“Los acontecimientos de este verano indican que hemos entrado en una nueva y peligrosa fase”, dijo Christine Lagarde, directora gerente del FMI, en la cumbre de Jackson Hole, el 27 de agosto pasado, y, pese a que se atribuyeron a sus declaraciones las subsiguientes caídas de las bolsas de valores, el domingo 4 de septiembre se ratificó en su apreciación en declaraciones para el diario alemán Der Spiegel. El director del Banco Mundial, Robert Zoellick, se había sumado al coro de las advertencias, y el sábado 3 consideró la posibilidad de una nueva caída económica de alcance global, aunque también coincidía con Lagarde en que aún era evitable si bien el margen de acción, debe reconocerse, es considerablemente menor que hace dos años. Las alarmas acabaron de activarse cuando los datos del empleo en Estados Unidos marcaron para agosto cero creaciones de puestos de trabajo, y Barack Obama se veía obligado a notificar el Proyecto de Ley de Creación de Empleo, estimado en 470 mil millones de dólares.
La esperanza de los “brotes verdes” de la recuperación se han cancelado y todas las previsiones sobre el crecimiento se ajustan a la baja. Las alzas en las bolsas de valores se revierten y el precio del oro sigue su escalada alcista, como prueba de que la desconfianza es el común denominador. El desempleo se resiste y la protesta social comienza a extenderse en el autodenominado mundo desarrollado, en un intento desesperado por contrarrestar la ofensiva contra las conquistas sociales que cada vez están más arrinconadas.
Los teóricos del sistema dan muestras de desconcierto y los políticos parecen no saber qué hacer, en un momento en que discursos y prácticas dan trazas de ser más contradictorios que nunca. Sin embargo, pese a la evidencia de una crisis, es bueno preguntarnos sobre qué y sobre quiénes recae, así como sobre las nuevas condiciones que le hacen expresar a George Magnus, analista del UBS (gigante de la banca Suiza), que aquello que estamos viviendo es “una crisis del capitalismo que sólo se ve una vez en la vida”.
Un modelo de juego de suma cero
Los juegos de suma cero, conocidos también como juegos no cooperativos, son aquellos en los cuales el monto que ganan los vencedores es exactamente igual a la cantidad que pierden los vencidos (el juego de póker es un prototipo clásico de suma cero). Por el contrario, los juegos de suma no cero o juegos cooperativos son aquellos en los que todos ganan. Este último caso se ejemplifica con la economía en la que un aumento de la productividad, por citar un caso, al permitir que los precios bajen, puede ampliar el mercado y favorecer a consumidores y productores, pues los demandantes se benefician de precios más baratos y los productores pueden aumentar sus ganancias totales por el crecimiento de las cantidades vendidas. Pero el capital, en su última etapa, ha convertido las relaciones económicas en juegos de suma cero en los que la lógica de la desposesión pasa a ocupar el lugar central de la racionalidad económica.
El primero en señalar que un aumento en los salarios no implica necesariamente, como consecuencia, una disminución en las ganancias fue Marx, quien demostró que las mejoras en la eficiencia productiva, que significan producir más con los mismos recursos (en el lenguaje marxista, aumentos en la plusvalía relativa), hacen posible que el diferencial se pueda repartir entre capitalistas y trabajadores, y que, independientemente de cómo tenga lugar tal repartición, las dos variables pueden aumentar simultáneamente. En otras palabras, la distribución del ingreso en la sociedad no es por definición un juego de suma cero, tal como se desprende de las tesis de Adam Smith y David Ricardo.
Los 30 años que transcurrieron entre 1945 y 1975 fueron prueba de que ganancias y salarios pueden subir simultáneamente. A partir de este último año se impone la tesis de que los aumentos salariales provocan inflación y reducen las posibilidades de inversión, bajo el supuesto de que ganancias y salarios deben tener comportamientos inversos. El descenso en los salarios o, en el mejor de los casos, el estancamiento es el primer hecho que da pistas sobre lo que hoy sucede y muestra a los trabajadores como los primeros grandes perdedores en la nueva situación que se impone desde mediados de los 70 del siglo XX.
