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¿Tenía razón Kafka?


Paso la página y
me encuentro con un título simpático: “Tendencia al glamour” y un señor Anil
Ambani me mira desde la foto con gesto algo despreciativo. Leo: “49 años,
multimillonario de la India, que pesa 115 kilogramos, va a invertir medio millón
de dólares en Hollywood”. ¿Cómo, de la India, me digo, del país de Gandhi, el
estoico, en aquel país de la constante pobreza extrema? Quiero convencerme de
que no puede ser y sigo leyendo: “Los multimillonarios Ambani son mellizos y
los dos valen como miembros vigorosos del clan de los más ricos del mundo, pero
los dos hermanos se odian a muerte. Uno quiere sobresalir más que el otro y por
eso Anil Ambani invierte en Hollywood, para que todos hablen de él”.
Multimillonarios en la India. Buen título para un libro de Kafka. Sí, el diario
que leo le dedica la central a este escritor genial. Franz Kafka, tal vez el
mejor conocedor del alma humana.

 

Sigo leyendo: y
aquí viene lo grueso. El lunes comienza en la ciudad japonesa de Hokkaido la
reunión “de los Ocho”, de los ocho grandes, los que manejan el mundo. El clima
es sombrío. Porque no se ha cumplido nada de lo que prometieron en la reunión
del año pasado, en Heiligendamm, Alemania. En esa reunión, los ocho
representantes, sonrientes, aceptaron la proposición de la jefa de gobierno
alemán, Angela Merkel, de reducir hasta el año 2050 a la mitad la emisión
mundial de CO2. Para llegar a esa meta, los ocho países tendrían que reducir
esas emisiones en un ochenta por ciento. Pero desde Heiligendamm no se hizo
casi nada. Los ecologistas alemanes le exigen a Merkel que tiene que destapar
la olla en la reunión próxima y tomarlo como una falta de respeto. Pero la
verdad es que está claro: dentro del pensamiento capitalista, defender la atmósfera
sale caro y entonces se encarecerían los productos y eso llevaría a una nueva
guerra de competencia comercial.

 

Además, el tema
no se para allí. En Europa ha entrado el miedo a la inflación. Las poblaciones
empezaron a ahorrar en alimentos y en no viajar en auto, por el precio del
combustible. Y por eso un estudio reciente muestra que la mayoría está
abandonando la idea de no apoyar la construcción de centrales atómicas. Sólo el
51 por ciento está en contra de la construcción de esas centrales, lo que antes
ascendía a más del 70 por ciento.

 

Veremos qué pasa
el lunes. Pero ya se adelanta que Bush se va a negar rotundamente a una política
ecológica dados los problemas que trae la suba del costo del petróleo. Ese es
el tema que va a estar en discusión en primer lugar y no la ecología. Por otro
lado, la FAO, la Organización Mundial de Alimentación, dio a conocer el jueves
que el número de hambrientos en el 2007 subió a 450 millones de personas. Y que
más de otros 850 millones no alcanzan a satisfacer sus necesidades mínimas
alimentarias.

 

Una vez más cabe
la pregunta: ¿seguiremos leyendo estas noticias o viéndolas por televisión –por
supuesto, después del fútbol o de alguna de esas guasadas acostumbradas–;
seguirá el mundo sin reaccionar ante este sistema tan injusto e irracional?

 

Hablemos de fútbol:
acaba de terminar el campeonato europeo. Fue un éxito de espectadores jamás
visto. Pero la verdad es que el verdadero ganador fue la empresa Adidas, por
las ganancias que hizo. Lo publicaron todos los diarios con picardía, para
comprobar un hecho indiscutible. Deporte y ganancias.

 

Claro, podríamos
hablar más de Kafka y menos de estadísticas y ganancias. Pero es que el periódico
no me deja. Por ejemplo: un editorial se titula “Basta de la locura de las
rutas”. “Cualquier viaje por las autopistas alemanas es suficiente para
comprender que hay que resolver de una vez el problema de los camiones. Por
ellos, el tránsito se acumula kilómetro tras kilómetro. Lo que es dañino al
clima, lo sabemos. Cualquier ayuda para resolver esa locura contemporánea será
bienvenida. Ya se ha probado mucho, por ejemplo la prohibición a los camiones
de pasar a otros camiones o automóviles. Deben mantenerse en su franja. O
permitirse, como en el estado de Hessen, que el tránsito utilice las franjas de
los márgenes destinadas a poder detenerse ante problemas. Pero con eso solo no
se solucionó nada. Porque si se permite que desde el Mar del Norte se trasladen
los cangrejos en camiones a Marruecos, porque allí es mucho más barata la mano
de obra para despellejarlos, seguirá el problema.” Da este ejemplo, pero lo
cierto es que se transporta todo para lograr mejores precios y poder vender más,
más, más. Y el autor se permite una ironía: “Eso es lo bueno que parece nos va
a traer la suba de los costos del petróleo. Ahora los empresarios van a
calcular que tal vez sale más barato hacer las cosas en casa que a cientos de
kilómetros”.

