La no tan ampliamente conocida historia de los legionarios polacos, mandados por Napoleón en 1802 a la colonia francesa de Saint-Domingue −hoy Haití−, “para sofocar el motín de prisioneros”, como se les dijo, y cuya parte, cuando se dieron cuenta de que se trataba en efecto de restablecer la esclavitud en una nación que luchaba por su independencia −tal como lo hacía la propia Polonia en aquella época−, se unió a los insurgentes, sigue siendo uno de los mejores ejemplos del universalismo en la historia.
En reconocimiento a esto, tras el triunfo de la revolución en 1804, cuando Jean-Jacques Dessalines, el primer líder de Haití, −Toussaint Louverture pereció un año antes en una prisión francesa− ordenó masacrar a la mayoría de los blancos en la isla, dejó a los polacos aparte. Como muestra de agradecimiento los reconoció constitucionalmente como noir (sic) −“¡Son los negros-blancos de Europa!”−, y les concedió el derecho a establecerse y plena ciudadanía en el nuevo país, donde hasta hoy en día viven sus descendientes.
Entonces, cuando hace unos días en las redes irrumpió la noticia viral de que la selección haitiana de futbol “incluyó una bandera polaca en sus camisetas” todo, a primera vista, dadas las conexiones históricas reales, parecía creíble. Algunos polacos −me constó al menos por unos cinco minutos− se sintieron vindicados doblemente: por el reconocimiento a una rara en la historia de “un país más reaccionario del mundo” (Maria Dąbrowska dixit) huella histórica emancipatoria en el mundo y por la consolación ante el hecho de que Polonia, a diferencia de Haití, no está en este Mundial.
La credibilidad de todo el “rumor” estaba respaldado también por el hecho que la bandera en cuestión era parte de un gráfico en la parte inferior de la camiseta que muestra siluetas de los granaderos de la época y que conmemora la famosa y decisiva para la independencia haitiana batalla de Vertières (1803) en la que un contingente polaco luchó efectivamente de lado revolucionario, también en contra de otra parte de sus compatriotas que siguieron fieles a Napoleón.
Pero pasados los cinco minutos quedó claro que se trataba de un malentendido generado por una ilusión óptica y un wishfull thinking en tiempos del desasosiego futbolero. En realidad las camisetas haitianas diseñadas por el fabricante colombiano Saeta −que ha sido, junto con la federación haitiana, indagado sobre el tema− lucen la “normal” e histórica bandera revolucionaria haitiana azul y roja (aun sin el escudo en el centro), no la polaca. Y sólo en las fotos de baja resolución la franja azul superior, contrastada con el fondo oscuro en las camisetas principales parece blanca justamente como en la bandera de Polonia (para una comparación en las camisetas blancas “de visitante” el mismo símbolo luce claramente sus colores originales).
Pensándolo bien y aceptando ya la triste realidad de que “hasta aquí Polonia en el Mundial 2026”, lo más curioso de toda esta confusión era que se trató, ni más ni menos, sino de una suerte de “ilusión óptica freudiana” que obrando en la inconsciente de los ingenuos insistía en insertar el color blanco de vuelta de donde éste en su momento ha sido removido por los propios revolucionarios haitianos.
Resulta que la bandera haitiana “nació” unos meses antes de la victoria en Vertières −durante el Congreso de Arcahaie−, cuando Dessalines arrancó literalmente de la bandera tricolor francesa la franja blanca central en un gesto de descarte a los colonos blancos y el rechazo a la opresión y la esclavitud y pidió a su ahijada coser las dos franjas restantes −la azul roja que representaba a los ciudadanos negros y la roja referida a la población mulata−, y que inicialmente, de hecho, estaban acomodadas de forma vertical.
Dicho sea de paso −y para que todo el cuento sea redondo, como la pelota, claro− la otra y única hasta ahora vez que Haití se había calificado al Mundial −hace 52 años en los tiempos de la dictadura de Baby Doc Duvalier obsesionado con el futbol y tras una clasificatoria polémica de la Concacaf en Puerto Príncipe−, la selección haitiana chocó infamadamente con la de la Polonia socialista. En la fase de grupos tras lograr un histórico gol a Italia (¡y a Dino Zoff!), Haití acabó goleado por el equipo polaco por 7-0.
Aquel Mundial de 1974 en Alemania Occidental fue, de hecho −permítanme igual una reminiscencia nostálgica−, especial para Polonia. Con una alineación legendaria −Lato (el máximo goleador del torneo con 7 tantos), Szarmach, Deyna, Gorgoń y otros− el país alcanzó por primera vez su máximo triunfo, el tercer lugar en el podio (después de haber vencido 1-0 a Brasil), algo que otra representación ya también con Boniek, repitió ocho años después en el Mundial de 1982 en España (derrotando a Francia 3-2). Los éxitos que ninguna otra después logró a emular ni siquiera la de a cargo de Lewandowski, que ahora ni se calificó al torneo.
En fin. Por si el malentendido acerca de la bandera polaca en las camisetas y el inconsciente afán de “reinsertar” el color blanco a la bandera haitiana no fueran suficientes, al día siguiente de esta controversia la FIFA, apuntando justamente al gráfico en cuestión, pidió la modificación de las mismas “a causa del mensaje político que contenían” (sic). Resulta que a 222 años de su independencia, Haití ni siquiera puede celebrarla abiertamente ya que el mundo blanco, que evidentemente no ha aprendido nada del gesto universalista de los legionarios polacos, hasta hoy en día no le había perdonado lanzar la primera y exitosa revolución antiesclavista en la historia.
13 de junio de 2026



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