No es casual, por tanto, que la democracia realmente existente sea ahora cada vez más aparente y formal –rito electoral–, y con mucha evidencia, y de modo paulatino, poco menos real. Una sola certidumbre así lo confirma: la diferencia entre la minoría rica de cada sociedad y la mayoría pobre de la misma se acrecienta año tras año. Pero, además, la opinión pública de diversas sociedades se homogeniza, haciéndose obvio que la información no circula en forma libre sino determinada por los creadores de opinión, quienes dirigen y determinan los flujos y los ciclos informativos. Ahora ya no hay “libertad de opinión sino monopolio de opinión”. Al final queda el margen de reflexión y decisión de cada uno de los ciudadanos, pero la avalancha monolítica condiciona y cierra la misma por períodos.
El escenario tanto mediático como estratégico ha convertido el campo político en una teatralidad. Los gobiernos y partidos ven la necesidad de este campo para posicionar sus ideologías y ganar carisma entre la población. Es el caso de Colombia, donde un gobernante, cada vez más cuestionado en el mundo entero por su autoritarismo y la defensa del poder histórico y tradicional, conserva e incluso incrementa su popularidad en el ámbito interno. Ejercicio comunicativo de poder que se diseña y se desarrolla desde unas estructuras cuyos centros neurológicos se localizan –en un claro colonialismo cultural– allende las fronteras nacionales, dominando millones de conciencias a partir de modelos, políticas y naturalizados modos de entender el mundo que imprime la globalización por medio de las élites. Así, además de tener una concentración económica en los medios, va acompañado del tipo de formación que recibe el comunicador social y el uso que hace de las fuentes para contrastar una noticia. Todo ello con aceptación de la subalternatividad a los centros mundiales de poder.
Cerrado poder de los medios
En toda su historia pretérita y reciente, Colombia ha sufrido el monopolio de los medios de comunicación, pero en los tiempos actuales esa realidad es más palpable. Grandes empresas como El Tiempo, Caracol y RCN, ligadas a poderes económicos y políticos ‘eternos’, han controlado la opinión pública del país, pero también han construido y profundizado valores, referentes culturales, ideales políticos, meciendo y adormeciendo en sus noticieros y páginas ‘informativas’ a millones de colombianos, por efecto de lo cual se vive una simulación cultural y democrática.
Sus esfuerzos por hacer de su opinión la de la todos los colombianos se ha concretado a través de un delicado ejercicio informativo, el mismo que con el paso de los años se hace más vulgar o cínico, concretando desde el mismo un “ilusionismo demagógico”.
El más reciente ejemplo de su descaro e irrespeto para con televidentes, radioescuchas y lectores lo tuvimos en la reciente marcha del 6 de marzo, en la que, pese a ser citada en protesta contra los crímenes de Estado, el Gobierno y sus soportes se esforzaron por invisibilizarla o reducirla a una marcha contra “todo tipo de violencia”, es decir, por desnaturalizar el histórico conflicto colombiano cuyas raíces y desarrollo descansan en factores de poder tradicional y violencia estatal.
A tal punto llega esa desfachatez, que de unos años hacia acá los noticieros de radio ya no son eso, noticieros (lectura de las noticias del día, de cuya escucha el ciudadano construye su sentido del mundo), sino espacios cada vez más cerrados de opinión condicionada, donde su director y su séquito –mesa de trabajo–, minuto a minuto, opinan sin recato alguno sobre lo humano y lo divino, condicionando la reflexión que pudiera elaborar quien les escucha. Esto es conocido como la lectura sugerente, donde lo que prima es construir la opinión pública por esos comentarios y no por el hecho noticioso.
Deformación del sentido de la información y de la democracia, que es aún peor, pues si bien existen diferentes emisoras, todas son de las mismas empresas, además de alimentarse de las mismas fuentes y construirse sobre idénticos parámetros acerca del poder. Al final tenemos distintas marcas pero un solo y único producto. Y, claro, la opinión del gobernante, ahora dedicado a la administración pública en un permanente reality show, crece como espuma.
De la mano de la globalización
La única particularidad que se vive por estos días en Colombia es que esos medios, que por tantos años fueron casas, ahora están ligados al poder mundial, económico y mediático. Conscientes de la integración del capital, de su globalidad y centralización, el capital criollo no quiso disputar escenario alguno, ni defender espacios para la identidad y la nacionalidad, sino que se sometió a las lógicas de lo dominante. Ahora es parte del todo, y ejerce la particularidad sólo conservando y defendiendo las dinámicas hegemónicas en el mundo entero. Así recoge sus réditos, de ninguna manera pequeños o reducidos.
Ahora El Tiempo es Planeta y Caracol Radio es Prisa. Bajo su manto todopoderoso van quedando arropadas revistas, periódicos locales y regionales, canales de televisión y multitud de emisoras, cada uno programado para un nicho del mercado o para un público específico. Y otros que no encuentran el momento apropiado para vender sus empresas (Ardila Lülle o RCN) se alían a grupos que cubren todo el subcontinente, como la cadena radiofónica Solar. De esta centralización y la homogenización no escapan los diarios regionales, ahora bajo el efecto y el poder de las fuentes de información (oficiales), o sometidos al poder económico de los grandes capitales que poco a poco los van incorporando a sus portafolios empresariales.
El gráfico que acompaña a esta nota nos permite acercarnos a esta realidad, y por esa vía deducir por qué la ‘democracia’ colombiana es la más deforme del continente.
Si el lector tiene dudas sobre lo aquí expresado, puede seguir estructurando el gráfico, agregándole al mismo las empresas de todo orden y nivel que hacen parte de estos “grupos mediáticos”, en verdad grupos económicos y políticos, concentradores de la riqueza nacional y deformadores de la cotidiana realidad y la democracia que sobrellevan y viven millones de connacionales.


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