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¡Se acabó la diversión!. Editorial


 En efecto, el movimiento indígena vive desde hace años una galopante contradicción: por un lado, su acción social, caracterizada por la persistencia de sus luchas, por la claridad de sus consignas, y, por el otro, las erradas decisiones político-electorales, ligadas a alianzas poco claras o en apoyo a líderes de sus comunidades que terminan aislados de las mismas, sin que el movimiento pueda controlarlos.


 


El ejemplo más típico de esta contradicción y del gran daño que la misma produce entre los indígenas lo representa Francisco Rojas Birry, senador casi vitalicio, burocratizado en  Bogotá, alejado de su comunidad embera, de la cual sólo se acuerda en período electoral. Pero también otros, entre los cuales descuella actualmente Jesús Piñacué en el nivel nacional, y Daniel Piñacué, en el Cauca, quienes de espaldas a su pueblo hacen acuerdos, deshaciendo con sus acciones lo que aquél construye en movilizaciones que exigen tanto esfuerzo.


 


No son escasas las contradicciones alimentadas por este comportamiento: se irrespeta la autoridad de los cabildos; se reproduce el estilo politiquero donde el líder lo es todo y la comunidad no figura; se fortalece la supuesta capacidad del ‘líder’ individual y se menosprecia el potencial colectivo.


 


No es casual, por tanto, que estas contradicciones hayan aflorado en la actual coyuntura electoral, en la cual, de espaldas al mandato de gran parte de los cabildos, la ASI decidió una alianza con Antanas Mockus (tecnócrata de ingrata recordación para Bogotá), avalando al mismo tiempo unos candidatos que no tenían el respaldo mayoritario de las asambleas de sus pueblos.


 


El tema fue motivo de profusos comentarios y protestas en las comunidades, además de expresiones públicas de descontento, como la que firmaron varios cabildos del Cauca y en la cual se daba cuenta de la desavenencia por lo que se había decidido en Bogotá. La ASI no escuchó, como tampoco los candidatos. Pero se impuso el mandato mayoritario. La decisión directa de un pueblo con cientos de años en resistencia es del mayor significado para todos los colombianos: el castigo político. Del total de votos sufragados por indígenas o personas amigas de sus luchas (157.585), 91.734, es decir, el 58,21 por ciento, se depositaron en blanco. Esos votos no dejan duda alguna: en su mayoría, quienes depositaron su tarjetón por esas listas no están de acuerdo con las mismas.


 


Estamos ante una decisión histórica que enaltece al movimiento indígena. Muy pocas comunidades y pueblos demuestran tal vitalidad política. Aunque concentrados en su potencial del Cauca –por ser los nasas el pueblo indígena más numeroso entre más de unos 70 pueblos que habitan a Colombia–, desde hace varios años se desarrolla con firmeza un importante proceso de identidad y lucha que tuvo su última expresión en la campaña por la liberación de la Madre tierra, antecedida del Congreso itinerante, expresión de deliberación política que, como ninguna otra en Colombia, busca que en asamblea permanente se tomen las decisiones más trascendentales de su comunidad. Es decir, el presente y el futuro asumidos como una responsabilidad de todos.


 


Semejante desarrollo no se puede separar de la expresión político-electoral. Y así fue. Ahora corresponde a las autoridades electorales tener el debido respeto por esta decisión, permitiéndoles a estos pueblos el tiempo suficiente para que decidan, si a bien lo tienen, quiénes deben ser sus representantes en el Congreso de la República.


 


Al mismo tiempo, quien se considera un comunicador y dialogante por excelencia debe percatarse de lo que pasa (como un gesto de aceptación y respeto por este castigo político) y renunciar al aval que a su candidatura presidencial  le otorgó la ASI. No hacerlo será una clara evidencia de la provocación que está en curso.


 


En contravía


 


Totalmente opuesta a esta experiencia de identidad y madurez es el caso de las comunidades negras, obligadas también a repetir los comicios electorales. Excluidos y negados como los indígenas, sobrevivientes de la esclavitud en palenques, expulsados actualmente de sus territorios ancestrales, los afrodescendientes no han contado con la misma imaginación, solidaridad, capacidad de entrega y resistencia a la hora de expresarse políticamente.


 


Es sorprendente, por decir lo menos, la multiplicidad de organizaciones a que han dado origen tras el interés inmediato de un puesto en el Congreso colombiano. Hay 29 organizaciones registradas en el Consejo Electoral, reflejo de su total atomización y del individualismo que campea en este pueblo. Mientras tanto, decenas de estas comunidades, asentadas en territorios estratégicos, son criminalizadas, perseguidas, asesinadas. Quienes consiguen llegar a las grandes capitales viven en medio de grandes dificultades, marginados y sin opciones de vida digna. ¿Quién pudiera explicar esta paradoja?


 


La enseñanza es inocultable y, sin reparos, se debieran aprovechar las circunstancias que se presentan y ponerse de acuerdo para citar un congreso extraordinario de comunidades afrodescendientes, de modo que se pueda construir un proyecto histórico que logre al menos disminuir el número de organizaciones que presumen representarlos.


 


La consulta interna


 


No puede pasar por alto el suceso de Nariño, donde la consulta interna del Polo tuvo un comportamiento anormal: por un lado, 92.874 personas emitieron su voto por esta organización pero, extrañamente, 113.000 se pronunciaron sobre su consulta interna, y 103.555 de estos lo hicieron por Antonio Navarro. La cosa parecería normal, pues es posible que liberales, conservadores y otros hayan solicitado el tarjetón de partido distinto del suyo para pronunciarse. Sin embargo, no deja de ser extraño, mucho más cuando el comportamiento es atípico respecto del resto del país. Y mucho más extraño, cuando quienes votaron por Parmenio Cuéllar, aliado de Antonio Navarro, fueron … Como se ve claramente, las cifras no cuadran. Es bueno que esto se aclare, y que, por el bien del proceso que apenas vive el Polo, no queden dudas al respecto.


 


Estimular a las bases para que se apropien de sus procesos de vida, respetando sus decisiones, es parte del abc de la izquierda. Ahora nos lo recuerdan los indígenas, parte y todo de este tipo de dinámicas, única vía para hacer que la política refleje realmente lo que las mayorías desean y luchan por conseguir. No olvidar las enseñanzas de este 12 de marzo es fundamental para construir de verdad una opción de gobierno y de poder.

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