Es una ley del llanero
Darle la mano al que llega.
El que está adentro se atiende,
El que está afuera, se apea,
Y con gran algarabía
Se le abre la talanquera
Como si fuera un hermano
Que de otras tierras viniera.
Con estos versos del poema llanero “El ánima de Santa Elena” de Héctor Paul Vanegas, damos comienzo al relato vivido en tierras llaneras de Acacías (Meta). Camino a los Llanos, como la nombraron los españoles, se constituye en nuestro destino, propiamente donde limita la llanura con la cordillera oriental. Tan solo a 25 kilómetros de Villavicencio se encuentran las tierras de Acacías, que, sin pensarlo dos veces, en compañía de mis amigos llaneros Fernando Enciso, Isidoro León Céspedes, Armando Hernández y sus familias, aprovechando el festivo del 12 de octubre; como si el viento nos llevara, ya estábamos ese fin de semana zapateando en medio de una multitud proveniente de toda la sabana llanera y por supuesto los miles y miles de bogotanos que aceptamos la invitación de la Joropera Colper, cuando se presentó en el cierre del Festival de Verano de capitalino, a participar de su Festival del Retorno en su tierra natal.
Acomodados en un bello hotel de la Calle 15, en pleno centro de la ciudad, por donde precisamente pasaba el desfile de participantes del encuentro “zapateando por Acacías”, se daba para nosotros un buen comienzo de un festival espectacular. Apretujados en un pequeño balcón apreciábamos el desfile multicolor conformado por cientos de parejas de todas las escuelas participantes, cerrando el mismo más de 100 parejas de jóvenes y niños vestidos de blanco, adornados con el tricolor cuya propuesta se denomina “Colombia baila joropo”, dirigida por la licenciada Ofelia Ramos de Andrea.
Existe un gran sentimiento y compromiso de sus habitantes para con sus visitantes, en cada espacio en que se toca joropo, se canta y se baila, Ellos se encargan de enlazarnos con su hospitalidad, en cada esquina, en cada tienda y, por supuesto, en los sitios escogidos por el Instituto Cultural de Turismo (ICTA), como el coliseo “Omar Armando Baquero Soler”, donde se presenta la programación del Festival: Torneo Internacional de Música Llanera, Reinado Internacional del Retorno, Torneo Infantil de Voces, los finalistas de las escuelas de zapateo y los invitados especiales. Además, está la casa de la cultura “Manuel Antonio Blanco”, la Manga de coleo “Palma Real”, el Malecón y la esquina del parrando llanero, que atienden las 24 horas sin parar.
¡Qué barbaridad! Apenas unos cuantos espacios de quienes, además, participan de este festival en la ciudad, donde uno se ve obligado, como se dice, a tener los oídos bien parados para no dejar escapar la tonada en cada uno de sus cantos, coplas e inspiraciones que van más allá de cantarle a lo urbano o lo rural. Allí se aprecia la fuerza de esta gente bravía, que no come cuento de lo comercial, y con el joropo le recita y le canta a un pueblo universal.
También contamos con la fortuna al conocer al licenciado Wilson Castañeda, quien se encuentra al frente del trabajo de la joroperita Colper. Gracias a él, constituido en nuestro guía, con un estilo muy personal en que contestaba a los interrogantes que iban surgiendo, directamente con hechos o protagonistas. Así fue como conocimos al “Criollo”, un autentico llanero de sabana en lo urbano, que anda con el pantalón arremangao, cotizas y sombrero, cantando y declamando las realidades que viven con la llegada de las petroleras a esa región.
Estando en la tarima de la Calle 15, donde se presentaban las escuelas de zapateo de todo el Llano, el profe Castañeda nos comenta que el jurado tiene en cuenta aspectos como creatividad coreográfica, coordinación, expresión corporal, zapateo y escobilleo, estos dos generadores del mayor puntaje. Se presentaron de Tame (Renacimiento criollo), San Martin (Édgar Ospina Rey), Villavicencio (Unidad Dinámica Juvenil) y, por supuesto, las escuelas anfitrionas. No son sólo presentaciones para un público, sino también competencia en que se ponen a prueba todo lo que preparan año tras año. Ello nos ayuda a comprender por qué cada pueblo del Llano, y ahora municipios de Boyacá y Cundinamarca cercanos al piedemonte, están realizando sus propios festivales.