En contrapartida, tenemos como grandes ganadores a los individuos de alto patrimonio neto (High Net-Worth Individuals, HNWI, su sigla en inglés), que vienen separándose cada vez más del resto de los mortales e incluso siguen ganando con la crisis. Según el 15º Informe Anual sobre la Riqueza en el Mundo, publicado en junio de este año por Merrill Lynch Global Wealth Management y Capgemini, los más ricos aumentaron su número y su riqueza en 2010 y superaron los niveles de 2007, previos a la crisis, en todas las regiones con peso significativo en la economía mundial, incluidos los países emergentes. El aumento poblacional de los HNWI en ese período fue de 10,2 por ciento y hoy suman 11,9 millones de personas (0,1% del total) y un crecimiento de su patrimonio financiero de 9,7 por ciento hasta alcanzar 42,7 billones de dólares estadounidenses (millones de millones).
Este ‘logro’ de los más ricos ha estado acompañado de un favorecimiento cada vez mayor de la legislación estatal. Desde el 66,4 por ciento que pagaba una familia norteamericana de ingresos equivalentes a un millón de dólares por año en 1945 (ver Gráfico), se pasó a 32,4 en 2010, debilitando los ingresos de los Estados, que por esa razón se constituyen en los segundos grandes perdedores. Estados y familias enfrentan la disminución de sus ingresos, entregándose al crédito y entrando en una espiral de deudas que son la segunda pista para entender la problemática actual.
En tercer lugar, se asiste a un cambio en la jerarquía de los mecanismos de acumulación de riqueza, en el que los dividendos y los intereses le ceden el paso a las ganancias derivadas de los diferenciales de precios en la compra-venta de activos, acelerándose el proceso de circulación de la propiedad del capital que en ese juego de compra-venta de títulos centra la expectativa del enriquecimiento personal o institucional. Y si seguimos hablando de juego es porque los temores de Keynes de que el capitalismo se convirtiera para sus élites en pura especulación se están cumpliendo. El capitalismo casino se ha consolidado, y en esa nueva racionalidad el dato del crecimiento pasa a segundo plano, pues, como en un juego de cartas, aún si el monto de la mesa es fijo, se pueden esperar ganancias desposeyendo a otros.
Ahora, como cuarto y último elemento, tenemos la cada vez más asimétrica distribución de la producción de mercancías, que con la nueva división internacional del trabajo propicia balanzas comerciales persistentemente superavitarias en unos países (el ejemplo cásico es el de Alemania, China y Japón) y crónicamente deficitarias en otros (caso paradigmático, Estados Unidos). Para estos últimos Estados, tal condición se suma a la regresión de los impuestos que completan las razones de un endeudamiento estructural (se estima que la deuda pública de la Unión Europea, del 66,3 por ciento en el momento del estallido de la crisis, llegará a poco más o menos el 90 por ciento en 2012), cuya reversión sólo es posible mediante un reajuste estructural de la economía mundial.
Balbuceos y propuestas radicales
“Hace dos años quedó claro que para resolver la crisis serían necesarios dos procesos de reequilibrio: que el sector privado reemplace al sector público como fuente de demanda interna y que el superávit externo reemplace al déficit externo como fuente de demanda externa”, sostuvo Christine Lagarde en el discurso mencionado al comienzo, con lo cual plantea que internamente el gasto de los Estados se debe contraer y que las exportaciones se deben dinamizar. Para lo primero, señala el camino dictando que “[…] la primera prioridad debe ser tomar medidas duraderas que generen ahorro en el futuro, […]. Por ejemplo, con medidas que alteren el ritmo de crecimiento de las prestaciones sociales, de salud o de jubilación”, es decir, atacando aún más a los trabajadores. Sobre cómo alcanzar superávits externos generalizados nada dice, ya que es técnicamente imposible, tal como lo demostraron los críticos del mercantilismo, y además en la situación actual implica desmontar la actual división internacional del trabajo.
El modelo exportador ha significado para los países emergentes pasar de tener el 23 por ciento del PIB mundial al 38 en la actualidad. En la última década, estos países sumaron cerca del 60 por ciento del crecimiento, cuando en los 80 fue del 25 (después de la crisis, los países del BRIC crecieron 31 por ciento contra apenas el 1 de los países del G7), por lo que revertir esa situación, si ese fuera el remedio, exige involucrar más que simples medidas de ‘ingeniería’ económica. Acá es bueno remarcar que en el conflicto recientemente iniciado en África (Sudán y Libia son apenas el comienzo), de lo que se trata es de frenar la creciente influencia de China en ese continente.
