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La política exterior del uribismo. Enajenación, aislamiento y servidumbre

Uribe subordinó todo, incluida la política exterior, a su objetivo de exterminar a las farc y legitimar el poder mafioso. Y no ahorró esfuerzos. Contó con un entorno económico que le era favorable, y lo puso al servicio de un reducido grupo plutocrático y un puñado de transnacionales: entregó el país al saqueo. Sirvió de sargento en la cruzada militarista imperial: convirtió el país en plataforma de aventuras bélicas en contra de los gobiernos vecinos. Y ahora se marcha, muy orondo, como si no hubiera dejado a todo un pueblo en la más vergonzosa de las postraciones.

Ese año estaba de suerte. No sólo porque había triunfado en las elecciones presidenciales sino también porque arriba, en el centro del Imperio, con el pretexto de proteger a los ciudadanos de otro ataque terrorista como el que había derrumbado las torres gemelas de New York, G. W. Bush daba comienzo a la cruzada antiterrorista mundial. En nombre de la seguridad se justificaba pisotear explícitamente todos los principios que formalmente habían servido de base de la paz mundial y de la legitimidad de los Estados democráticos. Los derechos humanos y la soberanía entraban al campo de la relatividad; la llamada comunidad internacional, comenzando por la vieja Europa, lo aceptaba; la guerra en defensa de la civilización se ponía en el orden del día. Para Uribe, los signos no podían ser más promisorios.

El imperio yanqui, cuya hegemonía económica venía en bancarrota, tenía por otra parte un respiro. Luego de la crisis de 2001, comenzaba una fase de expansión, caracterizada eso sí por la especulación financiera. Empezaba una época que sólo terminaría en 2008 con el estallido de la más reciente crisis mundial del capitalismo. Para un país como Colombia, que –acondicionado por más de una década de políticas neoliberales– había atado su destino a la dinámica económica de la potencia, se presentaba una oportunidad de crecimiento. Bastaba seguir sus órdenes al pie de la letra, y Uribe estaba dispuesto a hacerlo. Pero la nueva época traía novedades: en realidad, la expansión comercial y financiera del capitalismo mundial tenía que ver más bien con la consolidación de otras economías, las de Asia y el Pacífico, en especial China. Su manifestación más clara sería el alza de precios de los productos primarios en el mercado mundial. Al mismo tiempo, en el continente se abrían posibilidades de tomar distancia del viejo imperialismo. Cambiaron entonces las políticas y los gobiernos, comenzando por el de Venezuela, y Brasil asumió su condición de potencia, alterando el equilibrio del continente. Esta era otra realidad, muy distinta de la que describía la oscura cruzada militarista. Pero Uribe se quedaba en ésta, la que convenía a su proyecto; durante dos ‘eternos’ mandatos, no dejó ni un segundo de buscar la protección del patrón al precio que fuera. Incluso cuando, al final de esta época, comenzaron a registrarse algunos cambios, así fuesen formales, en los Estados Unidos, y cuando la crisis cambiaba radicalmente el escenario económico.

Los tratados de libre comercio

Hace unos días la prensa colombiana anunció, como si fuera un triunfo, que había terminado la negociación (junto con Perú) del tratado de libre comercio con la Unión Europea. En éste se hicieron algunas concesiones más de las que ya se habían hecho en el que se firmó con Estados Unidos, y que continúa pendiente de ratificación en este país por las objeciones de importantes sectores políticos y de opinión a la deplorable situación de derechos humanos en Colombia. Igual había sucedido con los que se firmaron con Canadá y los países europeos de la AELC. Dos aspectos merecen subrayarse: de una parte, que la política del gobierno colombiano es firmar tratados de libre comercio a como dé lugar, y, de otra, que en el exterior no parecen tan embrujados con la propaganda uribista. Pero no se puede dejar de mencionar una paradoja. En el caso de Europa, es claro que sus multinacionales, en particular las españolas, habiendo sentado sus reales aquí, están especialmente interesadas en este tipo de tratados. Y la arrodillada burguesía colombiana no puede hacer menos que cortejarlas. Sin embargo, para Uribe, este tratado cumple otra función: servir de absolución para lograr la aprobación del de Estados Unidos. Al parecer, aunque los europeos no han dejado de apoyarlo, insiste en continuar dando pruebas de fidelidad al viejo imperio.

En efecto, es verdad que la política de libre comercio forma parte de los dogmas neoliberales, y en ese sentido tiene dimensión global, como lo repiten una y otra vez los tecnócratas. Pero, en concreto, lo que ha hecho Uribe es respaldar la iniciativa anexionista de Estados Unidos desde la propuesta del Alca, y, una vez derrumbada ésta, aceptando el plan B de los tratados bilaterales. Al principio, los funcionarios del gobierno llegaron a afirmar que el único mercado que valía la pena era el de Estados Unidos, por encima del de Europa y Asia, y el de los vecinos. Recientemente, incluso, intentó ser vocero de la idea del “arco del Pacífico”, que los halcones norteamericanos acuñaron para enfrentarse a los gobiernos del Este de América del Sur, encabezados por Venezuela y Brasil. Por fortuna, la idea no ha cuajado. Ecuador ha mantenido una política independiente.

