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No financiar idioteces de Wall Street

Bush

Rechazado el megasalvataje de 700 mil millones de dólares, los mercados están a la espera de una alternativa. Lo que está en duda no es qué hacer, sino cómo hacerlo. El secretario del Tesoro, Henry Paulson, propuso enfrentar la crisis con la compra por parte del Estado de activos “tóxicos” para recapitalizar el sistema bancario. Pero adquirir los créditos en mora o bonos depreciados no es la única forma de hacerlo. Los economistas de Estados Unidos con mayor llegada a la opinión pública tienen su opinión al respecto. Stiglitz, Roubini y Galbraith (hijo) expusieron su posición y advirtieron que no existen recetas mágicas.

BushPara Joseph Stiglitz, la “cura” propuesta por la administración Bush transfiere el riesgo de los activos “tóxicos” a los contribuyentes que no reciben nada a cambio. El Premio Nobel sostiene que es necesario diseñar un mejor plan de rescate cuyo objetivo no sea proteger a los accionistas de los bancos ni a sus acreedores. Para el economista el rescate “debería apuntar a mantener el flujo del crédito, principalmente a las hipotecas”. El profesor de la Universidad de Columbia identifica cuatro problemas fundamentales: los activos ilíquidos, la subcapitalización de las instituciones, la continuidad de la crisis inmobiliaria y la falta de confianza y credibilidad tanto en Wall Street como en el gobierno.

Con este diagnóstico, Stiglitz entiende que el salvataje del Tesoro apunta a solucionar solamente el primer punto y propone “ayudar a las familias que están perdiendo sus hogares” modificando las hipotecas. Además, considera necesario “instrumentar un impuesto especial para el sector financiero que pague los rescates que se realizaron hasta ahora” y “crear un fondo de reserva para que los contribuyentes pobres no vuelvan a ser llamados a financiar las idioteces de Wall Street”.

Al igual que el provocativo economista Nouriel Roubini, Stiglitz destaca como alternativa el modelo utilizado por los países escandinavos a principios de la década pasada para resolver una crisis bancaria. La desregulación financiera que experimentaron Suecia, Noruega y Finlandia a mediados de los ochenta condujo a una crisis crediticia que se resolvió con una receta diferente de la que impulsa Bush.

En esos casos, los gobiernos recapitalizaron el sistema inyectando fondos públicos de diferentes maneras, como la emisión de acciones preferenciales con opciones. Este tipo de acción no sólo reduce el riesgo del público, sino que “evita la difícil tarea de valuar millones de complejas hipotecas y productos en los que están metidas, y que el gobierno se quede atrapado con activos sobrevaluados”, explica Stiglitz.

Por su parte, Roubini asegura que “en cualquier crisis bancaria hay que recapitalizar el sistema financiero/bancario para evitar una contracción excesiva y destructiva del crédito”. El profesor de la escuela de negocios Stern de Nueva York afirma que existen planes alternativos que serían más eficientes y menos costosos. “Este plan significa de nuevo privatizar las ganancias y socializar las pérdidas.” Para Roubini, un plan de salvataje podría comprar los activos ilíquidos. Dado el riesgo que esto supone para el Estado, el proyecto debería asegurar que “los accionistas sean los primeros en asumir las posibles pérdidas”. Para conseguir ese resguardo, el economista propone que se suspenda el pago de dividendos y se aumenten los requerimientos de capital de los bancos.

Pero fundamentalmente, Roubini entiende que el plan debería contemplar la reducción de la carga de deuda que tienen las familias mediante la creación de una entidad estatal que absorba y refinancie gran parte de la deuda “mala”. El economista James K. Galbraith también sostiene la necesidad de impulsar un banco de este tipo.

