourmantelle exige eso, dejarse llevar, estar dispuesto a una introspección cuestionadora, ser otro, sentir de pronto que le tiraron a uno de la alfombra o como proponía Wittgenstein, al llegar a lo alto de la escalera, en el último peldaño, animarse a patearla sin tener de qué agarrarse. Pero, me pregunto, ¿acaso no es esta la impresión del comienzo desconcertante de un tratamiento, animarse a la primera sesión?

“La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros los vivos, corremos” escribe. Le importa dejar en claro que no se trata de otra cosa que arriesgarla. “Vivimos bajo anestesia local, envueltos en celofán, buscando desesperadamente una sustancia o un amor que pueda despertarnos sin asustarnos”. En esto coincide con Kierkegaard: somos nuestros propios enterradores. Entonces, nos desafía, por qué no arriesgar el porvenir. Su coherencia es profunda. Y sus apuestas al riesgo deben ser leídas como proféticas, un saber por anticipado acerca de cuál será su destino, un destino que sólo se puede captar desde la responsabilidad de la elección y reside, como en lo escritural, en una decisión ante una circunstancia que, como en una tragedia griega, no parece fortuita. Que este libro tan deslumbrante y sabio como su angustia existencial se titule “Elogio del riesgo” cobra un sentido admirable al enterarnos cómo terminó sus días. En julio de 2017, a los cincuenta y tres años, estaba en una playa de la Riviera cuando cambió el clima y el área de nado se volvió peligrosa. Divisó a dos chicos de una pareja amiga en peligro y, sin vacilar, se lanzó al mar. Logró salvarlos, pero sufrió un paro cardíaco. Unos rescatistas la sacaron inconsciente del agua y trataron de reanimarla pero no lo lograron. Los chicos sobrevivieron. 

Publicado enCultura
Mario Vargas Llosa ha sido mencionado en escándalos financieros como los Panama Papers y en adeudos fiscales en España.Foto Afp

A sus 83 años, el cacofónico palafrenero del agónico neoliberalismo global Mario Vargas Llosa se especializa en el blanqueo en los paraísos fiscales y en su vulgar evasión tributaria.

Hace tres años, Vargas, de doble nacionalidad peruano-español, fue atrapado con sus cuentas espurias en los Panama Papers (https://bit.ly/2Pjmz2k).

Ahora, Vargas "tiene una deuda con la Dependencia Regional de Recaudación Especial de Madrid" por 2.1 millones de euros, ¡Vargas no paga impuestos!

Para lidiar con el fisco, el escritor hipotecó su casa, que no tiene a su nombre, sino al de una sociedad holandesa Jurema BV, de la que es accionista mayoritario.

Lo más bizarro es que dicha sociedad holandesa tiene un activo de 1.5 millones de euros, que es menor a su adeudo de 2.5 millones de euros con la Hacienda española (https://bit.ly/369mDIJ).

El felón Vargas opera la técnica fraudulenta del sándwich holandés: donde Holanda queda en medio como el queso del sándwich cuando "los dividendos salen legalmente de España a una sociedad holandesa, donde no tributan y de ahí pagando sólo 2 por ciento van a un paraíso fiscal como las Antillas Holandesas", sin dejar rastro alguno.

Contrató un influyente bufete de abogados que le aconsejó “mantener la deuda suspendida y pleitear (sic) con Hacienda por la vía administrativa”, por lo que tuvo que "pedir una hipoteca privada con el fisco por la cantidad que se le exige".

Es experto en nombres ficticios que usa para evadir al fisco, como el caso de sus infectos Panama Papers, donde aparece como dueño de Talome Services Corp., –radicada en las Islas Vírgenes Británicas– que compró al pestilente bufete panameño Mossack Fonseca (https://bit.ly/358E6kJ).

Vargas está vinculado al sionismo financierista jázaro y recibió el Premio Jerusalén (http://goo.gl/nBS5kV) del ex premier Ehud Ólmert, quien fue enjaulado por corrupción en Israel (https://bbc.in/2YoiVbH).

En forma hilarante, el megacorrupto Vargas comentó que "la democracia no sobrevive a la corrupción". ¡No, bueno!

Dejo de lado su nauseabunda postura contra el feminismo que desprecia como "nueva inquisición" y “el más resuelto enemigo (sic) de la literatura (https://bit.ly/343or4Q)”. ¡Ya le pesan sus 83 años a Vargas!

Él no oculta su fervor por el filósofo Karl Popper, gurú del megaespeculador George Soros. ¡Los círculos se cierran! No son su fuerte ni la epistemología política –fue derrotado en la elección presidencial por el nipón Fujimori– ni la economía tout court, salvo en su evasiva tributación plutocrática.

Lo más hilarante de su presencia en México, esta vez, fueron su confesión y confusión –en su entrevista a un mercantil comentarista filosionista/arabófobo en un museo anti-palestino del odio y la mentira–, de que "no entendía (sic) lo de Chile" y que, para su ininteligibilidad económica,"fue sorprendente (sic)" su muy cantada erupción volcánica (https://bit.ly/2Rz5vIe).

En pleno delirio alucinatorio, Vargas expectoró que "Chile iba a ser un país de primer mundo". Jajajá.

En su caso, esta alucinación es muy grave porque Chile ostenta 168 km de frontera con Perú, cerca de su ciudad natal Arequipa, donde padeció el abandono de su padre, su notorio complejo de Edipo y las vivencias traumáticas de su adolescencia.

Chile es “el modelo a no seguir (https://bit.ly/2qxC5zm)”, ya que resultó un artefacto de la procaz propaganda pinochetista/neoliberal.

Como escribí hace tres años, llama la atención que “sus tres aliados en el México neoliberal itamita” hayan sido atrapados también en blanqueos y saqueos (https://bit.ly/2Pjmz2k).

Su presunto deterioro mental profundo y su insípida megalomanía obnubilan a Vargas de que no pertenece a la realeza española, sino que siempre fue el bufón peruano del Rey castellano en turno, quien ahora lo desecha al basurero tributario, por hacer llorar más que reír, cuando le exige pagar sus adeudos fiscales.

Vargas padece lastimosamente un doble Alzheimer político y económico que lo incapacita de entender la legítima “revuelta de los millennials y del coeficiente Gini” en Latinoamérica.

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George Orwell: hacer frente, después la revolución

“La única actitud posible para un hombre honesto”, decía George Orwell, es obrar “por el advenimiento del socialismo”. Esto es de sentido común. ¿Pero de forma más concreta? El autor de 1984, que se describía como “definitivamente de izquierda”, ofreció, a principios de la década de los años 40, un programa de seis puntos con el objetivo de estructurar el movimiento revolucionario por el que él abogaba, desde hacía varios años, en la esperanza de derrocar el capitalismo y el fascismo. Casi 80 años después, los bloques ideológicos que se enfrentan por todo el mundo no han cambiado sustancialmente; los ricos, los identitarios y los que defienden el reparto.

