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Arabia Saudita, entre el Estado Islámico y los neocons

Arabia Saudita, entre el Estado Islámico y los neocons

La ejecución por Arabia Saudita de 47 presos, incluyendo a un influyente clérigo chiita, un hecho que tensó al máximo las relaciones entre ese país e Irán, amenaza desestabilizar más aun la región más explosiva del planeta. Si la Casa de Saud puede llevar a cabo tal provocación es sólo porque cuenta con la aceptación de la más importante corriente política estadounidense, los neoconservadores.

 

“Las bárbaras ejecuciones de Arabia Saudita prometen que 2016 será un año sombrío y tumultuoso en el reino y en todo Oriente Medio”, señala el editorial de The New York Times del lunes 4. La opinión de uno de los diarios más influyentes del mundo refleja un sentimiento muy extendido en el planeta, con la excepción de los neoconservadores estadounidenses, una minoría que aspira a la guerra para imponer la remodelación del planeta al gusto de las elites. Esa minoría tiene estrechos lazos con poderes tan influyentes como la banca occidental, los gobiernos de Arabia y otras petromonarquías, Turquía, Israel y una parte sustancial de la Unión Europea.

El periódico destaca que el objetivo de la ejecución de 47 prisioneros fue “una distracción de los problemas económicos en el país y para silenciar a los disidentes”. La monarquía saudí atraviesa actualmente por su peor situación en medio siglo, con una crisis económica que ha provocado recortes en el gasto social y una incipiente protesta social. Las ejecuciones son “una advertencia de lo que les puede ocurrir a los críticos”, dice el New York Times. Entre los ejecutados estaba Nimr al-Nimr, un clérigo chiita disidente de la Provincia Oriental, una de las principales voces que reclamaban elecciones libres en Arabia Saudita. Durante las protestas de la primavera árabe de 2011 y 2012 Al-Nimr fue considerado como el clérigo chiita con más poder local e influencia entre los jóvenes. Fue detenido en varias ocasiones y estaba en prisión desde 2012. En 2014 fue condenado a muerte.

Según Human Rights Watch, “la ejecución masiva del 2 de enero siguió a un año en el que fueron ejecutadas 158 personas, la mayor cantidad en la historia reciente en Arabia Saudita, ejecuciones basadas en gran medida en leyes vagas y pruebas dudosas. Al-Nimr fue un fuerte crítico del régimen y campeón de los derechos de la minoría chiita en la Provincia Oriental de Arabia Saudita, pero no un defensor de la acción violenta” (The New York Times, lunes 4). El clérigo fue acusado por delitos como “romper la lealtad” e “incitar a la lucha sectaria”. Hace sólo unas semanas, destaca el Times, se habían iniciado conversaciones lideradas por Estados Unidos y Rusia con los ministros de Exteriores saudí e iraní “para discutir una hoja de ruta para la paz en Siria”. Al día siguiente de anunciar las ejecuciones, los saudíes pusieron punto final a un alto el fuego en Yemen, donde sus tropas están empantanadas en una guerra contra aliados de Irán sin final a la vista.

DIFICULTADES INTERNAS.

La monarquía está asustada. Enfrenta dos graves problemas: en el país, una fuerte crisis económica por la caída de los precios del petróleo, que está socavando el apoyo popular a la Casa de Saud. En la arena internacional, está sufriendo duras derrotas en todos los frentes y viejos aliados toman distancias por su apoyo a opciones problemáticas, como el Estado Islámico (véase contratapa) y grupos armados que aspiran a desatar la guerra santa en China y Rusia, entre otros.

Arabia Saudita es el primer productor de petróleo de la Opep, e Irán es el quinto. Si Teherán vuelve a los mercados internacionales de crudo, de concretarse, como parece, el fin de las sanciones internacionales, sus enormes reservas de petróleo forzarán una nueva caída de los precios del petróleo, un escenario que aumentará el agujero en las finanzas saudíes.

En 2015 Riad registró un déficit público récord de 98.000 millones de dólares, un 15 por ciento del Pib, debido a la caída del precio del petróleo, de acuerdo al propio Ministerio de Finanzas saudita. Según la revista militar Jane’s Defence Weekly, Arabia Saudita anunció “recortes profundos en los gastos de defensa” que llegan al 30 por ciento del presupuesto anterior (Jane’s Defence Weekly, 29-XII-15).

El país tiene reservas por 700.000 millones de dólares que, si no suben los precios del petróleo, le alcanzarían apenas para cinco años, aun reduciendo el déficit actual. Pero los reacomodos geopolíticos y el carácter feudal de la monarquía saudí le complican aun más las cosas. Hasta hace bien poco China se abastecía principalmente del petróleo saudita. Ahora el principal proveedor de China es Rusia. Según el analista David Goldman, “las exportaciones de petróleo de Rusia a China se multiplicaron por cuatro desde 2010, mientras las exportaciones saudíes se han estancado” (Asia Times, domingo 3). Pekín, agrega Goldman, compra a Rusia por “razones estratégicas”, que suelen ser siempre las mismas: “China ha perdido la paciencia por el apoyo de la monarquía a los islamistas wahabíes en China y en los países limítrofes”. Con su actitud sectaria y guerrera, Riad perdió su mejor cliente y un buen proveedor de armas sofisticadas, incluyendo misiles tierra-tierra.

