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Crisis sistémica y forma estatal. ¿Hacía el autoritarismo?

Crisis sistémica y forma estatal. ¿Hacía el autoritarismo?

No cabe duda que después del tsunami financiero desatado a finales de septiembre y comienzos de octubre, el 2008 se ha ganado un lugar en la historiografía económica. Pero ese suceso no ha sido el único relevante a lo largo de éste año, ya que no debemos olvidar la suspensión, en julio, de la ronda de Doha, que en términos de la debacle del discurso neoliberal no sólo es tan importante como la crisis financiera, sino que además tiene con ella una base común: la impotencia para profundizar aún más el proceso globalizador.

Lo que de concretarse significaría, ni más ni menos, que nos encontramos al final de una forma particular de acumulación. De tal suerte que parece obligatorio, para entender el fenómeno, precisar cuáles son las especificidades más marcadas de esta fase. En primer lugar, debe destacarse que las reformas iniciadas en los ochenta bajo la égida de Ronald Reagan, consolidan una nueva división del trabajo a nivel mundial que se había predibujado con el viaje de Nixon a China en los albores de la década de los setenta. En esa nueva división internacional del trabajo se asigna a ciertos países periféricos la función de producir mercancías de consumo masivo y baja complejidad tecnológica que, entre otras cosas, terminaron constituyéndose en la base estructural de la contención de la inflación que en los países del centro se había desatado por la crisis del petróleo. Eso, en razón de los bajos costos (y por tanto de los bajos precios) en que se traduce una fuerza de trabajo no sólo muy barata sino altamente disciplinada como es el caso de buena parte de los países asiáticos (China en lo fundamental). 

Las ventajas derivadas de allí no tardaron en extenderse a productos de más alta gama, y los planes de deslocalización de la producción industrial comenzaron a generalizarse, dando lugar a una progresiva desindustrialización en USA. Lo que trajo como consecuencia para la economía imperial, una balanza comercial deficitaria creciente y una deuda también creciente que la acompaña como su sombra, y que pasan a convertirse en el estímulo permanente de un aumento de liquidez a nivel mundial (apuntalada en la simple emisión de papel moneda), que se atesora como reservas en los nuevos países superavitarios entre los que se destacan China (que ya se dirige hacía los dos billones de dólares- millones de millones) y Rusia que acumula cerca de 500 mil millones de dólares. Ese aspecto, sumado a la innegable aceleración del proceso de concentración y centralización del capital (en la actualidad se estima en el 57,1 % del ingreso lo percibe el 1% de la población y que el 20% más rico acapara el 86%) que con las megafusiones ha alcanzado, desde los ochenta, límites inimaginables, ha permitido que los procesos especulativos de gran escala se conviertan en el nuevo marco de apropiación del excedente, inflando y abatiendo precios según las necesidades.

Las diferentes lógicas capitalistas

Ya en la historiografía crítica del siglo XIX, se enfatizaba que en el tránsito del capitalismo comercial al industrial no se debía minimizar la importancia del cambio de racionalidad que tuvo lugar en ese momento. Pues, mientras para los comerciantes la lógica de hacer negocios se basa en comprar barato y vender caro, para los industriales el éxito depende de comprar barato y vender barato, no sólo como instrumento de masificación del consumo y de preferencia de la masa de ganancia sobre la tasa de ganancia (es decir, pensar más en la cantidad bruta de excedente que en la relación porcentual entre inversión e ingreso neto) sino también como arma para sacar del mercado a los competidores.

Pues bien, en los últimos años lo que hemos visto es que las ganancias, las rentas y los intereses, en su acepción clásica, no son la razón que mueve a los grandes capitales, ya nadie quiere esperar a la maduración de una inversión en el sector productivo o a los retornos de la posesión de activos como la tierra o los valores financieros. Ahora de lo que se trata es de incidir en los precios de los activos, cuando el músculo alcanza para ello o de apostar a sus variaciones cuando eso no es posible, y apoderarse de la diferencia.  

