Guillermo Bustamante, poeta, pensador, contestatario, usuario por fortuna y con fortuna del conocimiento, usó la palabra y habitó la calle como un ejercicio de libertad. Se movía con propiedad en este territorio de la noche y de los menesterosos pero también de muchos que han decidido hacerla su residencia por ser un espacio a la intemperie, lo que facilita una conexión directa entre la frente y las estrellas.
Este hombre errante, vagabundo, generoso con su saber, escribió en variados géneros, publicó unos cinco libros e impuso su presencia en cualquier momento y lugar, en sus últimos años como miembro y asistente permanente del Taller de Escritores Gabriel García Márquez de la Universidad Autónoma de Colombia, en Bogotá. Allí se movía como un experto barquero de la literatura que no ignora su papel de remero-guía, de expositor-oidor, de escucha paciente y atento, para opinar con destreza sobre ese anchísimo mundo de los creadores de mundos, otros mundos que rompen lo común, lo de siempre, lo cotidiano, tan propicio para el cultivo del carácter dócil y encaminado a que la gente se deje enredar en la distracción alienante.
El todero mental respondió con holgura al perfil de aquellos que en su paso por el mundo desechan los atuendos que con frecuencia solapan las protuberantes carencias de quienes se atienen al oropel de lo superfluo. En esa posición, mientras se decantaba su ser sediento de las cosas mejores del espíritu, durante más de la última mitad de su existencia, ejerció ese tono vital del hombre carismático, que no tiene entre sus hábitos marcar tarjeta ni firmar una nómina ni rendir informes y hacerse liquidar prestaciones, ni pagar arriendo o gravámenes. Guillermo estaba siempre al margen de esas prácticas de la gente ‘normal’, porque espontáneamente le salía esa rara ‘anormalidad’ de los hombres que desoyen el concepto corriente de necesidad.
¿Y entonces, cómo vivía Guillermo Bustamante? Para eso estaban los amigos o alguien que de pronto se manifestaba por ayudarle a cuajar un verso o pulir una línea de cuento o de ensayo o de novela en cierne. No obstante esta circunstancia, que para otros pudiera significar una preocupación ante la cuota sin abonar, la tarjeta de crédito sin cubrir, Bustamante conservó intacta su dignidad, esa que emana de una absoluta solvencia en los asuntos del pensamiento. Ahí estribaba para él, con la mayor naturalidad, el valor del ser humano, sin transigir pero sin soberbia, sin apabullar pero sin dejarse apabullar.
El poeta antioqueño de Puerto Berrío (1947) culminó su paso por el planeta en la noche del 13 de marzo de 2010 o quizás en la madrugada del domingo 14. Apareció sin vida en el Parque Santander de la capital colombiana, fiel sin saberlo, tal vez, a su amor por la calle, ese topos que para él fue tan inherente como pudiera ser inherente en otros la comodidad insulsa, la protección de una existencia vacua. Como él mismo dijera, Guillermo no supo de sustanciales precariedades porque todo lo tuvo: lo portó con él dentro del área exigua de su cuerpo y su caja craneal.
* Sociólogo UN, integrante del Taller de Escritores Gabriel García Márquez de la Universidad Autónoma de Colombia, Bogotá.


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