 

George Orwell estimaba que el socialismo tenía en este punto tanto sentido común que se sorprendió a veces de que “no hubiera triunfado todavía”. Sin embargo, apuntaba dos años antes del estallido de la II Guerra Mundial, este reculaba en vez de progresar. Mussolini, Salazar y Hitler reinaban entonces. Franco iba a apoderarse de España y la Francia del Frente Popular vería pronto a Pétain seguir su ejemplo. Lo que siguió es conocido.

EL COMBATE DE LOS GIGANTES

Socialismo o fascismo, tal era el gran enfrentamiento planteado por Orwell al principio de la guerra de España, la cual le vio servir, arma en mano, en el Partido Obrero de Unificación Marxista (aunque él prefería a los anarquistas y admitía que el Partido Comunista ofrecía la estrategia militar más pertinente). Habiendo entendido que el capitalismo es un “mal”, que hay que “descartar” a los liberales y que no tiene ningún sentido —apuntaba en su correspondencia en 1937— combatir el fascismo por la democracia capitalista, el peligro era ver a la clase media bascular “en el campo de la derecha” y asistir al “control fascista sobre Europa”. Clarividente. La única forma de evitar este destino era trabajar por la hegemonía del socialismo, es decir, su accesibilidad y deseabilidad para el mayor número de personas.

ENCONTRAR LAS PALABRAS

Orwell deploraba que el socialismo permaneciera como una teoría enteramente limitada a la clase media. Urbana y demasiado gustosamente encarnada por dogmáticos, maníacos y militantes “de salón”. En 1941, se burlaba así en las columnas de The Left News: “Las facciones mezquinas de la extrema izquierda, con su caza de brujas y su jerga grecorromana”.

Millones de personas podrían sin embargo, juraba, marchar en las filas del socialismo. Convenía así “encontrar las palabras” para tocar al “individuo normal” (o al “hombre de la calle”). Escuchar al simple ciudadano al que sin duda no le importan las citas de Marx, los polisílabos y las “disputas doctrinales”.

En las páginas de El camino a Wigan Pier, opuso el “lenguaje corriente” y “los términos de todos los días” al “fárrago verbal” de los revolucionarios, por demasiado técnico y abstracto. Y propuso despojar al socialismo de sus atuendos sofisticados, exponerlo de la manera más minimalista; en resumen, de ir al hueso. Entregó una definición, ciertamente lapidaria: “justicia y decencia común”, “justicia y libertad” (él fue no obstante hasta el tríptico: rechazar la miseria, la guerra y la tiranía).

Para hacer del socialismo “una cuestión con vida”, y ya no libresca y teórica, Orwell preconizaba dar la espalda a la coherencia total, a la pureza, al credo. Invitó a abandonar los tics propios de los espacios militantes (“¡camarada!”) y a tomar nota del hecho de que un obrero se muestra por lo general más receptivo a los versos de La Marsellesa que a cualquier exposición sobre el materialismo dialéctico. A los revolucionarios de su tiempo, a los que acusaba de comulgar con el economismo, con el culto al progreso técnico, con la Unión Soviética y la necesidad histórica, Orwell recordaba la centralidad de la taberna, de la familia, del fútbol y de las preocupaciones locales, las cuales modelan la cotidianeidad de la mayor parte de los trabajadores. Ya no era hora de prédicas a los convertidos: había que “fabricar socialistas”, y rápido.

TENER UN PROGRAMA

En 1941, imaginó un programa de seis puntos en un pequeño ensayo titulado El león y el unicornio. Simple y concreto, según sus deseos, debería poder ser comprendido por cualquiera y difundido entero en un tabloide.

Uno: nacionalizar la tierra, las minas, los ferrocarriles, los bancos y las principales industrias.

Dos: instaurar una escala de ingresos de uno a diez.

Tres: reformar la educación sobre líneas democráticas.

Cuatro: otorgar de inmediato el estatuto de dominio a India y garantizarle después plena y completa independencia, si la exigía, una vez terminada la guerra contra las potencias del Eje.

Cinco: crear un Consejo General del Imperio en el cual los “pueblos de color” estarían representados.

Seis: aliarse con China, Etiopía y todas las naciones golpeadas por el fascismo.

La estatización masiva, tal como era enunciada en el primer punto, era a los ojos de Orwell la condición “indispensable” para todo cambio consiguiente; dicho de otra forma, para la instauración de una democracia socialista y revolucionaria. A finales de 1943, recuerda en Tribune que el socialismo no tiene otro objetivo que “hacer mejor” el mundo, y nada más: he aquí por qué él invita a “disociar el socialismo de la utopía”.

CREAR UN FRENTE

Unir la izquierda, federar las clases populares y la clase media, dirigirse al pueblo entero (conservadores incluidos): así se podrían resumir las posiciones que el escritor británico defendía a mitad de los años 30. “Hemos llegado a un momento en el que es desesperadamente necesario que todos aquellos que se reclaman de la izquierda hagan abstracción de sus diferencias y decidan cerrar filas”.

Seguro que es posible, aseguraba, hacer causa común, sin compartir todo ni atentar contra la singularidad de su tradición militante o filosófica, si se preserva lo esencial. ¿Es decir? Para él no es más que un núcleo duro: derribar toda tiranía. ¿Las “divergencias menores”? Habrá tiempo de discutirlas, el pan sobre la mesa, primero [1].

En lugar de un proletariado circunscrito solo a las fábricas y contra una cierta mitología obrerista (el “gran muchacho musculado con mono azul”), Orwell llamó a reunir al empleado de oficina, el ingeniero, el viajante de comercio, el tendero de la esquina, el funcionario subalterno, el peón de construcción, el mecanógrafo, el minero, el empleado de granja, el periodista precario, el maestro de escuela, el estibador y el obrero de fábrica.

Esta alianza podría tomar forma en cuanto el movimiento socialista organizado consiguiera hacer entender que todos “tienen los mismos intereses que defender”, que “todos son explotados y maltratados por el mismo sistema”. Que esta diversidad sociológica, contradicciones incluidas, sería capaz de formar un bloque (“nuestra clase”) desde el instante en que el enemigo designado afecte en común la vida de todos los días (el patrón, el propietario): son o pueden llegar a ser socialistas “todos aquellos que curvan el espinazo ante un patrón o se estremecen por la idea del próximo pago del alquiler”.

En la topografía marxista proletariado-burguesía, Orwell prefería, reapropiación popular obliga, las categorías explotados-explotadores, robados-ladrones. Las “gentes comunes” contra “los privilegios”, precisaba aún. Es una “línea” de trazo negro que invita a trazar entre ellos. Y es “una liga de los oprimidos contra los opresores” lo que queda fundar sobre esta base, que el nombró igualmente, como la España de Azaña y la Francia de Blum, como un “Frente Popular” (utilizando alternativamente, y sin preferencia aparente, los términos “partido” y “movimiento”).