Y al respecto no basta con referirnos al problema en tono de indignación o limitarnos a  aceptar las explicaciones que lo reducen todo a la “codicia” de los capitalistas financieros (uno de nuestros inefables analistas llegó a sostener que el problema de las crisis no es más que un asunto de hormonas y del amor al riesgo de los inversionistas).

Es claro que el nuevo tipo de lógica no es otra cosa que un paso más en la dirección que ha guiado siempre al capitalismo, y que si hoy en día el balance financiero es tres veces el valor del PIB, eso tiene una explicación enraizada en una práctica que hasta hace poco era excepcional y hoy comienza a mostrarse dominante: la titulación de deudas. Que no es más que el nombre que se le ha dado a la absurda práctica de la conversión de las deudas en mercancía. En sus inicios, la venta de las hipotecas (es decir la venta de unas deudas de largo plazo) tenía el propósito de convertir en circulante capital que como el representado por la propiedad inmueble, por su misma naturaleza, tiene un grado elevado de fijeza. Y es que la movilidad y la velocidad son una virtud en el capitalismo, que ya David Ricardo -a comienzos del siglo XIX- había resaltado cuando afirmó que no sólo del monto del capital dependen las ganancias, sino que éstas también son función de la velocidad de rotación del mismo, esto es, que no es lo mismo utilizar, con fines de redituabilidad, un dólar una vez al año que utilizarlo dos o más veces. Por lo que, entre más se use (a mayor velocidad rote), más ingresos se pueden derivar de ese uso.

Pues bien, no es difícil descubrir el accionar de ese principio en las prácticas financieras actuales, por lo que resulta difícil entender que incluso ciertos análisis críticos consideren la crisis actual como una simple reedición de las anteriores y hagan del análisis de los ciclos económicos un ejercicio de mecánica clásica en la que la reversibilidad de los procesos es posible. La crisis actual no es la de 1929, no sólo porque hoy no se trata de un exceso generalizado de mercancías en el sector real de la economía, sino porque el papel y la estructura del sistema financiero es sustancialmente distinta; mientras que en esa época el rol central de las finanzas era canalizar el ahorro de los particulares y redireccionarlo hacía el llamado sector real, en la actualidad esa canalización no pasa necesariamente por la banca tradicional. Es el caso de las pensiones de los trabajadores que centralizadas en los llamados Fondos Privados de Pensiones han terminado por hacer de éstos verdaderos agujeros negros del ahorro que se dirigen directamente hacía la especulación.

Pero, quizá lo más inquietante no es que en los análisis críticos se construya, desde  la Teoría de los Ciclos, una visión del eterno retorno del capital que, como Sísifo, carga siempre la misma piedra sobre la misma montaña, sino que sobre esa base se considere la inmutabilidad de las relaciones sociales. En otras palabras, que los progresistas sufran del mismo mal que, según Marx, padecía la burguesía: “creer que hubo historia, pero que ya no la hay”. Pues, si no es eso, que otra explicación pueden tener palabras como las del intelectual francés Ignacio Ramonet cuando afirma: “Si existiese una lógica política, este contexto [el de la crisis]  debería favorecer la elección del demócrata Barack Obama (si no es asesinado) a la presidencia de los Estado Unidos el 4 de noviembre próximo. Es probable que, como Franklin D. Roossevelt en 1930, el joven presidente lance un nuevo «New Deal» basado en un neokeynesianismo que confirmará el retorno del estado en la esfera económica. Y aportará por fin mayor justicia social a los ciudadanos. Se irá a un nuevo Bretón Woods. La etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal habrá terminado” (Le Monde Diplomatique, edición Colombia octubre 2008, p.13).

