Por, Ernesto Vera.
Sabemos que vivimos un mundo patas arriba, como lo calificó
Eduardo Galeano. Porque es tan antidemocrático como el Consejo de Seguridad
de la ONU, tan dominante como el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, tan excluyente y genocida como la globalización neoliberal y el
bloqueo de medio siglo contra Cuba, tan alejado de la ética como para
presentarnos un mundo de ficción como la realidad, tan distante de sus bases
doctrinales como la negación del desarrollo social de la sociedad
capitalista por el dinerismo imperante, tan criminal como las agresiones
terroristas de Estados Unidos, tan mentiroso como los medios transnacionales
y sus obedientes sucursales locales.
Es por ello que todo análisis ético debe darse sobre la base de
la necesidad del combate contra la industria del engaño, presidida por la
mentira que más trata de ser convertida en verdad, la llamada libertad de
prensa dominante. Si la justicia es sinónimo de ética, hagamos un análisis
de cómo surgen, se desarrollan y existen los mecanismos de desinformación
que pretenden arrancar el alma latinoamericana.
Porque no se trata en lo esencial en que el enfrentamiento ideológico sea
realizado con la decencia de no deformar y ocultar los hechos, de no difamar
y mentir al exponer su política nefasta imperialista sin añadirle lo que es
conocido como el terrorismo mediático, que es equivalente a la acción de
los criminales de guerra en los conflictos bélicos nacionales e
internacionales. Es decir, hoy tenemos frente a los intereses de los pueblos
y a toda causa justa a los criminales de la guerra militar y mediática. No
hay otro término más apropiado. Como nunca, debemos actuar sobre las bases
de la capacidad de engaño de los medios poderosos, de los dueños de las
riquezas, aunque sepamos que no serán éstos los que determinen el curso de
la historia. Siempre debe estar muy presente que la mentira está organizada
porque hay una estrategia imperialista y la verdad es dispersa porque
carece de una estrategia común antiimperialista. Es más, el llamado nuevo
periodismo sólo puede existir con esa cualidad y todo lo que carezca de ella
es una forma más de entretener a los periodistas con algo que es una nueva
burla en sus propias filas.
Lo primero de todo es tener bien claro que no existe otro
argumento más válido para proclamar la verdadera libertad de prensa que
reconocer, respetar y responder ante el derecho colectivo, de la sociedad,
del pueblo, a recibir una información veraz. Todo lo que se aparte de ello
no es más que palabrería con la libertad reiterada que parte de la falsedad
de concebirla como propiedad de los medios por encima de la sociedad. ¿Dónde
puede haber libertad de prensa ajena a la condición de país independiente y
sin que haya Constitución que la proclame como un derecho legítimo de la
sociedad? ¿Acaso esa independencia y Carta Magna se compraron con dinero y
no con el heroísmo y la sangre del pueblo? ¿Es que el dinero con que el
empresario compra los medios lo exime del derecho de la sociedad a ese
principio y de ese modo puede privatizar lo que no está ni puede estar en
venta? ¿Es que se pueden promover y organizar golpes de Estado contra
gobiernos democráticos sin otro riesgo que el del derecho sólo individual de
no adquirir la publicación y no ver o escuchar espacios en la radio y en la
televisión? De ser así, todo quedaría reducido a la “ética” de la
impunidad, como una religión de nuevo tipo con iglesias en lugar de medios.
Y lo trágico es que hoy es así y de esa forma lo proclama y respalda la
Sociedad Interamericana de Prensa, desde que hace cincuenta y ocho
años secuestraron esa libertad mediante una maniobra de la CIA y el Departamento de Estado en el golpe organizado y dado en New York donde la perversidad imperialista
pasó de tener un voto a contar con 424, mediante la reforma estatutaria,
después de impedir la asistencia de los pocos miembros progresistas que la
integraban desde 1943, cuando fue fundada en La Habana. El concepto de
prensa como empresa privada que está en el origen y la actualidad de la SIP
es la negación del periodismo y la digna y ética función de los periodistas
que son fieles en la defensa de la responsabilidad social, de los intereses
populares, razón principal de una profesión que, además, tratan de negar
como tal mediante las más diversas formas. Esto último es así porque a los
grandes propietarios les resulta incómodo estar obligados a contratar a
periodistas con ética profesional. Nada de compartir la libertad de prensa
es la máxima que pretenden tener sus dueños absolutos.