Durante la Gran Depresión, en junio de 1933, el gobierno de Franklin D. Roosevelt creó una entidad que se llamó Corporación de Préstamos para Propietarios (HOLC, Homeowners Loan Corporation). Frente a la ejecución masiva de viviendas, esta institución “ayudó a reemplazar las hipotecas que estaban al borde del default por otras que las familias pudieran pagar”, explica Alan Blinder, ex vicepresidente de la Reserva Federal. Según Blinder, aproximadamente, una de cada cinco hipotecas norteamericanas pasó a manos de la HOLC, algo así como 750 mil millones de dólares hoy. De todas maneras, el 20 por ciento de los acreedores defaultearon y la corporación terminó siendo propietaria de 200 mil casas que se fueron vendiendo. La institución cerró en 1951 y terminó dando una pequeña ganancia. Blinder calcula que, hoy en día, la Corporación debería prestar entre 200 y 400 mil millones de dólares y estima que daría ganancias de entre 4 y 8 mil millones de dólares por año. La HOLC, advierten algunos de sus impulsores, debería refinanciar sólo a los propietarios que habitan sus casas, dejando afuera a los especuladores y a dueños con más de un hogar.

Por su parte, Galbraith directamente pone en cuestión la necesidad de un rescate “cuando los cinco grandes bancos de inversión cayeron o se convirtieron en bancos comerciales”. El hijo del multifacético economista John K. Galbraith propone investigar la situación de solvencia de los bancos e inyectar medio billón de dólares en la Corporación Federal Aseguradora de Depósitos (FDIC, por sus siglas en inglés). Además, postula que el gobierno debería tener 200 mil millones disponibles para recapitalizar a los bancos mediante la compra de acciones preferenciales si fuera necesario. Para el economista, los hedge founds (fondos de riesgo) “deberían ser dejados a su suerte, no se puede salvar a todos y esos inversores no son pobres”.

Ninguno de estos especialistas considera que sus propuestas vayan a ponerle fin a la crisis, pero entienden que de esta forma se puede comenzar a enfrentarla y revertir las expectativas. Otra de las medidas que estiman fundamentales para prevenir futuras crisis es realizar una profunda reforma del sistema regulatorio y de supervisión de los bancos y las instituciones financieras, ya que la red de seguridad existente hoy sólo alcanza a los bancos comerciales.

Por Tomás Lukin

 


 

Nos quieren meter miedo

Todos decían que la ley sería aprobada. Los expertos del universo ya estaban haciendo reservas para celebrar en los mejores restaurantes de Manhattan. Los compradores personales en Dallas y Atlanta fueron despachados para hacer los primeros regalos de Navidad. Los Hombres Locos de Chicago y Miami estaban descorchando botellas y brindando entre ellos mucho antes del desayuno.

Pero lo que no sabían era que cientos de miles de estadounidenses se despertaron ayer a la mañana y decidieron que era tiempo de rebelarse. Los políticos no la vieron venir. Millones de llamadas telefónicas y correos electrónicos golpearon al Congreso tan fuerte como si Marshall Dillon (Comisario Dillon, personaje de una serie) y Elliot Ness hubieran descendido en Washington D.C. para detener los saqueos y arrestar a los ladrones.

La Corporación del Crimen del Siglo fue detenida por 228 votos contra 205. Fue raro e histórico; nadie podía recordar un momento cuando una ley apoyada por el presidente y el liderazgo de ambos partidos fuera derrotada. Eso nunca sucede. Mucha gente se está preguntando por qué el ala derecha del Partido Republicano se unió al ala izquierda del Partido Demócrata para votar en contra del robo. Cuarenta por ciento de los demócratas y dos tercios de los republicanos votaron en contra de la ley.

Esto es lo que sucedió:

La carrera presidencial puede estar todavía muy pareja en las encuestas, pero las carreras en el Congreso están señalando una victoria aplastante para los demócratas. Pocos discuten la predicción de que los republicanos van a recibir una paliza el 4 de noviembre. Hasta 30 bancas republicanas en la Cámara de Representantes se perderían en lo que sería un increíble repudio a su agenda. Los representantes del oficialismo tienen tanto miedo de perder sus bancas, que cuando apareció esta “crisis financiera” hace dos semanas, se dieron cuenta que habían entregado su única oportunidad de separarse de Bush antes de la elección, mientras hacían algo que los hiciera parecer como que estaban del lado de “la gente”.

