
Nota: Se recomienda leer este escrito escuchando metal, heavy, trash o punk.
¿Quién, sentado en su razón, quisiera meterse en un voraz torbellino de puños, codazos y patadas?
Atrocidades atractivas, caos y anarquía. El pogo es desatino provocado, influjo de ritmos mordaces, descargas eléctricas y sonoras.
A la distancia se percibía el retumbe de los bajos, a medida que me acercaba escuchaba más nítidamente el desgarre de guitarras eléctricas, bajos, baterías y gritos desaforados. Estaba en la calle 63, frente al parque Simon Bolívar de Bogotá.
Sentí como empezaba a estremecerme, una sed y ansiedad se apodero de mí. Llevaba una media de ron a medio camino, la cual tuve que encaletarme, para evadir las tres requisas de la policía al ingreso del parque. Una vez adentro y camino al ágora, un ruido absorbente, como un enjambre de abejas, fue llenándome la cabeza, me corrió un escalofrío y se me erizo la piel. Estaba frente a uno de los conciertos más grandes de metal de América latina: Rock al parque. El cielo estaba despejado, la multitud de gente, cual mar revuelto, se agolpaba frente al escenario.
Al borde de la turba sentí una palpitación que, pausada y gradualmente, me subía a la cabeza y entrañas. Cual bestia en celo, frenética, me fui abriendo paso al centro del caos: un remolino de puños, empujones, codazos y patadas. La descarga no se hizo esperar, al par del ritmo y dando circunferencias, salen puños y patadas a diestra y siniestra. Soy un frenético más, un cómplice de este juego macabro.
La riña, como una montaña rusa, sube y baja de intensidad acorde al ritmo que suena. Hay recesos para no caer desmayado, hay mariguana, licor y cigarrillo, hay rostros fieros y desafiantes, ojos desorbitados, complicidad y tolerancia; las cabezas se sacuden al ritmo de la música, circula más marihuana y licor.
Pero no todo es desatino, en el descontrol hay solidaridad con quien cae o es derribado, los que están al margen del torbellino, sacan resguardados de la corriente a los penitentes y desertores. Hombres y mujeres confluyen en éste errático juego de la muerte. La locura y la efusión es compartida.
Se vuelve a prender la revuelta, los remolinos se desplazan por la multitud, nacen focos en cualquier lugar, nadie esta a salvo allí. Las guitarras revientan a más no poder, bajista y baterista parecen poseídos, el vocalista desgarra sonidos de ultratumba, es como una imagen apocalíptica.
El pogo, en últimas, no es más que un simulacro de locura, una descarga de diablos y demonios, es el amor a la destrucción, pero a su vez, y sobre todo, es un tributo a la vida, a la pasión por la música, la libertad y la desobediencia, es en fin, un tributo al metal.



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