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La guerra de los mil olvidos

La guerra de los mil olvidos

Más de cien mil muertos en una guerra que duró cerca de cuatro años. Madres sin hijos, huérfanos, viudas, hermanos sin hermanos, tierras sin hombres, frutos cayendo podridos sobre una tierra infértil luego de tanta sangre derramada, pueblos inhóspitos donde arreció el olvido como un temporal, destierro, hambre y pobreza. Campesinos, indígenas y pobres quienes más perecieron en batalla. Y ¿a costa de quién murieron tantas personas, tantos colombianos? A costa del odio intrincado entre políticos de dos bandos que querían el poder a como diera lugar. Uno de ellos: retenedores del poderío a partir del fraude, la fuerza y la religión; el otro: librepensadores que deseaban romper con la cadena que ataba al país a la pobreza e ignorancia.

Este triste fragmento de la historia colombiana ha sido llamado La Guerra de los mil días, aunque por su época se conoció como la Guerra de Uribe, haciendo referencia al General liberal Rafael Uribe Uribe quien defendió a sus huestes con su propia sangre, especialmente en el enfrentamiento que tuvo lugar sobre el río Peralonso donde el General atravesó los maderos desvencijados del puente y de la mano del capitán Zuleta y otros diez temerarios soldados, logró tomar posesión de las trincheras en las que se encontraba apostado el ejército gobiernista que no tuvo oportunidad de reaccionar al observar el heroísmo de sus enemigos.

Lo más extraño es que este acontecimiento ocurrido hace ya más de un siglo, parece una copia demasiado antigua y olvidada de los atropellos a los que se ven sometidos hoy día muchos de los campesinos y pobres de nuestro país. Y al leer sobre dichos eventos catastróficos, como la relatada en la batalla de Palonegro donde se enfrentaron cerca de veinticinco mil combatientes y murieron algo más de quince mil (por supuesto la gran mayoría pobres sin esperanzas) queda absolutamente claro que Colombia ha viajado por una carretera en ruinas donde siempre se ha tropezado con las mismas dos piedras, una de ellas representada en la avaricia de los políticos de todos los tiempos que desean a como dé lugar retener el poder y como “buenos” políticos son cobardes que envían a sus seguidores a matar y a morir en los campos de batalla para que defiendan una serie de ideas ególatras y narcisas; y la otra piedra es el desconocimiento que tenemos los colombianos de nuestra historia, ignorancia que nos arroja al abismo del odio por el otro que es distinto y a elegir a los mismos para que nos dirijan y para que sigan endilgando sus rencores.

Sin embargo, debo reconocer que al inicio de las lecturas sobre la Guerra de los Mil Días me sentí fascinado intentando imaginar cómo el desgobierno obligó a los más pobres y a los campesinos a pelear en su ejército; cómo los insurrectos liberales pelearon con armas exhumadas de las guerras pasadas y hasta con palos y piedras; cómo las mujeres y los niños siempre estaban en medio del fuego cruzado recogiendo las cápsulas de las balas para venderlas luego; cómo las batallas se dieron de forma desorganizada pues los rebeldes no hacían caso a sus comandantes y los soldados del ejército gobiernista debían ir amarrados y en fila para luchar; cómo los políticos en Bogotá se regodeaban en sus salones y muertos de la risa mientras los demás se mataban en el campo; cómo la valentía de sus combatientes (claro ejemplo del general Rafael Uribe Uribe en la batalla de Peralonso) y de algunos soldados rayaba con el desapego a la vida y cómo la sevicia inimaginable, la valentía o la estupidez fueron características principales en batallas como la de Palonegro.

Muchos de esos acontecimientos me marcaron y me hicieron reflexionar a propósito de la situación actual del país que en nada se diferencia con la de esa época, pero aquella batalla de Palonegro, ya citada, fue la que más me desconcertó y la que determinó la coartada para que me decidiera a escribir la novela Rifles bajo la lluvia, editada bajo el sello Desde Abajo.

