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Los líos de Bush


Bush dimitió, en 2003, a su más alto asesor económico, Larry Lindsey,
por haber osado sugerir que el costo de la guerra podía llegar a US$
200 mil millones. La Casa Blanca se irritó en la época y se encargó en el
Congreso de calmar a los parlamentarios. Dispuso que Paul Wolfowitz
(era el número 2 del Pentágono y es, hoy, presidente del Banco Mundial) vaya
a ese recinto y jure ante diputados y senadores que el propio Irak
financiará todo con el petróleo que sale de su suelo…

La intervención de EE.UU. en Irak es resultado de una secuencia de
mentiras. Primero, Bush alardeó que el gobierno de Sadam estaría
implicado en el 11 de septiembre. La acusación jamás fue comprobada.
Después, lo acusó de almacenar armas de destrucción masiva. Sadam abrió
las puertas del país y permitió que peritos de la CIA lo revisen de la
cabeza hacia abajo. Tras un año de investigaciones, no se encontró
nada.


Los grandes periódicos de EE.UU. llegaron a pedir disculpas a los
lectores por haber creído en el engaño. En fin, Bush trató de
justificar el atolladero en que se metió prometiendo hacer de Irak una democracia
capaz de diseminarse por el mundo árabe. Forjó elecciones, dividió la
nación y profundizó la mortandad.

Sadam Husein fue ahorcado bajo la acusación de matar a 104 chitas. En
la época, Irak estaba en guerra con Irán y el dictador era un títere en
manos del Tío Sam. El apoyo fue canalizado a Bagdad por Donald
Rumsfeld, que hasta hace poco dirigía el Pentágono y la guerra en Irak.

Bush está desesperado. Con la aprobación popular de un mísero 27%, y
las derrotas en las elecciones para la Cámara y el Senado, trata de
convencer a los estadounidenses de que vale la pena enviar, en los
próximos 5 años, 92 mil soldados más a Irak (ya están allá 150 mil de
las tropas de intervención). Los sondeos señalan que el 61% de la
población estadounidense se opone al envío de más tropas.

En Irak ya murieron 3 mil soldados made in USA y 700 mil iraquíes. Como
cuota de urgencia están llegando 20.000 soldados más; número
insignificante para un Bagdad con 5 millones de habitantes hostiles a
la presencia de EE.UU.

Al referirse al costo de la guerra, Bush omite los gastos para cerca de
20 mil militares heridos. Hoy, las máquinas de guerra ofrecen blindajes
más resistentes. Disminuyen el total de muertos, pero producen más
heridos: de ahí los enormes gastos para amputaciones,
hospitalizaciones, indemnizaciones, aparatos ortopédicos etc.


Se calcula que sólo los daños cerebrales consumen US$ 35 mil millones.

Con la invasión de Irak, Bush concedió al terrorismo status de guerra,
amplió el poder de reclutamiento de sus organizaciones y les ofreció
objetivos y blancos concretos. En Irak, el terror sabe dónde y a quién
afectar, mientras las tropas de ocupación ven blancos imprecisos y
penalizan a la población civil.

¿Qué hará Bush? Si corre, el bicho agarra; si se queda, el bicho come.
Ni puede retirar las tropas de Irak, excepto admitiendo la derrota, ni
sabe cómo, por qué y hasta cuándo mantenerlas allí. Además de la guerra
coordinada por el Pentágono, hay también una guerra civil que escindió
la unidad nacional iraquí. EE.UU. no puede apoyar a los sunitas, sus
enemigos históricos. No pueden apoyar a los chitas, aliados de Irán. Ni
pueden apoyar a los kurdos, porque Turquía no toleraría.

La milicia chita, conocida como Ejército del Mahdi, liderada por el
clérigo Moqtada al Sadr, cuenta con 60 mil combatientes, tácticamente
apoyados por 2 millones de chitas que habitan el este de Bagdad. El
Ejército y la policía iraquíes están conformados predominantemente por
chitas. ¿Como ofrecer seguridad a los barrios habitados por sunitas,
que apoyan sus rebeldes?

Bush, considerado el hombre más bien asesorado del mundo, comprobó la
ley de Murphy: “Si todo puede salir mal, saldrá”. Lo grave es que lo
mueve la sed de venganza. No se conforma con que su padre haya
fracasado en el intento de derrumbar a Sadam Husein, en 1991, y de que su familia
haya sido socia de los Bin Laden en negocios de petróleo. Como bien
escribe Herman Melville en Moby Dick: “Ah, Dios! Qué tormentos sufre el
hombre que se consume con su deseo de venganza. Duerme con las manos
cerradas y despierta con las uñas ensangrentadas clavadas en las
palmas”. (Traducción ALAI)


 


Frei Betto


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