HACER LA REVOLUCIÓN

Sin estar vinculado con el Partido Laborista (demasiado reformista) ni con el Partido Comunista (demasiado estalinista), este nuevo movimiento socialista instaría así a la revolución y debería disfrutar del apoyo de una gran parte de la población. ¿Qué entiende Orwell por este término, “revolución”, dos décadas tras la toma del poder de los bolcheviques en Rusia?

Se explica sobre esto en El león y el unicornio: la revolución “es una remodelación total del ejercicio del poder”. No implicará la dictadura; movilizará las especificidades culturales propias de cada país (aquí, Inglaterra); se dedicará a modificar “las estructuras de poder desde la base” (y Orwell insiste: “la iniciativa debe venir de abajo” y no del poder establecido).

Para abatir a “la clase dominante”, el escritor no excluye por principio el recurso a la violencia. Es que “los banqueros y los hombres de negocios, los grandes propietarios de tierras y los ricos rentistas, los funcionarios vagos resistirán con todas sus fuerzas”. El nuevo gobierno, fruto de la sublevación socialista, se apoyará principalmente sobre las fuerzas del Partido Laborista —que obtenía entonces alrededor del 40% de los votos— y los sindicatos. Aplastará sin pestañear toda insurrección contrarrevolucionaria pero garantizará la plena y total libertad de expresión y crítica; no instaurará el partido único; separará la Iglesia y el Estado, sin reprimir nunca la religión; no hará tabla rasa del pasado; abolirá el Imperio en beneficio de una federación de Estados socialistas.

Advirtamos que Orwell esperaba ver esta revolución nacer de la guerra mundial y apostaba por frenar la guerra civil, imparable consecuencia de toda agitación macropolítica emancipadora, movilizando el patriotismo, propio de toda secuencia de conflicto internacional, para canalizar las divisiones entre partidarios del nuevo régimen contrarrevolucionarios. Configuración excepcional, por lo tanto, que obliga a cuestionar la estrategia revolucionaria orwelliana para tiempos de paz.

PENSAR CON EL MUNDO

El socialismo es internacionalista, estimaba Orwell, ya que se trata de abolir la tiranía “en el país donde vivimos y en los demás países”. Por lo tanto, a finales de 1936, después de haber dicho a un camarada que había que abatir a cada fascista que habitaba la Tierra, se presentó en Barcelona.

Después vio con sus ojos las “cosas maravillosas” de la revolución, pasó un centenar de días en las trincheras, fue gravemente herido en la garganta por una bala disparada al amanecer mientras hablaba de París a sus compañeros de guardia.

De regreso de una España caída bajo la bota de Franco, tomó su carnet del Partido Laborista Independiente, deseoso de apoyar una organización realmente antifascista y antiimperialista. El escritor, nacido en India, había servido a la Corona en Birmania en su juventud; no ignoraba que se podía concebir un Estado socialista dentro de sus fronteras pero imperialista en el exterior. Razón por la cual mantenía que de igual manera había que terminar con el mito de las “razas inferiores”. Y así con la dominación colonial.

“El Imperio de las Indias es un despotismo […] que tiene como finalidad el robo”, escribía en 1934 en su novela Los días de Birmania. Su alter ego de ficción se ponía incluso a soñar “con una sublevación indígena que ahogaría a su Imperio en sangre”. Cada blanco, escribía, se ha convertido en “un componente del despotismo”.

Seis años después, refería en las columnas de Time y Tide haber escuchado allá abajo “teorías raciales” tan “imbéciles que las de los nazis. “Hitler no es más que el espectro de nuestro pasado que se eleva contra nosotros. Representa la prolongación y la perpetuación de nuestros propios métodos”, añadía.

En 1939, el héroe de su novela Subir a por aire, soñando con algún lago de su infancia, decía: “Era antes de la radio, antes de los aviones, antes de Hitler. Hay algo tranquilizador hasta en el nombre de los peces ingleses. Son nombres resistentes, sólidos. Los hombres que los han forjado nunca habían oído hablar de las ametralladoras, no vivían con el terror de quedarse en la calle, no pasaban su vida tragando aspirina, yendo al cine, y a preguntarse cómo escapar del campo de concentración”.

Orwell juraba odio a las grandes ciudades y el ruido; terminó su demasiado corta vida en una granja, en Escocia, tras haber alertado contra un futuro sometido al productivismo y a la tecnoindustria. Un futuro en el cual no habría “más desiertos, más animales salvajes”. Su diario íntimo informaba entonces de las heladas, de las campánulas, de los tulipanes o de los alhelíes. Él, quien en la guerra civil revolucionaria había admirado el rechazo español de “la religión de la cantidad y del aspecto utilitario de las cosas”, se improvisó como granjero, rodeándose de una vaca y de gansos. El mar susurraba y el cielo era para sus ojos “una recompensa”.

En 1948, Orwell se inquietó, dos años antes de apagarse, por la suerte de nuestras sociedades “después de 50 años de erosión del suelo y de despilfarro de los recursos energéticos del planeta”. En paralelo, trabajaba en su célebre novela de ciencia ficción, crítica implacable de las sociedades de control y del arma atómica; pronto, él argumentaba: “No permitáis que eso llegue. Depende de vosotros”.

[1] No sabríamos, a este respecto, silenciar el antifeminismo de Orwell. “Un antifeminismo invasivo se manifiesta claramente en su obra. Era incapaz de mencionar el feminismo y el movimiento por el derecho de voto de las mujeres sin desdén”, revelaba la ensayista británica Deirdre Beddoe. “Cuando Orwell escribe sobre política, que para él implicaba sindicalismo y opinión socialista, habla de hombres y se dirige a los hombres”.

Por ELIAS BOISJEAN

2019-12-02 06:00

Artículo publicado originalmente por Revue Ballast. Traducido para El Salto por Eduardo Pérez

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Sábado, 23 Noviembre 2019 06:34

Blade Runner 2019: la rebelión replicante

Blade Runner 2019: la rebelión replicante

Fundamental obra de la ciencia ficción, Blade Runner (1982) es comúnmente abordada desde el tema medioambiental y la tecnología. Sin embargo, la película de Ridley Scott ofrece lecturas críticas más potentes. La autonomía de los artefactos producidos, la administración de la vida desde el poder y, especialmente, las posibilidades de rebelión superan en ella la adivinación futurista

La película, basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? del escritor estadunidense Philip K. Dick, se puso de moda de nuevo al cumplirse la fecha durante la cual se localiza la trama futurista: noviembre de 2019, mes en el que, como marco para mirar, una serie de insurrecciones recorren el mundo.

Blade Runner relata una cacería (llamada con el eufemismo retiro) de replicantes, androides creados por la corporación Tyrell con cuerpo humano y recuerdos falsos insertos en el cerebro.