 

Y hay también un
título saludable: “Al supermercado, en bicicleta”. Pero no todos quieren ir al
supermercado en bicicleta. Varios diarios han tomado el tema con humor. Por
ejemplo, un título lo dice todo: “Gran demanda de sedientos de gasolina”. Y
como subtítulo: “A pesar de los altos precios del petróleo y de los problemas
ecológicos, aumenta en gran proporción la venta de autos caros”. El periodista
describe en idioma teatral: “Los automovilistas alemanes aprietan el acelerador
a 180. Los precios de la nafta suben y suben. Peor todavía, el diésel es más
caro que la nafta especial. El mundo al revés. Porque si bien subió el interés
por los autos pequeños, mucho más por los autos de lujo, esos que no consumen
sino devoran cada vez más combustible. Por ejemplo, en Alemania fueron
patentados en abril de este año 378.805 autos (en el mismo mes de hace cuatro años
esa cifra fue de 297.126). En abril de 2008 fueron habilitados 18.363 autos
pequeños pero 22.121 todo-terreno.

 

Entonces queda la
tristeza de que ni siquiera el mejor defensor de la ecología podría ser la suba
de la gasolina. Ni vale ya el pensamiento razonable de que sea lo bueno y lo ético
lo que trate de resolver los grandes problemas de injusticia y de muerte que
han asolado y siguen asolando a los pueblos del mundo y al clima del planeta.
Si no se piensa en la humanidad actual, ¿qué se va a cavilar acerca del mundo
que les tocará a las próximas generaciones?

 

Porque vayamos a
las armas. En el año 2007, por primera vez, la población mundial ha invertido
200 dólares por cabeza para armamentos. Lo militar devora el 2,5 por ciento del
producto social global. Es decir, 858 billones de euros. Lo que demuestra una
suba del seis por ciento frente al año anterior, valor limpio de inflación.
Frente a lo gastado en 1998, al final de la “Guerra Fría”, el aumento es nada
menos que del 45 por ciento. Mirando los números se pregunta uno: ¿es que el
mundo se ha vuelto loco?

 

Hablábamos de que
el ser humano, por cabeza, gasta 200 dólares por año en armas. El informe dice
que para llevar a la mitad el número de los millones de hambrientos del mundo
se necesitarían 20 dólares por habitante. El campeón del armamentismo es, por
supuesto, Estados Unidos, con el 45 por ciento del gasto militar mundial. Luego
le siguen Gran Bretaña y China, con el cinco por ciento. Alemania –pese a la
lección de las dos últimas dos guerras– está en sexto lugar. Pero vayamos al
negocio de las armas. Por supuesto, Estados Unidos va primero, con 7454
millones de dólares de exportación de armas. Rusia, segunda, y tercera
Alemania, que exporta por 3395 millones de dólares. Los que más compran armas a
Alemania son Turquía, Grecia y Africa del Sur. Y un país al cual se lo ha
considerado siempre “pacifista” por excelencia, Holanda, es el quinto del mundo
en exportar armas. Quien exporta armas no es pacifista.

 

Kafka sonreiría
desde el cielo de los creadores ante este panorama kafkiano. No, tal vez ni
siquiera él imaginó un mundo así. Para no hablar de la violencia desatada en
lugares del mundo que se han convertido en llagas permanentes de la humanidad.

 

Pero estoy
terminando estas reflexiones kafkianas, a 125 años del nacimiento del hombre de
Praga, y el cartero –sí, los hay todavía, por suerte– me trae un libro titulado
La herencia viva. Me lo envía la maestra Nora Bruccoleri y está redactado por
alumnos, padres de esos alumnos y también abuelos. Es el segundo que recibo en
mis manos. El primero lo presentamos en la última feria del libro de Buenos
Aires. Estaba escrito por alumnos de la escuela de la villa de emergencia De la
Cárcova. Este, ahora, viene de Las Heras, Mendoza. Me emociona el leer tantas
experiencia y sueños. Me detengo ante la poesía “Vendimia”, del alumno Daniel
Peralta, del 5º grado A.

 

Vendimia

es un grito de
libertad.

Vendimia son los
ojos

marrones del
cosechador,

con sus tijeras y
tacho

al hombro.

 

Vendimia

es un campesino.

 

Pienso: mientras existan niños que escriban poesías,
hay esperanza, la bella palabra.


Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn, Alemania

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