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La economía, sin blindajes ni para… caídas

La economía, sin blindajes ni para… caídas

En la última semana de junio, cuando se dieron a conocer las cifras de variación del Producto Interno Bruto (PIB) del primer trimestre de 2009, se desató una polémica semántica alrededor de si el país se encontraba en recesión o no. El Dane, en su boletín oficial, daba cuenta de que la economía del país se había contraído en 0,6% en el primer trimestre si se comparaba tal período con el mismo de 2008, lo cual sirvió como base para que los medios de comunicación titularan que la economía había entrado técnicamente en recesión, pues, miradas así las cosas, el país mostraba cifras negativas durante dos trimestres consecutivos. El Gobierno, a través de su Ministro de Hacienda, no tardó en replicar que aún no se podía considerar al país en recesión, puesto que la caída debía medirse respecto del trimestre inmediatamente anterior (es decir, en este caso, en relación con el cuarto período de 2008 y no con el primero de 2009) y que, en ese caso, el comportamiento de la economía mostraba una ligera recuperación de 0,2 por ciento. Pero el Ministro no dijo que, desde esa perspectiva, la caída del último trimestre de 2008 había sido de 1,5% y que una recuperación de tan sólo el 0,2% dejaba, de todos modos, a los últimos seis meses con un comportamiento negativo.

Ahora bien, si traemos a colación la polémica, no lo hacemos para sumarnos a ella sino para mostrar la inanidad de muchas de las discusiones de los técnicos y los académicos cuando de la economía se trata. En cualquier forma, el asunto acabaría perdiendo cualquier sentido para los contendientes, pues, con la oficialización del pronóstico del FMI para Colombia de un decrecimiento del producto en 0,3 por ciento para 2009, se terminaba por confirmar que en todo caso es indiscutible que el estado de las variables económicas muestra franco deterioro. El país, después de 10 años, verá decrecer de nuevo su producto de manera sistemática, y un empeoramiento aún mayor de las condiciones de las clases subordinadas será el corolario de un proceso que, desde las voces oficiales, se nos ha querido mostrar como inevitable. Pero, no queda duda de que la economía no estaba blindada frente a la crisis internacional desatada desde 2007 y además el Estado carecía de estrategias para que, por lo menos, se diera un aterrizaje suave, ya que ni modos de hablar de un plan para la activación de una política anticíclica.

La crisis y el refuerzo de un modelo irracional

La creciente dependencia de la minería que el país ha experimentado en las dos últimas décadas ha sido quizá la marca más grande y deleznable que nos ha dejado la lógica aperturista. Depender de un recurso como el petróleo cuando no se es petrolero, o de un bien de consumo estacional como el carbón, no sólo hace inestables los ingresos externos por esas razones sino que asimismo se trata de productos de precios altamente volátiles debido a que parte de los mismos está sujeta a las presiones de la especulación. Pues, bien, si miramos el comportamiento del PIB por rama de actividad, encontramos que la caída no fue aún mayor debido a que la minería (10,6%) y la construcción (4,1%), como parte del llamado sector real de la economía, y el sector financiero (4,7%) fueron las únicas ramas de comportamientos positivos, siendo, por lo contrario, negativos los de la industria manufacturera (–7,9%), el comercio y los servicios de hoteles y restaurantes (–2,7%), el transporte y las comunicaciones (–2,0%), y la agricultura (–0,8%). Llama la atención que en la construcción el crecimiento se deba a las obras civiles (21,2%), ya que las edificaciones disminuyeron (–14,1%), lo cual se corresponde con un momento de recesión en el que el consumo final también ha mostrado comportamientos negativos.

Lo anterior nos indica que la crisis remarca las tendencias hacia la desindustrialización que el país deja ver desde cuando se implementó el modelo aperturista, y afianza las dependencias de la renta minera, que, como se sabe, es un sector cuya generación de empleos directos e indirectos es muy baja por unidad de inversión. La industria automotriz, las prendas de vestir y la fabricación de bienes de capital (cuya disminución, según la encuesta mensual manufacturera, fue en abril de 34,5 por ciento) están entre los sectores más afectados, dando lugar a que la contracción en esas ramas expulse una parte significativa de fuerza de trabajo calificada, cuya opción de mantener un trabajo de igual calidad es cada vez menos probable. Porque se soslaya a menudo que el desplazamiento de los trabajadores puede ser horizontal (de un trabajo a otro de igual calidad) o vertical (de un trabajo a otro mejor o –lo más frecuente– de peor calidad, cuando no a la expulsión del circuito del trabajo), y que las tendencias que asume nuestra economía inducen a tasas de desempleo estructurales mayores y también a ocupaciones de inferior calidad, es decir, trabajos menos gratos y cada vez peor remunerados. De otro lado, nuestra industria depende en buena medida de las ventas internacionales, por lo que la crisis de la globalización, así como el creciente aislamiento del país, también juegan en contra nuestra.

