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El papel de las mujeres en la historia de la ciencia

En una época donde la igualdad en el laboratorio está más cerca que lejos, la cultura revisa el arrinconado papel de las mujeres en la historia de la ciencia


En el otoño de 1940, mientras el antisemitismo daba dentelladas, Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909-Roma, 2012) fabricaba instrumentos artesanales para rehacer en su habitación un laboratorio donde continuar con la investigación que las leyes raciales de Mussolini habían truncado. Ante cada bombardeo británico, protegía su vida tanto como la del microscopio binocu¬lar Zeiss que se llevaba al refugio. En la montaña, donde se ocultó con su familia, peregrinó por granjas para conseguir huevos que le proporcionasen embriones para el experimento y tortillas para sus estómagos, por este orden. Y ni siquiera fueron las horas más angustiosas que vivió durante la guerra, cuando ejerció la medicina con tal impotencia ante la avalancha de muertos que renunció de por vida a la práctica clínica.


Años después, al revivir aquellas horas para sus memorias Elogio de la imperfección (Tusquets), afirmaría que siguió adelante con sus trabajos mientras el mundo se derrumbaba gracias a “la desesperada y en parte inconsciente voluntad de ignorar lo que ocurre, porque la plena consciencia nos habría impedido seguir viviendo”. Aquellos estudios desarrollados a contrapelo acabarían en un descubrimiento, el factor de crecimiento nervioso (NGF), que le daría en 1986 el Nobel de Medicina.


Un asunto, el del Nobel, al que ella dedica dos escuetas alusiones en sus memorias. Lo importante estaba en otra parte. En el consejo que un colega le dio en uno de aquellos días apocalípticos: “No se dé por vencida. Monte un laboratorio y siga trabajando. Recuerde a Cajal, y cómo en la ciudad soñolienta que debía ser Valencia a mediados del XIX sentó las bases de lo que conocemos del sistema nervioso de los vertebrados”.


No darse por vencidas pese a que todo, el contexto también, invitaba a hacerlo. La clave que convierte en historias épicas las trayectorias de las mujeres que dieron a la ciencia más de lo que la ciencia les reconoce reside en un heroico afán de superación. En una inteligencia portentosa protegida por una coraza de galápago para sobreponerse a los abucheos, las burlas, la explotación salarial o la apropiación indebida de sus ideas. Contra la visión de que la ciencia era un reducto de hombres, emergen cada vez más biografías y películas de esas aventureras del conocimiento (desde 2009:Ágora, El viaje de Jane, Temple Grandin, Figuras ocultas o Marie Curie).


Pocas, sí. Pero tan silenciadas que no existían hasta que en las últimas décadas, acompañando a la irrupción masiva de mujeres en el laboratorio y al impulso de los estudios de género, aflora una relectura que pone algunas cosas (y personas) en su sitio: desde la paleontóloga Mary Anning (1799-1847), que renovó el conocimiento de la prehistoria con sus descubrimientos de fósiles de dinosaurios (y silenciada por ser mujer, pobre y no anglicana, en el orden que quieran), hasta la matemática Ada Lovelace (1815-1852), considerada precursora de la programación informática.


Claro que si el Nobel es la cúspide para medir la excelencia, solo 48 mujeres han tocado el cielo. Un raquítico 5% de los 881 premiados (excluidos organismos) desde que se entregan en 1901. Tampoco las estadísticas domésticas invitan al jolgorio: los principales premios científicos concedidos hasta 2015 en España (Princesa de Asturias, Nacionales, Jaime I y Frontera-¬BBVA) han ido a manos de hombres en el 89% de las ocasiones, según datos de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT).


Los honores no resisten una revisión crítica de su historia. La trastienda del Nobel está repleta de pelusa sexista. Tres ejemplos. La austriaca Lise Meitner, pese a su papel en el descubrimiento de la fisión nuclear, es excluida en 1944 del Nobel de Física, entregado a su colaborador ¬Otto Hahn (otra alegría que sumaba la judía Meitner después de haber tenido que huir del Berlín nazi). Rosalind Franklin y su famosa Fotografía 51, donde se aprecia la doble hélice del ADN por la que pasarían a la historia James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins, que se valieron de la imagen sin reconocer a su autora. O la irlandesa Jocelyn Bell, que descubrió los púlsares con 24 años, mientras realizaba su doctorado. Tanta precocidad perturbó a la Academia, que distinguió con el Nobel a sus superiores.


A este rescate histórico se suma ahora la exposición Mujeres Nobel, dedicada a algunas de las ganadoras. Una lista que inauguró Marie Curie en 1903 y de momento cerraron en 2015 la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich (Literatura) y la científica china Youyou Tu (Medicina). Detrás de cada una coinciden a menudo la voluntad, la modestia y el humanismo. Si Levi-Montalcini ejerció la medicina clandestinamente durante la Segunda Guerra Mundial, Marie Curie (Nobel de Física y Nobel de Química) creó un servicio móvil de atención radiológica, los petit curie, para facilitar la extracción de metralla a los heridos en la Primera, ayudada por su hija Irène, futura Nobel de Química en 1935.

“Preocupada por la posibilidad de que alguna vez el conductor no estuviese disponible, aprendió a conducir y también la mecánica imprescindible”, cuentan en la biografía Ella misma (Palabra) Belén Yuste y Sonnia L. Rivas-Caballero, también comisarias de la exposición, que han organizado el CSIC y el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Marie Curie es probablemente la científica más admirada. Fue también una de las más atacadas por su vida personal (su supuesta relación, ya viuda, con Paul Langevin, ya casado), utilizada por la prensa sensacionalista con la saña de las redes sociales de hoy. El mito Curie, sin embargo, pudo con todo, incluida la apertura de las puertas del Panteón de Hombres Ilustres de Francia en 1995. Un modelo que llevó a la niña Joaquina Álvarez a saber de qué iría el futuro: “Me regalaron un libro sobre ella y me dije: ‘Yo quiero hacer esto, saber cómo funciona el mundo, y más o menos lo he conseguido, pero siempre he sido minoría. Y cuando eres minoría, no te escuchan, te ignoran y casi siempre estás sola”. La geóloga Álvarez, que investiga en Taiwán los procesos que influyen en la formación de cordilleras, preside la AMIT, la organización que desde 2002 lucha por una ciencia libre de discriminación. Y aunque hay señales optimistas —tantas mujeres como hombres leyendo tesis—, se mantiene el predominio masculino en la cima de la carrera científica española.


En Europa se cita el 2000 como punto y aparte. Se presenta ese año el informe ETAN sobre Mujeres y Ciencia, un alarmante compendio de desigualdades en los países comunitarios. “La brecha de género afecta al PIB. Una sociedad no puede permitírselo, como tampoco se puede permitir la esclavitud, porque significa perder talento”, sostiene Pilar López Sancho, presidenta de la Comisión Mujeres y Ciencia del CSIC. En 2015 promovió la entrega de la medalla de oro del organismo a Jocelyn Bell, la descubridora de los púlsares. Pensó que era la primera mujer en recibirlo. Su estupor fue mayúsculo al descubrir que había un precedente que ignoraba. “La primera en recibir la medalla fue Rita Levi-Montalcini, pero en vez de en el salón de actos, se le dio en una salita pequeña y no se hicieron fotos. Pasó desapercibido. El colmo es que le den la medalla y no se sepa”.


La periodista Dava Sobel reconstruyó en El universo de cristal (Capitán Swing) la insólita experiencia del Observatorio de Harvard, que en 1893 alcanzaba la paridad: el 42,5% de los ayudantes eran mujeres. Hasta ahí lo bueno. “A veces me siento tentada de abandonar y dejar que pruebe poniendo a otra o a algún hombre a hacer mi trabajo, para que así se dé cuenta de lo que está obteniendo conmigo por 1.500 dólares al año, comparado con los 2.500 que recibe cualquier otro ayudante (hombre). ¿Piensa alguna vez que tengo un hogar que mantener y una familia que cuidar al igual que los hombres?”, se quejaba Williamina Fleming, una escocesa que entró como sirvienta en la casa del director del Observatorio, Edward Pickering, y acabó como conservadora oficial de fotografías astronómicas de Harvard.


Además de la complicidad de Picke¬ring, las investigadoras se beneficiaron de otra circunstancia: la financiación del Observatorio dependía de la filántropa Anna Palmer Draper, viuda del astrónomo Henry Draper. Para la historia también quedó constancia de la incomodidad que suscitaban las astrónomas en el presidente de Harvard: “Siempre pensé que el cargo de la señora Fleming era un tanto anómalo y sería mejor no convertirlo en una práctica regular otorgando a sus sucesoras el mismo cargo”.

El estudio del cerebro y sus aplicaciones

El estudio del cerebro apunta directamente a conocer su estructura y funcionamiento, algo sobre lo cual, si bien la ciencia ha ganado un amplio terreno, es demasiado lo que falta por conocer.

 

Uno de los programas de investigación científica de más largo alcance de punta hoy es el estudio del cerebro. De un lado, por ejemplo, encontramos la Brain Initiative en Estados Unidos, y de otra parte, en la Unión Europea, el Human Brain Project.

La psicología, las ciencias cognitivas, las ciencias del comportamiento, las neurociencias y las tecnologías aplicadas a las mismas: cinco áreas perfectamente entrecruzadas entre sí, y de una importancia estratégica desde varios puntos de vista.

El estudio del cerebro apunta directamente a conocer su estructura y funcionamiento, algo sobre lo cual, si bien la ciencia ha ganado un amplio terreno, es demasiado lo que falta por conocer. Al fin y al cabo, la condición mínima a partir de la cual los seres humanos hacen algo o dejan de hacerlo es el conjunto de sus creencias, temores, ilusiones, deseos, fantasías, frustraciones, angustias y relaciones con el entorno y con el mundo circundante. Es en el cerebro donde se incuban todas estas instancias.

Pues bien, a partir de, en relación con, las iniciativas y proyectos e investigación sobre el cerebro han emergido algunos campos singulares directamente vinculados o extensiones de las investigaciones en curso. Los más importantes de estos campos son los siguientes:

Neuropsicología: Estudia las relaciones entre los procesos mentales y los comportamentales, directamente vinculados con el conocimiento del cerebro. El neuropsicólogo elabora el diagnóstico y tratamiento de los problemas cognitivos, de comportamiento y emocionales que pueden ser el resultado de procesos en el cerebro.

Neuroética: Originariamente vinculada a la bioética, la neuroética consiste en el estudio de los valores, principios y comportamientos éticos y no éticos que tienen los individuos, de modo que puedan elaborarse diagnósticos y explicaciones acerca de por qué y cómo determinados individuos y colectividades actúan con base en tales criterios éticos, o bien en aquellos otros. No en última instancia, se trata de conocer los valores éticos y morales que se anidan en el cerebro de grupos y sociedades.