En la medida del crecimiento del terrorismo mediático vivimos la
paradoja de una actualidad en que casi todos los procesos electorales de los
últimos años han sido victorias de los candidatos progresistas, de izquierda
y revolucionarios. Todo indica que el deterioro de las condiciones de vida
de las masas en los pueblos latinoamericanos y la creciente influencia de
los medios alternativos han sido factores en la elevación de la conciencia
crítica de gran parte de los electores y de esa forma se han reducido las
posibilidades tradicionales de engaño de los medios imperialistas y
dominantes. Al respecto debe tenerse presente que la realidad social cada
vez más injusta y la necesidad de enfrentarla se une al carácter alterativo
de los medios alternativos, ya que no pueden tener otra condición que la de
contribuir a los cambios positivos en la sociedad, independientemente del
alcance, de los recursos y de la tecnología. Si alterativa es la función de
una pequeña emisora comunitaria también lo son Aló Presidente y TeleSur. A
ellos los identifica la lucha contra la corriente imperialista y
reaccionaria de los grandes –casi siempre lo son– y pequeños que tengan
similar contenido, además de la falta de ética que los caracteriza en
nuestro tiempo.
Hoy se puede comprobar mejor como hay una voz de ordeno y mando,
que existe toda una organización de la mentira al observar no solo la
oposición de terrorismo mediático a los candidatos que promueven cambios a
favor de los pueblos, sino también después, cuando realizan abierta
hostilidad mediante métodos desestabilizadores contra esos gobiernos. La
orden que tienen del imperialismo y de su instrumento llamado SIP es no
abandonar sus empresas y el país donde operan para así tratar de causar más
daño a esos procesos. Si lo comprobamos cada día, en todos los países con
gobiernos populares, sin la menor excepción, también debemos saber que en
Cuba fue distinta la decisión de los grandes propietarios, que cumplieron la
orden de la SIP cuando abandonaron sus medios y el país para organizar
campañas propagandísticas regionales contra la Revolución, declarando a esos
magnates héroes de la libertad de prensa y, desde Miami, los llevaban por
los países latinoamericanos, después de ser condecorados como grandes
campeones. Y lo que ocurrió fue que durante un corto tiempo les funcionó el
plan hasta que ya no tenían que decir, mientras las rotativas abandonadas se
dedicaban a fundar la Imprenta Nacional con una edición gigantesca del
Quijote de la Mancha y dirigida por el eminente escritor cubano Alejo
Carpentier. En los primeros dos años del triunfo revolucionario se
generalizó una batalla entre los medios revolucionarios que surgían y los
grandes medios convencionales. En esas condiciones ocurrió el hecho
histórico de que los periodistas integrantes de las redacciones de los
órganos opuestos a la Revolución no compartieron las informaciones
difamatorias y expresaban mediante una breve nota al final de ellas donde
se agregaba la opinión de los periodistas, precisamente en nombre de la
libertad de prensa. Esas líneas fueron conocidas como “la coletilla” aunque
sólo se incluían en los textos mentirosos y, nunca fue utilizada ante
alguna opinión que manifestaran el propietario o los que ostentaban cargos
de dirección en esos órganos. Aún así, la SIP y los empresarios consideraron
que aquel movimiento representaba un ataque a la libertad de prensa, lo que
sirvió de excusa para el éxodo de los magnates. Tuvo gran trascendencia el
hecho de que inmensa mayoría de los profesionales de la prensa, integrantes
de esas redacciones opositoras, se sumó al proceso revolucionario y adquirió
gran peso en la creación y desarrollo de la prensa revolucionaria durante
los primeros lustros, además de que también trasladaban sus conocimientos
técnicos a los jóvenes que comenzaban a formarse como periodistas. Esa
experiencia en cada etapa de su desarrollo fue la muestra elocuente de cómo
la única profesión a la que le está prohibido realizar sus funciones con los
principios éticos derivados de la gran responsabilidad social de su
ejercicio, lo que se evidencia más con alrededor de mil colegas asesinados
en muchos países latinoamericanos en los últimos treinta años. Aunque no
puede negarse que hay quienes ejercen la función periodística y piensan de
manera más reaccionaria y terrorista que sus empleadores, mayoritariamente
han demostrado fidelidad a las causas populares y se han mantenido firmes
ante las diversas formas de corrupción que se manifiestan en el sector,
sobre todo el la compra de conciencias, aunque para ello deban actuar
aceptando la autocensura de la supervivencia y, en ese marco, difícil y
amargo, tratar de realizar algunas acciones en favor de lo justo y ético que
exige la verdad.
El terrorismo mediático ha llegado a un grado de violación de
los valores inherentes a la noble labor periodística que ya hoy no es
imprescindible siquiera el debate sobre el antagonismo ideológico. Bastaría
con exigir que se cumplan los diez Principios internacionales de la ética
periodística, aprobados en el marco de la UNESCO en 1983, para demostrar que
los medios terroristas los incumplen en su totalidad, cada uno, cada día,
de manera insultante sobre todo el primero de ellos, titulado El derecho
del pueblo a una información verídica. Bastaría con crear comisiones de
seguimiento para velar por su cumplimiento y así demostrar el mentir
permanente de quienes dicen defender libertades. Y no se trata de que esas
comisiones sean creadas por los gobiernos sino sólo por las organizaciones
de masas, sociales y profesionales. Ellas no tendrían otra función que la
denuncia sobre cada caso, en nombre de la sociedad, aunque también sería muy
útil una Comisión Internacional integrada por expertos designados por la
UNESCO. De esa forma ganaría vitalidad lo esencial de tantos años de
combate con motivo de la lucha del movimiento por el Nuevo Orden
Internacional de la Información y la Comunicación (NOIIC) cuyos acuerdos se
hayan engavetados durante los últimos veinte años a pesar de que tienen más
vigencia en la actualidad. Sería el mejor aporte del señor Matsura, director
general de la UNESCO, cuando la violación prepotente de sus contenidos por
las transnacionales representan la agresión permanente a los nobles valores
de esa Institución.