Estaba mirando ayer C-Span, una de las mejores comedias que he visto en años. Ahí estaban, un republicano después de otro que habían apoyado la guerra y hundido al país en una deuda record, que habían votado para matar cualquier regulación que hubiera mantenido a Wall Street en control —¡ahí estaban, lamentándose y defendiendo al hombrecito común!—. Uno tras otro se pararon en el micrófono de la Cámara baja y tiraron a Bush bajo el ómnibus, bajo el tren (aunque habían votado por quitarles los subsidios a los trenes también), diablos, lo hubieran tirado bajo la aguas crecientes de Lower Ninth Ward (barrio de Nueva Orleans) si hubieran podido conjurar otro huracán.

Los 95 valientes demócratas que rompieron con Barney Frank y Chris Dodd era los héroes reales, igual a aquellos pocos que se pararon y votaron en contra de la guerra en octubre de 2002. Miren los comentarios de ayer de los republicanos Marcy Kaptur, Sheila Jackson Lee, y Dennis Kucinich. Dijeron la verdad. Los demócratas que votaron por el paquete lo hicieron en gran parte porque estaban temerosos de las amenazas de Wall Street, que si los ricos no recibían su dádiva, los mercados enloquecerían y entonces adiós a las pensiones que dependen de las acciones y adiós a los fondos de retiro. ¿Y adivinen qué? ¡Eso es exactamente lo que hizo Wall Street! La caída más grande de un solo día en el Dow en la historia de la Bolsa de Valores de Nueva York. Anoche los nuevos presentadores de televisión lo gritaban: ¡los estadounidenses acaban de perder 1,2 billón de dólares en la Bolsa! ¡Es el Pearl Harbour financiero! ¡Se cae el cielo! ¡Gripe aviar! Por supuesto, la gente cuerda sabe que nadie “perdió” nada ayer, que los valores suben y bajan y que esto también pasará porque lo ricos comprarán ahora que están bajos, los sostendrán, luego los venderán, y luego comprarán nuevamente cuando estén bajos. Pero por ahora, Wall Street y su brazo de propaganda (las redes y los medios que poseen) continuarán tratando de meternos miedo. Será más difícil conseguir un préstamo. Algunas personas perderán sus empleos. Una débil nación de peleles no durará mucho bajo esta tortura. ¿O sí podremos?

Esto es lo que creo: el liderazgo democrático en la Cámara baja esperaba secretamente todo el tiempo que esta pésima ley fracasara. Con las propuestas de Bush hechas añicos, los demócratas sabían que entonces podían escribir su propia ley que favorece al promedio de los estadounidenses y no al 10 por ciento más rico que está esperando otro lingote de oro. De manera que la pelota está en la manos de la oposición. El revólver de Wall Street todavía le apunta a la cabeza. Antes que den el próximo paso, déjenme decirle lo que los medios silenciaron mientras se debatía esta ley:

1. La ley de salvataje NO tiene provisiones para el llamado grupo de supervisión que iba a monitorear los gastos de Wall Street de los 700.000 millones;

2. NO consideraba multas, sanciones o prisión para ningún ejecutivo que pudiera robar algo del dinero del pueblo;

3. NO hizo nada para obligar a los bancos y a los prestamistas a reescribir las hipotecas del pueblo para evitar ejecuciones ¡Esta ley no hubiera detenido ni UNA ejecución!

4. En toda la legislación NO había nada ejecutable, usando palabras como “sugerido” cuando se referían a que se le devolviera el dinero del rescate al gobierno;

5. Más de 200 economistas escribieron al Congreso y dijeron que esta ley podría empeorar la “crisis financiera y causar aún MAS de una caída.

Es hora que nuestro lado establezca claramente las leyes que nosotros queremos pasar.

Por Michael Moore

Traducción: Celita Doyhambéhére

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