Y un poco de historia: después de respaldar a los aliados en la Segunda Guerra Mundial, el Congo obtuvo su independencia y en 1960 eligió como primer ministro a Patrice Lumumba, un progresista, un panafricanista. Poco después fue asesinado en un complot que implicó a la CIA. Estados Unidos instaló y respaldó a Mobutu Sese Seko, que dominó tiránicamente y saqueó la nación durante más de 30 años. Desde su muerte, el Congo ha estado en guerra; de 1996 a 2002, provocada por las invasiones de los vecinos Ruanda y Uganda, y desde entonces el conflicto continúa.
Un aspecto particularmente horripilante del conflicto es la masiva violencia sexual utilizada como arma de guerra. La activista de derechos humanos Christine Schuler Deschryver me contó acerca de los cientos de miles de mujeres y niños sujetos a la violación:
“Ya no estamos hablando de las violaciones normales. Hablamos de terrorismo sexual, porque han destruido (no se pueden imaginar lo que ocurre en el Congo)… Hablamos de un nuevo tipo de cirugía para reparar a las mujeres, porque están totalmente destruidas”. Ella describía el daño físico perpetrado a las mujeres, a los niños: uno, dijo, tan bebé que tenía 10 meses de edad. Son actos de violación que implican la inserción de palos, pistolas y plástico derretido. Deschryver estuvo en Estados Unidos como invitada de V-Day, una campaña de Eve Ensler para poner fin a la violencia contra las mujeres, en un intento por generar conciencia pública de este genocidio y apoyar al hospital Panzi en Bukavu, el pueblo de Deschryver.
Maurice Carney, director ejecutivo de Amigos del Congo, en Washington, afirma: “Básicamente son dos tipos de violación los que ocurren en el Congo: uno es la violación de mujeres y niños, y el otro es la violación de la tierra, los recursos naturales. El Congo tiene tremendos recursos naturales: 30 por ciento del cobalto del mundo, 10 por ciento del cobre, 80 por ciento de las reservas mundiales de coltán. Uno tiene que entender la influencia de las corporaciones en todo lo que ocurre en ahí”.
Entre las compañías a las que Carney culpa por avivar la violencia están el OM Group, con sede en Cleveland, líder mundial en producción de químicos especiales basados en el cobalto y uno de los abastecedores principales de químicos especiales con base de níquel. Está también el gigante de la química Cabot Corp. Cabot produce coltán, conocido también como tantalio, un componente difícil de extraer, pero que es clave en todos los circuitos electrónicos, sobre todo los de los teléfonos celulares y otros artículos de ese tipo. Se afirma que la demanda masiva de coltán es responsable de alimentar la segunda guerra del Congo, entre 1998 y 2002. Un antiguo director ejecutivo de Cabot es ni más ni menos que el actual secretario de Energía del gobierno de Bush, Samuel Bodman. Freeport McMoRan, con sede en Phoenix, que absorbió la enorme concesión minera de Phelps Dodge en el Congo, también está en el juego.
Naciones Unidas ha publicado varios informes que son muy críticos con la ilegal explotación que las corporaciones hacen de los minerales del Congo. Una revisión realizada por el gobierno congoleño de más de 60 contratos mineros hace un llamado para que se renegocien o se cancelen de inmediato. Dice Carney: “Ochenta por ciento de la población vive con 30 centavos de dólar al día, o menos, mientras miles de millones de dólares salen por la puerta trasera para ingresar a la bolsa de las grandes compañías mineras”. Una cuestión importante para nosotros en Estados Unidos es: ¿cómo pudieron morir en un país cerca de 6 millones de personas en una guerra y sus enfermedades asociadas, en menos de 10 años, y ser virtualmente invisibles?
© 2008 Amy Goodman
Traducción: Ramón Vera Herrera
Por Amy Goodman es conductora de Democracy Now!, una hora diaria de noticias por radio y televisión que se transmite en 650 estaciones de Estados Unidos.


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