
Por: Damián Pachón Soto.
Señor William Ospina:
En una carta del 12 de mayo de 1948, el filósofo Herbert Marcuse, uno de los miembros más sobresalientes de la primera Escuela de Frankfurt, le escribió una carta a su antiguo maestro Martín Heidegger. En ella le decía lo siguiente: “sería imposible explicar el hecho de que un hombre como tú, capaz de comprender la filosofía occidental como ningún otro, pudiera ver en el nazismo una renovación espiritual de la vida en su completitud”.
Guardadas las proporciones, pues no es usted un pensador de la talla de Heidegger, sino un notable escritor y pensador público, cuesta pensar que hipotéticamente un ciudadano, en un futuro no muy lejano, tenga que escribirle una carta semejante por su apoyo a Rodolfo Hernández, quien, sin duda, tiene bastantes estribillos de dictadorzuelo. No es necesario ahondar en las cualidades de un hombre carismático como Hernández, que hace propuestas demagógicas, que lo acercan bastante a un hombre autoritario. Basta señalar aspectos que usted seguramente conoce bien, y que no están descontextualizados, como su afirmación de que iniciará un gobierno declarando un estado de conmoción interior, es decir, un estado de excepción. Sí, esa misma figura que antes se llamaba “estado de sitio” y con la cual se gobernó el país en muchas ocasiones desde la nefasta constitución de 1886, ideada por Miguel Antonio Caro.
Hay que recordar que los estados de excepción, en los años veinte, fueron teorizados por ese constitucionalista llamado Carl Schmitt que fue un simpatizante del nazismo y le terminó ofreciendo herramientas jurídicas al Führer para que se pusiera por fuera de la ley. Hitler era el Estado y su voz era el derecho mismo; él era la garantía misma de la unidad de Alemania, y también era su salvador en medio de la profunda crisis que vivía la sociedad alemana después de la Gran Guerra (1914-1918). Pues bien, en Colombia vivimos una crisis permanente…y nos hemos acostumbrado a vivir así, a la intemperie, esperando, tal vez, como ocurrió en el año 2002, que aparezca un mesías para salvarnos. Ya conocemos el resultado del uribato en Colombia: destrucción del Estado de derecho, reelección fraudulenta, persecuciones, chuzadas, autoritarismo, y 6402 falsos positivos. El problema, y este es el asunto de fondo, es que Rodolfo Hernández se presenta de la misma manera: el mesías contra la corrupción y la politiquería. Pero ni lo uno ni lo otro: ha estado rodeado de gente cuestionable y tiene calidad de imputado por celebración indebida de contratos, un delito contra la administración pública.
Hay en su apoyo a Hernández una ceguera inexplicable, tal vez autoimpuesta. Es posible que haya confundido su franja amarilla con un personaje cantinflesco, autoritario, que representa justamente lo que usted en sendos ensayos ha criticado. En una intervención pública usted afirmaba que la culpable de todos los males en Colombia era la misma ciudadanía, y que había que cambiar lo que en teoría se ha llamado un gobierno de personas por “un gobierno de ideas”. Pues bien, su apoyo a Hernández traiciona ese viejo ideal, porque él representa justamente un “gobierno de los hombres”, para decirlo con Norberto Bobbio. Su ignorancia no es la de un hombre sensato, es la ignorancia de un hombre con personalidad autoritaria y con mucha obscuridad alrededor. Ese gobierno que iniciaría con un estado de excepción muestra su talente, el mismo de ponerse por encima o por fuera de la ley, de irrespetar las Altas Cortes, el Congreso y las instituciones, esas mismas cuya fuente última de legitimación está en esa ciudadanía que usted invoca para no caer al abismo.
En este caso, usted no percibe los signos de los tiempos, como dicen los teólogos; ni las alarmas. Así como le ocurrió a Heidegger, o como no las quiso percibir, pues como han mostrado muchos estudiosos de ese lamentable affaire, había similitudes entre su filosofía, su pensamiento y las promesas redentoras y salvíficas de ese “racismo heroico popular” que fue el nazismo.
Sabemos que los intelectuales surgieron como categoría sociológica en 1898, en el famoso caso Dreyfus. Surgieron como un tribunal del espíritu que lucha contra la mentira, la corrupción, la manipulación mediática, la injusticia como sistema, el poder, la arbitrariedad. Creo que Rodolfo Hernández representa todos estos males y que usted traiciona su pública condición de intelectual, tal vez por ingenuidad, o por un deseo inconsciente de probar sus tesis. En este caso, es posible que usted confunda su utopía con lo que puede llegar a convertirse en la pesadilla de otros, y los colombianos debamos seguir, como en una de sus obras, en busca de la Colombia perdida.



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