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Seres de humo

Eugenio, Saúl, Robinson, Matías, Pingüino, Indio y tantos más ya han recorrido todos los patios de la rehabilitación. Patios, no en el contexto carcelario sino de los centros de rehabilitación. Para drogadictos, habitantes de la calle y adictos al juego –sobre todo a las famosas maquinitas que hay en cada esquina de las zonas comerciales de la ciudad–, al licor, al trago y los cigarrillos –con cuyos impuestos se paga la educación pública–, al sexo virtual o real –en cines de porno, internet, zonas de tolerancia, líneas calientes o seduciendo, pasando del piropo al manoseo, pellizcando cuerpos ajenos, deseados–, fantasiosos la mayoría, peligrosos otros, que pueden llegar a cometer violaciones.

Predomina la población drogadicta y alcohólica, que cuando aquí llega está ya a merced del vicio, la adicción, con sus vidas en la yeca (calle), tirados de todos lados, expulsados por el rechazo familiar y social, avejentados, con severas complicaciones de salud, casi que forrados sus huesos, de miradas turbias, desconfiadas, que escudriñan centímetro a centímetro el nuevo hábitat, con bolsas negras de polietileno al hombro que son su casa, patrimonio y riquezas.

Una mañana de sol y cielo azul celeste

El vigilante abre la puerta, entra la camioneta blanca. Los internos del centro, ante el ruido de las llantas sobre el cascajo, se asoman. La curiosidad de saber quién llega esta semana. Alguien grita: “Llegó la parca”. Y otro le replica rapidito: “No sea hüevón, la parca (la muerte) se quedó afuera. Aquí con ella ni un visaje”.

Los dos hombres que hablaron tienen más de media rueda de vida, con más de la mitad gastada en vicios que los consumen lentamente, como el cirio pascual de Semana Santa. La parca les recuerda las camionetas en que los gatos (secretos de la policía) del extinguido F-2 andaban patrullando, controlando y ajusticiando como la mano limpia, en esas campañas ‘ciudadanas’ de ‘limpieza social’, terror para todos ellos si los entraban por ahí mal parqueados, finales trágicos: terminar con un tiro en la nuca detrás de los cerros tutelares bogotanos Monserrate y Guadalupe, o morir a causa del consumo en cualquier lugar público, y no ser identificado en Medicina Legal para ser enterrado en fosa común con el famoso NN.

Son las 9:30 de una mañana de sol y cielo azul celeste. La camioneta blanca se parquea, bajan funcionarios, los internos circulan, van y vienen, todos quieren ver –la fisgonería que todos llevamos dentro–, es hora del tinto, comienzan a bajar los nuevos. Bueno, no se sabe si se quedarán. Pasarán a valoración, como le dicen al conjunto de exámenes clínicos, psiquiátricos, psicológicos, con las terapeutas y trabajadoras sociales. El resultado será un concepto-diagnóstico definitivo en la vida de cada quién.

–¡Huy, pero vean al Pirata y al Piraña, que también vienen con otros 13 remitidos, todos cancheros en estos lugares, conocidos de vieja data en otras plazas, calles y patios! El viejo Sofonías parece ser la memoria de todos, con él toca sin cuentos chinos, sabe lo básico, lo que cada cliente deja saber de su vida (Vea pues esos dos por acá otra vez, y creo que ya perdieron la cuenta de las veces que han abandonado y recaído).

Pero, bueno, no hay que negar oportunidades, como todos decimos. Esta vez sí. Lo que no sabemos es hasta cuándo nos durará el sí ni cuando nos va a picar la ansiedad de consumir, pues cuando el pulmón nos talla nos llevó el putas.

Cuando el cucho Sofo habla, todos callan. Ese respetado hombre es uno de los decanos sobrevivientes del Cartucho y el Bronx, de muchas batallas, batidas, refriegas, guerritas y limpiezas asesinas. Ya perdió la cuenta de sus entradas y salidas de todos los patios del país, permanentes, comisarías y compromisos firmados de rehabilitación. Tal vez él, como ninguno, sepa que esto de la adicción se interrumpe mientras estamos por acá; por ello se convierte como en el oxígeno para respirar, y cuando no se aguanta más pedimos puerta (salida voluntaria a la calle antes de tiempo) o nos volamos.

A la entrada a la Dirección los formaron a todos. Reconocimientos y saludos. Por radio-bemba se supieron las nuevas, las malas y las escasas buenas noticias: muertos, asesinados, presos-condenados, detenidos sin juicio, fugados; otros en la calle de nuevo, habitando las ollas más chimeneas de la capital, y los menos pocos resistiendo la picazón de la adicción, los héroes de esta población vulnerable, que por lo general se desempeñan en la economía informal. Es difícil su inserción laboral formal. Los empleadores se comprometen con plazas vacantes, pero a la hora de vincular a esta población aparecen procesos de selección y contratación laberínticas y eternas.

