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El que ya no vendrá

El que ya no vendrá

En el centenario de la muerte de José Enrique Rodó, cuánto queda de su legado en la cultura y la mente de sus compatriotas, y de aquellos otros americanos, herederos de España, a los que dedicó lo más significativo de su pensamiento.

 

El mote que durante un tiempo le había quedado asignado a José Enrique Rodó fue el de “Maestro de juventudes”. Hoy la evocación de su apellido trae de inmediato a la mente de un ciudadano de a pie, por asociación espontánea, un parque, una calle, un bar y un barrio montevideanos. Luego, y con un poco de esfuerzo, la misma mente podría lograr referir la figura de un intelectual y escritor de la generación del 900.

 

Por alguna razón, no estoy seguro de si político-partidaria, ideológica o de indiferencia o despreocupación generalizada, los niveles de visibilidad e invisibilidad de nuestros referentes culturales mantienen a José Enrique Rodó en un plano de nebulosa, en una especie de olvido por amnesia colectiva. Pero… ¿por qué suponer, de antemano, que este olvido es injusto? ¿Rodó sigue teniendo algo para decirnos?

EL PERIPLO DE UNA VIDA INTELECTUAL

 

Nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo. En 1897 llevó adelante la publicación de una colección de opúscu­los literarios titulados “La vida nueva”: en el primero publicó “El que vendrá” y “La nueva novela”. En enero de 1900, en el tercero de estos opúsculos, se editó Ariel, que representó un éxito en el panorama intelectual hispanoamericano.

A partir de 1902, y durante dos períodos, ocupó una banca como diputado en la Cámara de Representantes. En 1906 salió Liberalismo y jacobinismo, un folleto donde reflexiona sobre la eliminación de los crucifijos en los hospitales. Más adelante, Pedro Díaz publicaría una contestación a este escrito de Rodó y se generaría una intensa polémica. También en 1906 fundó y presidió la Asociación Internacional de Prensa. En 1909 se publicó Motivos de Proteo y se agotó en una semana. Rodó ya era un intelectual de peso a nivel nacional y regional.

Su carácter melancólico, sin embargo, le jugó malas pasadas. En la primera década del siglo sufrió una crisis depresiva y sopesó la idea de suicidarse. Colaboró, entre tanto, con medios de prestigio, como Caras y Caretas, Plus Ultra y Diario del Plata. En 1913 salió a la luz El mirador de Próspero, un conjunto de artículos y ensayos históricos, literarios y sociológicos donde confirmó nuevamente la lucidez y el talento de su pluma. Pero conoció de cerca la pobreza. Los usureros lo rondaban para cobrarse sus préstamos, y muchas veces no tuvo para un par de zapatos o para el café.

El 1 de mayo de 1917, a las 10.15, falleció en Palermo (Italia), en el hospital San Severio. En 1950 hubo una rimbombante conmemoración por el cincuentenario de Ariel, su obra cumbre.

CALIBÁN TAMBIÉN EXISTE

 

El siglo XX hispanoamericano se inició, literalmente hablando, con la publicación de un texto que sentaría las bases de un proyecto, o más bien de una proyección cultural de suma importancia para el continente. Se trata de Ariel (1900), de José Enrique Rodó. Dice Alberto Methol Ferré: “Rodó es nuestro Fitche, y su Ariel el ‘Discurso a la nación latinoamericana’, en un plano ético e ideal. Fue un reguero de pólvora. Desde su balcanización, América Latina soñaba otra vez su unidad”.1