Es conocido que se puede medir la autenticidad de un proceso
revolucionario por la capacidad de defensa que demuestre de manera integral.
Al respecto, el Compañero Fidel Castro declaró en 1980, lo siguiente: ” …Si
no se está dispuesto a desafiar los riesgos de cualquier tipo, los riesgos
de agresión militar como los riesgos de su propaganda, no se puede dar
respuesta adecuada al enemigo; intimidarse frente a la propaganda es como
intimidarse frente a los fusiles del enemigo. No hay que tener miedo a nada;
eso lo hemos aprendido perfectamente durante 21 años”. Así se desarrolla el
combate cotidiano de la Revolución Bolivariana y de su máximo líder el
Presidente Hugo Chávez Frías, en desafío permanente ante cualquier agresión.
No se trata sólo de tener la voluntad de realizarlo, también es
imprescindible hacerlo con la capacidad y firmeza demostradas. Este
encuentro debe convertirse para los periodistas en el comienzo de una etapa
que se caracterice en pasar a la ofensiva en la esfera de la información y
la comunicación, demostrando la carga terrorista y criminal contenida en
una libertad de prensa al servicio del imperialismo y, por tanto,
representada por la SIP, su secuestradora histórica y cotidiana, lo que
significa una ofensa a lo que José Martí consideró la más humana y hermosa
forma de patriotismo, al afirmar que Patria es Humanidad.
Hace 32 años, al fundarse la Federación Latinoamericana de
Periodistas (FELAP) se cumplía con el llamamiento del Acta de Montevideo de
1951 redactada por los periodistas excluidos de la SIP en la Conferencia de
New York en 1950, donde se denunciaba el carácter empresarial de esa
maniobra que estaba orientada a privatizar y secuestrar el concepto de
libertad de prensa, hecho al margen de los periodistas y contra su voluntad.
Durante más de medio siglo se ha comprobado la razón de aquel
pronunciamiento debido a que nunca la SIP le ha preguntado su opinión a los
periodistas que integran las redacciones de los grandes empresarios para
hacer sus declaraciones en nombre de esos órganos. Es decir, primero fueron
excluidos y después han sido ignorados, aunque en la práctica pretendan
hablar en nombre de ellos. Es así como en la práctica las empresas
comerciales al servicio de imperialismo se arrogan la función de ser
representantes de los profesionales de la prensa, sin otro mandato que el de
imponer sus intereses hegemónicos contra los pueblos y los periodistas
dignos.
La razón fundamental de aquella convocatoria hecha hace 57 años
precisaba muy bien el reclamo impregnado de lo mejor del sentir
latinoamericano al decir: “El papel que la prensa había cumplido junto a
Martí, Bolívar, Mariátegui, el cura Hidalgo o Flores Magón, con la SIP se
había modificado. El periodismo que había nacido con la libertad se había
convertido en un negocio, la noticia en una mercancía y el periodista en un
asalariado. La prensa estaba de espaldas a los pueblos”. Así recordaba
parte del pronunciamiento años después Genaro Carnero Checa, primer
secretario general de la FELAP, uno a los que le fue negada la visa para
asistir a la conferencia del secuestro y firmante del Acta de Montevideo, y
agregó: “Esa situación, que aún persiste, era la que había que cambiar”.
Entonces, hace 31 años, no se pudo.
Pero aquí estamos los seguidores de ese llamamiento de nuestros
colegas en el más alentador de los momentos para contribuir a hacer el
proceso de unidad de la Patria Grande Latinoamericana, conscientes de que la
sociedad de la información verdadera sólo es posible mediante la integración
de nuestras naciones y pueblos. El Alba y la FELAP tienen el mismo origen y
similar objetivo. Uno de los principios fundadores de la Organización
regional de los periodistas lo expresa así: “La libertad de prensa la
concibe como el derecho de nuestros pueblos a ser oportuna y verazmente
informados y a expresar sus opiniones sin otras restricciones que las
impuestas por los mismos intereses de los pueblos”. Periodismo libre en
patrias libres, ideal máximo de la FELAP, nos mantiene unidos para continuar
el combate, seguros de la victoria.
*Ponencia presentada al panel “Imperialismo y Unidad Sudamericana”, en el
Encuentro Latinoamericano Contra el Terrorismo Mediático, realizado en
Caracas, en el Centro de Estudios Romullo Gallegos*


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