Con guiños al Cine Noir de los 30, la cacería se desarrolla en los interculturales bajos fondos de la megápolis losangelina, cuya barroca atmósfera oscura contrasta con el dorado y piramidal edificio de Tyrell, empresa de diseño y administración de la vida (Biopolítica).

En La guerra de las imágenes: De Cristóbal Colón a Blade Runner. (1492-2019), el historiador francés Serge Gruzinski dice que la esencia de Blade Runner se encuentra en la metrópoli como confusión de razas y lenguas: lo barroco colonial. Gruzinski inserta al filme para leer a contrapelo de las imágenes del barroco creadas por el Occidente colonizador en México: se persigue a los replicantes, arguyendo la inhumanidad de eso esclavos androides, como cinco siglos antes los conquistadores sometieron y masacraron a los indios sosteniendo que éstos no tenían alma.

Sin embargo, es en este Los Ángeles como empalme de un barroco futurista donde se pueden esconder los androides-esclavos insurrectos. Es ahí donde se da la posibilidad de un cambio de mundo.

El teórico y crítico literario marxista Joseba Buj es todavía más radical que Gruzinski. En su ensayo Mínima marginalia del libro Cartografía del desencuentro reconoce en el replicante un artefacto cultural que tiene la posibilidad para generar después su propia autonomía: si la imagen Virgen de Guadalupe, implantación del imaginario colonial por excelencia, aparece siglos después en el estandarte del cura Hidalgo, el replicante, creado por el capital como esclavo, destinado a habitar los bordes del cosmos para producir y ser desechado, puede rebelarse contra su código, su papel, y salir a rebelarse contra su creador.

En esta lectura, la categoría migrante sería una réplica: productos de las guerras en los bordes exteriores del mundo conocido; réplicas que llegan por millares a tocar con fuerza en las puertas del Occidente que las produce. También sería una réplica la categoría indio (al igual que mestizo); el indio que, como palabra interpuesta desde la colonización, aglutina a miles de personas administradas y desplazadas por siglos, negadas de alma, igual que los androides. Una réplica hoy insurrecta que bajo el nombre maya, mapuche, aimara. Es hoy, en la constelación de la categoría indígena, que se gestan los levantamientos de emancipación americana de este noviembre de 2019.

Después de arrancar los ojos a su creador, el replicante Roy Batty (interpretado por el recientemente fallecido Rutger Hauer) invierte los roles fílmicos y pregunta a su perseguidor, el detective Deckard: ¿no eras tú el bueno. En la pelea final, el androide aúlla y deviene animal. Es capaz de desnudarse del rol social interpuesto y estar más cerca de la vida que el propio detective.

Invertidos los papeles, el replicante (esclavo insurrecto-Espartaco) vence, se transforma en divinidad para después morir pronunciando uno de los monólogos más citados del cine: he visto estrellas brillar en la noche con mil colores. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que el llanto en la lluvia.

Blade Runner tiene al menos cinco versiones. Curiosamente, todas son réplicas. La versión que más gusta a Ridley Scott pareciera sugerir: al final, todos podríamos ser replicantes. De vuelta a la nocturna ciudad barroca, en un noviembre de 2019, estamos ante la hora de la rebelión.

*Por Al-Dabi Olvera, cronista

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Martes, 13 Agosto 2019 05:37

En las patas de los caballos

En las patas de los caballos

El tema de la relación entre novela y política difícilmente se agota en América Latina. En la recién pasada Feria Internacional del Libro en Lima, me tocó subir dos veces al escenario para unas conversaciones literarias donde el contenido terminó siendo el mismo, o parecido: tanto en Los paraísos narrativos, con Mario Vargas Llosa, bajo la mediación de Patricia del Río; como en ¿Existe la novela política?, con J. J. Armas Marcelo, moderada por Clara Elvira Ospina.

Mi primera reflexión, en base a aquel doble ejercicio, es que desde muy temprano del siglo XIX aprendimos a ver la historia como epopeya; y a partir de entonces comenzó a ser tarea difícil fijar la distancia entre historia y literatura, bajo el fragor y los relámpagos de la epopeya, hasta que esa delgada línea de separación entre realidad y ficción quedó desvanecida.

Los libertadores arrastraron imaginación e historia en las patas de los caballos. Lo inconmensurable, lo exagerado, es la medida que siempre busca la imaginación para crear el asombro: en una trivia ideada por la BBC de Londres, se declara a Bolívar el americano más importante del siglo XIX:

Cabalgó 123 mil kilómetros, más de lo que navegaron Colón y Vasco de Gama sumados, 10 veces más que Aníbal, tres más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. No vivió más que 47 años, pero fueron suficientes para pelear 472 batallas, viendo la derrota sólo seis veces; en 25 estuvo en riesgo de muerte, y liberó seis países.

Pero de las estadísticas gloriosas tenemos que pasar a las vidas humanas, los seres vistos en su individualidad, y así abrirnos paso hacia el territorio de la novela, donde el documento adquiere fulgores irisados, porque es ya el dominio de la imaginación; reconstruir vidas, y por tanto heroísmos, visiones, ambiciones, pasiones, celos, mezquindades. Traiciones.

La novela convierte a las personas en personajes. La singularidad se basa en lo extraordinario, no pocas veces en lo imposible, en todo aquello que resulta perturbador porque se sale del común. Capitanes desquiciados que buscan un absurdo, co­mo Ponce de León la fuente de la eterna juventud, convencidos de que lo que otros han imaginado es la verdad, y pueden mover una flota entera tras una mentira.

Héroes obsedidos por una idea libertaria, como Bolívar, cabalgando sin tregua, decididos a romper el yugo, unir países que surgen a una vida nueva, y que ya al nacer son díscolos, ingobernables, y al final del camino sólo espera la decepción de haber arado en el mar, frase de personaje de novela como no hay otra.

Pero el individuo que busca, no se encuentra a sí mismo, y muere generalmente en derrota, lejos de aquello que buscaba. Muertos de gangrena por causa de una flecha envenenada, como Ponce de León, o en la soledad del ostracismo, rumiando la desventura del fracaso, como Bolívar.

Por eso mismo es que la historia se puede leer como una novela, o ser reconstruida como novela. La Florida del Inca, escrita por el Inca Garcilaso, es una novela, como lo es la verdadera relación de la Conquista, de Bernal Díaz del Castillo. Y sin esta visión de la historia como novela, no serían posibles El general en su laberinto, de García Márquez, ni La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa.

La galería de personajes es infinita. Pero si me dieran a escoger a uno de entre tantos, me quedo con Francisco de Miranda. Sus diarios son eso, una novela fascinante que se lee sin respiro. Es el más exuberante de entre todos los héroes de a caballo, el más apasionado y el más apasionante, guerrero, trotamundos, aventurero, seductor.

