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Lunes, 11 Enero 2021 07:02

Trump, ¿perdedor?

Trump, ¿perdedor?

La invasión del Capitolio el pasado 6 de enero ha sido sin duda un nuevo éxito para el ya ex-presidente, y supone la antesala de lo que puede venir bajo un gobierno que nace siendo señalado por un porcentaje alto de la población como un gobierno ilegítimo que pone en peligro la libertad del país y que ha robado la democracia. Ante eso, muchos estarán dispuestos a luchar.

 

Con la resaca del 2020 aun en sus primeros compases quedan muchas cosas por cerrar. Siguiendo el nivel de lo acontecido en el pasado año, el 2021 no podía empezar de otra forma que con una invasión de manifestantes armados al Capitolio en Washington en el momento en el que el vicepresidente de Estados Unidos ratificaría la victoria de Joe Biden en las pasadas elecciones.

Muchas personas se han mostrado sorprendidas de que se haya llegado a esto, otras, por el contrario, señalan que haciendo un seguimiento de los acontecimientos los últimos cuatro años, pero sobre todo de los últimos meses, lo sucedido no debería sorprenderle a nadie. Al final, esta es la consecuencia de la retórica que empezó Trump hace meses cuestionando los resultados de las elecciones antes de que tuvieran lugar y negando su derrota una vez que se terminó el largo conteo de votos pese a todos los rechazos judiciales de sus denuncias y los recuentos de votos de determinados estados.

El 2020 vimos crecer como nunca de forma mediática a los grupos de extrema derecha y supremacistas, milicias armadas muchos de ellos, con el amparo y apoyo explicito del aun presidente. Este crecimiento no era nuevo, se llevaba dando los últimos años de forma paralela al incremento de atentados y ataques supremacistas por todo el país. Hace cuatro años uno de los líderes del KKK felicitaba a Trump su victoria, y desde entonces, se convirtió en referente y refuerzo del supremacismo y la ultraderecha. Ahora podían votar sin problemas a alguien que les representaba, que los escuchó, que les alagó en ocasiones y sobre todo que les defendió y no condenó cuando desde distintas estancias se le reclamaba posicionamientos contundentes contra estos grupos y su violencia. El terrorismo supremacista de ultra derecha es el que más muertes ha dejado en el país desde los atentados del 11 de septiembre.

Y esta sinergia la vimos el jueves una vez más, cuando dos horas antes de lo ocurrido Trump en un discurso pedía a la gente que fueran al Capitolio para impedir la ratificación de la victoria de Biden bajo el mantra repetido hasta la saciedad del robo de las elecciones. De esta forma se alentaba a la acción y cuando esta tuvo lugar la respuesta de Trump no dejaba dudas de su posicionamiento: “Sé de vuestro dolor. Ganamos unas elecciones y nos las han robado” y mientras les invitaba tibiamente a irse a casa, pasando por alto el hecho de que estas personas tuvieran que ser detenidas por entrar de forma violenta y armados al Capitolio, se mostraba parte de ellos utilizando la palabra “somos” —gente de ley y orden— y mostrando su tierno cariño con un: “os queremos”.

Es importante destacar que fue la administración Trump la que decidió que sería la policía civil la que se encargaría de la seguridad durante la jornada pese al anuncio de las manifestaciones en torno al Capitolio, generando imágenes muy dispares a las de la militarización con miles de soldados cuando se organizaron las marchas por parte de Black Lives Matter como han señalado muchas de las activistas de este movimiento que participaron en las protestas. Paréntesis. Cabe destacar que el 18 de septiembre el FBI manifestó que los incidentes en los disturbios del pasado año habían sido causados por supremacistas blancos y que los llamados Antifa no eran un grupo concreto sino una ideología. Pero sigamos, Trump tardó y titubeó en enviar a la Guardia Nacional, tal es así que antes tuvieron que llegar las fuerzas del Estado colindante de Virginia. La CNN señaló que ni siquiera fue Trump sino que tras la espera terminó por ser el vicepresidente Mike Pence el que coordinó con el Pentágono el envío de la Guardia Nacional. Trump no titubó en mandar a las fuerzas nacionales a Portland ni a grupos paramilitares frente a las protestas del Black Lives Matter.

Se plantea que hubo un error a la hora de predecir lo que podía pasar. La CIA se pronunciaba el año pasado asegurando que la mayor amenaza para el país venía de grupos supremacistas de extrema derecha y hacía diez días que muchas organizaciones de supremacistas como los Proud Boys o “Los vigilantes de Wolverine” habían convocado manifestaciones masivas de personas fuertemente armadas para el momento de la votación. Pero de alguna forma no se podía “predecir”, o no se había planteado como posibilidad, que se descontrolara la situación.

Esos “errores” se basan en las lecturas públicas y políticas que se llevan a cabo en función de los actores o colectivos a los que se referencia. De esta forma, las percepciones y las construcciones de los “otros” vienen determinadas nuevamente por su racialidad. En ese momento entran en juego las categorizaciones históricas racistas que definen lo negro como lo violento, lo peligroso y en general al “otro” no blanco como lo amenazante. Ante esa construcción la blanquitud está (irónica pero políticamente) definida por lo opuesto: la seguridad, la bondad, la educación y el buen hacer. Los negros son cuerpos para vigilar mientras que los blancos son cuerpos a proteger. Ello se ha visto durante el año pasado con la desproporción de los dispositivos de seguridad, muchas veces especialmente violentos, contra las manifestaciones del Black Lives Matter frente a las contramanifestaciones llevadas a cabo por grupos de ultraderecha. Aun recordamos las imágenes de milicianos blancos armados en el Capitolio de Michigan el pasado abril sin detenciones.

Pero esta situación también nos ha permitido darnos cuenta de algo. O, mejor dicho, confirmar lo que se viene repitiendo. La diferencia en el uso de la fuerza y la violencia por parte de las fuerzas de seguridad sobre los cuerpos blancos y el resto es uno de los elementos esenciales del racismo, así como la impunidad con la que se lleva a cabo. De esta forma vimos cómo la policía llevó a cabo un proceso de desescalada de la situación que se tornaba violenta frente a personas armadas. Es decir, existen protocolos y están entrenados para este tipo de situaciones. De tal forma que la decisión de buscar desescalar situaciones tensas se da por un lado desde las ordenes de arriba y segundo desde las posturas individuales de los agentes de seguridad cuando estos se encuentran solos o en poco número de efectivos. La policía supo no sobrepasarse pese a la situación. Así, se constata, que estas decisiones, como su capacidad de contención, están marcadas por la racialidad de los cuerpos que tienen en frente.

Llevamos años banalizando a la extrema derecha incluso cuando ya están en el poder en tantos países del mundo. Espera. Matizo. Las personas blancas llevamos años banalizándolo y, sobre todo, no escuchando a los movimientos antirracistas que vienen sintiendo la presión cada vez más fuerte sobre sus cuellos. Por eso no entendimos lo que significaban los 8 minutos de la rodilla en el cuello de George Floyd. Aunque creemos que sí. Por eso, si hubiera sido por el voto blanco en Estados Unidos (tanto de hombres como de mujeres) no estaríamos asistiendo a estas imágenes porque Trump hubiera ganado las elecciones. Trump perdió las elecciones por el voto de las personas no blancas, sobre todo por las personas negras que salieron a votar tras unas campañas como nunca habían existido animando a las poblaciones afroestadounidenses a acurdir  las urnas. Y es precisamente ese mismo voto el que, el mismo día que el supremacismo ocupaba el Capitolio, propiciaba que por primera vez en siglos de democracia estadounidense fuera elegida una persona negra como senador en el estado de Georgia, con un 32% de población negra.

Las personas que han entrado con armas en el Capitolio de los Estados Unidos lo hacen para defender la blanquitud. Y pueden hacerlo como lo han hecho precisamente desde esa blanquitud. No son personas simplemente de extrema derecha, son personas profundamente racistas, y cuyo vinculo ideológico principal se basa en la defensa del supremacismo blanco. Sin tener esto en cuenta, sin pensarlo como un elemento central en los análisis que se hagan, no se estará entendiendo ni la historia de este país ni su construcción sociológica y el contexto actual que vemos.

Por lo tanto, una vez más no podemos desprendernos de la raza (como constructo social) como categoría de análisis. Trump no hubiera ganado sin el voto blanco. O mejor dicho, ganó por él. El dispositivo de seguridad no hubiera sido el mismo de haber sido convocadas las manifestaciones por personas no blancas y la proporcionalidad de la respuesta policial para contener y evitar el asedio. Lo que nos permite afirmar categóricamente que de haber sido personas negras, árabes o inmigrantes racializados nunca hubieran podido entrar en el Capitolio. Y como sugiere el historiador Antumi Toasije, muchos hubieran terminado muertos.

En este caso, y ninguna muerte debe ser celebrada, fueron cinco personas las que murieron. Que se sepa por el momento una de ellas fue a causa de un disparo de un policía, otra tras caer al escalar un muro, dos más de las que se ha dicho por emergencias médicas y la quinta persona fue un policía atacado por asaltantes. De todas las personas que entraron en el Capitolio, estando este luego rodeado de policía, fueron detenidas únicamente 26 pudiendo salir libre y tranquilamente el resto. Otros 26 fueron detenidos en otros puntos de la ciudad por violar el toque de queda que se impuso. La policía confiscó armamento, cocteles molotov y desactivaron dos bombas caseras cerca de las sedes de los comités nacionales de los partidos demócratas y republicanos. En el conjunto de manifestaciones de BLM el año pasado se dieron unas 14 mil detenciones.

Por ir terminando, considero que se debe tener cuidado con las lecturas que buscan situar a Trump como perdedor. Esto ha sido sin duda un nuevo éxito y es la antesala de lo que puede venir bajo un gobierno que nace siendo señalado (falsa pero conscientemente) —como el actual de España— por un porcentaje alto de la población como un gobierno ilegítimo que pone en peligro la libertad del país y que ha robado la democracia. Ante eso, muchos estarán dispuestos a luchar.

No pasemos por alto que, según una encuesta de YouGov, entre los votantes republicanos el 45% han aprobado el asalto al Capitolio; el 30% piensan que las personas que lo llevaron a cabo eran patriotas y un 10% pro-demócratas; y el 85% piensa que Trump debe terminar su mandato y no debe ser destituido mostrando su apoyo al presidente saliente. Y sobre todo, recordar que a Trump le votaron 76 millones de personas que sabían muy bien lo que votaban. Y por supuesto, no olvidemos que, de una forma u otra, Trump ha conseguido que la bandera confederada recorriera los pasillos del Capitolio.

Por Pablo Muñoz Rojo

10 ene 2021 10:35

Foto: Blink O'fanaye

Publicado enInternacional
Del punk al hiphop y el trap: así evolucionan las tribus urbanas

Los tiempos cambian con lo digital, pero el trasfondo sigue ahí: los jóvenes buscan cómo evadirse de las preocupaciones cotidianas y romper con lo establecido.

Por las tardes, el histórico mercado de Sant Antoni de Barcelona cobra una fuerza especial. La música emana de las escaleras que llevan al subterráneo, un gran espacio generado con la reforma del recinto y mediante el cual se pueden admirar los restos del baluarte de la muralla del siglo XVII. Sin embargo, cuando suena la música la atención la acaparan los jóvenes que allí se resguardan.

Bailan hiphop, el sonido de una de las subculturas urbanas con más tirón de los últimos años, y que sigue manteniendo la calle como uno de sus principales espacios de encuentro y expresión, pese al auge imparable de todo lo digital. Los jóvenes no lo tienen nada fácil para trabajar o emanciparse y, tras unas piruetas de break dance que quitan el aliento, hay ganas de alejarse de quebraderos de cabeza, buscar respuestas a dudas vitales y lucirse, sin olvidar que también les mueve un afán inconformista y rompedor.

Sitios consagrados al hiphop hay varios en Barcelona –están las academias y también la calle, como la zona del Macba, la meca del skate–, pero el coronavirus ha puesto muchas restricciones a la enseñanza. Además, los jóvenes cuentan que la Guardia Urbana desaloja con frecuencia a quienes se reúnen en el Macba, así que Sant Antoni ha cobrado aún más protagonismo del que ya tenía. La Policía ahí aparece menos, hay un techo y está ventilado.

Kevin, de 22 años, hace tres o cuatro meses que acude, pero baila desde los 16, cuando le encandiló el programa estadounidense America's Best Dance Crew (ABDC). Empezó yendo a una academia, hasta que hace nada ha comenzado a perderle el miedo a Sant Antoni. "Hay gente con mucho nivel", recalca. Este sitio gusta porque se aprende y se baila freestyle (estilo libre), y eso significa darse la capacidad a uno mismo para imaginar y echar abajo límites puede que innecesarios.

Se enseñan unos a otros –al lado de Kevin entrenan Carmen y Sara, de 18 y 19 años, que son bailarinas de danza contemporánea pero que también quieren saber de break–, así que los bajos del mercado se convierten en escuela de baile y de vida. Kevin dice que "mucha de la gente que está aquí viene de barrios marginales", y añade, sin entrar en detalles, que en su caso es migrante. No cuesta imaginar que no lo habrá tenido fácil, pero ya es por la tarde y es hora de dejarse llevar por el hiphop. "Ha sido un punto de apoyo y una manera de superarme a mí mismo. Lo que aprendes aquí sirve para fuera", subraya.

Para Josselyne, de 26 años y que hace año y medio que entrena, ha sido una vía de escape ante los problemas que ella tiene en casa. Fuera de ella, las cosas tampoco van muy bien en global: en Catalunya, la tasa de emancipación juvenil ha caído a mínimos, hasta el 19,7%, y la de paro es del 25,3%, 6,3 puntos más que hace un año, según la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre.

Josselyne reflexiona que los jóvenes, ante dificultades laborales o de estudios, o al no poder pagar la universidad, se dicen: "Si no puedo progresar en esto, me hago fuerte en el break dance y doy lo mejor de mí", alimentando así el ego. Asegura que cada uno puede aportar, ni que sea "un poco del amor" que se lleva dentro al salir a bailar.

Javier, de 27 años, acude desde hace un par de años, motivado por "una duda existencial". Todos recuerdan también que pueden surgir rivalidades, pero que estas se zanjan retándose en las denominadas "peleas de gallos".

Un componente de clase tras la estética

La expansión de lo digital ha hecho más complejo el análisis de la evolución del fenómeno que mucha gente conoce como el de las tribus urbanas, si bien pese a que los tiempos cambian no lo hacen tanto las motivaciones de los jóvenes para adentrarse en ellas. Eduard Ballesté, que es investigador postdoctoral del grupo Jovis.com vinculado a la Universitat Pompeu Fabra (UPF), prefiere usar el concepto de subcultura al de tribu urbana, pues cree que este "ha perdido un poco el sentido" por su connotación de algo exótico. Especifica que una subcultura urbana no se ciñe solo a una música o estética, sino que hay un "componente de clase" detrás, y ayuda a dirimir con frustraciones e incertidumbres vitales. También está la vertiente comercial, con marcas de ropa y otros productos que tratan de sacar tajada.

En la segunda mitad del siglo XX surgieron el mod, el punk o el hiphop, y este sigue haciéndose notar: Ballesté cita el fenómeno del rapero Morad del barrio de la Florida de L'Hospitalet. El trap también está en boca de muchos. Edu Bertrand y Mike Bonet han impulsado la asociación Hip Hop Collective.

Explican que esta subcultura tiene cuatro elementos principales: los raperos, los dj, los grafiteros y el break dance, baile que se estrenará como deporte olímpico en los juegos de París 2024. Bertrand destaca que empezar en el hiphop es "accesible para todos" y permite conectar con gente muy diversa. Él empezó con el break hace dos décadas, yendo al Jamboree. Bailó en plaza Catalunya y, cuando alguien se iba de vacaciones y volvía con un VHS de break, "era como un tesoro". Ahora hay academias, su entidad y Youtube. Bonet añade que el hiphop se basa en la unidad y la fraternidad, pero ahora se prima la individualidad. "Es raro tener un grupo estable a no ser que te dediques a eso de manera profesional", indica.

La difusión en redes sociales como elemento diferenciador

Puede que hayan influido en ello las redes sociales, que a la par facilitan las críticas. Luego está el trap, al cual se hacen muchas referencias alimentadas por fenómenos como los de Rosalía y C. Tangana, pero no hace trap todo el que tiene una canción con Auto-Tune, según el doctor en filosofía Ernesto Castro.

