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La rebelión de las manoseadas

La rebelión de las manoseadas

 

Repercusiones de la iniciativa #MeToo en Estados Unidos.

Los hombres andan revisando qué han hecho y las mujeres qué han tolerado. Cada día aparecen más denuncias de abuso y acoso sexual, y más hombres salen a pedir perdón. La eclosión del movimiento #YoTambién, acelerada por las redes sociales, atraviesa divisiones ideológicas, partidistas, de clase social y niveles de educación. En todas partes, los abusos ocurren.

A comienzos de octubre numerosas mujeres acusaron públicamente al productor de Hollywood, Harvey Weinstein, de 65 años, por diversos grados de abuso y acoso sexual, y desde entonces la lista de denunciados, por conductas que van desde expresiones pasadas de tono a manoseos y violación, ha crecido con nombres del ámbito político, empresarial, de espectáculos y de los deportes. Estas revelaciones generaron que en las redes sociales, bajo el hashtag #MeToo (#YoTambién), mujeres de todo el mundo relataran los abusos sexuales de los que han sido víctimas.

Es posible que la bronca que hoy se manifiesta en tantas revelaciones se haya estado acumulando desde que el año pasado, en plena campaña electoral, se difundió una grabación en la que el entonces candidato presidencial republicano Donald Trump se jactaba de su comportamiento agresivo hacia las mujeres. “Me atraen automáticamente las mujeres bonitas”, había dicho Trump en una conversación privada con el presentador de televisión Billy Bush. “Empiezo a besarlas y es como un imán, no puedo ni esperar. Y cuando eres una persona famosa, te dejan hacer lo que quieras, puedes hacer lo que quieras. Agarrarlas por la concha. Puedes hacer de todo.”

Un mes después Trump ganó la elección. Desde entonces 13 mujeres han acusado a Trump por abuso sexual. El hecho de que más de 62 millones de votantes no hayan considerado que las groserías, el acoso y el manoseo de mujeres fuera un defecto moral suficientemente grave como para descalificar a alguien mostró cuán aceptables son en una sociedad tales comportamientos.

Las mujeres –incluso muchas que votaron por Trump– fueron las primeras en salir a la calle para avisarle al presidente que algunas cosas ya no se tolerarían, en la multitudinaria manifestación de mujeres en el National Mall de Washington, al día siguiente de su juramentación.

CUESTIÓN DE PODER.

La cascada de revelaciones, que no se detiene, es evidencia de que el comportamiento sexualmente abusivo de los hombres no se limita, y ni siquiera es predominante, en una u otra clase social, en un costado u otro de las ideas políticas, las afiliaciones religiosas o las edades.

Pero un factor que, aparentemente, es común en el abuso al que están expuestas las mujeres y también los hombres (como lo sugieren las acusaciones contra el actor Kevin Spacey), es la desigualdad en la relación de poder: ya sea el entrenador deportivo, el médico, el capataz en la cuadrilla de limpiadoras de oficinas, el promotor artístico, el periodista famoso, el miembro del Congreso o el pastor de la iglesia. El hombre que incurre en hostigamiento y abuso tiene poder sobre sus víctimas.

Según las denunciantes, Weinstein aprovechó durante décadas su poder en el mundo del espectáculo para “cobrar peaje” a las artistas en los comienzos de su carrera. En el caso del candidato a senador republicano de Alabama, Ray Moore, una denunciante dice que cuando ella tenía 14 años y él 32, siendo fiscal general del estado, la besó, le quitó la blusa y pantalones, se desvistió, la tocó sobre su sostén y pantaleta, y llevó la mano de la niña a su pene.

Dos ex colaboradoras del prestigioso periodista de televisión Charlie Rose, de 75 años, dicen que las llevaba a trabajar a su residencia en Nueva York, y se paseaba desnudo frente a ellas. Varios hombres en puestos de muy alta jerarquía en la cadena Fox News tuvieron que irse luego de numerosas acusaciones de acoso sexual, incluidos el fundador Roger Ailes, el comentarista conservador Bill O’Reilly y el periodista Eric Boiling.

Megyn Kelly, otrora periodista estrella de Fox News y una de las acusadoras de Ailes, sostiene que una vez denunció los abusos de O’Reilly a los jerarcas de la cadena y no obtuvo resultados. Kelly sostiene que la cadena difamó públicamente a las víctimas.

La afición por masturbarse frente a mujeres forzadas a observarlo ha sido una acusación frecuente, y llevó al comediante Louis C K a publicar una carta de confesión y arrepentimiento por sus abusos.

Larry Nassar, ex médico de los equipos de gimnasia olímpica estadounidense, que es acusado de abuso sexual por más de 125 mujeres y niñas, llegó a un acuerdo con la fiscalía y se declaró culpable, en una audiencia judicial, de siete cargos de abuso sexual el martes 22 . Ese día la gimnasta olímpica Gabby Douglas dijo que ella también había sido víctima de Nasser. Douglas a su vez pidió disculpas por un previo twit en el que había sugerido que las mujeres que “se visten de forma sexy/provocativa atraen a gente con malas intenciones”. La joven afirmó que no había sido su intención culpar a las mujeres: “lo que una usa, jamás le da derecho a alguien a acosarte o abusarte”, añadió.