No hay escenario de su época donde no hubiera estado, como testigo o protagonista. Capitán del ejército español, espía de la corona inglesa, perseguido por la Inquisición por lector voraz, Mariscal de Campo en Francia bajo la revolución, consejero de Catalina la Grande en Rusia, luchador por la independencia sudamericana, entregado al final de su vida a las autoridades de la corona española, el propio Bolívar de por medio, y llevado prisionero a Cádiz donde murió en las mazmorras víctima de un derrame cerebral.

Novela política, novela histórica, no existen como tales, o si existen no se salvan como géneros literarios. Existen hechos extraordinarios, y protagonistas singulares, que la historia pone a disposición de la novela, la cual, en último caso se alimenta de la realidad para crear otra paralela. Pero esta otra es ya criatura de la imaginación, no de la relación rigurosa y fehaciente de los hechos, lo que a la postre viene a resultar siempre aburrido.

Y cuántas historias para ser contadas no nos ha dado ya este siglo de caudillos iluminados, reyes del narcotráfico que se solazan en el poder del dinero y de la muerte, y democracias hundidas bajo el peso de la corrupción. Un siglo sin héroes, bajo el fulgor luciferino de lo siniestro.

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Viernes, 21 Junio 2019 06:19

Me quedo conmigo

Me quedo conmigo

A Nancy

Cuando salimos de la Isla del ardiente sol, además del traslado físico del cuerpo, suceden muchas otras cosas. Recibir cariño de amistades de toda la vida, que hoy viven fuera, funciona como un alivio de difícil descripción, y ha de admitirse que es casi imposible evitar sentimentalismos. Esa amiga que nos recibe en un lugar desconocido por nosotras con el mismo ardor de cuando éramos niñas inocentes, felices e indocumentadas, acaricia heridas, y se alcanza algo parecido a la felicidad. Lágrimas, hipos, abrazos y besos incluidos en aeropuertos igualmente desconocidos, conforman solo el inicio de la aventura que nos espera. Los primeros días son los más agitados, entre preguntas, relatos y todo aquello que significa actualizarse: “¿Te acuerdas de...?”; “Si vieras ahora...”; “¿Cómo has podido...?”; “¿Y tú, cómo puedes tú...?”; ¿Eres feliz de verdad, de verdad?”; “¿Y tú, acaso lo eres tú?” y largas charlas que más o menos satisfacen curiosidades inevitables, luego ceden paso a recorridos con vistas hermosísimas. Paisajes diferentes a los nuestros, fenómenos de la naturaleza marina y boscosa, joyas arquitectónicas modernas, impresionantes edificios que en cualquier momento tocarán las nubes, carros que nos parecen supersónicos, comidas deliciosas y un ambiente relajado y asombroso a la vez, poco a poco logran el milagro de apaciguarnos ansiedades, angustias, dolores. 

Acudir a las tiendas, es parada obligatoria. Comprar “lo que se pueda” es un acto del cual no nos gusta hablar, pero que todos hacemos. Mi buen amigo Doimeadiós, en su inolvidable espectáculo “[email protected]”, lo demostró como nadie. Dice: “Nos llevan al Prado, al Reina Sofía, y en lugar de disfrutar de los enanos de Goya, de Las Meninas, o del Guernica, nuestra mente va repitiendo zapatos... zapatos... zapatos bajitos para abuela, con cordones para el niño, de tacones  para la quinceañera y tenis para mi hermano”. Honesto como es, Doime siempre nos hace reír. 

Hasta que entramos a los gigantescos almacenes llamados mall o galerías comerciales, algunos de los cuales tienen cien restoranes y diez salas de cine, no entendemos cómo será posible decidirnos por una cosa o por otra, por tal artículo o por aquel otro. Nos abruman las opciones. No estamos acostumbrados a la variedad, y acaso ni siquiera a la existencia de algunas “cosas”. Debemos mantener cierta dignidad, mientras la realidad nos abofetea, y nos quedamos con los ojos fuera de las órbitas, la boca en un rictus, sudoroso el cuello  y con picazón en las manos. Debe ser una especie de pánico tenderil. La amiga, ya curada de espanto, y con una generosidad increíble, se divierte con la cara de quéhagoyoaqui  que no sé esconder. Después de recorrer dos o tres pisos, ciento vente perchas, miles de anaqueles, subir y bajar en elevadores transparentes que parecen cápsulas espaciales, cuando ya me duelen los pies, la espalda, y la migraña maldita anuncia su aura, pronuncio al fin “No puedo con tanto. Llévame a un café, por tu santa madre”.

Apenas he comprado un par de sartenes, el pijama de mi padre, la trusa de mi hijo y los destornilladores que mi esposo pidió, pero estoy exhausta. Al día siguiente, empiezan a llegar mensajes de Cuba que me obligan a repetir la experiencia de pasmarme en esas tiendas descomunales: “Se rompieron tres bombillos... la perra tiene hongos... no encuentro benadrilina... y etc.” Llega el momento en que no me dejo impresionar –o eso creo–, y, cual si fuera una yegua con orejeras, aprendo a ir directamente al estante de bombillos ahorradores, a la hilera de antimicóticos más baratos, y a la de antihistamínicos más antiguos, sin mirar nada más. Mi amiga, sabia en muchas cuestiones, que ya “le ha cogido el tumbáo a la cosa”, me va explicando el mecanismo mediante el cual “ellos” saben satisfacer demandas que ignorábamos, y lo hacen con una sutileza asombrosa. Por ejemplo: en las áreas destinadas a los alimentos, lo primero que ve el consumidor (en este caso, una incauta como yo) es todo natural, fresco, apetitosamente sano. Y claro…después de echar en el carrito de la compra media frutabomba, una mano de platanitos y un puñado de dátiles, ya se siente que se ha cumplido con las normas higiénicas recomendables en la alimentación. Entonces es menor la culpa al añadir un frasco de Nutella, el más pequeño envase de helado Häagen-Dazs y una flauta de pan viena.