La música trap se popularizó a principios de este siglo en Estados Unidos como subgénero del rap y versaba acerca del tráfico de drogas, pero ha acabado mezclado con géneros como el reguetón o el flamenco. Castro opina que Rosalía y C. Tangana deberían encajarse en la fórmula "artista urbano", mientras que el "trap español" designaría lo que tiene que ver con la metamúsica –el estilo de vida– originada con la crisis del presente a partir de un género musical.

Entre los pioneros del trap en España sitúa a KEFTV VXYZ y PXXR GVNG. Hay patrones que se repiten. Según defiende Castro en su libro El trap: filosofía millennial para la crisis en España (Errata Naturae, 2019), "se puede establecer un sólido paralelismo entre el trap y el punk: si el punk fue la metamúsica babyboomer de la crisis de los años 70 que dio origen al neoliberalismo, el trap es la metamúsica millennial de la crisis de los años que vinieron a partir de 2010". Las fronteras entre un mero estilo de música y una subcultura a veces son difíciles de establecer.

Ahora mucho se mueve por Internet, como Youtube –echen un vistazo al K-pop coreano–. Ballesté considera que no se puede hablar de subculturas en lo que es estrictamente digital, puesto que cree que tiene mucha importancia la identificación con el barrio, pero sí que se ha perdido rigidez. Un ejemplo prepandemia: "Puedes escuchar punk, pero el fin de semana bailar en una discoteca más comercial".

Barcelona

09/01/2021 09:01

Jordi Bes

Publicado enCultura
Shoshana Zuboff: "Las grandes tecnológicas de Silicon Valley han dado un golpe de Estado contra la humanidad"

Este año, las grandes empresas tecnológicas se enfrentan a importantes batallas judiciales tanto en Estados Unidos como en Europa. Responderán, entre otras cosas, por la desinformación y por su situación de monopolio. Esta socióloga fue una de las primeras voces que nos advirtió del enorme poder de estas compañías. Y ya es considerada una de las personas más influyentes de este siglo.

 

Silicon Valley ha perpetrado un golpe de Estado contra la humanidad. Así lo cree la socióloga y economista estadounidense Shoshana Zuboff. «Se ha hecho sin que nos percatemos y sin sangre».

Zuboff explica que los usuarios de la tecnología ya no son meros clientes, sino la materia prima de un nuevo sistema industrial; a los que se exprime para extraer sus datos, hacer predicciones sobre su conducta y vender productos a terceros. Este es el hilo conductor que recorre La era del capitalismo de vigilancia (Paidós), considerado ya como uno de los libros más influyentes de este siglo. A Zuboff se la compara con el economista Thomas Piketty, que alertó de que la creciente concentración de la riqueza es inevitable si no se modifica el sistema, pero, a diferencia de Piketty, Zuboff concita el aplauso del Financial Times y The Wall Street Journal.

XLSemanal. Hay una idea muy potente en su libro y es que nuestras vidas digitales no tienen por qué ser como son ahora, que podrían, y deberían, ser de otra manera…

Shoshana Zuboff. No solo me refiero a lo que hacen Google o Facebook, sino a toda una lógica económica que condiciona muchos aspectos de nuestras vidas. El capitalismo de vigilancia demanda nuestra atención continua con técnicas de persuasión y de ingeniería de la conducta que antes habían sido probadas y perfeccionadas por las empresas de juego, porque cualquier casino sabe que no hay nada más rentable que un adicto. Y el capitalismo de vigilancia se agarra al poder de muchas formas. Una de ellas es la retórica. Ha aprendido a confundir a todo el mundo durante veinte años. Cuando te quejas de algo de lo que hacen, ellos te responden que es la consecuencia inevitable de la tecnología digital.

¿Y no lo es?

S.Z. Para nada. Le pondré un ejemplo. Cuando el público descubrió que Google se quedaba con todos esos datos de nuestras búsquedas, Eric Schmidt –el antiguo CEO– reconoció que era verdad que los motores de búsqueda retenían información. ¡Pero eso es retórica! Porque en el fondo está diciendo: «Hey, no soy yo; es la máquina». Y no es verdad. Son ellos los que se quedan con los datos para alimentar a la inteligencia artificial y hacer predicciones.

¿No es un peaje razonable a cambio de un servicio gratuito?

S.Z. Es que estamos hablando de dos cosas totalmente diferentes. Una es la tecnología digital. Y otro es la lógica económica basada en extraer datos en secreto, apropiárselos y venderlos. Esa lógica económica no puede sobrevivir sin lo digital, pero es muy fácil imaginar la tecnología digital sin capitalismo de vigilancia.

Perdone que sea un aguafiestas, pero a estas alturas dudo de que sea fácil…

S.Z. En 2000, un grupo de ingenieros de Georgia Tech diseñó un proyecto que llamaron Aware Home, un precedente de lo que hoy conocemos como ‘hogar inteligente’: con teleasistencia para ancianos, eficiencia energética… Pero los datos circulaban en un bucle cerrado. Los aparatos de la casa le proporcionaban información exclusivamente a los que residían en ella. Porque son datos muy privados. Esa tecnología era respetuosa. Pues bien, pasó el tiempo, y en 2017 dos expertos legales de la Universidad de Londres analizaron algunos altavoces inteligentes, tipo Google Home (o Nest), de los que puedes poner en tu salón. Y calcularon que un consumidor informado debería revisar un mínimo de mil contratos de privacidad, porque ese dispositivo recoge datos de lo que hablan los inquilinos, en qué habitación están, los ruidos… Y se comunica a su vez con otros aparatos inteligentes de la casa. Y envía esos datos a Google. Y Google los vende a terceros. Y estos los revenden…

No hace falta comprarse un altavoz, mucha gente se va a la cama con el móvil. Y es lo primero que consulta cuando se levanta.

S.Z. No queda ahí la cosa. Google dice que no asume ninguna responsabilidad de lo que hagan esos terceros con los datos. Y cada contraparte dice lo mismo. Así que hay cientos de compañías que tienen un dominio completo sobre tus datos. Toman lo que quieren y lo usan como quieren, sin transparencia y sin control. Y esto viene a cuento porque hace 17 años teníamos un futuro prometedor: un hogar inteligente para vivir mejor. Y esa idea ha sido traicionada. Y en nuestro hogar, que debería ser un santuario, no solo entran Google, Apple, Amazon y Facebook, entran cientos de compañías que no conocemos. No puedes cerrar la puerta de tu casa. Y, aunque la cierres, da igual porque ya están dentro. Y esto no debería ser así; se nos ha impuesto de manera unilateral, ilegítima y secreta. Pero no es inevitable.

Muchos niños manejan el móvil mejor que sus padres. ¿De verdad cree que se le puede dar la vuelta a esto?

S.Z. Sí, pero va a llevar algún tiempo… Si hubiéramos estado los últimos veinte años intentándolo y no lo hubiéramos conseguido, sería pesimista, como usted, pero la verdad es que no lo hemos intentado. El capitalismo de vigilancia ha tenido barra libre. La democracia se ha dormido al volante. Tenemos una oportunidad porque ahora conocemos sus peligros. Es hora de remangarse y hacer una labor crucial para nuestro futuro y el de nuestras democracias.

¿Pero estamos por la labor?

S.Z. A principios del siglo XX había niños trabajando en las fábricas. Las grandes compañías tenían todo el poder en Estados Unidos. Ni los trabajadores ni los consumidores podían enfrentarse a ellas. Sus abogados ganaban todos los pleitos. Pero fuimos capaces de utilizar la democracia, la ley y la política para crear nuevos derechos y contener los excesos del capitalismo industrial. Y ¿sabe qué? La segunda mitad del siglo XX fue muy próspera en muchos países. Nada es perfecto, pero ahora tenemos una oportunidad similar. Entramos ahora en una década en la que se va a decidir el futuro del siglo XXI. Y creo que veremos emerger un paradigma nuevo que va a poner freno o, por lo menos, a limitar los aspectos más perniciosos del capitalismo de vigilancia. Y creo que será necesario que algunas de sus actuaciones se ilegalicen porque son conductas criminales.

Ya se está investigando a las grandes tecnológicas. Mark Zuckerberg y Jeff Bezos han tenido que responder ante el Congreso, pero de ahí a considerarlos delincuentes va un trecho.

S.Z. Yo considero a los ejecutivos de Silicon Valley como emperadores. Ejercen un poder que no da cuentas a nadie. No queremos a estos ejecutivos poderosos a los que les importan un bledo nuestras vidas, que son radicalmente indiferentes a los problemas reales de la gente. ¡No los queremos!

¿Cómo convence a la gente de que Google o Facebook son peligrosos, aunque nos hagan la vida más fácil?

S.Z. No creo que tenga que convencer a nadie. Recientemente se ha publicado una gran encuesta en Estados Unidos. Se les preguntó a los norteamericanos si los riesgos de que las compañías recopilen sus datos eran mayores que los beneficios. Y es la primera vez que el 81 por ciento considera que los riesgos exceden a los beneficios. Es un punto de inflexión. Estábamos acostumbrados a preocuparnos por cómo manejan nuestros datos los gobiernos y no tanto las corporaciones, pero ahora las cosas han cambiado.

Pero entre los ganadores de la pandemia están las tecnológicas. Bezos ha duplicado su fortuna desde marzo y es el ser humano más rico de la historia.

S.Z. Las encuestas detectan otra tendencia. El 84 por ciento de los norteamericanos no confían en que las compañías que poseen las redes sociales arreglen los problemas que han creado. Y un estudio global de Pew Research señala que once países consideran que la desinformación es la mayor amenaza contra la democracia. Lo que estamos viendo es una pérdida de fe en estas corporaciones. La gente ahora se moviliza. Ve el riesgo.

¿Qué hay de malo en que Netflix y Amazon conozcan nuestros gustos y nos recomienden libros o series?

S.Z. Los gigantes tecnológicos quieren que creamos que la privacidad es privada. Que nosotros tenemos el control de lo que queremos exponer y lo que no. Yo les doy unos pocos datos a Facebook a cambio de un servicio que es gratis.

Se supone que ese es el trato, ¿no? Las condiciones de servicio que pocos leen y casi todos aceptan para tener correo, mapas, hacer búsquedas, compartir fotos…

S.Z. Pero lo que hemos aprendido es que, cada vez que consentimos darles datos, ellos toman muchos más de los que creemos. Si publicas algo en Facebook, no les importa lo interesante o veraz que pueda ser, pero lo desmenuzan. Examinan si usas signos de admiración para sacar conclusiones sobre tu estado emocional. Porque las emociones son comportamientos fáciles de predecir. Y muy rentables. La inteligencia artificial de Facebook examina billones de esos datos cada día y es capaz de producir seis millones de predicciones por segundo. Y muy pocos de esos billones de datos los damos a sabiendas ni por propia voluntad. Los cogen sin que nos enteremos. Cada vez que utilizamos las redes sociales, alimentamos a un sistema cuyas asimetrías de poder y de conocimiento están minando nuestras democracias y aumentando la desigualdad.

¿A qué se refiere cuando habla de asimetrías?

S.Z. A que hay una gran diferencia entre lo que ellos saben de nosotros y lo que nosotros sabemos de ellos; entre lo que podemos hacer y lo que ellos nos pueden hacer. El conocimiento y el poder son inextricables.

Siempre lo han sido…

S.Z. Pero ahora vemos, por ejemplo, que el sistema de reconocimiento facial de Microsoft, desarrollado con fotos de Facebook, no se utiliza solo con propósitos académicos, como nos habían contado, sino que Microsoft lo vendió a clientes militares, incluido el Ejército chino, que mantiene a los uigures musulmanes sometidos a una vigilancia constante. Nuestras fotos de Facebook están sirviendo para encarcelar a gente inocente en una campaña genocida contra una minoría religiosa. No es algo trivial. Estamos exponiendo no solo a nuestra sociedad, sino a todas las sociedades, a estos sistemas. Y la gente empieza a entenderlo. Es un desafío político y legal. Nos están robando una parte de nuestras vidas sin nuestro permiso. Tenemos que parar esto. Y creo que podemos.

 

Por Carlos Manuel Sánchez / Fotografía: Bernd Von Jutrczenka

Publicado enCultura
A los pueblos que luchan: A las personas que luchan en los cinco continentes

Primero de Enero del año 2021.

A LOS PUEBLOS DEL MUNDO:
A LAS PERSONAS QUE LUCHAN EN LOS CINCO CONTINENTES:

[email protected] Y COMPAÑ[email protected]:

Durante estos meses previos, hemos establecido contacto entre [email protected] por diversos medios. Somos mujeres, lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, travestis, transexuales, intersexuales, queer y más, hombres, grupos, colectivos, asociaciones, organizaciones, movimientos sociales, pueblos originarios, asociaciones barriales, comunidades y un largo etcétera que nos da identidad.

Nos diferencian y distancian tierras, cielos, montañas, valles, estepas, selvas, desiertos, océanos, lagos, ríos, arroyos, lagunas, razas, culturas, idiomas, historias, edades, geografías, identidades sexuales y no, raíces, fronteras, formas de organización, clases sociales, poder adquisitivo, prestigio social, fama, popularidad, seguidores, likes, monedas, grado de escolaridad, formas de ser, quehaceres, virtudes, defectos, pros, contras, peros, sin embargos, rivalidades, enemistades, concepciones, argumentaciones, contra argumentaciones, debates, diferendos, denuncias, acusaciones, desprecios, fobias, filias, elogios, repudios, abucheos, aplausos, divinidades, demonios, dogmas, herejías, gustos, disgustos, modos, y un largo etcétera que nos hace distintos y, no pocas veces, contrarios.

Sólo nos unen muy pocas cosas:

El que hacemos nuestros los dolores de la tierra: la violencia contra las mujeres; la persecución y desprecio a los diferentes en su identidad afectiva, emocional, sexual; el aniquilamiento de la niñez; el genocidio contra los originarios; el racismo; el militarismo; la explotación; el despojo; la destrucción de la naturaleza.

El entendimiento de que es un sistema el responsable de estos dolores. El verdugo es un sistema explotador, patriarcal, piramidal, racista, ladrón y criminal: el capitalismo.

El conocimiento de que no es posible reformar este sistema, educarlo, atenuarlo, limarlo, domesticarlo, humanizarlo.

El compromiso de luchar, en todas partes y a todas horas –cada quien en su terreno-, contra este sistema hasta destruirlo por completo. La supervivencia de la humanidad depende de la destrucción del capitalismo. No nos rendimos, no estamos a la venta y no claudicamos.

La certeza de que la lucha por la humanidad es mundial. Así como la destrucción en curso no reconoce fronteras, nacionalidades, banderas, lenguas, culturas, razas; así la lucha por la humanidad es en todas partes, todo el tiempo.

La convicción de que son muchos los mundos que viven y luchan en el mundo. Y que toda pretensión de homogeneidad y hegemonía atenta contra la esencia del ser humano: la libertad. La igualdad de la humanidad está en el respeto a la diferencia. En su diversidad está su semejanza.

La comprensión de que no es la pretensión de imponer nuestra mirada, nuestros pasos, compañías, caminos y destinos, lo que nos permitirá avanzar, sino la escucha y mirada de lo otro que, distinto y diferente, tiene la misma vocación de libertad y justicia.

Por estas coincidencias, y sin abandonar nuestras convicciones, ni dejar de ser lo que somos, hemos acordado:

Primero.- Realizar encuentros, diálogos, intercambios de ideas, experiencias, análisis y valoraciones entre quienes nos encontramos empeñados, desde distintas concepciones y en diferentes terrenos, en la lucha por la vida. Después, cada quien seguirá su camino o no. Mirar y escuchar lo otro tal vez nos ayudará o no en nuestro paso. Pero conocer lo diferente, es también parte de nuestra lucha y de nuestro empeño, de nuestra humanidad.

Segundo.- Que estos encuentros y actividades se realicen en los cinco continentes. Que, en lo que se refiere al continente europeo, se concreten en los meses de Julio, Agosto, Septiembre y Octubre del año 2021, con la participación directa de una delegación mexicana conformada por el CNI-CIG, el Frente de Pueblos en Defensa del Agua y de la Tierra de Morelos, Puebla y Tlaxcala, y el EZLN. Y, en fechas posteriores por precisar, apoyar según nuestras posibilidades, para que se realicen en Asia, África, Oceanía y América.

Tercero.- Invitar a quienes comparten las mismas preocupaciones y luchas parecidas, a todas las personas honestas y a todos los abajos que se rebelan y resisten en los muchos rincones del mundo, a que se sumen, aporten, apoyen y participen en estos encuentros y actividades; y a que firmen y hagan suya esta declaración POR LA VIDA.

Desde uno de los puentes de dignidad que unen a los cinco continentes.