En libros como La guerra de los mil días de Aída Martínez Carreño, La guerra de los mil días de Jorge Villegas y José Yunis, Memorias de la guerra de los mil días de Lucas Caballero, en la biografía El general Uribe de Rafael Serrano Camargo, Historia militar de Colombia de Jorge Martínez Landínez (en el cual hay unas reproducciones bellísimas de los croquis de batalla de algunos generales gobiernistas) y en Palonegro de Henrique Arboleda Cortés, se da cuenta de los horrores que se vivieron en dicha batalla que inició el día 11 de mayo de 1900 hasta el día 25 del mismo mes en proximidades a las casas de Palonegro (donde actualmente queda ubicado el aeropuerto de Bucaramanga), por el camino de los Chorizos que se bifurcaba en otros cuatro caminos: Los Chorizos al norte, la mesa de los Puyanas al occidente, Lebrija al sudoeste y el Boquerón al sur, donde quedaron diseminados los cuerpos de los combatientes como amapolas cadavéricas.

Lo más extraño de esta batalla fueron los pormenores de los que me fui enterando entretanto avanzaba en mis lecturas. Al inicio los dos ejércitos se enfrentaron fieros por el control de la zona y el aniquilamiento del enemigo, pero con el paso de los días, de las noches insomnes y debido a las altas temperaturas registradas en dicha geografía, los ejércitos se fueron mermando, las fuerzas iban desapareciendo y el espanto acumulando. Los miles de soldados caídos en batalla no eran recogidos para darles sepultura y los olores fétidos que emanaban desesperaron a los sobrevivientes que dicen duraron meses circundando la zona, hedores que por lo demás jamás pudieron olvidar. El miedo había entrado en los huesos de las tropas a lo que los generales debían suministrar aguardiente mezclado con pólvora para que se envalentonaran. Y era ya tanto el plomo que se habían dado que los últimos días de la guerra los soldados no podían ver más allá de cinco metros de sus narices porque las implosiones de la pólvora no se los permitía, además por el cansancio ya ningún soldado sabía a qué bando pertenecía, no recordaban si estaban vivos en medio de un infierno o si ya estaban muertos y de eso se trataba la expurga de sus pecados; pero lo que sí sabían con certeza era que todos habían perdido. Esto quiere decir que los únicos que se enorgullecieron con esta catástrofe fueron los generales que registraron la batalla desde las cimas de las montañas y daban órdenes y los políticos en el país, que se jactaban de la fuerza de sus tropas.

Y esta batalla también la perdió el general Uribe Uribe, el amigo del gran poeta Silva; el General a quien el expresidente Caro engañó otorgándole un salvoconducto de paz pero que de igual forma ordenó apresarlo en la Costa Atlántica, en el río Magdalena, en cercanías de Mompox; General que vio morir a su padre al final de dicha travesía tras rescatarlo de la cárcel; el mismo General errante que debió huir en cientos de ocasiones para librarse de la muerte, abandonando a su esposa Tulia y a sus hijos; aquel fatídico General que no ganó una sola guerra y que inmortalizó Gabriel García Márquez con el nombre del coronel Aureliano Buendía; el triste y bizarro General que tuvo la valentía de cruzar el puente del río Peralonso a pesar de que en la otra orilla lo estaba esperando apostado el ejército enemigo siendo tal su demostración de valor que los hizo recular y retirar; el General poeta que envalentonaba a sus seguidores a partir de su discurso lleno de flores y de balas. Pero para la historia viva de nuestro país no queda nada de esto, tampoco la valentía de los miles de soldados que pelearon por conducción ajena e intereses personales de los mismos todopoderosos de siempre, en aquella guerra que se llamó de los Mil Días pero que para nuestra historia reciente debiera llamarse La guerra de los Mil Olvidos.

De esta forma, el eterno retorno de nuestra historia ha causado el enriquecimiento del poderoso y el debilitamiento del menos favorecido, es por esto que me aterra cuando cientos o miles de colombianos piden aniquilar por medio de las armas al enemigo sin llegar a imaginar que ya hartos están nuestros campos de tanta barbarie. Así que, la guerra que se dio en 1899 y la que se da hoy, es de todos los tiempos, es un relato que se repite y que pareciera, lo lleváramos asido a nuestro ser para seguir reproduciéndolo sin ser advertido.

 

Libro relacionado

Rifles bajo la lluvia

Ediciones desdeabajo, abril 2016

Información adicional

Autor/a: Daniel Ángel
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