¿Es que se puede pensar, acaso, que en un estadio del capitalismo tan altamente monopolizado como el de hoy, se pueda dar, sin más, un regreso a formas estatales que perseguían la subsunción total de las clases trabajadoras en las normas del consumismo? No se trata de negar que incluso los más recalcitrantes librecambistas se van a ver obligados a aceptar el discurso del “retorno del estado”; sin embargo, ello no significa, ni mucho menos, que tal “retorno” deba asumir la forma keynesiana. Si se mira bien, en los discursos de Henry Paulson y George Bush se ha presentado una sintomática evolución que se puede rastrear en frases como “haremos lo que sea posible” que caracterizaba las etapas iniciales cuando buscaban convencer al Congreso para aprobar el plan que dedica 700 mil millones de dólares del tesoro nacional usamericano para la compra de los llamados “activos tóxicos”, y que posteriormente cambiaron por frases como “haremos lo que sea necesario”, cuando tuvieron que anunciar, luego que las bolsas de valores no reaccionaran a su plan, que si era el caso capitalizaban los bancos (un eufemismo para evitar reconocer las nacionalizaciones). ¿Qué puede significar, entonces, “lo que sea necesario”?, ¿qué incluso si las medidas económicas no son suficientes, se puede recurrir a las de conmoción nacional? No es gratuito que ya se diga, como si nada, que lo que sigue es el Corporativismo. Pues bien, si de lo que se trata es de mirar hacía atrás ¿no sería más conveniente para la izquierda, como medida precautoria, recordar que en la Alemania de los años treinta una crisis económica de grandes proporciones fue superada, por el capitalismo, mediante la superposición de la esfera económica con la política? No debemos olvidar que esa forma de capitalismo fue abortada sin que sus cultores tuvieran tiempo de explorarla en todas sus dimensiones, de tal suerte que ninguna ley les impide pensar que le puede haber llegado su momento. Y esa es una posibilidad que la clase trabajadora debe explorar seriamente.

¿Y, nosotros?

En América Latina, la crisis se ha hecho sentir de diversas maneras, los países más afectados, en primera instancia, son los más integrados, por su tamaño, al circuito mundial: Brasil y Argentina. Brasil es un jugador significativo en la esfera internacional y fue el más afectado con el fin de la Ronda de Doha, como quiera que las exportaciones de sus productos primarios hubiesen sido favorecidas de forma importante con las disminuciones de los subsidios y de las restricciones que los países del centro han levantado como barrera de protección de su sector agropecuario. Argentina, curiosamente, jugó en el campo contrario al de Brasil en Doha, pero reconoce complementariedad con su vecino del norte cuando acepta que la realización de los intercambios comerciales se haga en cualquiera de las monedas locales. La crisis, entonces, no hará más que reforzar este espacio económico naciente y explica, las criticas de Lula al regreso de la Cuarta Flota norteamericana a las aguas del sur de América, así como las que hizo al sistema financiero mundial liderado por los Estados Unidos. Quizá lo más relevante de éste hecho es que no se trata de retórica, Brasil está jugando fuerte y parece considerar seriamente que su integración con los vecinos es una garantía de respeto en los escenarios internacionales.

Para Colombia, en cambio, la situación no es tan halagüeña. De un lado, que nuestro balance de cuenta corriente sea deficitario, nos hace altamente dependientes del crédito fresco, lo que puede representar importantes costos fiscales adicionales en los años subsiguientes. Situación que se puede agravar si la depresión que recién se inicia abate los precios de las materias primas, pues eso implicaría hacer aún más deficitario nuestro sector externo. Que el desempleo va a aumentar es algo que ni los más oficiosos comentaristas niegan, pero, lo que más nos debe intrigar es como va a reaccionar la opinión publica tan complaciente con el régimen actual, ¿es que acaso en consonancia con los vientos del norte, se termine aceptando la propuesta corporativista que el uribismo esgrimió en sus principios? Así sea una simple coincidencia, no deja de ser curioso que luego de que Luis Carlos Sarmiento Angulo (quizá el capitalista más poderoso del país) propusiera (¿?) declarar la conmoción judicial, el gobierno la decretara de forma inmediata, ¿es que acaso la superposición de lo político y lo económico (de la que hablábamos arriba) ha encontrado su laboratorio en Colombia, tal y como el neoliberalismo lo encontró en Chile? En algunos casos son mejor los excesos de suspicacia que su absoluta ausencia. Amanecerá y veremos, dicen que dijo un ciego, y amaneció y no vió.                    

 

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