[email protected]

Planeta Tierra.

1 de enero del 2021.

Si usted (es) quiere (n) firmar esta Declaración, mandar su firma a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Por favor nombre completo de su grupo, colectivo, organización o lo que sea, en su idioma, y su geografía. Las firmas se irán agregando conforme vayan llegando.

Publicado enSociedad
Lunes, 04 Enero 2021 07:29

Aquí no ha pasado nada

Aquí no ha pasado nada

Una de las grandes virtudes que tiene Cien años de soledad es la de servir como arquetipo de situaciones históricas que se repiten en América Latina porque los mecanismos y las trampas del poder siguen siendo las mismas. Derecha o izquierda. Da lo mismo.

Después de la masacre de trabajadores bananeros en huelga, que deja 3 mil muertos, los cadáveres son acarreados en 200 vagones de carga y echados al mar como banano de rechazo. Pero "la versión oficial mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse: no hubo muertos, los trabajadores satisfechos habían vuelto con sus familias".

Y mientras tanto, bajo el toque de queda, los soldados "derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos". Y para quienes preguntaban por sus familiares desaparecidos, la respuesta era: "en Macondo no ha pasado nada ni está pasando ni pasará nunca. Éste es un pueblo feliz".

A partir de abril de 2018 se dieron en Nicaragua protestas de jóvenes desarmados reprimidas a balazos en las calles, con saldo de más de 300 muertos y decenas de heridos. Una masacre documentada por organismos internacionales de derechos humanos, expulsados luego del país, de la que existen innumerables testimonios en videos y fotografías, y de la cual dio cuenta la prensa en el mundo. Centenares acabaron en las cárceles y más de cien mil salieron huyendo del país, según datos de ACNUR.

Apenas han pasado dos años. Pero este diciembre, durante un acto de presentación de credenciales de 12 embajadores, Daniel Ortega negó que semejante masacre haya ocurrido. En Nicaragua no ha pasado nada ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.

Peor, ocurrió lo contrario. Malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos salieron a las calles para derrocar al gobierno democrático. Igual que en Macondo. "Aquí vino la protesta armada de fusiles, de escopetas, de destrucción y quema de los hospitales, destrucción de las escuelas y quema de las escuelas, todo lo que se había logrado construir en beneficio de los pobres, en beneficio del pueblo".

¿Y los informes de las comisiones de derechos humanos? "Tanto los de Naciones Unidas como los de la OEA se dedicaron a hacer entrevistas donde sin ninguna fundamentación acusaban a la policía, al Frente, de haber matado a ciudadanos que habían fallecido en los hospitales por otras razones".

¿Y las listas de muertos? Inventadas. ¿Y los centenares de heridos? Nunca existieron. ¿Y los presos? Son reos comunes, delincuentes, traficantes de drogas. ¿Y los 100 mil exiliados? Se fueron por gusto.

Como en Macondo aquel lejano 6 de diciembre de 1928, la paz reina en todo el territorio. Quienes fueron asesinados en las calles por tiros de metralla y fuego de francotiradores con fusiles Catatumbo de fabricación venezolana murieron de muerte natural, en sus casas o en los hospitales o no se murieron nunca y se han escondido de la vista pública sólo para desprestigiar a la autoridad constituida.

Lo que estos revoltosos hacían era enlistar a los muertos como víctimas propias: "ellos mismos filmaban el momento de la captura, filmaban el momento que los estaban rociando de combustible, filmaban el momento que les daban fuego y estaban ardiendo y lo pasaban por las redes".

"Malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos", señala la autoridad militar que impone el orden en Macondo tras la masacre que nunca existió. Y la primera dama de Nicaragua declara: "desgraciadamente cuando decimos que la historia se repite, tenemos que reconocer que los traidores son plaga, son comejenes, hongos bacterias que se reproducen". Y también son vampiros chupasangre, tóxicos, rastreros, satánicos.

La falsificación de la realidad es de vieja data. No hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera las realidades alternativas. El poder absoluto, que busca ser un poder para siempre, establece sus propias falsedades como verdad y aplica una gruesa capa de alquitrán para borrar los hechos, escribiendo encima un nuevo relato con la ambición de que llegará a ser creído como único verdadero. Y el lenguaje erizado de epítetos que descalifican, niegan, rebajan, tampoco es ninguna novedad.

Lo recordaba al leer hace poco un escrito del juez Baltasar Garzón, cuando habla del fascismo de derecha en España. Porque también hay un fascismo de izquierda, y los lenguajes son similares. Dice Garzón que se divide "a la población entre buenos y malos, entre patriotas y traidores, convirtiendo al adversario político en enemigo. Una vez que está claro quién es quién, viene el proceso de deshumanización del contrincante, tildándolo de rata, escoria, garrapata, piojo o peste". O cucarachas, dice el juez Garzón. Humanoides.

 

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Domingo, 27 Diciembre 2020 08:10

La gata y el gran hombre

La gata y el gran hombre

A la memoria de Cartulina

 

En la cárcel de Poznan–Wronki, Polonia, escribe que se siente feliz porque, luego de mucho insistir, le han comprado una pequeña regadera y, aunque deba caminar hasta el estanque para llenarla al menos una docena de veces y así dejar regados en su totalidad los jacintos azules que le han permitido cultivar. Escribe también que ha logrado liberar de entre las rejas la que considera la primer avispa del verano “joven y delgada” cuando zumbaba aturdida contra los vidrios sin encontrar las hojas abiertas de la ventana de su celda. Y para escribir, amén de la única pluma y el papel restringido, Rosa Luxemburgo se las arregla con una silla y una madera empotrada en la pared. Al tiempo limitado del cautiverio suele oponerle la libertad del tiempo que hace : bajo la lluvia torrencial y sin paraguas (aclara como si obtenerlo fuera posible al igual que obtuvo la regadera), con su viejo sombrero y envuelta en la capa de la abuela Kautsky (la madre de Karl, dirigente de la Segunda Internacional) , escribe que vaga por el jardín seguida por un pequeño pájaro carbonero que seguramente se refugia bajo su silueta oscura de las gotas de agua y del viento (Con esa imagen Margaret Von Trotta elije comenzar su película Rosa Luxemburgo). Puede que no quiera preocupar a su amante y camarada Hans Diefenbach haciéndole un cuento de flores y de pájaros por correspondencia pero ese cuento que conserva, aún libre y en medio de los más arduos debates ideológicos y avatares políticos –cuando llegan a llamarla “perra rabiosa” o le adjudiquen chorros de veneno sin argumentos– hace pensar que la revolución no es incompatible con una voluntad de felicidad que sólo se encuentra en armonía con la naturaleza y sus criaturas. Para ella “sentirse bien” es casi una obligación militante. En cada prisión, ya sea por insultar al emperador, su militancia clandestina, la antimilitarista, o por ser considerada un peligro para la seguridad pública, prohibido el horizonte, la libertad le suele entrar por los oídos: En Poznan-Wronki, a través del sonido monótono del sacudir de una alfombra que alguna guardiacárceles soltera o tal vez viuda, desea mantener limpia en un cuarto que acostumbra ocupar poco. En Zwickau, es el cuac cuac de los patos que le recuerdan el origen de algún mundo. En Alexanderplatz, donde la noche comienza a las cinco y treinta, es el trepidar de los trenes de cercanías que le impiden dormir hasta que los acalla con su propia voz cantando una área de Las bodas de Figaro, más tarde el grito de alguien que ordena recogerse en la casa a una niña que canta y baila escapándose –puede imaginarla– hasta que sus protestas se apagan hasta el día siguiente. Y lo más conmovedor: en Barnimstrabe, las luces se apagan a las nueve de la noche; a esa hora o unos minutos después un bebé rompe a llorar con esa clásica progresión de vagido in crescendo que, bajo el propio estímulo, suele conducir al aullido vivo. A las diez en punto se oye la voz impaciente de la madre , unos golpecitos no muy fuertes , al mismo tiempo de castigo y de consuelo, y se hace el silencio. “Creeme, Hänschen –le escribe Rosa a Hans Diefenbach–, ese anticuado método para resolver los problemas de la existencia también hizo maravillas en mi alma a través de las palmaditas en el trasero del bebé. Mis nervios se relajaron inmediatamente junto con los del niño y me dormí cada vez simultáneamente con él”.

Estas imágenes poderosas, de radiante vitalidad en medio de toda tiniebla pertenecen al libro Dime cuando vienes, cartas de amor, 1893-1917 de Rosa Luxemburgo que publicó la editorial Banda Propia con prólogo de Diamela Eltit y traducción y selección de Angelo Narváez León. Los corresponsales son Leo Jogiches, Kostja Zetkin, Paul Levi y Hans Diefenbach, amantes, camaradas, “cuadros”, aunque la retórica amorosa los condene a los diminutivos “Niuniu”, ”Bub”, ”Bobus”, “Bub”, “Kukuchna”, ”Ciucia”, “Dziodzio”. Sólo las cartas escritas en prisión deben reprimir esas jocosidades retóricas privadas. Allí, en ausencia de la gata Mimi, especie de compañía y proyección de sí misma (“Ayer por la tarde hizo esto; la estaba buscando por las habitaciones, pero no la encontraba en ninguna parte. Comencé a preocuparme y luego la descubrí en mi cama. Acostada de tal modo que la cubierta quedaba bien colocada justo debajo de su mentón, con la cabeza sobre la almohada de la misma manera en que yo me acuesto”), presencia tan asidua en las cartas como la de un Karl Kauski o una Clara Zetkin, es preciso desdoblarse en lo que la imaginación provee a la lucha que no cesa.

Bolche y felina

Con esa compañía peluda, suele compartir efusiones. “Te beso. Y Mimi también lo hace” y depositar en ella la nostalgia: ”Mimi te buscó en el pasillo y en la habitación, luego me miró inquisitivamente con un prrr”. Y cuando cuenta “Mimi es una sinvergüenza. Saltó hacia mí desde el suelo e intentó morderme. “Parece estar refiriéndose a su propia oscuridad, fácilmente mutable en una violencia que sería necesario deponer". Y, luego de separarse del joven Kostja Zetkin, le escribe , al parecer sin humor pero también sin rencor que se lo comunicará a Mimi: ”Le diré a la pequeña Mimi que ahora estamos solas y la besaré”.

Cuando describe a la gata revolcándose en la alfombra, olisqueando las flores frescas del florero, o bebiendo en dos patas el agua de la canilla, parece retratar su propia voluptuosidad ante lo que la vida ofrece sin la forma de la mercancía. Será por eso que al leer en Mimi, suele hacerlo despojándola de su naturaleza y entonces escribe como al pasar ”Mimi estuvo aullando por dos días y noches seguidas, lo que me puso muy nerviosa. También se puso débil y delgada, pero ahora ya está mejor, hoy incluso jugó un poco conmigo. Pobre querida Mimi”. Hubiera sido sencillo reconocer en ese malestar pasajero pero insistente, el cíclico celo.

El dos de abril de 1911, Vladimir Ilich Uliánov visita e Rosa Luxemburgo en su habitación de Berlín: ”Hace calor aquí, incluso está algo templado ya por completo primaveral ¡Pobre Mimi, siempre haciendo prrr! Impresionó tremendamente a Lenin, que dijo que solo en Siberia había visto una criatura tan magnífica, dijo que ella era una gata majestuosa. Ella también coqueteó con él, rodó sobre su espalda y se comportó seductoramente, pero cuando intentó acercarse a ella, lo golpeó con una pata y gruñó como un tigre”.

Claro que la gata no había tomando ningún partido. Ignoraba que ese hombre se había embelesado tempranamente con La cabaña del tío Tom, novelón paternalista sobre la esclavitud a través del sometimiento bonachón como valor, mientras que su Humana , formaba parte de un grupo que lleva el nombre del quien levantó en arma a los esclavos romanos. Aunque la escena podría llamarse como una de las obras de la víctima: Un paso adelante, dos pasos atrás. Es que una gata no es nunca una afiliada. Tampoco sabe de “centralismo” salvo de sí misma. Su internacional está dada y consta de una suma de individuos sin alianzas más que el turno en el callejón o el incremento de la temperatura por contacto y cuya lengua es única aunque etiólogos positivistas han pretendido encontrar en los maullidos de cada país, resonancias de las lenguas humanas que se hablan en el mismo. Si Mimi levantó la cola, mostró el ano recién límpio y se refregó ronroneando en esa camisa abotonada hasta el cuello es porque buscaba marcarla con sus feromonas y no demostrar cariño a su portador.

En una de las últimas cartas dirigidas a Hans Diefenbach Rosa Luxemburgo parece aludir a una metáfora adonde, como siempre, no puede faltar Mimi: “Mi residencia en Sudende , como sabes, es como una linterna expuesta al sol en todas las direcciones, que por las horas de la mañana adquiere forma de una manera muy encantadora. Después del desayuno solía tomar el prisma de cristal que dejaba sobre el escritorio como pisapapeles y con sus innumerables ángulos y facetas, lo ponía a la luz del sol para que los rayos se dispersaran de inmediato sobre el piso y las paredes en cientos de pequeñas salpicaduras de luz arco iris. Mimi mantenía fascinada la vista en este juego, especialmente cuando movía el prisma y lograba que los brillantes colores se lanzaran bailando de aquí para allá . Al principio corría y saltaba alto para atraparlos, pero pronto deducía que no había nada ahí, que eran solo una ilusión óptica y luego seguía mirando el baile con sus pequeños ojos alegres sin agitarse“. Era una ilusión que se conduce mediante la voluntad, bajo un principio científico, un movimiento que es el de bailar y que tiene el color del arco iris… como una revolución.

27 de diciembre de 2020

Publicado enCultura
Manifiesto salvaje: dominación, miedo y desobediencia radical

¿Queda algo de lo salvaje en el siglo XXI? En las selvas y sierras ya casi no hay sitios que sean realmente silvestres ni que estén libres de alguna huella del capitalismo contemporáneo. Las bestias salvajes apenas sobreviven en pocos sitios, y son más conocidas por los documentales televisivos o detrás de las rejas en zoológicos.

El rugido del puma se puede reproducir desde una aplicación en el celular. El indígena ya no debería ser salvaje, y si lo fuera sigue sin ser un elogio para muchos. Lo salvaje está atado al pasado de grabados y fotos en blanco y negro, a una historia que quedó atrás. La ecuación es menos salvajismo y más modernidad, menos selva y más plástico.

¿Qué significa ser salvaje hoy? En el vocabulario actual esa palabra tiene otros usos. Algunos la usan para denunciar como salvajes a los que hacen la guerra o a los mercenarios en las bandas de narcotraficantes. Es lo que detestamos. Pero en sentido contrario, salvaje también puede ser el slogan en la publicidad de un desodorante o un perfume. Es una ancestralidad animal que algunos añoran.

Sea de un modo u otro, salvaje no es una palabra cualquiera. Mucho menos es un término sin historia. Ha marcado el devenir del sur global desde el primer día de la colonización. Se intentó aplacar el temor fundacional imponiendo la civilización sobre lo salvaje, sea sobre otros humanos o sobre la Naturaleza.

Con el paso del tiempo fueron muchos los que festejaron que el sentido de lo salvaje fuera reemplazado por ideas como progreso, desarrollo o modernización. Pero no hay nada que celebrar. Cuando lo salvaje perdió sus entrañas, el envoltorio que subsistió fue más fácil de dominar y controlar. La obediencia se acepta, se la impone, incluso se la desea.

Ante las múltiples crisis que ahora enfrentamos, se vuelve inevitable romper con ese acatamiento que nos deja cada vez más indefensos e inmovilizados. Es tiempo de desobediencias, y para ello, necesitamos volver a ser salvajes.

Reinventando a los salvajes

Antes de entrar al infierno estaba la selva, y ella era salvaje. Un espacio oscuro, áspero y espeso, que despertaba el pavor, según lo dejaba en claro Dante Alighieri en su Divina Comedia (1).

Ese miedo, confesado casi dos siglos antes de la llegada a las Américas, era la carga que portaban los colonizadores. Los primeros europeos que pisaron las playas americanas aplicaron esas ideas convirtiendo a casi todo lo que les rodeaba en salvaje.

No inventaron nada, sino que ejecutaron un malabarismo transatlántico que trasplantó los mitos europeos a las tierras americanas y sus habitantes de las Américas (2). Fueron incapaces de hacerlo de otra manera.