Neuroderecho: El sentido de una acción estaría anidado en el cerebro. Así, se trata de estudiar por qué existen patologías jurídicas, comportamientos ilegales, comportamientos antiéticos y tendencias a subvertir la ley con una u otra justificación. El neuroderecho permite conocer y anticipar conductas delictivas a partir del estudio del funcionamiento del cerebro en determinados ámbitos sociales, económicos, religiosos o militares.

Neuromarketing: ¿Por qué hay un tipo de consumidores y no otros? ¿Por qué hay ciertas preferencias y cómo y por qué cambian? ¿Cómo son los sentidos afectivos y emocionales que permiten el consumo o lo inhiben? ¿Cómo surgen y se mantienen los gustos de las personas? Estos son algunos de los ejes del neuromarketing. Todo a partir de determinados estímulos de mercadeo —combinados con propaganda, publicidad y diseño.

Neurociencias sociales: De entrada, este grupo de ciencias, o enfoque, se concentra en la interface entre el sistema biológico de los seres humanos y sus comportamientos, poniendo énfasis en las relaciones entre el sistema hormonal y el sistema neurológico. De esta suerte, el cruce entre afectos y emociones, conjuntamente con procesos cognitivos y mentales, se erige como basamento para la comprensión del mundo social. Más puntualmente, el interés radica en la forma como los comportamientos sociales están marcados o influidos por el sistema inmune, el sistema endocrino, los procesos de metabolización y los aspectos mentales e intelectuales.

Neuroeducación: Establecer por qué hay individuos y grupos que aprenden rápidamente y otros más lentamente es el objeto base de las preocupaciones de la neuroeducación. De esta suerte, el aprendizaje y la didáctica deben poder encontrar en las neurociencias (funcionamiento del cerebro) las razones mismas de la pedagogía. En ninguna área es tan evidente que el aprendizaje y el funcionamiento del cerebro forman un todo integrado que habrá de determinar las capacidades, las habilidades y las destrezas de los estudiantes o aprendices.

Neuropolítica: Una de las áreas más sensible de las aplicaciones de las ciencias neurológicas que la política en general. Esto, todos los gestos, gustos, comportamientos e ideas acerca de poder, alianzas, relaciones, aceptación del statu quo, rechazo del mismo, y otros aspectos concomitantes. En una palabra: quién es amigo del sistema y quién no lo es, tanto como quien podría no serlo. La ciencia de grandes bases de datos, el uso de las tecnologías sociales, internet y machine learning, las redes sociales y las tecnologías de comunicación (celulares, etc.) resulta capital en este plano. La idea aquí no es tanto diagnosticar comportamientos, como leer la mente de los usuarios y ciudadanos y entonces anticipar comportamientos.

Existe, naturalmente, una muy fuerte imbricación entre los campos antes mencionados. Y si en todos el uso de las nuevas tecnologías es determinante, en ninguno lo es como en la neuropolítica. En todos los casos, el afán es finalmente uno solo: conocer el cerebro para controlar comportamientos; conocer el cerebro para predecir conductas.

¿El cerebro? Una observación puntual se impone. En realidad, los seres humanos poseen tres cerebros ensamblados en una sola unidad. Estos tres cerebros son: el reptiliano (emociones), el sistema límbico (sentimientos) y el neocórtex (ideas y conceptos). No es evidente que las grandes, las mejores y las más altas decisiones tengan lugar en el neocórtex.

Vivimos una época que es verdaderamente una bisagra y, en ella, el estudio del cerebro resulta estratégico desde muchos puntos de vista. Asistimos apenas a los primeros atisbos de lo que se viene por delante.

Miércoles, 22 Marzo 2017 07:03

¿Qué hace el pensamiento abstracto?

¿Qué hace el pensamiento abstracto?

El pensamiento abstracto nos acerca a las humanidades y a las artes, en el sentido más amplio pero fuerte de la palabra. Por lo demás, los símbolos nos acercan a las naturaleza, mientras que los conceptos parecieran alejarnos de ella.


Cinco formas particulares, hoy en día, del pensamiento abstracto son: la(s) lógica(s), la(s) matemática(s), la filosofía, la física teórica y la química pura. Ciertamente que existen campos aplicados y experimentales en ellos —la ética empresarial; o las matemáticas financieras; o la nanotecnología; o la química farmacéutica, por ejemplo—, pero cuando son estudiadas sin intereses inmediatos de aplicación o experimentación conllevan numerosas ventajas.


El pensamiento abstracto nos permite simbolizar el mundo y la realidad, y es esa capacidad de referirnos al mundo y a la realidad en términos simbólicos lo que otorga una enorme ventaja selectiva a unos seres humanos sobre otros, a unos grupos y sociedades sobre otras.


Pues bien, sorpresivamente, la capacidad de simbolizar el universo y la realidad nos abre las puertas, de par en par, con las artes; esto es, con la poesía y la literatura, con la música y la arquitectura, entre otras. El arte, dicho de manera general, es una interpretación del mundo y la realidad en términos de símbolos. No ya de entidades particulares y singulares. El símbolo siempre remite desde sí mismo más allá de sí mismo. Los objetos, en tanto que cosas, por el contrario, siempre remiten a sí mismos y agotan el mundo en su propia existencia.


Existe, en la historia de la civilización occidental, un movimiento pendular irregular que parte de la inteligencia entendida como nous –esto es, una inteligencia intuitiva–, pero que es relegada a lugares secundarios e incluso negada durante dos mil quinientos años por parte del logos –la inteligencia de palabra y predicativa o proposicional–. El verbo del nous se dice en griego elnoein, y encuentra en Anaxágoras su punto de partida, y en E. Husserl el único referente siguiente. Originariamente, la historia del nous es la historia de la Grecia arcaica, la cual termina hundiéndose en el pasado de las guerras púnicas, y la guerra de Troya. Por su parte, la historia del logos es la que define a la civilización occidental como tal.


El péndulo, si cabe la metáfora, pareciera tender ahora del logos nuevamente hacia el nous, dado el reconocimiento de que la inteligencia no se agota en aspectos estrictamente cognitivos y predicativos, y que, adicionalmente, existe una capacidad de simbolización que, sorpresivamente, acerca a las ciencias y la lógica a las artes y la poesía. La escisión de las dos culturas nunca había sido tan superada como en los últimos lustros, en términos de cultura y civilización.


El pensamiento abstracto es el “trabajo” con variaciones eidéticas, con la imaginación y la fantasía, como con posibilidades, con juegos imaginarios y el permanente planteamiento de situaciones: “qué sucedería si....” (what if).


Dicho de manera directa y escueta, el pensamiento abstracto no es pensamiento proposicional, sino fantasía y juego. Que es lo que menos aparece o existe en el mundo del trabajo –regido por productividad, eficiencia y eficacia, ganancia y emprendimiento, por ejemplo–, como tampoco en la escuela en general, marcada acaso por competencias –argumentativas, interpretativas y propositivas (sic!).


Dicho de forma llana: se puede enseñar el pensamiento concreto, pero sólo se puede aprender el pensamiento abstracto. En consecuencia, el pensamiento abstracto es bastante más que el mero pensamiento conceptual. La verdad es que la primera forma de comunicación, y la más básica forma de entendimiento entre los seres humanos, no sucede a través de juicios, conceptos, enunciados y demostraciones. Por el contrario, se trata de metáforas y símiles, de sinécdoques, anadiplosis y polisíndeton, entre muchos otros. En una palabra, se trata de tropos. Que es la cara oculta del logos y, por el contrario, la cara visible del nous.


Como se aprecia, el pensamiento abstracto nos acerca a las humanidades y a las artes, en el sentido más amplio pero fuerte de la palabra. Por lo demás, los símbolos nos acercan a las naturaleza, mientras que los conceptos parecieran alejarnos de ella.


La buena ciencia no consiste en argumentos, juicios y demostraciones. Desde el punto de vista cultural, la buena ciencia es, ante todo, una buena historia, un buen relato. Nadie puede ser un buen científico si no es un buen narrador; como los abuelos alrededor del fuego, como los buenos amigos con un café o un buen vino. Cuando sentimos que el tiempo no existe, porque el mundo entero es el relato.


Si se ha dicho que el trabajo total es creativo y que no sabe de tiempos ni espacios, es porque el investigador está inmerso en la hybris del conocimiento y el descubrimiento. Pero cuando ello sucede, entonces las distinciones entre pensar e imaginar, entre conocer y vivir resultan abstrusas e insostenibles.
Manifiestamente que las formas primeras, como aparece ante la sociedad el pensamiento abstracto, es en la forma de conocimientos altamente elaborados, en filosofía, en lógica, en matemáticas, en física teórica o en química pura. Pero la verdad es que cuando nos encontramos con teóricos que trabajan auténticamente en estos campos, no nos encontramos muy lejos de atisbos de verdadera sabiduría. Con la observación puntual de que la dificultad está en “auténticamente”.


Hay momentos en los que el conocimiento aparece como erudición (en inglés la palabra hermosa es polymath, cuya etimología se remonta al griego antiguo: se dice de aquella persona que aprende mucho o ha aprendido mucho). (No de aquella a la que le han enseñado muchas cosas). (Por su parte la etimología de la erudición sostiene que se refiere a todo aquel que está por fuera de lo rudo o de lo tosco). Una cosa no es lo mismo a la otra.


En términos de la etimología, en un caso, el pensamiento abstracto nos hace seres cultos y civilizados, que es lo que quiere significar lejos de la rudeza y la tosquedad. En otro caso, el pensamiento abstracto nos permite aprender, aprender constante e incesantemente. Gracias a lo cual nos hacemos libres. Y reconocemos que no hay fronteras entre las artes y las ciencias.

 

Publicado: 20 Marzo 2017

La lucha por la medalla de oro en ciencia, y en filosofía

Hacer ciencia —o filosofía— es una cosa sumamente difícil, porque solo existe medalla de oro. En todas las otras prácticas, oficios, actividades no necesariamente se tiene que ser el mejor.

 

Los griegos antiguos crearon la comedia y la tragedia. El drama fue un invento posterior. Pues bien, la tragedia en ciencia —como en filosofía— es que sólo existe medalla de oro. En ciencia no existe medalla de plata, medalla de bronce, diploma de participación o premio de consolación.

La medalla de oro consiste en que sólo se puede pensar aquello no ha sido pensado, no se puede descubrir aquello que ya ha sido descubierto, y no se puede inventar lo que ya está inventado. Esto significa, literalmente, que en la carrera de la ciencia, sólo gana quien llegue primero. Y como en todas las carreras de largo aliento, ello implica mucha preparación propia, pero también mucha estrategia y conocimiento de los contendores, tanto como considerar imponderables de última hora (el azar).

