
El triunfo de Macri en Argentina sorprendió a muchos y echó por tierra varios mitos, dijo a Brecha el antropólogo argentino Alejandro Grimson. Quienes “se oponen a todas las variables del neoliberalismo” deberán primero entender qué pasó, en qué se equivocaron, para luego construir “nuevas alianzas” e intentar volver por sus fueros, afirmó.
Entre el 30 de noviembre y el 4 de diciembre se realizó en Montevideo la XI Reunión de Antropología del Mercosur, titulada “Diálogos, prácticas y visiones antropológicas desde el Sur”.1 En esos días la ciudad se llenó de antropólogos –se estimó el público del encuentro en unas 3.500 personas– provenientes de Argentina, Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay, Venezuela y Chile, que debatieron sobre las líneas centrales de la antropología contemporánea en los países del Sur. Uno de los participantes fue el argentino Alejandro Grimson, quien con su conferencia “Desafíos para una antropología desde el Sur” cerró las jornadas. Grimson es doctor en antropología por la Universidad de Brasilia y docente del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín, de Argentina.
—P. ¿Cuál es el enfoque propio de la antropología?
—R. Su aporte es muy específico y tiene que ver con su forma de trabajo. Es una disciplina, si se quiere, más artesanal que otras, que no trabaja tanto con datos estadísticos o agregaciones cuantitativas sino con el investigador, haciendo estudios etnográficos de campo en lugares relativamente pequeños, a través del mecanismo que los antropólogos llamamos “descentramiento”. Trata de poner en cuestión los sentidos comunes, los preconceptos que existen en los propios claustros universitarios o disciplinas académicas, para poder entender y comprender otras voces, puntos de vista, miradas, formas de sentir y de pensar. Esa mirada permite un estudio desde las personas de carne y hueso. Está claro que América Latina hoy es una enorme multiplicidad de heterogeneidades divergentes y convergentes de sentidos comunes que van siendo articulados en procesos hegemónicos y políticos. La antropología tiene la posibilidad de dar cuenta de esa multiplicidad de puntos de vista y tiene el desafío de articularlos para poder mostrar las tendencias más profundas de la sociedad.
—P. ¿Cuáles son esos sentidos comunes que atraviesan América del Sur?
—R. Podría proponer algunos a partir de un libro que escribí sobre Argentina –Mitomanías argentinas–, que recopila 70 frases de los argentinos sobre su propio país que yo refuto. Una de esas frases es: “los argentinos descendemos de los barcos”. O sea somos todos blancos, descendientes de europeos. Desde aquí podríamos preguntarnos sobre esa creencia europeísta. Si existe o no en Uruguay o en otros países de América Latina, y si existe cuál es su papel. Puede haber diferentes articulaciones entre lo blanco y lo no blanco, lo blanco y lo indígena y lo afro. Lo que es general es que todos los países de Latinoamérica lidian con esta cuestión de su identidad nacional y la relación que tiene eso con lo europeo, lo indígena y lo afro. Eso está presente en todos los países.
—P. ¿Alguna de esas frases sirve para analizar la política argentina actual?
—R. Después de la elección del 22 de noviembre no hice ese ejercicio, sino ver qué mitos surgían para hablar de la derrota del Frente para la Victoria. Por ejemplo, surgió el mito de que fue culpa de los medios. Es un mito, porque en 2011 los medios eran los mismos, con la misma posición que hoy, y Cristina Fernández de Kirchner obtuvo el 54 por ciento de los votos y el segundo el 17. En ciencias sociales se sabe que si la cantidad de votantes por partido cambió tiene que haber otras cosas que lo hayan provocado. Surgió otro mito que tiene características antidemocráticas pero además sectarias: el pueblo es estúpido. Creo que los pueblos no son estúpidos. Incluso si se creyera eso se puede decir, bueno, el pueblo estúpido primero votó una cosa y luego otra. ¿O se estupidizó? Otro mito fue: empatamos. Esto sale porque la victoria fue por menos del 3 por ciento de diferencia. Hubo un triunfo muy ajustado, pero triunfo al fin.
Además no podemos olvidar –los que tenemos niveles de compromiso con la izquierda y los sectores y movimientos populares– que triunfó Macri. No es lo mismo que otros candidatos del centro o centroderecha. Es un empresario, millonario, porteño, alguien que muchos de nosotros, o quizás todos nosotros, creímos que nunca iba a ganar. Por eso debemos hacernos preguntas acerca de qué no entendimos. Por alguna razón, algo que creíamos que no podía suceder sucedió. En ese marco, decir empatamos es un grave error político.
