Salí a dar un paseo para despejar mi mente, pues había estado todo el día corrigiendo unos textos, caminé un rato y de pronto me di cuenta que en casi todas las esquinas por las que había pasado había alguien vendiendo flores, luego noté también algunos escolares con hermosos ramos de rosas y un inusual movimiento en los almacenes, entonces me pregunté: ¿qué celebran hoy? La asocié con una fecha familiar (un cumpleaños) y de pronto, una sonrisa irónica se dibujó en mi cara: mañana es ocho de marzo, “día de la mujer”, y recordé que, poco a poco, los últimos años esta fecha se me fue desdibujando y ya no me importó que la celebraran o no.
Todo tiene que ver con el hecho de que el mercado se la apropió. Una fecha que en su momento fue reivindicativa para las mujeres, pues nos recordaba que éramos una fuerza de trabajo inmensa y fundamental para el desarrollo de los países y que, por lo tanto, teníamos derecho a ser tenidas en cuenta en este mundo patriarcal, exigir ser bien remuneradas y tener posibilidades de prepararnos y ocupar cargos de dirigencia.
Este era el sentido profundo de este día. Pero el capital no podía perdonar tamaño atrevimiento, así que ayudado por los medios de comunicación a su servicio convirtió esta fecha en otro carnaval para su beneficio y la mayoría de lugares cotidianos fueron inundados por esta fiebre del consumo, tanto, que ya casi nadie recuerda hoy por qué se celebra el día de la mujer en esta fecha, ocho de marzo, y volvimos a asociar a la mujer con la delicadeza, la sumisión, la ternura y la obediencia. Así se logró banalizar el único día que merecía ser recordado y conmemorado en el largo camino de la mujer en pos de su reconocimiento como alguien fundamental en el desarrollo humano.
Es una maniobra que consolidaron con el paso de los años. En un país en donde la guerra tomó un lugar privilegiado, las mujeres también pasamos a dolernos más de la cuenta, pues nuestros hijos, nuestros compañeros y nosotras mismas fuimos siendo presas de su acechanza, las mujeres de las clases populares llevaron y llevan la peor parte, pues son ellas las que regularmente ponen los muertos.
Para ellas y para todas las que aún recuerdan el 8 de marzo como la conmemoración de la valentía y el arrojo femeninos y porque este recuerdo no debe perderse, quiero contar una historia que sin ser ficción lo parece y con ella pretendo renovar el compromiso de la mujer luchadora, de la que sin dejar atrás su ternura, su delicadeza se muestra fuerte ante las adversidades y se organiza y organiza a los suyos para defenderse.
Vaca muerta*
Es la historia de una maestra, me la contó ella misma en uno de esos paseos que hacía en vacaciones, éste fue a las maravillosas tierras del Chocó y allí estaba ella, una Paisita muy alegre y habladora, Alba, ese era su nombre. Cuando le conté que escribía, quien sabe qué esperanza cruzó por su mente y ahora yo estoy cumpliendo con la promesa que desde mi corazón selló el final de su relato:
Alba nació por allá en los años 70 en un pueblo de Antioquia, era la quinta de diez hermanos, estudió en la normal y se graduó de maestra a los 17 años. El día del grado su papá le dijo: “Bueno Albita hasta aquí te acompaño yo, ahora te toca seguir por tu cuenta, yo aún tengo otros cinco hijos por educar”. La nombraron maestra de primaria, en otro pueblo, lejos del suyo. En esa zona arreciaba la violencia pues empezaban a aparecer los primeros grupos de autodefensas combatiendo a la guerrilla y por supuesto también estaba el ejército. Era maestra de escuela rural. Pronto tuvo que empezar a convivir con la zozobra. Al principio llegaron grupos de hombres armados que ella poco a poco fue identificando como de un bando u otro, bien porque ellos lo decían o bien por su comportamiento. Hacían reuniones y luego se marchaban. A veces, a unas pocas horas llegaba el siguiente grupo y ella tenía que recibirlos, como los “únicos”. Después de tres meses ella los bautizó a todos como “los hombres de la guerra”, pues eran una amenaza vinieran de donde vinieran. Tuvo que restringir las correrías con los niños, ella, que amaba tanto la naturaleza; luego ni siquiera podía salir del salón. Enviaba a un pequeño, “al más listo”, un chico de vivaces ojos, delgado, que había aprendido a no ser percibido, que parecía un pequeño fantasma, para que le avisara si podía ir al baño. Cuando la jornada terminaba corría cuanto podía escoltada por algunos de sus estudiantes para salvar los dos mil metros que la separaban de la casa de Mercedes la campesina que la alojaba y que la había prevenido suficientemente sobre “lo peligroso que era encontrarse con esos hombres, mi niña, y sobretodo siendo tan bonita como tú”. Mercedes tenía una tienda, era una ventaja, mucha de la información pasaba por allí. De ahí al pueblo cercano eran cuarenta minutos a buen paso. Alba los recorría todos los viernes al principio, luego acordaría el día anterior con los niños, que se convirtieron en sus cómplices, cuándo faltaría a la escuela para bajar al pueblo y mantener informados a sus padres sobre la situación “para que no se afanen”. Así despistó una y otra vez las columnas de hombres. Pero también decidió entrenarse para enfrentar la guerra. En vacaciones de mitad de año compró ropa de hombre de un color gris indefinible, unas pesas, para los pies y unas botas de número grande, (así la pisada sobre la tierra del camino se hacía profunda y parecía la de un hombre). Todas las mañanas de esas vacaciones se enfundó las botas y las pesas y caminó largas distancias con ellas con cronómetro en mano, pues la idea era reducir a veinticinco los minutos que gastaba de donde Mercedes al pueblo, hasta que lo logró. También entrenó su vista para ver hombres, animales u objetos en movimiento entre los árboles a una distancia suficiente. En casa de Mercedes continuó su entrenamiento, su olfato se afinó en las semanas subsiguientes y, según ella afirmó, podía oler el sudor de los hombres cuando se avecinaban.