La historia de la ciencia, de una ciencia y disciplina a otra, está plagada de ejemplos de atletas (del pensamiento y la investigación) que llegaron segundos o terceros y nunca lograron ganar una medalla de oro, que bien hubieran podido merecer. El factor tiempo juega un papel crucial en la investigación y en la publicación de los resultados.

En ciencia, el proceso investigativo permite y exige al mismo tiempo adelantar avances de investigación. Pero dichos avances deben ser de tal índole que la “gran sorpresa” (si existe; cuando existe) no deba ser anticipada con obviedad antes justamente del anuncio de la misma. Esta es una situación difícil, que en la práctica se dice fácil, pero resulta más complicada de llevarla a cabo.

El gran producto de la investigación —latu sensu— debe poder ser adecuadamente ponderado, de suerte que la publicación del mismo, en forma de artículo o de libro, por ejemplo, tenga lugar en el mejor de los momentos y de los canales posibles. Muchas veces es posible anticipar, si no esta línea de acción, sí, por lo menos, el umbral mínimo posible para que ello tenga lugar.

Es aquí exactamente cuando tiene lugar la especificidad de la ciencia, a saber: tiene canales específicos, propios, y hay que saber elegirlos. Es lo que los estadounidenses llaman, apropiadamente, “The right man in the right place”, una expresión que simple y llanamente denota la buena combinación de fortuna y oportunidad con estrategia y disciplina de trabajo.

Existen muchas forma en que se expresa la medalla de oro en ciencia —o en filosofía—, pero la más determinante es la adscripción de un idea original, un descubrimiento anodino o una invención inaudita a alguien. Los premios, si los hay o si los llega a haber, son simplemente el producto derivado del reconocimiento de que “X descubrió que Y”, por así decirlo. O que “la idea A fue originalmente formulada por B”.

Si el gran premio para un artista es un aplauso cerrado y acaso sostenido en el tiempo —y si se puede con ovación y todo—, para los pensadores y científicos el equivalente es el reconocimiento explícito de haber formulado con originalidad una idea, un invento o un descubrimiento.

Desde luego que siempre habrá antecedentes, una historia o prehistoria del logro alcanzado. Ese no es el punto. Cuando alguien es grande, existe explícitamente el reconocimiento de deuda a otros. Como Newton: sobre hombros de gigantes. Aunque claro, siempre pueden haber excepciones a esta regla de nobleza e integridad intelectual (como es el caso propio de Heidegger, o de Habermas, entre otros).

Es suficientemente sabido que el mundo de la ciencia en general es un mundo de grandes egos. Pero una explicación parcial es justamente la medalla de oro que está en disputa. La verdad es que son siempre, por definición, para cada quien, muchos los competidores. Y cada uno mejor que el otro. Con todo y que siempre puede existir o aparecer un “novato” que salga con una idea, invención o descubrimiento que pueda ser sorprendente. Y que es generalmente lo que sucede.

La ciencia no avanza tanto por quienes ya son insiders, sino, muchas veces, por outliers y newcomers, que llegan con bríos, enfoques, aproximaciones y logros que pueden, al traste, lo que otros más avanzados en edad y en trabajo ya habían logrado. También la historia de la ciencia es abundante en ejemplos y casos al respecto.

La peor de las tragedias para un científico o filósofo consiste en el hecho de que un logro propio no se le reconozca como tal. No es ni siquiera que alguien le robe una idea, pues esta clase de fechorías siempre terminan por ser descubiertas. Robos existen todos los días, y malas apropiaciones de ideas. Esto es, casi, pan de cada día. Pero un gran logro es la gran apuesta, por así decirlo, de quien ha dedicado muy largas noches y días a elaborarla y, al cabo, escribirla y publicarla.

Porque, desde luego, la ciencia —como la filosofía— sólo se hacen, desde hace mucho tiempo, escribiendo y publicando. Sólo que hay que saber hacerlo, y este es un arte que se aprende con el tiempo; o con un muy buen golpe de suerte. Que también existe. (En la época laica, la diosa Fortuna ha terminado siendo subvalorada. Casi todas las culturas y civilizaciones clásicas cuentan entre sus dioses al equivalente de la diosa Fortuna. “Suerte”, dirían las gentes hoy en día)

La ciencia —al igual que la filosofía— es un asunto de mucha disciplina y pathos personal. No una cosa más que la otra. Se trata de ese pathos y disciplina que se convierten en un estilo de vida, no simplemente en un trabajo o una labor.

Hacer ciencia —o filosofía— es una cosa sumamente difícil, porque solo existe medalla de oro. En todas las otras prácticas, oficios, actividades no necesariamente se tiene que ser el mejor. Existen legiones de profesores, y los hay muy buenos, excelentes incluso. Y hay también legiones de científicos, inventores, descubridores, pensadores. Aquellos llevan a cabo una labor fundamental, a saber: contribuir a la apropiación social, a la divulgación del conocimiento. Jamás podremos pagar suficientemente la deuda con ellos. Pero es que hay, además, la legión de quienes se dan a la tarea de crear —ideas, conceptos, modelos, teorías, ciencias—. Para éstos sólo hay medalla de oro. Aunque no todos puedan ganársela, e incluso no en franca lid —como juego limpio (fair play).

Fecha: Marzo 6 de 2017

Sábado, 14 Enero 2017 06:05

Alquimia zapatista

Alquimia zapatista

El valor de la palabra es algo que cuidamos mucho. Cuando nos referimos a alguien, no sólo lo nombramos, sino que también nombramos su estar con nosotras, nosotros.


Así decimos “hermano”, “hermana”; pero cuando decimos “compañera”, “compañero” hablamos de un ir y venir, de alguien que no está fuera, sino que, junto nuestro, mira y escucha el mundo y por él lucha.


Menciono esto porque está aquí, junto nuestro, el compañero zapatista Don Pablo González Casanova, quien, como es evidente, es en sí mismo un municipio autónomo rebelde zapatista.


Como está aquí el compañero Pablo González Casanova, voy a tratar elevar el nivel y el rigor científico de mi exposición, evitando toda clase de albures (en grande o en chiquito, presten atención).


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Alquimia. Antes de que agoten su saldo consultando en sus celulares y tabletas qué es “alquimia”, en “Wikipedia”, y que me abrumen con toda clase de definiciones, les aclaro que con esto nos estamos refiriendo a un antecedente, a un paso previo (si es necesario o no, ahí lo vean) a la constitución de una ciencia como tal. O como como decía el finado SupMarcos, “la alquimia es una ciencia enferma, una ciencia invadida por los parásitos de la filosofía, el “saber popular”, y las evidencias que saturan el complejo mundo de la comunicación actual”, según se puede leer en uno de los documentos que dejó a su muerte.


En ese texto, el difunto señalaba que la alquimia no era necesariamente un antecedente de la ciencia en el sentido de la expresión “toda ciencia fue alquimia antes de ser ciencia”, sino que era una no-ciencia que aspiraba a ser ciencia. Dice también que la alquimia, a diferencia de las pseudo ciencias, no construye en base una mezcla de verdades y conocimientos, con evidencias y lugares comunes. La pseudo ciencia, señala, no se acerca a la ciencia, sino que se separa de ella y se convertirá en su enemigo más feroz y con mayor éxito de difusión en una situación de crisis; no constituye una explicación alternativa de la realidad (como sería en el caso de la religión), sino un “razonamiento” que suple, invade y conquista al pensamiento científico, ganándole la batalla más importante en una sociedad mediática: la de la popularidad.
La pseudo ciencia no pretende ni aspira al argumento de la fe, la esperanza y la caridad, sino que ofrece una explicación con estructura lógica que “embauca” a la razón. En sentido llano: la pseudo ciencia es un fraude, propio de la charlatanería que abunda en la academia.


La alquimia, por otro lado, aspira a liberarse, a “curarse”, a “purgar” los parásitos que son los elementos no-científicos.
Aunque reclama para sí el dudoso derecho de la maternidad de las ciencias, la filosofía, autodenominada “la ciencia de las ciencias”, es, siempre siguiendo el texto del difunto, uno de esos parásitos. “Acaso el más peligroso”, continua el fallecido, “porque se le presenta a la ciencia como un consuelo a la afirmación-negación del “no sé” con el que, tarde o temprano, topa la ciencia. El afán por lo racional, lleva a la ciencia a suplir la religión con la filosofía cuando llega a su límite”.


Por ejemplo, si no tuviera capacidad para explicar científicamente el por qué llueve, en lugar de recurrir al argumento de que es dios quien decide la precipitación pluvial, la ciencia preferirá un razonamiento del tipo “la lluvia no es más que una construcción social, con apariencia teórico-empírica, en torno a una percepción aleatoria que se da en el contexto de un continua conflagración entre el ser y el no-ser; no es que te mojes si llueve, sino que tu percepción de “mojarse” es parte fluctuante de una decolonialidad universal”.


Aunque todo esto pudiera resumirse en “muy su pedo de la lluvia si cae o te cae”, la ciencia abrazaría esa explicación ajena, entre otras cosas porque cree, la ciencia, que su capacidad de explicación está en el lenguaje, y no en el poder de posibilitar la transformación de la realidad. “Conocer para transformar” nos dijeron aquí hace unos días. La filosofía le vende con éxito a la ciencia su certificado de legitimidad: “eres ciencia cuando alcanzas una lógica en el lenguaje, no cuando puedes conocer”.


Si vamos más allá, para la “alquimia zapatista”, la ciencia no sólo conoce la realidad y posibilita así su transformación, también el conocimiento científico va “abriéndose camino” y definiendo nuevos horizontes. Es decir, para la alquimia zapatista, la ciencia cumple al llegar continuamente al “falta lo que falta”.


Si, en el pensamiento filosófico y el científico del siglo pasado, las ciencias iban “desmontando” las explicaciones religiosas, ofreciendo un conocimiento comprobable; en la crisis por venir, las pseudo ciencias no se enfrentan a la realidad con una explicación mágica, sino que “invaden” o “parasitan” las ciencias, primero con el objetivo de “humanizarlas”, después con la meta de suplirlas.


Las filosofías se convierten así, ya no en el tribunal que sanciona la cientificidad de acuerdo a la estructura lógica del lenguaje, sino en la explicación genérica, naturista y homeopática, frente a la explicación de “patente”, científica. Para que me entiendan: para la filosofía posmoderna, las micro dosis son la mejor arma contra los grandes monopolios farmacéuticos.


La popularidad de las pseudo ciencias radican en que no es necesaria la formación científica, basta nutrirse en los recovecos del lenguaje, suplir la ignorancia con la pedantería mal disimulada, y las evidencias y lugares comunes con la elaboración lingüística compleja.


