
La difícil situación que vive hoy La Guajira parece no tener fin, ni principio tampoco. No es posible determinar con precisión desde cuándo y quiénes se robaron a La Guajira; ni quién inició el despojo de los otrora orgullosos e invictos wayúu de sus tierras, aguas y cultivos.
A los pueblos originarios de América los han masacrado por más de quinientos años de múltiples formas y en forma sistemática. Desde el primer indígena que murió a manos de un marino que venía a bordo de una de las carabelas de Colón, a quien este intentó arrebatar alguna sencilla nariguera de oro, y que ante la resistencia del indefenso hombre le desarrajó un pistoletazo o le aplicó el frío acero -imposible saberlo con certeza-, desde el atroz hecho de ese anónimo marino no ha cesado la matanza generalizada de estos pueblos. Lo que sorprende es que aún hoy, medio milenio después de la llegada de los invasores, aún queden vestigios de los pueblos nativos en nuestro continente; algunos apenas, infortunadamente demasiados pocos, conservan más o menos puras sus tradiciones y sus costumbres.
Los wayúu de La Wajira –así debería escribirse y pronunciarse el nombre de esta tierra, por querer decir tierra de lo wayúu; ¿en qué momento los insignes filólogos y gramáticos nacionales deformaron este nombre propio? –han sido de los más rebeldes, los más autónomos, los más aguerridos pueblos que no permitieron la “reducción” por parte de los españoles, de los criollos y de las misiones capuchinas. Sólo hasta bien entrado el siglo XIX, ya con el regreso de los capuchinos a las misiones después del Concordato de Núñez –y después de haber tenido que dejar esos territorios desde mediados del siglo XVIII – los wayúu fueron “reducidos” a lo que son hoy: un pueblo condenado a desparecer bajo el peso del avance civilizador blanco y mestizo que se apoderó de La Wajira, una tierra siempre rica y bondadosa, a pesar de su agreste geografía.
La Wajira o mejor, la península Wajira, nace en la Sierra Nevada de Gonawindúa –que nosotros persistimos en llamar, de manera absurda y xenófila, de Santa Marta– habitada por los kogui, los aruhacos, los wiwa y los kankuamo, y se extiende con todo el verdor de sus estribaciones hacia el noreste para dar forma a la parte más septentrional de Sudamérica. A mitad de camino, La Wajira se desertifica, y ya antes de llegar a Maicao y a Uribia –la capital indígena de Colombia– La Wajira no es más que es un desierto, espléndido pero a la vez implacable, hasta sus confines de Castilletes, Punta Espada y El Cabo de la Vela.
En La Wajira solo hay un río: el Ranchería, que nace en la vertiente oriental de la Sierra Nevada y desemboca justo en Riohacha, la capital del departamento. Es un río de proporciones modestas, tiene más meandros que kilómetros, apenas doscientos cincuenta. En tiempos normales de sequía, casi se seca por completo; solo en época de lluvias –y cuando no hay Fenómeno del Niño, claro está –, en marzo y en septiembre, alcanza a reunir un caudal de mediano volumen. Pero es el único río en todo el departamento. No hay más. Lo demás son arroyos, aquí y allá que también se secan la mayor parte del año.
Al río se lo robaron tras varios intentos. No es para sorprenderse. En un desierto todo el mundo quiere apoderarse del agua. Varios actores intervinieron en este despojo y cada uno por distintos motivos.
En primer lugar la industria minera que llegó a usufructuar la riqueza carbonífera desde los inicios de los años ochenta mediante un desventajoso contrato de asociación entre el Estado y la multinacional norteamericana Exxon. El río es desde entonces la fuente principal de agua para realizar sus procesos de limpieza y tratamiento del mineral. Pero más allá de eso, el río se convirtió en un inmenso obstáculo para la codicia de la industria minera: debajo del lecho del Ranchería yacen más de quinientos cincuenta millones de toneladas de carbón térmico. Por ello, la minera, hoy en día en poder de tres gigantes de la industria, BHP Billiton, Ango-American y Glencore- aunque recientemente la segunda anunció su salida del mercado global del carbón para enfocarse en los más rentables minerales de oro, platino y diamantes, con lo cual obligará a que los otros dos socios compren su parte o permitan el ingreso de un tercero- intentó a comienzos de la presente década adelantar un proyecto devastador para La Wajira: la desviación del río Ranchería para sacar el mineral, sin importarle ni considerar que al hacerlo se lesionaría de manera irreparable el acuífero del río, aquel que funge de esponja, recibe y da agua alrío en época de sequía y de lluvia, un regulador natural del caudal que se ha formado por millones de años como esponja rocosa que almacena agua en épocas de abundancia y las devuelve en tiempos de sequía para que de esa forma el río nunca se reseque por completo, y que siempre tenga un mínimo de agua para que fauna, flora y biota subsista, aún en las peores condiciones de adversidad climática.
La minera desistió por ahorade su proyecto en el 2012 tras la presión ejercida por un paro cívico y un debate adelantado en el congreso por el senador Robledo. Además, debido a los precios del carbón, por este tiempo deprimidos por la crisis de las materias primas, no hay un gran apetito para hacer grandes inversiones de este tipo, un hecho puramente circunstancial, lo cual no quiere decir que ante un eventual repunte en los precios no vaya a volver el tema a la agenda de la minera.