Es que, en la Europa occidental de aquellos tiempos, salvaje era la etiqueta que se aplicaba a los bosques, a las montañas o a cualquier otro sitio remoto, a los animales silvestres, pero también a hombres y mujeres que vivían en esos lugares, los incultos que estaban desnudos o con ropas gastadas, recubiertos de vello desde los pies a la cabeza, incapaces de hablar o que si lo hacían eran muy rudos (3). Un imaginario de espacios sin cultivar, animales sin domesticar, caos y desorden.

Pero lo que no siempre se advierte es que la idea de salvaje es íntimamente dependiente del miedo. Aquel pavor que invocaba Dante se debía a que esos sitios les resultaban peligrosos y los incultos que los habitaban no se diferenciaban de las fieras del bosque. El temor una y otra vez aparece asociado a lo salvaje, aplicado tanto al ambiente como a sus habitantes, indiferenciados unos de otros, y esa fue la sensibilidad que instalaron los colonizadores en nuestro continente.

Los nuevos paisajes que encontraron en las Américas, no sólo les resultaban desconocidos, sino que les atemorizaban. Podían morir al intentar cruzar un río, llegaban a padecer hambre por no saber qué comer, los diezmaban nuevas enfermedades y todo tipo de parásitos, y, además, podían ser atacados. No sólo temían morir, sino que incluso después de muertos podían ser canibalizados.

Al inicio de la colonización, Hernán Cortés ya dejaba en claro en sus cartas al rey, que todo lo que le rodeaba era inmenso y exuberante, una Naturaleza que describe como espantosa, a la que teme porque le resulta hostil e inentendible (4). Lo colonizadores repetidamente están al borde de morir de hambre o sed o de extraviarse en la espesura, retratando sitios con montañas desmesuradas, ciénagas inabarcables, ríos furiosos y lluvias interminables.

Ese temor nunca se apagaría. Siglos después, Thomas Whiffen, en su exploración en la Amazonía, en 1915, admitía que la selva era un “despiadado enemigo”, “innatamente malévolo”, una oscura “barbarie”, porque no hay nada “más cruel en la naturaleza que la vegetación inconquistada de la selva”. Viajar por la Amazonía era el “horror de lo no visto” (5).

No se le ha dado suficiente atención a este temor fundacional que fluía entre los recién llegados. Esa emoción obligaba a dominar cuanto antes a la Naturaleza y sus habitantes. Todo esto alimenta la obsesión europea en dominar a la geografía y a los originarios ya que en primer lugar querían sobrevivir, y una vez que lo conseguían, sólo en ese momento, podrían lanzarse a saciar la ambición de apropiarse del oro, la plata y cualquier otro recurso valioso. La compulsión por la dominación se alimentaba del temor. La codicia los llevaba a adentrarse en esos nuevos territorios, pero de todos modos podría decirse que el colonizador, en el fondo, era un miedoso, lo sabía, y por ello detestaba todavía más a lo salvaje.

Los pueblos originarios, que hoy genéricamente denominamos como indígenas, y que los colonizadores observaban como salvajes e infieles, tenían que ser maniatados y sojuzgados.

El ambiente que les rodeaba, que genéricamente denominaban como selva, desierto o montaña, también tenía que ser dominado. Lo que no estaba nominado era descubierto para ser etiquetado, y la etiqueta de salvaje justificaba la conquista, la explotación y la cristianización. El colonizador no dudaba en usar la violencia para lograrlo. Su violencia es la contracara de su miedo. Cuanto más se les temía, más crueles se volvieron, y la idea de salvaje también se convirtió en una justificación de su deshumanización. Al animalizarlos se sentían liberados de reparos morales en someterlos o incluso matarlos.

Civilizar a los salvajes

El miedo primordial ante la condición salvaje nunca se superó. Se lo enfrentó con una sucesión de ideas, acciones y pretensiones, como las de civilizar, cristianizar, educar, ilustrar, y muchas otras. Todas ellas desembocaron en la dominación y el control; cada una alimentaba la esperanza de servir como antídoto ante el temor permanente.

Se insistió en que la colonización superaría el mundo salvaje: se podía cultivar tanto las tierras como las mentes y corazones de los originarios para liberarlos de su supuesto atraso, y era posible catequizarlos para salvarlos. Pero sabemos que las sierras y las selvas americanas no eran incultas, sino que en ellas se aplicaba otra agricultura, otra ganadería, otros usos de los bosques, otro manejo de las aguas, etc., presentes antes de la llegada de los europeos. En varias regiones ni siquiera existía una Naturaleza intocada, sino que eran paisajes moldeados por sembradíos, pastoreo y manejo de aguas. Del mismo modo, tampoco eran incultos sus habitantes, ya que atesoraban sus propias expresiones artísticas, su política, sus guerras y sus religiones.

Toda esa diversidad en vez de calmar al colonizador reforzaba su temor. El ambiente es sentido como hostil por ser excesivo y exuberante, y por el “extrañamiento que despierta, por desconocimiento, en el hombre europeo que intenta dominarlo”, tal como advierte B. Pastor (6). Percibe todo eso como agresión y convierte al entorno en su principal enemigo. Todo eso los llevo a imponer aún más su religiosidad, su moral y su política. Se requería obediencia, lo que no puede sorprender porque la tradición europea que podría rastrearse hasta los clásicos europeos, la vida en la polis implicaba el acatamiento a sus normas y mandatos. Ese es el tipo de civilidad es necesaria para dejar atrás la condición salvaje, para asegurar el orden en el caos de lo incomprendido, para liberarse del miedo. No están en juego en esto las intenciones sino una dinámica histórica, ya que aún donde existieran los mejores propósitos y la mayor compasión, siempre se caía en imponer obediencia y control. Llegado el caso no dudaban en librar “guerras contra los naturales”, como en su momento lo justificó la corona española, o en castigar violentamente a los desobedientes.

Esa dominación seguía una racionalidad y afectividad que repetidamente se dejó en claro. Era simultáneamente social y ecológica, ya que, así como las fieras «se amansan y se sujetan al imperio del hombre», del mismo modo «el varón impera sobre la mujer, el hombre adulto sobre el niño, el padre sobre sus hijos, es decir, los más poderosos y perfectos sobre lo más débiles e imperfectos», tal como lo dejó muy en claro Juan Ginés de Sepúlveda hacia 1550.

Siguiendo esa postura, los españoles tenían un “perfecto derecho” de “imperar sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo”, porque son tan “inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles a gentes clementísimas…, y estoy por decir que de monos a hombres” (7). Esas ideas resumen, con toda cristalinidad, la dominación sobre la Naturaleza, el patriarcado y el colonialismo que se desplegó en los siglos siguientes.

Como contracara, los pueblos indígenas rápidamente comenzaron a entender, según algunos de los pocos testimonios disponibles, que los españoles estaban únicamente interesados en robar, especialmente alimentos y oro, esclavizar a los varones o violar a mujeres. Los retrataban como ladrones y asesinos, y eso rápidamente llevó al rechazo, el resentimiento y el odio (8).

Es cierto que se intercalaron algunas polémicas que, por ejemplo, presentaban al salvaje como verdaderamente bueno y noble. Montaigne proclamaba que el salvajismo anidaba en Europa, y más tarde, Rousseau afirmaba que no había nada más dulce que el hombre en su estado primitivo (9).

Del otro lado, seguían en sus trincheras los que insistían en pintar al salvajismo como negativo, atrasado o inmaduro. Hegel con toda su petulancia enseñaba desde la cátedra prusiana que los pueblos de las Américas tenían una “débil cultura” que “perecen cuando entran en contacto con los pueblos de cultura superior”, la que, por supuesto, era europea. De todos modos, quedaba en claro su temor a que esos inmaduros, esas culturas infantiles, finalmente podrían vencer la batalla de la historia (10).

No hay que confundirse porque esas oposiciones, los Rousseau contra los Hegel, nunca dejaron de ser enfrentamientos entre los modernos europeos. Cada bando moldeaba a su modo una idea de la condición salvaje para atacar a sus contrincantes, pero sin que participaran esos indios expresándose en sus propias lenguas y modos. No se encontrarán defensas ni reivindicaciones dichas o escritas en náhuatl, aymara o mapudungún. Aquellos eran debates de salón del otro lado del Atlántico que no lograron más que alguna incomodidad en la marcha de la Modernidad, donde cada uno defendía su propia versión del progreso universal (11).

Las etiquetas podían cambiar, haciendo que los salvajes se volvieran naturales, infieles, impuros, indios, y se los catalogaba según su sangre, su casta, raza o religión, siempre bajo modos que legitimaran la dominación colonial (12). Con el paso del tiempo, aquello no era suficiente se agregaron nuevos rótulos como mestizos, cimarrones, marginales, desclasados, informales, locos, y más.

Bajo esos vaivenes la Modernidad se construyó a sí misma como una superación de la condición salvaje. Su propósito era que desaparecieran aquellos naturales o indios y sólo serán aceptados los que se civilizaban o se purificaban. Sin embargo, a pesar de su supuesto triunfo, nunca superó su miedo ante la condición salvaje.

Ese temor disparaba la violencia de los colonizadores y continúo con los criollos. Proyectaban hacia afuera, sobre los indígenas, la violencia que ellos mismos practicaban, siguiendo una clásica observación de Michael Taussig. El recuento de las atrocidades que ocurrieron en tiempos del caucho en la región de Putumayo le sirve a Taussig para mostrar que los colonizadores torturaban, despedazaban y mataban a los indígenas porque eso era lo que hacían entre ellos (13).

Todo eso no se trata de algo del pasado, ya que con tristeza debemos reconocer que se repite en la actualidad. En Colombia, se asesinan líderes locales, casi siempre indígenas, campesinos o afro, para acallar sus voces o controlar sus tierras, lo que es un reflejo del barbarismo de buena parte de la sociedad en ese país. Los sicarios que en la amazonia brasileña son enviados a matar, reflejan el barbarismo de policías, militares, guerrilleros, políticos locales, y muchos sectores e instituciones del país. En Chile, los carabineros arremeten contra los mapuches, llegando a asesinar a un joven por la espalda y lo encubren con fabulaciones y mentiras – el miedo hace que sean asesinos, cobardes y mentirosos (14). Todos estos hechos no son esencialmente diferentes de lo que ocurría en el Putumayo poco más de un siglo atrás.

Obediencia y educación

Cada vez que esa modernización tenía que enfrentar a los seres y mundos salvajes recurría a una idealización de Europa. Cuando eran superados por el miedo buscaban refugio en aquel origen. Algunos tenían momentos de sinceridad que permitían conocer sus pensamientos más íntimos, confesando que era la memoria europea la que les nutría de la energía para enfrentar el temor y seguir ordenando, a su manera, el desorden salvaje de las Américas.

El explorador alemán, Carl Freidrich von Martius en el punto más extremo de su viaje dentro de la Amazonia brasileña, escribía a inicios del siglo XIX:

“Profundamente emocionado por el escalofrío de esta salvaje soledad, me senté para dibujarlo; pero no intentaré describirle al lector los sentimientos que durante este trabajo conmovió mi alma. Este era el punto más occidental al que podría llegar el viaje. Entretanto me oprimían todos los terrores de una soledad desprovista de seres humanos, sentía una nostalgia indescriptible de la compañía de los hombres de la querida Europa civilizada. Pensé cómo toda la cultura y la salvación de la humanidad habían venido desde el Oriente. Dolorosamente comparé aquellos países venturosos con este yermo pavoroso, pero, aun así, me congratulé de estar aquí. Levanté la mirada más al cielo y con coraje orienté el espíritu y el corazón al Oriente amigo” (15).

Es una confesión impactante porque, por un lado, von Martius realmente nunca estaba solo ya que viajaba acompañado por brasileños que le servían de guías, traductores y ayudantes. A pesar de estar rodeado se sentía invadido por la soledad, y lo era por no estar junto a otros europeos, los únicos que eran realmente “humanos”.

Por otro lado, una vez más aparece el miedo ante lo que le rodea, ya que a sus ojos de explorador la Amazonia era un desierto pavoroso, y lo reconocía de un modo que recuerda al Dante antes de encaminarse al Purgatorio.

Su antídoto fue mirar al cielo en la dirección de Europa, confiado en que desde allí llegaría la civilización redentora. El mandato era claro y se repetía en todo el continente: se debía educar a los salvajes, lo que implicaba imponerles otro idioma, cristianizarlos, vestirlos, y comportarse del mismo modo que sus maestros.

En juego está la necesidad de asegurar la obediencia, en aquellos tiempos de los indígenas y campesinos, pero eso mismo luego se continuó años después con obreros, empleados, y con cualquiera que debiera ser miembro de la civilidad. El propósito ya está claro en el significado de la palabra obedecer, que impone cumplir con la voluntad de un superior o un mandante; es ejecutar las órdenes de otros, y se aplicaba tanto a humanos como a animales. Es, como explica un diccionario de 1609, el reconocimiento al mayor y superior, y cumplir con los mandamientos de la fe (16), y como agrega otro diccionario, pero en el siglo XIX, al indicar que es la imposición de docilidad por la cual los “brutos”, uno de los sinónimos de los salvajes, se “sujetan” a la enseñanza o al arte(17).

Todo eso se desplegó no solamente por medios simples y violentos sino también por una construcción de la idea de normalidad que se ajustaba a aquellos modelos eurocéntricos. Se puso en marcha un disciplinamiento que abarcaba el espacio, el cuerpo, el pensar y el sentir de las personas, tal como advierte Michael Foucault (18). La pretendida normalidad no significa uniformidad, pero sí una sobredeterminación de los modos por los cuales se producen los discursos y prácticas que resultan en aceptar esas condicionantes. De ese modo pueden coexistir diversas singularizaciones de las personas o grupos, pero todos deben acatar los límites propios de la modernidad ya que, siguiendo el razonamiento de von Martius, sólo así serían humanos.

Esa tensión fue muy evidente sobre todo para los pueblos indígenas forzándolos a ser cada vez menos salvajes para ser más civilizados. Era la única vía para ser reconocidos como “seres racionales y dignos de disfrutar de la condición humana”, claro que ello es según las escalas occidentales. Quedaban atrapados en una terrible imposición, nos aclara la boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, debiendo “negarse a sí mismos y aprender los modos de ser y de pensar de la minoría dominante” para no ser marginados y excluidos (19).

Esos mecanismos no sólo no han desaparecido en la actualidad, sino que se ampliaron a las instituciones de enseñanza, la intelectualidad académica y los medios de comunicación. En esos y otros ámbitos han jugado roles decisivos en delimitar a lo normal como contracara de una anormalidad que es inaceptable, y en la que justamente residen los salvajes.

En tanto obedecer es cumplir con la voluntad de otro, inmediatamente se establece una jerarquía, donde encaje perfectamente aquellos propósitos de la imposición de los varones sobre mujeres, padres sobre hijos, maestros sobre alumnos, colonizadores sobre colonizados, y de los humanos sobre la Naturaleza.

Orden y progreso

En el siglo XIX los mecanismos de control se reforzaron todavía más bajo el llamado al progreso. Se volvió en el antídoto para superar lo que se describía como sociedades retrasadas, inmaduras, frágiles o salvajes. Así como en México, José María Luis Mora reclamaba pasar del retroceso al progreso, del otro lado del ecuador, en Argentina, Domingo Faustino Sarmiento exigía abandonar una condición que calificaba como bárbara por ser americana y casi indígena, para reemplazarla por europeos para ser civilizados (21).

El salvaje seguía siendo el indígena, pero ahora se sumaba el criollo o cholo, o a las razas, o incluso las clases, ya que todas expresarían un atraso que se quería superar.

Al mismo tiempo, las movilizaciones de cualquier de esos distintos tipos de salvajes, como horda, manada, malón, o multitud, alimentaba todavía más los temores que obligaban a controlarlos. Fue en ese contexto que cristalizó el capitalismo en América Latina.

Pero en esta situación, aquellos que se proclamaban como superiores a los salvajes al mismo tiempo se confesaban incapaces de sacar a sus países del supuesto atraso, y sumisamente admitían que necesitaba de maestros europeos, especialmente franceses e ingleses. El patriciado y la oligarquía latinoamericana que en aquellos años se declaraba superior, a la vez construían su propia subordinación a Europa.

De ese modo, el imaginario del progreso en nuestro continente estuvo anclado en sentir una inferioridad propia. En esas ideas descansan los llamados a una recolonización, como sostenían de distinto modo los argentinos Juan B. Alberdi y Domingo F. Sarmiento. Europa era el modelo a seguir en aquel tiempo, y más tarde sería reemplazado por Estados Unidos.