Frente a una afirmación del tipo: “la ley de la gravitación universal afirma que la fuerza de atracción que experimentan dos cuerpos dotados de masa, es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa”, la ciencia recurrirá a la observación y la experimentación, mientras la filosofía analizará el razonamiento lógico en el lenguaje.


Otro ejemplo: una aseveración de las Neurociencias, del tipo “una lesión en el área 17 del lóbulo occipital puede causar ceguera cortical o puntos ciegos, dependiendo de la extensión de la lesión”, puede ser comprobada con resonancia magnética funcional, con un electroencefalograma o tecnologías semejantes.


Para esto, claro, fue necesario que la ciencia avanzara hasta poder estudiar el cerebro y explicar sus partes, pero también fue necesario el desarrollo de otras ciencias que permitieron la tecnología para obtener neuroimágenes funcionales.


Cuando, a recomendación de una compa, leí ese excelente texto llamado “El hombre que confundió a su esposa con un sombrero”, del neurólogo Oliver Sacks, pensé que Sacks se había quedado con las ganas de abrirle la cabeza al hombre ése para ver qué pasaba en su cerebro. Aunque yo hubiera preferido abrirle la cabeza a la esposa, para entender cómo podía aguantar que la confundieran de esa forma y no le “arregló” la disfunción a su marido con un buen zape.


Ahora el avance científico tecnológico hará posible estudiar, por ejemplo, lo que ocurre en el cerebro del Gato-perro sin necesidad de abrirle la cabeza.


Sin embargo, frente a una explicación científica del funcionamiento del cerebro, la pseudo ciencia ofrecerá su propia explicación utilizando un lenguaje pretendidamente científico y nos dirá que los problemas que tenemos se deben a que no hemos desarrollado la capacidad del funcionamiento cerebral. Así pululan las teorías de que la inteligencia se mide por el porcentaje de uso del cerebro. Una persona más inteligente es la que usa un porcentaje mayor del cerebro. Por ejemplo, Donald Trump y Enrique Peña Nieto tendrían en común que usan el 0,00001 % del cerebro, mientras que Einstein habría usado digamos el 30%. El éxito de la película “Lucy” no es sólo de taquilla y porque es de Luc Beson y sale mi ex, Scarlett Johansson; es porque permite la aparición de charlatanes que ofrecen cursos para que usted sea más inteligente con “técnicas científicas” para aprovechar al máximo la capacidad cerebral.


Así fue fugaz el éxito de la comercialización de productos con feromonas para atraer al sexo opuesto (“si usted, mi buen, no agarra ni el autobús, no es porque no se despegue de la pantalla de la tv o de la computadora, sino porque no utiliza este jabón-perfume que, al primer uso, verá cómo se le arrojan encima como si usted fuera youtuber, tuitstar, o el meme de moda. Y mire nomás, por esta única vez tenemos esta oferta de 333 por el precio de 2 pero sólo si en los próximos 15 minutos marca el número que aparece en pantalla. Recuerde tener a la mano el número de su tarjeta de crédito. ¿No tiene usted tarjeta de crédito? Mta magre, pues por eso usted no pesca ni un resfriado; no, amigo, amiga, ni las feromonas le servirán. Mejor cambie de canal o póngase a ver videos de caídas graciosas, de las profecías de Nostradums o cosas parecidas que le den material de conversación en la sala de chat de su preferencia).


Pero al relevo está la chambonada de la “capacidad cerebral”, que está supliendo, a las lociones con feromonas, con productos que desarrollan sus capacidades cognitivas y puede ser usted, amiga, amigo, una persona de éxito y aprender pilotaje y reparación de naves interestelares en youtube.


Tal vez este planteamiento, que no es ni moderno ni posmoderno, no sería tan respaldado incluso por [email protected] cientí[email protected], si supieran que uno de sus promotores fue Dale Carniege, con su best seller de superación personal -que data de 1936-, titulado “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”, el libro de cabecera de John M. Ackerman et al.
En resumen, mientras los científicos tratan de confirmar o descartar sus hipótesis sobre cómo funciona el cerebro, los pseudo científicos te venden cursos de gimnasia cerebral y cosas por el estilo.


Y, en general, mientras las ciencias requieren rigor, estudio, teoría y práctica exhaustivas, las pseudo ciencias ofrecen el saber al alcance de un click en ese oscuro objeto del deseo del Gato-perro: el mouse de la computadora.


O sea que la ciencia no es fácil, cuesta, exige, demanda, obliga. Es obvio que no sea popular ni siquiera entre la comunidad científica.


Y luego la ciencia no hace nada por sí misma y le da por romperte el corazón sin ninguna contemplación. A mí por ejemplo, me pasó. Tienen que ser fuertes y madurar para lo que les voy a decir. Siéntense, relájense, póngase en armonía con el universo, y prepárense para conocer una cruda y cruel verdad. ¿Están listos? Bueno, resulta que la moka o moca no existe, no hay tal cosa como un árbol de moka o un mineral de moka. La moka no es una creación de los dioses primeros para aliviar la vida y muerte del SupMarcos. No es el fruto prohibido con el que la serpiente, disfrazada de vendedora de cosméticos rejuvenecedores, engañó a la maldita Eva, quien a su vez sonsacó al noble Adán y se chingó Roma. Tampoco es el grial sagrado, la piedra filosofal que mueve la búsqueda del conocimiento. No, resulta que... la moka es un híbrido o una mezcla o algo así. No me acuerdo de qué con qué, porque, cuando me lo dijeron, me deprimí más que cuando uno de los científicos dijo que el más brillante alquimista no estaba presente, y entonces, lo confieso, me tiré al vicio y a la perdición. Me alejé de las distracciones mundanas y entendí entonces el éxito de las filosofías y las pseudo ciencias en boga actualmente. ¿Para qué vivir si la moka no es sino una construcción del imaginario social? Entonces comprendí mejor a ese filósofo espontáneo que hubiera tenido un gran éxito en redes sociales y que respondió al nombre de José Alfredo Jiménez.

“Caminos de Guanajuato” sería la Kritik der reinen Vernunft que Kant no pudo elaborar.


Pero, pese a heridas y cicatrices, sus pláticas de ustedes empiezan a producir efectos:


Un oficial insurgente escuchó la plática que dio el Dr. Claudio Martínez Debat en lo que refiere a herencia genética, y concluyó que es cierto. “Rápido lo apliqué pensando en los pueblos y sí, si un compa tiene un modo de cómo es, lo ves que su papá o su mamá también tiene su modo. Por ejemplo, si el SubMoy es muy bravo es que su papá era muy bravo de por sí”.


“Ah”, le dije, “¿entonces el SubMoy se embravece con nosotros, no porque no cumplimos los trabajos, sino porque su papá era muy bravo?”


Quedó pendiente la investigación científica porque en ese momento llegó el SubMoy a checar si ya habíamos preparado las cosas para ir a Oventik. O sea nos cayó la justicia.


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Éste es un encuentro entre [email protected] zapatistas y las ciencias. Le agregamos el “con” a “ciencias”, no sólo por el juego de palabras, también porque el haber aceptado reunirse con nosotras, nosotros, va más allá de su quehacer y pudiera implicar también una reflexión sobre el mundo, además de la explicación de lo que trabajan en sus respectivas especialidades.


Ya en nuestras participaciones anteriores, el Subcomandante Insurgente Moisés y quien esto dice y escribe, nos estamos esforzando en darles datos para que se formen una imagen, (un perfil se diría ahora), del tipo de zapatista que está interesado en aprender de ustedes.


Seguimos en el empeño porque, también como señalamos en otra intervención, nuestra aspiración es que este encuentro se repita, y se multiplique cuantitativa y cualitativamente.


Con sus intervenciones, ustedes no sólo nos dan algunas señales de su conocimiento, también del por qué aceptaron nuestra invitación y están aquí presentes, en persona o mediante textos, audios y videos.


Porque necesitamos la ciencia, es que estamos, junto con el SubMoy, ahora sí que desplegando nuestros encantos, para convencerlos, convencerlas, de que aquí, con nosotras y nosotros, pueden y deben hacer ciencia.


Por eso les hablamos no de ciencia, sino de lo que hemos sido y somos, de lo que queremos ser.


Podemos hacer lo que podemos. No podemos ofrecerles becas, recursos, reconocimientos que abulten su curriculum vitae. Vaya ni siquiera les podemos hacer el paro para conseguir, ya no digamos una plaza, al menos algunas hora-salón.
Cierto, podríamos intentar el chantaje, poner cara de “soy un pobre zapatista que habita en la serranía”.


O insinuarles con, voz seductora: “Tons qué mi plebeyoa, vámonos a Querétaro las manzanas, poninas dijo popochas, y pin pon papas, ya ve que dicen los científicos que ya no produzcan la producción porque el mundo está como vagón del metro a las 0730, y que ya no hagan productos, que mejor adopten; tons usted y yo vamos como quien dice a darles su surtido rico, de lengua y de maciza, para que tengan opciones, si sale varoncito le damos hasta que salga la niña, o al revés volteado, así hasta por pares, el asunto es que no importa ganar sino competir”.


O con un DM que invite: “ándele, vámonos a deconstruirnos las ropas y a contextualizar nuestras partes privadas”
O mandarles a un whatsapp que sugiera: “usted, yo, un acelerador de partículas, no sé, piénselo”


Podríamos, aunque es seguro que no tendríamos éxito.


Lo que pensamos es hacer lo que estamos diciendo: mostrarnos como somos y cómo hemos llegado a ser lo que somos.
Para que no se sientan en desventaja al saber que están siendo no sólo escuchados, sino también evaluados (la clausura de este encuentro, el día 4 es la evaluación que del encuentro hacen las 200 encapuchadas y encapuchados, compañeros y compañeras nuestros, bases de apoyo zapatista), es que tratamos de darles elementos para que ustedes nos evalúen y puedan responderse a la pregunta compleja de si vuelven, o archivan estos días en la carpeta de “no volver a repetir nunca jamás”.


Esa evaluación, ahora sí que será nuestra primera desavenencia, y tendremos que decidir si la superamos como personas maduras y recurrimos a una terapia de parejas, o hasta ahí nomás.


En todo caso, es de esperar que, en el viaje de regreso a sus lugares, se digan para sí: “mta magre, y yo que me quejaba del Conacyt y su Sistema Nacional de Investigadores”.

 

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Antes les dije que un camino para conocernos era preguntar por qué preguntábamos lo que preguntábamos, así que otras preguntas podrían ser “¿qué entienden o esperan de la ciencia, y de los científicos?”