La falta de imaginación en las recetas del FMI, que crecientemente se muestran más como munición mojada, pese a su carácter cruento, contrasta con las propuestas que desde diferentes partes se enuncian. Ante la ofensiva fiscal regresiva, algunos HNWI encabezados por el estadounidense Warren Buffet (quien afirmó que, si hubo lucha de clases, los ultrarricos la ganaron hace tiempo), seguido por Luca di Montezolo (dueño de Ferrari) en Italia, Liliane Bettencourt (dueña de L’Oréal) en Francia y el grupo alemán Ricos a Favor de Impuestos han iniciado una campaña para que los Estados los graven, por lo menos temporalmente. Pese a ello, comienzan a aprobarse leyes de contención fiscal como las de España o Colombia, que obligan a limitar el gasto. Sin embargo, lo llamativo es que, incluso en este punto, el pensamiento único se rompe por primera vez, más allá de si los Estados, más papistas que el papa, se niegan a la solicitud.
Que los ricos sigan jugando con acciones, bonos, derivados, etcétera, no es algo que deba preocupar, en la medida en que, mientras más se angoste la cúpula y más se polarice la sociedad, más transparente se hace el capital como sociedad antagónica. Gravar las ganancias súbitas (lo que en Colombia se conoce como ganancia ocasional) en los negocios de títulos es una opción que ya se baraja por quienes consideran que pueden darse mejoras en el corto plazo.
Dado que en últimas el problema termina por manifestarse en endeudamiento generalizado de los individuos y los Estados, desde el capital se proponen soluciones ‘nucleares’: el analista Neel Kashkari, ejecutivo de Pimco (el mayor fondo de inversión mundial en renta fija) dice que se debe dejar quebrar a los grandes bancos en problemas, lo mismo que a estados como Grecia, Irlanda, Italia, Portugal y España, pues no sería la primera vez que alguien se quiebra. “Sincerar” la economía, dicen los economistas, se vuelve a veces necesario, y las quiebras son una forma de aclarar cosas y sentar ejemplos. Por eso llama la atención la propuesta del comentarista Brett Arends, del Markerwatch, quien sugiere una suspensión masiva de pagos de todos los estadounidenses endeudados, acogiéndose al capítulo 11 de la Constitución, que consagra la protección por bancarrota.
Pero al parecer es todavía más interesante unir las propuestas de Kashkari y Arends, y propugnar por que Estados, empresas e individuos endeudados declaren la quiebra en forma simultánea, lo cual provocaría por lo menos una situación inédita, en contravía de las propuestas del FMI y las de sus contradictores más renombrados, como Krugman, Stiglitz, James Galbraith o Nouriel Roubini (éste incluso acepta la posibilidad de un colapso del capital), que tienen en común desconocer que sus recetas pertenecen a un mundo superado y que en las condiciones actuales las intervenciones con ese tipo de recetarios, ultraliberales o keynesianos, son totalmente inoperantes.
En el último informe de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad), dado a conocer el 6 de septiembre, se demandan mejoras salariales, mayor regulación de los mercados financieros, un sistema administrado de los tipos de cambio y el fin de la lógica del mercado, como una muestra más que los discursos de la ortodoxia ya comienzan a desesperar incluso en algunos círculos oficiales. En la sesión 18va del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Alta Comisionada, Navi Pillay expresa su preocupación por la aprobación de leyes fiscales que limitan los gastos públicos y llama la atención sobre el elevado riesgo de fuerte regresiones sociales, con las consecuencias que esto puede conllevar. En el mismo sentido, otro analista del UBS, Paul Donovan, asegura en un informe publicado por The Financial Times que el costo económico es la última preocupación de muchos inversores, pues se teme la deriva hacia gobiernos autoritarios, guerras civiles y desorden social generalizado.
Quizá la sorpresa del niño que, observando una película de leones y ñúes preguntaba con cierta inocencia “¿por qué los ñúes, siendo tantos y tan fuertes, en lugar de correr no les dan cara a los leones?” sea la clave de la nueva situación para los movimientos populares. Pues, además de declararse en bancarrota de modo masivo, pudiera utilizar la “desobediencia económica”, negándose a comprar ciertos productos o a ciertos distribuidores o, como usuarios, retirarse masivamente de empresas de salud, bancarias o de comunicaciones (o, lo contrario, vincularse masivamente a algunos sitios y colapsarlos), por tan solo citar unos ejemplos, probando que, si no se corre, son mayores las probabilidades de no ser atacado y despojado cuando se es mayoría.
La acción colectiva, masiva, puede demostrar fácilmente que el circuito de confianza del sistema es más vulnerable de lo que parece, y que actos legales y coordinados de la multitud que rompan reacciones esperadas y ‘normales’ pueden desnudar el sistema. El desafío es, entonces, para la imaginación y la audacia; de lo contrario, esperemos la barbarie.



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