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La señora Mercedes Sosa

La señora Mercedes Sosa

Hace poco, nuestra Shakira expresaba muy certeramente su admiración por la cantante argentina más metida en el alma y el corazón de la gente amiga del progreso social, de la justicia y de la paz: “Estoy muy emocionada de estar aquí grabando con la señora Mercedes Sosa”, algo así dijo con énfasis.

Las dos acababan de grabar La maza, de Silvio Rodríguez. Muy pocos artistas pudieran despertar el sobrecogimiento que producía Mercedes. Incluso con las indisimulables limitaciones que se le veían en los últimos meses de vida, quizá con menos voz, no se menguaba el respeto que siempre inspiró en sus presentaciones, en entrevistas, en su vida cotidiana. En todo lo que ella era descubrimos que Mercedes ocupará por siempre un destacado lugar en la galería de personajes por quienes experimentamos ese profundo sentimiento de afecto y asombro que aparece ante los más grandes y auténticos artistas.

Mercedes Sosa pudo entonces no únicamente cantar como si a través de su garganta se manifestara un continente. Mercedes, con esa obesidad que no le importó ni nos importó, trascendía la mera presencia escénica para alcanzar dimensiones épicas. Sus rasgos son hermosos, no bonitos, que corresponden a una estética de lo masivo; hermosos e imponentes eran aquéllos, propios de los nativos de nuestras tierras de América, que también encontramos, por ejemplo, en Aída Quilcué, y en unos poquísimos seres de excepción que nos conmueven y remueven hasta la última fibra. Ese perfil algo aquilino de Mercedes le daba a su figura una mezcla de altivez, grandeza y sencillez que llevaremos en nuestro ser mientras tengamos memoria de los hechos y las vivencias que disfrutamos y padecemos y compartimos en el trasegar de nuestros días.

Hace unos años asistimos a un concierto en el cual alternaban Mercedes y Atahualpa Yupanqui: fue aquella una fiesta de la sensibilidad, de la solidaridad que debemos cultivar. En ese jolgorio del espíritu vimos por primera vez a esta mujer inmensa, tan inmensa que al apreciar su figura y escucharla nos parecía que iba creciendo, como crecía y crece en nuestro corazón todo el amor que despertaba y que ella, igualmente, fue regando generosa por los senderos que recorrió desde su San Miguel de Tucumán que nunca más verá a esta voz de pueblo, de todos los pueblos, que se fue el 4 de octubre.
“Duerme, duerme, Negrita”.

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