Esa recolonización también era espacial y ecológica, para ordenar y transformar paisajes que seguían siendo considerados como salvajes. No se abandonó la avaricia por el oro y la plata, solo que se sumaron otros minerales, y enseguida la conquista por la tierra para la explotación agropecuaria. Caña de azúcar, tabaco, cacao, cueros y tasajo, caucho y banano, se sumaron rápidamente. Los sitios que no podían ser manejados, por la incapacidad colonial de entender otras ecologías, eran calificados como desiertos, como ocurrió con la Pampa, el Chaco o la Patagonia, a pesar de estar repletos de vida.

No puede sorprender que, en aquel contexto, en el siglo XIX, el positivismo de A. Comte se difundiera en todo el continente, reclamando progreso, orden y obediencia. Uno de sus mayores éxitos se logró en Brasil tal como se expresa en la bandera diseñada en 1889, bajo el impulso de la autodenominada “Iglesia Positivista” y el apoyo de la Escuela Militar de Rio de Janeiro. “Orden y Progreso” se lee en ella, un mandato que deriva directamente de la sentencia de Comte «El amor por principio, el orden por base, el progreso por fin». Compromisos de ese tipo también fueron abrazados en el largo gobierno de Porfirio Díaz en México o en las presidencias de Rafael Núñez en Colombia (22).

Pero por detrás de esas ideas persistía el temor al salvaje. Por ejemplo, Rafael Uribe Uribe, un político colombiano liberal que en su momento se opuso al conservador Rafael Núñez, advertía en 1929 que casi todo el territorio del país estaba en “poder del salvaje”, por lo que no podían asentarse las familias colombianas o extranjeras sin exponerse a sus ataques. Concluía que si no eran “amansados” no tardaría el día que se deberá “derramar su sangre y la nuestra para contenerlos” (23). De uno y otro modo, todas esas generaciones y en todos los países, se sentían como “europeos exilados” en estas “salvajes pampas”, como decía José Luis de Imaz en la década de 1960 (24).

Bajo esas condiciones, ideas como las del progreso expresaban el avance de una civilidad y una razón que, como advertían ya en el siglo XX, Horkheimer y Adorno, tenían el objetivo de “liberar a los hombres del miedo y construirlos en señores” (25). La invocación del progreso primero, y la del desarrollo más recientemente, se volvieron una huida hacia adelante para dejar atrás el temor y renovar las formas de dominación. Junto a otras concepciones y sensibilidades cristalizaron en la Modernidad. En esos cimientos se encuentran la disociación de la sociedad de la Naturaleza, el antropocentrismo en entender y asignar valores, epistemologías de talantes cartesianos, el convencimiento de la linealidad en una historia que a su vez era la historia occidental, o el eurocentrismo en concebir a la política o la justicia.

Sin embargo, el miedo nunca desapareció porque siempre había un salvaje más a controlar. Desde que se izó la bandera del orden y el progreso a fines del siglo XIX en Rio de Janeiro, a las celebraciones del presidente Jair Bolsonaro, en la Brasilia del siglo XXI, lo que se ha visto es cómo la idea de progreso fue reemplazada por la de desarrollo, travistiendo la ambición filosófica por formulaciones económicas, mientras se endureció más y más el disciplinamiento. Los maestros franceses y alemanes del siglo XIX fueron reemplazados en el siglo siguiente por manuales y consultores enviados desde Washington. La obsesión con el crecimiento económico no se abandonó en todo lo ancho del espectro político, ya que la irrupción de la nueva izquierda, a inicios del siglo XXI, terminó en un progresismo que no ocultaba que José “Pepe” Mujica tomara mate con David Rockefeller o Evo Morales disertara para el periódico empresarial Financial Times. La obsesión con el progreso hacía que se subordinaran al capital.

Aquellos temores fundacionales se continuaron embebidos en los actuales. Los siglos han pasado, “¿cuánto? ¿dos siglos?”, interconectados por una “sensación indestructible de la angustia”, como cuenta Diamela Eltit en su narración de una hija que en un hospital cuida a su madre, la que se transfigura en el país o nación chilena. Una madre-patria que está rota, operada y sangra (26). El miedo al que me refiero es análogo a esa imagen, ya que está siempre allí, desde el inicio de la colonia, muchas veces disimulado, no siempre evidente, pero permanente.

La antropofagia del civilizado

Ante esos avances de la Modernidad no faltaron los que propusieron una antropofagia por la cual los primitivos, sean amerindios como africanos, deglutieran a los modernos. “Sólo la antropofagia nos une” dirá Oswald de Andrade, apelando a la imagen de aquellos salvajes que al ser caníbales aterrorizaban a los primeros colonizadores (27). Pero en ese intento se contrapone al indio como natural, contra humanos que serían civilizados, entremezclando un mundo colonial con una modernización que estima como positiva. Apunta a una síntesis que sería matriarcal pero tecnológica, sin clases, pero enfocada en el progreso, y por ello no logra romper el cerco de la Modernidad (28). El punto de partida de Andrade, en el siglo XVI, donde supuestamente los indios devoran al primer obispo portugués, termina en el siglo XX en un brasileño modernizado que a su manera también es un creyente en el progreso.

Pero de Andrade expresa una intencionalidad que debe ser valorada, ya que el propósito de ser antropófago es un acto contundente de desobediencia ante los mandatos de la Modernidad. Los modernos no pueden ser caníbales porque son civilizados, y si lo hicieran, inmediatamente caerían en el espacio de la anormalidad que debe ser castigada.

Sin embargo, la construcción de la Modernidad discurrió de algún modo en un canibalismo inverso. Es que, aunque desde un comienzo, los europeos y criollos deseaban las riquezas en recursos naturales y territorios de los indígenas, “los indios no desearon jamás el espíritu de los blancos”, y sólo “se sometieron cuando los blancos los obligaron a creer que deseaban el espíritu de los blancos”, tal como sentenciaba tiempo atrás el argentino David Viñas (29).

Los modernos que están en la cúspide del poder, como los políticos, empresarios, e incluso académicos, está tan compenetrados en dominar y controlar que no dudan en travestirse de tanto en tanto como indígenas. No tienen vergüenza en ritualizar la estética de aquellos, sabiendo que gozan de impunidad, y que al hacerlo refuerzan el disciplinamiento sobre otros. Se adornan como si fueran indios, como si eso bastara para entender sus demandas y respetar sus identidades. Pero ni siquiera esas actuaciones, como si se ingirieran partes de distintas culturas, logra solucionar los problemas. Nada de eso resuelve el miedo primigenio de los modernos, ya que cada vez que el temor se presenta será necesaria una a nueva antropofagia.

Una modernidad permanentemente inacabada

Estamos ante una generalizada adhesión a la “santísima trinidad” de la Modernidad, con el Estado como el padre, el mercado como el hijo, y la razón como espíritu santo, según recuerda Eduardo Viveiros de Castro (30). Es un acto de fe para calmar el miedo fundacional. Ha sido tan efectivo que sin dejar de reconocer algunas crisis que ocurren en su seno, prevalece el convencimiento de que todos los problemas se solucionarán siendo más modernos.

Termina aceptándose a la Modernidad como un proyecto inacabado, tal como apuntaba Jürgen Habermas, para que de ese modo muchos se entretengan buscando una nueva versión que resolvería los problemas actuales (31). Esas buenas intenciones se repiten permanentemente en América Latina, muchas veces formuladas como planes multiculturales e incluso interculturales, que apuestan por una nueva Modernidad que respetará y reelaborara los saberes e identidades indígenas, algo así como andinos que repiensan al Platón helénico como cándidamente celebra Fernando Calderón para Bolivia (32).

Ante advertencias de este tipo, hay muchos que reaccionan insistiendo en que se basan en visiones simplistas y monolíticas, casi caricaturescas, de la Modernidad.

La respuesta es que la Modernidad es plural; a su interior es heterogénea, tanto en sus concepciones y sus sensibilidades, como en los modos en que se entremezclan con las historias locales y regionales.

Pero toda esa diversidad mantiene saberes y sensibilidades comunes, compartidas por las grandes corrientes liberales, conservadoras y socialistas, que sirven como cimientos sobre los que descansa esa heterogeneidad.

Se toleran discusiones, disputas que pueden ser muy intensas o incluso revoluciones, pero no se pone en discusión esa esencia en los modos de pensar y sentir. Se puede discutir cómo progresar, pero no se acepta abandonar esa idea; es posible debatir sobre la gestión de la Naturaleza, pero la dualidad que la separa de la sociedad no está en duda.

Somos subdesarrollados porque queremos ser desarrollados a imagen de ellos. Entonces no puede sorprender escuchar a los que sostienen que las críticas deben apuntar al capitalismo y no a la Modernidad, asumiendo que habría una Modernidad no-capitalista que sería beneficiosa y positiva.

Seguir ese camino implica que otra vez se intente transitar de una variedad a otra de la Modernidad, convirtiéndose en una alternativa que refuerza aquellos cimientos porque no puede llegar a cuestionarlos.

Es de ese modo que continuamente son reproducidos disciplinamientos que determinan lo aceptable e inaceptable, lo cuestionable e incuestionales, lo sensible y lo insensible (33).

Esto es muy claro en América Latina porque estamos rodeados de ejemplos de esos vaivenes dentro de la Modernidad. Hemos presenciado frenéticas defensas y ataques entre distintos tipos de desarrollo, pero todos ellos desarrollos al fin, ensimismados en la modernización y el crecimiento. Hemos escuchado proclamaciones partidarias por derecha y por izquierda, viejos conservadores contra socialistas del siglo XXI, y así sucesivamente, aunque todos terminan encerrados en los mismos preceptos de la política moderna.

Se ha subestimado que la Modernidad alimenta su vigor al permitir esa diversidad, y si bien se sacude con episodios de crítica y locura, no todos son tolerables. El disciplinamiento determina qué se puede discutir y qué no, cuáles cambios son imaginables y cuales inconcebibles. No necesariamente prohíbe algunas alternativas, sino que las ha hecho impensables. Esto tampoco resulta de una simple imposición del norte, especialmente europeo, sobre un sur, sino que unos y otros participaron a su modo. La subordinación se forjó, como se indicó arriba, porque muchos aquí en el sur buscaban y deseaban el magisterio que venía desde el norte, y entre todos organizaron este entremado.

Pero ya no hay más tiempo para seguir intentando rescatar a la Modernidad. Se han aplicado todo tipo de reformas, ajustes, modificaciones y hasta revoluciones en su seno, pero ninguna de ellas ha alterado esas esencias. Casi todos siguen convencidos que la Naturaleza está separada de los humanos, que el logos cartesiano brindará soluciones científico-tecnológicas, y que debemos marchar hacia el progreso.

Sin embargo, los impactos sociales y ambientales se siguen acumulando a un ritmo cada vez más veloz, y los intentos de reparación no logran resolverlos.

Quienes se consideran civilizados y observan con desprecio a aquellos que tildan como salvajes, terminan aceptando la desigualdad, la pobreza y la violencia. Repiten los mismos esfuerzos para resolver los problemas sin asumir su repetido fracaso. No es posible seguir con esos intentos, porque se han sumado nuevas crisis, de una gravedad inusitada y en una escala planetaria. Estamos sufriendo una debacle ecológica que pone en riesgo a toda la vida en el planeta, y la Modernidad es incapaz de resolverla precisamente porque es su causa.

La organización, la sensibilidad y el pensar moderno reviste una petulancia total al concebirse como universal y único, sin límites, y por lo tanto sin alternativas más allá de éste. Como sólo se conciben y comprenden disputas a su interior no se sueña con una escapatoria. Los tránsitos entre distintas modernidades alimentan la ilusión de cambios que en realidad son siempre regresos. Y en esos retornos siempre está presente aquel miedo básico.

Tal vez, como hace decir Diamela Eltit a esa hija que es todas las hijas de una madre patria, ya es tarde para curar esa angustia de siglos porque está “en marcha un operativo para decretar la demolición y la expatriación” de todos los cuerpos.

En las minas, donde los “huesos cupríferos serán demolidos en la infernal máquina chancadora”, el “polvo cobre del último estadio de nuestros huesos terminará fertilizando el subsuelo de un remoto cementerio chino” (34).

Esos operativos de demolición de personas, culturas y ecologías resultan de la capacidad de la Modernidad en extender y reforzar continuamente el control y la dominación para asegurar el orden normalizado. Si algunos dudaban de ello, la pandemia de 2020 por el coronavirus lo ha dejado en claro, y, además, el miedo volvió a la superficie. La gente teme por su salud, por su trabajo, sus ingresos económicos, por la suerte de sus familiares y amigos. El enemigo a dominar es un virus incontrolable, indomable y peligroso.

Se redobló el disciplinamiento y la dominación, con toda una proliferación de controles sociales como toques de queda, clausura de barrios o ciudades, cuarentenas vigiladas por policías y militares, o limitar la movilización ciudadana. Esas acciones se sumaron a otras que ya estaban entre nosotros, como las cámaras de vigilancia en las calles, o los algoritmos que hurgan en nuestro uso de internet, espiando los chismes y fotos que compartimos en las redes sociales. La irrupción del Covid19 ha hecho que distintos sectores ciudadanos no sólo acepten esa vigilancia, sino que reclaman reforzarla; quieren ser obedientes para dormir en calma.

Ladridos salvajes en los sótanos

Hemos llegada a la situación donde el propósito de sobrevivir a la Modernidad exige abandonarla. Ante esa misión, tal vez Nietzche tuviese razón al decir que aquellos que desearan volverse sabios, en primer lugar, deberían escuchar a los perros salvajes que ladran en sus sótanos (35).

Desafiaba a entender a un animal y no a otras personas; eran perros, no aquellos domesticados que juegan en el jardín o dentro del hogar, sino los que son tan salvajes que están recluidos en la penumbra del sótano. Allí todavía están los restos de la condición salvaje que la Modernidad debe mantener aprisionada, y que cuando alguno se libera, rápidamente lo persigue y captura, festejan el éxito de volver a recluirlo (36).

Si actualmente se banaliza lo salvaje como un perfume o se lo arrincona en las crónicas rojas de los informativos televisivos, su liberación posiblemente tendrá pocos apoyos. Tampoco será posible mientras siga operando esa obediencia esencial que una y otra vez es alimentada por el miedo.

Pero la escucha de esos ladridos, el empuje de lo que ocultamos en nuestros sótanos, es indispensable para pensar e imaginar alternativas, para sentir de otras maneras, más allá de los límites del orden y el progreso.

Es una desobediencia radical que tiene que remontar barreras muy vigorosas, como la constituida por la mutua vinculación entre miedo y dominación. Si se puede quebrar el temor fundacional se dejará de alimentar la pulsión de dominación.

Indígenas y salvajes

Como la Modernidad es heterogénea, no puede sorprender que albergara múltiples críticos a esa condición, y que algunos de ellos tuvieran la agudeza de llegar hasta sus límites. Los Horkheimer y Adorno en el norte, los Dussel en el sur, juegan papeles clave en deconstruir el mundo moderno alentando a imaginar otros futuros.

Pero sin dejar de reconocer esos aportes, la desobediencia radical es imposible sin los aportes y la participación de ese conjunto que llamamos indígenas. Pero no debería caerse en simplificaciones, ya que el salvaje del siglo XXI no puede ser confundido con un indígena idealizado, resucitado desde el pasado, lo que es obviamente imposible, ni con la intención de crear un nuevo “indio”, lo que es tonto y también irrespetuoso.

Indígena sigue siendo una etiqueta colonial aplicada a una enorme diversidad de pueblos y culturas que quedaban de ese modo homogeneizados. Es una designación que sirvió para la dominación.

Hoy en día, incluso allí donde en la superficie se intentan aplicar respetuosos planes multiculturales, de todos modos, son los modernos quienes deciden cuáles atributos de los mundos indígenas son positivos y merecerían sumarse a la reconstrucción de la Modernidad.

A su vez, casi todos esos pueblos han sido afectados de distintas maneras por la Modernidad, y eso explica que existan múltiples situaciones, desde quienes defienden haber sido civilizados y modernizados, deseosos de participar del crecimiento económico, a los que aún dentro de esa civilidad, se resisten, a veces calladamente, otras veces activamente.

Pero aun reconociendo todas esas condiciones, al interior de esos mundos persisten ideas, actitudes, saberes y afectividades que están en los bordes de la Modernidad, muestran sus límites, e incluso se ubican más allá de ellas. Muchos siguen siendo desobedientes, y es por eso que son salvajes.

Recordemos que lo que era visto por los colonizadores como salvajismo respondía a esa desobediencia. Los jesuitas que en el siglo XVII celebraban el “amansamiento” de muchos guaraníes, a la vez criticaban a los achés o guayaquís como salvajes por vivir en “absoluta libertad”, y por ello les temían al verlos como indolentes e irracionales.

