
El concepto mismo de normalidad nos hace ignorar la realidad.
Nos enseñaron que los labios grandes y carnosos son atractivos si se encuentran en la cara. En cambio, los labios vaginales resultan más apetecibles mientras más pequeños y escondidos estén. Cuando se ven, son médicamente reconocidos como hipertróficos, sometidos a revisión y eventualmente a intervenciones quirúrgicas pues los culpan de generar infecciones vaginales.
Entre tanto, para la publicidad, la televisión y el cine, las vulvas deben ser todas iguales. Esos patrones de funcionalidad, normalidad y belleza solo sirven para restringir nuestra capacidad de sentir y producir placer, llenándonos de culpas, insatisfacción y frustración.
La verdad que todas podemos constatar sin mucho esfuerzo, es que ningún cuerpo es igual a otro, de ahí que sea delicioso explorarlos en su diferencia. En el sexo, jugar solas o acompañadas nos permite entender que nuestros genitales son mucho más que conductos para el paso de fluidos y la generación de vida humana; nos permite reconocer que sus tamaños no los hacen más o menos normales y que su belleza no depende de qué tan depilados o tonificados estén.


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