Nieta de un sindicalista de la empresa Disney e hija de una pareja
formada por una artista feminista y un objetor de la guerra de Vietnam
que huyó a Canadá, seguidora entusiasta de Eduardo Galeano, John Berger
y Susan Sontag, Klein no vino sola a la Argentina. Además de su marido,
Avi Lewis, con quien realizó el documental La toma, sobre los obreros
de Bruckman y Zanon, la acompaña el cineasta británico Michael
Winterbottom, con quien filmará un documental sobre La doctrina del
shock en Buenos Aires, donde encontró la materia prima de su último
libro. “Acá tomé lecciones de historia simplemente caminando y hablando
con amigos por las calles. Fue el período donde más aprendí en poco
tiempo, fue una experiencia muy intensa, porque ellos cambiaron la
forma en que veía el mundo”, recuerda la periodista en la entrevista
con Página/12. Esos amigos –Marta Dillon, Claudia Acuña, Silvia Delfino
y Sergio Ciancaglini, entre otros– le contaron de las sangrientas
raíces del proyecto de la Escuela de Chicago, comandada por Milton
Friedman, “el hombre de la libertad”, según The Wall Street, y
compartieron sus propios recuerdos y tragedias personales con Klein.
Gran gurú del movimiento a favor del capitalismo de libre mercado,
Friedman fue el responsable de crear “la hoja de ruta de la economía
global, contemporánea e hipermóvil en la que hoy vivimos”, plantea
Klein. Durante más de tres décadas, el economista de Chicago y sus
poderosos seguidores esperaron a que se produjera una crisis de primer
orden o estado de shock para vender al mejor postor los pedazos de la
red estatal a los agentes privados. “Algunas personas almacenan latas y
agua en caso de desastre o terremotos; los discípulos de Friedman
almacenan un montón de ideas de libre mercado”, ironiza la autora.
Friedman aprendió lo importante que era aprovechar una crisis o estado
de shock a gran escala durante la década del setenta, cuando fue asesor
del dictador chileno Augusto Pinochet.
Si las privatizaciones, la desregulación gubernamental y los
recortes en el gasto social solían ser impopulares entre la gente,
“pero con el establecimiento de acuerdos firmados y una parafernalia,
oficial, al menos se sostenía el pretexto del consentimiento mutuo
entre los gobiernos que negociaban, así como una ilusión de consenso
entre los supuestos expertos”, ahora, el mismo programa ideológico “se
imponía mediante las peores condiciones coercitivas posibles: la
ocupación militar de una potencia extranjera después de una invasión o
inmediatamente después de una catástrofe natural de gran magnitud”.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, “ya no tenían
que preguntar al resto del mundo si deseaban la versión estadounidense
del ‘libre mercado y la democracia’; ya podían imponerla mediante el
poder militar y su doctrina de shock y conmoción”, afirma Klein. “La
administración Bush aprovechó la oportunidad generada por el miedo a
los ataques para lanzar la guerra contra el terror, pero también para
garantizar el desarrollo de una industria exclusivamente dedicada a los
beneficios, un nuevo sector en crecimiento que insufló renovadas
fuerzas en la debilitada economía estadounidense.” Aunque Friedman
declaró que su propuesta era liberar al mercado de la tenaza estatal,
Klein advierte que las elites políticas y empresariales sencillamente
se han fusionado, “intercambiando favores para garantizar su derecho a
apropiarse, desde los campos petrolíferos de Rusia, pasando por las
tierras colectivas chinas, hasta los contratos de reconstrucción
otorgados para Irak”. La periodista canadiense repasa, en esta
exhaustiva investigación, cómo en Chile, Irak, Sudáfrica, Argentina y
China la tortura ha sido el socio silencioso de la cruzada por la
libertad de mercado global.
Política y economía
–¿Por qué no es frecuente que se relacione, como usted hace en el libro, al neoliberalismo con la violencia y las torturas?
–Creo que por muchas razones, pero la principal es que la historia
la contaron los ganadores y, como toda historia de ganadores, está
narrada de una manera “muy limpia” y triunfante. Si pensamos en Chile,
teníamos a los Chicago Boys, que eran financiados por la fundación
Ford. Cuando se los cuestionaba por las violaciones a los derechos
humanos llevadas a cabo por Pinochet, ellos decían que eran técnicos,
que no tenían nada que ver con esa situación. El principal financista
de los grupos de derechos humanos en Chile también era la Fundación
Ford, y estos grupos decían que sólo les interesaba que se respetara la
ley, que no les interesaba ni la política ni la economía. La Fundación
Ford trataba de asegurar que política y economía nunca se entrelazaran.
No se relacionaba el neoliberalismo y la tortura por la tiranía de la
especialización, abogados por un lado y economistas por el otro que
sólo se ocupaban de sus disciplinas. Pero si leemos a Rodolfo Walsh o a
Eduardo Galeano, nos encontramos con un análisis completo e integral de
la situación.