La vieja pregunta de algunos colonizadores sobre si los salvajes tenían alma, para esos jesuitas fue desplazada por la interrogante sobre si podían usar la razón (37). Los salvajes “no adoran nada, al fin de cuentas, porque no obedecen a nadie”, tal como advierte Viveiros de Castro (38). Es precisamente ese tipo de desobediencia radical, que no está atada a las normas y creencias, o por lo menos a aquellas que son propias de la Modernidad, la que necesitamos en la actualidad.

En efecto, sin esos aportes difícilmente se podrán construir alternativas más allá de la Modernidad. Los intentos desde las cosmovisiones occidentales sin duda pueden ser muy importantes, pero no lograrán romper por sí solos los acuerdos sobre la normalidad moderna.

Necesitamos ayuda que provenga y se inspire en esos mundos indígenas, sean de quienes resisten como de quienes recuerdan. A su vez, en las condiciones actuales de los pueblos indígenas, sus alternativas requerirán el aporte de la crítica que hacen los modernos desconformes y desobedientes.

Esa mutua necesidad permite advertir sobre otra simplificación: no es posible que todos nos convirtamos en indígenas, ni tampoco se pueden clonar las identidades, culturas o historias. Pero cualquiera de nosotros puede volverse un salvaje.

Podemos ser salvajes

En efecto, no todos podemos ser indígenas, pero es posible plantarnos como salvajes. Cualquiera puede intentarlo, ya que no depende del color de la piel, el origen del nombre y del apellido, el lugar de nacimiento o la cultura aprendida desde la familia y la escuela. Lo que se requiere es una desobediencia radical a la normalidad de la Modernidad.

Esa desobediencia es radical en el sentido que debe dejar atrás tanto el miedo como la dominación, dos condiciones que están profundamente arraigadas. Es una condición tan antigua que en el origen de la palabra obedecer está la sumisión del esclavo al amo, una obediencia que respondía al miedo que éste le tenía.

Si todos los que adhieren a los magisterios de la “santísima trinidad” moderna, piensan y sienten en “modérnico”, los que se vuelven salvajes comienzan a pensar, sentir y expresarse en otros lenguajes.

Por lo tanto, su radicalidad está en que rompe con las raíces compartidas por la Modernidad. Lo es no solamente en un sentido epistémico, sino incluso ontológico. Esto la hace muy distinta a la desobediencia del delincuente que quebranta una ley, la del objetor de conciencia, e incluso de los que corrientemente se concibe como desobediencia civil.

Lo es porque éstas siguen estando enmarcadas dentro de la Modernidad, mientras que la desobediencia salvaje se siente libre para poner en entredicho todos esos conceptos, tanto en quienes los acatan como en sus infractores. Eso no impide que la desobediencia salvaje pueda servirse, por ejemplo, de la desobediencia civil en algunas circunstancias. Pero no es sólo eso, es mucho más.

La desobediencia radical, pongamos por caso, no acepta las formas modernas de entender y asignar valores, pone en entredicho incluso qué es un valor, y de allí puede repensar las distinciones entre lo correcto e incorrecto, lo justo o lo injusto. No acepta el canon de una historia única, universal, que nos predestina a seguir progresando, y en cambio se admira ante multiplicidad de historias locales y regionales. Es una desobediencia socioambiental porque tampoco cree en la dualidad que separa la Naturaleza de la sociedad.

La condición salvaje no se refiere a personas o actores sociales, no debe pensarse en un rebelde en la ciudad o un indígena en la sierra. Es un modo de pensar y sentir que desafía la normalidad, es una actitud, es una praxis. No es posible ser salvaje en forma aislada, no es una reflexión personal ni una desconexión individual. La desobediencia sólo se puede constituir en colectivos, siempre es una pluralidad. En las movilizaciones o prácticas colectivas es cuando se ejerce estas desobediencias.

Del mismo modo, los salvajes construyen su propia espacialidad, creando espacios desobedientes que no siguen los órdenes de la modernidad, habitados tanto por humanos como por otros existentes. Así como en el pasado los salvajes ocupaban las selvas, los nuevos salvajes deben crear sus nuevas “selvas” contemporáneas.

Nada de esto es sencillo, y aun reconociendo las dificultades, a pesar de todas las trabas y condicionantes, de todos modos, estamos rodeados de intentos salvajes, manifestaciones de desobediencia radical que a su vez generan espacios autónomos ante la dominación. Están, por ejemplo, en una comunidad vecinal en un barrio, en una iniciativa colectiva rural enfocada en la agroecología, en prácticas artísticas de cualquier tipo, en otras religiosidades y, porque no, también en la magia. No solamente son reacciones a escala local, sino que pueden generalizarse, y un ejemplo reciente y contundente ha sido el estallido social que ocurrió en Chile en octubre de 2019.

A lo largo de las siguientes semanas se encadenaron rebeliones y desobediencias, sumando a todo tipo de actores ciudadanos. Así como Albert Camus decía que en la rebelión nace la conciencia, podría sostenerse que en estallidos como el chileno alumbraron el retorno de los salvajes.

Ciertamente no todos los que estaban en las calles eran nuevos salvajes, pero algunos sí, y entre los que no lo eran había varios que comenzaban a dudar del orden y el progreso. La desobediencia a la que aquí se alude no estaba en tirar piedras o en incendiar comercios, sin que se refiere a su sentido más profundo donde todo podía ser discutido, todo podía ocurrir en las calles, y cualquiera podía hacerlo a su modo.

Mucha gente mostraba que había dejado de creer en la normalidad chilena y su éxito económico, tal como se les había machacado por décadas. Se abrieron espacios de reconocimiento y debate sobre la situación de los pueblos indígenas, en un país donde se los había marginado y ocultado desde tiempos coloniales. Había tantos salvajes desobedientes en las calles que desde la derecha política chilena no dejaban de denunciarlos exigiendo repetidamente la imposición de más orden y más castigos. Esa movilización carecía de líderes visibles, y en ello se desvaneció el vínculo entre el mandante y el obediente que es típica en el disciplinamiento moderno. El miedo quedó atrás.

No es posible predecir el devenir futuro del estallido social chileno, y es necesario tener precaución porque en el pasado, otras desobediencias ciudadanas fueron disciplinadas con el paso de los meses, y finalmente engullidas otra vez por la Modernidad. Están allí los casos del “que se vayan todos” en Argentina en 2001, diferentes sublevaciones indígenas y populares, como la “guerra del gas” de 2003 en Bolivia, y antes, por ejemplo, las distintas versiones del “mayo francés” en 1968.

Otros, en cambio, siguen resistiendo, como parece ocurrir con el zapatismo mexicano. Más allá de esto, el caso chileno como aquellos otros, son válidos para dejar en claro que existen esas posibilidades y que ellas ocurren continuamente, y que no son simplemente pequeñas manifestaciones locales, sino que pueden desencadenar cataclismos políticos y sociales.

Esos y otros casos muestran que la desobediencia salvaje puede perforar las imágenes y los significados de la Modernidad. Recordando a Taussig, una vez más, el salvajismo “desafía la unidad del símbolo, la totalización trascendente que ata la imagen a lo que representa», es la “muerte de la significación» (39).

Debe serlo además en ese sentido radical de acabar con la inevitable necesidad que tiene el orden moderno de crear nuevos salvajes para inmediatamente disciplinarlos, legitimando su dominación y control. Es, entonces, un salvajismo que nos puede liberar de las oposiciones entre caos y orden, inculto y culto, incivilizado y civilizado.

Desobedientes para sobrevivir, salvajes para desobedecer

Al iniciarse la segunda década del siglo XXI, enfrentamos múltiples crisis en los más diversos frentes. La búsqueda de alternativas no es un lujo ni una manía de académicos o inconformistas, sino que debería ser la tarea más urgente a enfrentar por nuestras sociedades. Los más severos problemas sociales no se han solucionado, y sobre ellos se agrega una debacle ecológica que pone en riesgo a la vida misma en un futuro inmediato. Todas las soluciones modernas que se han intentado han fracasado, y por esa razón no hay otra opción que buscar cambios más allá de ella.

Esos pasos sólo son posibles si se logra superar el miedo fundacional que alimenta el disciplinamiento. Se ha dicho muchas veces que la condición colonial se caracterizó sobre todo por la dominación, con lo cual no siempre se asume que ésta deriva directamente del temor –son inseparables.

Desde el inicio colonial se ha sucedido el miedo a la selva, a la inmensidad, al desierto y a las montañas. El miedo al indio, al negro, al mestizo, al cholo. El miedo al pirata, al invasor, al extranjero. El miedo al campesino, al pobre y al enfermo. El miedo al guerrillero, al soldado, al policía, al ladrón y al narco. El miedo al patrón, al político o al empresario. El miedo al desempleo, la lluvia, el hambre o la enfermedad. El miedo al día de mañana. El miedo al miedo. Son estos temores y pavores los que alimentan la dominación y el disciplinamiento. Pensar, imaginar y desear otros futuros sólo es posible si los dejan atrás.

Así se vuelve posible desobedecer las reglas y normas que imponen la normalidad y el orden que hacen a la esencia de la Modernidad. Es dejar de asumirlas como mandatos inescapables. Es imaginar que pueden existir otras normas, otros órdenes; es poder tener la oportunidad de escoger.  Esa es la postura que corresponde a lo que inicialmente se denominaba como salvaje. Diciéndolo de otro modo: debemos ser salvajes para poder construir alternativas.

Esta condición salvaje no se refiere a una desobediencia en sus sentidos banales, sino que anida en aquellos sótanos y cimientos. Son actos de ruptura radical con las raíces afectivas y racionales que sostienen en pie a la Modernidad, es recuperar la capacidad para encontrar sus límites, y asumir que pueden ser cruzados. Es recuperar la posibilidad de imaginar y pensar lo inimaginable, lo inconcebible, lo prohibido.

Es desobedecer para no aceptar que la Naturaleza y la sociedad están separadas, para no obsesionarnos con el crecimiento y la posesión. Desobedecer para no estar obligado a ser capitalistas o socialistas. Desobedecer para dejar de desear el espíritu de los “blancos” y respetar a los indígenas. Desobedecer para no repetir una historia que creemos universal. Desobedecer para comenzar a escuchar a la Naturaleza. Desobedecer para acompasarnos a tiempos lentos, pausados, ecológicos. Desobedecer para reconocer que hay valores en otros seres y objetos. Desobedecer para no tener más miedo. Desobedecer para volver a ser salvajes.

 

Por Eduardo Gudynas | 18/12/2020 

Notas

(1) Infierno, Divina Comedia, escrito por Dante Alighieri, posiblemente entre 1304 y 1307.

(2) Esa reformulación de la idea de salvaje la analiza Roger Bartra en El mito del salvaje, Fondo Cultura Económica, México, 2011.

(3) Así se los describe por ejemplo en el Tesoro de la Lengua Castellana, Sebastián Covarrubias Orozco, L. Sánchez impresor, Madrid, 1609.

(4) Cartas de relación de la conquista de Mexico, H. Cortés, Espasa Calpe, México, 1961 (1519-1526).

(5) The North-West Amazons. Notes on some months spent among cannibal tribes, T. Whiffen, Constable, Londres, 1915.

(6) Discurso narrativo de la conquista de América, B. Pastor, Casa de las Américas, La Habana, 1983.

(7) Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios, J. Ginés de Sepúlveda. Fondo Cultura Económica, México, 1996 (1550), págs. 85 y 101.

(8) Véase, por ejemplo, La gestación del odio indígena hacia el conquistador en el siglo XVI, L. Fossa, en El odio y el perdón en el Perú. Siglos XVI al XXI (C. Rosas Lauro, ed). Fondo Editorial Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 2009.

(9) Ensayos, M.E. de Montaigne, edición de M. de Gournay. Acantilado, Barcelona, 2007 (1595).

Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, J.J. Rousseau, Biblioteca Nueva y Siglo XXI, Madrid, 2014 (1755).

(10) Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, G.W.F. Hegel, Altaya, Barcelona, 1994 (1837).

(11) Véase, por ejemplo, Nosotros y los otros, T. Todorov, Siglo XXI, México, 1991.

(12) ¿Qué tal raza?, A. Quijano, Ecuador Debate, Quito, 48: 141-152, 1999. Otros textos en la antología Aníbal Quijano. Cuestiones y horizontes, seleccionada por D. Assis Clímaco, Clacso, Buenos Aires, 2014. Además, La invención del racismo. Nacimiento de la biopolítica en España, 1600-1940, Francisco Vázquez García, Akal, Madrid, 2009.

(13) Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje. Un estudio sobre el terror y la curación, M. Taussig, Editorial Universidad Cauca, Popayán, 2012, pág. 179.

(14) Véase, por ejemplo, A un año de la muerte de Camilo Catrillanca: la cronología del caso a la espera del juicio, El Mercurio, Santiago, 14 noviembre 2019, https://www.emol.com/noticias/Nacional/2019/11/14/967128/Cronologia-Caso…

(15) Viagem pelo Brasil (1817-1820), J.B. von Spix y C.F.P. von Martius, Senado Federal, Brasilia, 2017, Vol III, pág. 344; traducción de EG desde la versión en portugués.

(16) Tesoro de la lengua castellana … op. cit.

(17) Diccionario general etimológico de la lengua española, E. de Echegaray, J.M. Paquineto Editor, Madrid, 1889, tomo 4.

(18) Véase por ejemplo Defender la sociedad, M. Foucault, Fondo Cultura Económica, Buenos Aires, 2000.

(19) Violencias (re)encubiertas en Bolivia, S. Rivera Cusicanqui, La Mirada Salvaje, La Paz, 2010.

(20) Las fotografías están tomadas de: (izquierda) Los escándalos del Putumayo, C. Rey de Castro, Barcelona, 1913, reproducido en La defensa de los caucheros, Monumenta Amazónica, Lima, 2005; (derecha) En el Putumayo y sus afluentes, E. Robuchon, La Industria, Lima, 1907.

(21) Revista política de diversas administraciones que ha tenido la República hasta 1837, J.M.L. Mora, en Pensamiento positivista Latinoamericano, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1980 (1838).

Facundo o civilización y barbarie en las pampas Argentinas, D.F. Sarmiento, Planeta Agostini, Buenos Aires, 2000 (1845).

(22) El impacto de esas ideas en América Latina se revisa en: El positivismo, L. Zea, en Pensamiento positivista Latinoamericano, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1980.

(23) La cita en Indios, negros y otros indeseables, P. Gómez Nadal, AbyaYala, Quito, 2017. Muchos otros ejemplos de la condición del salvaje se encuentran en esta obra.

(24) Nosotros, mañana, J.L. de Imaz, Eudeba, Buenos Aires, 1968.

(25) Dialéctica de la ilustración. Fragmentos filosóficos, M. Horkheimer y T.W. Adorno. Trotta, Madrid, 1998 (1944), p 59.

(26) Impuesto a la carne, D. Eltit, Eterna Cadenacia, Buenos Aires, 2010, p 116.

(27) Manifesto antropófago, Oswaldo de Andrade, Revista de antropofagia, No 1, São Paulo, 1928.

(28) Véase, por ejemplo: A crise da filosofia messiânica, su tesis de 1950, en: Obras completas, Oswald de Andrade, Vol 6, Civilização Brasileira, Rio de Janeiro, 1972.

(29) Indios, ejército y frontera, D. Viñas, Siglo XXI, México, 1982.

(30) En: A revolução faz o bom tempo, E. Viveiros de Castro, video en: Os Mil Nomes de Gaia, 2015,  https://www.youtube.com/watch?v=CjbU1jO6rmE&feature=youtu.be

(31) La modernidad, un proyecto incompleto, J. Habermas, en: La posmodernidad, H. Foster, ed., Kairós, 1988.

(32) América Latina y el Caribe: tiempos de cambio. Nuevas consideraciones sociológicas sobre la democracia y el desarrollo, F. Calderón. FLACSO y Teseo, Buenos Aires, 2012, p 228.

(33) Sólo a modo de ejemplo sobre la condición Moderna puede verse El lado más oscuro del renacimiento, W.D. Mignolo, Editorial Universidad del Cauca, Popayán, 2016, y especialmente el nuevo epílogo.

(34) Impuesto a la carne, op. cit., p. 185.

(35) Así habló Zaratustra, F. Neitzche, Alianza Editorial, Madrid, 1972 (1883-1885).

(36) Esa era una de las preocupaciones de Nietzsche; ver también La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid, 1972 (1887).