Dos años antes, en 1898, España había perdido su última colonia en América (Cuba) y comenzaba a tener lugar, por lo tanto, una atmósfera de libertad e independencia más auténtica. Sin embargo, al mismo tiempo, Estados Unidos llevaba a cabo invasiones a países latinoamericanos, acordes a la “doctrina Monroe”. Entonces irrumpe el discurso de Ariel, un texto a caballo entre la narrativa y el ensayo, con sutiles pinceladas de análisis cultural y sociológico. En breves palabras, se trata de la última lección que Próspero debe dictar a sus jóvenes alumnos, la esperanza del futuro, antes de despedirse de ellos. Y la lección consiste en el análisis del espíritu americano, que tiene sus raíces en la reflexión contemplativa latina, y que debe evitar el influjo cada vez más creciente de la sociedad estadounidense, de cariz pragmático-materialista. En síntesis, que Ariel debe resistir a las garras de Calibán. Todos los personajes que Rodó convierte en conceptos (Ariel, Calibán, Próspero) los toma prestados del drama shakespeariano La tempestad. Resulta curioso, en una primera instancia, que Rodó no recurriera a un escritor de un país de lengua romance para adoptar personajes que simbolizaran la crítica a la sociedad pragmática anglosajona. Un inglés tuvo que ser el modelo para criticar un aspecto de la cultura angloestadounidense. Raro y paradójico. Es cierto que los autores más mentados en Ariel son franceses (Renan y Guyau), pero los símbolos centrales son de la mente sajona de Shakespeare. Lo mismo sucede cuando Rodó, en el propio Ariel, analiza a Edgar Allan Poe: se ve obligado a decir que es una excepción en su sociedad. Tal vez el influjo de la cultura anglosajona no lleve necesariamente a las bajezas de Calibán, ni éstas sean necesariamente “bajezas”.

Al igual que las aclamaciones, las críticas no se demoraron. Alberto Zum Felde fue uno de sus grandes detractores: “El arielismo de Rodó no produce más que galanos declamadores del ideal, de la belleza, de la armonía, de la virtud; pero no suscitará ni un solo hombre mejor, ni será factor de una sola mejora social. Entre la prédica de Rodó y la vida real no hay relación alguna; por eso su idealismo es estéril. Su arielismo no tiene brazos ni piernas, por eso no anda ni labora. Es un ente paralítico con cabeza de dios griego. Para ser maestro de hombres le faltaba a Rodó una cualidad imprescindible: conocer a los hombres. Rodó era una mentalidad de gabinete, de aula, de libros. Sus conceptos de la vida y de los hombres los había extraído totalmente de sus libros de estudio. En el plano ideal y abstracto de las ideas, habíase así formado su noción de un hombre abstracto y convencional. Ignoraba al hombre real, vivo, en acción; y sobre todo al hombre moderno, tan complicado, tan diverso, tan multiforme”.2

Zum Felde propone entonces que no hay que despreciar a Calibán, que tiene un papel complementario en las dinámicas de la vida social. Y que Shakespeare se había dado cuenta de ello, no así Rodó: “El Próspero original, el de Shakespeare, buen conocedor del hombre, se sirve de Calibán, a quien domina con su ciencia mágica. Rodó no ha comprendido el secreto de Calibán, y lo excluye. Error fundamental, porque Ariel solo es como una cabeza sin cuerpo. Ariel necesita de Calibán. Calibán es la materia; y de materia estamos hechos, y en la materia obramos”.3

El cubano Roberto Fernández Retamar, en 1971, dirige su crítica en sentido análogo a la de Zum Felde: “Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán”,4 escribe en su ensayo titulado, precisamente, Calibán.

La lista de críticos de Rodó no culmina, si bien nadie alcanza el nivel de agonismo que adopta Zum Felde. El peruano Luis Alberto Sánchez evidencia los logros estéticos sin demasiado contenido conceptual en la prosa del autor de Ariel:“(…) en Rodó lo primordial, lo imperante, era la forma, muy por encima del pensamiento. Sarmiento, Martí, Prada, más que por cómo dicen, valen por lo que dicen. Rodó, fundamentalmente, no. De ahí que, en tiempos cargados de interrogantes y angustia como el nuestro, la juventud, a la que él tendió tan elocuente y reiteradamente los brazos, se le encoja y, si no rechazo, le demuestre público y casi unánime desapego”.5

Sánchez continúa su crítica, proclamando que Ariel presupone una visión elitista y antidemocrática en un momento en que Uruguay buscaba sentar las bases de las instituciones para evitar que el país continuara en un cúmulo de querellas civiles.