Para nosotras, nosotros, la ciencia significa un conocimiento que no depende de otros factores. Ojo, la ciencia, no la investigación científica. Es decir, por ejemplo, la ciencia exacta por antonomasia, la matemática o las matemáticas. ¿Hay una matemática capitalista y una de abajo y a la izquierda? Pongo ese ejemplo extremo porque, a partir de ciencias en proceso de constitución, o “jóvenes” como se dice, con las comprensibles errores y “tropezones” explicativos, se generaliza y se dice “la ciencia es culpable de tal y tal cosa”. “La ciencia es racista, discrimina, no toma en cuenta el drama personal y pasional del científico”, y de ahí, en el apocalipsis del gato-perro, pasar a convertirse en la “madre de todas las desgracias”
Nosotras, nosotros, zapatistas no hacemos ciencia, pero queremos aprenderla, estudiarla, conocerla, aplicarla.


Conocemos el cortejo que tenemos de las pseudo ciencias y su ruta de optimización de la pobreza: el querer engatusarnos diciéndonos que, los no-conocimientos que tenemos son, en realidad, “saberes”, dicen.


Voy a dejar de lado que esa posición invariablemente viene de la mano de quien nunca ha hecho ciencia, quiero decir, además de los experimentos de laboratorio en la secundaria.


Así nos dicen, y nos ponen de ejemplo que sabemos cuándo hay que sembrar. Cierto, sabemos cuándo hay que sembrar, identificamos ciertas “señales” en la naturaleza y, por usos y costumbres, sabemos que hay que plantar la semilla.


Pero no sabemos por qué con esas señales se indica el inicio de la siembra, ni cuál es la relación entre esas señales.
El interés de la juventud zapatista por la ciencia, (como en el ejemplo del estafiate que nos platicó el Subcomandante Insurgente Moisés hace unos días) encuentra eco y apoyo ya en los adultos y ancianos, porque el cambio en el clima ha provocado que las señales se vuelvan borrosas.


Ocurre ahora que, con el cambio climático, los tiempos de “seca” o de lluvia se han trastornado. Ahora llueve cuando no le toca, y no llueve cuando le toca. Los fríos se empiezan a hacer más cortos en duración e intensidad. Animales que se supone que pertenecen a determinadas zonas, empiezan a aparecer en otras que no tienen ni vegetación ni clima semejantes.


Cuando la lluvia tarda en aparecer y corren peligro las siembras, en los pueblos acostumbran lanzar cohetones al cielo “para que despierta la nube”, o para darle de saber al dios que ya es su tiempo de llover, o sea que le recuerdan de su trabajo al dios por si es que está distraído. Pero resulta que, o el dios está muy ocupado, o no escucha, o no tiene nada qué ver con el alargamiento de la sequía.


Vean entonces que no basta el conocimiento ancestral, si es que se puede llamar conocimiento.


Así, lo que algunos llaman “el saber ancestral” de los indígenas se enfrenta a un mundo que no entienden, que no conocen; y, en lugar de consolarse en las ermitas o iglesias, o acudir al rezo, las zapatistas, los zapatistas, se dan cuenta de que necesitan el conocimiento científico, ya no por curiosidad, sino por la necesidad de hacer algo real para transformar la realidad o lidiar con ella en mejores condiciones.


Por eso empiezan las generaciones que prepararon y realizaron el alzamiento, las que sostuvieron la resistencia con rebeldía, y las que crecieron en la autonomía y mantienen la rebeldía y la resistencia, a confluir en una necesidad: el conocimiento científico.
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No sabemos qué tan sensible es la ciencia a la opinión pública, a las redes sociales, a la imposición de rumbos o explicaciones, ya no por presión del dinero, el Poder, el sistema, sino por auto censura.


No sabemos si existirá algo que se pueda llamar “otra ciencia”, y si eso corresponderá al tribunal mediático o social que juzga, condena y ejecuta la sentencia contra las ciencias.


¿A quién corresponde la construcción de la otra ciencia, si es que hay algo que así se llame?


Nosotras, nosotros, zapatistas, pensamos que es a la comunidad científica. A ella, sin importar sus fobias y sus filias, su militancia política o no. Y pensamos que deben resistir y combatir a los parásitos que les acechan, o que ya habitan en ustedes y los debilitan.


Por eso, aunque no les hallemos el modo y no encontremos la forma de convencerlas, convencerlos, de que el nuestro es también un esfuerzo de vida y que les necesitamos en ese empeño, ustedes deben seguir sin descanso, sin darse tregua, sin hacer concesiones, ni a nosotros ni a nadie.


Deben seguir porque su compromiso es con la ciencia, es decir, con la vida.


Muchas gracias.


Desde el CIDECI-Unitiera, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.

SupGaleano.


México, 2 de enero del 2017.



Del Cuaderno de Apuntes del Gato-Perro.


El 3de3 del Gato-Perro


No sé si todavía, pero hace unos 10-12 años, se cantaba-bailaba el ska. Recuerdo vagamente que se organizaban conciertos para la banda y en solidaridad con las distintas luchas populares. No sé tampoco si todavía se haga eso, pero en esos toquines, la entrada, en lugar del varo, la luz, la paga, los pesares, la lana, la marmaja, la pachocha, se conseguía con un kilo de arroz, frijol o azúcar que era enviado luego a esos movimientos. Algunos de esos conciertos fueron en apoyo a la resistencia de las comunidades zapatistas, y en aquella ocasión, creo en 2004, me mandaron unos vídeos donde sólo veía una nube de polvo, en la que, vagamente, la banda brincaba como si tuviera hormigas en la coliflor, al ritmo de “La Carencia”, que es lo que “Defensa Zapatista” encontró al buscar en internet el significado de la susodicha palabra. Le dije al compa que no se veía ni maís palomas, me respondió que tal vez era mi computadora, porque en la de él se veía, cito textualmente, “chido, mano, chido”.


Luego resultó que su computadora era de ésas ultramodernas, con palanca al piso, helipuerto, mesa de boliche y servibar, y la mía, pues cómo les diré, usaba el sistema operativo de disco o DOS, y que lo más moderno que leía eran los disquettes de 5 ¼ pulgadas (lo que era como tratar de leer la llamada “Piedra del Sol” que está, o estaba, en el Museo Nacional de Antropología, con la ayuda desinteresada de IBM).


En una vuelta que se dio a estas montañas, el compa revisó mi computadora portátil y sentenció, cito textualmente: “no pos está cabreras, y pior que ni es el video original, ése quién sabe de quién es, éste el efectivo, el merengues mendez”, y puso ya otro video tomado desde el templete. Y ahí sí se podía escuchar la música y ver a la raza cargando diversos tipos de muñecos de peluche. Si es que todavía se toca, canta y baila esa música, deben haber muerto de envidia cuando vieron los muñecos de Sherlock Holmes y Einstein de la primera plática.


Bueno, resulta que por aquellos años el difunto SupMarcos grabó, con los musiqueros que se autodenominan “Panteón Rococó”, un cidi que se llamó “3 veces 3”, aunque ignoro la causa, motivo o razón para que se llamara así. Esto viene al caso, o cosa, según, porque tal vez ahí es donde se puede encontrar el antecedente de eso que llaman el “3de3”. Ahora que ya es público que el Congreso Nacional Indígena formará un Concejo Indígena de Gobierno y presentará a la vocera de dicho Concejo como candidata a la presidencia de la república mexicana en 2018, el Gato-Perro se sintió obligado a presentar su declaración “3de3”, por aquello del no te entumas y más vale pájaro en mano que siéntate porque te caes. Va:


1 de 3: La Inteligencia Artificial contra la Inteligencia Zapatista.


“El sistema político ha sido hackeado”, reza el letrero que cintila en todas las pantallas del complejo de Inteligencia Artificial de la Sociedad del Poder.


La sala central de Chat se enciende, En forma casi simultánea aparecen diversos “nicknames”, a cual más de ridículos.
Empieza un parloteo insulso, que cesa inmediatamente cuando aparece el nickname de “Bossy”.


No es una reunión como cualquier otra. Y no me refiero a que nadie asiste de cuerpo presente. Ni siquiera aparecen los avatares de rigor. Sólo voces.


Pero cada voz sabe su lugar en la jerarquía. Mientras menos hable, mayor su rango.


En este momento, una voz señala:


“No creo que haya de qué preocuparse realmente. Es claro que eso no hará sino saturar aún más el centro. Una opción más para quienes creen que eligen y deciden. No le veo mayor problema, hay que dejarlos seguir. Y, bueno, esa geografía ya está definida desde hace tiempo. Sugiero que pasemos a otro tema...


Otra voz interrumpe, en su tono dubitativo se adivina su nivel:


“Disculpen. Creo que no debemos menospreciar lo que pretenden. Basta darse cuenta que ni siquiera estaba contemplado entre los miles de escenarios que previeron nuestros sistemas. De hecho, no nos dimos cuenta hasta que las pantallas lo avisaron.


Cuando vimos el parpadeante destello de “Warning. El sistema político ha sido hackeado.”, pensamos que era otra incursión de hackers y que no habría de qué preocuparse. Los firewalls se encargarían no sólo de anular el ataque, también de contra atacar con un virus que devolvería al intruso a la comunicación con señales de humo. Pero no, el sistema ni siquiera advertía de un virus o de un riesgo de infiltración. Simplemente señalaba que estaba algo para lo que no tenía ni siquiera una tipificación para clasificarlo”.


Otra voz, mismo volumen, tono parecido:


“Coincido. La propuesta es demasiado arriesgada como para que se conformen con disputar el centro. Estuve haciendo cuentas, y creo que apuntan a quienes ni siquiera aparecen en nuestras estadísticas. Esta gente quiere destruirnos”.
Varias voces estallaron en murmullos. Las pantallas cintilaron con textos en caracteres ilegibles para los no conocedores.


Una voz cuestionó con autoridad:


“¿Qué sugieren?”


“El vacío”, dijo otra voz, “que los medios miren hacia otro lado. Y que la izquierda bien portada los ataque. Racismo no les falta, y bastará alguna insinuación y seguirán por inercia. Ya lo hemos hecho antes, así que no habrá problema.”


“Procedan”, dijo la voz con autoridad y varias pantallas se iluminaron con la sentencia “Offline”.


Sólo quedaron las voces más pequeñas chateando:


“Bueno”, dijo una, “pues creo que otra vez tendremos que lidiar con sorpresas no previstas, como la de 1994”.
“¿Y tú qué harías?”


“Mmh... ¿Recuerdas el chiste malo de hace unos años, que si querías prepararte para el futuro tendrías que aprender chino? Bueno, pues yo recomendaría empezar a estudiar lenguas originarias. ¿Y tú?”


“Bueno, podríamos tratar de encontrar un puente, algún tipo de comunicación.”


“¿Para qué?”


“Pues para negociar condiciones dignas en la cárcel. Porque no creo que esa gente ofrezca amnistía alguna, ni anticipada ni posterior.”


“¿Y tú que sugieres?“


Una voz, hasta ese momento en silencio dijo:


“Diría que aprender, pero creo que ya es demasiado tarde para eso”.