Para la monarquía, la crisis puede ser el comienzo del fin, toda vez que se trata de un régimen sin legitimidad que se mantiene por su capacidad de subvencionar a la población. La semana pasada Riad cortó los subsidios al agua, la electricidad y la gasolina, por lo cual “la capacidad de la familia real para comprar el apoyo popular se está erosionando, mientras la seguridad regional se ha venido abajo”, comenta Goldman.

El otro gran problema que desangra las arcas de la monarquía son los nueve meses de guerra en Yemen, donde Riad interviene en apoyo al presidente Abd Rabbo Mansur Hadi, que enfrenta una guerra contra los rebeldes hutíes, aliados con las fuerzas leales al ex presidente Ali Abdalá Saleh, que se hicieron con el control del país entre setiembre de 2014 y enero de 2015. Según Riad los rebeldes cuentan con apoyo iraní, razón por la que se involucraron en la guerra en marzo de 2015 junto a una coalición de estados árabes.

Lo cierto es que la intervención militar en Yemen es un enorme esfuerzo para un país en crisis, pero es sobre todo la muestra de que ambas potencias regionales, Irán y Arabia Saudita, están dispuestas a competir hasta el final, cada una con los respectivos apoyos internacionales: Rusia y China con Irán; Estados Unidos y la Unión Europea con los saudíes. Más que ante un enfrentamiento entre distintas versiones del islam –la sunita y la chiita–, se está ante un conflicto geopolítico vinculado al acceso al petróleo.

PERSPECTIVAS.

En el plano regional las cosas también están saliendo mal para la Casa de Saud. Desde que Rusia decidió intervenir en la guerra siria, los aliados de Riad se encuentran a la defensiva y se aleja la posibilidad de la renuncia o caída del presidente sirio Bashar al Asad, uno de los principales objetivos saudíes en la región. Pero el régimen saudí pierde terreno además en Irak, Líbano y en Yemen. En resumen, Riad pierde globalmente terreno en una coyuntura en la que su archirrival Irán está a punto de reingresar en el escenario luego de los acuerdos firmados en 2015 con las potencias occidentales.

Analistas estadounidenses consideran que el conflicto de-satado por las ejecuciones “podría socavar los esfuerzos más amplios por la paz en Oriente Medio” y temen que “en algún momento Estados Unidos pueda verse obligado a tomar partido entre Arabia Saudita e Irán, lo que podría amenazar el acuerdo nuclear” con Teherán (The Wall Street Journal, 3-XII-15).

En ese marco, el connotado periodista estadounidense Robert Parry se quejó de que la administración de Barack Obama siga moviéndose con mucha cautela “ante alianzas desagradables en Oriente Medio”, como la siempre renovada con la Casa de Saud. Parry encuentra dos explicaciones a la cautela del presidente. La primera es que “en los últimos años Arabia Saudita selló su protección a las críticas del gobierno estadounidense mediante la formación de una alianza no declarada con Israel en torno a su odio mutuo a Irán, una causa levantada por los neoconservadores”. La segunda consiste precisamente en “la incapacidad” de altos funcionarios estadounidenses, incluso militares, preocupados respecto de “los estragos que las estrategias neoconservadoras causan en toda la región y que se están extendiendo en Europa” para detener la ofensiva neocon (Consortiumnews, lunes 4). Como ejemplo cita declaraciones formuladas en 2014 por el vicepresidente Joe Biden acusando a Arabia Saudita de apoyar el terrorismo islámico en Siria (véase contratapa). Biden no decía nada que no fuera evidente, pero debió luego pedir disculpas. Prisionero de los neocons que controlan la política exterior e interior de su gobierno, Obama termina en los hechos apoyando cualquier acción de los saudíes y los turcos, aunque sean indefendibles, porque “monopolizan casi todos los resortes del poder político y los medios de comunicación”, sostiene Parry.

Paul Craig Roberts, secretario del Tesoro bajo la presidencia de Ronald Reagan, recuerda el nacimiento de la política neoconservadora: “El colapso de la Unión Soviética en 1991 dio a luz una ideología peligrosa llamada neoconservadurismo. La Unión Soviética había servido como una limitación a la acción unilateral de Estados Unidos. Con la eliminación de esta restricción, en Washington los neoconservadores declararon la hegemonía mundial. Estados Unidos era ahora la ‘única superpotencia’ que podría actuar sin restricciones en cualquier parte del mundo” (paulcraigroberts.org, 28-XII-15).

Roberts considera que, como consecuencia de la hegemonía de los neoconservadores, la guerra nuclear ha vuelto a plantearse como una posibilidad. Cree que sólo habría dos formas de evitarla: “Una es que Rusia y China se rindan y acepten la hegemonía de Wa¬shington. La otra es que un líder independiente en Alemania, el Reino Unido o Francia decida retirarse de la Otan, que es la herramienta primordial de Washington para causar conflictos con Rusia y, por lo tanto, la fuerza más peligrosa para todos los países europeos y el mundo entero. Si la Otan continúa existiendo, junto con la ideología neoconservadora de la hegemonía estadounidense, la guerra nuclear será ine¬vitable”.

Información adicional

Autor/a: Raúl Zibechi
País: Arabia Saudiita
Región: Medio Oriente
Fuente: Brecha

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