Y, para terminar con las aseveraciones de Sánchez, la siguiente cita resume la inadecuación de Ariel:“(…) no quiso ver más que meros dilemas ahí donde reinaba la complejidad. Por remarcar el materialismo de Calibán (Estados Unidos) exaltó en demasía el idealismo de Ariel (América Latina); divinizó la mistificación latinista de nuestros países mestizos; ilusionó a los jóvenes, haciéndoles creer en las grandes palabras antes que en los mezquinos hechos, y dio patente de idealismo a muchos oportunistas que se abroquelaban tras de aquellas declaraciones. No fue tal su propósito, por cierto, pero las prédicas se miden más bien por los efectos que por las intenciones de quienes las enuncian”.6

En el fondo la propuesta intelectual de Rodó fue una y sencilla: introdujo en el ambiente positivista uruguayo una variante, el neoidealismo.“Somos los neoidealistas”, dice en El mirador de Próspero. Sarah Bollo reafirma este concepto de “neoidealismo”, como una revitalización romántica, una nostalgia de la idea, en un contexto positivista y cientificista en lo epistémico, y una lengua modernista, fría, marmórea, distante, en poesía y estética.7

 

EL MESÍAS QUE VENDRÁ

Cuando Sánchez, al final de la cita previa, dice “prédicas”, utiliza la palabra justa. No solamente Rodó, sino gran parte de esa generación cumplió, según Ángel Rama, las funciones espirituales de guía mesiánica que ya la Iglesia, por impopularidad, no cumplía ni podía cumplir.

“La función ideologizante que germina entre los escritores de la modernización cumple el cometido fijado por sus maîtres penseursfranceses: Renan, Guyau, Bourget, etcétera. Al declinar las creencias religiosas bajo los embates científicos, los ideólogos rescatan, laicizándolo, su mensaje, componen una doctrina adaptada a la circunstancia y asumen, en remplazo de los sacerdotes, la conducción espiritual. La fórmula preferida de Rodó traduce el proyecto de su generación: ‘cura de almas’. Médicos que se aplican al espíritu, por lo tanto nuevos sacerdotes de la humanidad (…).”8

En este contexto de “maestros del pensamiento”, en esta caterva de sacerdotes laicos, cabe destacar el papel intelectual de un libertario como Carlos Vaz Ferreira, quien descreyó de ese rol rector de “un” letrado, de ese arcángel iluminador de las pobres mentes débiles: ese “el que vendrá” será, para Vaz Ferreira, “los más posibles”, una multitud que cambiará la estética por innovación espontánea, sin programas, reglas o fórmulas, a diferencia de lo que gustaba esperar Rodó: “El hermosísimo estudio de Rodó El que vendrá tiene indudablemente un defecto, que es el título: hacer suponer que debe venir uno, y que se necesita que venga uno a dar la fórmula; que vengan los más posibles –sobre todo si son genios– con los más modos posibles, que no conviene que sean fórmulas; y que tengan los menos discípulos o, en todo caso, los menos imitadores posibles”.9

 

LIBERAL, PERO NO TANTO

 

En la ya mentada polémica con Pedro Díaz, con motivo de la resolución tomada por la Comisión Nacional de Caridad y Beneficencia Pública de eliminar los crucifijos de las “casas de beneficencia”, Rodó manifestó una posición contrapuesta a la oficial, que lo alejó definitivamente del ala liberal más jacobina, que era la que, a juzgar por la resolución susodicha, predominaba en el liberalismo reinante en Uruguay.
El de Rodó siempre resultó ser un liberalismo a medias, condescendiente con el espíritu popular más afecto a las creencias religiosas y al conservadurismo moral; apoyó, por ejemplo, la dictadura de Juan Lindolfo Cuestas. José Pedro Barrán también lo considera un conservador.

Carlos Real de Azúa, justamente, define los “ideales” rodonianos como una convivencia forzada de elementos disímiles, o débilmente asociados:“Los ‘ideales’ resultan muchas veces sólo verbal, literaria, precariamente armonizados; están ‘asociados’, no ‘integrados’. Término medio religioso, filosófico y político: racionalismo-helenismo-cristianismo, aristocracia-democracia, se juntan mediante la treta ecléctica”.10
Esta “treta ecléctica” de su pensamiento es lo que, probablemente, empuje a Luis Alberto Sánchez (citado un poco más atrás) a expresar que el verdadero valor de los escritos de Rodó estriba en su estilo, en su forma, y no en su contenido, en lo que tiene para decir, que es siempre ambiguo.

