Invitación a la historia de la lectura en Colombia
Siempre optimista por el futuro del libro y sus lectores Umberto Eco afirma que “el libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez se han inventado no se puede hacer nada mejor. El libro ha superado la prueba del tiempo… Quizá evolucione en sus componentes, quizá sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es”1. Una afirmación que permite ubicarse en tres preocupaciones, que si bien no aparecen de manera explícita sí parecen agobiar los diversos ambientes que competen a la comunidad de escritores, lectores y productores de libros.
Por una parte, se ubica la necesidad de reflexionar sobre el libro y en tanto la lectura, como incuestionable e indispensable para todos los individuos, expresada socialmente por el afán en la multiplicación de los lectores y que genera un marcado interés en los índices de cobertura. Una preocupación, que regularmente conduce a alertar sobre los estados, las formas y los procesos de promoción de la lectura, en las políticas públicas frente a los planes de desarrollo, en la educación frente a sus programas y métodos, en las editoriales en sus proyectos, en los espacios alternativos como las bibliotecas, con el surgimiento de mediadores y promotores de lectura.
La segunda preocupación, actual y ya no tan reciente, es la generada por la construcción (algunos dirán la destrucción o desaparición) de formas y prácticas lectoras bajo la fuerza social que han adquirido las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Infinidad de búsquedas desde los propios medios tecnológicos, desde las editoriales, desde las bibliotecas, que frente a la duda por la desaparición del libro, por los cambios en las formas de leer, se arman en los ámbitos en los que surge la preocupación anterior, de estrategias de legitimación.
Umberto Eco al enfatizar en el carácter práctico del libro, al señalarlo como objeto indispensable y perfecto, sin duda exige una tercera, la preocupación y el interrogante por el paso del tiempo para el libro y sus lectores. Estas preocupaciones, siguiendo las insinuaciones de Eco, se entremezclan en preguntas quizá más amplias sobre la herramienta que hace posible la práctica de la lectura: ¿Qué es leer? y ¿cómo se debe leer? y el necesario desplazamiento en el tiempo ¿qué se ha leído? y ¿cómo se ha leído?, interrogantes que convocan a la necesidad de pensar en la historia del libro, la lectura y los lectores.
En este horizonte, la literatura juega un papel preponderante. Sin duda alguna, ella exige y se consolida en formas particulares de lectura, desde su función como práctica social en su articulación con las diversas estrategias que legitiman socialmente la lectura y a la vez se convierte en una acción positiva e indispensable. La literatura se activa así en el modo como los lectores asumen su vida cotidiana y sus formas de su representación tanto individual como colectiva. Las lecturas, no solo literarias, participan de la manera como una sociedad se ve y se observa a sí misma y es desde esta perspectiva que lo escrito, interviene bien sea de manera crítica o a modo de identificación con los horizontes de vida de sus lectores.
De esta manera es posible plantear que la literatura hace parte de las funciones que constituyen la sociedad y sus individualidades, lo que permite abordar su función social en cuanto va más allá de la práctica inicial del acto de leer. Así, surge la importancia de reflexionar sobre cómo históricamente se ha visto su participación en determinados cambios sociales, –ya se ha estudiado la participación de la lectura en los movimientos estudiantiles de los años 70 del siglo XX– o en la manera como se integra lo individual a lo colectivo; en las consolidaciones y permanencias de imaginarios, por ejemplo las constantes en la construcción de héroes patrios en las múltiples composiciones sobre Bolívar y su diálogo con las historias patrias, las historias oficiales, en la consolidación de símbolos y parnasos; o en procesos que vinculan diversas colectividades como lo nacional y lo letrado, por ejemplo en la consolidación de la nacionalidad en el siglo XIX colombiano o la denominada en la actualidad novela del narcotráfico.
Lo anterior permite pensar en la participación de la literatura en la construcción de memorias colectivas, como partícipe de un mundo letrado que se toma otros espacios y a veces permea y se deja permear por otros lenguajes. Si bien esto ha sido pensado en cuanto a las demás producciones artísticas –pintura, música, cine, entre otros– puede desplazarse también a la relación con otras formas como por ejemplo la de la oralidad con la que no se pueden marcar límites exactos. Si bien la lectura es una práctica social, ella queda presente en diversos sustratos y espacios tanto de lo que se recuerda como lo que se olvida colectivamente. Así, se van consolidando una tradiciones lectoras, que marcan la oficialidad, lo canónico, la innovación, la revolución, en últimas la permanencias y los cambios resultado de su tensión con el discurso de la historia y con otros discursos sociales, ideológicos o políticos. Es así como surgen otras preguntas necesarias cargadas de temporalidad y qué sin duda requieren de una historia: ¿quién decide que debe o no debe ser leído? ¿Quién dice que un escrito es literatura o no? ¿qué literatura debe (quizá entre comillas) enseñarse en la escuelas y en las universidades?
