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Gaitán, 60 años de ausencia y de honda presencia. 1948-2008

“Yo no soy un hombre, soy un pueblo”. Así se autodefinía Gaitán. Y en efecto, una vez llevado a cabo su asesinato, quedó demostrado que, sin duda, era un pueblo.


 


Hay que cerrar los ojos para imaginar los miles y miles del pueblo que gritan y accionan con toda furia, inicialmente contra el sicario que impactó con su arma en tres ocasiones el cuerpo del dirigente, luego contra los símbolos del poder y después contra todo lo que encuentran a su paso. Hay que hacer el ejercicio de llevar la mente hacia aquel viernes, cuando apenas empezaba la tarde y el reloj marcaba la 1 y 15 minutos. Fin de semana en que el pueblo avanza hacia el Palacio de Nariño, hoy Casa de Nariño.


 


Las voces van ganando un eco de rabia y de multitud. Sectores de la policía se suman a la revuelta. Aparecen armas. A su paso, todo es arrasado. Es una reacción innata, natural, que denota a todas luces que, pese a todos sus esfuerzos por elevar la consciencia popular, liberal y conservadora, pretendiendo llevarla más allá del pensamiento espontáneo, tradicional y pasional que le había inculcado la oligarquía, aún no se había concretado la pretensión de impregnarle un sentido de interés de clase, como pretendió Gaitán durante tantos años. Aquello permitió que la oligarquía misma se hiciera del control político de ese proceso desbordado de protesta.


 


Las horas pasan, los incendios se multiplican por el centro de la ciudad, pero también los muertos. El Cementerio Central se llena de cientos de cuerpos apilados, revueltos unos con otros: jóvenes, mayores, adultos. Todos pueblo. La oligarquía, entre tanto, discute a su interior la maniobra por implementar, y acuerda no atizar el fuego. Las supuestas diferencias que la distancian se disipan, y el enemigo es uno sólo: la chusma, la montonera, la masa, los de ruana.


Así se pierde la mayor oportunidad que ha tenido el pueblo colombiano de acceder al control directo de sus intereses y su destino. El fuego pasa de la capital a las provincias, donde los combates se extienden durante varios días para luego replegarse al campo, donde se conforman las guerrillas liberales, armadas por sus ‘jefes’ de la capital, los mismos que, una vez logrados sus propósitos de poder individual, las desarman y las desmontan (1952-1953).


 


Vendrían después los llamados bandoleros y chusmeros, es decir, los ecos lejanos de una protesta que finalmente no encontró cause político y se fue haciendo rabia, venganza, manifestación del más craso individualismo. Sólo una parte de esa protesta logró cuerpo y se hizo farc con el paso de los años. Aún hoy está por cerrarse esa herida.




 


Un proyecto de varias décadas y aún por realizarse*


 


Gaitán dedicó toda su vida a la acción política, a la lucha por remover este viejo país amasado desde la Colonia española y trasplantado a la República, sustituyendo el Estado de casta por un Estado popular y nacionalista. Así se deduce de los objetivos que alimentaron toda su lucha: “La modificación del Estado de clase o de casta; la eliminación o el control de la economía de competencia; la substitución del criterio individualista por uno socialista; la eliminación del privilegio en la clase o en el partido y la ampliación multidimensional de la democracia en tres planos: en lo económico, lo político y lo social”.


 


Es por esto que se puede asegurar, con toda certeza, que Gaitán era un revolucionario. Su papel, de hondo calado, se determina en el objetivo último de sus luchas y de su pensamiento: la transformación revolucionaria de la sociedad colombiana, en su cuerpo y en su espíritu, lo cual pretendía hacer realidad movilizando al pueblo liberal y conservador.


Es a partir de este esfuerzo, enfrentando los poderes enquistados en la vieja estructura social que se arrastra desde la Colonia, ahora controlada por las fuerzas imperiales de los Estados Unidos, que la acción gaitanista consigue romper en dos la historia colombiana, como no logró siquiera hacerlo la República de las Sociedades Democráticas en 1850-1854. Logra hacerlo al reagrupar la nación en dos grandes frentes sociales: el pueblo, como suma inorgánica de clases trabajadoras, y las oligarquías, como castas gobernantes en la economía y la política.


 


La aspiración gaitanista era popular, nacionalista y democrática; en eso reside su penetración y sus alcances revolucionarios. Como nadie, Gaitán comprendió la naturaleza del poder reinante en Colombia, la sinrazón de los privilegios absurdamente concedido al capital en el desarrollo económico de la nación, y el concepto secundario en que ha colocado al trabajo. Es por esto que reclamaba “que al hombre se le trate como a hombre, no como cosa; que se le garantice el derecho al trabajo y a la remuneración justa; que no sólo exista el derecho a la subsistencia sino a la cultura; que la sociedad se organice para cubrir los riesgos naturales –enfermedad, maternidad, vejez– que gravitan sobre toda persona humana, independiente de su condición y de su clase; que mientras el pueblo malgasta su vida, su trabajo, su capacidad y su espíritu, no se tolere en las clases altas una economía de desperdicio…”.


 


No hay que olvidar, transcurridos estos 60 años y pretendiendo apropiar para la acción social el pensamiento vivo de Gaitán, que él fue producto de su país y de su tiempo. Que es su época y que del pueblo toma el impulso revolucionario, el anhelo de justicia, la fe en el sentido popular de la nueva era, pero no puede sustraerse al legado de las viejas generaciones, especialmente de aquella que sentó cátedra republicana desde 1916. A Gaitán debemos juzgarlo dentro de ese marco de circunstancias.


 


*     Tomado de «Gaitán y el problema de la revolución  colombiana», Antonio García.

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