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Un festival por el Tunjuelo

El pasado 23 de octubre se realizó el Quinto Festival del Río Tunjuelo, dirigido por el Centro Experimental Juvenil, organización de jóvenes que investigan sobre el impacto social y ambiental de los megaproyectos y el modelo de ciudad en la cuenca. Desde Abajo se subió a una de las seis balsas artesanales para realizar la travesía y generar conciencia ambiental, denunciando cuáles son los intereses dominantes que deciden sobre el río.

“La niña bella y radiante, que ayer corría por tus orillas, buscando flores para mamá,
se está muriendo de una infección” versos del poema
“Río Tunjuelito”, de Luis Ortiz Guzmán
(El Viejo Bucanero).

A pesar de ser una actividad de movilización, se hace con una complicidad propia del carácter híbrido cultural de los barrios populares, ya que dentro del evento se llevó a cabo un reinado entre lindas jovencitas del sector, que representaban semillas ancestrales como maíz, cebada, trigo, ají, papa, caléndula y zanahoria. Paralelamente, los encargados, tras muchas trasnochadas y percances, incluso tener que unir las balsas de aparejas por flotabilidad, estábamos listos a unos 300 metros del Hospital de Meissen para zarpar. En ese lugar evidenciamos las pruebas que hacen las empresas mineras para identificar qué tipo de materiales tiene el subsuelo. Son perforaciones de tres metros de profundidad.

En conversaciones con uno de los líderes, Oscar Barón nos cuenta sobre las pretensiones de las multinacionales en acuerdo con el gobierno nacional, para generar un distrito minero dentro de la ciudad que abarca el valle fluvial alrededor de los barrios Nuevo México y San Benito, extendiéndose hacia la montaña alta de Ciudad Bolívar y volviendo a bajar por Soacha hasta el embalse del Muña.

Antes de partir, compartimos con el taita Víctor Jacanamijoy Jajoy en un ritual de pagamento en el cual se le pide permiso al río para tener una experiencia sobre su estado hoy, agradeciendo en primer lugar la presencia del sol y las montañas. El taita nos compartió reflexiones sobre el deber como guardianes de la Madre Tierra y del cuidado de la naturaleza como forma de bienestar colectivo. Al salir las tres balsas armadas con las candidatas al reinado, la gente se asomaba por puentes y riveras para mirar extrañada qué pasaba. En sus rostros había asomos de sorpresas y sonrisas ante la locura de navegar uno de los ríos más contaminados de la capital.

El Tunjuelo es uno de los más largos de Bogotá, con una longitud de 53 a 73 kilómetros, que nace en la Laguna de Chisacá, en Usme, tierras donde está ubicado el páramo más grande del mundo, y desemboca en la vereda Bosatama, en Bosa, atravesando seis localidades de Tunjuelito, Usme, Ciudad Bolívar, Bosa y Sumapaz. Se estima que las personas asentadas cerca del río son 2,5 millones.

Al llegar a la sede del Centro Experimental, en el barrio Tejar de Ontario, las dificultades para orillar dieron lugar a un presentimiento que nos hizo desistir de continuar con las adolescentes a bordo. En ese lugar, un caldo de gallina era la forma de recargar energías para organizar el siguiente tramo, el más difícil. Los sedimentos habían represado un tronco en la mitad del río, y reforzado por las ramas bajas de un árbol aledaño se convertía en una barrera infranqueable de la que nos advirtieron al paso de la primea balsa, que casi se voltea. Nuestra suerte fue más desafortunada, pues, al chocar de frente, el tronco encalló la parte trasera y con las ramas se apalancó, volteándola en una posición diagonal.

No nos habíamos acomodado cuando la tercera y última se estrelló contra nosotros, en medio de confusión y caos. Al tomar conciencia de la situación, estábamos trepados en las ramas del árbol, mirando a dos compañeros aferrados a las barandas de la balsa, con un tripulante de la última balsa que estaba grabando todo. Otro compañero logró salir por la parte de abajo. La otra lancha estaba volteada por completo. No veíamos a uno de sus tripulantes, pero luego descubrimos que había decidido nadar hacia la orilla. Más que lo nauseabundo de sus aguas, mi preocupación era un señor de la otra balsa que no podía salir a flote porque una de las rejas sujetaba el chaleco salvavidas. Con el agua hasta el cuello, su compañero trataba de socorrerlo antes que aumentara la corriente.

El equipo de apoyo que encabezaba la Defensa Civil no estaba presente. Por estar en la orilla, afrontaba el impasable sendero que los desviaba. Los demás estaban esperándonos en el túnel de Colmotores. Así que entre los ‘náufragos’ nos organizamos para superar la situación. Desde la orilla, el intrépido nadador buscaba un tronco suficientemente largo y resistente para auxiliarnos. Pasaron unos cinco minutos cuando llegaron un policía y dos auxiliares que estaban cerca; eran custodios de la parte trasera del Centro Redentor, lugar gris de confinamiento juvenil. Ante la situación expuesta, exaltados solicitamos su apoyo, y la respuesta fue un reporte de radio y convertirse en observadores de la escena.

Al replicar, nuestra respuesta fue: un momento, si pide el favor, porque… con esa actitud tan grosera… Igualmente, nunca recibimos el apoyo de ellos. Como se pudo, logramos estabilizarnos en las balsas y poco a poco llegaron los compañeros para el rescate. Eso sí, no había otra opción que amarrarse a una cuerda y lanzarse al río para ser recibidos en la orilla. Al pasar todos, nuestra tarea consistía ahora en rescatar las balsas para terminar el recorrido. En este momento llegó la Defensa Civil. Al final, una de las tres balsas llegó a su destino final, el barrio Isla del Sol, con tripulantes diferentes. Todos los ‘náufragos’ llegamos a la ceremonia de premiación y coronación, no sin antes bañarnos cinco veces, con algo de alcohol y con una muda de ropa llamativa que no era la nuestra.

Preocupa saber si con todos los elementos contaminantes del río, eso tenga implicaciones para nuestra salud, pero también el hecho de cómo hemos dejado contaminar un río que fue un lugar para la recreación familiar y la pesca, que surtía de agua a la población de la capital. Pero tengo esperanza, pues, como me comentaba Óscar durante la travesía, “a pesar del estado del río, todavía vemos que alberga vida, ya que han regresado algunos pájaros: torcazas, tinguas, patos y gavilanes. Queremos recuperar la cuenca antes que los grandes mineros nos digan que quieren recuperarlo sin más interés que apropiarse del Páramo de Quiba”.

Información adicional

Navegando la contaminación de un río
Autor/a: Edwín Guzmán
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