(37) Ratones y jaguares. Reconstrucción de un genocidio a la manera de los Axe-Guayakí del Paraguay Oriental, B. Melía y C. Münzel, en: “Las culturas condenadas” (A, Roa Bastos, ed.).Siglo XXI, México, 1978.

(38) La inconsistencia del alma salvaje, E. Viveiros de Castro, UNGS, Polvorines, 2018.

(39) Chamanismo, colonialismo …, citado arriba, pág. 271.

Eduardo Gudynas es analista en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES) en Montevideo (Uruguay). Las versiones iniciales de este artículo fueron comentadas por Ros Amils, Carlos Anido, Paula di Bello, Gonzalo Gutiérrez, Pablo Ospina Peralta, Axel Rojas, y Angie Torres, a quienes el autor agradece por su tiempo y aportes.

Publicado originalmente en Palabra Salvaje el 15 de diciembre de 2020.

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Jueves, 17 Diciembre 2020 08:50

Esto es una revolución, señor

Esto es una revolución, señor

Probablemente la huelga más grande de la historia de la humanidad tuvo lugar en India

El 26 de noviembre, los trabajadores de India hicieron una huelga general que fue acatada por alrededor de 250 millones de personas, convirtiéndose probablemente en la huelga más grande de la historia de la humanidad. Ahora están uniendo fuerzas con el sector campesino para protestar contra la agenda de extrema derecha y proempresaria de Narendra Modi.

Las huelgas generales han sido un rasgo característico durante el gobierno del primer ministro de la India, Narendra Modi. En general sucede siempre lo mismo. Los sindicatos nacionales —excepto los que están alineados con el Bharatiya Janata Party (BJP), el partido de extrema derecha de Modi— llaman a una huelga general de uno o dos días. La mayoría de las veces lo hacen en respuesta a alguna de las muchas medidas antiobreras del BJP. Millones de personas en todo el país salen a las calles para manifestar su apoyo. Quienes dirigen la huelga, la caracterizan como la huelga más grande de la historia. Los medios de izquierda de afuera del país saludan las protestas, mientras que los medios principales de la India apenas las mencionan. Y luego la vida parece volver a la normalidad.

La huelga general del 26 de noviembre mostró algunas de estas características: fue llamada por los sindicatos nacionales en respuesta a las medidas antiobreras del BJP; las declaraciones posteriores afirmaron que hubo una participación masiva (en este caso, 250 millones de personas); y la duración de la medida fue limitada. Pero siendo el año 2020, este paro tuvo también un significado distinto. En marzo, el gobierno utilizó la pandemia como una excusa para quebrar y remover los últimos remanentes físicos de las protestas que se extendían en contra de una serie de leyes discriminatorias. Por lo tanto, volver a ver a la gente protestando en las calles fue realmente impactante.

Lo que es más importante, la huelga general confluyó con una marcha convocada por un amplio sector de organizaciones campesinas que planeaban descender a la capital de Delhi. De repente, las redes sociales se llenaron con imágenes de tractores y camiones que eran utilizados para romper los bloqueos levantados por la policía, que pretendían mantener la manifestación fuera de la ciudad. En un video, un manifestante le explica enfáticamente a un policía en las barricadas: «esto es una revolución, señor».

Luego de reconocer la determinación de la que daba cuenta la protesta, el gobierno dio permiso para que se llevara a cabo en un rincón de Delhi alejado de los centros de poder de la ciudad. A pesar de que algunas personas terminaron marchando hacia el sitio de la protesta oficial, la mayoría rechazó la oferta y permaneció en la frontera, argumentando que habían traído suficiente comida y provisiones como para quedarse durante meses. Esto no era simplemente un asunto simbólico de un día. El martes 1 de diciembre, el gobierno central empezó a reunirse con la dirección de los sindicatos campesinos, pero los sectores movilizados dicen que mantendrán el acampe en la frontera hasta que se responda a todas sus demandas.

En muchos sentidos, la marcha de Delhi fue una continuación de las protestas que habían estallado en septiembre, cuando la legislatura nacional, controlada por el BJP, empezó a presionar para que se aprueben tres leyes muy controversiales que pretenden abrir el sector agrícola a los grandes intereses financieros y empresariales. Los sectores que se movilizan temen que esta legislación sea un preludio al desmantelamiento del antiguo sistema de precios mínimos de sostenimiento (MSP, por sus siglas en inglés), que provee algo de estabilidad a estos sectores, estableciendo el precio al cual el gobierno compra una variedad de granos.

El gobierno pensó que tal vez sería capaz de aprobar las leyes en medio del caos del COVID —India superó en cantidad de casos a Brasil ese mismo mes—, pero el tratamiento de estas leyes inició una ola de indignación generalizada, en el marco de la cual los sectores campesinos denuncian la profundización de las reformas neoliberales en el sector agrícola. Las protestas se extendieron por todo el país pero fueron más fuertes en Punjab y en Haryana, dos estados ricos del norte que alguna vez fueron la zona cero de la revolución verde de India. A pesar de que las figuras que dirigen las manifestaciones suelen provenir de sectores campesinos ricos, las manifestaciones ganaron un amplio apoyo entre las distintas clases de la población rural.

La cuestión de los movimientos campesinos ha sido siempre motivo de disputas en el campo de la izquierda marxista. Esto es así también en el caso de India. Si nos retrotraemos hasta Lenin, Kautsky e incluso Marx, la izquierda ha debatido la «cuestión agraria» asumiendo algunas veces que el campesinado es una reliquia histórica, un remanente del feudalismo condenado a desaparecer a medida que las relaciones capitalistas penetran en el mundo agrario. Pero muchas décadas de desarrollo capitalista en India ponen en cuestión este supuesto, dado que el campesinado sigue siendo con obstinación uno de los elementos centrales de la economía del país.

A menudo el campesinado se divide analíticamente mediante las categorías de rico, medio o pobre, pero todos estos grupos están unidos en su rol de propietarios de la tierra y productores de commodities para el mercado. Con todo, es cierto que los sectores más pobres del espectro a menudo combinan este trabajo con trabajo asalariado, y que lo hacen algunas veces en la tierra de otros propietarios. Tal como observaron Amit Basole y Deepankar Basu en un artículo de 2011, «la coexistencia del trabajo asalariado y de la producción mercantil simple, en la medida en que participan de ambas tanto trabajadores sin tierra, campesinos marginados y pequeños campesinos, en un caso como fuerza de trabajo libre y en el otro como propietarios-productores, ha dificultado los objetivos de la política revolucionaria».

Estas dificultades salieron a luz en los años 1980, cuando India empezó a avanzar hacia el neoliberalismo. A medida que los términos del intercambio se modificaban en la agricultura, «nuevos movimientos campesinos» emergieron en todo el país, en general nucleados alrededor de la demanda de mayores precios para las commodities agrícolas. En aquel momento, muchos sectores marxistas desestimaron estos movimientos, argumentando que estaban compuestos por las franjas más ricas del campesinado que explotaban en sus tierras al proletariado rural. Hubo otros sectores que no estuvieron de acuerdo y, reconociendo la estratificación en el campesinado, argumentaron a su vez que la gran mayoría sufría bajo el neoliberalismo.

En su artículo, Basole y Basu analizan estadísticas económicas y demográficas durante un período de cinco décadas para determinar los mecanismos precisos de la explotación capitalista que operan en India. En el sector agrícola, observan, «la diferenciación de clase se desarrolla, pero en un sentido distinto al del caso europeo […] Más que entre capitalistas y trabajadores, la diferenciación que está teniendo lugar en la India rural se produce entre un señorío rural heterogéneo y sectores rurales pobres heterogéneos».

La porción más pobre de estos sectores participa del trabajo asalariado y, por lo tanto, es explotada en el sentido marxista clásico. Pero muchos pequeños productores, no solamente los más pobres, enfrentan lo que Basole y Basu denominan «extracción de plusvalor a través del intercambio desigual». En este contexto, «los comerciantes se las arreglan para garantizar sistemáticamente la desviación de los precios […] de su valor-trabajo subyacente debido a la posición monopólica que tienen en estos mercados».

«Desde el punto de vista de la clase trabajadora», escriben, «es difícil identificar dónde termina la extracción de plusvalor por medio del intercambio desigual y dónde comienza la que se realiza por medio del trabajo asalariado». Hay que agregar que tanto los sectores campesinos medianos como los pequeños están atrapados en ciclos de endeudamiento, lo cual alimenta la horrenda crisis de suicidios campesinos que la pandemia solo ha exacerbado.

Esto sirve para explicar por qué las actuales protestas campesinas, a pesar de ser dirigidas principalmente por el campesinado rico, han encontrado un amplio apoyo más allá de los estratos acomodados del mundo rural. A pesar de que la clase y la casta divide a todo el campesinado, el giro neoliberal ha creado una apertura para que se produzcan alianzas entre clases y entre castas en el sector agrario. Y con la intervención de los sindicatos que sintonizan con las necesidades de los sectores más explotados —trabajadores agrícolas, propietarios marginados, castas oprimidas— los movimientos campesinos podrían verse presionados a demandar un cambio más radical.

La presencia de sectores más ricos en estos movimientos, por lo tanto, debería ser vista menos como una barrera insuperable a la organización de la izquierda que como un desafío a abordar con flexibilidad y atención, teniendo en cuenta los cambiantes vientos económicos y políticos. Durante los años recientes, la izquierda ha adoptado este tipo de enfoque sobre la organización agraria; a pesar de su decreciente fortuna electoral, el Partido Comunista de India (Marxista), o CPM, jugó un rol importante en una masiva marcha campesina que se desarrolló en 2018, la cual ayudó a abrir la puerta a la ronda actual de protestas campesinas militantes.

Incluso en la esfera electoral, los partidos comunistas están mostrando una flexibilidad y una inteligencia política similares, al menos en algunos lugares. Durante las últimas elecciones en el estado de Bihar, no solo los principales partidos comunistas (el CPM y el Partido Comunista de la India, o CPI), sino también el CPI (ML) Liberación —un partido que hunde sus raíces en el movimiento de inspiración maoísta Naxalbari, y que ganó experiencia dirigiendo luchas bastante violentas en contra de los regresivos sistemas de propiedad y de explotación—, entraron en una coalición electoral con otros partidos anti-BJP.

La flexibilidad no siempre fue el fuerte de la izquierda india. En 1996, en un evento que sigue siendo denominado como el «error histórico», luego de que las elecciones nacionales concluyeron en un parlamento indeciso, el CPM rechazó la oferta de designar al primer ministro en una coalición anti-BJP. Por lo tanto, las recientes elecciones de Bihar representan un punto de partida renovado.

Evitando la pureza ideológica, los tres partidos comunistas se unieron a una coalición dirigida por Tejashwi Yadav del Rashtriya Janata Dal (RJD) regional, un partido que ha intentado consolidar el voto de las clases más bajas en el estado apelando a un mensaje de justicia social. Yadav se rehusó a dejar que el BJP estableciera los términos del debate en torno a una línea hinduista nacionalista, poniendo el eje en cambio en las necesidades reales frente a las cuales el BJP no ha dado ninguna respuesta, especialmente en lo que concierne al empleo. Este mensaje resonó en el electorado de Bihar, como así también en las campañas de los partidos comunistas.

Al final, la coalición del BJP terminó ganando las elecciones, en parte porque la campaña de Yadav, a pesar de ser muy popular, tardó mucho tiempo en despegar. Aun así, los partidos comunistas, y especialmente el CPI (ML) Liberación, tuvieron un desempeño excepcional. Este último conquistó doce de los diecinueve de los escaños que disputó.

Hay quienes atribuyen este resultado al pragmatismo del que dio cuenta la izquierda al unirse a una coalición popular en contra del gobierno actual, pero también hay quienes apuntan a la profunda inserción y a la dedicación militante, especialmente en el caso del CPI (ML) Liberación. Si bien el partido abandonó su carácter subterráneo para entrar en la política electoral, todavía mantiene conexiones firmes con las bases de los grupos oprimidos junto a los cuales ha luchado durante mucho tiempo.

Entre los partidos comunistas, Liberación se ha adaptado particularmente bien a las cuestiones de casta, en parte porque las luchas que han dado junto al campesinado asalariado han sido simultáneamente luchas por la dignidad de los Dalits, a quienes se considera tradicionalmente como parias o «intocables» y constituyen la gran mayoría del proletariado rural. Tal como observó el líder anticastas Jignesh Mevani, «en las elecciones de Bihar, [Liberación] no propuso ningúnn candidato de las castas más altas, cambiando la noción del liderazgo brahmánico, popular en la izquierda».

Estos destellos de esperanza no implican que el resurgimiento de la izquierda sea inevitable. A pesar de la enorme devastación social, económica y sanitaria que resultó de la pandemia, Modi todavía disfruta de una gran popularidad, en parte porque a diferencia de sus colegas reaccionarios Trump y Bolsonaro, Modi ha aceptado la gravedad de la pandemia, aunque la ha definido como una calamidad natural que está fuera de su control. Esta retórica no solo deja en la sombra las décadas de desinversión neoliberal en el sector de la salud pública —que el gobierno del BJP ha empeorado— sino también el desastroso anuncio de un confinamiento abrupto y corto de miras, que ha dejado en la calle a millones de trabajadores migrantes, forzándolos a hacer penosos viajes de vuelta a sus pueblos de origen.

Pero Modi ha desplegado con mucha habilidad el lenguaje del sacrificio compartido, invocando la mitología hindú y comparando a los ciudadanos y a las ciudadanas que combaten el COVID con los guerreros de la antigua épica Mahabharata. El resultado de las elecciones de Bihar sugiere que su gobierno no ha sido castigado por la gestión de la pandemia, a pesar de que el estado es sede de un gran número de trabajadores migrantes cuyas vidas fueron trastocadas por el repentino confinamiento. Y, al menos en el frente electoral, todavía no emergió a nivel nacional ninguna alternativa al BJP.

Sin embargo, como observó alguna vez la filósofa Isabelle Stengers, «la esperanza es la diferencia entre la probabilidad y la posibilidad». La huelga general, el movimiento campesino, las elecciones de Bihar… todo esto ofrece la posibilidad, cuando no la probabilidad, de presionar en contra del gobierno de la derecha en India, y de navegar a través de las ambigüedades de la política de clases, para poner a punto una coalición por el cambio transformador.

Por Thomas Crowley | 17/12/2020 

Fuente: https://jacobinlat.com/2020/12/13/esto-es-una-revolucion-senor/

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El Sahara Occidental, una excolonia española en disputa

El conflicto entre el Frente Polisario y Marruecos vive su peor momento desde el alto el fuego de 1991

El reconocimiento de Trump a la soberanía marroquí en este enclave en el desierto significa un revés a las aspiraciones independentistas alentadas durante casi medio siglo.

 

 “Más se perdió en Cuba” es la expresión habitual que el riquísimo refranero español encuentra para relativizar cualquier contratiempo de la vida cotidiana. En el imaginario popular, la independencia de la isla en 1898, que puso punto final a lo que durante siglos fue el imperio más poderoso y extendido de la historia, sigue apareciendo como la referencia del final de una época de esplendor colonial que se prolongó durante cuatro siglos y el símbolo de una pérdida irreparable.

Sin embargo, no fue la isla caribeña la última colonia, ni 1898 el año en el que desapareció el postrero vestigio del imperio español. El Sahara Occidental, una vasta extensión desértica de 266.000 kilómetros cuadrados, con una población de medio millón de personas, riquísima en minerales, principalmente fosfato, y con mil kilómetros de costa sobre uno de los caladeros de pesca clave para abastecer a los países europeos, estuvo bajo la administración de Madrid hasta bien entrado el siglo XX. Concretamente, hasta 1975.

En noviembre de ese año, la parte más occidental del desierto del Sahara, delimitada por las fronteras de Mauritania, Argelia y Marruecos, se hallaba en pleno proceso de descolonización y en España la dictadura vivía sus últimos días. El entonces rey marroquí, Hassan II, hasta entonces uno de los pocos legitimadores del franquismo en la escena internacional, entendió que el vacío de poder que creaba el estado de salud de Francisco Franco, que moriría el 20 de ese mes, le ofrecía una oportunidad para expandirse hacia el sur y apoderarse de los recursos del territorio hasta entonces gobernado por España.

El 3 de noviembre de 1975, 350.000 civiles marroquíes movilizados por la corona iniciaron lo que se conoció como la 'marcha verde'. Ante la impotencia de la entonces potencia colonial, entraron en el Sahara Occidental, que acabó en su mayor parte anexionada por Marruecos. Mauritania hizo lo mismo e invadió desde el sur. La mayoría de la población autóctona huyó de la franja costera hacia el desierto, en dirección al Este y se instaló en campamentos cercanos a la frontera con Argelia, país que desde entonces ha respaldado su reivindicación de recuperar el hogar perdido.