“Pero tengo una hipótesis”, continuó, “lo que ocurrió es que la Inteligencia Artificial que anima nuestro servidor central funciona con los datos con los que la alimentamos. En base a ellos, la IA prevé todos los escenarios posibles, sus consecuencias y las medidas a tomar. Lo que pasó es que lo que hicieron no estaba en ninguno de nuestros escenarios, la IA se, como quien dice, sacó de onda y no supo qué hacer, activando simultáneamente la alarma anti hackers y antivirus y echando a andar la reacción al escenario más cercano que tuvo a la mano, es decir, el SupMarcos como aspirante presidencial”.


Otra voz lo interrumpe: “¿Pero no el Marcos ya está muerto?”.


“Está”, responde otro, “pero por lo mismo”.


“O sea que nos la volvieron a hacer, pinches zapatistas”.


“¿Y ya no tiene remedio?”


“Pues no sé ustedes, pero yo ya tengo apartado el vuelo para Miami”.


“Yo ya miro con temor a la indiada, nunca se me hubiera ocurrido que podrían llegar a mandar”.


En forma casi simultánea, las distintas pantallas se iluminaron con la misma frase: “Standby mode”


Las luces rojas siguen encendidas. Las sirenas de alerta suenan sin parar, alarmadas, histéricas.


Lejos de ahí, unas mujeres del color que somos de la tierra, apagan su computadora, desconectan el cable del servidor, y sonríen y parlotean en una lengua incomprensible.


Entonces una niña llega y pregunta en español: “Oí mamaces, ya lo acabé la tarea, ¿ya podemos ir a jugar? Es que no hemos completado el equipo, pero no preocupas mamaces, ya vamos a ser más, de repente dilata, pero ya vamos a ser más”


Las mujeres salen corriendo y riendo detrás de la niña. Corren y ríen como si al fin hubiera un mañana.
Doy fe.


Guau-Miau.


Nota: Cuestionado el Gato-perro por qué su declaración “3de3” sólo tenía una parte y no las 3 como su nombre lo indica, respondió gruñendo y ronroneando: “falta lo que falta”.

Planos de desesperanza y colinas de optimismo

A la base de la sociedad la dominan con incertidumbres y miedos. Miedos e incertidumbres, acaso, estratégicamente producidos y gestionados. Sin teorías de la conspiración. Al fin y al cabo la incertidumbre y el miedo generan en numerosas ocasiones pasividad e inmovilismo.


Si en el plano de las noticias sobre el mundo el pesimismo ronda en los temas económicos y financieros, en los asuntos militares, en cuestiones de medioambiente, en aspectos políticos (como la corrupción galopante), en el terreno jurídico con la impunidad hacia los grandes ladrones de cuello blanco, o en informaciones policivas acerca de la connivencia de ésta con el mundo del delito, por ejemplo, la verdad en materia de ciencia es completamente diferente.


Existe mucha y muy buena investigación alrededor del mundo y los avances son, o bien puntuales y minimalista, o bien impresionantes y de grandes saltos en numerosos campos. En medicina y ciencias de la salud se hacen progresos vertiginosos en cuestiones de una sola generación. Hay numerosas enfermedades que están siendo acorraladas y otras derrotadas, permitiendo a los pacientes ganar enormemente en esperanzas y expectativas de vida.
En temas relacionados con bioquímica y nanotecnología, los avances son consistentes y nos han permitido tener una mejor comprensión de todo el universo bacterial y viral, arrojando nuevas luces sobre sus estructuras y procesos.


En matemáticas, un área acaso espesa, existen avances teóricos y también experimentales que tienen y tendrán enormes repercusiones positivas en el dominio práctico en un futuro previsible a mediano y largo plazo, y hemos ampliado las fronteras de comprensión y conocimiento acerca de las dimensiones de la realidad.


En el campo de la física, uno de los más consentidos de las ciencias, hay avances que nos acercan, como nunca antes había sucedido, al conocimiento del cerebro, a la estructura de la materia, en fin, al origen de este universo.


Con el reconocimiento explícito de que cada avance se enlaza a muchos otros campos en otras ciencias y disciplinas con implicaciones que en ocasiones aún no comprendemos muy bien, pero que se antojan prometedoras y manifiestamente no de tono desalentador.


Existen equipos de investigadores y científicos, y presupuestos de investigación como nunca antes los había en la historia de la humanidad, y todo, ciertamente, en medio de penurias o de dificultades financieras.


Las redes de cooperación y de aprendizaje se fortalecen, y equipos de naciones distintas y ajenas aprenden los progresos que suceden en otras geografías gracias a la celebración de conferencias, congresos y seminarios, o bien a las redes virtuales —en Internet—, todas muy activas.


Aunque no sea un fenómeno necesariamente de masas, nuevas generaciones de niños y jóvenes se van adentrando en la apropiación de nuevos lenguajes, de nuevas interpretaciones, de nuevas herramientas y técnicas de trabajo. Internet ha permitido que numerosos textos estén al alcance de quienes buscan, leen y trabajan. Textos que son en muchas ocasiones imposibles de conseguir en sus versiones análogas.


En materia de tecnología se producen avances sólidos y vertiginosos que hacen la vida cada vez más cómoda, que apuntan hacia revoluciones conceptuales, en fin, que contienen aristas de nuevas realidades anteriormente inimaginables.


Las revistas se multiplican en todas las direcciones, y cada vez más libros están disponibles en versiones digitales, ampliando de forma magnífica numerosas bibliotecas, muchas de las cuales caben en USB o en discos duros, y no son pocos quienes se van haciendo así a bibliotecas que en términos físicos costarían una fortuna.


La verdad es que la humanidad en general ha venido ganando en la adquisición de más y mejor información, de más y mejor educación, de más y mejor ciencia. Las épocas de poca luz en el conocimiento van quedando atrás, y vamos ganando en luces, en matices, en gradientes, en luminosidades plurales. La vida se va haciendo mejor y más rica.


La dificultad es que estos y otros avances en ciencia, en el sentido más amplio y generoso de la palabra, no ocupan los primeros planos y titulares en la gran prensa de todos los días. Los avances en ciencia y conocimiento suceden, si se quiere, de forma subterránea o velada. En la superficie prima el pesimismo y el desasosiego, pero en las aguas más profundas hay mucha vitalidad.


Toda la tarea, por así decirlo, es de divulgación de los avances en ciencia y tecnología, y de apropiación social del conocimiento. Un asunto que ciertamente no es lineal ni mecánico.


A la base de la sociedad la dominan con incertidumbres y miedos. Miedos e incertidumbres, acaso, estratégicamente producidos y gestionados. Sin teorías de la conspiración. Al fin y al cabo la incertidumbre y el miedo generan en numerosas ocasiones pasividad e inmovilismo.


Una mirada cuidadosa a las ciencias y disciplinas pone de evidencia mucha vitalidad, lo cual es señal indudable de optimismo. Es como si la consigna de David Hilbert —un prestigioso matemático del siglo XIX-XX— renaciera de las cenizas: “Debemos conocer, vamos a conocer”, una consigna enunciada en 1930 y que, al cabo, describe su epitafio.


La verdad es que la comunidad científica es cada vez más interdisciplinaria, lo cual significa, dispuesta a ver y aprender lo que sucede en otras casas del vecindario. Ello sin que la interdisciplinariedad pueda decirse que es una actitud ampliamente triunfante y dominante en la educación y las disciplinas.
Frente a los valles de pesimismo y descontrol, las colinas y montañas del conocimiento contienen mucho optimismo, mucho aprendizaje, mucho diálogo, y mucha buena investigación. Basta con un paseo por las numerosas revistas, por los foros, presenciales y virtuales, por las bases de datos cada vez más amplias y accesibles.


Contra todas las apariencias, vivimos tiempos de mucha vitalidad en el conocimiento. Y encontramos entonces un motivo adicional de esperanza. Sólo que hay que escalar, por así decirlo, esas montañas. Y traer a los valles y a las orillas lo que allí sucede y se produce, a fin de llenar de mayores contenidos la calidad y la dignidad de la existencia de cientos, miles, millones de seres humanos.


El optimismo existe, pero hay que trabajarlo.

“La ciencia no es para ricos, es para los que quieran serlo”

La idea principal es...

Escucha a personas inteligentes y serás más inteligente.

¿Lo dice la ciencia?

La inteligencia es contagiosa. Escuchar un diálogo razonable, una crítica reflexiva y entusiasta... te arrastra. Y a eso me dedico.

¿A qué?


A localizar y escuchar a las mentes más brillantes de nuestro tiempo: científicos cuyos hallazgos divulgo. El conocimiento es fértil si lo transmites fuera de la academia.


En esta página procuramos hacerlo.


Acceder al conocimiento científico nos ayuda a tomar mejores decisiones y a vivir mejor. ¡Nos mejora!
¿Ponemos algún ejemplo?


La nutrigenómica: estudia cómo tu genética condiciona tu metabolismo de los alimentos. Me he sometido al test nutrigenómico de la doctora Corella, y pronto sabré qué dieta me conviene más por mi genética.


Aceite de oliva y no se equivocará.


¡Alto! A un 10% de la población española le perjudica un alto nivel de grasa, ¡aunque sea de oliva! Y podré saber exactamente cómo me conviene tomar un café.


¿Por qué?


Hay quien tiene un gen que metaboliza rápido la cafeína, y otros no, lo que prolonga su efecto. Si lo tienes, toma café antes de concentrarte en una tarea compleja. Si no, no lo tomes desde varias hora antes de acostarte.


Estos hallazgos son muy útiles.


Por eso cada sociedad debería orientar a sus científicos sobre qué investigar. Y así la ingeniería genética nos salvará de enfermedades autoinmunes como la de Crohn, del alzheimer, cánceres...


¿Crohn?


Graves inflamaciones intestinales: ya han sanado pacientes cambiándoles su flora intestinal. Y pierden la emoción del miedo... ¡Hay un cerebro ahí, en el intestino!


¿A qué científico admira?


Alan Guth, en el MIT: sostiene que el universo se expande y que matemáticamente puede ser infinito.


¿De qué me sirve eso?


El conocimiento es poder. La ciencia no es para los ricos, ¡es para los que quieren serlo!


¿Qué beneficio más palmario nos brinda la ciencia hoy?


La longevidad humana: el número de centenarios está creciendo exponencialmente.


¿Hasta qué edad podemos vivir?


Hasta los 125 años, genéticamente, por desgaste oxidativo. Mi abuelo ni se lo planteaba, ¡pero yo puedo llegar a los cien años tranquilamente!


¿Cómo lo sabe?


Me han hecho un test de telómeros, que son los extremos de los cromosomas, y resulta que, pese a mis 41 años cronológicos, mi edad biológica es de 32,7 años.


¿A qué atribuye su escaso desgaste?