Inevitablemente, pienso en Cuba. No de forma abstracta, ni por el simple hecho de haber nacido y querer morir en el mismo suelo de mis padres, sino más bien de modo más que concreto, roñoso. En específico, pienso en las tiendas que suelo visitar en mi ciudad natal con una frecuencia aterradora porque lo que hay el lunes, desaparece el jueves, se encarece el sábado, y en una semana, ya las tenderas ni lo recuerdan. Entrando en la parte de comestibles del FOCSA, por ejemplo, somos bautizados por una gota que con puntería de campeonato, cae en el centro del cráneo de cuantos entramos, sin importar la hora del día, ni el ateísmo que se profesa, ni la calvicie disimulada. Lo más probable es que dicha gota proceda de las aguas albañales del edificio de encima de la tienda, pero esa es cuestión que no se piensa. Hay que entrar y punto. Ya una vez dentro, un vaho torturante nos recuerda que estamos en verano. Si fuera invierno, nos congelaríamos, pero desde mayo, ya se sabe que los aires se rompen en cines y tiendas. Si no hubiera tanto calor en dicha tienda, los abofados del techo, los cartones que regados por el piso señalan que algo sucede bajo nuestros pies (¿humedades, aceite o mayonesa derramada?), pasarían más o menos inadvertidos. Pero claro, cuando el malestar se emperra, adquirimos vista de águila y olfato de sabueso para averiguar qué más anda mal. Galerías Paseo, otra de las más concurridas tiendas de la capital, además del calor inherente a lo ya explicado del FOCSA, tiene los suelos rotundamente ahuecados. Más que grima, produce lástima, y más aún: miedo. Agujeros lunáticos ayudan a creer que pisamos otra superficie ajena a la tierra. Ir a Galerías es como visitar un planeta adonde no ha llegado ser humano. Pero no nos satisface la visita ni el descubrimiento, sino más bien nos aterra la idea de quedarnos a vivir allí, entre cráteres alienígenas. Todos estos pensamientos en medio de un mall, producen pena ajena y propia. 

Mi amiga me sacude, me invita a seguir mirando vidrieras, me brinda café, y al atardecer caminamos juntas bordeando un agua que si bien no es bonita como la cubana, al menos no atiza añoranzas. Por mi cara, mi amiga sabe que ya  el deslumbramiento inicial ha concluido. Y que la compulsión que me caracteriza, ha llegado, y me obligará a regresar cuanto antes por donde mismo vine. El tiempo, que suele volar, cuando estamos fuera se enlentece, o eso me parece a mí. Será que La Habana sigue siendo la ciudad de mis sueños a pesar de todo. Será que echo de menos el aroma del mar, la brisa del malecón, las moscas, el calor, el maltrato  y el ruido, como muestra de un masoquismo inexplicable. Será que una extraña culpa me estrangula, como si hubiera abandonado a mi gente en medio de un incendio. Será que mis ojos solo miran aquellas pequeñas cosas que disfrutarían más y mejor mi padre, mi hijo menor, mi compañero, y por tanto, me siento usurpadora. Será que el poema de Benedetti me martilla “No te salves... no te salves... no te salves”. No me quedan claras las razones, pero, y a pesar de la burla de mi amiga, desgarro frases que en ese contexto suenan a ridiculez, sin que pueda evitarlo. No puedo quedarme inmóvil al borde del camino, le digo. No puedo llenarme de calma, ni puedo congelar el júbilo, ni reservo del mundo un lugar tranquilo, porque yo quiero con ganas, y no dejo caer los párpados. Ella sabe que cito al gran uruguayo, y me perdona. Al cabo, volvemos a abrazarnos en el ya no tan desconocido aeropuerto, con la misma pasión de hace más de medio siglo, cuando nos conocimos con aparaticos en los dientes y zapatos ortopédicos, y de nuevo nos decimos adiós, vuelve pronto, te extraño, regresa tú, coño, que esta jugada es muy cara, te quiero siempre, cuídate, llámame, escribe a cada rato. Vuelvo con sartenes, miconazol, pijamas y otros aperos. No pasan ni dos días, y ya recupero el hábito de criticar, señalar y denunciar, tres verbos practicados con letanía, sin remedio. Hablando en plata, llevo en mí la complicada existencia de un país que embruja. Bajo el hechizo de su amenazante derrumbe, La Habana, más que una ciudad, es un estado de ánimo, y a su emanante suerte me rindo, como siempre. 

Por Laidi Fernández de JuanEscritora cubana. Con este texto acaba de ganar, en Santa Clara, Cuba, el premio Crónica de Oro en el Encuentro Nacional de Cronistas Crónicos.

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Domingo, 26 Mayo 2019 05:48

Parto de huérfano

Parto de huérfano

“En la noche del viernes al sábado una mujer de 51 años de edad, madre de familia, se suicidó tomando una dosis de somníferos”, tal la noticia, una entre tantas, en un diario de Carintia. Pero la noticia, para el hijo no puede quedar ahí por dos motivos: 1) es escritor, 2) la suicida es su madre. Y el orden de importancia de estas dos circunstancias, la literatura y la vida, no es gratuito. La información escueta contiene entre líneas una novela, una familiar. Siete semanas más tarde, el hijo siente la necesidad imperiosa de hacer algo con esa muerte, que no quede ahí. Y lo mejor que puede hacer, se dice, es trabajar en el asunto, investigar los motivos del suicidio, lo que a su vez implica asumir que ella es una desconocida. La memoria, se sabe, deforma. Tratamos de embellecer tanto las derrotas de nuestros seres queridos como las propias. Si ya es difícil conocerse a uno mismo, arriesgo. cómo se puede conocer a otro.Más aún, conjeturo, si el otro es otra, si se trata de la propia madre, y de un pasado del que no queremos ni enterarnos. Pero el hijo escarba en esa llaga. Trabajar en el asunto quiere decir también hacerlo”para no volverse loco machacando con un dedo la misma tecla de la máquina de escribir”, cuenta Peter Handke (Griffen, 1944). “Lo que también podría hacer sería marcharme; además, yendo de viaje, ese dormitar con la mente en blanco, este ir de un lado para otro sin hacer nada me pondrían menos nervioso”, escribe.

Con esta disyuntiva, entre la escritura y el viaje como sustituciones de la locura empieza a escribir “Desgracia impeorable”. Por entonces, 1974, Handke es el niño terrible de la literatura alemana, un intelectual a lo Bob Dylan. De hecho preludia la novela con dos citas, una de Dylan y otra de Patricia Highsmith, de quien fue traductor al alemán. De Dylan, lo que escribe tiene un tono entre desmañado y ruinoso. De Highsmith, el estudio penetrante de un carácter. Biográfica y autobiográfica, “Desgracia impeorable” no sólo perturba. Lastima.
Hacía más de treinta años que no leía esta novela. Ahora volví a encontrarla y acá estoy, queriendo en estas notas explicarme su efecto. Handke, lector de novela negra, aplica el riguroso método Highsmith de análisis de la protagonista y sigue con minuciosidad las pistas de una vida desdichada. Infancia campesina, huida a la ciudad, parejas por conveniencia, simpatía por el nazismo, abortos, hijos arrastrados entre los escombros de posguerra en busca de comida y finalmente, fracasada, el retorno al campo, la reclusión. La angustia y la desesperación del huérfano no incurren ni en la piedad ni en el tremendismo. En el parto de la historia materna, toda una deconstrucción, se fija una objetividad complicada por la clase de distancia que signó la relación madre-hijo y ahora, el hijo como narrador, aspira resignificarla en un relato que puede leerse también como diario, un diario escrito con urgencia donde busca expiar la culpa filial. Un desconsuelo sabido de antemano: la escritura, inescrupulosamente, habrá de funcionar como distracción provisoria, pero a condición de aceptar que llegará un momento en que las palabras ya no podrán cubrir esa ausencia, el vacío.