En una perspectiva concreta, directa, la literatura se puede pensar en el umbral intermedio entre lo público y lo privado. Sin duda han ejercido mucho poder en la construcción de tradiciones, las historias de la literatura. Ellas participan en la consolidación de una fuerte tradición dominante, precedida por ejemplo, por la historia conservadora, hispanizante, de José María Vergara y Vergara de 1867, reproducida por su carácter fundacional hasta mediados del siglo XX y su participación en la construcción de la literatura nacional. Así, con variantes permiten nuevas propuestas, se establece aquello que se considera la literatura nacional, los soportes a un canon, una tradición literaria y sus principios, y la manera como la memoria cultural, en su vía letrada consolida unos valores de lo que se considera una literatura que representa a una colectividad, factores que a la vez entrarán en diálogo con los que mueven la educación, las academias y porque no, los procesos editoriales.
Parte de las respuestas pueden darse al pensar por ejemplo que las diversas tradiciones marcan horizontes en permanente afirmación y tensión en la organización de bibliotecas ideales, entendidas como aquellas que se construyen con lo que es, ha sido y debe ser la literatura para un individuo, una comunidad determinada y quizá en un momento dado. Pensar dichas bibliotecas enmarcadas en proyectos no sólo institucionales sino también en constante tensión con los demás ámbitos o campos que revisan lo que debe o no ser posible socialmente. Muchos son los ejemplos, quizá el que aparece a primera vista como el más extremo es el de la censura o de la exclusión de la lectura de algunos textos tanto nacionales como extranjeros y la aceptación firme de otros. Son múltiples los casos de libros señalados por la Iglesia católica durante el siglo XIX colombiano, que manteniendo la tradición del Index de libros prohibidos, adaptó sus listas frente a las publicaciones contemporáneas, lo que delimitó para determinados grupos, entre otros los femeninos, algunos procesos lectores o la apropiación de obras. El siglo XX iniciará esta tradición con la publicación de Libros buenos y libros malos del jesuita Pedro Ladrón de Guevara.
A la vez los lectores, consolidarán bibliotecas en la selección de sus lecturas, y asumirán este hecho como una forma de diferenciación social. Puede verse en cómo se asume la cercanía o distancia del polémico y excomulgado José María Vargas Vila. La consolidación de bibliotecas desde la presencia o el olvido en el caso los lectores del poeta Candelario Obeso, poeta negro que a pesar de haber sido leído por sus contemporáneos, posterior a su muerte pasó bastante desapercibido por los lectores y volvió a recordarse sólo hasta la década de los ochenta, fundamentalmente por estudiantes de doctorado en los Estados Unidos y los grupos que más que por su poesía se interesaban por la participación de un afrodescendiente en la comunidad letrada bogotana; o crearán sus propias bibliotecas en la constante búsqueda de expresión regional en el pasado y en la necesidad de rescatar, y ese es el término –usado por algunos lectores–, obras que contribuyan a consolidar la identidad a nivel local, en la que, aunque con otras connotaciones, sobresale la construcción del sentido de lo regional desde autores como Tomás Carrasquilla.
Surge entonces también la pregunta de cómo algunos libros han moldeado las representaciones colectivas del pasado y desde allí tradiciones como por ejemplo, las construidas por los valores de la infancia en las Fábulas de Rafael Pombo; la tradición romántica, con la imagen de una literatura considerada fundacional, el caso de María de Jorge Isaacs, que a la vez se consolida en la tradición ideal del personaje femenino, frente a su contemporánea y olvidada hasta no hace poco Dolores, de Soledad Acosta, o las de poquísimo recuerdo por parte de los lectores Manuela, Tránsito o Aura, o en la actualidad la continuidad o ruptura de una tradición con Rosario Tijeras.
Otros horizontes, quizá otras tradiciones se dan en la relación de la literatura y los procesos de recepción con lo ético, lo político y lo religioso, en el diálogo con otros discursos. Así, es posible pensar en la participación de la literatura en el sentido crítico de la memoria, en la cercanía o distancia frente a una memoria éticamente colectiva, por ejemplo contra la esclavitud, en la manera como interviene en el dialogo en la prensa periódica de novelas por entregas extranjeras publicadas en los periódicos colombianos como la norteamericana La cabaña del Tío Tom y la francesa, El mendigo negro difundidas a mediados de siglo en el momento de discusión sobre la abolición.
Pero si bien la relación entre bibliotecas ideales y la consolidación de tradiciones permite una aproximación a la función social de la lectura, esta sin duda no es posible si no se tiene en cuenta que la literatura tiene un valor simbólico que adquiere en el mundo de lo letrado y este en el conjunto de los lenguajes y las prácticas sociales. ¿Qué es ser un lector? ¿Cómo se hace un lector? ¿Cómo se hace un lector de literatura? Sin duda alguna los autores son los principales artífices del proceso como los son aquellos que hacen de sus manuscritos productos, bien sean libros, periódicos o folletos. Pero quizá, la pregunta remite al espacio privilegiado para la consolidación de lectores: la escuela y el sinnúmero de preguntas frente a lo literario desde ella propuestos. Qué concepto se ha consolidados en las diversas tradiciones educativas sobre la literatura, no sólo en las cartillas y textos didácticos a partir de los cuales se enseñan, por señalar alguno, el curso de Literatura y lengua castellana. A la vez, qué factores intervienen en la selección de aquellas obras del canon que todos leemos como parte de aquel difuso conjunto denominado clásicos o las literaturas nacionales.
