Era el camino de todos los días, se le vio pasar por el andén de baldosa negra o roja, imposible descífrarlo. Un carro color gris estaba justamente parqueado a unos cuantos metros de la entrada principal del salón comunal “Raúl Ordóñez”, en donde la emisora La preferida FM informa y entretiene a todos los laboyanos sobre las tendencias musicales más importantes y ameniza las tardes calurosas. Antes de ingresar, con su bolso colgando del hombro derecho, sin aparente afán por llegar, miró por última vez su celular que llevaba en la mano izquierda.
Es mediodía y en Pitalito hace calor. Flor Alba Núñez, de jean azul claro, blusa color blanca con algunas figuras poco perceptibles, ingresa al lugar de su trabajo y en cuestión de segundos, como si de un fuerte viento venido de adentro se tratara, siente que un empujón la arroja de espaldas al umbral. La fuerza que la regresa al lugar que hace unos pocos segundos había traspasado proviene de un hombre, que sin piedad alguna desenfundó un arma y apuntó directo a su cabeza, haciendo que su cuerpo cayera abruptamente al piso. El sicario, una vez cumplida su misión, retornó por el camino que segundos antes había transitado Flor Alba; su cara no se puedo detallar pues la cubría un casco color negro con líneas blancas o grises. En su caminar hacia la calle se ve como guarda el arma debajo de su camiseta deportiva, manga larga, color azul oscuro; el asesino agilizó su paso hasta perderse de la escena.
Un asesinato más. Hasta el 10 de septiembre de 2015, Flor Alba registra como la última de los periodistas asesinados en Colombia por cumplir con su labor. Y con este son 143-144 los comunicadores que han muerto en esa dura labor de informar, denunciar y exponer a la luz pública las irregularidades acaecidas en ciertos ámbitos –públicos y privados– de este país. La cifra la reveló la Fundación para la libertad de prensa, que con un estudio que cubre desde 1977 al 2015 ubica a Colombia como el segundo país de América, después de México, en donde la labor periodística se ha convertido en un río de sangre, en donde informar es un delito y las mafias, y otros poderes, mandan sobre los medios de comunicación a punta de bala y amenazas.
En Colombia siempre han ‘jugado’ a eso, al tormento, al miedo, al desenfreno por querer ocultar, de una u otra forma, lo que traman bajo cuerda en los diferentes espacios en los que se mueven los representantes de los pueblos y ciudades. Lo que confirma que el periodismo, la escritura, la lectura, son parte de lo que pudieramos denominar como los más poderosos recursos con que puede contar un ser humano, en este caso, para estar bien informado y así poder actuar en el día a día con conocimiento de causa, permitiéndole hacer parte de ese pequeño grupo de conocedores de la realidad que luchan, detrás de sus máquinas de escribir, cámaras y grabadoras, para sostener y tratar de informar a los demás sobre los acontecimientos que se cocinan en un territorio dado, pudiendo explicar a quiénes favorece y a quiénes perjudica tal acontecer.
Solo iniciando el nuevo milenio y hasta el 2014, se registraron 56 asesinatos de periodistas que en un instante pensaron haber sobrevivido a los peores momentos de la violencia en Colombia, pero no, siguieron en la mira de miles de maleantes que sin miramiento alguno cobraron cuentas que sólo ellos tenían en sus cabezas. El periodismo, entonces, se transformó en un asunto de conveniencia para algunos pocos, los comunicadores que en algunos casos decidieron ensalzar figuras “peligrosas” y hacer favores para que los sacaran de esas listas ‘negras’ que deambulaban por las salas de redacción y de voz en voz.
Esos que decidieron ya no informar sino desinformar para proteger sus vidas, no hablar de este o del otro, ensalzar a quies(es) no corresponde, no tomar posición ni dar alguna opinión sobre ciertos temas que era mejor dejar quietos; fue así como quienes habitan este país empezaron a caer en un mayor mar desinformativo por culpa de ciertos factores del poder.
Es de esta manera como el mejor oficio del mundo, como alguna vez lo comentó Gabriel García Márquez, terminó convertido desde la década de los ochenta y noventa en el oficio más peligroso del mundo, pues si traemos a colación la muerte de periodistas como Guillermo Cano, Diana Turbay o el mismo Jaime Garzón, nos estremece el corazón al pensar que fue la guerra por ocultar la verdad y manipular a la sociedad lo que los condenó a morir ejerciendo el mejor oficio.
Aunque hablamos de solo tres décadas, debemos decir que en la actualidad la cuestión no ha cambiado mucho, sólo que ahora es más sutil el proceder que siguen aquellos que no dudan incluso con apretar el gatillo, pues ahora inician sus presiones con un continuo juego de amenazas y extorciones que ponen contra la pared a los miles de periodistas que trabajan diariamente buscando develar la manida realidad. Sólo en el 2014 fueron amenazados, perseguidos, golpeados y ultrajados 164 periodistas. Esto lo señaló el diario El Tiempo que a raíz de lo sucedido con Flor Alba Núñez, procesó algunas estadísticas y estudios sobre las agresiones y muertes de periodistas en la actualidad. El estudio permite ver una cuestión fundamental: la falta de garantías para los comunicadores y la violación constante de los derechos humanos que impiden de cierta forma un cubrimiento eficaz y total de las irregularidades que se van descubriendo en la investigación de los diversos asuntos a los cuales los periodistas llegan, de una u otra forma, cuando ejercen de manera honesta y profesional su profesión.
Estamos, por tanto, ante una sociedad donde la verdad no puede ser comentada con tranquilidad, tomando forma, de esta manera, un juego de doble moral en donde cada quien cuenta lo que le conviene y maniobra con las pruebas de una afirmación que, dependiendo el bandido de turno, elimina o sabe comportarse para salir bien librado.
Flor Alba Núñez, vida cortada en plena juventud, permite recordar que asesinar periodistas es como quemar libros, prohibir el teatro, cerrar periódicos o evitar la recreación y/o divulgación de la cotidianidad desde cualquier medio; asesinar periodistas remarca el poco avance social, económico, político y cultural que tiene un país como el nuestro, factores todos ellos necesarios para avanzar hacia una verdadera paz que debe iniciar desde, entre otros aspectos, el respeto a la libre opinión, y el reconocimiento de maniobras, procederes y actos que perjudican a la sociedad en su conjunto.


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