Otro mito que surgió fue que Macri ganó porque el otro candidato no era Cristina Fernández de Kirchner. Cristina tuvo dos mandatos y no podía aspirar a un tercero. Sectores del Frente para la Victoria tenían la idea de cambiar la Constitución, pero para ello, como en todos lados, debían contar con una mayoría especial legislativa. No la tenían. Por otra parte, todos los que venimos siguiendo el proceso sabemos que Daniel Scioli se vio obligado en la campaña del balotaje a diferenciarse del gobierno actual. Era su única manera de pelear y no perder.
—P. ¿De qué se tenía que diferenciar?
—R. Cristina llegó a admitir que a veces, quizás, alguna gente opinaba que ella era soberbia. Alguna gente podía sentir que ella estaba pagada de sí misma. Es decir, a lo que aludió Cristina fue a las formas. A mi juicio, en realidad es un poco más profundo. Muchos argentinos –son más de los que pensamos– apoyan gran parte de lo que hizo el gobierno de Cristina. Macri, para ganar, tuvo que decir que no iba a cambiar el Irpf, que no iba a sacar la asignación universal por hijo, que iba a mantener a Aerolíneas Argentinas en la órbita estatal. Si él no decía eso no ganaba. El Frente para la Victoria perdió porque en Argentina –como en casi toda América del Sur, desde hace varios años– hubo una baja del precio de los commodities. El fallo de los fondos buitres impidió además que Argentina volviera al mercado internacional de crédito, con lo cual tuvo que pagar cada peso de deuda con dólares propios. Lo que quiero decir es que hubo problemas económicos reales, que no fueron provocados por Cristina Kirchner o por su gobierno, ni por ningún gobierno latinoamericano, que fueron víctimas de ese cambio, pero el kirchnerismo cometió un error muy obvio: no adecuar su discurso. El “relato” del gobierno se fue exacerbando con respecto a los logros, como si eso alcanzara, al mismo tiempo que la sociedad iba viendo cierto deterioro en la vida cotidiana. Ello fue generando una distancia política creciente entre la población y el gobierno.
Las distancias de los sectores medios y de ciertos sectores populares con el kirchnerismo puede que tengan que ver también con las maneras. Tienen que ver con la forma en que el gobierno representó la realidad del país, y eso tuvo consecuencias.
—P. Desde filas de Macri se decía que el gobierno de Cristina se manejaba con un discurso de exclusión del otro. ¿Cuál es el relato que se va a construir Macri?
—R. Macri fue protagonista de esa dicotomía. Hasta hace poco él formaba parte del antikirchnerismo más acérrimo. Pero su estrategia este año fue decir que se ubicaba en el medio de las dos veredas. Esto es importante entenderlo, porque la sociedad argentina no votó la vuelta al neoliberalismo de los noventa. Si bien hay un sector que apoyó a Macri que puede tener esa pretensión, otro votó por el nuevo discurso. Estoy convencido de que Macri debió gran parte de su triunfo al marketing político, a sus asesores.
La gran tensión que lo va a perseguir es entre ideologismo de derecha y pragmatismo político. Si se deja llevar por la fuerza de los Ceo, los principales ejecutivos de las corporaciones que integran su gobierno, seguramente será un Piñera (por Sebastián Piñera, el ex presidente de Chile). Hay varios sectores del macrismo que saben que sí pueden volver a los noventa, pero eso va a generar altos niveles de confrontación social. Y ahí le será muy difícil volver a ganar las elecciones. En 2017 están las legislativas. La política no es para siempre. Creo que el desafío es saber si aquellos que están en contra de todas las variantes neoliberales logran entender lo que pasó, si tratan de entender cómo piensa la sociedad compleja hoy, si tratan de construir una política no de resistencia sino de oposición, para construir una mayoría que gane las próximas elecciones.
—P. ¿Qué es lo que se juega hoy en esa tensión?
—R. El riesgo de un ideologismo sectario y de resguardarse en el concepto “el pueblo es estúpido”. “Nosotros tenemos razón pero perdimos”, “Nosotros tenemos la verdad, mientras este señor arruina este país”, todo eso no va a contribuir a ir construyendo nuevas alianzas. Y por sobre todo nuevos discursos sobre el futuro.
1. Organizada por el Departamento de Antropología Social del Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República.



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