Jamás he fumado, he bebido poco alcohol, hago ejercicio y mi genética me favorece... al menos en este aspecto. Lo sé porque me han secuenciado el genoma completo.


¿Hay algo en que su genética le falle?


Sí: tengo algunos genes que predisponen a ciertos cánceres, otros predispuestos al al¬zheimer y otros a una irregular salud cardiovascular.


¿Y de qué le sirve saber todo esto?


Me aconseja adquirir hábitos protectores, conocidas mis fragilidades. Ante un dolor de cabeza, por ejemplo, la farmacogenómica me dicta que a mí me sienta mucho mejor el ibuprofeno que el paracetamol.


Tiene mucha información genómica...


Será útil también para deportistas: sabrán qué grupos musculares o tendones suyos son más proclives a lesionarse, o qué tipo de ejercicio le conviene más a cada uno: ¡llega una medicina de precisión, personalizada!


¿Y qué nos proporcionará la tecnología del futuro?


No sólo información continuada, sino que también tomará decisiones: ante un pico de consultas en internet de la palabra “tos”... declararemos epidemia de gripe: ¡hay muchos científicos trabajando en ello!


¿Llegarán innovaciones que ahora no somos capaces ni de imaginar?


¡Claro! Piensa que hoy tú sabes más física de la que sabía Einstein.


Gracias, hombre, pero...


Einstein dijo: “Newton, perdóname”. Porque la ciencia avanza a base de desmontar lo preconcebido. Es lo relevante de la ciencia: importa tener la mente siempre abierta al asombro, flexible, atenta. La inteligencia es menos una capacidad que una actitud, una predisposición crítica.


¿Qué le asombra a usted?


Lo mucho que tu estado emocional condiciona tus decisiones. Y ya sabemos que la última emoción que experimentas en un trance pesará más en la memoria que el resto y desfigurará así el recuerdo del conjunto.


¿Sí?


Así lo demuestra Daniel Kahneman en sus experimentos. Es decir, que para garantizarte un buen recuerdo de un viaje o de una cita o de una relación... ¡prepara un momento último que sea muy grato! Eso teñirá de bienestar el recuerdo del conjunto. ¿Ves cómo la ciencia te ayuda a vivir mejor?

Martes, 17 Noviembre 2015 08:48

Del Renacimiento a nuestros días

Del Renacimiento a nuestros días

Durante el Quattrocento, el humanista era alguien entrado en edad, con alguna madurez, pues al fin y al cabo el renacer implicaba un trabajo de estudio y cultura. Por el contrario, el modelo del innovador en el mundo actual es el joven, o al adulto joven.

 

Un enorme contraste se produce en la clase de seres humanos que existían en el Quattrocento y los que encontramos alrededor nuestro, como resultado de la cultura, de la educación, de las principales instituciones y organizaciones, en fin, del aire mismo de los tiempos.


A los intelectuales, comerciantes, académicos, científicos, matemáticos, hombres de empresa y demás, durante el Renacimiento se les exigía una cosa: un saber retornar a la antigüedad como motivo de inspiración y alimento para retomar energías y aire para poder avanzar hacia delante en el tiempo. En eso, grosso modo, consistía el humanismo.


El humanismo renacentista es culto y consiste exactamente en el retorno a la Grecia antigua y a Roma, y muy especialmente, a sus letras, como un motivo de nutrición, sentido y aliento para encontrar el sentido de los nuevos tiempos, entonces. Independientemente del trabajo o la "disciplina" de la época, los humanistas eran hombres letrados, y no en última instancia ello implicaba el conocimiento de varios idiomas y encontrar en la literatura, la poesía y las artes el basamento de los saberes, los discursos y las acciones que permitían comprender el mundo de entonces y avanzar a través suyo.


Luego de la muerte de la Edad Media —una Edad que, al decir de U. Eco, quiere reencarnarse con muchos argumentos en nuestros días (Cfr. Eco: "La Edad Media ya ha comenzado", en La Nueva Edad Media, 1997)—, una vez que los teólogos han matado a Dios y que los seres humanos se encuentran, por tanto, como el punto cero en un eje cartesiano de referencias, renacer es posible con base en las letras que la antigüedad proyecta hasta nuestros días. Ser humanistas no es, simple y llanamente dicho, otra cosa que una actitud de interdisciplinariedad y mucho sentido de las letras. La consecuencia antropocéntrica, antropomórfica y antropológica del humanismo renacentista es sólo eso: una derivación, pero no necesariamente el rasgo más importante.


En nuestros días, en los comienzos del siglo XXI, otra cosa perfectamente distinta sucede en la cultura y en las atmósferas que respiran los seres humanos. No hay prácticamente ningún ámbito de la existencia o la praxis humana en la que a los individuos —independientemente de si forman parte del mundo de la empresa, de las artes, de la ciencia, la academia o la esfera pública, por ejemplo—, en el que no se les haga una exigencia expresa.
Una exigencia que tiene numerosos matices, pero que se condensa en un motto, a saber: ser contemporáneo implica innovar. La innovación —así, por ejemplo, el emprendimiento, o el corrimiento de la frontera de las ciencias, saberes y disciplinas, la producción de patentes, el rompimiento de marcas y puntajes a nivel deportivo—, es el carácter de nuestros tiempos.


A unos se les impone romper records, publicar en revistas 1A, ser creativos, imaginativos y emprendedores —incluso se distingue entre emprendimiento empresarial y el social, pongamos por caso—, quebrar marcas y alcanzar topes cada vez más elevados. Siempre hay un Everest nuevo y distinto que alcanzar, y el valor de nuestra vida se define por los esfuerzos por alcanzarlo y superarlo. Así sucede en los deportes y en la academia, en las ciencias y en las artes, en la empresa y en el sector oficial.


Un nuevo libro, una nueva exposición, un precio más elevado por una obra, y múltiples otras expresiones que conducen, todas, al valor supremo de los tiempos que corren y de la atmósfera que respiramos: ser innovadores y creativos.


Ahora bien, para serlo, no necesariamente hay que ser cultos y educados: basta con arrojo y decisión. No en vano la teoría de juegos y la teoría de la decisión racional —componentes nucleares de la economía— se erigen como pilares imposibles de desconocer en las mediciones de valor, coraje, esfuerzo y productividad del mundo actual. Un innovador no es, contrario a lo que acontecía en el Renacimiento, una persona culta o educada; basta con que tenga "emprendimiento" y que cultive el arrojo y el coraje en los actos.


Durante el Quattrocento, guardadas determinadas características demográficas, el humanista era alguien entrado en edad, con alguna madurez, pues al fin y al cabo el renacer implicaba un trabajo de estudio y cultura. Por el contrario, el modelo del innovador en el mundo actual es el joven, o al adulto joven, quien es capaz de alcanzar rápidamente, se dice, metas, records y niveles de productividad vertiginosos que pueden convertirse en referentes y parangones. Difícilmente en los trabajos y estudios sobre emprendimiento se resalta al adulto mayor. Es como si la evolución jalonara desde la juventud las responsabilidades selectivas de la sociedad y la humanidad. Una idea que no tiene necesariamente nada negativo per se.


No puede haber, en nuestros días, un escritor, un académico, un intelectual, un científico, un deportista o un hombre o mujer de empresa, por ejemplo, cuyos valores más excelsos no sean los de la innovación y la creatividad —en el sentido amplio, pero fuerte de la palabra—. Quienes no entren en este esquema serían sencillamente "gente normal".


Los finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI han hecho una apuesta fuerte: innovación y creatividad, arrojo y decisión, índices, indicadores y productividad. ¿Qué resultará de esta apuesta? A priori nadie podía anticipar, durante el Quattrocento, lo que habría de resultar de la actitud humanista. Análogamente, podemos pensar lo que pueda acontecer de la atmósfera de los tiempos que respiramos; pero a ciencia cierta nadie puede conocerlo aún. Hay individuos, grupos y sociedades que hacen apuestas de alguna forma. Ninguna otra época en la historia de la humanidad había apostado tan fuerte por la innovación y demás. Así nos nutrimos y de ello estamos viviendo.

Publicado enCultura
Lunes, 05 Octubre 2015 07:05

Cuatro problemas de síntesis en ciencia

Cuatro problemas de síntesis en ciencia

Física de procesos fundamentales, matemáticas en el sentido del Programa de Langlands, el estudio de sistemas sociales de corte transversal y unificante, y la endosimbiosis: cuatro modos de señalar horizontes nuevos de trabajo e investigación.


De manera general, a partir de los años 1960 hemos comenzado a hacer el aprendizaje, incipiente, de que otras formas de ver y de comprender el mundo son posibles. La forma genérica como estos modos pueden ser reunidos es como síntesis. De manera puntual, hace muy poco en la historia de la humanidad hay grupos de personas que trabajan en dominios determinados que se han dado a la tarea de pensar en términos de síntesis y darse a la tarea de realizar síntesis fantásticas que pueden arrojar luces absolutamente nuevas sobre la realidad y el universo.


Cabe destacar cuatro problemas de síntesis en la investigación de punta, así:


• En física, está el sueño al que las mejores mentes en ese ámbito del conocimiento dedican sus mejores esfuerzos, por integrar la física del universo macroscópico y la física del universo microscópico. Esto es, unificar la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica y la mecánica de ondas.


Existen varias apuestas al respecto, pero hasta la fecha ninguna es teórica, matemática o epistemológicamente suficiente. Cabe mencionar a la teoría de cuerdas, la teoría de branas y de m–branas, el caos cuántico, la gravedad cuántica y otras más. Sin la menor duda, la unificación de ambas teorías se expresará: (a) como la unificación de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza (la fuerza de la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza fuerte y la fuerza débil). Y (b) como la revelación acerca del origen de este universo y, verosímilmente, el estado de relaciones entre este universo y otros, todo lo cual se ha reunido bajo el termino de multiverso. No en última instancia, el programa de unificación en física aportará luces nuevas acerca de la estructura misma de la materia.


• En matemáticas, el Programa Langlands —formulado originariamente por Robert Langlands a partir de 1967— ha significado el llamado a lo que no existe aún, a saber, desarrollar una gran teoría unificada en matemáticas. El hilo conductor para una teoría semejante son las simetrías, y las hebras de dicho hilo son las funciones automorfas —que proceden de un campo de las matemáticas que se denomina análisis armónico—, y el grupo de Galois.


En matemáticas existen sólidas islas y robustos continentes que, sin embargo, han estado separados radicalmente hasta le fecha. La idea del Programa de Langlands consiste, dicho de manera sencilla, en pensar en términos de simetrías a fin de estudiar dos cosas: de un lado, la forma como las simetrías unifican la teoría de números y transportan información acera de los números, y de otra parte, cómo las matemáticas consisten en ordenar la información del universo, creando orden a partir del caos aparente. Una idea que no es lejana para los estudiosos de los sistemas complejos no–lineales.