EL ESTILO COMO (POSIBLE) LEGADO

Pasados cien años de la muerte de Rodó, no creo que sea desmedido suponer que el mayor valor de sus escritos radica en su estilo. Y no hay que malinterpretar esto: hay una connotación bastante negativa del “estilo” en un ambiente cultural como el nuestro, en el que los narradores más actuales han aprendido la concisión de la frase breve y ágil de estadounidenses como Raymond Carver o Bukowski. En este sentido, la obra de Rodó sigue siendo un llamado de atención para no olvidar que nuestras letras supieron alcanzar un nivel retórico y estilístico que no sería perjudicial que volviera a reactivarse, al menos en parte. La riqueza del lenguaje, su belleza y complejidad, son valores estéticos que pueden pensarse como fines en sí mismos, independientemente de contenidos e ideas.

No obstante, incluso en el ámbito estilístico se pueden plantear reparos a la prosa rodoniana. Hay en Rodó una desconfianza del español rioplatense: sus viajes finales, por ejemplo a Barcelona, confirman una visión apologética de la lengua castiza peninsular (o catalana, en este caso) contrapuesta a nuestro imperfecto, siempre imperfecto, idioma, derivado inculto de la casta dicción europea.

“He aquí que descubro mi apellido en la muestra de una casa de comercio, y por vez primera aprendo a pronunciarlo bien (…). Parece ser, según me explica concienzuda y prolijamente mi homónimo, que, en buena prosodia de esta lengua, la primera ‘o’ no suena como la clara y neta vocal castellana, sino de una manera que participaría de la ‘o’ y de la ‘u’. Agradezco la revelación de mi homónimo, y pienso cuán cierto es que cada hora trae una enseñanza.”11

La “revelación” del origen puro de su apellido sólo le confirma lo pútrido que devino en su pronunciación sudamericana.

Indica Bollo, en este mismo sentido, la devoción de Rodó por la lengua castiza: “Su léxico siempre fue castizo, rico, muy español”.12
Además, si bien Rodó no ignoraba lo que se escribía y discutía en su generación, siempre se sentía nostálgico de los aires culturales y la retórica desvencijada de la generación precedente, la del Ateneo: “El Ateneo era (…) el mausoleo de una época. La generación intelectual que le dio vida, provecta ya, entregada a la política, al foro, a la diplomacia, frecuentaba muy poco su recinto. La nueva generación no se congregaba en él. Y en su vasta biblioteca solitaria Rodó era el único visitante”.13

En este sentido, Rodó tiene un destino romántico de soledad similar al del Tabaré de Zorrilla de San Martín: es un indio de ojos celestes, ni pertenece totalmente al pueblo autóctono ni al conquistador; ni a la generación del Ateneo, que ya no existe, ni a la del 900, que es, en algún sentido, bastante más “moderna” que él.

Quizá Próspero se despide porque, luego de su discurso, ya no queda nada más para modificar o corregir: quiere que su despedida quede esculpida con una lección definitiva y eterna, “como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de ideas”,14 dice en Ariel. Pero los sentimientos cambian, las ideas cambian, y su sello se diluye ante la fuerza del presente.

 

1. Alberto Methol Ferré, El Uruguay como problema. Montevideo: Hum, 2012, pág 97.
2. Uruguay Cortazzo, Zum Felde, crítico militante. Montevideo: Arca, 1981, págs 2-3.
3. Cortazzo, op cit, pág 4.
4. Roberto Fernández Retamar, Calibán. Montevideo: Aquí Testimonio, 1973, pág 31.
5. Luis Alberto Sánchez, Nueva historia de la literatura americana. Buenos Aires: Americalee, 1944, pág 333.
6. Sánchez, op cit, pág 335.
7. Sarah Bollo, Sobre José Enrique Rodó. Montevideo: Impresora Uruguaya SA, 1946, pág 35 y siguientes.
8. Ángel Rama, La ciudad letrada. Montevideo: Arca, 1998, págs 86-87.
9. Carlos Vaz Ferreira, Inéditos XXII. Montevideo: homenaje de la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, 1963, pág 20.
10. Carlos Real de Azúa, “Rodó en sus papeles” en Escritura, año 2, núm 3, Montevideo, pág 95.
11. José Enrique Rodó, El camino de Paros. Montevideo: Cedal, 1968, pág 15.
12. Bollo, op cit, pág 45.
13. Alberto Zum Felde, Proceso intelectual del Uruguay. Montevideo: Claridad, 1941, págs 227-228.
14. Rodó, Ariel. Buenos Aires: Kapelusz, 1962, pág 8.

Información adicional

Autor/a: FABIÁN MUNIZ
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Fuente: Brecha

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