Pero, otro de los actores que dio una estocada de muerte al Ranchería, es la llamada “mafia” de los hacendados del sur de la Wajira, quienes convencieron a los gobiernos de Uribe y de Santos de hacer un embalse para regular las aguas del Ranchería para su provecho propicien lo que se llama el Distrito de Riego de El Cercado. Este inmenso embalse, ubicado apenas entra el Ranchería al departamento y en donde La Wajira aún es verde y productiva, ha dejado al resto de la península en el peor estado de sequía, de hambre, de sed. La Wajira y el pueblo wayúu agonizan a la par de su río insignia.
El único río de La Wajira. Robado. Secado por la codicia. El magnífico documental de Gonzalo Guillen, El río que se robaron, da cuenta de ello. Ahora el gobierno intenta reparar con paños de agua tibia un mal que él mismo ocasionó, procurando perforar pozos profundos como solución para dar agua a algunas poblaciones y rancherías de La Wajira cuando se sabe que el mal no está en las sábanas; está en el embalse de El Cercado que acapara todo el agua del Ranchería para el distrito de riego de los opulentos hacendados del sur de La Wajira.
Pero hay más actores que protagonizan el robo de La Wajira: la casta de políticos, gobernantes y funcionarios que no se sacian con saquear los dineros públicos del departamento. Los recursos destinados para la salud, la alimentación de los niños, la educación. Durante más de quince años los alcaldes de muchos municipios de la Wajira, todos aquellos dentro de la zona de influencia de la minera, recibieron cientos de miles de millones de pesos por concepto de regalías del carbón sin que se invirtieran en lo más esencial: servicios públicos como energía y agua, ni tampoco en educación y salud. Hasta el 2012, cuando cambió el régimen de regalías, municipios como Albania, Hatonuevo, Barrancas, Maicao, por solo mencionar algunos, recibieroncada año, entre cien mil y ciento cincuenta mil millones de pesos. ¿A dónde fue a dar todo ese dinero si aún hoy en esos municipios todavía no se cuenta de manera diaria con el flujo de agua y de energía? Todo esto debería ser considerado crímenes de lesa humanidad y sin embargo la impunidad campea.
Y los grandes derrotados con todo este saqueo son los indígenas del pueblo wayúu. Este pueblo muere lentamente. En primer lugar, devorado por el mestizaje que ha asolado a La Wajira en los últimos doscientos años, pero más allá del mestizaje, por los avances de la frontera civilizatoria, por la globalización que acaba con todo el acervo cultural, patrimonial e histórico de los pueblos originarios de América. No es inusual encontrar a los hombres wayúu, a sus palabreros -esas egregias figuras de sabiduría que se dedican a mediar las diferencias entre las fa milias y clanes wajiros- ataviados, víctimas de un absurdo sincretismo cultural, por un lado, de su tradicional wayuco, que deja sus piernas y nalgas al aire, calzando las waireñas o cotizas de fique, pero con una camiseta tipo Polo, unas gafas Ray-Ban, y luego su tradicional sombrero de paja de palabrero. Pero todo esto va más allá del vestuario. El wayunaiki, la lengua nativa de los wayúu se pierde irremediablemente; los jóvenes no quieran hablar en wayunaiki; en las escuelas oficiales no se enseña y solo lo conservan las mujeres, las madres. Recordemos que la cultura wayúu es una cultura matrilineal, en la que la madre y la abuela ejercenla autoridad y la influencia. El padre, en sus roles de enseñanza y dirección a los hijos es reemplazado por la figura del tío materno, o en algún otro pariente uterino, quien de verdad es la figura masculina de mayor presencia en la cultura wajira.
Pero hay otro factor más que diezma al pueblo wayúu. Es el tren de la carbonera. Todas las semanas, todos los meses, muere un indígena wayúu bajo las ruedas del tren de la minera. ¿Qué fuerza oculta, qué espíritus malignos empujan a los hombres wayúus a buscar la muerte atroz de ser arrollados por el tren? Una fuerza wayúu desilusionada de ver un mañana sin futuro; un porvenir sin esperanza, víctima de un tren incontenible jalado por dos locomotoras que arrastran ciento diez vagones cargados de carbón. Por más intentos que ha hecho la minera de prevenir estos accidentes, los wayúu se siguen arrojando al tren; desesperados, desesperanzados. ¿Cómo evitar esto?
Así, el pueblo wayúu agoniza en medio de la indiferencia nacional, de la ignominia del Estado, de la abulia de una casta dirigente wajira que no quiere saber nada de su ancestro wayúu, aquel que le dio la gloria, la sangre, las facciones y su carácter fuerte e indómito. Los casos que hoy día se ven en la prensa nacional, de niño tras niño que muere de inanición, de sed, de desatención médica primaria es solo la puntadel iceberg de un mal que se viene gestando hace decenas de años. El pueblo wayúu, está tocado de muerte, y sólo mediante una gran cruzada, como la que adelantó el último héroe wayúu, el corajudo y valiente indio Juan Jacinto podrá sobrevivir. Esperemos que no sea demasiado tarde.



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