DESPIDOS.

Tras la divulgación de la grabación de Trump, el ahora presidente respondió: “Eso fueron bromas de vestuario, una conversación privada que ocurrió hace muchos años. (El ex presidente) Bill Clinton ha dicho cosas mucho peores que yo en el campo de golf. Ni se compara. Pido disculpas si alguien se ofendió”.

He allí un detalle interesante: el pedido de disculpas es “por si alguien se ofendió”, no porque el comportamiento haya sido ofensivo. Varias de las respuestas dadas por los ahora acusados han recurrido al mismo esquive de responsabilidades. Otras, la mayoría, han consistido en auténticos actos de contrición.

Pero, en cierto sentido, la declaración de Trump es una señal de un cambio cultural acerca del problema del acoso y abuso sexual.

Cuando a mediados de la década de 1990 el demócrata Clinton, entonces ya cincuentón, mantuvo relaciones sexuales con la becaria Monica Lewinsky, de 23 años, el escándalo fue grande, pero Clinton no fue destituido. Ahora, en varios de los casos, la revelación de conductas inapropiadas llevó a despidos.

El propio Congreso ha sido escenario de denuncias: la representante demócrata Jackie Speier, de California, y la republicana Barbara Comstock, de Virginia, se sumaron a #MeToo y denunciaron que al menos dos miembros de la legislatura, uno de cada partido, han incurrido en acoso sexual.

“Muchas de nosotras, en el Congreso, sabemos lo que es, porque el Congreso ha sido durante demasiado tiempo caldo de cultivo de un ambiente de trabajo hostil”, dijo Speier, quien hace unos días confesó haber sido víctima de acoso y abuso sexual en el Capitolio hace años, antes de ser legisladora.

El senador demócrata de Minnesota, Al Franken, 66, un favorito de los liberales en Estados Unidos, y el representante demócrata de Michigan, John Conyers, 88, un adalid de los negros, han sido acusados ambos por numerosas mujeres y encaran ahora la furia de votantes que reclaman sus dimisiones.

Y lo que comenzó en un sinnúmero de encuentros privados, tocadas de nalgas y pechos en los rincones de las oficinas, besuqueos en ascensores, y demanda de favores sexuales a cambio de empleos o promociones, han derivado en serias consecuencias políticas en la actual coyuntura estadounidense, al punto que 2018, cuando habrá elecciones para la renovación del Congreso, bien podría ser el auténtico “año de la mujer”. Actualmente, los republicanos tienen 54 puestos en el Senado y los demócratas 46. Si los votantes de Alabama repudian a Moore el mes que viene y eligen a su rival demócrata Doug Jones, la cuenta pasaría a 53/47, haciendo más difícil para el Partido Republicano conseguir los 60 votos necesarios para aprobar algunos tipos de reformas. Pero, a su vez, si la furia contra Franken conduce a su dimisión, los demócratas pueden perder más terreno.

REVISIONISMO.

“El movimiento #MeToo ha forzado prácticamente a cada mujer que conozco a bajar a su sótano interior y a reconocer su propia historia”, escribió la columnista de The New York Times, Jennifer Weiner. “Todas tenemos algunas historias. La mía es bastante típica y, en el panorama general, no tan mala. Hubo un profesor de la secundaria que me besó y me dijo que me amaba. Y el mozo en mi primer empleo en un restaurante, que me apretaba en los rincones y se fregaba contra mí.”

“Y todos esos tipos a lo largo de los años que me han dicho o susurrado cosas cuando salía a la calle, a hacer compras, o esperaba el ómnibus”, añadió. “Pero eso es sólo el ruido de fondo en la vida de cada mujer, el precio de existir en un cuerpo femenino. Ah, y el reportero en el semanario donde fui becaria que se metía conmigo en la pieza de depósitos cuando yo tenía las manos llenas con copias del periódico, y me tocaba los pechos. Lo peor no era el manoseo, sino la manera lujuriosa con que después me miraba. ‘Ahora tenemos un secretito’, parecía decirme. ‘Ahora tenemos un pacto. Voy a seguir haciéndolo y tú seguirás sin decir una palabra, porque yo soy poderoso y tú eres remplazable’.”

Pero también los hombres están en la fase revisionista: cada uno rememorando qué ha hecho, o no ha hecho con qué mujer y dónde cuando hubo oportunidades. Es irónico que ahora, en las juntas directivas y niveles gerenciales donde los hombres son mayoría, se tomen las decisiones de despidos, suspensiones y dimisiones forzadas. ¿Cuántos de esos directores y gerentes de empresa tienen sus propias historias escondidas en su sótano interior?

 

 

Información adicional

Autor/a: Jorge Bañales
País: Estados Unidos
Región: Norteamérica
Fuente: Brecha

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