De todas maneras, con tratados o sin ellos, la política económica que se ha desarrollado aquí durante ocho años se reduce a acondicionar el país a lo que pretenden los tratados. De hecho, el auge de las exportaciones, fundamentalmente de combustibles y minerales, como resultado de la expansión del mercado mundial y no por las virtudes de Uribe, sólo ha servido para profundizar el patrón de especialización de la economía colombiana, centrado en los productos primarios. Lo único ‘original’ de Uribe ha sido su insistencia en la palma aceitera; pero todos sabemos que es, al mismo tiempo, una opción económica para sus compadres narcoparaterratenientes. En el mismo sentido se explica el auge de la inversión extranjera –destinada también a los mismos sectores, aparte del financiero y el comercial– que, según todos los analistas, incluyendo los tecnócratas neoliberales, se debe al auge mundial y no a “confianza inversionista” alguna. Mucho les ha entregado y regalado Uribe a ciertas empresas, y ni siquiera era necesario; de todos modos la inversión extranjera hubiera llegado. Pero, claro, aquí aparecen multinacionales europeas y hasta latinoamericanas. Esta política de “tratados”, además, le asestó un colosal golpe económico a la CAN. No sería el único.

Del ‘plan Colombia’ a las bases gringas

Curiosamente, ni siquiera el que para muchos es innegable mérito de Uribe, la ‘seguridad democrática’, entendida como derrota política y debilitamiento militar de las farc, es todo suyo; tampoco de Bush. Con sus caritas de “yo no fui”, Clinton y Pastranita pusieron los verdaderos cimientos. Caguán y ‘plan Colombia’ son dos caras de la misma moneda. Lo que hace Uribe, gracias al apoyo de Bush y su doctrina, es pasar del entierro de cualquier posibilidad de negociación y paz a su definitiva deslegitimación internacional, y ésta equivale a poner bajo sospecha hasta el atrevimiento mismo de hablar de ella. El impacto en el plano internacional es tan devastador como súbito; tanto, que los promotores de paz, facilitadores y colaboradores han tardado en entenderlo. Los gobiernos de Venezuela y Ecuador, en general los de América Latina y hasta los europeos, acostumbrados a distanciarse, asumiendo una posición de respeto a nuestros asuntos internos para ofrecer sus buenos oficios, se vieron de pronto chantajeados ante la supuesta obligación de formar parte de la lucha contra el terrorismo internacional y comenzar a ‘cooperar’. El apoyo del Imperio tenía un precio, como si Uribe no estuviera pagándoles permanentemente: servir de plataforma de agresión contra los gobiernos andinos en desarrollo de su política de desestabilización. La CAN, por ejemplo, que ya estaba maltrecha por razones económicas, tenía que morir por cuenta de Colombia.

La historia reciente es muy conocida. La llamada “internacionalización o desborde del conflicto”, contrariamente a lo que piensan algunos politólogos, no ha sido resultado de la estrategia de insurgencia armada sino de la política de Uribe. Primero, incursiones en Venezuela –captura o secuestro de Granda– y Ecuador –captura de Simón Trinidad–, luego presiones públicas internacionales sobre los gobiernos y finalmente el bombardeo en territorio ecuatoriano para “dar de baja” a Raúl Reyes, justificado por Uribe con la doctrina extraterritorial de Bush de perseguir el terrorismo donde quiera que se encuentre. A la ruptura diplomática y sobre todo política con los vecinos, siguió la política de pugnacidad en el marco de Unasur y el virtual aislamiento frente a las propuestas de mayor alcance como la asociación de Estados Latinoamericanos y del Caribe. El broche de oro, como se sabe, fue la entrega de siete o nueve bases militares a los Estados Unidos. A esta altura –cualquiera que sea el próximo gobierno–, es difícil pensar en una reversa. Al contrario, ya se juega irresponsablemente con la idea de la guerra contra Venezuela. Como en todos los aspectos, en éste también Colombia requiere una transformación profunda.

Saldo escalofriante

Desde el ángulo colombiano, la idea de integración latinoamericana se ha evaporado. Pero incluso tienen problemas las mínimas relaciones económicas. La crisis –particularmente la de Estados Unidos– ha mostrado ciertamente que los vecinos sí eran importantes. No pocas empresas, y sobre todo las actividades económicas fronterizas, se han visto afectadas por la ruptura comercial. No obstante, cualquier recuperación económica supone una negociación y una resolución política. El problema consiste en que ello equivale a tomar distancia del imperio yanqui. Y eso vale también para el replanteamiento del conjunto de las relaciones internacionales. Incluso con Europa y Asia. Hoy, sobre todo en la primera, predomina la derecha (ya no sólo el neoliberalismo) pero, dada su crisis, no se descarta un cambio, así sea leve, de sus gobiernos. No siempre van a seguir los dictados norteamericanos. La verdad es que la crisis –que para el parroquialismo colombiano parece no existir– es un hecho de enorme e innegable magnitud. El mundo sigue cambiando; no es que “el otro mundo posible” esté a la vuelta de la esquina, pero los cambios ocurren rápidamente. Entre tanto, en Colombia, en medio de la campaña electoral, seguimos encerrados, pataleando entre la sordidez de la violencia autoritaria y las payasadas de las ‘alternativas’ espurias. En el último rincón de un convento. Víctimas de unos medios de comunicación cuya condición de extranjeros sólo les sirve para recrear la frivolidad de la globalización y, en la práctica, reforzar el provincianismo. Es necesario abrir las puertas, y las ventanas; salir, siquiera a la esquina. A lo mejor, lo que necesitamos, para empezar, es una revolución cultural.

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