Si se suman las personas que habitan India, Indonesia, Bangladesh, Pakistán,
Vietnam, Filipinas y otros, aparte de los casi 900 millones de africanos y
más de 550 millones de latinoamericanos, podrá tenerse una idea de las
personas que en el mundo carecen de tales instalaciones deportivas.
Es a la luz de estas realidades que debemos analizar las noticias que
giraron alrededor de los Juegos Olímpicos de Beijing.
El mundo disfrutaba de la Olimpiada porque la necesitábamos, porque
deseábamos ver las sonrisas y las emociones de los atletas participantes, y
en especial de los primeros lugares, que recibían el premio a su constancia
y disciplina.
¿A cuál de ellos podría culparse de las colosales desigualdades del planeta
en que nos tocó vivir? ¡Cómo olvidar, por otro lado, el hambre, la
subnutrición, la ausencia de escuelas y maestros, hospitales, médicos,
medicamentos y medios elementales de vida que padece el mundo!
Sabemos lo que evidentemente desean aquellos que saquean y explotan el
planeta que habitamos. ¿Por qué desataron la violencia y agudizaron los
peligros de guerra el mismo día que se iniciaron los Juegos Olímpicos? Estos
acaban de transcurrir en apenas 16 días.
Ahora, cuando ya pasó el efecto de la anestesia, el mundo vuelve a sus
angustiosos y crecientes problemas.
Días atrás escribí sobre nuestro deporte. Venía denunciando desde hace rato
las repugnantes acciones mercenarias contra esa actividad revolucionaria y
en defensa del valor y el honor de nuestros atletas.
Mientras transcurrían las competencias, meditaba sobre estas cuestiones. Tal
vez no habría tomado tan rápido la decisión de escribir algo sobre el tema
si no se hubiese producido el incidente del atleta cubano de taekwondo Ángel
Valodia Matos —campeón olímpico hace 8 años en Sydney— cuya madre murió
cuando competía y ganaba la medalla de oro a 20 mil kilómetros de su patria.
Asombrado por una decisión que le pareció totalmente injusta, protestó y
lanzó una patada contra el árbitro. A su propio entrenador lo habían tratado
de comprar, estaba predispuesto e indignado. No pudo contenerse.
El atleta acostumbraba enfrentar valientemente las lesiones que suelen ser
frecuentes en el taekwondo. El árbitro le suspendió el combate cuando estaba
ganando tres a dos. No fue el único caso. Es muy grande el poder del árbitro
en ese tipo de competencias y ninguno el de los atletas. A los dos cubanos,
taekwondoca y entrenador, les fue prohibida la participación de por vida en
competencias internacionales.
Vi cuando los jueces les robaron descaradamente las peleas a dos boxeadores
cubanos en la semifinales. Los nuestros combatieron con dignidad y valentía;
atacaban constantemente. Tenían esperanzas de ganar, a pesar de los jueces;
pero fue inútil: estaban condenados de antemano. No vi la de Correa, al que
también se la arrebataron.
No estoy obligado a guardar silencio con la mafia. Esta se las ha arreglado
para burlar las reglas del Comité Olímpico. Fue criminal lo que hicieron con
los jóvenes de nuestro equipo de boxeo para complementar el trabajo de los
que se dedican a robar atletas del Tercer Mundo. En su ensañamiento, dejaron
a Cuba sin una sola medalla de oro olímpica en esa disciplina.
Cuba jamás ha comprado a un atleta o a un árbitro. Hay deportes donde el
arbitraje está muy corrompido y nuestros atletas luchan contra el adversario
y el árbitro. Antes el boxeo cubano, reconocido internacionalmente por su
prestigio, ha tenido que enfrentarse a los intentos de soborno y corrupción
para arrancarle a dentelladas las medallas de oro al país comprando
boxeadores altamente entrenados y curtidos, como tratan de hacer con
peloteros u otros destacados deportistas.
Los atletas cubanos que compitieron en Beijing y en vez de oro trajeron
plata, bronce o un lugar destacado en las competencias, tienen un enorme
mérito como representantes del deporte amateur que dio origen al
resurgimiento del movimiento olímpico. Son ejemplos insuperables en el
mundo.
¡Con qué dignidad compitieron!
El profesionalismo fue introducido en las Olimpiadas por intereses
comerciales, que convirtieron al deporte y a los deportistas, como hemos
dicho, en simples mercancías.
Fue ejemplar la conducta del equipo olímpico de Cuba en la pelota. Dos veces
derrotaron en Beijing a la selección de Estados Unidos, el país que inventó
ese deporte que por intereses de las grandes empresas comerciales fue
expulsado de las Olimpiadas. El 2008 fue por ahora su último año de
participación olímpica.
El partido final frente a Corea del Sur fue conceptuado como el más tenso y
extraordinario que se haya efectuado en una Olimpiada. Se decidió en el
último inning con tres cubanos en base y un out.
Los peloteros profesionales adversarios eran como máquinas diseñadas para
batear; su pitcher, un zurdo de velocidad, bolas variadas y precisión
exacta. Se trataba de un equipo excelente. Los cubanos no practican el
deporte como profesión lucrativa; son educados, como todos nuestros atletas,
para servir a su país. De no ser así, la Patria, pequeña en tamaño y con
limitados recursos, los perdería para siempre. No es posible calcular
siquiera el valor de los servicios recreativos y educativos que a lo largo
de su vida prestan a la nación, en todas las provincias e Isla de la
Juventud.