España se retiró en medio de un silencio tan estruendoso que el episodio ni siquiera encontró hueco en el refranero popular. Desde entonces, la diplomacia española se ha debatido entre la obligación de defender el derecho a la autodeterminación del pueblo antiguamente colonizado y la necesidad de mantener buenas relaciones con Marruecos, el siempre conflictivo vecino del sur cuya capacidad para cerrar y abrir el grifo de la inmigración ilegal supone un arma de gran poder de fuego diplomático. Históricamente, a cada gesto de respaldo español a las aspiraciones del pueblo saharaui le ha seguido una llegada masiva de inmigrantes a las costas mediterráneas del país ibérico, con el consiguiente conflicto interno que eso supone para la administración española.

El Frente Polisario de Liberación Nacional, una organización que había nacido en 1973 bajo la inspiración de las revoluciones anticoloniales africanas, especialmente la argelina, para luchar por la independencia del Sahara Occidental, proclamó al año siguiente de la invasión la República Árabe Saharaui Democrática y entró en guerra con Mauritania y con Marruecos, conflictos en los que sólo encontró el respaldo de Argelia y Cuba.

Con Mauritania alcanzó un acuerdo de paz en 1979, pero el conflicto armado con Marruecos se ha prolongado hasta hoy. En 1980, los marroquíes iniciaron con asesoramiento técnico israelí y financiación de Arabia Saudí la construcción de un muro de 2.700 kilómetros en el desierto, que se sembró de radares y minas antipersonas, para protegerse de las incursiones del Polisario y que se mantiene hasta hoy como símbolo de la ocupación de la corona alauita, que mantiene desplazada a la zona una fuerza militar de 100.000 hombres.

No fue hasta 1991 cuando tras una mediación internacional ambas partes alcanzaron un alto el fuego y firmaron un acuerdo que incluía como punto sustancial la celebración de un referéndum de autodeterminación que Marruecos nunca se avino a convocar.

No obstante, los esfuerzos diplomáticos marroquíes por conseguir reconocimiento internacional a lo que considera sus provincias del sur siempre chocaron con el criterio de Naciones Unidas, según la cual el Sahara Occidental es uno de los escasos territorios pendientes aún de descolonizar. Hasta la pasada semana, cuando Donald Trump reconoció la soberanía marroquí a cambio de que el reino alauita estableciera relaciones plenas con el Estado de Israel, ningún país occidental consideraba a este territorio como parte de Marruecos. La decisión del mandatario saliente en la Casa Blanca da un giro inesperado a un conflicto que lleva casi medio siglo enquistado y que en el último mes ha visto recrudecido uno de los conflictos bélicos más invisibilizados del mundo.

El pasado 13 de noviembre, tras esperar durante casi 30 años el cumplimiento del acuerdo que dio lugar al alto el fuego, el Polisario retomó sus acciones bélicas. Lo hizo después de que el Ejército de Marruecos penetrara en la zona desmilitarizada del Guerguerat, en la parte sur del territorio, junto a la frontera con Mauritania, para expulsar a unos 50 civiles saharauis que en una acción de protesta pacífica bloqueaban la carretera de acceso a ese país y reclamaban la celebración del referéndum. Desde entonces se han producido enfrentamientos armados entre el Frente y el ejército marroquí sobre los que las informaciones suministradas por una y otra parte difieren en el número de bajas. En todo caso, el Frente considera roto el alto fuego acordado en 1991.

El Frente Polisario controla aproximadamente un 20 por ciento del territorio, el situado en la parte oriental, junto a la frontera con Argelia, donde desde hace más de cuatro décadas malvive buena parte de la población autóctona hacinada en campamentos de refugiados sostenidos gracias a la ayuda internacional y de organizaciones no gubernamentales, la mayor parte españolas. Ahora, con la decisión adoptada por Trump y el recrudecimiento de la guerra, un eventual acuerdo de paz que les permita volver a su tierra después de más de 40 años parece estar más lejos que nunca. 

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Los alcances no imaginables ni sustentables de la mordaza

Nuevamente nuestra Comunidad de Paz de San José de Apartadó, apoyándonos en nuestras convicciones insobornables, recurrimos al país y al mundo para compartirles lo que estamos viviendo y dejar constancias de ello. Lo hacemos porque durante varias décadas nuestras denuncias y clamores nunca han sido escuchados por las instituciones que tienen obligación de protegernos y porque los principios más esenciales de una democracia incluyen el derecho a la libre expresión y a la denuncia, como lo han declarado todos los órganos de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos que han tenido por misión definir los derechos fundamentales del ser humano.

En las últimas semanas hemos vivido y conocido lo siguiente:

  • El domingo 15 de noviembre de 2020en horas de la noche, según las informaciones a las que tuvimos acceso, se presentó una contienda en un establecimiento público del centro urbano de San José, protagonizada por paramilitares armados. Los policías que realizaron allí un allanamiento dijeron que allí había “armas de fogueo o tramadoras”, pero quienes estaban cerca reconocieron que eran armas de fuego utilizadas por los paramilitares y además afirmaron que la policía les había devuelto las armas a dos personas, conocidas como “DEINER” y “SEBASTIÁN”, reconocidos paramilitares de Nuevo Antioquia, corregimiento  del municipio de Turbo. En la contienda resultó herido un campesino. Lo más preocupante es escuchar cómo se incautan armas y muchas veces, como supuestamente en este caso, la policía se las devuelve a sus dueños y éstos no son capturados sino dejados en plena libertad, lo que reconfirma, una vez más, la cercanía y coordinación entre paramilitares y fuerza pública. Según los mismos testigos, unos días después los paramilitares habrían buscado a las personas involucradas en la contienda de esa noche y les habrían entregado sumas de dinero (según se dice, de un millón de pesos) al parecer para que no dijeran nada de lo que había ocurrido allí esa noche.
  • El miércoles 18 de noviembre de 2020, en horas del día, abogados amigos nos hicieron llegar el texto de la Sentencia T-342/20 de la Corte Constitucional, en la cual se revisa la acción de tutela que la Brigada XVII había interpuesto contra nuestra Comunidad de Paz el 28 de septiembre de 2018, alegando que nuestras Constancias vulneraban su derecho al buen nombre. La Sala de Revisión de la Corte, compuesta por los magistrados ALEJANDRO LINARES, ANTONIO JOSÉ LIZARAZO y LUIS GUILLERMO GUERRERO, éste último quien actuó como ponente y ya se retiró de la Corte, concluyó declarando que el derecho de los militares al buen nombre había sido vulnerado por nuestras denuncias, pues éstas “no tienen respaldo en decisiones judiciales condenatorias en firme”.  

Quienes representaron a la Corte en esta ocasión, con una visión opuesta a la de los magistrados que en años pasados defendieron los derechos de nuestra Comunidad de Paz en las sentencias  T-249/03;  T-327/04; T-1025/07 y en los Autos 034/12; 164/12 y 693/17, también pasaron por alto reiteradas jurisprudencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, declaraciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas y el escrito que le dirigió a la misma Sala de Revisión el Relator de las Naciones Unidas sobre la Libertad de Expresión, refiriéndose a esta tutela del ejército y en la cual afirma tajantemente que: “Un sistema democrático y plural requiere que los funcionarios públicos y su gestión estén expuestos a un alto nivel de control. Por lo tanto, las autoridades deben tener una mayor tolerancia frente a estas expresiones por más chocantes, desagradables o perturbadoras que sean y abstenerse de imponerle limitaciones y proteger a quienes las emiten”.

Pero un análisis más de fondo de esa sentencia deja en claro que la Sala de Revisión se apartó en muchos puntos de la jurisprudencia defendida durante muchos años por la misma Corte Constitucional, especialmente en su punto central que consiste en darle prevalencia alderecho al buen nombre de una institución sobre el “derecho a la libre expresión de las víctimas. Una larga y abundante jurisprudencia de la Corte Constitucional ha definido que el “buen nombre” (o “reputación”) es algo que se conquista con el buen comportamiento, ganándose el aprecio de la sociedad y no como algo ligado a un cargo o a decisiones judiciales o abstractas, por ello insiste en que el buen nombre no existe cuando no se da ese aprecio social construido con el comportamiento y por lo tanto es imposible defender un derecho a algo que no existe. Y en el caso de la Brigada XVII lo que sí existe es una larga y abundante cadena de quejas y condenas por violación de derechos humanos y comisión de crímenes contra la humanidad, registrada en las Cortes nacionales e internacionales (incluso en sentencias penales de la Corte Suprema de Justicia), donde aparece como crimen recurrente y permanente la estrecha relación con grupos paramilitares, todo lo cual hace más inexistente el “buen nombre”, y lo que no existe no se puede defender.

Esta sentencia desconoce y contradice también la larga jurisprudencia de la Corte Constitucional sobre la prevalencia del Derecho a la Libre Expresión y sobre las normas que rigen los casos muy limitados de tutelas contra particulares o que pretenden defender derechos de entes jurídicos o estatales. Al modificar sustancialmente los criterios de interpretación del concepto de “buen nombre” (negando su esencia de relación con el comportamiento, que produce aceptación en la sociedad) y separarse y contradecir las jurisprudencias de larga trayectoria sobre este y otros conceptos, refrendadas por la Corte en Pleno, esta Sala y esta Sentencia incurren en nulidad e invalidez. Si hubieran querido modificar los criterios de interpretación de todos estos conceptos, hubieran tenido que reunir a la Corte en Pleno y lograr su aprobación, lo cual no hicieron y por lo tanto sus decisiones son nulas. Nuestra Comunidad de Paz ya ha solicitado  que se declare su nulidad.

No podemos sino lamentar la degradación tan grande a que han ido llegando nuestras instituciones jurídicas, que ya no ofrecen ninguna credibilidad a las víctimas.

  •  El sábado 21 de noviembre de 2020, en horas de la noche, fue hallado muy mal herido el señor ELIÉCER MORALES en la carretera que de San José conduce a Apartadó, muy cerca del paraje conocido como Caracolí, de la vereda La Victoria. Algunas versiones le atribuyeron los golpes a una caída de la mula en que se transportaba pero otras versiones hablan de un atentado contra su vida, el cual le causó la muerte pocos días después en el hospital.
  • El domingo 22 de noviembre de 2020en horas de la mañana, en la vereda La Unión falleció el campesino REINALDO AREIZA DAVID, al parecer por ingerir licor adulterado lo que se sumó a golpes graves ocasionados por varias caídas de la bestia. Reinaldo había sido integrante de nuestra Comunidad de Paz desde su fundación en 1997 y había ejercido un fuerte liderazgo, tanto como miembro del Consejo Interno como en el asentamiento de La Unión. En uno de nuestros momentos más dolorosos denunció con valentía, ante la Cámara de Representantes, la masacre de nuestros líderes y niños en las veredas Mulatos y Resbalosa el 21 de febrero de 2005; allí fue suciamente atacado y calumniado por el congresista ex militar Jaime A. Cabal y por varios generales de la cúpula militar. En enero de 2009 el Coronel GERMÁN ROJAS DÍAZ, comandante de la Brigada XVII, lo contactó a través del paramilitar Wilfer Higuita para exigirle que le ayudara a destruir la Comunidad de Paz, y si no aceptaba, sería sometido a un proceso penal con testigos falsos, ya fuera como líder guerrillero o como narcotraficante. Reinaldo se resistió al chantaje y lo denunció, lo que enardeció las furias de los militares y paramilitares quienes lo persiguieron en adelante, hasta llegar a quemarle su casa. Sus problemas lo llevaron a la adición al licor, lo que lo obligó a retirarse de la Comunidad por no poder cumplir con ese aspecto del Reglamento, sin que fueran suficientes los esfuerzos para que cambiara de vida. La Comunidad lamenta profundamente su muerte.  
  •  El lunes 23 de noviembre de 2020, en horas del día, nos llegaron informaciones de que en las veredas El Porvenir y Las Nieves, de San José de Apartadó, los paramilitares están exigiéndole a cada familia campesina una suma de (200.000) doscientos mil pesos para darles regalos navideños a los niños. Esta es una de las manifestaciones del dominio y control abusivo que los paramilitares quieren tener de toda la población civil, de su economía y de su vida común, bajo el chantaje de las armas.
  • El viernes 27 de noviembre de 2020en horas del día, en la vereda La Resbalosa, en el punto conocido como La Despabiladora, fue visto un grupo de paramilitares fuertemente armados y a poca distancia de ellos un helicóptero de la empresa EPM descargando postes y materiales eléctricos. Hay que recordar que estos paramilitares, en el año 2018, electrificaron parte de las veredas La Resbalosa, Naín, La Resbalosita, Baltazar, Alto Joaquín, entre otras, del departamento de Córdoba en límites con Antioquia. Ahora supuestamente la empresa EPM busca legalizar todas estas redes que los paramilitares colocaron con dineros que forzadamente les extrajeron a los campesinos de esas veredas.  
  • El sábado 28 de noviembre de 2020, en el punto conocido como La Máquina,  de la vereda Arenas Bajas, de San Jose de Apartadó, fue visto un grupo de paramilitares con armas largas y al parecer estuvieron allí por varios días. 
  • En  la última semana de Noviembre de 2020 circularon informaciones según las cuales los paramilitares se estarían coordinando con la Fiscalía, supuestamente para obtener informaciones sobre quién va hasta allí a hacer denuncias en su contra y también para controlar más estrictamente a quienes buscan suministrar informaciones a nuestra Comunidad de Paz. Este escenario nos recuerda episodios de años anteriores en que muchas víctimas se acercaban a la Fiscalía a presentar denuncias o a realizar otras diligencias y luego era evidente que esa información aparecía en manos de los paramilitares quienes tomaban represalias por las denuncias o atentaban contra la vida de víctimas de montajes. Nos viene a la memoria lo sucedido, por ejemplo, el 22 de septiembre de 2010, cuando fueron citados a la Fiscalía 4 jóvenes que ya habían sido procesados por las mismas acusaciones, violando la prohibición judicial de realizar dos o más procesos por los mismos cargos. La Defensoría se negó a acompañarlos y al salir de la Fiscalía, ya de noche, en el camino fueron atacados a bala por los paramilitares, quedando herido Alonso Valle y logrando escapar Jorge Luis Higuita y José Albeiro David. Otros vinculados al mismo proceso, como John Kennedy Higuita y Bernardo Ríos, fueron asesinados en los meses siguientes; a Alonso Valle no le quisieron sacar la bala en el hospital y él mismo tuvo que sacársela con un cuchillo. Todo indicaba coordinación entre Fiscalía, paramilitares, Defensoría y Hospital, para contribuir a la muerte de estos jóvenes, en cuyos procesos judiciales se cometieron numerosos delitos procesales.
  • En la primera semana de diciembre de 2020 circularon informaciones según las cuales los paramilitares están implementando nuevos planes de reclutamiento de miembros de su estructura con el atractivo de pagos más altos. Los paramilitares alias “RENÉ”, “JESUSITO” y “SAMUEL”, este último quien actuó como comandante en veredas de Córdoba y luego ha sido enviado a la zona de La Unión, El Porvenir, Las Nieves, La Esperanza, Arenas Bajas, Arenas Altas y veredas aledañas, estarían motivando mediante incentivos económicos a paramilitares desanimados por la muerte de sus comandantes, para que regresen a la acción. En el caso del paramilitar conocido como “RAMIRO”, presente en la vereda La Unión, quien es a la vez hermano del comandante “SAMUEL”, se sabe que estuvo presente el día en que dentro del operativo “AGAMENON 2” fue asesinado su comandante conocido como “PUEBLO” o “PUEBLITO” en una vereda del municipio de Mutatá, Antioquia, y según versiones, desde entonces se encontraba aislado. Por muchos esfuerzos que el gobierno haga por tapar el creciente desarrollo del paramilitarismo, su actividad criminal y su apoyo aquiescente por parte de la fuerza pública, le queda imposible “tapar el sol con las manos”,

Nuevamente agradecemos a las personas y comunidades que en diversos sitios del país y del mundo, desde sus convicciones más íntimas nos han acompañado en estos más de 23 años de Comunidad de Paz y que a pesar del aislamiento por la pandemia siguen presionando cada día al gobierno colombiano para que no destruya nuestras vidas ni nuestro patrimonio y legado. Nuestra sincera gratitud por seguir este proceso de defensa de la vida y que además nos anima moralmente a seguir defendiendo nuestros principios.

Comunidad de Paz de San José de Apartadó

Diciembre 13 de 2020

Publicado enColombia
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