Por fortuna las valoraciones sociales y los conceptos cambian. Ayer, estos batallones de desarrapados miserables, como en la novela de Víctor Hugo, eran la escoria de la sociedad, lo más indeseado de la pirámide estratificada colombiana. Sus antecesores, los gamines, fueron el paisaje cultural de la otra Bogotá que se fue con el trole (el papá del Transmilenio), las retretas del domingo y las carreras a gogó y a yeyé de la Pepe Sierra. Los bogotanos tenían una relación humanitaria y de caridad católica con los chinos que chupaban gasolina pa’trabarse, y fumaban cigarrillos y colillas americanas (marlboro y lucky), los más grandes unos chinches de 12 y 13 años que raponeaban y eran jefes de galladas.

Gamines de película

Gamín fue una cinta colombiana de éxito en su momento. Al ver los colombianos el fenómeno global, se escandalizaron, y mucho más cuando la película salió a festivales internacionales. Franceses y europeos soportaban población adulta en sus calles, pero lo que impactó fue que se tratara de niños-gamines. Al director Ciro Durán le llovieron insultos, la pe-  lícula había puesto el dedo en la llaga y nadie quería asumir responsabilidades y menos hallar orígenes y causas sociológicas. Tan chistoso fue el debate que un directorio del Partido Conservador le echó toda el agua sucia a liberales, ateos y masones.

Curiosamente, los gamines desaparecieron poco a poco de la ciudad, que también se iba, y fueron reemplazados por seres iguales de andrajosos, jóvenes pero adultos, con costal al hombro, a los cuales se les llamó indigentes o desechables, ciudadanos que en la práctica no lo son. Estos ya no andan en grupo. Son entes solitarios que meten pegante industrial, bazuco, marihuana, fuman pipa, toman chamber (alcohol de droguería con frutiño), reciclan p’al vicio y hoy se les llama o clasifica con más dignidad que antes: habitantes de calle.

La Constitución del 91 fortaleció, creó y disparó las políticas sociales, sobre todo en aquellas franjas de la población más desprotegida. Gracias a ello, el habitante de calle en Bogotá tiene sitios, hogares de paso adonde llegar, bañarse, lavar su ropa, comer, dormir, recibir atención médica y, si lo desea, ingresar voluntariamente en un programa de rehabilitación. En la capital, las dos últimas Alcaldías se han comprometido a fondo con lo social.

Viene una mujer, la única en medio de tanto hombre. Con un grueso gorro, forra su afeitada cabeza, los mira a todos, pregunta por un teléfono, y más de tres veces le indican. Ella desfila hacia el monedero, examinada por las pupilas de todos estos tigres en manada. Imagine el cuadro: es como ponerle por delante a un león enjaulado y hambriento 49 kilos de carne, pues se enloquece de la felicidad, y se los engulle de una o dos tarascadas. Estos hombres, otra vez de vuelta a su condición de ciudadanos, pagan sus culpas o parte de ellas, con ciertas restricciones que hacen parte del pénsum clínico que tienen que afrontar: el tratamiento permite visitas, pero debe haber total abstinencia sexual; por ello se alborotaron todos estos ojitos libidinosos.

El canchero mayor que observaba todo, tratando de mimetizarse tras los cuerpos de los otros, que también miraban detrás de las matas de geranios y novios, sentenció en baja voz que a esa mujer no la dejarían aquí porque les crearía un problema a todos. Una mujer en medio de tanto hombre sin mujer es explosión segura.

–Viejo mala leche, no nos la espante –fueron diciéndoles en coro los camajanes, que con sus vistas ya la tenían desnuda.

La mujer percibía y sentía la presión de tanta atención sobre ella. Le producía placer y temor. ¿A qué mujer no le gusta ser mirada y mimada? Sufren por serlo. Temor, pues el solo hecho de verse sola en medio de tantos guapos (colombianismo que denota que no se le tiene miedo a nada ni a nadie) sería una situación problemática y riesgosa, exenta de placer y gusto.

La presencia de la terapeuta que se los llevó al taller de fin de mañana vino a disipar el deseo. Las rutinas clínicas de la cura seguían, y con ellos no se iba de su parlanchería la muchacha del gorro, enbluyinada, con buzo tortuga, dos sacos más y zapatillas doradas.

Los días continuaron su marcha. En estos predios de reflexión y análisis terapéutico, el tiempo va más quedo. Y la pregunta del millón de todos seguirá siendo: ¿Por qué recaí, por qué volví a caer?

Las adicciones en el mundo, en lugar de disminuir, aumentan. Cada vez hay más seres de humo, de pipa y callejones oscuros con recovecos y sin salidas… y no hay vacuna ni droga que valga. Sólo el poder de la voluntad de cada enfermo-adicto podrá alejarlo del mundo del consumo, mientras el publicitario universo consumista y de la comunicación de masas te incita, te invita y te lleva a placeres de evasión legal, para de ahí saltar un centímetro al mundo ilegal de las drogas.

Si usted se encuentra a un ser de humo, auxílielo. Es una enfermedad terminal.

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