En el voleibol, el equipo propinó una derrota a la selección norteamericana
en la fase eliminatoria, viniendo en ascenso desde lo último de la parte
baja de una escalera de más de 50 peldaños. Una hazaña que, aunque regresen
sin medallas, pasará a la historia.
Mijaín ganó con orgullo, en difícil prueba con un rival ruso, la primera
medalla de oro para Cuba.
Dayron Robles ganó el oro con amplio margen. La lluvia empapó la flamante
pista. Sin la humedad que aún restaba, hubiera podido romper fácilmente el
récord olímpico, además del mundial que había impuesto semanas antes en el
difícil y milimétrico evento de los 110 metros con vallas. Es un atleta
disciplinado y tenaz con 21 años y nervios de acero.
Yoanka González ganó la primera medalla cubana de ciclismo en una Olimpiada.
Leonel Suárez, que obtuvo en decatlón medalla de bronce, cumplirá 21 años en
septiembre. Los resultados alcanzados en cada uno de los diez eventos de su
casi inaccesible deporte impresionan.
Son tantos los atletas con grandes méritos, hombres y mujeres, que no se
pueden enumerar aquí, pero que es imposible olvidarlos.
Más de 150 atletas de nuestra pequeña isla participaron en la Olimpiada de
2008 y dieron la batalla en 16 de los 28 deportes en que allí se compitió.
Nuestro país no practica el chovinismo ni comercia con el deporte, que es
tan sagrado como la educación y la salud del pueblo; practica, en cambio, la
solidaridad. Hace años creó una Escuela Formadora de Profesores de Educación
Física y Deportes, con capacidad para más de 1,500 alumnos del Tercer Mundo.
Con ese mismo espíritu solidario celebra el triunfo de los velocistas
jamaicanos, que obtuvieron 6 medallas de oro; del saltador panameño con oro;
del boxeador dominicano con igual título, o el de las voleibolistas
brasileñas que vencieron arrolladoramente al equipo de Estados Unidos y
ganaron la primacía.
Por otro lado, miles de instructores deportivos cubanos han cooperado con
países del Tercer Mundo.
Estos méritos de nuestro deporte no nos eximen en lo más mínimo de
responsabilidades presentes y futuras. En las competencias deportivas
mundiales, por las causas señaladas, se ha producido un salto de nivel. No
vivimos hoy las mismas circunstancias de la época en que llegamos a ocupar
relativamente pronto el primer lugar del mundo en medallas de oro por
habitante, y por supuesto que eso no volverá a repetirse.
Constituimos alrededor del 0,07% de la población mundial. No podemos ser
fuertes en todos los deportes como Estados Unidos, que posee por lo menos 30
veces más población. Nunca podríamos disponer ni del 1% de las instalaciones
y equipos de diversa índole, ni de los climas variados de que ellos
disponen. Otro tanto ocurre con el resto del mundo rico, que posee por lo
menos dos veces el número de habitantes de Estados Unidos. Esos países suman
alrededor de mil millones.
El hecho de que participen más naciones y las competencias sean más duras es
en parte una victoria del ejemplo de Cuba. Pero nos hemos dormido sobre los
laureles. Seamos honestos y reconozcámoslo todos. No importa lo que digan
nuestros enemigos. Seamos serios. Revisemos cada disciplina, cada recurso
humano y material que dedicamos al deporte. Debemos ser profundos en los
análisis, aplicar nuevas ideas, conceptos y conocimientos. Distinguir entre
lo que se hace por la salud de los ciudadanos y lo que se hace por la
necesidad de competir y divulgar este instrumento de bienestar y de salud.
Podemos no competir fuera del país y el mundo no se acabaría por eso. Pienso
que lo mejor es competir dentro y fuera, enfrentarnos a todas las
dificultades y hacer un uso mejor de todos los recursos humanos y materiales
disponibles.
Preparémonos para importantes batallas futuras. No nos dejemos engatusar por
las sonrisas de Londres. Allí habrá chovinismo europeo, corrupción arbitral,
compra de músculos y cerebros, costo impagable y una fuerte dosis de
racismo.
Ni siquiera soñar que Londres alcanzará el grado de seguridad, disciplina y
entusiasmo que logró Beijing. Una cosa es segura: habrá un gobierno
conservador y tal vez menos belicoso que el actual.
No olvidemos la honradez, honestidad y prestigio profesional de que gozan
nuestros árbitros internacionales y los cooperantes deportivos.
Para nuestro atleta de taekwondo y su entrenador, nuestra total solidaridad.
Para los que regresan hoy, el aplauso de todo el pueblo.
Recibamos a nuestros deportistas olímpicos en todos los rincones del país.
Resaltemos su dignidad y sus méritos. Hagamos por ellos lo que esté a
nuestro alcance.
¡Para el honor, Medalla de Oro!
Fidel Castro Ruz
Agosto 24 de 2008
9:05 p.m.*


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