Leer y escribir es quizá la intención primaria que se ha señalado a los espacios educativos, pero la educación permea a su vez todos los espacios sociales. Cómo, en el siglo XIX a veces tan distante y a veces no tanto, se representaba el libro en los textos directos de las educación formal, o en los que en el pasado eran pensados para la educación impartida por la familia en la que la mujer jugaba un papel principal, o en los documentos oficiales, en los artículos de prensa tanto católicos como de sus opositores que le daban un carácter civilizador, son entonces interrogantes para la historia de la lectura en Colombia. Se podrá entonces indagar, por la presentación y reiteración de discursos sobre el libro que se van institucionalizando en dichas representaciones, que a la vez van dando un espacio social a la imagen de lo que se consideraba un autor, un editor, un impresor, un lector y por supuesto la actividad lectora.
De esta manera la educación quiere generar y proponer usos colectivos del impreso, el problema está en comprender cómo se propone el libro en su representación simbólica, en los discursos que desde esta se emiten sobre él y cómo se representa el libro para ser leído, dado que tanto en uno como en otro caso las representaciones provienen a su vez de una práctica lectora.
Por otra parte, está la imagen del autor articulada a la del libro, el lector y la lectura. La imagen del escritor se convierte en partícipe del grupo lector, como integrante de un grupo de recepción productiva en la elaboración de nuevas obras y que a la vez, participa en la actividad social. En el siglo XIX se ve representado por ejemplo en el político gramático o en el XX y XXI por algunas formas de escritor mediático. La figura de autor interviene así en la relación de los lectores con las obras y con la materialidad del libro. No se podría simplificar que la selección de las lecturas contemporáneas está mediada solamente por las reseñas, los premios y los eventos masificados. Pero sin duda alguna, las transformaciones en la figura del autor, las transformaciones en sus procesos de escritura, de la producción objetos llamados libros y su relación con los demás lectores producen históricamente cambios significativos en las prácticas sociales de la lectura.
Un lector se construye entonces fundamentalmente a partir de la obra y en su diálogo con ella, pero además está armado –si se permite la dureza del término– de la imagen del autor, y a partir de su experiencia educativa. Pero sin duda alguna existen otras mediaciones que hacen compleja su práctica. La representación que la sociedad hace del mundo de las letras y la posición que asume frente a ellas y que tiende a volverse dicotomías cuestionables desde la mirada histórica: las altas y bajas letras, lo culto y lo popular, lo alfabetizado y lo que no lo es, están también en diálogo con el libro y la lectura como forma de producción material en la que se prefigura el encuentro entre el mundo del texto y el mundo del lector. Tal vez esta es la preocupación principal de aquellos productores de lectores, que además de los ya mencionados espacios educativos y los mediadores institucionales, son los editores, los encargados de dar una expresión material a las obras y difundirlas o venderlas a quienes, ya desde un tiempo atrás, se denomina el público lector.
Están abiertas así, diversas formas de pensar la historia de la lectura que pueda contribuir de manera permanente a dilucidar problemas de una historia cultural amplia que permite retornar desde otra perspectiva a las preguntas formuladas inicialmente ¿Y si leer, incluso leer todos los libros fuese prácticamente inútil? ¿Por qué importa la lectura?2 Nuevamente volvemos a las preocupaciones iniciales, ¿cómo es posible llegar a comprender la lectura como una práctica social y en ese espacio la literatura? Como al estudiar la cultura del libro, de la literatura, de lo letrado se comprenden algunas prácticas sociales y como pensar la lectura desde su historia en Colombia y en particular a la de la literatura, permite aproximarse a la construcción de tradiciones que en el presente surge de la construcción de bibliotecas ideales, de procesos educativos, la figura social del autor, la materialidad del libro y los lectores como aquellos que hacen de su práctica una actividad justificada y socialmente activa.
Probablemente la historia de la lectura abra un espacio de comprensión sobre cómo afrontar social y en tanto culturalmente los retos que exigen las transformaciones de las prácticas. ¿Bajo qué tradiciones se han construido los lectores en Colombia y a qué tradiciones nos estamos enfrentando como lectores, escritores, docentes, estudiantes editores e investigadores? ¿Qué se ha leído, cómo se ha leído, para qué se ha leído? ¿Quién decide que o que no se debe leer? De allí quizá se desprende la posibilidad de ver, al menos parcialmente, cómo las diversas formas de circulación de los textos y la práctica de la lectura están participando en la configuración de unas constantes en la manera en que las comunidades o los diferentes grupos arman su concepción sobre lo social, lo individual, y en tanto sobre sus actos.


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