La crisis y el sector externo

Quizá donde se manifiesta con mayor fuerza la amenaza del empeoramiento de la situación es en el comportamiento del sector externo. Según el Dane, en el mes mayo de 2009, las exportaciones colombianas decrecieron 19,0 por ciento, si se comparan con el mismo mes del año anterior (en abril se habían contraído 38,3%). Pero, si lo que se tiene en cuenta es el período que va de enero a mayo del 2009, las ventas externas del país se redujeron –7,7% con relación a las del mismo período de 2008, siendo las de más fuerte disminución las exportaciones tradicionales que descendieron –24%, mientras que las no tradicionales lo hacían en –10,3%. La contracción de las exportaciones tradicionales tuvo como su causa más importante los menores valores de las ventas de petróleo que sufrieron una caída de –34,8%, pese a que el volumen exportado no se redujo. En cuanto a las exportaciones no tradicionales, en los cinco primeros meses del año, las caídas las explican las fuertes bajas en confecciones (–40,5%) y materias plásticas (–25,7%) (ver tabla 1).

Sin embargo, si lo que observamos es el comportamiento de los últimos 12 meses, debe ponerse atención al hecho de que son las exportaciones no tradicionales lo que muestra signo negativo (ver la tabla 2), lo cual indica que el país está reduciendo el espectro de sus ventas externas, y que la dependencia de Colombia respecto del petróleo, el carbón y el ferroníquel sigue en alza, con todos los problemas y las incertidumbres que esto conlleva.

Debe destacarse igualmente que Venezuela sigue siendo de lejos nuestro mercado más ventajoso si lo miramos desde la perspectiva de que ese país nos genera un mayor superávit y que, de América Latina, en ese sentido, el Ecuador le sigue en importancia, por lo cual a los analistas les debería parecer esquizofrénico el comportamiento del gobierno colombiano, empeñado en agredir y satanizar a esos vecinos. Por esto, la sola candidatura de Juan Manuel Santos, a nombre del grupo político del Presidente, de llegar a concretarse, debe ser percibido por esos países como agresión continuada. La instalación de una ensambladora de Renault en Venezuela (en alianza con China) y el que –como lo anunciara la presidenta de Fenavi– no se hubiera permitido la exportación de un solo huevo de Colombia a ese territorio en lo que va corrido del año, son apenas pequeños síntomas de que una desconexión del comercio fronterizo es más que una posibilidad. Del lado ecuatoriano, las cosas no son menos preocupantes luego del anuncio del gobierno de la nación vecina de aplicarle a Colombia salvaguardias cambiarias que se traducen en aranceles para 1.400 productos de nuestro país. Con ello, los efectos de unas relaciones internacionales guiadas al estilo de peleador de cantina ya comienzan a hacer mella. ¿Revertir esa situación no es acaso un tema que debe ocupar lugar preponderante en los debates que adelante la izquierda en esta campaña electoral?

En cuanto a las remesas, que se constituyen en el tercer renglón de ingresos de divisas, también muestran comportamiento negativo, en razón de que la población migrante es la más susceptible de perder el empleo en momentos de crisis. En el primer trimestre de 2009, el flujo de remesas ha disminuido en un 4 por ciento si se compara ese período con el mismo de 2008, y en un 8 si la comparación se hace con el trimestre inmediatamente anterior, es decir, con el cuarto de 2008. Si, además, se tiene en cuenta que, según el Banco de la República, el 73 por ciento de las remesas proviene de Estados Unidos y España, países entre los más golpeados por la crisis, no cabe esperar una pronta recuperación de este tipo de ingresos. En el mediano plazo, este hecho tiene doble efecto negativo, pues, además de la pérdida de poder adquisitivo de gran número de personas que dependen de aquellos giros para satisfacer sus necesidades más básicas, la repatriación de un número importante de connacionales se perfilará en presión adicional sobre la oferta laboral.

Como, además, la crisis no cede y el comercio mundial sigue contrayéndose, las perspectivas en el corto y el mediano plazo no son ciertamente para frotarse las manos. En efecto, el miércoles 24 de junio, el director de la OMC, Pascal Lamy, declaraba que el comercio mundial se encogerá en un 10 por ciento en 2009, y no en el 9 que se había pronosticado en marzo; y en el Financial Times del lunes 5 de julio, el mismo funcionario comentaba que las estimaciones de su organización les hacía prever que la inversión extranjera directa (IED) sufriría un bajón de hasta un 50 por ciento, lo cual, en tal caso, se debiera sumar como factor negativo adicional a las desventuras del comercio internacional, pues se considera que hay una correlación significativa entre IED y flujos internacionales de comercio. En Colombia, la caída de la IED fue de 10,6 por ciento en el primer semestre de este año si se compara con igual período de 2008, pero en el tema resulta destacable que la caída en la IED diferente de minería y petróleo fue del 50 por ciento. Esto completa aún más el oscuro panorama que nos espera, en razón del ahondamiento del sesgo minero al que nos referimos.

