
Casi de forma idéntica que al comienzo de la pandemia en el 2020, los medios oficiales oligopólicos y las redes digitales se han propuesto generar una obsesiva propaganda llena de pánico frente al crecimiento de los contagios del covid-19, como también un permanente golpeteo informativo sobre la el escasez de unidades de cuidados intensivos (UCI) en los centros hospitalarios. Sin negar que existan contagios, fallecimientos y un trabajo intenso del personal médico, podemos deducir que toda esa desbandada de emisiones paranoicas sigue con su vieja estrategia de reducir la condición vital a meras estadísticas, culpabilizando a la ciudadanía de todos los desmanes, males y contagios existentes. Claro, lo seguirán haciendo mientras ello les garantice limpiar de culpas al verdadero culpable de la crisis hospitalaria: el sistema neoliberal y sus políticas antisociales las cuales han sido nefastas. El crear pánico es su mayor plan cínico y perverso, el autoritarismo su mejor estrategia.
Aun cuando no se trata de negar el aumento de los contagios, estos no justifican que el porcentaje de los mismos se magnifique y masifique enjuiciando y encerrándonos a través de “micro golpes de Estado blandos”, con estados de sitio en ciudades y regiones del país, puestos en marcha a principios de este 2021. El hecho es que el gobierno, con estas intenciones hiperbólicas, intensifica y legitima el autoritarismo, imponiendo sus navajas en los cuellos.
Ante esta represión sistemática, se observa que la respuesta ciudadana es ir en contravía, no acatando las restricciones, desobedeciéndolas, actos que los medios, las redes digitales y el gobierno llaman “irresponsabilidad ciudadana”, “intolerancia”, “indisciplina de desadaptados”, con cierto tufo de moralismo inquisidor. Como en los primeros meses de la pandemia, estos aparatos de control han convertido la vida en una casa de sustos, un castillo del terror, una nación sin porvenir.
¿Qué pretende el gobierno con ello? ¿Cuáles serán los propósitos de esta paranoica estrategia? ¿Protegernos a todos, con un sentido humanista que no posee? ¿O se trata de ocultar las múltiples masacres y los asesinatos en serie de líderes y lideresas sociales en Colombia? ¿Fabricar una cortina que oculte los desmanes del gobierno de Iván Duque y de los uribistas como son la mediocridad administrativa, la corrupción, la siempre eterna burocracia, el pírrico aumento al salario mínimo, el antisocial aumento al salario de los parlamentarios, la negación de la renta básica universal para la población más vulnerable, el crecimiento exponencial de la muerte? O bien, ¿preparar a la ciudadanía para que asuman las vacunas de las farmacéuticas multinacionales, ya que una gran mayoría de la población sospecha de su eficacia?
No cabe duda que la pandemia, con todas estas disposiciones gubernamentales, va deshilachando cada día más el débil tejido social que nos queda. Lo que ello demuestra es el agresivo dominio de la lógica utilitarista y mercantil, la cual se escuda en un discurso que dice proteger la vida, pero que en realidad esconde siniestras razones de control, sometimiento, falsedades, aislamiento social y grandes rentabilidades. A su vez, se fragmentan las tradiciones culturales, desconociendo incluso los rituales de éstas, la unidad comunitaria ancestral en las diferentes regiones. A medida que se agudiza la pandemia –y sus medidas de bioseguridad- se han ido disgregando las relaciones corporales y las acciones histriónicas; se van desmantelando fiestas, carnavales, bailes, ceremonias, actos funerarios, eventos, leyendas y narrativas de fundación, las seducciones amorosas, juegos, memorias colectivas, como los diversos textos multi e interculturales.
Los ritos colectivos, como procesos que cargan praxis simbólicas, sirven para construir comunidad, mantenerla unida y edificar identidades y alteridades incluyentes. Son creaciones que facilitan habitarnos y comprendernos. Con la pandemia muchos rituales que generan congregación, alianza, amistad, fortaleza anímica, se han ido cambiando por los síndromes del confinamiento, del sobresalto y la amenaza. A la vida cotidiana se le ha puesto una pavorosa mortaja. La pandemia la teje y tanto gobiernos, como medios y redes digitales, la extienden sobre nuestros cuerpos. Las medidas, legitimadas por los brotes del virus, nos van descorporizando día a día, de manera que las relaciones y comunicaciones corporales-emocionales se ven como provocaciones subversivas, atentados a la salud, bombas de cortesía con rasgos terroristas. A los goces sensoriales cada vez se les aleja; a las pasiones creadoras de placer sensorial, e incluso amorosas, se les pone en el cadalso público; se cambian por la digitalización de la vida, la virtualización de todas las actividades y por el aislamiento social en red, fenómenos que existen desde hace unas décadas, pero que la virulencia actual ha ido fortaleciendo e incrementado exponencialmente.
A su vez, la pandemia ha hecho crecer los no lugares, esos espacios impersonales, sin un verdadero “habitar”, sólo sitios de paso, sin sentido de pertenencia, veloces, volátiles, vacíos de territorio. Son los no lugares de los datos digitales. La pandemia los alimenta y justifica; los vuelve, incluso, necesarios, sin los cuales es imposible soportarla. En los no lugares todo se reduce a mera utilidad, a simple uso pragmático de consumo, sin demoras, inmediato. En ellos no existe el tiempo de la contemplación. Lo que la ritualidad construye con sus símbolos vitales de nacimiento, unión, fiesta, creación, muerte, vínculo, relación, renacimiento, el no lugar lo despoja, lo deja en el vacío. Con la pandemia el neoliberalismo los activa. Para este sistema, los enfermos y fallecidos sólo son no lugares, meros datos, cálculos y registros numéricos que reemplazan la vida. Todo se reduce a informes y estadísticas sobre los contagiados, los recuperados, los fallecidos, el número de UCI, la capacidad hospitalaria, los decretos y los indisciplinados. Creyéndose en y con libertad, la ciudadanía se “obliga” aceptar las resoluciones que el gobierno, a veces de forma improvisada, va generando. El llamado Big data apabullante, que garantiza control y autocontrol, ha perneado en los ciudadanos hasta hacer que estos lo asimilen y lo acepten, produciéndose una clara democratización del miedo y de la inspección de todos hacia todos.
De esta manera, la pandemia ha servido en bandeja de oro a los poderosos, buena parte de nuestros ritos fundacionales de cultura, para ser resquebrajados con sus lógicas bursátiles globales. Cualquier idea que ponga en duda sus ordenanzas y decretos es vista como una alteración al engranaje, una provocación antisocial que va en contra de la vida que ellos dicen proteger. ¿Es este plan perverso el que desean seguir incrementando en el 2021? A todas luces la respuesta parece ser afirmativa.
Vuelve y juega: pánico y pandemia. Pero insistimos: no se trata de negar que existan los contagios ni los fallecidos, ni los esfuerzos sobrehumanos del personal médico. Lo que aquí se cuestiona es la fábrica de miedos y de culpabilidades, que puede estar desarticulando los símbolos y ritos de relación, como desterrando también el conocimiento de las realidades políticas-colectivas y, por ende, las posibilidades de promover la crítica y la protesta social.
Enero 14 de 2021



Leave a Reply