–El material del libro, sobre todo la parte en la que
recuerda los experimentos de electroshocks en pacientes psiquiátricos
financiados por la CIA en la década del 50, resulta bastante
desesperanzador. ¿Encuentra alternativas?
–Entiendo por qué el material del libro es un tanto deprimente
cuando uno lo lee, incluso yo misma me deprimí un poco en algunas
instancias (risas). Pero el libro expresa un acto prometedor.
Justamente a partir de mi experiencia en la Argentina me di cuenta de
la importancia de la memoria histórica para poder resistir y de alguna
manera veo al libro como una contribución a la memoria colectiva. Hay
una luz de esperanza porque cuando el neoliberalismo falla surge un
nuevo espíritu que nos revela una alternativa. Una de las cosas que me
hace tener esperanzas es que veo un cambio político en Estados Unidos;
cada vez observo cómo más personas están resistiendo y levantándose
contra el corporativismo. Y esto es muy nuevo, porque durante mucho
tiempo de lo único que se hablaba era de Bush y de su incompetencia.
–¿El contexto electoral norteamericano está vinculado con este cambio que percibe?
–En realidad, la situación electoral lo único que hace es tirarnos
hacia atrás. De alguna manera, los movimientos antiglobalización, las
protestas de Seattle, que surgieron a fines de los ’90, marcaron un
cambio a la hora de hablar del neoliberalismo y el corporativismo. La
era Bush y la era del 11 de septiembre con la guerra del terror
eclipsaron todas las otras cuestiones políticas, lo cual generó una
gran pérdida de conciencia de la situación. Pero después se vivió una
especie de coletazo contra Bush, no tanto en cuanto a su agenda
política o económica, sino más hacia su persona. Pero por suerte
estamos una vez más enfocados hacia la mecánica misma del poder. Hay
dos millones de personas que están perdiendo sus hogares mientras el
gobierno está preocupado por rescatar a Wall Street. Si uno se fija
quiénes están financiando las campañas de Hillary Clinton y Obama, son
el Citibank y JP Morgan. Es la primera vez en catorce años que los
demócratas obtienen más dinero de los fabricantes de armas que los
republicanos. Hillary Clinton ha obtenido más financiación de las
compañías de defensa que la que obtuvo John McCain. Ni Clinton ni Obama
están aprovechando este gran momento de radicalización que se está
viviendo en la sociedad, ninguno tiene planes concretos para retirarse
de Irak. Al contrario, quieren mantener la zona verde, que de alguna
manera es una ocupación. Obama dijo la semana pasada que el pueblo
norteamericano era amargo, que no tenía mucho sentido del humor, y en
realidad tiene razón, porque la gente está cansada y furiosa.
–En el libro se percibe una defensa importante de Keynes.
¿Una alternativa sería recuperar la figura de un Estado más fuerte que
regule la economía?
–No veo el libro sólo como una defensa del keynesianismo. Creo que
es importante entender que el keynesianismo era una conciliación: el
New Deal se logró por el masivo movimiento de los socialistas y de los
sindicatos, pero no fue suficiente, no fue más allá. No me parece que
plantee que la alternativa sea volver al keynesianismo. Estoy a favor
de la descentralización, del cooperativismo; no estoy diciendo que
volver al modelo keynesiano sea la gran solución.
–Usted señala que los auténticos enemigos de la teoría de
Friedman no eran los marxistas, sino los keynesianos norteamericanos,
los socialdemócratas europeos y los desarrollistas de lo que entonces
se llamaba Tercer Mundo. ¿Quiénes serían hoy los enemigos del
neoliberalismo?
–El socialismo democrático siempre ha sido el mayor peligro para el
neoliberalismo. La atracción que genera la democracia con la
combinación de una red de contención social siempre ha sido “la gran
amenaza”. Después de que Allende fuera electo, Kissinger le dijo a
Nixon que temía que el modelo chileno se propagara por el mundo. Creo
que las tácticas de ayer y de hoy son las mismas, por ejemplo, la forma
en que se demoniza a Hugo Chávez y Evo Morales. Lo mejor que le pasó a
Chávez es haber perdido el referéndum porque ahora es mucho más difícil
presentarlo como autoritario cuando aceptó y respetó el resultado.
Cuando vemos que con la única figura con la que no se puede tratar en
Irak es con Al Sadr, empezamos a comprender claramente cuál es la
amenaza de Irak. Al Sadr es un nacionalista fundamentalista, los otros
líderes son tan fundamentalistas como él en cuestiones de religión,
pero la diferencia es que Al Sadr quiere tener el control de la
economía de Irak. Nos enfrentamos a la misma lucha y la misma batalla
que hemos tenido en los últimos treinta años y las mismas amenazas. Las
figuras que no tienen respeto por la democracia son un don para los
neoliberales.
Por: Por Silvina Friera


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