En agosto, escuchó el rumor que se iba a trasladar un batallón a tan solo tres kilómetros de la escuela. Sintió ganas de abandonarlo todo, pero la suerte de sus niños que sufrían también el acoso de la guerra se lo impedía.
Un día que los niños pidieron salir a “echar cometa”, y ante la insistencia de que el encierro los aburría ella accedió a ir a un potrero en frente de la escuela. Cuando tomaron un descanso para comer, ocurrió lo inesperado, todos sintieron un movimiento inusual entre los árboles, los niños como movidos por un resorte rodearon a Alba y ella recogió como pudo sus pequeños y corrió de regreso al a escuela, no bien habían traspasado la puerta cuando se oyeron los primeros disparos. Muchos disparos, mientras ella y sus pequeños se tendían en el piso y procuraban no moverse. Fue larga la confrontación. Cuando ya no se oyó más el tiroteo, Alba pidió a su vigía (¿recuerdan? su alumno más listo) para que le avisara si no había peligro para salir. Está muy oscuro, informó el pequeño, no se ve nada y entonces se quedaron a dormir apretujados unos contra otros para darse calor. Al día siguiente, la joven maestra decidió enviar a su niños a casa, “tomando muchas precauciones” y voló donde Mercedes. Mercedes la abrazó y le dijo: tienes que correr mi niña, corre todo cuanto puedas; anoche escuché a esos hombres que te iban a apostar, que te iban a dar de regalo al primero que te alcanzara. Alba corrió a su cuarto tomó la bolsa de viaje siempre lista, se colocó la ropa de hombre color gris indefinible y las pesas y sus botas, luego pidió a Mercedes dos gaseosas que vació en el inodoro dejando un poco de líquido en una de ellas, colocó las botellas con sus tapas sobre una de las mesas de la tienda, abrazó a Mercedes y se marchó. Tomó un atajo, por un viejo cementerio que quedaba en lo alto de una loma, que la misma Mercedes le había revelado, cuando llegó allí volteó a mirar hacia la casa de la campesina y vio una columna de siete hombres que arribaban, miró su reloj, marcaba el minuto 12, sudaba copiosamente y sentía un leve dolor en el costado, apretó el paso y solo lo pausó cuando tocó la pared de la primera casa del pueblo. Veinte, marcaba su reloj.
Del pueblo a su pueblo, un abrazo infinito de sus padres y luego a Medellín a solicitar traslado por amenaza contra su vida, y a pasar una carta a la gobernación pidiendo protección para la gente de la vereda, sobre todo para “sus niños”. Un mes después regresaría donde Mercedes por el resto de sus cosas, escoltada por su padre, “a un viejo no creo que se atrevan a hacerle nada” había dicho y terco como era la acompañó.
Mercedes le contó lo que había sucedió el día de su huida: “Como a las quince minutos que te fuiste llegaron y preguntaron por la maestra y yo les dije que hacía “poquitico” que se había ido, ellos miraron a la mesa y vieron las dos gaseosas, tenía sed dijo uno de ellos y se rió, yo dije que por ahí unos cinco minutos y luego les dije que se comieran una gallinita, me tocó sacrificar la “cumba”, y unos plátanos asados, “para entretenerlos mi niña”, y así había logrado que nunca la alcanzaran. Las dos mujeres se abrazaron y lloraron. Alba regresó con su padre y luego se fue para Medellín y ahora trabaja en una comuna. Desde hace algunos años trabaja con una organización que ayuda a los desplazados que llegan desde los campos y pueblos, tiene un club de pequeños lectores en homenaje a sus niños que tuvo que abandonar.
* Esta historia hace parte de un libro inédito que lleva por nombre: Una semana de cuentos de mi autoría.

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