Más que heurística, la hipótesis de Ginzburg es estratégica. Porque lo que él llama “lenguajes radicales de la historia” no son discursos marginales que vienen a enriquecer el relato central; son, más bien, el pliegue donde el orden se vuelve contra sí mismo, donde la filosofía, al encontrarse con la cultura popular, deja de ser filosofía para convertirse en una tecnología de desorden.

"A unas semanas de su deceso, el legado de Ginzburg es el de un pensador que hizo de la historia un ejercicio permanente del asombro". Foto Wikimedia Commons
















































































































































































































































































































































































































































