Con una
lectura pausada y sentida, Gelman asumió más que nunca su condición de
poeta del exilio argentino, al evocar a los fantasmas que habitan
“estos tiempos mezquinos y de penuria”.
En el paraninfo de la
Universidad de Alcalá de Henares, ligada íntimamente a la vida y obra
del célebre escritor español Miguel de Cervantes, Gelman fue el máximo
protagonista de una ceremonia presidida por los reyes de España, Juan
Carlos y Sofía.
Como es tradición, el discurso del escritor
galardonado es el momento cumbre, cuando se escuchan sus palabras que
pasarán a formar parte del acervo cultural e intelectual de las letras
en español.
Morir muchas veces
Gelman, con
anteojos a media nariz y el texto de su discurso sostenido por un atril
de madera, lanzó su primera sentencia: “A la poesía hoy se premia, como
fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces
muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos
Dürftiger Zeite, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderlin preguntándose Wozu Dichter,
para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada
tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades
curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido
desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de
pie contra la muerte”.
Recordó sus duros años de exilio tras sufrir la crueldad del régimen militar instaurado en su país en 1976.
“Santa
Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy
particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar
argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo
sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el
país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me
brindaron. Ese es un destino que no es sino morir muchas veces,
comprobaba Teresa de Ávila. Y yo moría muchas veces y más con cada
noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba
la pérdida de lo amado.
“La dictadura militar argentina desapareció a 30 mil personas y cabe señalar que la palabra desaparecido
es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas
y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus
restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo”.
Gelman
se refirió entonces a su particular relación con la obra cumbre de las
letras españolas y su función de bálsamo en aquellos años de
persecución e incertidumbre ante la ausencia de noticias sobre el
destino final de su hijo –asesinado–, de su nuera –“desaparecida”– y de
decenas de compañeros de partido y de lucha.
“Cervantes se
instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las
injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la
opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad
de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese
intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será
posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de
deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela
moderna, que contiene y es madre de todas las novelas posteriores, de
Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en
Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: el
espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el
delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto, uno se pregunta, ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?”, agregó el poeta argentino.
Cortejo de silencios y mentiras
Gelman,
quien vive en México desde los años 80 y donde piensa pasar el resto de
sus días, explicó a continuación la relación de la obra de Cervantes
con la muerte. “Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de
que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala
lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un
hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en
Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más
segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere.
Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el
mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los
amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La
muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras.
Y qué decir de los 200 mil civiles de Hiroshima que el coronel Paul
Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba
un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba
atómica y después durmió tranquilo todas las noches, según dijo. Pocos
conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La
muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de
miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en
Irak”.
Gelman se refirió posteriormente a la necesidad de
defender la memoria frente a la ignominia del olvido, máxime cuando se
trata de dictaduras y periodos de represión masiva.
Enarboló una
reivindicación que él conoce en primera persona: tener la posibilidad
de “enterrar a sus muertos”, que a él se la arrebataron en varias
ocasiones: “Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que
no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que
hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas
heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están
cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin
sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia”.


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