Déficit, deuda y desempleo

 La contracción del producto y las ventas internacionales obligaron al Gobierno a modificar las proyecciones del déficit del Gobierno Nacional Central (GNC) para 2009. De un valor estimado inicialmente en 2,6 por ciento del PIB, lo elevaron al 3,7 (18,3 billones de pesos). La situación del desbalance, sin embargo, no es cosa nueva, pues, si comparamos los comienzos de la década del 90, cuando el gasto del GNC era de un 11 del PIB, vemos que éste se eleva en 2008 hasta el 18,1 por ciento (es decir, una variación del 7,1), mientras los ingresos en el mismo período pasan del 9,7 al 14,2 por ciento del PIB (es decir, con una diferencia de 4,5), lo cual da una idea bastante clara sobre la brecha que se abre entre ingresos y gastos, y que ha dado lugar a una gran fragilidad de la situación fiscal que termina por desnudarse con el cambio abrupto de las condiciones internacionales.

En el primer trimestre de 2009, la deuda pública se elevaba en 1.552 millones de dólares, representados en más de 1.000 millones en bonos y más de 551 millones en préstamos. Sin embargo, la deuda total ascendía apenas en 310 millones de dólares en razón de que el sector privado pagó deudas por 1.653 millones. Si la situación se torna preocupante, ello se debe a que la deuda representa casi el 25 por ciento del presupuesto, y el Gobierno, en épocas de bonanza económica, tan solo registró un superávit primario (excluye el servicio de la deuda) de 0,9 por ciento del PIB, lo que implica que, ante reducciones estructurales en los ingresos del Gobierno y un aumento de la deuda, la situación puede volverse explosiva y poner al país incluso en situaciones de insolvencia en el mediano plazo.

Pero, como siempre, las crisis económicas se manifiestan de inmediato en los volúmenes de empleo, pues el trabajo es el ‘recurso’ más flexible para los empresarios. Despedir o contratar trabajadores es la operación más expedita para los capitalistas, y las legislaciones del mundo se orientan cada vez más a abaratar y facilitar ese proceso. La tasa de desempleo en Colombia fue de 12,2 por ciento para el trimestre móvil enero-marzo, superior en 2,4 puntos a la del último trimestre de 2008 (10,5%). Sin embargo, las cifras parecen tan poco convincentes que en el diario económico Portafolio del 9 de julio pasado, Stefano Farne, director del Observatorio del Mercado Laboral de la Universidad Externado de Colombia, señalaba la contradicción que encierra el que la minería y las finanzas, sectores que contribuyen positivamente al PIB, sean los más destructores de empleos (casi 160.000), mientras agricultura, industria, comercio y transporte, los sectores que muestran descensos elevados de su producto, crean puestos de trabajo (380.000).

Si bien el primer caso tiene alguna lógica teórica, pues pueden darse aumentos grandes de productividad con la sustitución de trabajo por capital, el segundo caso, el de la contracción del producto con aumento simultáneo de fuerza de trabajo empleada es poco creíble, pues implica regresión tecnológica (sustitución de capital por fuerza de trabajo), que en forma simultánea abaratara los costos y redujera la producción, lo cual riñe con la racionalidad misma de la eficiencia capitalista. Pero, sea como fuere, las tasas de desempleo de dos dígitos, de continuarse con las lógicas actuales, serán la norma durante largos años.

Esto nos obliga a concluir: frente a ese panorama, la resignación no puede ser una actitud correcta de las clases trabajadoras; además, a la izquierda le es perentorio, de un lado, definirse en el campo de las relaciones internacionales a favor de una integración sólida con los países vecinos, que hoy por hoy se han convertido en el destino más ventajoso de sus relaciones comerciales y que en la actualidad se encuentra seriamente amenazado por la irracionalidad de la política internacional. Seguirle el juego al antichavismo y el anticorreísmo viscerales representa cederle espacio al nacionalismo más primario y por tanto a la derecha más retrógrada, además de que, incluso, desde el más crudo pragmatismo, hoy tan valorado, significa un suicidio económico; del otro lado, hay que ser claro en que el modelo primario-exportador es un peligro creciente, y en que el desarrollo de un fuerte mercado interno y la puesta por delante de metas como la seguridad alimentaria, son garantías mayores de blindaje contra las debacles externas. Olvidamos a menudo que, si se tienen los pies sobre la tierra, los paracaídas sobran.