“No es verdad que escribir me haya servido para algo”, escribe Handke cerca del final. “Durante las semanas que estuve trabajando en la historia, ésta no dejaba de preocuparme. Escribir no fue, como creía al principio, una forma de recordar una etapa ya concluida de mi vida, sino únicamente un continuo trasiego de recuerdos en formas de frases que lo único que hacían eran afirmar unas distancias que yo había tomado. Todavía a veces sigo despertándome por las noches de un modo brusco, de golpe, como si desde dentro un contacto me arrancara del sueño y, reteniendo el aliento, de terror, experimento como si me estuviera pudriendo minuto a minuto”.


Para los escritores no resulta sencillo escribir la madre. Resulta tanto más simple medirse y medírsela con el padre, practicar, si se puede, un parricidio virtual a través de la narración, que encarar a la madre. Problema de género y no sólo, no suele ser igual, en sus variantes, la relación que establecen los escritores con sus madres que con sus padres. La bibliografía al respecto es profusa. Ante la madre las estrategias narrativas masculinas, la elección del género literario, se conflictúan entre la elegía, el lamento compasivo y la confesión de culpa. Lo que cuenta, tal vez, más que el género es cómo ficcionalizar, un acto de escritura en el que se juega una verdad, que es siempre subjetiva y compromete en su exposición. Como si “hacer literatura” fuera incurrir en la mojigatería y el melodrama, “sensiblería femenina”. Una exigencia: hurgar en los propios sentimientos a menudo contradictorios. Handke lo dice así: “Es especialmente en los sueños donde se hace palpable la historia de mi madre: porque allí sus sentimientos se convierten en algo tan físico que los vivo como si fuera su doble y me identifico con ellos, pero son precisamente estos momentos de los que ya he hablado en los que la extrema necesidad de comunicación coincide con la extrema falta de lenguaje”. Si bien estas escrituras suelen apelar a la primera persona y entonces lo que se impone es un yo que todo lo prisma: la ternura, el odio, los celos, la desolación. En esa materialidad del intimismo terminan encontrándose con aquella verdad de la que huyen. La verdad, esa verdad deseada, retorno a la lengua materna, no es sino la escritura: en consecuencia, contra su terquedad, “novelaron” a sus madres. ¿Por qué no inferir entonces que la “literatura del yo” –si es que esta etiqueta cobra algún sentido– empieza con una palabra y ésta es “mamá”?
Vuelvo a la disyuntiva que plantea Handke en el comienzo de su novela: la alternativa entre escritura y viaje, que quizás ahora, ante la muerte de su madre, desde esta perspectiva, no resulten antagónicas sino versiones de una misma acción: el viaje de la escritura que, en ráfagas, como un viento helado,depara un ahondar en la interioridad.”La descripción, naturalmente, no es más que un procedimiento mnémico”, escribe Handke. “Pero, por otra parte, tampoco la descripción es capaz de conjurar nada. Sin embargo, desde los estados de miedo, intentando una aproximación con las formulaciones más adecuadas posibles, esta descripción consigue un pequeño placer, un placer que se produce por una beatitud del miedo y del recuerdo”.


Lo que me sorprende en esta segunda lectura es otra cosa además del dolor “inenarrable” que transmite la reflexión sobre el origen y los sentimientos contradictorios con respecto a la identidad. Esa otra cosa es la puesta en tela de juicio permanente de la herramienta del escritor: el lenguaje, su potencia expresiva pero también sus límites y sus trampas. Es en esta conciencia de los riesgos donde quizá, como en ningún otro texto suyo, en Handkese dirime la cuestión sartreana de para qué “sirve” la literatura, si es que una utilidad que no sea la mercantil puede tener, esa idea de que la literatura “enriquece”. Además de exorcismo, también comunicación. Como lo declaró más tarde Handkeen un texto titulado irónicamente “Soy un habitante en la torre de marfil”, el objetivo consiste en “llegar a ser más atento y volver más atentos a los demás: volverlos más sensibles, receptivos, y llegar a serlo yo para que yo y también otros podamos existir de forma más receptiva y sensible, para que pueda comunicarme con los demás y tratarlos mejor”.

Publicado enCultura
Domingo, 31 Marzo 2019 11:40

Nadie nos esperaba en casa

Nadie nos esperaba en casa

Cada quince días Felipe y yo hacíamos la inversión y comprábamos un talonario para rifas. Estábamos en último año del colegio y la vida se tornaba difícil: problemas por la rebeldía, la rebeldía crecía por las lecturas de los existencialistas y los poetas malditos, el enamoramiento sin correspondencia nos enviaba cartas, las obligaciones escolares vacuas, el eterno pensar qué haríamos en adelante cuando termináramos el colegio. Quizás por todo eso ya fumábamos y dejábamos que pasara el tiempo sentados en las escalinatas de entrada de la Arquidiócesis de Bogotá, entretanto hablábamos de teorías filosóficas y de algunos libros leídos. Entonces pasaba el viento llevándose nuestras palabras, levantando polvaredas de los desechos de la iglesia, la basura de los manifestantes de la Plaza de Bolívar y de los beatos de la Iglesia de San Ignacio, y encandeciendo nuestras lumbres.

También nos gustaba beber, pero no teníamos el dinero suficiente para hacerlo. Era desastrosa aquella sensación del viernes que caía con fuerza sobre nuestros cuerpos hasta doblegarnos. A las cuatro de la tarde sonaba el timbre y rápidamente salíamos a la plazoleta del colegio para por fin recibir el resquicio de sol del día y un poco del viento fresco que bajaba de Monserrate. Luego, nos encontrábamos en las escalinatas, encendíamos nuestros cigarrillos y hablábamos hasta que nos atrapaba la noche.

En algunas pocas ocasiones, especialmente cuando alguno de los integrantes del pequeño grupo había cumplido años y recibido dinero como regalo, aparecía una botella que manaba de boca en boca. La bebíamos allí, oculta en una bolsa de papel hasta que ebrios y melancólicos debíamos regresar a casa. Recuerdo que frente a las escalinatas se alzaba un pequeño jardín custodiado por una verja metálica de color verde y en medio una escultura de don Rufino José Cuervo se izaba con su mirada triste y con una extraña expresión de cansancio soportaba las embestidas de las palomas. Yo miraba de tanto en tanto aquella escultura, mientras mis amigos hablaban de la curvatura del tiempo o del mundo de las ideas de Platón, luego yo pegaba la mirada al cielo donde migraban las palomas y donde caía una luz violácea que entornaba a la escultura.