El baile masculino es el zapateo, que tiene imitaciones de las garzas en los esteros, y el jaripeo, que es montarse en un caballo sin amansar, en el cual literalmente uno ve a todos los integrantes “lanzarse pa lo alto”.
Cuenta nuestro amigo Fernando Enciso, que el baile del joropo ha tenido su evolución especialmente por razones comerciales para el forastero, recreando las escenas del baile, dándoles colorido a los trajes de la mujer; porque en sus comienzos ella, con sus trajes sencillos, zapateaba a la par del hombre pero suave y danzante. El escobilleo es el baile femenino: impresionante la mezcla que se produce del arrastre, la elegancia, el coqueteo que producen, en contraste con el zapateo. Así lo corroboramos en la presentación folclórica de las candidatas, en que, más allá de los esquemas del tipo ideal de belleza, el puntaje decisivo se gana al combinar la fuerza y la delicadeza del ser en el baile del joropo, y la destreza en la ejecución de los instrumentos llaneros (arpa, cuatro, maracas, bandola), además del canto. Queda uno descrestado. ¡Eso sé es belleza!
Con su estilo característico, el profe nos llevó a una talanquera donde se preparaba la verdadera mamona. Allí conocimos al cantautor William Mesa Mosquera, de San Carlos de Guaroa, quien a través de su canto empezó a narrarnos la historia Acacireña y el Festival del Retorno. Nos dedicó un tema titulado “Mi regalo” algunos de cuyos versos dicen:
Te regalo con cariño, mi lindo pueblo que vine a serenatear en la noche acacireña, dándole inicio a este bello Festival del Retorno de tus hijos, que un día se fueron muchos de ellos a estudiar o buscando un porvenir para su posteridad
Acacías fue fundada el 7 de agosto de 1920 por Pablo Emilio Riveros y Juan Rozo; de ahí el nombre del colegio y la propuesta educativa, la Joropera Colper. Es algo único en Colombia. Su carta de presentación en Bogotá sólo había sido una parte de lo que se vive en el Festival; inicia con la joroperita del profe Castañeda, en que los niños, engalanados con su liquiliqui, van zapateando sin dificultad, pues lo llevan en la sangre. Las niñas, con sus vestidos de colores, cotizas y flores que adornaban sus cabellos, le prenden fuego al Llano. Todo Acacías es una sola sintonía, son más de mil parejas acompañadas de carros equipados con tremendo sonido que marcan los ritmos de los danzantes; los habitantes y comerciantes por donde pasa el desfile, sintonizan la misma emisora que transmite el joropo, haciéndonos sentir que nos encontramos en medio de una gran ciudad acústica. El desfile llega finalmente al colegio, donde volvemos a quedar perplejos: éste tiene su propio joropódromo, y allí, ante las coreografías que presentaron, solo nos resta decir, “eso si es Llano cuñao”.
Sinceras felicitaciones a los directivos del colegio, maestras y maestros y todos los que están al frente de estas propuestas folclóricas a lo largo de los Llanos. La pancarta de una de las escuelas decía textualmente: “Espacios para soñar, participar y construir ciudadanos sujetos de derechos”. ¡Para qué más!
Finalmente, “llegamos a la mañana y no nos quisiéramos marchar”; por eso nos despedimos con las frases del talentoso William Mesa:
Nos acogió este lugar
en las tierras acacireñas están abiertas
las puertas de par en par
para que se lleven un recuerdo
del pueblo lleno de paz.
* El profesor Armando Calderón Rodríguez, actualmente se desempeña como Director Local de Educación de Engativa, Bogotá – Colombia. www.flickr.com|photos|armandocalderon



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