Recuadro

El PIB y el crecimiento

Una de las características centrales de las relaciones sociales capitalistas es que la “buena salud” del sistema depende del crecimiento permanente de éste. Es decir, que la hipertrofia es su condición fundamental, lo que contradice la lógica misma de la Teoría General de Sistemas. Cuando hoy se habla de crisis, lo que se manifiesta es que la producción material ha dejado de crecer, y, cuando esto se expresa en cifras, se quiere señalar que, comparados dos períodos, en el segundo la cantidad producida es menor que en el primero. La medida de ese crecimiento la ha formulado la teoría económica y se conoce con el nombre de Producto Interno Bruto (PIB), que no es otra cosa que la cantidad de bienes finales multiplicados por su precio. Si el valor total de la producción (el precio se hace constante en los dos períodos diferentes) es mayor en el primer período que en el segundo, es obvio que ese mayor valor corresponde a una mayor cantidad física de producto generado y se concluye que, si en la actualidad producimos menos que antes, estamos en crisis. Lo cual, curiosamente, terminamos aceptando todos.

Pero, más allá de eso, lo primero que debe llamarnos la atención es que se esté siempre en función de crecer, lo cual se justifica con el argumento de que, si aumenta la población, se hace necesario que aumente la cantidad de bienes producidos, para alimentar, vestir, dar salud, educación, recreación, etcétera, a muchas más personas. Esa lógica, aparentemente perfecta, olvida dos aspectos: i) que la cantidad total que se produce excede normalmente las necesidades y que, sin embargo, unos tienen en exceso y otros carecen prácticamente de todo, y ii) que los recursos del planeta y el planeta mismo son limitados. Ya en el siglo XIX, el economista Tomás R. Malthus había llamado la atención, aunque en una forma bastante simple, sobre la relación entre crecimiento de la población y producción de alimentos, y consideraba que la segunda no podía ir a la par de la primera. Pero, dado el desarrollo tecnológico, las previsiones de Malthus parecían cosa superada. Sin embargo, hoy es un hecho aceptado por la ciencia que el crecimiento de la población no puede ser indefinido. De 1.600 millones de pobladores que tenía el mundo en 1900, hoy nos encontramos con cerca de 6.500 millones. Se estima que la capacidad de carga del planeta no supera los 12.000 millones de habitantes, que representarían el cenit demográfico, que se alcanzaría, según esas proyecciones, a lo sumo en las dos centurias siguientes.

Ahora bien, esas estimaciones son posibles sobre la base de unos consumos promedio determinados, que, si se superan, hacen que la capacidad de carga del planeta disminuya. La obligatoria estabilización de la población dejará atrás la justificación del crecimiento del PIB, pero no podemos esperar a que ello suceda, pues los efectos antrópicos sobre las condiciones naturales ya son altamente preocupantes. En razón de que, si tardamos en atender los efectos del ciclo de los materiales, es muy probable que los procesos de contaminación y agotamiento de los recursos no renovables alteren las condiciones del planeta (fenómenos de globalización y desertización, por ejemplo), en tal forma que invaliden incluso tales previsiones.

Los proyectos alternativos deben tener en cuenta siempre los dos aspectos enumerados anteriormente, esto es, i) que, si bien aún el crecimiento de la producción puede continuar siendo importante por algún tiempo, se debe mirar la distribución del producto, es decir, cuánto consume cada uno de los grupos sociales, y luchar por que se imponga la “cultura de los máximos”, esto es, por ejemplo, el máximo valor de los salarios de los ejecutivos y de las ganancias de las empresas, el máximo consumo de recursos no renovables, etcétera, y ii) que estamos obligados a considerar los límites físicos del planeta y, que como se observa desde varios ángulos, esto debe hacerse no por razones ideológicas sino puramente prácticas, ya que, como lo expresaba Isaac Asimov, “evidentemente, la raza humana no puede crecer durante mucho tiempo al ritmo actual, prescindiendo de cuanto se haga respecto al suministro de alimentos, agua, minerales y energía. Y conste que no digo ‘no querrá’, ‘no se atreverá’ o ‘no deberá’; digo lisa y llanamente que ‘no puede’”.

Pues, bien, como la razón verdadera que se esconde tras el sueño de un producto siempre creciente es en realidad el sueño de los capitalistas de unas ganancias siempre en aumento, ya debe empezar a quedar claro que el futuro de la humanidad depende de que logremos abolir esa lógica, lo que implica necesariamente que la supervivencia de la humanidad pasa en forma inequívoca por la superación del capitalismo.
                                                                                                                                                    

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