Y entonces, casi al finalizar el año sobrevino el predicamento. El papá de Mario, un integrante del pequeño grupo, tomó en arriendo una antigua casa de la calle trece con carrera quinta y con la ayuda de los amigos de Mario, abrió un bar. Se trataba de un primer piso amplio y luminoso que a su costado oriental tenía una chimenea inservible, las paredes eran altas y se encontraban atravesadas por dos ventanales enmarcados por gruesos maderos. Frente a los ventanales se levantaban unas viejas escaleras guiadas por una barandilla también de madera que conectaba con un segundo nivel más pequeño que el primero, pero que dejaba al descubierto, aunque tras una puerta de vidrio, un bello jardín atiborrado de flores y en el centro una fuente de piedra a la que jamás vi con agua.

El lugar se bautizó Baltazar en honor al fantasma que allí habitaba y para su inauguración Camilo prestó su nevera y su equipo de sonido. Por supuesto, aquel día todos los integrantes del pequeño grupo estábamos allí, bebiendo a sorbos lentos la única cerveza que podíamos pagar, escondidos en el segundo nivel ya que aún éramos menores de edad y escuchando la voz de Mario que interpretaba canciones de Silvio Rodríguez, siendo Morris quien lo acompañaba en la guitarra.

Desde ese momento, todos los días que podíamos concurríamos al bar, pero como un compromiso inexorable los viernes nos ocultábamos en el segundo nivel para beber nuestra ansiada cerveza. Así fue como ante la inminente sobriedad y pobreza, uno de aquellos viernes Felipe me miró y me dijo:

¿Por qué no hacemos una rifa?
¿Para qué? —le pregunté.
Para comprar más cerveza.
¿Qué rifaríamos? —volví a preguntar aspirando mi cigarrillo.
Cerveza —respondió Felipe con solemnidad.

Aquella noche llegué a casa y le pedí dinero regalado a mi tía Chava. Ella era una anciana de sesenta y tres años a quien siempre recurría cuando no tenía nada en los bolsillos. Quizás sospechó algo, porque me sonrió, sacó su monedera de debajo de la almohada y me extendió un billete. Al día siguiente reunimos el dinero, compramos el talonario y antes de llenarlo le pregunté a Felipe qué nombres pondríamos como responsables de la rifa. Él se quedó en silencio pensando y luego de un momento me respondió. Fueron seudónimos perfectos ya que los profesores no habían leído aquel libro.

Pink y Tomate —contestó entonces y sonrió.

El precio de la boleta fue de quinientos pesos y el ganador recibiría su premio en el bar de Mario, así asegurábamos que Felipe y yo bebiéramos unas cuantas cervezas a costa del ganador y Mario las ganancias del petaco de cerveza.

La primera rifa fue un éxito ya que nadie ganó y de las quince personas que nos acompañaron a Baltazar, doce nos compraron más cerveza. Aquella noche nos embriagamos y empezamos a llegar más tarde a casa, y aunque no faltaban los regaños, igual nadie nos esperaba.

Así pues, cada quince días rifábamos una canasta de cerveza corriendo con la sombrosa fortuna de que nadie la ganara, motivo para el que se empezara a rumorear que éramos fraudulentos y por el que nuestro negocio cayó en picada.

Prontamente nos vimos de nuevo en el segundo nivel del bar dándole sorbos lentos a una sola cerveza que debía durar toda la tarde, hasta que luego de meditarlo mucho le propuse a Felipe que hiciéramos otra rifa y que en esa ocasión diéramos dos boletas por el precio de una. Aceptó y ocho días después vendimos todas las boletas y como era de esperarse alguien ganó.

Como fue un gran acontecimiento que luego de dos meses de hacer rifas alguien ganara, casi todos los estudiantes de décimo y undécimo concurrieron al bar de Mario para presenciar la entrega del premio. Aquella tarde, Felipe y yo salimos del colegio y fumamos unos cuantos cigarrillos sin filtro en cercanías del bar, hicimos cuentas y comprendimos que no habíamos obtenido ganancias. Luego de unos minutos, con paso cansino, arribamos al bar donde fuimos recibidos con vítores, como dos héroes de guerra. El papá de Mario, como era costumbre, nos ubicó en el segundo nivel y nos encerró, luego hicimos oficial la entrega del premio y por vez primera todos nuestros compañeros compraron más cerveza, ofreciéndonos varias a Felipe y a mí. Éramos más de cincuenta jóvenes bebiendo y bailando apretujados y encerrados en aquel segundo nivel, hasta que de un momento a otro me quedé mirando hacia el patio interior de la casa y sobre la fuente se posó una extraña ave que buscaba agua para abrevar, y a pesar de que la fuente estaba seca, la extraña y pequeña ave insistía, seguía allí, inclinando su cabeza sobre la fuente. De inmediato un presentimiento se abrió en mi pecho como un abismo, así que tomé mi maleta y ante la insistencia de mis compañeros para que me quedara, salí de allí.

Era una noche límpida y bella. Las estrellas resplandecían alrededor de la luna atiborrada de luz. Llegué a casa a eso de las siete de la noche y al timbrar fue mi hermanita quien se asomó por la ventana. Este hecho confirmó mi sospecha ya que ella no vivía conmigo.

¿Qué hace aquí? —le pregunté.
Mi mamá está en el hospital —me dijo.
¿Qué le pasó?
Nada —dijo—, no es ella, es mi tía Chava, se está muriendo.
La miré y tras ella la luna seguía repleta de luz.
Baje por mi maleta —le dije a mi hermanita y salí corriendo.

Mi tía Chava no era propiamente mi tía. Era tía de mi abuela, pero yo vivía con ella desde unos quince años atrás. Hacía siete meses le habían diagnosticado cáncer en el estómago. Sin embargo, aquella mañana antes de salir de casa, la vi en la cocina bebiendo café y hablando con mi abuela. Por eso la noticia fue tan sorpresiva y me obligó a correr hasta la estación de Transmilenio, tomar el primer bus y bajarme en el barrio Teusaquillo, donde se encontraba ubicada la clínica en la que supuse estaba internada.

A las afueras del hospital se encontraba reunida gran parte de mi familia. Me abrí paso entre ellos e ingresé. En el tercer piso se encontraba mi padrino acodado contra la baranda del pasillo. Tenía enjuto el rostro y la mirada vidriosa. No quise preguntarle nada y seguí de largo hasta que entré al cuarto donde encontré a mi tía Chava dormida con expresión de placidez. Me acerqué, acaricié su mano y la besé en la frente. Estuve allí con su mano en la mía hasta que llegó mi padrino y otro hijo de mi tía, acompañados por un médico que me hizo salir del cuarto.

No había alcanzado el primer piso cuando escuché el llanto de mi padrino y de sus hermanos. Así supe que había muerto. No volví el rostro y seguí caminando hasta alcanzar la calle donde mis familiares se abrazaban y lloraban. Tampoco me detuve allí y seguí caminando hacia ningún lugar, pues nadie me esperaba en casa.

Publicado enEdición Nº255
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