• En el estudio de los sistemas sociales, ha llegado a ser evidente que existen tres clases de sistemas sociales, así: los sistemas sociales naturales, los sistemas sociales artificiales y los sistemas sociales humanos. Pues bien, tener tres teorías diferentes sobre tres clases de sistemas sociales es epistemológicamente muy costoso. Debe ser posible una teoría unificada de los sistemas sociales.


De manera razonable, el hilo conductor de los sistemas sociales puede expresarse de tres maneras diferentes, pero que apuntan a un mismo hilo conductor. Estas son: las ciencias de la vida, la biología y muy particularmente la biología sintética, y la ecología, incluyendo la ecología astrofísica. Al fin y al cabo los sistemas sociales: (a) son sistemas vivos o bien, igualmente, (b) son sistemas que exhiben vida o que se comportan como si estuvieran vivos. De esta suerte, el hilo conductor unificante de las ciencias y disciplinas que se ocupan de sistemas sociales es, para decirlo con otras palabras, una teoría general o unificada de la vida o de los sistemas vivos. Una teoría que no existe hasta la fecha, pero cuyos elementos primarios sí han sido puestos claramente sobre la mesa, a plena luz del día.


• En biología, la endosimbiosis constituye una invitación a integrar tres campos fundamentales tradicionalmente distantes o indiferentes unos con otros: la paleontología, la microbiología y la simbiosis. La endosimbiosis emerge como una teoría unificada de mucha mayor envergadura que un intento anterior que es el enfoque Evo–Devo, que quería integrar la perspectiva del desarrollo con la dimensión de la evolución.


La endosimbiosis pone de relieve, como ninguna otra aproximación anterior, que los sistemas vivos son posibles en la forma de redes de cooperación y ayuda recíproca, desde las escalas más fundamentales hasta la biosfera misma. En el plano humano, se hace evidente, por primera vez, que somos esencialmente holobiontes, y que las bacterias desempeñan un papel sin igual en la arquitectura del universo vivo. Actualmente, los horizontes se están ampliando a fin de comprender igualmente la función de los virus, los parásitos y los priones en la economía misma de la vida.


Como se aprecia sin dificultad, los cuatro esfuerzos de síntesis son denominados igualmente como la búsqueda de una teoría unificada —en física, en matemáticas, en el estudio de los sistemas sociales y en biología—. Así, sin más, pensar en términos de síntesis equivale a pensar en términos de unificación. Un reto cultural, civilizatorio e incluso existencial fabuloso.
Podemos, razonablemente, pensar en términos de una teoría general, o unificada, o transversal o sintética, lo cual en manera alguna es un asunto de nombres. Por el contrario, todo apunta a la discusión del carácter mismo de dicha teoría; y hoy por hoy son posibles numerosas formas de teoría, no ya una sola. Se trata de un tema que forma parte de las lógicas no–clásicas y la metateoría.


La inmensa mayoría de investigaciones en ciencia, en general, comportan ciertamente avances puntuales, y en muchas ocasiones técnicos. No cabe duda que la corriente principal de trabajo en ciencia como en filosofía radica en problemas acaso relevantes, importantes o fundamentales según el caso.


No obstante, la gran contradicción estriba en el hecho de que los investigadores y teóricos que se dedican a trazar puentes, a pensar en términos de unificación y a realizar grandes síntesis son, abiertamente, los menos. Los más hacen lo suyo; y muchos lo hacen muy bien. Y abundan, claro, los estudios de caso.


Unificación, síntesis y puentes: tres formas generales para designar un estilo de pensamiento —y ulteriormente también de vida— que se contrapone al análisis, a las clasificaciones y demás procedimientos y recursos que abierta o tácitamente afirman jerarquías.


Física de procesos fundamentales, matemáticas en el sentido del Programa de Langlands, el estudio de sistemas sociales de corte transversal y unificante, y la endosimbiosis: cuatro modos de señalar horizontes nuevos de trabajo e investigación. Algo que se dice fácilmente, pero que requiere una inmensa dosis de creatividad y desafío. En fin, tres modos de investigación básica (en estos tiempos en los que priman los llamados a investigación aplicada y experimental).

En fin, sin más, se trata, así, de cuatro formas como nos damos a la búsqueda de nuevo conocimiento. En otras palabras, la idea no es jamás simplemente la de unir, vincular o relacionar. Las síntesis y la unificación constituyen manifiestamente la creación de nuevos conocimientos.

Sobre fronteras, resquicios y pliegues

El gran reservorio de la vida en el planeta se encuentra en aquellas formas de vida, de acción y de adaptación que no son inmediatamente visibles y evidentes.


La innovación se lleva a cabo generalmente en las fronteras. Y cuando se habla de educación de calidad y de investigación de punta, se dice entonces que se busca mover o ampliar las fronteras del conocimiento; o que se lo ha logrado.


En inglés la expresión es más precisa y hermosa que en español. Push back the frontiers of knowledge puede traducirse, al mejor estilo chicano, como "empujar de pa' atrás las fronteras del conocimiento". Con lo cual se expresa de qué se trata esto: ampliar los grados de libertad, ampliar el perímetro de pensamiento y de acción.


Los cambios, las innovaciones, las sorpresas proceden generalmente, en la naturaleza como en la historia, por vía de las comisuras, los pliegues, los resquicios. Usualmente, toda gran innovación en ciencia, en tecnología o en filosofía, por ejemplo, procede de sectores frescos, antes desconocidos, inesperados.


El gran resorte de la vida en el planeta, que son las bacterias, por ejemplo, anidan en los intersticios, y encuentran en las esquinas y bordes las mejores condiciones de existencia, a partir de las cuales, cuando sea el momento propicio, se lanzan hacia los valles y las montañas. Literalmente. Al fin y al cabo, las bacterias no atacan a los organismos. Por el contrario, los invaden y trabajan desde adentro.


En los grupos sociales, en las políticas alternativas, en el sentido más amplio de la palabra, no sucede algo distinto. Se resguardan en los trasfondos y esperan, mientras se fortalecen, para acceder a espacios amplios y abiertos. Si un organismo, un grupo o una idea innovadora, por ejemplo, se lanza de una vez a campo abierto, puede perder las oportunidades y acabar siendo destrozada o eliminada.


La resiliencia de la vida en el planeta no se encuentra propiamente en aquellas especies que pastean tranquilamente en valles y llanuras. En condiciones extremas, de riesgo o peligro, esas son las primeras en desaparecer. El gran reservorio de la vida en el planeta se encuentra en aquellas formas de vida, de acción y de adaptación que no son inmediatamente visibles y evidentes.


El mundo de la obviedad, de lo que va de suyo, de lo abiertamente público y manifiesto se asimila evolutiva y epistemológicamente al sentido común y la banalidad. En el mundo de la cultura, lo banal es grotesco por manifiesto y chabacano, mientras que la elegancia se asimila a lo sutil y a la no ostentación, a la finura y al disimulo.


En los resquicios y pliegues se encuban posibilidades y oportunidades. Higiénicamente, de enfermedad y patologías, pues es en esos rincones en donde los microorganismos de toda índole hallan las más idóneas condiciones de vida: parásitos, bacterias, virus, por ejemplo. Pero, evolutivamente, la vida se encona en los claroscuros, aprovecha la luz, pero juega con las sombras, y espera, mientras actúa adaptativamente.


Existe una teoría que hace de los pliegues y repliegues un motivo propio de estudio y de trabajo: la teoría de catástrofes. Desarrollada originariamente por R. Thom, la teoría de catástrofes es de origen matemático e identifica siete catástrofes, que son, literalmente, pliegues, ausencia de valles y linealidades, caídas súbitas y demás. Las catástrofes elementales fueron identificadas por Thom como pliegues o flexiones, cúspide, cola de milano, mariposa y tres tipos de ombligo: hiperbólico, elíptico y parabólico.


Así, debemos poder aprender más allá de la obviedad y lo evidente: un sano ejercicio de escepticismo, una duda razonable, un sano ejercicio de sospecha. Sospecha de lo público, lo abierto, lo común y universal, por ejemplo. En este sentido, los elementos que aporta la teoría de catástrofes resultan sugerentes: considerar discontinuidades, atender a las divergencias, en fin, la importancia de la(s) histéresis; esto es, que un fenómeno determinado no pueda volver a su condición inicial.


Lo mejor de la filosofía y la ciencia está alimentado no de doctrinas, escuelas y autores, no de tradiciones y afiliaciones, sino de radicales ejercicios de independencia, crítica y skepsis (duda). Al fin y al cabo, no son las doctrinas las que permiten y garantizan el cambio de la humanidad, sino, perpetúan estados de cosas sidos. El cambio tiene lugar gracias a la sospecha, la independencia, el criterio propio y una cierta capacidad de adaptación permanente teniendo como atractor extraño justamente a los pliegues y resquicios.


Las plantas, el fundamento verdadero de la vida en el planeta, por ejemplo, aprovechan la luz, pero se concentran en las sombras y las oscuridades. Hunden sus raíces en la tierra, se mueven, se comunican y reproducen, pero lanzan al aire las formas mediante las cuales ellas mismas pueden hacerse posible y con ello hacer posible a la trama entera de la vida: las ramas, hojas, flores y frutos.


Es sólo cuando es absolutamente necesario, o bien, cuando se presenta una oportunidad que tiene una clara ventaja selectiva, que un organismo y una especie se lanzan a terreno abierto y al descubierto. Conquistan espacios vacíos y se apropian y transforman las geografías a las cuales se adaptan.


Decía Mandelbrot, el padre de los fractales, que la naturaleza misma es imperfecta, esto es, literalmente, fractal. No se funda, en absoluto, en sólidos perfectos, en geometría euclidiana. Un triángulo no es una montaña y una elipsis no es una nube, decía. Los fractales constituyen un ejemplo maravilloso de naturalización del conocimiento. Lo mismo cabe decir de la teoría de catástrofes.


El tránsito de intersticios y pliegues a valles y montañas es un proceso de aprendizaje tanto como de oportunidad. En ambos se combinan la necesidad y el azar, y ambos tejen las facilidades y las dificultades de la vida. En todos los niveles y escalas. Con una salvedad: si se ha ganado o conquistado ya un valle, una meseta o un pico de una colina o montaña, nunca hay que dejar del todo abandonado un refugio entre los resquicios, los rincones y los bordes. En muchas ocasiones de allí venimos. O allí podemos encontrar un refugio pasajero o permanente, si llega a ser necesario.


Ahora bien, por definición no vemos los pliegues, resquicios, bordes y pliegues, pues estamos habituados a las transparencias y las obviedades. Y en muchas ocasiones, para verlos, debemos construirlos; o cambiar, por completo, la mirada.